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viernes, 14 de agosto de 2026

La ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa


La ciudad de dos faros invita a sentirla. A sentirla con su música, con su luz, con sus aromas marinos y con el sabor de su pulpo, escultura incluida. También con esa temperatura agradable que, en pleno agosto, convierte el paseo en un placer. Hay ciudades a las que se regresa, como se regresa a un lugar que, de alguna manera, ya forma parte de su memoria emocional. 

El visitante, enamorado de esta ciudad de dos faros, vuelve una vez más allí donde el Atlántico rompe contra la costa y el viento escribe historias sobre las rocas. Allí donde se eleva el Obelisco Millennium, esa aguja de acero y cristal que parece desafiar al tiempo bajo el cielo del nuevo milenio. Al otro lado de la bahía, la milenaria Torre de Hércules contempla el horizonte.

El cristal y el acero del Obelisco se incendian con los reflejos del mar y del sol. La antigua piedra del faro romano, en cambio, guarda la memoria de los navegantes que durante siglos buscaron su luz. Dos materiales, dos épocas, dos maneras de mirar al horizonte. Y, sin embargo, una misma vocación: iluminar.

El Obelisco Millennium y la Torre de Hércules. Dos faros. Dos épocas. Una misma costa. Uno nació para guiar a los marinos; el otro parece recordarnos que cada generación necesita también una luz que señale el horizonte. Entre ambos dialogan el eco del pasado y el aliento del porvenir, unidos por un mismo océano: el Atlántico. 


El visitante disfruta contemplándolos. Siente que ambos faros, como dos guardianes de la ciudad, le señalan el camino hacia el mar. Desde el Obelisco emprende su recorrido por el paseo marítimo, que se prolonga durante kilómetros bordeando la costa y cuenta también con un carril para bicicletas. 

El vagamundo avanza sin prisa. El mar y la ciudad aparecen fusionados. De vez en cuando se detiene para contemplar el paisaje, para dejar que la brisa le roce el rostro, escuchar los graznidos de las gaviotas o para observar cómo la luz transforma a cada instante el color del agua.

Pronto aparece Riazor, tendida frente a él como una enorme concha abierta al océano. La playa conserva todavía el eco del festival del Noroeste, esa música que durante unos días convierte la orilla en escenario y la ciudad en una gran fiesta.  


Después llega la ensenada de Orzán. El visitante se detiene para hacer unas fotografías y recrearse ante la fuente de los surfistas, cuyas figuras parecen volar hacia el mar. Más adelante, el paseo lo conduce hasta la Domus, ese singular museo dedicado al ser humano. Después surgen unas llamativas farolas rojas que parecen marcar el rumbo hacia el extremo de la ciudad. Al fondo ya se adivina la Torre de Hércules, la «torre de caramelo», como la llamó Picasso, que vivió de niño en esta ciudad. 

Playa de San Amaro

La antigua torre se levanta sobre el promontorio como si el tiempo no hubiera pasado por ella. A su alrededor se despliega el parque escultórico, un territorio donde la piedra, el viento y el océano dan la impresión de formar parte de una misma obra. Esta vez el visitante no sube a la torre. Tampoco se acerca a la caracola, aunque su forma siga despertando en él esa clase de inspiración que solo producen ciertos lugares. No se adentra en la zona de los menhires ni busca el cementerio moro. Hay lugares que no necesitan ser recorridos por completo para permanecer en la memoria emocional. 

Wenceslao Fernández Flórez

Continúa bordeando la costa hasta la playa de San Amaro. Cerca queda el cementerio de San Amaro y el visitante recuerda que quiere volver allí después de algún tiempo. No por curiosidad, sino por memoria. Hay dos tumbas que desea reencontrar, a saber, la de Wenceslao Fernández Flórez y la de Manuel Murguía.

El cementerio lo recibe en silencio y bajo un sol radiante. Al otro lado de los muros, el Atlántico respira con su rumor incesante, mientras una extraña templanza parece envolver las sepulturas.

El visitante da algún que otro tumbo entre las calles del camposanto hasta que, finalmente, decide preguntar a un hombre que parece trabajar allí.

—¿La tumba de Wenceslao Fernández Flórez?

El hombre le responde con amabilidad. No se limita a señalarle el camino, sino que prácticamente lo lleva de la mano hasta la sepultura. El visitante se lo agradece. Y allí, delante de aquella tumba, se pregunta quién se acuerda, a estas alturas, de Wenceslao Fernández Flórez. 


Quién recuerda al escritor gallego que supo meter el miedo en el cuerpo sin necesidad de recurrir a grandes estridencias. Al maestro de un realismo fantástico arraigado en Galicia, donde las apariciones, las meigas y la Santa Compaña forman parte del paisaje con la misma naturalidad que la lluvia, la niebla o los bosques.

El tiempo ha ido apartando a Fernández Flórez del imaginario popular, pero no ha conseguido borrar su universo literario. Pertenece a esa estirpe de escritores que construyeron un mundo propio y lograron convertir la tierra en una forma de literatura. Gallego hasta en su manera de entender lo sobrenatural, mezcló la ironía con la melancolía y el humor con una cierta inquietud ante aquello que no puede explicarse. Entre vivos y muertos, en sus páginas, apenas existe una frontera.

Quizá muchos lo recuerden sin saberlo gracias a El bosque animado, la obra que José Luis Cuerda llevó al cine y que terminó formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Aquel bosque donde los árboles parecen susurrar, las almas vagan sin descanso, los animales poseen sus propias historias y los seres humanos atraviesan un territorio en el que lo extraordinario convive con lo cotidiano.

Torre de control marítimo

Pero Fernández Flórez fue mucho más que El bosque animado. Fue un cronista excepcional del alma gallega, alguien capaz de convertir las leyendas, las supersticiones y el humor en una manera de explicar el mundo. En sus páginas, el miedo se desliza con la discreción del orballo sobre los caminos y deja tras de sí una sensación difícil de sacudirse: la de que, en Galicia, los muertos jamás terminan de marcharse del todo. 

El visitante permanece unos instantes en silencio. Después busca la otra tumba. En el mismo camposanto descansa Manuel Murguía, compañero del alma de Rosalía de Castro, que duerme en el Panteón de Galegos Ilustres de Santiago de Compostela. La distancia entre ambos lugares no parece importar demasiado. Tampoco la muerte. Porque hay vínculos que no terminan con la vida.

Murguía y Rosalía continúan unidos por una historia que pertenece tanto al amor como a Galicia. Él custodió la memoria de un pueblo; ella le dio un alma inmortal con sus versos. Juntos construyeron una de las grandes historias culturales y sentimentales de la tierra gallega.

El visitante contempla la tumba de Murguía y piensa que quizá el amor, cuando es verdadero, acaba transformándose en paisajeSe convierte en el orballo que humedece los caminos, en la bruma que abraza los montes, en la espuma que se rompe contra las rocas. Se transforma en esa luz que, por un instante, parece susurrar que quienes amaron de verdad nunca terminan de despedirse, sino que simplemente cambian el lugar desde el que continúan acompañándonos. 

Castillo de San Antón

Frente a San Amaro, el Atlántico sigue respirando. Las olas llegan y se retiran con su cadencia interminable. El viajero comprende entonces que también los lugares guardan memoria. Que una ciudad no está hecha solamente de calles, edificios y monumentos, sino de las vidas que alguna vez caminaron por ella y de las palabras que quedaron suspendidas en el aire. 

Después de visitar las sepulturas, abandona el cementerio y vuelve al paseo marítimo. 


A lo lejos divisa la torre de control marítimo, junto al castillo de San Antón, antigua fortaleza levantada para proteger el puerto. Ante él, la ciudad parece desplegarse como un mapa que ya conoce de memoria. Cada rincón le resulta familiar y, sin embargo, conserva algo de descubrimiento.

Desde allí emprende camino hacia el jardín de San Carlos. El lugar le entusiasma por su aire casi exótico, por la vegetación y por el mausoleo y la escultura de Sir John Moore, el general inglés que intentó defender la ciudad herculina de las tropas napoleónicas. Al fondo se abre el puerto. 

San Carlos

El visitante permanece un momento contemplando aquella mezcla de naturaleza, arte y mar. Hay algo ceremonial en aquel jardín, como si la historia hubiera encontrado allí un lugar tranquilo desde el que contemplar la ciudad.

Después se adentra en el casco históricoDeambula por las callejuelas, cruza plazas, se deja llevar por el trazado antiguo de la ciudad. No necesita mapa. La ciudad de dos faros está en su cabeza y también, de alguna manera, en su memoria afectiva. 

Sir John Moore

Finalmente llega a las galerías de la Marina. Se detiene ante ellas, como tantas otras veces.
Le siguen pareciendo atractivas esas fachadas acristaladas que multiplican la luz y devuelven al cielo y al mar una parte de su resplandor.
 Entonces comprende que quizá toda la ciudad ha sido, durante su paseo, una sucesión de reflejos. Ciudad de Luz. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/coruna-ciudad-de-luz-y-musica.html La luz del Obelisco. La luz de la Torre de Hércules. La luz sobre Riazor. La luz que se quiebra en las galerías de la Marina. Y también esa otra luz, más íntima, que permanece en los lugares donde alguien vivió, amó, escribió o murió.

Galerías de la Marina

El viajero mira hacia el Atlántico. Quizá eso sea, después de todo, lo que hace que algunas ciudades permanezcan, esa capacidad de iluminar incluso aquello que el tiempo parece empeñado en oscurecer. 

Dos faros frente al océano. Dos épocas mirando hacia el mismo horizonte. Y entre ambos, la ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa, caminando hacia la luz mientras el Atlántico, incansable, continúa contando su historia contra las rocas.

jueves, 13 de agosto de 2026

Coruña, ciudad de Luz y música


He venido a esta ciudad, que tanto quiero, atraído por la voz de la cantante gallega Luz Casal. Mientras espero el concierto, me dejo envolver por la belleza del paisaje. El cielo y el mar resplandecen bajo una claridad acariciadora; la fortaleza de San Antón se recorta armoniosa, bañada por una luz dorada, y los barcos, inmóviles en el club náutico, completan una estampa maravillosa. Ante tanta armonía, uno solo puede detenerse, contemplar y permanecer, aunque sea por un instante, en un profundo éxtasis.

La ciudad de la luz y del faro milenario se convierte en una gran fiesta durante el mes de agosto. El visitante ansía disfrutar de todo cuanto le ofrece esta bella ciudad del noroeste peninsular, esta península que casi parece una isla, donde la música del mar y la música, en general, lo envuelven todo. 


Llega la noche y la plaza de María Pita se llena de música y emoción de la mano de Luz Casal. Con esa energía poderosa que la caracteriza, la gran diva gallega desgrana algunas de sus canciones más queridas. Entre ellas, el bolero Pienso en ti, que tantos recordamos de Tacones lejanos, la película de Almodóvar, y, sobre todo, Negra sombra, esa joya musical nacida de los versos tristes y dolorosos de la genial Rosalía de Castro. 


Me encanta ver a Luz. Me encanta escucharla. Pero, sobre todo, me encanta sentirla. Y cuando comienza a cantar Negra sombra, el tiempo parece detenerse por unos instantes. Es entonces cuando comprendo que hay conciertos que se quedan para siempre viviendo dentro de uno.

Solo por escucharla cantar Negra sombra habría valido la pena —o, mejor dicho, la alegría— de asistir a este concierto. Su interpretación me estremeció el alma y dejó la emoción a flor de piel. Hay canciones que se sienten en lo más hondo del alma. Y Negra sombra es, sin duda, una de ellas. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215801185658362/2175254770078442


No podía perderme esta cita, además, porque era la primera vez que tenía la oportunidad de ver a Luz Casal en vivo y en directo. La experiencia resultó realmente emocionante. Durante la velada, la cantante recordó también al público el Festival de la Luz, que se celebrará a finales de agosto en Boimorto, ese hermoso proyecto ideado por ella misma y convertido ya en un encuentro imprescindible. 


También en la plaza de María Pita, donde se yergue la heroína coruñesa, tuve el placer de asistir al concierto de Dorian, la banda catalana que ha sabido fusionar el indie rock con la música electrónica. Aunque conocía algunas de sus canciones, era la primera vez que los veía sobre un escenario, y la experiencia superó con creces mis expectativas. Su sonido envolvente, unido a unas letras que invitan a la reflexión, acabó por resultar hipnótico. Sin duda, habrá que seguirles la pista. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215825226739374/1020196487493017


El nombre del grupo invita de un modo inevitable a pensar en El retrato de Dorian Gray, la célebre novela de Oscar Wilde, cuyo protagonista simboliza la eterna juventud y la fascinación por la belleza. Quizá esa asociación entre modernidad y raíces clásicas explique, aunque solo sea como una feliz coincidencia, que la música de Dorian posea esa extraña capacidad de sonar contemporánea sin perder cierta hondura atemporal. 

Esa misma noche tuve también el placer de disfrutar, en la plaza de Azcárraga, de la actuación de Fantastic Negrito, un músico californiano tan divertido como virtuoso, que envolvió al público con la fuerza y el ritmo de su blues. Todo ello en un marco incomparable, en el corazón de una de las plazas con más encanto de la ciudad. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215825390383465/1638701641301165


En el centro de esta plaza se encuentra la Fuente del Deseo, hasta hace poco coronada por una escultura de bronce que representaba al Deseo bajo la figura de una mujer que sostenía un farol en su mano derecha. Al parecer, la escultura se encuentra actualmente en restauración. Sorprenden asimismo las plataneras centenarias que rodean la plaza, cuyas frondosas copas forman una especie de techo vegetal que la cubre por entero y dotan al lugar de una atmósfera única y acogedora. 

Por este mismo escenario pasaron también, entre otros, grupos como La Perra Blanco, liderada por la gaditana Alba Blanco, con un potente directo de rock, y Moura, una banda gallega que mezcla el rock progresivo y psicodélico con el folk rock, creando una atmósfera que invita al trance. Por cierto, el fundador del grupo es oriundo de Boimorto, donde se celebra el Festival de la Luz. 


El Festival del Noroeste continuó con otra serie de propuestas, entre ellas Sés, Sprints, Rusowsky, Echo & the Bunnymen —cuyos sonidos pueden evocar, en algunos momentos, a The Doors— y Bomba Estéreo, que llevaron su música hasta la playa de Riazor.

https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215840757687638/960371523443993

Me sorprendió especialmente Bomba Estéreo. Con ellos, Riazor pareció convertirse por un instante en Colombia. La electrónica, el rock, el reguetón y una inconfundible esencia tropical se apoderaron de la playa, transformándola en una gigantesca pista de baile. La banda colombiana, arrolladora sobre el escenario, ofreció un espectáculo magnético ante una multitud entregada que vibró y bailó con su música. 


Y quizá esa sea una de las grandes virtudes de Coruña en agosto: conseguir que la ciudad entera, en diferentes escenarios, parezca respirar al ritmo de la música. Desde la belleza resplandeciente del club náutico y la Marina hasta la emoción de María Pita, desde las noches íntimas de Azcárraga hasta la energía desbordante de Riazor, la ciudad se convierte durante un tiempo en un inmenso escenario.

Una ciudad de Luz y música para sentir.

martes, 4 de agosto de 2026

Atenas, la cuna de la filosofía



Después de la llegada al Pireo, el viajero regresa a Atenas como si volviera a casa. La ciudad sigue sonando igual que antes de embarcar en el Costa Fortuna, igual que en su primera visita, más de treinta años atrás. El mismo tráfico acelerado, los vehículos cosiendo las calles como avispas, el aire caliente que parece brotar del asfalto y una luz cegadora que penetra directamente en el alma. Atenas es, como escribe Henry Miller en El coloso de Marusi, una ciudad de sobrecogedores efectos atmosféricos: no está empotrada en la tierra, sino suspendida en un incesante cambio de luz, con un pulso que late al ritmo del color.


Es probable que Atenas no sea una ciudad hermosa en el sentido convencional. Hay capitales que seducen a primera vista; Atenas, en cambio, sólo termina revelándose a quien le concede tiempo. Siempre el tiempo, convertido casi en una obsesión para el viajero, que siente cómo se escapa con una velocidad insoportable. A veces desearía detenerlo, congelarlo, pero sabe que ningún viaje concede ese privilegio.


Esta vez toma un autobús desde la terminal del puerto hasta la plaza Sintagma. Desde allí apenas hay un paseo hasta la plaza Omonia, donde vuelve al mismo hotel en el que se alojó antes del crucero. Tras dejar la maleta en la habitación, entra en el Veneti, una cafetería a la que ha terminado por tomar cariño.

El centro de Atenas le recuerda, salvando todas las distancias, a Casablanca. No puede evitar establecer analogías entre ciudades. La marroquí pertenece al mundo musulmán; Atenas, a la tradición cristiana ortodoxa, cuyas iglesias siguen resonando entre la piedra y la luz dorada. Pero, sobre todo, es la ciudad donde conviven el presente y la Antigüedad. Basta atravesar el ágora para encontrarse con el templo de Hefesto, también conocido como Hefestión, uno de los templos dóricos mejor conservados del mundo antiguo.


Su sola contemplación basta para comprender la extraordinaria riqueza histórica y arquitectónica de la ciudad. Sin embargo, el viajero está convencido de que el mayor lujo de Atenas no fueron sus templos, sino la filosofía. Allí donde unos discutían de política, otros compraban aceite o vino y cerraban tratos cotidianos, fue naciendo una forma de pensar que todavía sostiene buena parte del pensamiento occidental. De algún modo, aquella vida pública le recuerda al pueblo del viajero, al útero de Gistredo, donde también los acuerdos se sellaban alrededor del ganado.

Cuesta caminar entre aquellas ruinas sin imaginar a Sócrates deteniendo a cualquier ciudadano con una pregunta incómoda, sembrando dudas allí donde todos creían poseer certezas. Ese cuestionamiento permanente de las propias certezas fue el punto de partida del conocimiento. Después llegarían Platón y Aristóteles, completando una tradición intelectual que convirtió la conversación en una herramienta para alcanzar el conocimiento. Quizá por eso Atenas siga siendo, todavía hoy, la cuna de la filosofía: el amor al saber

El viajero vuelve a recorrer, como un filósofo peripatético, el colorido barrio de Plaka, uno de los rincones más hermosos y animados de la ciudad. Restaurantes, tabernas, cafés y tiendas de recuerdos conviven con vestigios de la Antigüedad, mientras las buganvillas trepan por las fachadas encaladas envolviendo las calles en una belleza luminosa.

Después se adentra en Monastiraki, célebre por sus mercados y sus terrazas siempre bulliciosas, y más tarde llega al vecino barrio de Psiri, antiguo distrito degradado y hoy convertido en uno de los enclaves más bohemios y creativos de Atenas. Galerías, pequeños comercios, bares y restaurantes ocupan unas calles donde el viajero descubre que la ciudad que inventó la filosofía también sabe jugar.

Entre réplicas de la Torre Eiffel, el Big Ben y la Estatua de la Libertad, el Little Kook sorprende con una decoración inspirada en los cuentos de hadas. Incluso aquí, piensa el viajero, hay espacio para la fantasía. En uno de sus locales saborea un delicioso gyros pita cuyo sabor lo transporta, inesperadamente, a la rue Saint-Denis de sus años parisinos.

En estos barrios la vida discurre con una naturalidad mediterránea que le resulta profundamente familiar. Cada plaza, cada terraza y cada conversación parecen recordarle que las ciudades bañadas por el Mediterráneo comparten una misma manera de entender el tiempo, la amistad y el placer de vivir.

Anafiotika

Levanta la vista hacia la Acrópolis, la ciudadela que corona la colina donde el Partenón, dedicado a Atenea, desafía al tiempo desde hace más de veinticinco siglos. Desde abajo parece un barco de piedra varado sobre la cima. Desde el comienzo del viaje ha deseado llegar hasta allí, como si toda Atenas se concentrara en ese recinto sagrado. Antes atraviesa Anafiotika, el pequeño barrio de casas tradicionales que se encarama por las laderas de la Acrópolis y cuya tranquilidad parece trasladada desde una isla del Egeo.

Henry Miller escribió que Grecia seguirá siendo un recinto sagrado hasta el fin de los tiempos, «el único paraíso en Europa». Mientras contempla aquellas piedras, el viajero siente un estremecimiento que le recorre las entrañas. Sólo por experimentar esa emoción ya merece la alegría acercarse hasta allí.

Al fondo, el Licabeto

Desde lo alto, Atenas se derrama blanca hasta el horizonte como una inmensa bahía de edificios, mientras el monte Licabeto emerge como la proa de un navío. El paisaje despierta en él una nostalgia difícil de explicar.


La Acrópolis está abarrotada de visitantes que esperan con paciencia para pagar la entrada. El precio le hace preguntarse qué ocurriría con quienes no pudieran permitírsela. Resulta curioso comprobar cómo incluso los lugares donde uno busca únicamente belleza terminan sometidos a la lógica del dinero. Y, sin embargo, comprende que también esa herencia necesita ser conservada. Basta contemplar la ciudad desde allí arriba para sentir un gran placer. 


Se detiene ante el Erecteón y su célebre pórtico de las Cariátides. Hay una delicadeza conmovedora en aquellas muchachas de piedra que sostienen el templo sobre sus cabezas sin que el peso altere la serenidad de sus rostros.


Mientras las observa piensa que quizá la verdadera fuerza consista precisamente en eso: soportar el paso de los siglos sin perder la elegancia. La elegancia por encima de todo, como acaso habría pensado un dandi como Óscar Wilde. Después posa para una fotografía frente al Partenón y recuerda las diapositivas o filminas que su profesor de Historia del Arte proyectaba cuando apenas era un estudiante de Bachillerato. Comprende entonces que aquellos templos lo habían acompañado mucho antes de conocerlos.  

También contempla los Propileos, el Odeón de Herodes Ático y el teatro de Dioniso, el dios del vino, lugares que le emocionan especialmente por su antigua afición al teatro y por las obras que él mismo ha llegado a escribir y representar.

Como a Henry Miller, también le fascinan las ruinas, el desorden, la erosión y ese carácter casi volcánico sobre el que descansa toda la Acrópolis.

Teatro Dioniso

Al abandonar la colina regresan el ruido, el tráfico y el caos cotidiano. Entonces comprende que Atenas nunca fue una ciudad silenciosa. Tal vez Sócrates tampoco necesitó silencio para pensar. Quizá por eso, entre el claxon de un taxi y el zumbido de una motocicleta, todavía parece que alguien está a punto de formular la pregunta adecuada. Después de tanta reflexión, el viajero, que también es un hombre de carne y hueso, siente el deseo irresistible de tomar un helado de yogur griego, cuyo sabor ya le parece inseparable de Atenas. Mientras lo saborea recuerda otra frase de El coloso de Marusi: «Hoy, como en el pasado, Grecia es de la máxima importancia para todo hombre que busca encontrarse a sí mismo... La tierra griega se abre ante mí como el Libro de la Revelación».

La tarde empieza a oscurecer y amenaza tormenta. Decide regresar al hotel para descansar antes del viaje del día siguiente al aeropuerto. Sin haberse despedido todavía de Atenas, ya siente el deseo de volver. Quizá porque algunas ciudades sólo empiezan a revelarse cuando uno está a punto de abandonarlas. Aún queda tiempo; el tiempo, siempre el tiempo: la sangre con la que se escriben todos los viajes