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jueves, 15 de octubre de 2026

Julio Llamazares, Premio Nacional de Narrativa

 Mi enhorabuena y mis mejores deseos para el gran narrador, poeta, viajero y amigo Julio Llamazares. Aunque ya tuve la ocasión de felicitarlo en su momento, recientemente, vuelvo a hacerlo ahora desde aquí. Con estas palabras que dediqué a su libro, el cual recibió el Premio Nacional de Narrativa. Que ya era hora de que se lo concedieran, porque Julio, por cuya obra siento devoción, se merece todos los premios.

Julio Llamazares, en Bembibre, invitado por a las Tardes literarias de hace años por este servidor, con Beli y Cano. 

Recupero una reseña que hiciera hace un tiempo, que se ha publicado hace unos días en ileon.com, la cual os dejo aquí:

https://ileon.eldiario.es/cultura/el-viaje-de-mi-padre-julio-llamazares-escritor-leones-critica-literaria-por-manuel-cuenya-premio-nacional-de-narrativa-2026-ministerio-de-cultura-espana_1_13570664.html

Con Julio Llamazares en la feria del libro de Ponferrada

Sólo el título, El viaje de mi padre, ya resulta entrañable, porque Julio Llamazares es un hombre entrañable, que escribe con sus entrañas (algo que uno echa en falta en tantos escritores y escritoras, que lo hacen de un modo artificial, en ocasiones retorcido). Dime cómo escribes y te diré quien eres. Y alguien como Julio, capaz de escribir obras sublimes como La lluvia amarilla https://cuenya.blogspot.com/.../llamazares-y-la-lluvia... o Escenas de cine mudo https://cuenya.blogspot.com/.../escenas-de-cine-mudo-de..., entre otras, puede contarnos con maestría, y por supuesto con verdad y belleza, una historia conmovedora como ésta acerca de las andanzas de su padre Nemesio y un amigo de su padre, Saturnino, durante la Guerra Incivil española.

martes, 6 de octubre de 2026

Gonzalo Suárez en la memoria

 

Recupero para el blog este texto que publicara inicialmente en el diario La Nueva Crónica y también en el diario digital ileon sobre el fallecimiento reciente del cineasta Gonzalo Suárez, que fue Director Honorífico de la Escuela de cine de Ponferrada. Y por tanto mantuve, durante esa época, una relación fraterna con Gonzalo. 

Vaya aquí este texto, con los enlaces a los periódicos mencionados. 

https://www.lanuevacronica.com/el-bierzo/gonzalo-suarez-en-memoria_203765_102.html

https://ileon.eldiario.es/opinion/gonzalo-suarez-memoria_129_13555066.html

Me apena saber que ha muerto Gonzalo Suárez. Anabel, compañera de aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada, me lo hizo saber. Después, como suele ocurrir con estas noticias, la muerte se extiende rápidamente por los medios y convierte en noticia pública lo que para quienes tuvimos la fortuna de tratarlo es, de pronto, una ausencia íntima.

Antes de que fuera director honorífico de la Escuela de Cine de Ponferrada ya conocía su nombre, sus películas y esa manera tan suya de entender el cine y la literatura, como si fueran territorios contiguos entre los que pudiera moverse con absoluta libertad.

Por eso quise que fuera él, precisamente él, quien ocupara aquel cargo honorífico. Y tuve la fortuna de compartir con Gonzalo algunos años de aquel proyecto que fue la Escuela: a veces sueño y a veces pesadilla, como suelen ser los sueños cuando intentan convertirse en realidad.

Ya había coincidido con él mucho antes, durante mi etapa universitaria. Recuerdo haberlo visto en Oviedo, quizá incluso en una charla en la que también participó el filósofo Gustavo Bueno, uno de mis maestros. Digo «quizá» porque la memoria no funciona como un archivo. Conserva escenas, rostros, voces, pero a veces mezcla las fechas y los lugares. Lo que sí recuerdo con absoluta claridad es mi fascinación por Remando al viento. Todavía la siento.

Hay películas que uno ve y olvida. Y hay otras que se quedan dentro. La de Gonzalo Suárez es de estas últimas. Allí estaba Hugh Grant, todavía lejos de la popularidad que alcanzaría después, interpretando a Lord Byron. Allí estaba Mary Shelley y su criatura, pero también estaban el paisaje, la literatura, los fantasmas, la creación artística y esa frontera incierta entre la realidad y el sueño que tanto parecía interesar a Gonzalo.

Y estaba la música. La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, de Vaughan Williams, acompañando aquellas imágenes y contribuyendo a crear una atmósfera que todavía recuerdo como envuelta en niebla.

También estaban Daniel Goldstein y Ricardo Steinberg en el sonido. A Ricardo tuve ocasión de conocerlo bien e incluso de invitarlo a aquellas Tardes de Cine que organizaba en Bembibre. Y estaba Wolfgang Burmann, Chinín para los amigos, director artístico de Remando al viento, un hombre entrañable y lúcido con quien tuve ocasión de hablar de cine y de muchas otras cosas. Entre ellas, de Almodóvar, con quien había trabajado en La flor de mi secreto.

Quizá ahí estaba una de las razones por las que aquella Escuela de Cine significó tanto para mí: permitía que quienes primero habían sido nombres vistos en una pantalla acabaran sentados frente a nosotros, hablando, contando historias, tomando un café o compartiendo una comida. Y Gonzalo fue uno de ellos. 


Lo recuerdo en el hotel AC de Ponferrada, en restaurantes de la capital del Bierzo, en esos espacios donde los personajes públicos dejan de ser personajes y se convierten simplemente en personas. Allí aparecía su inteligencia, su ironía, su sentido del humor. Y aquella forma tan suya de mirar las cosas de lado, como si nunca terminara de aceptar las convenciones.

No volví a tener contacto con él después de que la Escuela llegara a su fin. Por eso su muerte tiene para mí una tristeza doble: desaparece un cineasta y escritor singular, pero desaparece también una parte de aquellos años en los que Ponferrada quiso ser una ciudad de cine.

Quedan sus películas. Don Juan en los infiernos, El portero, El detective y la muerte, Oviedo Express, Remando al viento... Una filmografía difícil de encerrar en una etiqueta: literaria, sombría, juguetona, extraña, libre.

En El detective y la muerte, basada en un cuento de Hans Christian Andersen, aparecía además Mapi Galán, actriz ponferradina vinculada también a aquella Escuela y a las Tardes de Cine. En Oviedo Express volvía a trabajar con Carmelo Gómez, actor leonés presente también en El portero y El detective y la muerte.

Gonzalo se llamaba a sí mismo «cineostia». Hasta eso tenía algo de declaración de principios: juego, ironía, libertad.

También admiraba a Sam Peckinpah, a quien llegó a conocer. No resulta extraño. Parecía sentirse atraído por aquellos creadores que caminaban por los márgenes y que no tenían demasiado interés en obedecer las reglas. 


Quizá por eso resulta tan difícil despedirlo con una definición. ¿Cineasta? ¿Escritor? ¿Director? ¿Novelista? Fue todo eso y algo más difícil de nombrar: alguien que convirtió la creación en una forma personal de mirar el mundo.

Me gusta pensar que, para alguien que hizo del cine una manera de mirar, la muerte no tiene por qué ser necesariamente un final. Tal vez sea otro plano. Otro fundido. Otra imagen que desaparece lentamente de la pantalla mientras permanece, en algún lugar, la luz que la hizo posible.

También permanecen sus paisajes. Llanes, sobre todo. La costa, los acantilados, la niebla, el viento, el mar. Ese territorio asturiano que en sus películas parece pertenecer al mismo tiempo a la realidad y al sueño.

Llanes de cine. Y Ponferrada también fue ciudad de cine durante unos años.

Quizá por eso, cuando pienso ahora en Gonzalo Suárez, no lo recuerdo solamente dentro de una pantalla. Lo recuerdo sentado a una mesa, hablando, escuchando, haciendo alguna observación inesperada que dejaba flotando una sonrisa.

Lo recuerdo junto a Amenábar, Fernando Trueba, Fernando León de Aranoa y tantos otros, en aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada. Años de proyectos, conversaciones, películas y amistades. Años que ya forman parte de la memoria.

Y quizá eso sea lo que verdaderamente permanece de las personas: no solamente sus obras, sino también los lugares donde las conocimos, las conversaciones que mantuvimos con ellas, las pequeñas escenas que quedaron fuera de cualquier película.

Se nos ha muerto un grande del cine y de la literatura. Pero hay muertos que siguen conversando con nosotros. Basta con volver a una película. Abrir un libro. Escuchar una música. O regresar, muchos años después, a aquella mesa de un restaurante de Ponferrada donde una vez hablamos de cine.

Entonces Gonzalo vuelve durante un instante. Como vuelve la luz cuando se enciende un proyector. Como vuelve la memoria cuando alguien pronuncia un nombre: Gonzalo Suárez.

 

viernes, 18 de septiembre de 2026

Rafa, en la revista Losada

Me hacía especial ilusión dedicarle estas palabras a mi querido amigo Rafa Giner en las páginas de la revista Losada, una publicación editada por Xuasús González, primo suyo.

Ya tuve ocasión de dedicarle un texto en su día, pero he querido volver sobre aquellas palabras y reescribirlas con motivo de su publicación en esta revista, nacida en el pueblo de Losada, perteneciente al Ayuntamiento de Bembibre. 

No podía encontrar un lugar más apropiado para recordar a Rafa. Losada fue para él un rincón querido, un lugar en el que disfrutaba de la vida sencilla, de los buenos momentos y, sobre todo, de la compañía de su familia y de sus amigos. Allí dejó recuerdos, afectos y momentos compartidos que permanecen en la memoria de quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Por eso, estas palabras son también una pequeña forma de mantener vivo su recuerdo, de traerlo de nuevo a estas páginas y de compartir con quienes lo quisimos la persona que fue y de todo lo que significó para nosotros. 


https://www.heraldodeleon.es/comarcas/provincia-leon/losada-2026/20260827144654105959.html


https://www.heraldodeleon.es/cultura/revista-losada-presenta-viernes-numero-24-dedicado-cultura-berciana/20260805131357103187.html 



Escribo estas palabras desde el monasterio de Cóbreces, en Cantabria, donde está el monje Leoncio González, “el tío Leoncio”, como le llamamos en la familia, que es tío del amigo Rafa, Rafael Giner Sola, el cual nos dejó en el mes de marzo de este año, y eso me entristeció, porque conocía a Rafa desde hacía años gracias a mi hermana Cini y mi cuñado Paulino, que son familiares suyos, porque Rafa era el marido de Sara, prima carnal de mi cuñado y por tanto sobrina carnal de Leoncio, que es un hombre entrañable, con quien acabo de tener una conversación harto interesante a propósito de los varios monjes del Bierzo Alto que estuvieron en el monasterio cisterciense de Viaceli (él sigue por fortuna, con noventa y dos años en este remanso de paz y espiritualidad) y el recuerdo para el amigo Rafa, al que siempre recordaré, siempre recordaremos, por ser una buena persona, que sin duda ha dejado huella emocional en quienes tuvimos el gran placer de conocerlo, de tratarlo, porque Rafa siempre tenía buenas palabras y buenos gestos. Era afable, culto, con sentido del humor, algo que se agradece mucho, mucho, sobre todo en estos tiempos de barbarie. Así lo recuerda también el tío Leoncio, que tuvo mucho y buen trato con él, incluso llegaron a visitar juntos el pueblo de Pechón, en Cantabria, adonde solían viajar los padres de Rafa, según me cuenta el tío Leoncio. O eso he creído entenderle. Pues sí, Rafa era un paisano hospitalario, cercano.

Recuerdo aquel mi viaje a Barcelona hace ya años en compañía de mi hermana y mi cuñado. Daba gusto estar, conversar y pasear con él por la ciudad condal, donde vivía. Recuerdo que visitamos lugares tan emblemáticos como el parque Güell, de Gaudí, entre otros sitios de interés. 


Con su saber estar y esa forma suya de ser Rafa te hacía sentir muy a gusto. Se le veía disfrutar mucho con lo que hacía, y se notaba que también disfrutaba mucho del Bierzo, de Losada -su pueblo en el Bierzo Alto-, donde solía pasar el verano, salvo en los últimos tiempos, que ya no andaba del todo bien de salud, aunque ahora, que parecía que había superado los obstáculos, va y le arrea un trombo o algo por el estilo y lo deja literalmente fuera de juego. Si es que la vida es un suspiro de nada, aunque no acabemos de integrarlo, tal vez porque nos autoengañamos pensando en que la muerte -la única certeza- no va con nosotros, sino con los demás, porque, cuando llegue, ya no estaremos para dar cuenta de la misma. Algo así decía el filósofo Epicuro: “No tenemos por qué temer a la muerte, pues, de hecho, no nos encontramos nunca con ella. Cuando todavía estamos aquí, ella aún no está. Y cuando ella está, nosotros ya no estamos… Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya”. Qué cabrona, en todo caso, se revela y rebela a veces la vida, la otra cara de la moneda. Eros y Thánatos en permanente lucha por ver quien gana la batalla. Al final, por más que intentemos esquivar a la dama de la guadaña, ella se alzará con la victoria, como vemos asimismo en la partida de ajedrez de El séptimo sello, la película del director sueco Ingmar Bergman. Cabe señalar que la partida ajedrez simboliza la lucha entre la vida y la muerte. La victoria de la muerte es un reflejo de su inevitabilidad y la búsqueda del sentido de la vida. 


Qué tristeza que este verano ya no podamos vernos y echarnos unas risas. 

Te extrañaremos, querido amigo Rafa, pero te seguiremos llevando con nosotros, siempre en nuestro corazón, en nuestra alma.

https://ahoraleon.com/numero-24-revista-losada/

https://www.enredando.info/en-la-calle-el-numero-24-de-la-revista-losada/