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miércoles, 25 de febrero de 2026

Un amor soñado y un miedo real

 Recupero este texto que publicara en Diario de León hace más de veinte años. 

https://www.diariodeleon.es/bierzo/20925/618935/amor-sonado-miedo-real.html

León

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Hoy me siento con ganas de escribir sobre el amor, el mismo amor, la misma lluvia, tal vez, como esa magnífica película del genial Campanella. El amor como ilusión que le mantiene a uno en forma. El amor como deseo. El deseo como corriente vital. Sin deseo y sin amor la vida deja de tener sentido. El caos se adueña de la persona, que termina pulverizada. Acabo de recibir un e-mail de mi amiga Raquel. Me envía un texto conmovedor. Es un texto escrito por García Márquez, cuyo estado de salud es ahora harto delicado. 


"El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo. Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo". El tiempo se esfuma en las neblinosas montañas de nuestra inconsciencia. Se desvanece en medio de un revoltijo de recuerdos vanos. Resulta imparable en su carrera hacia la muerte. "Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles "lo siento", "perdóname", "por favor", "gracias" y todas las palabras de amor que conoces". No lo olvides, estimado lector, nunca dejes para mañana lo que puedas hacer por el amor hoy. Cuando uno se siente cerca de la muerte, resurge el amor en todo su esplendor, y es entonces cuando nos damos cuenta de nuestras miserias y mediocridades. "Si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un sólo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre que son mis favoritos y viviría enamorado del amor. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti". Los tiempos egocéntricos y guerrilleros que vivimos no procuran mucho amor, antes al contrario, el odio, en su salsa xenófoba, es el plato nuestro de cada día. Nadie, o casi nadie, parece tener en cuenta al Otro. Ese Otro invisible, fantasmagórico, inexistente, quizá. Cada cual va a su puta bola. El amor verdadero es como un sueño. Ya nadie lucha por un amor verdadero. El amor en los tiempos del cólera. El propio Ricardo Darín, al final de "El mismo amor, la misma lluvia", se da cuenta de que ha estado escribiendo sobre el amor, cuando en realidad debería escribir sobre el miedo. El miedo es un muro que nos impide decir lo que sentimos y hacer lo que pensamos. Por el miedo perdí tu amor, por el miedo hago un trabajo que no me gusta... Esto es más o menos lo que le dice a su amada Laura, obsesionada con ser sincera consigo misma y con los demás.

Nymphomaniac, de Lars von Trier

Después de ver Anticristo https://cuenya.blogspot.com/2026/02/anticristo-de-lars-von-trier.html, que es una película de terror psicológico, una obra sobre el horror de la condición humana, ahora le toca el turno a Nymphomaniac (2013), filmada en Alemania y en Bélgica, una cinta acerca de la sexualidad, una de las más provocadoras que he visto. 


En este caso, el sexo (incluso el sexo explícito como ingrediente esencial) es el tema, la estructura, que nos invita a repensar la realidad. El sexo, en términos filosóficos, como una forma de autoconocimiento y por ende un conocimiento del mundo en que vivimos. El sexo como identidad, como autoafirmación, como rebeldía contra las convenciones sociales, el sexo como discurso en el sentido de que la protagonista femenina nos habla desde el cuerpo y el  masculino lo hace desde el intelecto, la ninfomanía como algo patológico o a buen seguro como una etiqueta moral (aquí entra en juego el debate), porque nos habla de la culpa femenina, pero no de la culpa masculina, el sexo como algo deshumanizado, compulsivo, el sexo como algo diferente al amor, al afecto, a lo emocional.  La sexualidad, en términos psicoanalíticos, como pulsión de vida y muerte, que a menudo oculta más de lo que muestra. La idea de la sexualidad, en este caso, con elementos de arte, psicología, filosofía, religión... como una fuerza todopoderosa, como una diosa. 

Me queda por ver Melancolía para completar esta Trilogía de la depresión de Lars von Trier, un cineasta provocador, maldito (como lo fuera el poeta Baudelaire), que tuvo problemas con el alcohol, y sufrió una depresión. 

El director danés parece sublimar su dolor a través del cine como medio terapéutico.  

He de confesar, una vez más, que Nymphomaniac (2013) me ha dejado impactado cual si se tratara de una obra del marqués de Sade (ahora que ya nadie lee a Sade, bueno, La Fura dels Baus puso en escena hace años XXX, inspirada en La filosofía en el tocador). No en vano, esta película (dividida en volumen I y volumen II, cuyo montaje final ronda las cinco horas y media de metraje) me hace recordar al Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, de Sade, incluso a Justine, del mismo autor. 

Nymphomaniac es un relato confesional, una narración por capítulos, con constantes referencias a la música, la literatura, incluso las matemáticas, como si se tratara de una novela libertina acerca de las aventuras sexuales de Joe (interpretada por la actriz Charlotte Gainsbourg en su edad adulta y por la actriz Stacy Martin en su juventud), que narra su vida marcada por el deseo, la obsesión sexual, la culpa y el pecado. De forma que asistimos, como espectadores, a la narración en primera persona de una mujer que se auto-diagnostica como ninfómana, obsesionada con el sexo, cuyo contrapunto representa el lobo estepario Seligman, interpretado por el actor Stellan Skarsgård, quien la encuentra un día invernal en un callejón tendida en el suelo, golpeada, y la lleva a su casa, donde Seligman escucha con atención, entre estupefacto y enternecido, como si fuera un psicoanalista, el relato de Joe, desde su niñez hasta la etapa adulta. 

Joe y Seligman

Joe se autodefine como ninfómana, que lleva el deseo hasta sus últimas consecuencias, y en este sentido parece que estuviera abocada a la autodestrucción. Joe se juzga, acaba sintiendo culpa, porque en el fondo no se ve como los demás, se debate entre el placer y la moral. Por su parte, Seligman es un hombre mayor con una mirada intelectualizada (acaso intelectualoide) en apariencia asexual (aunque sea sólo una pose, como ya veremos), que intenta racionalizar el deseo y exculpar a Joe, el cual se nos muestra en apariencia neutral en lo referente a la moral y trata de entender a Joe desde su mundo cultural. Pero las apariencias pueden engañar. Y engañan. Tanto en la vida como en el cine nada ni nadie es lo que parece. 

Skarsgård, al que hemos visto en el papel de padre en la película Valor sentimental https://cuenya.blogspot.com/2025/12/valor-sentimental-de-joachim-trier.html, interpreta a Seligman con voz suave, casi didáctica, con ritmo pausado, gestualidad mínima, mirada atenta y analítica. Su presencia resulta tranquilizadora, lo que refuerza su papel como oyente racional frente al universo del placer de Joe. Seligman parece comprensivo. No la juzga. Y por momentos resulta cómico, pedante, con sus explicaciones sobre música, filosofía o matemáticas... Skarsgård evita cualquier gesto lascivo. Eso hace que Joe confíe en él, que los espectadores/as confiemos en él. 

Por su parte, Charlotte Gainsbourg interpreta a Joe con voz áspera, con mirada dura, con un lenguaje corporal rígido, con expresión contenida, en definitiva. Narra su historia con frialdad, aunque tras su apariencia hay dolor, mucho dolor. En todo caso, no se muestra melodramática, sino frustrada, y lo hace a través de silencios, con su mirada. En el volumen II, con su tono defensivo, su mirada opaca, su interpretación se endurece con respecto al volumen I, porque busca, en vez de placer, el dolor. 

Según el psicoanalista Seligman, Joe, que busca gratificación sexual al margen de lo socialmente aceptado, se muestra como una perversa polimórfica (terminología que empleaba Freud), algo habitual durante la niñez, que tiende a desaparecer en la edad adulta. Cuando cree que ha logrado superar su compulsión, las hojas de los árboles que guarda en un cuaderno despiertan su apetito sexual. 

Cabe recordar que la actriz Charlotte Gainsbourg, la hija de la actriz y cantante británica Jane Birkin y del compositor francés Serge Gainsbourg -con quien cantó siendo una adolescente la polémica canción Lemon incest, con una letra que parece una apología del incesto-, llegó a decir que le resultó excitante e intenso trabajar en Nymphomaniac, eso sí, con mucho sufrimiento… Qué nunca había vivido nada tan fuerte, porque "Lars von Trier lleva demasiado lejos sus obsesiones sexuales. Se pasa de explícito, tanto en su discurso como en las imágenes... las escenas de masoquismo resultaban un tanto humillantes”, expresó Charlotte.

Nymphomaniac nos cautiva desde sus primeras imágenes, con la música de Rammstein, una banda alemana de metal industrial. Vemos a Joe (Charlotte Gainsbourg) tirada en el suelo, con marcas de haber sido agredida. Entonces, aparece Seligman (Skarsgaard), quien la lleva a su casa, donde Joe acaba contándole su historia. Ella cuenta y él escucha.  

En este volumen I (dividido en cinco capítulos), que se me antoja por momentos humorístico, se nos habla de la joven Joe (interpretada por Stacy Martin*), que está en su etapa de descubrimiento y exploración sexual, de rebeldía (se rebela también contra su psicóloga moralista). Joe entiende la sexualidad como curiosidad y desafío. Junto a su amiga B, la joven Joe descubre el sexo como juego y competencia. Ambas hacen apuestas sobre quién logrará acostarse con más hombres durante un viaje en tren. Curiosa esta parte. Por su parte, Seligman compara el ejercicio de seducción con técnicas de pesca. 

Joe conoce a Jerôme, el hombre que con quien pierde la virginidad en un encuentro frío. Aunque Joe aparenta indiferencia, él le deja una huella emocional. Joe mantiene múltiples relaciones simultáneas con hombres. 

*Stacy Martin interpreta a la joven Joe. Su actuación es fundamental para entender el personaje que encarna Charlotte Gainsbourg. Stacy Martin construye el personaje de una adolescente curiosa, exploradora, desapegada en lo emocional, segura de sí misma, sin sentimiento de culpa. La culpa aparecerá después.  Compone su papel con energía. Es juguetona, competitiva, desafiante. Vive la sexualidad como un juego. A medida que avanza la historia, su interpretación se vuelve más contenida. En su relación con Jerôme, Stacy Martin evita el romanticismo, aunque siente algo más de lo que dice sentir. 


Jerôme (interpretado por LaBeouf) es un personaje clave tanto en el volumen I como en el II. Jerôme, que no es sádico como otros personajes, funciona como eje emocional y espejo del conflicto interno de Joe. En el Volumen I, Jerôme (como ideal romántico imposible o ilusión de normalidad) es quien le quita la virginidad a Joe en una escena desprovista de romanticismo. Aunque ella intenta narrarlo sin emoción, Jerôme representa un impacto real para ella.  Representa asimismo la vida convencional: trabajo, pareja, hijo, estabilidad. En la primera parte, Joe parece dominar la situación sexualmente, mientras que, en la segunda, Jerôme exige exclusividad y termina rechazándola. Se muestra herido por las infidelidades de Joe.  

Un momento  impactante, humillante, incluso irónico, ocurre cuando Mrs. H (interpretada por la extraordinaria actriz Uma Thurman) aparece con sus hijos en casa de Joe para enfrentarse a la infidelidad de su marido y de Joe. En otro capítulo (uno de los más humanos de la película, que contrasta con el resto), Joe habla de su padre moribundo (interpretado por Christian Slater, al que vimos como Adso de Melk en El nombre de la rosa) al tiempo que muestra su relación afectuosa con él y su deterioro físico. Joe intenta de algún modo racionalizar su adicción al sexo comparándola con la estructura polifónica de la música de J.S. Bach. Aparece la culpa y la necesidad de estímulos cada vez más intensos. La sensualidad oriental frente a la occidental. Joe, con Jerôme, es incapaz de sentir algo más que deseo físico. Aparece la compulsión y el vacío emocional, el conflicto entre el placer y el afecto. Seligman trata de entender el deseo de Joe desde el punto de vista intelectual. 

Cabe recordar que Mrs. H (Uma Thurman) es uno de los personajes más breves pero más impactantes de la película, cuyo papel resulta intenso, de una energía desbordante, con cambios bruscos de tono, con sarcasmo, con desesperación, con verdad y explosión emocional. Hace que un drama conyugal, familiar, se convierta en un espectáculo público cruel, inolvidable. 

El volumen I termina dejando a Joe en un punto de transición emocional que se desarrollará de forma más oscura y autodestructiva en el volumen II (dividido en tres capítulos), que nos muestra la etapa adulta de Joe (Charlotte Gainsbourg). Este se me hace más brutal que el volumen I. La historia se vuelve dramática, violenta (por momentos parece que estamos viendo cine negro), con la aparición de relaciones extremas de sadomasoquismo. La sexualidad como adicción y castigo. Con pérdida de sensibilidad física y emocional. 


Se nos muestra a una Joe incapaz de sentir placer, porque su cuerpo deja de responder a los estímulos habituales y se desespera por recuperar la sensación perdida. Entonces, Joe retoma su relación con Jerôme (aunque lo ama, el amor la aleja del placer, y busca a otros hombres que sacien su apetito), con el objetivo de formar una vida juntos. Pero la rutina asfixia a Joe; el sexo se vuelve rutinario y ella reincide en la compulsión. Jerôme termina rechazándola al no entender su conducta. En un intento por recuperar la sensibilidad perdida, Joe recurre a prácticas sadomasoquistas con un hombre identificado como K (interpretado por Jamie Bell), en cuyas sesiones el dolor físico sustituye al placer como vía de estimulación. Joe acaba abandonando a su familia (a Jerôme y a su hijo) y cae en una espiral autodestructiva. 

El papel de K (Jamie Bell) es breve pero importante porque representa la búsqueda de placer de Joe a través del dolor. K, que compone un personaje rígido, frío, controlador, aparece cuando Joe desea recuperar la sensibilidad perdida en su sexualidad. Es quien introduce a Joe en el sadomasoquismo y le permite que explore sus límites físicos y psíquicos. 

Joe comienza a trabajar como cobradora de deudas para un hombre llamado L (interpretado por Willem Dafoe). También aparece el singular personaje de P. (interpretado por Mia Goth), que se convierte en protegida y amante de la Joe adulta, incluso en su discípula (una versión joven de Joe). El deseo se mezcla con el poder y la traición.

El papel de Mia Goth, con su presencia aparentemente frágil y sumisa, es breve pero significativo. A Mia Goth la vemos actuar con energía contenida, casi fría, como alguien que aprende con rapidez las reglas del juego, del juego sexual, también. Mia Goth, o sea P., que en el fondo es una estratega, acaba reemplazando a Joe, incluso acostándose con Jerôme, el marido de Joe. 

 Por su parte, Seligman reflexiona sobre la culpa y la moral. Y Joe se cuestiona si su forma de vivir es un "pecado". "¿Qué clase de persona eres?", le pregunta Joe a Seligman. "No hay nada sexual en mí... aunque he leído sobre temas sexuales: Los cuentos de Canterbury, El Decamerón, Las mil y una noches... Soy virgen, soy inocente", responde el lobo estepario.

Se introduce la metáfora del “pato silencioso”, relacionada con la paciencia y la técnica (eco de la pesca del volumen I). El relato llega al presente. Seligman, que nos parecía un intelectual, tolerante, asexual, comprensivo con Joe, intenta abusar de ella mientras duerme, justificándose con que ha escuchado su historia. Un hipócrita, un oportunista, que mantiene el mismo tono frío hasta el final, lo que lo vuelve más perturbador, más inquietante aún. ¿La moral es sólo una máscara del deseo? Parece que sí. ¿Existe la pureza moral? Parece que no. 


El desenlace, sobrecogedor, dinamita (con sonido de disparo incluido) el diálogo platónico mantenido por Joe y Seligman. Y nos obliga a replantearnos cómo, tras una fachada amable, puede esconderse un rostro malévolo. 

En la composición de sus planos, el director de fotografía, en este caso el chileno Alberto Claro, utiliza contrastes entre luz y sombra que recuerdan a los pintores barrocos Caravaggio y Rembrandt, logrando encuadres preciosistas, con rostros iluminados contra fondos negros, espacios cerrados donde la luz entra de forma lateral y dramática, que nos da la sensación de intimidad casi confesional. En varias escenas, los personajes aparecen centrados, en una composición casi estática, como retratos, y otras que parecen naturalezas muertas humanas. Hay un uso de ejes verticales muy marcados (puertas, marcos, ventanas), figuras aisladas dentro del encuadre, enfatizando la soledad y la distancia emocional. 

En cuanto a la escenografía o dirección artística, se observan interiores austeros, fondos neutros, colores apagados: marrones, grises, verdes oscuros; espacios vacíos como metáfora visual del vacío emocional. La disposición de los cuerpos, sobre todo en escenas íntimas, parece una coreografía, con encuadres que fragmentan el cuerpo como si estuviéramos ante un estudio anatómico. Vemos asimismo un uso simbólico de números, árboles, herramientas... Con una estética de la imagen que mezcla lo sagrado y lo carnal. 

Respecto a la banda sonora de la película, cabría decir que refleja la tensión, el choque entre cuerpo e intelecto, entre la música clásica, académica, barroca de J. S. Bach (donde se sitúa Seligman) y la música cruda, repetitiva, industrial de Rammstein (donde se ubica Joe). 


Seligman emplea la polifonía (la técnica musical que combina dos o más líneas melódicas independientes y simultáneas que, al sonar juntas, crean una estructura armónica unificada) para interpretar la vida sexual de Joe. Esas voces musicales se convierten en metáfora de múltiples amantes, múltiples líneas narrativas. Asimismo, se emplea el silencio como recurso para dar la sensación de distancia emocional, de dureza. 

Nymphomaniac, que puede resultar una película excesiva,  pornográfica incluso, nos muestra las obsesiones de su director: la culpa femenina, la violencia emocional, la ambigüedad ética. Estamos por tanto ante una propuesta radical, compleja, incluso filosófica, que cuestiona la moral y nos invita a la reflexión, a repensar un mundo reprimido, manejado por un patriarcado espantoso, donde la mujer procura auto-liberarse a través del sexo. Esta podría ser una posible lectura. 



miércoles, 18 de febrero de 2026

Anticristo, de Lars von Trier

 He vuelto a visionar Anticristo (2009), que recuerdo haber visto en cine cuando se estrenó. Y me he quedado conmocionado, aunque he de decir que he sentido un choque emocional aún mayor con Nymphomaniac (dividida en dos partes, sobre las que espero escribir algo), películas todas ellas de Lars von Trier, director danés y cofundador del movimiento vanguardista Dogma 95, que es sin duda un cineasta complejo y fascinante a la vez, audaz y transgresor, con un estilo visual singular, capaz de adentrarse y adentrarnos en los subterráneos de la psique humana como lo hiera el cineasta sueco Ingmar Bergman, al que le he dedicado varias entradas en este blog. 

https://cuenya.blogspot.com/2023/03/fanny-y-alexander-de-bergman.html

https://cuenya.blogspot.com/2026/02/gritos-y-susurros-de-bergman.html

 https://cuenya.blogspot.com/2026/01/secretos-de-un-matrimonio-de-bergman.html

https://cuenya.blogspot.com/2026/02/sonata-de-otono-de-bergman.html

Anticristo, perteneciente a la trilogía de la depresión junto con Melancolía y Nymphomaniac, es un descenso a los infiernos de la psique humana. No en vano, Lars von Trier escribió el guion de esta película durante un período de depresión, que se refleja en su visión sombría de la sexualidad, de la vida.

Anticristo es una película estructurada en un prólogo, cuatro capítulos: desconsuelo, dolor, desesperación y los tres mendigos, y un epílogo, que en cierto sentido nos devuelve al prólogo, porque el prólogo, al igual que el epílogo, están filmados a cámara lenta en un delicioso blanco y negro. 

En el prólogo (un cortometraje en sí mismo) vemos a una pareja fornicando de un modo explícito y a un niño pequeño asomado a una ventana abierta mientras nieva, al tiempo que se nos muestra el orgasmo de la mujer y al niño cayendo al ralentí al vacío. Unos seis minutos de imágenes inquietantes acompañadas de la música sublime de Händel. 

En esta portentosa secuencia inicial, que nos choca por su belleza técnica y su brutal contenido, aparece el desconsuelo, el dolor y la desesperación, que estructuran el relato fílmico, y los animales que los representan (ciervo, zorro y cuervo) a través de un juguete infantil. En cierto modo, me hace recordar el inicio con imágenes impactantes de Persona, de Bergman, incluso el arranque de Ciudadano Kane, de Orson Welles. 

Bergman, en su película Persona, comienza el prólogo con el encendido de un proyector que abre paso a una proyección de imágenes, entre ellas, un dibujo animado, el parpadeo de las primeras sesiones de cine, un cordero destripado y la palma de una mano atravesada por un clavo, unos cadáveres, entre los que se halla una anciana, el despertar de un adolescente en un banco fúnebre debido al sonido del timbre de un despertador; a continuación el adolescente pasa la mano ante el objetivo de una cámara. Un contracampo de este plano nos muestra de espaldas al adolescente ante el retrato borroso de una mujer. El adolescente lo acaricia y el retrato comienza a aclararse, entonces vemos el rostro de dos personajes, Alma (Bibi Andersson) y Elisabeth (Liv Ullmann), que es una imagen emblemática de esta película de Bergman. 

Después del trágico suceso ocurrido al inicio de Anticristo, desaparece el blanco y negro para dar paso al color, la angustia, el sufrimiento por el fallecimiento del niño. La madre del crío (interpretada por la colosal actriz Charlotte Gainsbourg) se desmaya en el entierro de su hijo Nic y es hospitalizada. Incapaz de superar la muerte de su hijo, ella sufre de ansiedad, que sólo logra calmar a través de sexo con su marido (interpretado por el gran actor Willem Dafoe, que curiosamente encarna a Cristo en La última tentación de Scorsese https://cuenya.blogspot.com/2026/01/la-ultima-tentacion-de-cristo-de.html). En este caso, y en otros, el sexo actúa como un paliativo natural del dolor gracias a la liberación de endorfinas, serotonina y oxitocina durante la excitación y el orgasmo, que actúan como analgésicos. 


Ambos personajes, que carecen de nombres propios, se sienten culpables del fallecimiento de su niño, sobre todo ella, quien se da cuenta de que su hijo se había levantado de la cuna y no le hizo caso tal vez porque estaba empapada en plena faena orgásmica. Él, que es psicólogo, decide tratar a su mujer para que se recupere. Para ello se trasladan a una cabaña familiar, Edén, en medio de un bosque, donde la terapia se transforma en una espiral de violencia, porque él no consigue ayudar a su mujer a superar las diferentes fases del duelo: la tristeza, la ansiedad, el dolor, el miedo. Algunos profesionales de la psicología hablan de cinco fases: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. 

Resulta curioso el nombre de la cabaña en medio del bosque, Edén (en referencia al jardín bíblico), donde, en vez de armonía, reina el caos, y la naturaleza se revela hostil, perturbadora, satánica. 

Con una puesta en escena onírica, incluso poética, Anticristo, a través de una narrativa y una planificación que nos permite adentrarnos en la psicología de los protagonistas, nos invita a reflexionar acerca de la relación de pareja llevada al extremo (escalofriante alegoría) y de la finísima frontera entre la cordura y la locura. 

La estética de la imagen de Anticristo remite a las composiciones pictóricas del Renacimiento, tanto en su construcción visual (composición equilibrada, dramatismo lumínico, corporalidad intensa) como en su dimensión simbólica (que reinterpreta la moral desde un punto de vista transgresor). Utiliza una iluminación dramática que recuerda al claroscuro renacentista y barroco, con fuertes contrastes entre luz y sombra. Muchas escenas están cuidadosamente equilibradas en el encuadre, con figuras dispuestas de manera casi escultórica, evocando pinturas religiosas de los siglos XV y XVI.

La secuencia inicial en blanco y negro, filmada a cámara lenta (a la que ya había hecho referencia) recuerda la solemnidad compositiva de obras escultóricas como La piedad (Pietà), de Miguel Ángel, o escenas de martirio. La disposición de los cuerpos y el tratamiento del dolor remiten a la tradición cristiana pictórica. Como en el Renacimiento, el cuerpo humano ocupa el centro de la representación. La anatomía, el gesto y la expresión del sufrimiento son tratados con una intensidad como hacen el propio Miguel Ángel, Leonardo da Vinci o Tiziano. Puesto que en Anticristo el dolor no es sólo psicológico sino corporal, el cuerpo se convierte en simbólico (idea arraigada en la iconografía renacentista cristiana). Por su parte, el bosque funciona como un escenario alegórico, cargado de significados, similar al uso simbólico del paisaje en el Renacimiento nórdico. La naturaleza como reflejo del estado mental, espiritual de los personajes (presente en la pintura religiosa). La culpa, el martirio y el sacrificio dialogan con la tradición cristiana. Cabe recordar que la caída, el sufrimiento femenino o la sexualidad pecaminosa fueron centrales en la pintura renacentista y reaparecen en Anticristo bajo una reinterpretación perturbadora.

Anticristo, que es un drama, pero también una película de terror (incluso cine gore) nos sacude las vísceras a través de la crueldad, de una violencia gráfica extrema, como las escenas en las que vemos al protagonista eyaculando sangre y otra donde asistimos al cercenamiento del clítoris por parte de ella (Charlotte Gainsbourg), que ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Cannes, cuyo estreno en este prestigioso festival de cine causó un gran escandalo debido a sus escenas explícitas de violencia y sexo. 

Cabe recordar que Charlotte Gaisnbourg es hija de los artistas, de los fenómenos Jane Birkin y Serge Gainsbourg (autor de la canción Je t'aime... moi non plus). https://cuenya.blogspot.com/2011/04/delirios-mis-monstruos.html

S. Gainsbourg en cementerio Montparnasse. Foto. Cuenya

La influencia del cineasta sueco Bergman en Anticristo podría encontrarse sobre todo en La hora del lobo (rodada en blanco y negro y protagonizada por Max von Sydow y Liv Ullmann), que se centra en la locura del artista, mientras que en Anticristo se aborda la locura de una pareja. En todo caso, ambas películas utilizan elementos oníricos y surrealistas para explorar la locura. 

La hora del lobo es el momento entre la noche y la aurora cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo, cuando las pesadillas son más reales.... cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos, según el cineasta Bergman. 

Cabe recordar asimismo que Lars von Trier dedica su Anticristo al cineasta visionario Tarkovski porque lo considera uno de sus maestros espirituales y cinematográficos. Y reconoce su influencia estética y filosófica: un cine contemplativo (planos lentos), simbólico (la culpa, el dolor, el sacrificio) y visualmente poético (la naturaleza como fuerza espiritual y amenazante).