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miércoles, 24 de junio de 2026

La villa de Comillas envuelta en una luz de acuario


Universidad Pontificia












Desde el mirador de la Corneja alcanzo a ver un trozo del antiguo edificio de la Universidad Pontificia de Comillas. Apenas una parte, y sin embargo la distancia parece abolirse. Como ocurre en ciertos sueños, tengo la extraña impresión de encontrarme frente a su fachada, a escasos metros de ella. La sensación es irreal y, al mismo tiempo, insólitamente placentera. https://cuenya.blogspot.com/2026/06/del-mirador-de-la-corneja-comillas-y-el.html  

Al fondo el palacio de Sobrellano

Transcurrido un tiempo que no logro descifrar, la antigua construcción de ladrillo rojo se alza sobre una colina. Finalmente decido subir. Antes, sin embargo, pido permiso al guarda que parece custodiar la entrada. Conviene pedir permiso; nunca se sabe qué presencias habitan ciertos lugares. Permiso concedido. Eso sí, no hay que pisar el césped, sino seguir la vereda marcada, según me señala un hombre encargado del cuidado de los jardines. Prosigo por el camino señalado porque me apetece recrearme de cerca en la arquitectura de la susodicha universidad, con su imponente estilo neogótico-mudéjar y su rica ornamentación modernista catalana. 

Al fondo el cabo de Oyambre

Desde la colina, impregnada de un aroma a eucalipto mentolado, las vistas resultan formidables al mar Cantábrico así como al mirador de la Corneja y al cabo de Oyambre. Asimismo, el visitante puede gozar de panorámicas a la villa, con el palacio de Sobrellano enmarcado en un verdor exótico. https://cuenya.blogspot.com/2026/06/san-vicente-de-la-barquera-una-estampa.html 

Comillas, como San Vicente de la Barquera, Cóbreces o Santillana del Mar, pertenece desde hace tiempo a mi geografía sentimental. Se quedó grabada en mí desde aquella primera visita y, desde entonces, forma parte de mis afectos. Hay lugares a los que uno regresa porque sabe que nunca serán exactamente los mismos. El viajero vuelve para contemplarlos bajo otras estaciones, otras luces, otras sombras; vuelve porque desea comprobar cómo el tiempo modifica aquello que parecía inmutable y cómo él mismo ha cambiado mientras tanto. 

Palacio de Sobrellano


https://cuenya.blogspot.com/2024/12/luces-de-bohemia-pelicula-de-miguel.html
 Esta vez Comillas me aguarda envuelta en una claridad fragante, en una luz de acuario que transforma jardines y fachadas en materia de ensueño. Pienso entonces en los versos de Rosa de Sanatorio, de Valle-Inclán, que permanecen alojados en algún rincón de mi memoria gracias a la voz radiofónica de José Luis Moreno-Ruiz, cántabro de origen y amigo inolvidable. Tal vez por eso la villa adquiere una cualidad hipnótica, como si flotara entre la realidad y el recuerdo. https://cuenya.blogspot.com/2010/01/jose-luis-moreno-ruiz-y-su-rosa-de.html 

El Capricho

Paseo por el entorno del palacio de Sobrellano, con su elegancia neogótica, y por los jardines donde se halla el Capricho de Gaudí. Sus formas me transportan, de manera inesperada, a las chimeneas de las hadas del valle de Göreme, en Capadocia, que contemplé tiempo atrás. Entonces podía visitarse sin dificultad el Capricho. Ahora incluso se forman colas para entrar. O directamente la entrada es para otro momento del día. El viaje está hecho de estas misteriosas correspondencias, en el sentido de que un rincón del Cantábrico puede abrir una puerta hacia Anatolia; y una torre puede despertar el eco de una montaña remota. https://cuenya.blogspot.com/2010/03/gaudi-en-el-bierzo-en-astorga-en-leon.html 

Después me interno en el casco histórico y me detengo junto a la fuente de los Tres Caños, obra de Domènech i Montaner. Su estructura recuerda un candelabro barroco cubierto de motivos vegetales, una presencia luminosa que parece surgir del corazón mismo de la villa. La huella de Domènech i Montaner aparece en numerosos rincones de Comillas: en la ampliación del cementerio, en el monumento al marqués y en la segunda fase del proyecto de la antigua Universidad Pontificia. 

Continúo el recorrido por esta villa y, en la distancia, se me aparece, es un decir, el marqués de Comillas, cuyo monumento, elevado sobre una loma, nos muestra a este mecenas avistando el mar, como si esperase un barco. Fue emigrante, cruzó el océano rumbo a Cuba y regresó convertido en uno de los hombres más ricos de España. 

Su fortuna quedó inscrita en la piedra de la villa, en sus palacios, monumentos e instituciones, como el antiguo edificio de la Universidad de Comillas, entre otros. Pero más allá de la piedra permanece la historia humana, la del hombre que partió y regresó transformado. 

Fuente Tres Caños

El Cantábrico se extiende ante mí con esa mezcla de serenidad y amenaza que siempre lo caracteriza. Disfruto del puerto. A continuación, me dirijo hacia el viejo cementerio gótico. En la senda encuentro el faro y las grandes letras que anuncian el nombre de la villa. Más allá, el Cantábrico abre su horizonte de espuma. Por fin, llego al lugar de reposo. Allí, dominándolo todo desde lo alto, el Ángel Exterminador se eleva en un perpetuo éxtasis de piedra frente al horizonte marino. Contemplo su silueta recortada contra el cielo y no puedo evitar el recuerdo de la película de Buñuel https://cuenya.blogspot.com/2018/12/el-angel-exterminador-de-bunuel.html, que nos habla de un encierro, y por supuesto rememoro la canción de Jorge Martínez, el líder de la banda Ilegales. A Jorge Martínez https://cuenya.blogspot.com/2010/10/ilegales-en-la-sala-la-vaca-de.html le dedico estas líneas, como quien arroja una botella al mar de la memoria. 

Hay cementerios que parecen haber sido construidos para conversar con el mar, como si en ellos los muertos siguieran hablándoles a los vivos, al modo de los personajes del escritor mexicano Rulfo https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html 

Cementerio de Comillas

El camposanto de Comillas es uno de ellos. En este viaje me ocurre algo parecido a lo que ya me sucedió en otra ocasión. No porque vuelva a encontrarme por azar con la actriz Aitana Sánchez-Gijón en esta villa cántabra, sino porque, una vez más, me detengo a contemplar las tumbas. La muerte siempre está ahí. Y esa contemplación me traslada al cementerio de Luarca, suspendido como el de Comillas también sobre el mar, donde reposan el Nobel Severo Ochoa y el oscarizado Gil Parrondo. https://cuenya.blogspot.com/2019/07/de-tapia-luarca.html Y junto a esos recuerdos aparece otro nombre, el de José Luis Moreno-Ruiz. Pienso en Moreno-Ruiz con afecto, al igual que lo hago con el director artístico Gil Parrondo y sus visitas ya remotas a la Escuela de Cine de Ponferrada, en una época que ahora me parece lejana y radiante, como si perteneciera a otra vida. 

También en esta ocasión, como me sucediera en otro tiempo, el cementerio de Comillas me conduce inevitablemente al de Santa Mariña de Cambados https://cuenya.blogspot.com/2009/12/cada-vino-reclama-su-sacramento.html, donde descansan la actriz leonesa Josefina Blanco Tejerina, la mujer de Valle-Inclán, y uno de los hijos de ambos. https://cuenya.blogspot.com/2023/09/en-tierras-valleinclanescas.html 

Los lugares se enlazan unos con otros mediante hilos invisibles. Un paisaje convoca a otro; un pasado despierta otro pasado. 

Cuando abandono el camposanto, tengo la sensación de haber recorrido mucho más que una villa junto al mar. Dejo atrás Comillas rumbo a San Vicente de la Barquera, donde comenzó esta travesía cántabra, entonces comprendo que el verdadero viaje no ha transcurrido sólo por calles, plazas y miradores, entre otros espacios, sino que ha sucedido en esa región incierta donde conviven la memoria, la literatura y los afectos. Los edificios, los jardines, los cementerios y el mar no han sido más que señales dispersas. El verdadero mapa permanece en otra parte: en esa geografía invisible donde los lugares sobreviven mezclados con los libros, los recuerdos y los nombres de quienes ya no están. Un mapa que nunca termina de dibujarse porque está hecho de tiempo, de tiempo y cariño.

lunes, 22 de junio de 2026

Del mirador de la Corneja a Comillas y el cabo de Oyambre

Si a uno le dijeran que desde el mirador de la Corneja puede verse, en los días más despejados, el pico Urriellu, en los Picos de Europa asturianos https://cuenya.blogspot.com/2020/07/de-llanes-bulnes.html, quizá pensaría que se trata de una exageración, de una imagen propia de la ficción o de una fantasía romántica. Sin embargo, desde este balcón natural situado en el litoral occidental de Cantabria, entre el rumor de las olas y el silencio de los prados, en Ruilobuca, pequeña localidad del municipio de Ruiloba, es posible divisar el Naranjo de Bulnes (Urriellu) https://cuenya.blogspot.com/2023/09/el-latido-de-la-naturaleza-en-picos-de.html, el antiguo edificio de la Universidad Pontificia de Comillas y, por supuesto, el cabo de Oyambre, próximo a San Vicente de la Barquera, que tanta fascinación suscita en el viajero. 


El mirador de la Corneja, a pocos metros de la colina donde se eleva la ermita de Nuestra Señora de los Remedios en Liandres, es un lugar especial que he podido visitar en más de una ocasión. Mi última visita la realicé en compañía de Sagrario y Maribel, a quienes conocí en la hospedería del monasterio de Cóbreces. Fue precisamente el tío Leoncio, residente en la abadía cisterciense de esta localidad cántabra, quien me habló por primera vez de este rincón, al que acudía en sus años mozos, y también en los no tan mozos, para pasear y contemplar la belleza de este singular encuentro entre la tierra y el mar. 


Se trata de un paraje atlántico de extraordinaria hermosura, donde la costa acantilada, cubierta de vegetación, se asoma al Cantábrico con serena grandiosidad. La ensenada de Fonfría aparece en primer término, mientras las vistas se abren sobre los acantilados y el horizonte marino. La amplitud visual del lugar alcanza su punto culminante al atardecer, cuando las puestas de sol tiñen el paisaje de matices cambiantes y parecen suspender, por un instante, la gravedad emocional del mundo. 


Desde este privilegiado observatorio puede apreciarse con claridad el relieve costero, la línea quebrada de la costa y la transición entre la vegetación que cubre los acantilados y los farallones rocosos que desafían al mar. Todo ello conforma uno de esos paisajes épicos característicos de la marina cántabra, donde naturaleza, luz y horizonte se funden en una estampa de simpar belleza.

domingo, 21 de junio de 2026

Bosque de secuoyas en Cantabria, una catedral inmensa

Me resultaba difícil imaginar que me encontraría con un bosque de secuoyas en Cantabria, una tierra que ha sabido preservar y dar a conocer algunos de sus tesoros naturales más sorprendentes. 


El bosque de secuoyas me llevó de inmediato a recordar Vértigo, la obra maestra de Hitchcock. Acudió entonces a mi memoria aquella inquietante secuencia rodada entre las secuoyas californianas, donde la naturaleza parece confundirse con los laberintos del tiempo, la memoria y la muerte. https://cuenya.blogspot.com/2011/03/vertigo-de-entre-los-muertos.html Hay algo profundamente perturbador en esos árboles gigantescos, como si custodiaran secretos inaccesibles para los seres humanos, como si pertenecieran a una dimensión temporal distinta de la nuestra.

Fueron Sagrario y Maribel, las dos chicas salmantinas con las que coincidí en la hospedería de Viaceli de Cóbreces, quienes despertaron mi curiosidad por este lugar. Otros viajeros me habían hablado también de él, aunque nunca había encontrado la ocasión de visitarlo. Quizá por eso la expectativa era grande.

La llegada tuvo algo de desconcierto. Durante unos minutos creímos habernos equivocado de camino. Ante nosotros se extendía un robledal magnífico, poblado por árboles de porte venerable, cuya presencia imponía respeto. Sagrario y Maribel compartían mi perplejidad. «¿Pero no habíamos venido a un bosque de secuoyas?». Por un instante pensé que aquel lugar pertenecía más a la leyenda que a la realidad, como si el bosque se resistiera a revelarse de inmediato al visitante y exigiera una pequeña prueba de paciencia antes de mostrarse. Pero finalmente apareció. 


Surgió ante nosotros como una visión inesperada. Los altísimos troncos rojizos se elevaban hacia el cielo formando una suerte de arquitectura natural que recordaba las columnas de una catedral. La luz descendía tamizada entre las copas, filtrándose lentamente hasta alcanzar el suelo. Todo parecía envuelto en una atmósfera de película de Hitchcock, como si aquel rincón del mundo hubiera quedado al margen del ruido y de la prisa que gobiernan la vida contemporánea.

La altura de las secuoyas empequeñece al ser humano. Uno camina entre ellas con la sensación de haber penetrado en una ciudad como Nueva York, con un Manhattan vegetal levantado no por la mano del ser humano, sino por la paciente obra del tiempo. Entonces se comprende que estos gigantes vegetales pertenecen a una escala temporal que apenas alcanzamos a imaginar. Algunos árboles extraordinariamente longevos, como el tejo milenario de San Cristóbal de Valdueza en el Bierzo, han vivido más de mil años. Cuando nacieron, imperios enteros aún no habían alcanzado su apogeo y civilizaciones que parecían eternas ni siquiera habían imaginado su decadencia. 

Tejo de San Cristóbal de Valdueza

Mientras paseábamos bajo aquellas gigantescas bóvedas verdes, Sagrario evocó un reciente viaje a Japón. Comentó que allí había percibido una profunda sensibilidad hacia la naturaleza. Aquella experiencia le había llevado a admirar aún más la extraordinaria capacidad de ciertos árboles para resistir, e incluso sobrevivir, al fuego. Las llamas, lejos de representar únicamente destrucción, favorecen la apertura de las piñas y la dispersión de las semillas sobre un suelo enriquecido por las cenizas. Me pareció una hermosa metáfora de la existencia. A menudo la vida encuentra caminos para renacer precisamente allí donde todo parecía perdido. La destrucción y la creación, la muerte y el renacimiento, forman parte de un mismo proceso que la naturaleza conoce desde mucho antes de que los seres humanos comenzáramos a preguntarnos por su sentido. 


Cuando abandoné el bosque comprendí que mi fascinación no procedía únicamente de la rareza botánica de encontrar secuoyas en Cantabria. Había algo más profundo. Quizá la impresión de hallarme frente a una realidad cuya escala temporal excede por completo la medida de una vida humana. Quizá la intuición de que somos apenas un instante en medio de una duración inmensa. O quizá, simplemente, la certeza de que lugares como este nos recuerdan que el mundo es mucho más antiguo, más vasto y más misterioso de lo que solemos imaginar.

sábado, 20 de junio de 2026

Cóbreces, destino espiritual

Como si de un antiguo ceremonial se tratara, el peregrino viaja a través del espacio y también del tiempo hacia una dimensión espiritual y cultural que trasciende la mera geografía. El destino es Cóbreces, en la costa occidental de Cantabria, entre las históricas villas de Comillas y Santillana del Mar, donde se eleva la abadía cisterciense de Santa María de Viaceli.

https://cuenya.blogspot.com/2025/09/cantabria-una-experiencia-mistica.html

El tío Leoncio en Viaceli

Hasta aquí venía ya en la adolescencia, acompañado por mi hermana Cini y mi cuñado Paulino, para visitar al tío Leoncio. Él afirma que este monasterio es su verdadera casa, aunque naciera lejos de aquí, en la aldea berciana de Losada. Después de tantos años entre estos muros, resulta difícil imaginarlo en otro lugar.

La abadía de Viaceli, habitada por una comunidad de monjes cistercienses de la estricta observancia (trapenses), es uno de esos espacios donde arquitectura, paisaje y espiritualidad parecen fundirse de manera natural. Construida entre 1906 y 1910 en estilo neogótico, se levanta entre prados verdes frente al mar. Muy cerca se encuentra la playa de Luaña, abierta entre campiñas y acantilados, mientras que hacia el este se extiende el impresionante paraje del Bolao, en Toñanes, donde una cascada y las ruinas de un antiguo molino se precipitan hacia el Cantábrico. Caminar desde el monasterio hasta el acantilado del Bolao, cuyo paisaje posee la fuerza visual de un escenario cinematográfico, constituye una experiencia serena y reconfortante.


Durante décadas, la comunidad de Viaceli contó con una notable presencia de monjes procedentes de El Bierzo. El propio tío Leoncio recuerda vocaciones llegadas desde Cabanillas de San Justo, Villaviciosa de San Miguel, Losada, Quintana de Fuseros o Noceda del Bierzo. De algún modo, este rincón cántabro mantiene un vínculo profundo con la tierra de la que procede quien escribe estas líneas. Quizá por eso siempre regreso aquí con una sensación familiar, como si dos paisajes en apariencia distintos —las montañas y valles del Bierzo y la costa cantábrica— estuvieran unidos por una misma corriente humana y espiritual. https://cuenya.blogspot.com/2021/10/cobreces-hacia-la-espiritualidad.html

Además, Viaceli conserva una tradición gastronómica que forma parte de su identidad. El queso elaborado por esta comunidad monástica posee una merecida fama y constituye un recordatorio de que lo espiritual no está reñido con lo material. Al contrario, las formas más elevadas de la existencia humana descansan siempre sobre realidades concretas como el trabajo, la convivencia, los alimentos o las instituciones que permiten la continuidad de una comunidad. https://cuenya.blogspot.com/2023/10/en-busca-de-sentido-traves-de-un-viaje.html

Hospedería

Tenía ganas de volver a este lugar que tantas veces me ha procurado serenidad y energía para seguir adelante. En esta ocasión deseaba especialmente ver al tío Leoncio después de la operación a la que fue sometido en el hospital San Juan de Dios de León tras una caída sufrida en el monasterio de Carrizo de la Ribera, donde ejercía como capellán a comienzos de este año.

Conversar con él resulta siempre estimulante. Es una persona culta, observadora y dotada de una notable sensibilidad para la música y las letras; en definitiva, para comprender y analizar la condición humana. Me impresiona pensar que alguien formado en Teología en Roma y que conoció también la vida monástica alemana en las proximidades de la ciudad de Colonia haya dedicado la mayor parte de sus noventa y dos años a esta abadía cántabra, ordenando sus jornadas según el ritmo de los oficios litúrgicos, desde Vigilias hasta Completas. 



Escuchar el Salve Regina en la capilla del monasterio produce una sacudida en las entrañas. Durante unos instantes uno siente una comunión con el infinito, una experiencia a la vez mística y profundamente humana; una realidad que no se encuentra fuera del mundo, sino inserta en él, formando parte de su historia, de su cultura y de sus símbolos.

También me llama la atención la fuerza de las costumbres. Los seres humanos vivimos inmersos en hábitos que se repiten día tras día, aunque nunca de manera idéntica. Esa observación me recuerda la existencia metódica que atribuyen los biógrafos a Kant y me lleva igualmente a pensar en las diversas formas de encontrar sentido a la vida, para unos, en la divinidad; para otros, como el filósofo neerlandés de ascendencia sefardí Spinoza, en la naturaleza, entendida como la sustancia infinita que engloba cuanto existe.

De manera inevitable, la estancia en Viaceli invita a la reflexión. Quizá por eso el ser humano ha sentido siempre la necesidad de trascender los estrechos límites de su existencia individual. Hay en nosotros una suerte de inconformismo que nos impulsa a buscar horizontes más amplios, como si una sola vida no bastara para contener todas nuestras inquietudes, nuestros sueños y nuestro deseo de permanencia. 

Ruinas del antiguo molino y cascada en paraje del Bolao

En esta ocasión tuve además la oportunidad de compartir mesa y conversación con personas llegadas de distintos lugares. Coincidí allí con Antón, del País Vasco, profesor de literatura; Juan Antonio, catedrático de inglés, soriano de origen y afincado en Zaragoza, cuyo hermano forma parte de la comunidad monástica; Araceli, llegada desde Tineo, en Asturias; Noelia y su marido, procedentes de Toledo; Sagrario, de Soria; y Maribel, natural de Villafranca de los Barros, en Extremadura; ambas residentes en Salamanca. Con algunos de ellos las conversaciones se prolongaron durante horas, entre comidas, paseos y momentos de descanso.

Especialmente grato resultó recorrer en compañía de Sagrario y Maribel el mirador de la Corneja, los acantilados de Trasierra y el bosque de secuoyas de Cabezón, paisajes que quizá merezcan ser objeto de un futuro relato. También quiero expresar mi agradecimiento a Mari Cruz, responsable de la hospedería y atenta cuidadora de los monjes, así como a Cristina, una joven ucraniana que colabora en las tareas cotidianas del monasterio. La hospitalidad de ambas contribuye decisivamente a crear ese clima de serenidad y acogida que caracteriza a Viaceli. 

Paraje del Bolao

Me sorprendió gratamente reencontrarme con Noelia en la abadía. Hay encuentros que parecen fruto del azar, aunque terminan adquiriendo un significado especial en el curso de la vida. Su presencia añadió una nota de alegría a una estancia que ya de por sí estaba cargada de recuerdos, conversaciones y experiencias compartidas.

Todo ello —los recuerdos, los encuentros, las conversaciones y los paisajes— alimenta inevitablemente la reflexión. Entonces acude a la memoria la vieja pregunta: ser o no ser, estar o no estar. Ahí radica la cuestión. Porque no basta con existir; también importa el modo en que habitamos el mundo, la forma en que nos hacemos presentes ante los demás y ante nosotros mismos. Tal vez la gran pregunta humana no consista únicamente en saber qué somos, sino también dónde estamos y cómo recorremos el breve trecho que nos ha sido dado transitar.

viernes, 19 de junio de 2026

San Vicente de la Barquera, una estampa casi onírica

La imagen de San Vicente de la Barquera permanece grabada en la memoria sensorial y sentimental del viajero como una visión nítida, como un sentimiento arraigado en lo más profundo del subconsciente. 

Creo recordar que visité por primera vez esta villa siendo apenas un rapacín. Debió de ser antes de alcanzar Comillas y Cóbreces, donde se alza el monasterio cisterciense de Viaceli. Desde entonces, su imagen habita en un rincón privilegiado de mi recuerdo. Aún hoy, después de tantos años, puedo evocar aquella estampa casi onírica, en la que aparecen el castillo de San Vicente elevándose sobre la villa como en una pose extática; las murallas que protegieron durante siglos a sus habitantes; la silueta de la iglesia fortificada; el puente de La Maza, con sus arcos tendidos como una serpiente prehistórica sobre las aguas, fundiendo historia y paisaje; las coloridas embarcaciones meciéndose suavemente en la ría y, al fondo, emergiendo entre brumas y luces cambiantes, los Picos de Europa, que tanto fascinan al visitante. 

La villa de San Vicente, con su inconfundible olor a mar y a pescado, ocupa un lugar privilegiado en mi memoria, abrazada por una bahía cuyos brazos la resguardan de la bravura del Cantábrico. 


Tierra de marineros, peregrinos y horizontes abiertos, San Vicente forma parte tanto del Camino de Santiago como de la Ruta Lebaniega, sendas que parecen confluir en un mismo itinerario espiritual y, por supuesto, también terrenal.

Pero la localidad no sólo cautiva por la hermosura de sus paisajes; también lo hace por su gastronomía, donde brillan los productos del mar, las carnes y los quesucos de los valles, tan apreciados por el expresidente Revilla, enamorado de su tierra. Además, gracias a su esposa Aurora, mantiene vínculos familiares con la aldea de Lumeras, en los Ancares leoneses, tierra que también es la del viajero, quien en estos momentos disfruta de esta Cantabria de verdes valles. https://cuenya.blogspot.com/2021/11/lumeras-la-aldea-de-daniel-higinio.html 

Al igual que su cocina, el paisaje se presenta como un plato exquisito. Basta recorrer los senderos que bordean la marisma de Pombo para comprenderlo. El intenso verde de los prados se funde con los reflejos cambiantes del agua mientras las montañas se elevan en el horizonte, en un territorio donde naturaleza y belleza se abrazan de manera inseparable. 

Y si existe un lugar capaz de condensar toda la esencia de esta costa cántabra, ese es el Parque Natural de Oyambre. En este espacio idílico, entre playas salvajes, dunas, marismas y acantilados modelados por el viento y el mar, la naturaleza despliega un escenario sobrecogedor. Es un espacio donde el tiempo parece transcurrir con otra cadencia y donde el viajero comprende que hay paisajes cuya belleza se siente, se atesora y permanece para siempre en la memoria sensorial y sentimental. 


Prosigo mi camino rumbo al monasterio cisterciense de Cóbreces, mi destino espiritual por excelencia. Allí vive, con sus noventa y dos años cumplidos, el tío Leoncio, un hombre bueno al que deseo volver a ver y con quien anhelo conversar tras la operación de cadera que tuvo que afrontar a comienzos de este año en el hospital de San Juan de León.

jueves, 18 de junio de 2026

Llanes de cine

A orillas del Cantábrico, donde el mar sacude con fuerza los acantilados del oriente asturiano y el horizonte parece fundirse, en ocasiones, con un cielo plomizo, se alza Llanes, una villa marinera que conserva intacto el embrujo de un lugar singular. 

Torreón

Su casco histórico, declarado Conjunto Histórico-Artístico, invita a perderse entre callejuelas empedradas, casas blasonadas y mansiones de indianos que evocan historias de emigrantes y fortunas forjadas al otro lado del océano, tanto es así que la historia impregna sus piedras, con una muralla medieval del siglo XII y un Torreón, antigua fortaleza y prisión, que se eleva imponente como testigo de siglos de acontecimientos. 

Próximo al Torreón, puede disfrutarse del Casino modernista, que evoca esta época de esplendor de los indianos, aquellos emigrantes que regresaron enriquecidos de América y contribuyeron a embellecer la localidad con construcciones como el palacio de Partarríu, que sirvió como escenario para la inquietante residencia de la película El orfanato, dirigida por Bayona. No en vano, cineastas y productores han encontrado en Llanes y su concejo el escenario perfecto para contar sus historias. 

Casino

Con el transcurso de los años, esta localidad se ha convertido en un extraordinario plató natural donde la realidad y la ficción se entremezclan. No sólo sus palacios, como el mencionado Partarríu (en proceso de restauración), sino sus playas (San Antolín, Torimbia, Barru, Borizu, Toró... que he podido visitar en anteriores viajes) y parajes costeros han servido de marco a largometrajes y series televisivas que permanecen en nuestra memoria como  El abuelo e Historia de un beso, de Garci https://cuenya.blogspot.com/2024/10/historia-de-un-beso-de-garci.html; o El portero, Remando al viento https://cuenya.blogspot.com/2022/12/remando-al-viento-de-gonzalo-suarez.html, Mi nombre es sombra y El detective y la muerte, de Gonzalo Suárez, entre otras. De ahí proviene el eslogan de Llanes de cine. https://cuenya.blogspot.com/2023/09/la-belleza-infinita-en-el-oriente-del.html

Partarríu

Aunque ya lo he dicho en otras ocasiones, el cineasta Suárez (él diría cineostia con su característico humor) fue director honorífico de la extinta Escuela de cine de Ponferrada, donde estuve durante años trabajando desde su puesta en marcha hasta su final como cofundador de la misma, además de mi labor como profesor, coordinador y encargado de las Relaciones externas. 

Uno de los espacios que despierta los sentidos tanto de los oriundos como de los visitantes es precisamente el paseo de San Pedro, que discurre al borde de los acantilados como una alfombra verde suspendida entre la tierra y el mar. Además, este paseo es un genuino mirador a la playa del Sablón, la antigua muralla y la villa que se asoma al Cantábrico. 

El paisaje posee una belleza cautivadora que atrapa al trotamundos desde el primer instante.

Plaza de Parres Sobrino


El propio Garci utilizó el paseo de San Pedro, aparte de la céntrica e histórica plaza de Parres Sobrino, que en tiempos fuera el mercado medieval de la villa, para filmar algunas de las escenas de Historia de un beso. 

Por su parte, el puerto, auténtico corazón de la villa, recuerda a un pequeño canal abierto al mar, como si por un instante el visitante fuese transportado a Venecia. A uno y otro lado se suceden terrazas animadas, embarcaciones que se mecen al ritmo de las mareas y rincones donde la vida parece transcurrir sin prisas. Y eso fascina al viajero, que se siente tranquilo paseando sin mirar el reloj. 

Puerto

«Es bien sabido —lo repiten a menudo en Marruecos, país que ha visitado en diversas ocasiones— que las prisas matan y hasta rematan...», y lo hacen mediante infartos cerebrales y otros males. Quizá por ello el filósofo surcoreano Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, describe nuestra época como un paisaje patológico marcado por la depresión, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, el trastorno límite de la personalidad y el agotamiento. Es la llamada «sociedad del cansancio». 

Paseo de San Pedro

Frente a ella, parece reivindicar la contemplación como punto de partida para alcanzar el equilibrio y la ataraxia estoica y epicúrea, esa serenidad que permite vivir sin sobresaltos en un mundo cada vez más desequilibrado. 

https://cuenya.blogspot.com/2022/09/asturias-y-cantabria-en-el-corazon.html

Desde el mirador de San Pedro

En realidad, Chul Han reivindica la inactividad como una necesidad, habida cuenta de que ésta es esencial para nuestro bienestar y nuestra salud mental. En estas reflexiones anda el viajero mientras deambula de forma casi peripatética por la villa hasta que llega al espigón, donde los Cubos de la Memoria de Ibarrola ofrecen un espectáculo cambiante de colores y reflejos, porque la obra del artista vasco parece cobrar vida con cada variación de la luz, transformando el hormigón en un lienzo que parece establecer una conversación con el agua y el cielo.

Pero si hay algo que completa el alma de Llanes es su gastronomía. En las mesas aparecen los sabores más genuinos de esta tierra: la fabada, el cachopo, las deliciosas casadielles o los dulces carbayones. Todo ello acompañado por la sidra, una bebida exquisita que forma parte de la identidad asturiana y al viajero le resulta deliciosa. 


Llanes es, en definitiva, un mapa de los afectos al que el viajero regresa como si lo hiciera a su casa, que en realidad lo es, porque la siente como propia, una villa que deja en la memoria sensorial y emocional del viajero una huella imborrable.

De Llanes a San Vicente de la Barquera, una estampa clavada también en la retina de la memoria. 

https://cuenya.blogspot.com/2022/09/asturias-y-cantabria-en-el-corazon.html


sábado, 13 de junio de 2026

Un León para Gaudí

Este jueves 11 de junio estuve en el Casino Club Peñalba, en el Paseo de Papalaguinda de León, donde Marta Muñiz Rueda y Maite López Blanch presentaron su libro Un León para Gaudí


Tuve el placer de leer la obra antes de su publicación en Loto Azul e incluso de realizar una primera corrección, ya que Maite asistió a uno de los cursos de escritura que suelo impartir en la Universidad de León. A Marta, por su parte, la conozco desde hace años y hemos coincidido en diversos eventos literarios.

Confieso que siempre me ha fascinado la figura y la obra de Gaudí, así como su relación con León. https://cuenya.blogspot.com/2026/06/astorga-arriera-chocolatera-poetica-y.html

https://cuenya.blogspot.com/2010/03/gaudi-en-el-bierzo-en-astorga-en-leon.html

Maite y Marta parten de hechos reales para transformarlos en ficción, construyendo una novela con ecos del Código Da Vinci de Dan Brown, rica en simbolismo y acompañada por una cautivadora banda sonora. 


Durante el acto, el joven músico Leonardo Ropero interpretó al piano algunas de las piezas vinculadas a la obra. Fue un auténtico placer escucharlo. Leonardo ha sido alumno de Marta, quien, además de escritora, es profesora de música, una disciplina tan cercana a la poesía que quizá explique la vena poética que atraviesa su escritura.

Mi enhorabuena a Marta y Maite por este nuevo éxito, y también a Leonardo por su magnífica actuación. Me alegro mucho por todos ellos.

sábado, 6 de junio de 2026

Astorga arriera, chocolatera, poética y neogótica

Entre Astorga y el monte Teleno, que es todo un icono de la zona, se halla la Maragatería en el sureste de la provincia leonesa. 


Astorga, la ciudad de los curas, los militares y las mantecadas, como me dijera un profesor en la Universidad de Oviedo, es tierra familiar, que merecería una visita sólo por Gaudí y la familia Panero, sobre todo para quienes amamos tanto la obra del genial arquitecto catalán como la literatura y las andanzas de los Panero. Además, me apasiona la historia de los muleros o arrieros maragatos, por quienes siento fascinación desde que soy consciente, los cuales transportaban mercancías desde el mar gallego a la capital de España. https://cuenya.blogspot.com/2010/03/gaudi-en-el-bierzo-en-astorga-en-leon.html

Algunos historiadores creen que los maragatos descienden de musulmanes asentados en la zona, algo que resulta discutible, y que el apelativo maragato deriva del latín mericator o mercator, lo sería en todo caso una hipótesis sobre la que no existe consenso definitivo.  Otros, acaso más chistositos, aseguran que el nombre surgió porque transportaban pescado y marisco desde Galicia hasta Madrid, conocida como la ciudad de los gatos. "Casi todo el comercio de una mitad de España está en manos de los maragatos”, llegó a escribir George Borrow (Jorgito el Inglés) en La Biblia en España (1837). 


Por su parte, la escritora cántabra Concha Espina, en su novela La esfinge maragata (1914), nos habla de cómo vivían las mujeres maragatas, que eran unas auténticas luchadoras mientras que sus maridos, exentos del pago de algunos impuestos, incluso obsequiados con títulos de hidalguía, viajaban ayudados de carros tirados por mulas para transportar mercancías. Esta hidalguía queda reflejada en las antiguas casas de piedra, con escudos y pocas ventanas, patios interiores similares a las corralas madrileñas y puertas para la entrada de carros. 

La escritora Concha Espina cuenta con un busto-relieve en la localidad de Castrillo de los Polvazares, que queda a unos seis kilómetros al oeste de Astorga, un enclave extraordinario de arquitectura popular. En sus calles empedradas se alinean casas agrícolas y arrieras, con sus grandes puertas carretales y patios interiores donde se ubicaban los almacenes, cuadras y viviendas de los propietarios. Hoy, Castrillo es una cita ineludible por la gastronomía, pues existe un buen número de restaurantes, entre ellos Cuca La Vaina o Casa Maruja, donde el cocido maragato es la estrella. https://cuenya.blogspot.com/2024/12/casa-maruja-el-templo-del-cocido.html 

Castrillo de los Polvazares

Los arrieros maragatos participaron de forma destacada en la colonización y desarrollo de Carmen de Patagones en Argentina, así como de otras poblaciones de la Patagonia cuyos habitantes reciben el gentilicio de maragatos. De hecho, existe un hermanamiento histórico y cultural entre Astorga y Carmen de Patagones precisamente por esa herencia maragata. https://cuenya.blogspot.com/2016/05/desde-astorga-buenos-aires-violeta.html

En cuanto a la vestimenta, existen paralelismos llamativos entre los arrieros maragatos y los gauchos con el uso de prendas amplias, cinturones anchos, botas o polainas adaptadas al trabajo a caballo, ponchos o capas de abrigo y una fuerte cultura ecuestre. Parecidos que se deben también en parte a que ambos grupos desarrollaron formas de vida ganaderas y de transporte terrestre en espacios abiertos. Además, muchos colonos españoles, incluidos los maragatos, participaron en la formación de esta sociedad patagónica.


Maragatos y gauchos encarnan un mismo ideal de viajero que recorre vastos espaciosExiste una novela gauchesca titulada Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes, cuyo protagonista puede recordar al viejo arriero maragato, y cuya forma de hablar puede evocar, salvando las distancias, ciertos arcaísmos y giros rurales que también pervivieron durante largo tiempo en el habla tradicional maragata. https://cuenya.blogspot.com/2015/12/me-fui-como-quien-se-desangra.html

Recientemente he tenido la ocasión, y las ganas -todo hay que decirlo-, de darme una vuelta por Asturica Augusta, cuyo nombre hace referencia tanto al pueblo prerromano que habitaba gran parte del noroeste de la península ibérica (Asturica) como al título honorífico asociado al emperador Augusto (Augusta), una ciudad nacida como campamento militar romano, que se convirtió en un importante centro administrativo de las explotaciones auríferas del noroeste hispano, especialmente las de Las Médulas, en el Bierzo.


No en vano, 
de la Astorga romana se conservan buena parte de las murallas y la Ergástula —galería abovedada y uno de los restos monumentales del foro— que alberga el Museo Romano. En el subsuelo de esta pequeña ciudad, de poco más de 10.000 habitantes, se hallan restos de termas, basílicas, incluido el foro... Hasta conserva las cloacas romanas (ahora que tanto se habla en política de cloacas... santo dios).

Astorga es por lo demás tierra de peregrinos -con un monumento al peregrino cargado con su equipaje y en posición de marcha, situado delante del albergue público-, un cruce de caminos y la etapa final de la Vía de la Plata, una de las rutas del Camino de Santiago más antiguas y con mayor riqueza histórica, que une el sur y el norte de España.

Monumento al peregrino

De su pasado y/o presente clerical -es una de las diócesis más extensas y antiguas de España-, se conserva el edificio del Seminario -donde estudiaron, entre otros, el arzobispo Antolín López Peláez, que era originario por parte paterna de Noceda del Bierzo, donde vivió de niño, el europarlamentario Pepe Álvarez de Paz https://cuenya.blogspot.com/2018/07/la-fragua-literaria-leonesa-pepe.html, que también era de Noceda del Bierzo y el gran Javier R. Sotuela-. El propio Sotuela, que era buen amigo de Pepe Álvarez de Paz https://cuenya.blogspot.com/2019/02/la-curuja-homenaje-pepe-alvarez-de-paz.html, me cuenta que el seminario era horrible, con una mentalidad chivata. https://cuenya.blogspot.com/2016/01/javier-rodriguez-sotuela.html

Del pasado y/o presente militar queda el cuartel de Santocildes.

 En cuanto a la gastronomía, siguen siendo las mantecadas un dulce típico, a las que habría que sumar los merles, los hojaldres de miel y el chocolate, que siempre vienen de maravilla para abrir boca. Sí, Astorga también es conocida por el chocolate, además de otros productos como el famoso cocido (donde el primer plato son las carnes y el último la sopa, bueno, el postre de natillas), o el congrio al ajo arriero, sin olvidarnos de la cecina de vacuno, que es una delicia. 

Se dice que El restaurante La peseta, donde hace añares el plato costaba precisamente una peseta, así como la Casa Maragata o Las termas son restaurantes donde se yanta buen cocido maragato.  


La leyenda también asegura, aunque resulte difícil de documentar desde un punto de vista histórico, que el chocolate, originario de México lindo, llegó a Astorga porque una hija de Hernán Cortés se prometió con el marqués de Astorga. Según el catastro del marqués de la Ensenada, en el siglo XVIII Astorga ya tenía ocho artesanos chocolateros. En los inicios del siglo XX hubo cerca de 50 fábricas de chocolate. Hoy quedan cinco en Astorga y La comarca. El chocolate Santocildes es muy apreciado. La ciudad posee asimismo un Museo del Chocolate albergado en un palacete modernista que, por su colorido, podría confundirse, al decir de algunos, con La casita de chocolate de Hansel y Gretel. Asimismo, la confitería Alonso, que se halla en la plaza de Santocildes, próxima a la Plaza Mayor, al ayuntamiento y al Palacio episcopal de Gaudíestá especializada en chocolates y dulces típicos de la zona. 

Casa de Granell

En mi recorrido por esta Astorga chocolatera me llamó la atención la casa de Granell, construida por un arquitecto influenciado por Gaudí y perteneciente a José Granell, un importante chocolatero de la época. Su maravilloso torreón modernista me hace pensar en la obra de Gaudí, que dejó su impronta en el palacio episcopal, un edificio neogótico singular que da la impresión de que fuera al mismo tiempo un castillo, una residencia señorial y un templo, que alberga el museo de los caminos. De un modo inevitable, me viene a la mente Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, del escritor y Premio Cervantes Juan Goytisolo, que sostiene la tesis de que Gaudí pudo inspirarse en la Capadocia (Turquía) y en las rocas fungiformes y chimeneas de hadas de esta zona -el valle de Göreme- para su arquitectura, utilizando formas orgánicas y estructuras que imitan patrones naturales. https://cuenya.blogspot.com/2009/11/juan-goytisolo-exiliado-de-aqui-y-de.html

Tanto Gaudí en lo arquitectónico como los Panero en lo literario representan dos de los grandes polos culturales de Astorga. Cercana al palacio de Gaudí (y por supuesto a la catedral) se encuentra la casa Panero, donde tuve la ocasión de presentar mi libro Del agua y del tiempo, de la mano del periodista y escritor Tomás Álvarez. 


https://cuenya.blogspot.com/2020/02/del-agua-y-del-tiempo-en-astorga-por.html Un espacio emblemático, la casa familiar del poeta Leopoldo Panero, su mujer Felicidad Blanc y sus hijos Juan Luis, Leopoldo María y Michi. https://cuenya.blogspot.com/2021/04/astorga-desde-las-entranas.html

Me sobrecoge ver El desencanto (1976), un documental de Chávarri sobre esta familia desestructurada, "maldita", como algunos han señalado, con un padre cuya figura aparece asociada en los testimonios familiares al alcoholismo y al maltrato (Leopoldo Panero) y una madre sufridora, víctima de los abusos (Felicidad Blanc), a la que su hijo Leopoldo María le reprocha que a él no lo protegiera como es debido. Este documental muestra los testimonios de la familia tras la muerte de Leopoldo Panero. https://cuenya.blogspot.com/2013/02/el-desencanto.html

Felicidad Blanc, escritora y traductora, llegó a publicar una autobiografía titulada Espejo de sombras; por su parte, Juan Luis también publicó, entre otras, La memoria y la muerte, donde se recoge su obra poética. 


Respecto a 
Leopoldo María, sobre el que he escrito https://cuenya.blogspot.com/2011/05/a-leopoldo-maria-panero.html, fue un poeta importante incluido entre los Novísimos. 

Por último, Michi no publicó nada en vida pero en 2017 Javier Mendoza, hijo de la exmujer de Michi, editó una obra con relatos inéditos sobre el hijo pequeño de la familia Panero. 

Casi veinte años después de El desencanto (1976), tras la muerte de Felicidad Blanc, el cineasta Ricardo Franco filmó Después de tantos años (1994), donde reúne de nuevo a Juan Luis, Leopoldo María y Michi

Cabe recordar asimismo que los hermanos Panero -Juan, que falleció muy joven a resultas de un accidente de tráfico, y Leopoldo-, además de los escritores Ricardo Gullón, Luis Alonso Luengo -incluso Eugenio de Nora como un heredero directo-, figuran como integrantes de la Escuela de Astorga, denominación propuesta por el poeta Gerardo Diego, perteneciente a la Generación del 27. https://cuenya.blogspot.com/2014/03/palabras-para-astorga.html


En esta visita a Astorga me encuentro con la casa Panero cerrada a cal y canto, pero me recreo en su jardín, en su fachada, fantaseando con un espacio habitado por la familia, donde incluso puedo platicar con Felicidad Blanc, cuya reflexión sobre su propia vida me hace repensar el mundo en que vivimos en la actualidad. 

Mientras abandono la ciudad, pienso que quizá Astorga siga siendo, como en tiempos de los viejos arrieros, con la montaña sagrada del Teleno vigilante, una tierra de caminos, tanto reales como imaginarios.