Los miserables (1862) es una novela decimonónica de Víctor Hugo, el escritor romántico francés al que le entusiasmaba viajar. Precisamente, en uno de sus viajes, en busca de inspiración, partió desde París rumbo a los Pirineos y llegó, en compañía de su mujer, a España, en esta ocasión sin fecha de vuelta. Eso fue en 1843, poco antes de la muerte de su hija Léopoldine, ocurrida ese mismo año. Y decidió pasar una temporada en el País Vasco, en concreto en Pasaia (Pasajes), cuyo paisaje le fascinó, incluso existe una casa-museo dedicada a su estancia en esta población.
"Pasajes San Juan, con sus coloridas casas, con su puerto, que cautivara al escritor Víctor Hugo, sintiendo que había descubierto un pequeño edén resplandeciente, al que llegó por azar (ay, el azar, qué importante es también en nuestras vidas). Cabe recordar que en una casa típica marinera del siglo XVII de Pasajes San Juan llegó a hospedarse el autor de Los miserables", esto escribí a propósito de un viaje al País Vasco en 2021. https://cuenya.blogspot.com/2021/10/viaje-al-pais-vasco-desde-las-entranas.html
El propio Víctor Hugo escribió lo siguiente acerca de Pasajes: “Nada más riente ni más sereno que Pasajes contemplado del lado de la bahía... Cuando llegáis por el mar, vuestro pecho se dilata y creéis hallaros en un lugar bucólico... Este humilde espacio de tierra y mar, que sería admirado si estuviera en Suiza; que sería célebre si se hallara en Italia, y que es desconocido porque se encuentra en Guipúzcoa”. Pasajes
La novela Los miserables (1862), con cierta influencia de La comedia humana, de Balzac, se centra en cómo la pobreza, la ley y el dinero condicionan nuestra existencia.
El escritor, desde una perspectiva humanista, se centra en la miseria (moral y económica), la exclusión, la dureza de la ley, la injusticia. ¿Es posible escapar de la pobreza y del castigo social en ese mundo tan terrible? Me atrevería a decir que la pobreza, como estructura social, condena de antemano a quienes nacen sin recursos. Y la ley parece proteger más el orden que la verdadera justicia. Tal vez la compasión, la solidaridad o el amor podrían permitir cierta salvación humana, pero la sociedad continúa reproduciendo desigualdades. Por eso esta historia, la historia, se repite y sigue siendo tan actual. Pasajes
El personaje de Jean Valjean intenta reconstruir su vida, porque el estigma social del antiguo preso lo persigue constantemente. La condena no termina cuando sale de prisión; continúa en la mirada de los demás, en las leyes y en las instituciones. Valjean no es solamente un exconvicto perseguido por la ley sino el símbolo de un ser humano aplastado por una sociedad incapaz de perdonar. Y ahí radica la universalidad de la obra. A buen seguro una sociedad que castiga la miseria acaba creando más miseria.
Este pasado martes veíamos, en Cines La Dehesa de Ponferrada, esta nueva versión cinematográfica, que nos deja sacudidos porque ahí está el espeluznante tema de la injusticia. No se aplica la misma justicia para unos que para otros, es evidente, como vemos asimismo en nuestra España actual. No, la justicia no actúa con la misma severidad según se aplique a una u otra persona. Y esa sensación de desigualdad ante la ley nos obliga a preguntarnos cuánto hemos cambiado realmente desde el siglo XIX.
Adaptaciones cinematográficas
Se han realizado diversas adaptaciones cinematográficas de Los miserables, entre ellas la de 1998, dirigida por el gran director danés Bille August y protagonizada por Liam Neeson y Uma Thurman, además del musical de 2012 dirigido por el británico Tom Hooper, con Russell Crowe, Hugh Jackman, Anne Hathaway y Helena Bonham Carter en el reparto -las cuales he podido ver-, aparte del reciente musical que se estrenó en el teatro Apolo de Madrid.
Ahora se nos ofrece Les miserables. El origen, la nueva versión de Éric Besnard, que nos muestra un episodio concreto en la vida de Jean Valjean (la versión original en francés se titula precisamente Jean Valjean), personaje principal y complejo de la magna obra de Hugo. Tras cumplir condena por robar pan, Valjean se enfrenta a una sociedad implacable que le niega cualquier posibilidad de reinserción. En el fondo, es que los humanos, demasiado bestiales, somos unos cabrones, unos inquisidores, unos más que otros, claro está. Y a menudo nos ensañamos con los débiles, antes que con los poderosos. Hemos sido educados para ser serviles, incluso esclavos. Las sociedades suelen ser severas con los débiles e indulgentes con los poderosos. Muchas estructuras de poder se mantienen porque las personas interiorizan la obediencia y aceptan jerarquías injustas como naturales. Resulta reseñable y llamativo cómo el personaje del obispo Myriel acoge, con hospitalidad y respeto, a Valjean, algo a lo que no estamos acostumbrados. La misericordia de Myriel tiene una gran fuerza simbólica porque no actúa desde la superioridad, sino desde el reconocimiento de la dignidad del prójimo.
El guion de esta reciente adaptación cinematográfica, escrito también por su director Éric Besnard, muestra el conflicto interior de Valjean, recién salido de prisión, errabundo, convertido en un ser herido al que la sociedad trata con crueldad, como si fuera un apestado; estoy pensando inevitablemente en Frankenstein, de Mary Shelley. Tanto la criatura de Mary Shelley como Valjean son seres expulsados simbólicamente de la sociedad. Antes incluso de actuar, ya están condenados por la mirada social. El monstruo de Frankenstein no nace monstruoso sino que se vuelve monstruoso porque nadie lo reconoce como semejante. https://cuenya.blogspot.com/2010/01/frankenstein.html Algo parecido ocurre con Valjean después de salir de la cárcel, porque la sociedad le niega el pan, que un día tuvo que robar, le niega incluso la posibilidad de volver a ser persona.
El guion prioriza los silencios y las miradas. Y esa contención permite mostrar el combate interior de Valjean, su resentimiento, que surge como consecuencia de años de humillación. Da la impresión de que la violencia social terminara modelando a quienes la padecen. La película se concentra en las decisiones morales, porque no se trata solamente de sobrevivir, sino de decidir qué clase de ser humano desea ser uno, sobre todo después de tanto sufrimiento. Cada gesto de Valjean contiene esa tensión entre la rabia acumulada y la posibilidad de transformación. Y frente a él aparece el obispo Myriel, que, en vez de culparlo y castigarlo, como hace el resto de la sociedad, le habla desde la dignidad y la compasión, reconociéndolo como semejante. ¿Qué necesitamos como seres humanos para cambiar realmente? Está claro que no basta la ley, ni el castigo ni el miedo.
Muchas escenas están construidas alrededor de decisiones morales, especialmente las que nos enseñan la relación entre dos concepciones del mundo: Valjean (el odio aprendido), que ha aprendido a sobrevivir en una sociedad despiadada, y el obispo Myriel (la misericordia), que ejerce la caridad como principio moral.
El estilo de dirección de Éric Besnard se caracteriza por una puesta en escena centrada sobre todo en la exploración interior de un Valjean roto, desconfiado, cuya transformación se desarrolla de manera progresiva y verosímil. A través de un ritmo contemplativo, podemos recrearnos como espectadores en los silencios, las miradas y los gestos de los personajes.
Esta versión ha sido calificada como un “drama de interiores”, porque no estamos ante un héroe épico tradicional sino ante un hombre fracturado (Valjean) que debe reconstruirse moralmente desde dentro. Por eso los espacios cerrados adquieren tanta importancia simbólica, de modo que los espacios, las mesas compartidas, los silencios nocturnos o las miradas contenidas funcionan como prolongaciones del encierro psicológico del personaje. La prisión no ha terminado cuando abandona el presidio sino que continúa alojada en su interior.
La iluminación y la escenografía parecen trabajar en esa misma dirección moral. La luz no solo ilumina cuerpos sino que revela estados del alma. Una atmósfera sombría, los contrastes entre penumbra y claridad, los espacios austeros o cerrados pueden expresar visualmente la lucha entre desesperación y redención que atraviesa toda la historia.
Estética de la imagen
Se trata de una obra cuidada en su composición visual, mediante una fotografía oscura en interiores, donde abundan los primeros planos centrados en los rostros y las miradas de los personajes, capaces de captar sus emociones y silencios. A ello se suman amplios planos de exteriores que convierten el paisaje en una prolongación del estado anímico de estos personajes. Esa relación entre paisaje y estado interior pertenece a una tradición romántica y humanista que enlaza con la obra de Hugo. La naturaleza deja de ser decorado para transformarse en espejo emocional, donde vemos caminos desolados, cielos apagados, fríos paisajes rurales o espacios abiertos atravesados por la soledad que expresan visualmente el desamparo moral del protagonista.
La fotografía de Laurent Dailland parece hecha para hacer visible el peso interior del sufrimiento y de la exclusión social. Los primeros planos del rostro humano se convierten en un genuino paisaje dramático. Las miradas, los silencios, las vacilaciones o la dureza contenida del gesto permiten captar aquello que los personajes no pueden verbalizar. En el caso de Valjean, esos encuadres cercanos muestran a un hombre todavía atrapado entre la animalización que le ha impuesto la sociedad y la lenta recuperación de su dignidad.

