Sí, el viajero se dirige a los Lagos de Covadonga con la esperanza puesta en contemplarlos bajo una luz radiante, con el cielo azul como telón de fondo. La vez anterior, hace ya tres años, pudo verlos, sí, pero en medio de una espesa niebla que terminó por envolverlo todo.
En Cangas de Onís luce el sol y el viajero se siente animado. La subida hasta los lagos le procura un auténtico chute de dopamina. Se siente en éxtasis, como un anacoreta que, después de alcanzar la levitación, hubiera atravesado el umbral hacia una nueva dimensión. Esto de elevarse es algo que al viajero siempre le ha encantado.
A medida que gana altura, tiene la impresión de adentrarse en una zona boscosa poblada por xanas y cuélebres, quizá también por algún vampiro flipado de esos que uno podría imaginar en la Transilvania rumana. La montaña asturiana empieza a adquirir un aire fantástico, casi onírico.
| Santuario de Covadonga |
Y cuando ante su mirada se alza el santuario de Covadonga, siente que se hubiera trasladado, por arte de magia, a otro lugar, a un mundo exótico y misterioso. Hay algo en este entorno que desborda lo puramente paisajístico. Es la combinación de la montaña, el bosque, la piedra y esa luz cambiante que convierte cada curva del camino en una revelación.
Covadonga es un entorno mágico, sagrado, religioso para quienes deseen sentirlo así. Y el viajero, que venía buscando luz, acaba encontrando un paisaje que conserva intacto su misterio.
Continúa rumbo a los ansiados lagos.Las vistas hacia los Picos de Europa resultan alucinantes. Antes de contemplarlos, todavía bajo una luz radiante, disfruta de un paisaje soberbio. Incluso cree atisbar el Naranjo de Bulnes, el Pico Urriellu. Es probable que sea una alucinación suya. O no.
En el camino se encuentra con una pareja de jóvenes madrileños que le pide que les haga una foto. Es la chica quien se acerca y le pregunta si puede hacerles un retrato con aquel bello entorno como escenario acaso fílmico. El viajero accede, naturalmente.
Apenas han transcurrido unos instantes cuando algo empieza a cambiar. La niebla comienza a descender. El viajero no puede dar crédito a lo que está presenciando. Una bella visitante le alerta de que, en poco tiempo, la zona quedará cubierta por la niebla.No puede ser. Esta vez, no.
El viajero había subido con la esperanza de contemplar los lagos bajo una intensa luz veraniega. Con el cielo despejado, quizá incluso con ese azul rotundo que convierte las montañas en estampas de postal. Pero la montaña tiene sus propios planes.Cuando quiere darse cuenta, la niebla ya está inundándolo todo. Avanza con una rapidez desconcertante, borrando poco a poco las montañas, los caminos y las vistas que apenas unos minutos antes se ofrecían luminosas ante sus ojos. Y todavía le queda un trecho por recorrer hasta alcanzar el lago de la Ercina.
| Lago Ercina |
La sensación le conduce inevitablemente a un conocido cuadro del pintor alemán Caspar David Friedrich: El caminante sobre un mar de nubes. En él, un hombre solitario contempla desde lo alto un paisaje que parece no tener fin.
El viajero también se siente pequeño ante la montaña. Pequeño ante la niebla. Pequeño, en definitiva, ante una naturaleza que no atiende a planes ni expectativas y que, de vez en cuando, se encarga de recordarnos quién manda.
Uno puede subir buscando el cielo azul, la luz perfecta, la fotografía soñada. Pero la montaña decide. Y esta vez, como ya ocurrió hace tres años, parece haber decidido que el viajero tendrá que ganarle la partida a los lagos.
Quizá los lagos no jueguen ninguna partida, ni siquiera una de ajedrez, como la que disputan la muerte y el protagonista de El séptimo sello, de Ingmar Bergman. Pero en esta ocasión también ellos se revelan bajo una luz grisácea, envueltos en una atmósfera que los hace parecer más próximos a un sueño que a un paisaje real.
El lago de la Ercina se muestra al viajero, en un principio, como una aparición fantasmagórica. Apenas se intuyen sus formas entre la niebla. Sin embargo, a medida que se acerca, comienzan a dibujarse sus contornos. La luz cambiante, acompañada por la niebla que desciende sobre el paisaje, le permite a duras penas tomar algunas instantáneas. No hay tiempo que perder.
El clima, plenamente veraniego nada más poner los pies en este entorno, se ha tornado de pronto otoñal.Después de dejar atrás el lago de la Ercina, el viajero asciende por una pendiente. Desde lo alto intuye que, abajo, al fondo, se encuentra el lago Enol. Tiene la impresión de que, a medida que descienda hacia él, el lago irá aclarándose. Y así sucede.
Por fortuna, el lago Enol acaba revelándose como una imagen antigua. Una de esas imágenes que parecen haber permanecido intactas en algún rincón de la memoria, esperando el momento preciso para volver a aparecer.
La niebla todavía juega con el paisaje, pero ahora el viajero empieza a distinguir el lago, sus aguas, las montañas que lo rodean. Poco a poco, aquello que parecía oculto comienza a hacerse visible. Y comprende que quizá la montaña le haya vuelto a ganar la partida, sí, pero también le ha concedido algo a cambio: la posibilidad de contemplar los lagos de un modo distinto. Acaso más misterioso. Más romántico. En medio de la niebla.Quizá no sea la fotografía soñada. Pero sí otra historia que contar. Y quizá sea precisamente eso lo que la montaña quería enseñarle.
Los Lagos de Covadonga se presentan ante el viajero como una belleza sublime, casi irreal, semejante a un cuadro pictórico romántico en movimiento. La grandiosidad de las montañas, la niebla que envuelve el paisaje, la luz cambiante y el silencio del entorno crean una atmósfera que recuerda inevitablemente al universo de Caspar David Friedrich. Como en la obra de Friedrich, el ser humano aparece diminuto frente a una naturaleza que lo sobrepasa. Y en Covadonga el viajero no se limita a contemplar el cuadro. Siente que ha entrado en él. Se convierte, por un instante, en aquel caminante que se detiene ante un mundo de montañas, nubes, vacas y abismos, suspendido entre lo visible y lo infinito.
La niebla se desplaza como una pincelada viva. La luz transforma continuamente las montañas. El paisaje parece componerse y descomponerse ante los ojos del visitante. Es una pintura que respira. Un cuadro que cambia. Un paisaje que se mueve.
Visitar este paraje supone, en cierto modo, penetrar en una pintura romántica: situarse frente a la inmensidad, experimentar la pequeñez humana y, al mismo tiempo, sentir la fascinación de formar parte de aquello que se contempla. El viajero deja de estar ante el paisaje para encontrarse dentro de él.
Y quizá no sea casualidad que la visita a los lagos coincida con la víspera del Día de Asturias. Porque hay lugares que, de alguna manera, terminan visitándolo a uno.
Al regresar a Cangas de Onís, al hotel Virgen de Covadonga, el viajero lleva consigo la sensación de haberse adentrado en una nueva dimensión: un territorio en el que la naturaleza respira, cambia y se revela a cada instante.







