Ponferrada y O Barco de Valdeorras miran hacia Miño como quien mirara hacia su playa. Y, en cierto modo, lo es. Algo parecido parece insinuarle al visitante la sonriente muchacha de la oficina de turismo cuando descubre que viene del Bierzo, tierra hermana, tan próxima y, a la vez, separada por una frontera invisible.
La sonoridad de la palabra Miño hace pensar inevitablemente en ese gran río del noroeste peninsular que atraviesa Galicia y que, en su tramo final, forma frontera entre España y Portugal antes de desembocar en el Atlántico. Es el río que recibe las aguas del Sil y alimenta el conocido dicho: «El Sil lleva el agua y el Miño la fama».
Pero Miño es también una localidad coruñesa, en la comarca de Betanzos, tierra de tortilla de patata y de una costa que abre el paisaje hacia el mar. Y la verdad es que la tortilla de patata está exquisita.
Allí, entre el puerto y el horizonte marino, con los pescadores afanados en su tarea, el nombre parece ensancharse y adquirir otro significado.Miño es, además, uno de los lugares por los que discurre el Camino Inglés, esa ruta de peregrinación singular que cuenta con dos ramales: uno parte del puerto de Coruña y otro del de Ferrol.
La misma rapaza de la oficina de turismo —así, con ese hermoso galleguismo que también empleamos en el Bierzo y que parece llegar cargado de cercanía— recomienda al visitante recorrer la Senda de los Sentidos.
Qué bello nombre.
Un panel de madera señala la ruta. Una invitación más que un simple paseo: caminar a la espera de que, en algún momento, se enciendan todos los sentidos. Vivir y también escribir con todos los sentidos, como a menudo recomienda el viajero a su alumnado de escritura.
La Senda de los Sentidos conecta la playa de A Ribeira con el paseo de la Alameda. Se adentra entre una estupenda arboleda, paralela a las vías del tren, y serpentea junto a la línea de la costa. Aparecen varios miradores hacia la ría de Betanzos y el canto de las aves acompaña el camino. Los aromas de la vegetación y el olor a mar impregnan el ambiente.
Incluida en la Red Natura 2000, la senda tiene algo de tránsito y de permanencia. Los árboles, el mar, los raíles y los pasos del caminante parecen discurrir en la misma dirección, como si el paisaje quisiera conducirlo hacia alguna revelación.
El camino va a dar al Ponte do Porco, un rincón especial, de rica vegetación y pequeñas embarcaciones de madera. El puente, tendido sobre el río Lambre, da nombre a este lugar del Camino Inglés hacia Santiago.
—Qué curioso —le digo—. El Puente del Puerco.
Ella vuelve a sonreír y cuenta que en el Ponte do Porco se sitúa la leyenda de Roxín Roxal y su amada Tareixa.
Al final del camino, en el centro de la plaza del Ponte do Porco, espera un cruceiro. Y, como una última y desconcertante ocurrencia del paisaje, el cruceiro se asienta sobre el lomo de un porco de piedra.
Entonces todo encaja.
El nombre ya no es solo un nombre. El puente tiene su animal, la senda sus sentidos y el paisaje sus señales.
Quizá viajar consista precisamente en eso: avanzar sin saber muy bien qué se busca y dejar que, de pronto, algo tan sencillo como una palabra, una sonrisa o un cerdo de piedra consiga encender todos los sentidos.


