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jueves, 30 de julio de 2026

Desde el estrecho de los Dardanelos hasta Estambul

 Rumbo a un nuevo horizonte: Estambul

Puente de los Dardanelos


El Costa Fortuna, como un Rex de película, avanza por el estrecho de los Dardanelos, cuyo solo nombre despierta ya la imaginación del viajero y lo invita a fantasear con un mundo exótico, suspendido en otro tiempo. Piensa que los Dardanelos y Transilvania podrían estar emparentados porque ambos son nombres que evocan leyendas y alimentan los sueños.

Contempla fascinado el paso por el estrecho. Por momentos, tiene la sensación de navegar por un río más que por un brazo de mar, pues las orillas, la europea y la asiática, parecen tan cercanas que casi podría tocarlas con la mano. 


El instante de mayor expectación llega cuando, a lo lejos, aparece, como una alucinación, el puente de los Dardanelos. A medida que el Costa Fortuna se aproxima, la emoción crece mientras se pregunta, por un instante, si un barco de semejantes dimensiones podrá atravesarlo. Es una duda fugaz, nacida únicamente de la impresión que provoca la magnitud de la estructura, pues resulta evidente que el puente fue concebido para permitir el paso de las grandes embarcaciones. 
Mezquita Azul

El puente de los Dardanelos impresiona por su inmensidad. Supone que esa misma admiración la comparten los demás pasajeros, muchos de los cuales se agolpan en la proa para contemplar, asombrados, la colosal obra de ingeniería.

Entre los pasajeros distingue rostros de muy distintos lugares, entre ellos una pareja de Toledo que viaja con su hija, así como a una bella pasajera del verde Poniente español, con su exotismo moruno, que disfrutan de esta travesía rumbo a Estambul, donde el Costa Fortuna tiene prevista su llegada hacia las siete y media de la mañana. 


Aún quedan varias horas de navegación. Mientras navega, cree percibir el aroma de las especias del Gran Bazar y sentir la llamada de Estambul, la gran capital histórica y cultural de Turquía, donde Oriente y Occidente se encuentran desde hace siglos.

Curioso por naturaleza, busca información sobre el estrecho y el puente de los Dardanelos. Descubre que el estrecho constituye uno de los pasos marítimos más estratégicos del mundo, conocido por sus fuertes corrientes y su intenso tráfico naval. Por sus aguas navegaron en la Antigüedad Alejandro Magno y, siglos después, el poeta Lord Byron. Une el mar Egeo con el mar de Mármara y separa Europa y Asia en territorio turco. Conocido en turco como Çanakkale Boğazı y en la Grecia clásica como Helesponto, el estrecho, de unos sesenta kilómetros de longitud, apenas alcanza un kilómetro de anchura en algunos puntos. No extraña que desde cubierta parezca un río.

Por su parte, el puente de los Dardanelos, oficialmente denominado Çanakkale 1915, ostenta el mayor vano central del mundo entre los puentes colgantes. 

Mientras el Costa Fortuna continúa su avance por el estrecho, la tripulación ofrece a los pasajeros un espectáculo de derviches. No en vano el viajero recuerda con nitidez la ceremonia a la que asistió años atrás, durante su segunda visita a Estambul, cuando quedó extasiado contemplándolos girar como peonzas al ritmo de la música sufí. En esta ocasión la emoción es distinta, pues el espectáculo carece de la solemnidad y el virtuosismo de aquel recuerdo; aun así, siente en sus entrañas la misma cadencia hipnótica de la danza giróvaga, como si el movimiento circular de los derviches acompañara el lento discurrir del barco entre dos continentes. 


Además de este espectáculo, el Costa Fortuna ofrece a sus pasajeros muchas otras actividades y representaciones, pues el crucero está concebido para que el entretenimiento sea constante y nadie deje de encontrar un aliciente. Cuando cae la tarde, la temperatura sigue siendo elevada en cubierta; sin embargo, a medida que avanza la noche, el calor da una tregua y la brisa marina refresca de forma agradable el ambiente.

A estas alturas, lo mejor será disfrutar de un buen descanso en el camarote, tan confortable que invita al sueño, para despertar con las primeras panorámicas de Estambul. Y el deseo se cumple. Al amanecer contempla unas vistas extraordinarias de cúpulas y minaretes desde el Costa Fortuna, ya atracado en el Galataport, prácticamente en pleno centro de Estambul. Una ubicación privilegiada que supone un auténtico lujo para todos los pasajeros, pues les permite comenzar la visita a una de las ciudades más fascinantes del mundo apenas ponen pie en tierra.

Galataport, que el viajero no recordaba de sus anteriores visitas, es un puerto de cruceros conocido por albergar la primera terminal subterránea de cruceros del mundo. Está ubicado en el barrio de Karaköy, relativamente céntrico, a unos veinte minutos a pie del icónico puente de Gálata, que cruza el Cuerno de Oro y conecta los distritos de Eminönü y Beyoğlu. 


Yeni Camii y puente de Gálata
El viajero, que conserva en la memoria un mapa aproximado de Estambul —aunque se trate de una ciudad de dimensiones colosales—, se lanza a la calle en busca de aquellos lugares que tanto le impresionaron en sus anteriores visitas. Camina hacia el puente de Gálata, donde, como siempre, los característicos pescadores se asoman a la barandilla con la esperanza de llevar algún pez a la cesta. Mientras los observa, se pregunta si esos peces no estarán contaminados, dado que en esta zona atracan y fondean numerosos barcos. 


Consciente de que apenas dispone de tiempo en Estambul, trata de empaparse de cada instante con todos los sentidos. Se deja llevar, se abandona al ritmo de la ciudad, como si él mismo fuera un barco que navegara entre la tierra y el mar. Camina, contempla, escucha el rumor incesante de las calles, siente un calor que todavía no abrasa porque aún es temprano, aunque ya humedece la piel con un sudor al que no está acostumbrado quien ha nacido lejos de la costa, en la seca tierra del interior.

Süleymaniye

La mezquita Nueva (Yeni Camii), erguida junto al Cuerno de Oro, al sur del puente de Gálata, en el histórico barrio de Eminönü, aparece ante sus ojos con la naturalidad de las grandes obras, esas cuya belleza parece no necesitar presentación. Eminönü sigue siendo uno de sus rincones predilectos de la ciudad. Lo seduce el ir y venir de los puestos de pescado, la silueta de la torre de Gálata dominando la otra orilla y ese coro de voces de los tenderos que, con una musicalidad casi teatral, reclaman la atención de quienes pasan. 

Mezquita Azul


Quien disponga de tiempo haría bien en demorarse allí, dejándose envolver por el bullicio, por el olor del mar y por unas vistas que resumen buena parte del alma de Estambul. Pero el viajero no puede permitirse ese lujo. Lo sabía desde que comenzó el viaje. Así que reemprende la marcha en dirección a la plaza de Sultanahmet, aunque el trazado caprichoso de las calles termina conduciéndolo hasta la mezquita de Süleymaniye. Y el desvío resulta ser un regalo.

Su inmensa cúpula, los mausoleos, los patios silenciosos y los jardines convierten el conjunto en una de las grandes joyas de la ciudad. Desde allí, además, se despliega una panorámica difícil de olvidar, con el Cuerno de Oro serpenteando entre las colinas y una Estambul interminable, vertical y desbordante, que por momentos recuerda a un Nueva York oriental. Qué hermoso es el Cuerno de Oro. 

Santa Sofía

Las mezquitas constituyen el verdadero rostro de Estambul. Son miles —más de tres mil— las que salpican la ciudad, marcando el horizonte con sus cúpulas y minaretes. Entre ellas sobresalen la Nueva (Yeni Camii) y la magnífica Süleymaniye, pero también las dos grandes protagonistas del imaginario de cualquier visitante: la mezquita Azul (Sultanahmet Camii) y Santa Sofía (Ayasofya Camii), hacia las que el viajero se dirige después de haber alcanzado Süleymaniye por callejuelas apenas frecuentadas por el turismo.

Es domingo. Y Estambul, una ciudad que casi siempre parece vivir en un movimiento perpetuo, ofrece una imagen insólita. Durante unos instantes da la impresión de dormitar, como la heroica ciudad de Vetusta. La comparación resulta tan inesperada que al propio viajero le arranca una sonrisa. 


Entonces pone rumbo al Gran Bazar, aun sabiendo que lo encontrará cerrado. Los lugareños se lo repiten una y otra vez: es domingo, con lo cual no merece la pena acercarse. Pero él quiere verlo aunque sea por fuera. Le basta con recorrer sus alrededores, dejarse envolver por las calles que desembocan en sus puertas. Qué remedio. En realidad, tampoco siente la necesidad de adentrarse de nuevo en el laberinto del bazar. Ya lo hizo en anteriores visitas y, aunque reconoce su importancia, nunca ha sido el lugar de Estambul que más lo ha cautivado. Desde allí continúa el camino hacia Sultanahmet, el corazón monumental de la ciudad. Allí se alzan la mezquita Azul, llamada así por los miles de azulejos que revisten su interior, y Santa Sofía, nacida como catedral bizantina antes de convertirse, siglos después, en mezquita. 


La imagen de Santa Sofía resulta algo decepcionante porque los trabajos de restauración desdibujan parte de su silueta e impiden contemplarla como la recordaba. La mezquita Azul, en cambio, conserva intacta su capacidad de asombro. Sus seis minaretes dominan el perfil del barrio y, pese a la multitud que llena su interior, continúa transmitiendo una serenidad difícil de explicar. Afuera, sin embargo, el calor ya empieza a hacerse notar. Decide buscar una sombra y algo con lo que refrescarse.

Topkapi

Muy cerca se levanta otro de los grandes símbolos del esplendor otomano: el palacio de Topkapi, asentado sobre el promontorio de Sarayburnu, en un enclave privilegiado desde el que domina el Cuerno de Oro, el Bósforo y el mar de Mármara. Basta contemplarlo desde fuera para comprender la importancia estratégica de aquel lugar y el inmenso poder que llegó a concentrar. 
La visión del palacio despierta recuerdos cinematográficos. Por una de esas asociaciones caprichosas de la memoria, surge en la mente del viajero, que es un cinéfilo, la película Amarcord, con la fantasiosa secuencia del Gran Hotel, cuya atmósfera voluptuosa termina por confundirse en su imaginación con el universo de los harenes orientales. También recuerda Topkapi, aquella película de los años sesenta ambientada en Estambul, y, por un instante, el edificio adquiere el aire legendario de los grandes escenarios de ficción. Sin embargo, las interminables colas que serpentean junto a la entrada de los jardines acaban por disuadirlo. No será esta vez cuando cruce sus puertas. Se conforma con contemplarlo desde el exterior, imaginando los patios, los salones y los jardines donde durante siglos transcurrió la vida de los sultanes, un escenario que parece surgido de un cuento de Las mil y una noches

Desde Galtaport

El tiempo vuela. Con el corazón puesto en la bella pasajera del verde Poniente español, desea que aquel instante no termine nunca. Una estampa suspendida entre Occidente y Oriente, sobre las aguas del Bósforo, donde dos continentes parecen contemplarse frente a frente. Decide entonces hacer un alto en el camino Decide en ese momento hacer un alto en el camino y sentarse a saborear un café turco, como si en aquella pequeña taza se concentrara toda la esencia de Estambul.

Durante unos minutos el tiempo parece detenerse y la ciudad abrazarlo con todos los sentidos. Porque Estambul, a caballo entre la tradición y la modernidad, es un festín para quien sabe disfrutar de los colores, los aromas, las delicias turcas, las montañas de especias y el perfume inconfundible del café recién preparado en la terraza de un pequeño café con encanto.

La joven que le sirve el café lo atiende con amabilidad, aunque en su mirada el viajero adivina un leve poso de melancolía, una saudade que, quizá por asociación, le parece portuguesa. 


Precisamente las especias ocupan ahora sus pensamientos. Pone rumbo al Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias, junto a la Yeni Camii. Allí, la bella pasajera fotografía discretamente a los fieles mientras realizan las abluciones y, ya en el interior de la mezquita, inmortaliza la cadencia del rezo musulmán. 

El Bazar de las Especias es una embriaguez de aromas. Los efluvios del azafrán, la canela, el comino, el café o los frutos secos, entre otros, envuelven al viajero en un estado de fascinación casi hipnótica, como si, por un instante, flotara ingrávido, semejante a un derviche entregado a su danza.

Todavía queda camino hasta Galataport. Con ganas de prolongar un poco más la despedida, el viajero asciende una vez más hasta los pies de la torre de Gálata, la vieja torre genovesa. En esta ocasión no subirá a la terraza desde la que la ciudad se ofrece en toda su inmensidad. El calor, acentuado por la humedad, resulta ya casi insoportable y obliga a hacer una nueva pausa. Más que un té frío, el cuerpo le pide un zumo de naranja y granada. 


El recorrido por Estambul toca a su fin. Todo viaje termina, también este. Y el viajero descubre que ya siente nostalgia antes incluso de haber abandonado la ciudad. Una nostalgia semejante a la que creyó adivinar en la mirada de la joven que le sirvió el café turco. Mientras regresa hacia Galataport, vuelve la vista una última vez. Estambul queda atrás, pero sabe que no se marcha del todo. Algunas ciudades no terminan cuando uno las abandona. Permanecen viviendo en la memoria emocional, esperando con paciencia el día del regreso. Por fortuna, le esperan algunas islas griegas como Mykonos, Creta, Rodas y Santorini, a las que pondrá rumbo en el próximo capítulo.

miércoles, 29 de julio de 2026

Aproximaciones a Grecia, una tierra de luz




El avión despega desde la T4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas con destino a Atenas, una ciudad que el viajero ya conoció en 1993 durante un Interrail por Europa. Aquel fue un viaje inolvidable porque, desde la capital griega, se atrevió a cruzar los Balcanes en plena guerra, una experiencia que años después plasmaría en su libro Mapas afectivos. Entonces era joven e intrépido. Ahora siente el peso de los años, aunque eso no le priva del placer de viajar. Simplemente lo hace de otra manera: con menos urgencia, más atento a los matices y, por qué no decirlo, con mayor gusto por la comodidad. 

En esta ocasión aterriza en el aeropuerto internacional de Atenas, donde nunca había estado, pues en aquel primer viaje llegó por otros medios. Desde allí toma —o agarra, como dicen en México, país en el que vivió durante los años noventa— un autobús que lo conduce hasta la plaza Sintagma, el corazón de la capital griega. La reconoce enseguida, aunque sigue sin parecerle un lugar especialmente atractivo. Continúa después su paseo hasta la plaza Omonia, donde ha reservado un hotel para pasar la noche. Al día siguiente, ya por la tarde, deberá embarcar en el puerto del Pireo para iniciar un crucero por varias islas griegas, con escala, eso sí, en Estambul, ciudad que ha visitado en dos ocasiones anteriores. https://cuenya.blogspot.com/2018/08/estambul-espiritual-y-promiscua.html
Esta será la tercera, aunque sabe de antemano que apenas dispondrá de unas horas para recorrer algunos de sus lugares más emblemáticos. De esa ciudad extraordinaria habrá ocasión de hablar más adelante. https://cuenya.blogspot.com/2010/07/estambul-de-pamuk.html



Le apetecía embarcarse en un crucero. Es consciente de que no tiene mucho que ver con la forma de viajar que siempre ha preferido: a su aire, improvisando el camino y desplazándose, sobre todo, en tren. Así recorrió Europa durante aquel Interrail de 1993, aunque también entonces hubo lugar para la navegación. Desde Brindisi, en Italia, cruzó el Adriático en barco hasta la isla griega de Corfú (Kérkyra), la isla de los hermanos Durrell, Gerald y Lawrence. Gerald la convirtió en un territorio casi mítico, mientras Lawrence encontró en el Mediterráneo esa luz que impregna buena parte de su literatura. Lawrence Durrell mantuvo una estrecha amistad con Henry Miller, uno de los escritores que más profundamente han marcado al viajero. https://cuenya.blogspot.com/2011/07/henry-miller-un-coloso-de-la-literatura.html



Quizá el crucero sea una manera algo enlatada de conocer el mundo, una modalidad de la que durante mucho tiempo desconfió. Sin embargo, con los años ha aprendido que no existe una única forma de viajar. También hay algo de romántico en dejarse llevar por el mar mientras el barco enlaza puertos e islas, y no puede negarse que el confort tiene sus ventajas. Cuando la sesentena asoma en el horizonte —que se dice pronto— uno empieza a apreciar ciertas comodidades sin que eso signifique renunciar al espíritu viajero. Porque la aventura, al fin y al cabo, no depende tanto del medio de transporte como de la mirada con la que se contempla el mundo, de la capacidad de sentir. El viajero vuelve una y otra vez a aquellas palabras del gran poeta portugués Fernando Pessoa: «Sentirlo todo de todas las maneras; porque la mejor manera de viajar es sentir».


Esa máxima lo ha acompañado durante buena parte de su vida y sigue haciéndolo ahora. Más allá de acumular monumentos, fotografías o lugares en un mapa, lo que desea es sentir que está vivo, dejarse sorprender por los espacios y las personas, descubrir aquello que despierta su curiosidad y lo impulsa a continuar el camino. En el fondo, esa es la misma pulsión que llevó a Jack Kerouac a recorrer Estados Unidos junto a sus amigos y a convertir aquella experiencia en On the Road (En el camino), uno de los grandes libros del viaje entendido como forma de conocimiento y libertad. 

Arco de Adriano

El viajero llega al aeropuerto de Atenas pasada la medianoche. En Grecia es una hora más que en Madrid, de modo que el cansancio del trayecto se hace notar. El autobús tarda cerca de cincuenta minutos en alcanzar la plaza Sintagma, donde se halla el parlamento. Desde allí camina unos minutos hasta la plaza Omonia, que continúa evocándole cierta estética soviética, severa y funcional. Necesita descansar para afrontar el día siguiente con energía. El hotel es sencillo y acusa el paso de los años; bien le vendría una reforma, piensa el viajero. A cambio, dispone de aire acondicionado, algo imprescindible en pleno verano ateniense. El calor resulta sofocante. El rumor constante del tráfico, tan característico de la ciudad, no le resulta extraño. Al contrario, ese sonido permanece intacto en su memoria emocional desde su primer viaje, más de tres décadas atrás.


A la mañana siguiente se despierta descansado y con ganas de tomarle la temperatura a la ciudad. Antes, sin embargo, se concede el placer de un buen desayuno. En la misma plaza Omonia, muy cerca del hotel Claridge, descubre en un elegante edificio neoclásico una magnífica cafetería-pastelería, Veneti, donde repone fuerzas. El café capuchino es excelente y los dulces invitan a demorarse un poco más de la cuenta, aunque la ciudad espera al otro lado del escaparate. 

Con renovado ánimo el viajero emprende la marcha por la calle Athinás, una de las grandes arterias comerciales de Atenas, que enlaza la plaza Omonia con Monastiraki y bordea el barrio de Psyrí.


Plaka
A lo largo de esta céntrica calle, al igual que en otras muchas, el viajero repara en que abundan las personas sin hogar. Si bien Atenas ofrece hoy un aspecto más próspero que en otros tiempos, aún se percibe cierta pobreza. Los puestos de especias y de zumos le llaman la atención, también sus precios, más baratos que en España, aunque, en general, el coste de los alimentos resulta bastante parecido al español. A medida que el viajero avanza por la calle, la silueta inconfundible de la Acrópolis se recorta al fondo, dominando la ciudad desde lo alto como lleva haciendo desde hace más de dos milenios. 
Templo de Hefesto

El calor aprieta desde primeras horas de la mañana y cada paso recuerda que el verano griego no concede tregua. El viajero continúa caminando hasta internarse en el barrio de Plaka, uno de los rincones más agradables de Atenas, situado a los pies de la Acrópolis.
Finalmente decide no subir ese día al recinto arqueológico. Prefiere reservar la visita para su regreso, una vez concluido el crucero. Sabe que entonces dispondrá de más tiempo para recorrer la ciudad con calma, sin la presión del reloj, y conceder a la Acrópolis la atención que merece. Hay lugares que no admiten prisas y que exigen una mirada demorada, casi contemplativa. La roca sagrada de Atenas es, sin duda, uno de ellos. 

La calma es uno de los lemas del viajero, aunque no siempre resulta fácil conservarla. La prisa mata y hasta remata, como suelen decir en Marruecos. Conviene conceder tiempo a las cosas: al camino, a los lugares y, sobre todo, a las personas. Viajar no consiste únicamente en desplazarse de un punto a otro, sino en aprender a demorarse, a dejar que el paisaje, la luz y las conversaciones vayan impregnando poco a poco la memoria.

El barrio de Plaka, tan turístico como colorido, vuelve a seducir al viajero igual que lo hizo durante su primera visita a Atenas. Sus callejuelas, sus terrazas y sus fachadas de tonos cálidos le recuerdan, salvando las distancias, al romano barrio de Trastevere. Hay en ambos barrios una forma parecida de entender la vida en la calle, una mezcla de bullicio y sosiego que invita a caminar sin rumbo fijo, dejándose llevar por el azar. 


Todavía quedan algunas horas antes de poner rumbo al puerto del Pireo, pero el viajero ya comienza a pensar en el siguiente tramo del itinerario. Tendrá que tomar el metro hasta el puerto, situado a unos trece kilómetros del centro de Atenas. También lo visitó en 1993 y conserva el recuerdo de un puerto abierto al mar, lleno de vida y de promesas de partida. Se pregunta con qué puerto se encontrará ahora, más de treinta años después. Los lugares cambian, como cambian quienes los visitan.

Y, por supuesto, siente curiosidad por el barco que habrá de llevarlo de isla en isla. Lo imagina antes incluso de verlo. Quizá no sea un transatlántico legendario, pero le gusta pensar en el Rex, aquel majestuoso buque que Federico Fellini convirtió en una aparición casi onírica en Amarcord. https://cuenya.blogspot.com/2013/11/amarcord.html Hay barcos que pertenecen a la realidad y otros que navegan para siempre por el territorio de la imaginación. 


El viajero sospecha que todo viaje necesita un poco de ambas cosas. Realidad e imaginación terminan fundiéndose hasta hacerse indistinguibles. Se viaja con los pies, pero también con la memoria y con los sueños. Casi como si caminara dentro de uno de ellos, el viajero llega al puerto del Pireo. Sin embargo, el lugar ya no le parece el mismo que conociera en su primer viaje a Grecia. Quizá haya cambiado el puerto, o bien quien ha cambiado sea él. Tal vez el encanto no resida nunca del todo en los lugares, sino en la mirada con la que uno los contempla en cada etapa de la vida.

Ahora debe encontrar el barco que lo llevará durante varios días surcando el Egeo. Se llama Costa Fortuna y, para llegar hasta él, todavía tiene que tomar un autobús. Le indican que suba al 843, aunque bien podría ser cualquier otro. Eso es lo de menos. Lo verdaderamente importante es llegar a destino. 

Aún dispone de tiempo. El barco no zarpará hasta bien entrada la noche, pero las normas de la naviera aconsejan —o, más bien, obligan— presentarse con varias horas de antelación. El tiempo, siempre el tiempo, que es, en definitiva, la materia de la que está hecha la vida. Vivimos contando horas, perdiéndolas, ganándolas, administrándolas como si fueran un bien inagotable, cuando en realidad constituyen nuestro recurso más escaso. 


Quizá por eso el viajero piensa que antes que espacio necesitamos tiempo. Tiempo para mirar, para conversar, para equivocarnos, para regresar y para comprender. Sin tiempo, el espacio acaba convirtiéndose en una simple sucesión de escenarios. Y, sin embargo, no deja de recordar aquellas palabras de Henry Miller en Trópico de Cáncer, cuando afirmaba que los seres humanos necesitan estar rodeados de suficiente espacio, más que de tiempo. Tal vez no exista contradicción entre ambas ideas. Quizá lo que de verdad necesitemos sea espacio para que el tiempo pueda desplegarse, para que la vida respire y el viaje deje de ser un mero desplazamiento y se convierta, una vez más, en una emoción y por supuesto en una forma de conocimiento. 

Estación de metro del puerto Pireo

Aunque el puerto del Pireo ya no sea el mismo a los ojos del viajero, continúa ejerciendo sobre él una poderosa fascinación. Y el Costa Fortuna se le aparece como una visión cinematográfica, casi irreal, semejante a esos grandes barcos que parecen surgir lentamente de la niebla en las películas. Por un instante vuelve a pensar en el Rex de Amarcord. Los barcos poseen algo de decorado y de sueño, como si cada uno de ellos llevara consigo la promesa de una vida distinta. 

Puerto del Pireo










Quizá el viajero desee embarcarse no solo en una travesía marítima, sino también en una aventura introspectiva. Mientras contempla el puerto siente que se encuentra ante una de las grandes puertas de la filosofía. Allí no solo han confluido barcos, mercancías y viajeros, sino también ideas. Resulta fácil imaginar el incesante ir y venir de comerciantes, marineros y pensadores que hicieron del Mediterráneo un inmenso espacio de intercambio, donde circulaban con idéntica naturalidad los productos, las lenguas y las formas de entender el mundo. Ahora son turistas llegados de muy distintas nacionalidades quienes abarrotan el puerto. Se escuchan voces en español, francés, italiano y otras muchas lenguas mientras todos aguardan el momento de embarcar. 

Grecia vuelve entonces a presentarse ante el viajero como la tierra de la luz y de la razón, el lugar donde el pensamiento alcanzó una de sus cimas más altas. La claridad del Mediterráneo, esa luz que durante siglos ha seducido a pintores, poetas y filósofos, parece envolver también el puerto, otorgándole una serenidad casi intemporal. No le cuesta imaginar que, en cualquier rincón del muelle, pueda comenzar una conversación destinada a cambiar la historia. 

No es una ocurrencia gratuita. Platón eligió precisamente el Pireo como escenario inicial de La República, quizá el diálogo filosófico más influyente de todos los tiempos: «Fui ayer al Pireo con Glaucón, hijo de Aristón, para dirigir mis oraciones a la diosa y ver cómo se celebraba la fiesta que por primera vez iba a tener lugar». Allí desciende Sócrates para asistir a una celebración y, casi sin proponérselo, termina participando en una conversación sobre la justicia, el poder y la ciudad ideal que todavía hoy sigue interpelándonos. Desde entonces, el Pireo dejó de ser únicamente un puerto para convertirse también en un lugar del pensamiento.

Al viajero le gusta creer que, entre el rumor de las olas, el estrépito de las maniobras portuarias y el graznido de las gaviotas, aún resuenan las voces de Sócrates, Platón y, más tarde, Aristóteles. Quizá no sea más que una ilusión. Pero todo viaje necesita un poco de fantasía para que la realidad revele sus capas más profundas. 
Costa Fortuna con el puente de Dardanelos al fondo

Cuando el Costa Fortuna suelta amarras y comienza a deslizarse sobre las aguas en dirección al estrecho de los Dardanelos, el viajero experimenta una felicidad sosegada. Navega a bordo de un barco real, pero también de un barco hecho de cine, de literatura y de filosofía. Comprende entonces que los mejores viajes son aquellos en los que el paisaje exterior y el paisaje interior avanzan, silenciosamente, al mismo compás.

La travesía acaba de comenzar. El barco pone proa hacia el estrecho de los Dardanelos mientras el Mediterráneo va quedando atrás, convertido en un inmenso escenario donde la historia, el mito y la memoria se confunden. Será allí donde continúe el relato, siguiendo la estela del Costa Fortuna rumbo a un nuevo horizonte.



Ortigueira, paisaje, memoria y emoción fundidos en un único latido: la música


Al gaitero de Ortigueira

A los gaiteros y gaiteras que en el mundo son y están

Quienes llegamos a Ortigueira en busca de un paisaje hecho de música encontramos una matria donde Galicia, pero también Asturias, Bretaña, Irlanda y Escocia, hablan una misma lengua: la de la emoción compartida, la saudade y esa música que nos atraviesa las entrañas y nos hace vibrar con la intensidad de la primera vez, esa música que parece conocer nuestro nombre desde mucho antes de que llegáramos.

Quienes regresamos, aunque sea por enésima vez, volvemos a encontrarnos con ese territorio sonoro que nos eleva con sus melodías y sus danzas, porque cada reencuentro es una celebración de la vida. Hay lugares que nos reciben; Ortigueira, además, nos reconoce.

El gaitero de Ortigueira lo sabe. Abraza la gaita como quien sostiene su propio corazón. Cuando hincha el fuelle no solo despierta el instrumento sino que deja entrar en él la brisa de todos los tiempos, el aliento salobre del océano y el rumor inagotable del Atlántico. Entonces la música deja de pertenecer al ser humano para convertirse en paisaje.

También lo sabe la Escola de Gaitas de esta localidad costera gallega, que cada julio viste de gala el Festival Internacional do Mundo Celta para recibir a algunas de las mejores formaciones del universo celta: la imponente Bagad de Vannes Melinerion, la magnética Noon o los irlandeses Lúnasa, entre otras. Durante unos días, Ortigueira deja de ser un lugar para convertirse en un punto de encuentro donde los pueblos atlánticos celebran una memoria común hecha de melodías, danzas y emoción compartida. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215701348322491/1743536113353370 


Envuelto en un aire yodado, bajo un cielo donde la luz parece nacer de la niebla, el gaitero de Ortigueira se convierte en una bendición para el espíritu. Su música cautiva a quienes llegan a este rincón privilegiado de Galicia, donde la belleza del paisaje se funde con los sones celtas y donde el viento parece acompañar cada nota con una respiración antigua. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215701348322491/1047350234923653

Bajo esos mismos cielos universales, gaiteros y gaiteras llegados de distintos rincones del mundo alegran el alma con el aliento de sus instrumentos y nos regalan ese nutriente invisible que alimenta la felicidad. Sus melodías conmueven a este nómada que, desde hace muchos veranos, regresa dichoso a un lugar donde la música parece brotar de la propia tierra, como si naciera de la hierba, de las piedras y de las mareas.

En esta ocasión, el viajero, entusiasta de la música celta —en realidad, de toda suerte de músicas— siente una profunda saudade bajo un cielo impregnado de sal marina, cuya luz gris envuelve el paisaje con una serena melancolía.

El viajero se detiene a contemplar las barcas varadas en la marisma de Ortigueira, inmóviles, como si aguardaran el regreso de quienes un día partieron sin dejar nunca de pertenecer a este lugar. El silencio posee aquí la misma intensidad que la música; ambos hablan el idioma de la memoria.


De pronto, como si respondiera a un antiguo encantamiento, la alegría renace. Los primeros sones de las gaitas despiertan el aire dormido y hacen vibrar la ría, como si sus aguas custodiaran la memoria de un tiempo ancestral. La brisa atlántica aviva los sentidos e impregna de música y de sueños cada rincón del paisaje.

Entonces la morriña galaico-berciana se adentra en el alma. El recuerdo se funde con el instante presente y el viajero comprende que la nostalgia también puede ser una forma de la felicidad: un regreso a la matria, al útero de la memoria, allí donde nunca dejamos de ser quienes fuimos.

Paisaje, memoria y emoción laten al unísono en este rincón verde del Noroeste, donde el mar, el viento y la música hablan un idioma universal. Allí comprendemos que la verdadera patria de ciertos viajeros no es un territorio, sino una emoción.
Cada gaita que rompe el silencio nos recuerda que existen lugares de los que nunca nos marchamos del todo, porque continúan resonando en nuestro interior mucho después de la partida. Comprendemos entonces que la matria no se abandona al partir, sino que permanece en nosotros, aguardando el instante del regreso. Y cuando regresamos, la música vuelve a pronunciar nuestro nombre.