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miércoles, 24 de junio de 2026

La villa de Comillas envuelta en una luz de acuario


Universidad Pontificia












Desde el mirador de la Corneja alcanzo a ver un trozo del antiguo edificio de la Universidad Pontificia de Comillas. Apenas una parte, y sin embargo la distancia parece abolirse. Como ocurre en ciertos sueños, tengo la extraña impresión de encontrarme frente a su fachada, a escasos metros de ella. La sensación es irreal y, al mismo tiempo, insólitamente placentera. https://cuenya.blogspot.com/2026/06/del-mirador-de-la-corneja-comillas-y-el.html  

Al fondo el palacio de Sobrellano

Transcurrido un tiempo que no logro descifrar, la antigua construcción de ladrillo rojo se alza sobre una colina. Finalmente decido subir. Antes, sin embargo, pido permiso al guarda que parece custodiar la entrada. Conviene pedir permiso; nunca se sabe qué presencias habitan ciertos lugares. Permiso concedido. Eso sí, no hay que pisar el césped, sino seguir la vereda marcada, según me señala un hombre encargado del cuidado de los jardines. Prosigo por el camino señalado porque me apetece recrearme de cerca en la arquitectura de la susodicha universidad, con su imponente estilo neogótico-mudéjar y su rica ornamentación modernista catalana. 

Al fondo el cabo de Oyambre

Desde la colina, impregnada de un aroma a eucalipto mentolado, las vistas resultan formidables al mar Cantábrico así como al mirador de la Corneja y al cabo de Oyambre. Asimismo, el visitante puede gozar de panorámicas a la villa, con el palacio de Sobrellano enmarcado en un verdor exótico. https://cuenya.blogspot.com/2026/06/san-vicente-de-la-barquera-una-estampa.html 

Comillas, como San Vicente de la Barquera, Cóbreces o Santillana del Mar, pertenece desde hace tiempo a mi geografía sentimental. Se quedó grabada en mí desde aquella primera visita y, desde entonces, forma parte de mis afectos. Hay lugares a los que uno regresa porque sabe que nunca serán exactamente los mismos. El viajero vuelve para contemplarlos bajo otras estaciones, otras luces, otras sombras; vuelve porque desea comprobar cómo el tiempo modifica aquello que parecía inmutable y cómo él mismo ha cambiado mientras tanto. 

Palacio de Sobrellano


https://cuenya.blogspot.com/2024/12/luces-de-bohemia-pelicula-de-miguel.html
 Esta vez Comillas me aguarda envuelta en una claridad fragante, en una luz de acuario que transforma jardines y fachadas en materia de ensueño. Pienso entonces en los versos de Rosa de Sanatorio, de Valle-Inclán, que permanecen alojados en algún rincón de mi memoria gracias a la voz radiofónica de José Luis Moreno-Ruiz, cántabro de origen y amigo inolvidable. Tal vez por eso la villa adquiere una cualidad hipnótica, como si flotara entre la realidad y el recuerdo. https://cuenya.blogspot.com/2010/01/jose-luis-moreno-ruiz-y-su-rosa-de.html 

El Capricho

Paseo por el entorno del palacio de Sobrellano, con su elegancia neogótica, y por los jardines donde se halla el Capricho de Gaudí. Sus formas me transportan, de manera inesperada, a las chimeneas de las hadas del valle de Göreme, en Capadocia, que contemplé tiempo atrás. Entonces podía visitarse sin dificultad el Capricho. Ahora incluso se forman colas para entrar. O directamente la entrada es para otro momento del día. El viaje está hecho de estas misteriosas correspondencias, en el sentido de que un rincón del Cantábrico puede abrir una puerta hacia Anatolia; y una torre puede despertar el eco de una montaña remota. https://cuenya.blogspot.com/2010/03/gaudi-en-el-bierzo-en-astorga-en-leon.html 

Después me interno en el casco histórico y me detengo junto a la fuente de los Tres Caños, obra de Domènech i Montaner. Su estructura recuerda un candelabro barroco cubierto de motivos vegetales, una presencia luminosa que parece surgir del corazón mismo de la villa. La huella de Domènech i Montaner aparece en numerosos rincones de Comillas: en la ampliación del cementerio, en el monumento al marqués y en la segunda fase del proyecto de la antigua Universidad Pontificia. 

Continúo el recorrido por esta villa y, en la distancia, se me aparece, es un decir, el marqués de Comillas, cuyo monumento, elevado sobre una loma, nos muestra a este mecenas avistando el mar, como si esperase un barco. Fue emigrante, cruzó el océano rumbo a Cuba y regresó convertido en uno de los hombres más ricos de España. 

Su fortuna quedó inscrita en la piedra de la villa, en sus palacios, monumentos e instituciones, como el antiguo edificio de la Universidad de Comillas, entre otros. Pero más allá de la piedra permanece la historia humana, la del hombre que partió y regresó transformado. 

Fuente Tres Caños

El Cantábrico se extiende ante mí con esa mezcla de serenidad y amenaza que siempre lo caracteriza. Disfruto del puerto. A continuación, me dirijo hacia el viejo cementerio gótico. En la senda encuentro el faro y las grandes letras que anuncian el nombre de la villa. Más allá, el Cantábrico abre su horizonte de espuma. Por fin, llego al lugar de reposo. Allí, dominándolo todo desde lo alto, el Ángel Exterminador se eleva en un perpetuo éxtasis de piedra frente al horizonte marino. Contemplo su silueta recortada contra el cielo y no puedo evitar el recuerdo de la película de Buñuel https://cuenya.blogspot.com/2018/12/el-angel-exterminador-de-bunuel.html, que nos habla de un encierro, y por supuesto rememoro la canción de Jorge Martínez, el líder de la banda Ilegales. A Jorge Martínez https://cuenya.blogspot.com/2010/10/ilegales-en-la-sala-la-vaca-de.html le dedico estas líneas, como quien arroja una botella al mar de la memoria. 

Hay cementerios que parecen haber sido construidos para conversar con el mar, como si en ellos los muertos siguieran hablándoles a los vivos, al modo de los personajes del escritor mexicano Rulfo https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html 

Cementerio de Comillas

El camposanto de Comillas es uno de ellos. En este viaje me ocurre algo parecido a lo que ya me sucedió en otra ocasión. No porque vuelva a encontrarme por azar con la actriz Aitana Sánchez-Gijón en esta villa cántabra, sino porque, una vez más, me detengo a contemplar las tumbas. La muerte siempre está ahí. Y esa contemplación me traslada al cementerio de Luarca, suspendido como el de Comillas también sobre el mar, donde reposan el Nobel Severo Ochoa y el oscarizado Gil Parrondo. https://cuenya.blogspot.com/2019/07/de-tapia-luarca.html Y junto a esos recuerdos aparece otro nombre, el de José Luis Moreno-Ruiz. Pienso en Moreno-Ruiz con afecto, al igual que lo hago con el director artístico Gil Parrondo y sus visitas ya remotas a la Escuela de Cine de Ponferrada, en una época que ahora me parece lejana y radiante, como si perteneciera a otra vida. 

También en esta ocasión, como me sucediera en otro tiempo, el cementerio de Comillas me conduce inevitablemente al de Santa Mariña de Cambados https://cuenya.blogspot.com/2009/12/cada-vino-reclama-su-sacramento.html, donde descansan la actriz leonesa Josefina Blanco Tejerina, la mujer de Valle-Inclán, y uno de los hijos de ambos. https://cuenya.blogspot.com/2023/09/en-tierras-valleinclanescas.html 

Los lugares se enlazan unos con otros mediante hilos invisibles. Un paisaje convoca a otro; un pasado despierta otro pasado. 

Cuando abandono el camposanto, tengo la sensación de haber recorrido mucho más que una villa junto al mar. Dejo atrás Comillas rumbo a San Vicente de la Barquera, donde comenzó esta travesía cántabra, entonces comprendo que el verdadero viaje no ha transcurrido sólo por calles, plazas y miradores, entre otros espacios, sino que ha sucedido en esa región incierta donde conviven la memoria, la literatura y los afectos. Los edificios, los jardines, los cementerios y el mar no han sido más que señales dispersas. El verdadero mapa permanece en otra parte: en esa geografía invisible donde los lugares sobreviven mezclados con los libros, los recuerdos y los nombres de quienes ya no están. Un mapa que nunca termina de dibujarse porque está hecho de tiempo, de tiempo y cariño.

lunes, 22 de junio de 2026

Del mirador de la Corneja a Comillas y el cabo de Oyambre

Si a uno le dijeran que desde el mirador de la Corneja puede verse, en los días más despejados, el pico Urriellu, en los Picos de Europa asturianos https://cuenya.blogspot.com/2020/07/de-llanes-bulnes.html, quizá pensaría que se trata de una exageración, de una imagen propia de la ficción o de una fantasía romántica. Sin embargo, desde este balcón natural situado en el litoral occidental de Cantabria, entre el rumor de las olas y el silencio de los prados, en Ruilobuca, pequeña localidad del municipio de Ruiloba, es posible divisar el Naranjo de Bulnes (Urriellu) https://cuenya.blogspot.com/2023/09/el-latido-de-la-naturaleza-en-picos-de.html, el antiguo edificio de la Universidad Pontificia de Comillas y, por supuesto, el cabo de Oyambre, próximo a San Vicente de la Barquera, que tanta fascinación suscita en el viajero. 


El mirador de la Corneja, a pocos metros de la colina donde se eleva la ermita de Nuestra Señora de los Remedios en Liandres, es un lugar especial que he podido visitar en más de una ocasión. Mi última visita la realicé en compañía de Sagrario y Maribel, a quienes conocí en la hospedería del monasterio de Cóbreces. Fue precisamente el tío Leoncio, residente en la abadía cisterciense de esta localidad cántabra, quien me habló por primera vez de este rincón, al que acudía en sus años mozos, y también en los no tan mozos, para pasear y contemplar la belleza de este singular encuentro entre la tierra y el mar. 


Se trata de un paraje atlántico de extraordinaria hermosura, donde la costa acantilada, cubierta de vegetación, se asoma al Cantábrico con serena grandiosidad. La ensenada de Fonfría aparece en primer término, mientras las vistas se abren sobre los acantilados y el horizonte marino. La amplitud visual del lugar alcanza su punto culminante al atardecer, cuando las puestas de sol tiñen el paisaje de matices cambiantes y parecen suspender, por un instante, la gravedad emocional del mundo. 


Desde este privilegiado observatorio puede apreciarse con claridad el relieve costero, la línea quebrada de la costa y la transición entre la vegetación que cubre los acantilados y los farallones rocosos que desafían al mar. Todo ello conforma uno de esos paisajes épicos característicos de la marina cántabra, donde naturaleza, luz y horizonte se funden en una estampa de simpar belleza.

domingo, 21 de junio de 2026

Bosque de secuoyas en Cantabria, una catedral inmensa

Me resultaba difícil imaginar que me encontraría con un bosque de secuoyas en Cantabria, una tierra que ha sabido preservar y dar a conocer algunos de sus tesoros naturales más sorprendentes. 


El bosque de secuoyas me llevó de inmediato a recordar Vértigo, la obra maestra de Hitchcock. Acudió entonces a mi memoria aquella inquietante secuencia rodada entre las secuoyas californianas, donde la naturaleza parece confundirse con los laberintos del tiempo, la memoria y la muerte. https://cuenya.blogspot.com/2011/03/vertigo-de-entre-los-muertos.html Hay algo profundamente perturbador en esos árboles gigantescos, como si custodiaran secretos inaccesibles para los seres humanos, como si pertenecieran a una dimensión temporal distinta de la nuestra.

Fueron Sagrario y Maribel, las dos chicas salmantinas con las que coincidí en la hospedería de Viaceli de Cóbreces, quienes despertaron mi curiosidad por este lugar. Otros viajeros me habían hablado también de él, aunque nunca había encontrado la ocasión de visitarlo. Quizá por eso la expectativa era grande.

La llegada tuvo algo de desconcierto. Durante unos minutos creímos habernos equivocado de camino. Ante nosotros se extendía un robledal magnífico, poblado por árboles de porte venerable, cuya presencia imponía respeto. Sagrario y Maribel compartían mi perplejidad. «¿Pero no habíamos venido a un bosque de secuoyas?». Por un instante pensé que aquel lugar pertenecía más a la leyenda que a la realidad, como si el bosque se resistiera a revelarse de inmediato al visitante y exigiera una pequeña prueba de paciencia antes de mostrarse. Pero finalmente apareció. 


Surgió ante nosotros como una visión inesperada. Los altísimos troncos rojizos se elevaban hacia el cielo formando una suerte de arquitectura natural que recordaba las columnas de una catedral. La luz descendía tamizada entre las copas, filtrándose lentamente hasta alcanzar el suelo. Todo parecía envuelto en una atmósfera de película de Hitchcock, como si aquel rincón del mundo hubiera quedado al margen del ruido y de la prisa que gobiernan la vida contemporánea.

La altura de las secuoyas empequeñece al ser humano. Uno camina entre ellas con la sensación de haber penetrado en una ciudad como Nueva York, con un Manhattan vegetal levantado no por la mano del ser humano, sino por la paciente obra del tiempo. Entonces se comprende que estos gigantes vegetales pertenecen a una escala temporal que apenas alcanzamos a imaginar. Algunos árboles extraordinariamente longevos, como el tejo milenario de San Cristóbal de Valdueza en el Bierzo, han vivido más de mil años. Cuando nacieron, imperios enteros aún no habían alcanzado su apogeo y civilizaciones que parecían eternas ni siquiera habían imaginado su decadencia. 

Tejo de San Cristóbal de Valdueza

Mientras paseábamos bajo aquellas gigantescas bóvedas verdes, Sagrario evocó un reciente viaje a Japón. Comentó que allí había percibido una profunda sensibilidad hacia la naturaleza. Aquella experiencia le había llevado a admirar aún más la extraordinaria capacidad de ciertos árboles para resistir, e incluso sobrevivir, al fuego. Las llamas, lejos de representar únicamente destrucción, favorecen la apertura de las piñas y la dispersión de las semillas sobre un suelo enriquecido por las cenizas. Me pareció una hermosa metáfora de la existencia. A menudo la vida encuentra caminos para renacer precisamente allí donde todo parecía perdido. La destrucción y la creación, la muerte y el renacimiento, forman parte de un mismo proceso que la naturaleza conoce desde mucho antes de que los seres humanos comenzáramos a preguntarnos por su sentido. 


Cuando abandoné el bosque comprendí que mi fascinación no procedía únicamente de la rareza botánica de encontrar secuoyas en Cantabria. Había algo más profundo. Quizá la impresión de hallarme frente a una realidad cuya escala temporal excede por completo la medida de una vida humana. Quizá la intuición de que somos apenas un instante en medio de una duración inmensa. O quizá, simplemente, la certeza de que lugares como este nos recuerdan que el mundo es mucho más antiguo, más vasto y más misterioso de lo que solemos imaginar.