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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Soria, la ciudad que se desvanece y permanece


El viajero tiene la impresión de llegar por primera vez a Soria, aunque ya hubiera estado en la ciudad hace unos veinte años, con motivo de un curso de cine al que asistió. No es que tenga poca memoria —eso cree, al menos por ahora—, sino que aquella primera visita transcurrió como un relámpago. O como una aparición flotante, semejante a la que protagoniza El rayo de luna, de Bécquer. Como en esta leyenda, al viajero también se le aparece la mujer de sus sueños. A veces suceden cosas inexplicables. 

Lo cierto es que, más allá de las orillas del Duero y del propio río, apenas conserva imágenes de aquella primera incursión en la capital soriana. Como si la ciudad se hubiera desvanecido después de aquel fugaz encuentro. 


En cambio, durante esta segunda visita siente que ha vivido momentos inolvidables. Ha disfrutado recorriendo, sin un plan prefijado —porque el viajero cree que hay que dejarse llevar, incluso fluir como un río—, lugares que le han resultado inspiradores o que, en cualquier caso, le han causado emoción. 

Ha visto y vivido Soria de un modo literario, siguiendo, como el personaje de alguna historia o leyenda, las huellas de los escritores que dejaron su impronta en esta ciudad de los poetas. Por aquí pasaron Bécquer, Antonio Machado y Gerardo Diego, tres nombres unidos para siempre a este paisaje, a sus calles, a los cerros del Castillo y del Mirón y, sobre todo, al Duero. Los tres cuentan con esculturas, placas y rincones que recuerdan su paso por la ciudad. 


El viajero llega a Soria a finales de agosto, aunque el clima se le antoja sorprendentemente agradable. Tiene la impresión de haber arribado ya a comienzos del otoño, con los aromas de la ribera del Duero y ese fresco que empieza a descender por las noches sobre la meseta. 

A finales de agosto —y se supone que también durante el resto del año—, Soria sabe a torrezno crujiente, una delicia para el paladar que traslada al viajero a la infancia, a aquellos tiempos de la matanza del gocho.

Durante sus días en la ciudad, alojado en las proximidades de la iglesia de Santo Domingo, cuya portada románica sobresale por su belleza y es conocida como la Biblia en piedra por su función de ilustrar a los fieles medievales, no puede resistirse a los torreznos, que terminan convirtiéndose en un nutriente esencial de su estancia.

El propio Gerardo Diego le dedica unos versos a la bella iglesia de Santo Domingo: «Tú, vida siempre y nunca arqueología. Eres color y música en relieve». 


Pero Soria también le sabe a desayuno de costrada, ese dulce exquisito semejante a un milhojas, y a tostada con mantequillas artesanas. York, cafetería y pastelería, resulta un lugar estupendo para comenzar el día.

Muy cerca se encuentran el Museo Numantino, que reúne piezas desde la Edad del Bronce y la Edad del Hierro hasta las épocas celtibérica, romana y medieval, y la Alameda de Cervantes, antigua dehesa y corazón verde del casco urbano. Es un vergel de aromas, un jardín botánico salpicado de curiosidades como el llamado árbol de la música, la fuente del niño o un palomar con forma de hórreo. Y, sobre todo, un lugar lleno de vida y animación. 

La leyenda urbana cuenta incluso que unos columpios de la zona de juegos infantiles fueron un regalo de la productora Metro-Goldwyn-Mayer después de rodar en Soria algunas secuencias de la mítica película Doctor Zhivago, cuyos paisajes sorianos se transformaron en las vastas estepas rusas. Una de esas historias que, verdaderas o no, terminan formando parte de la memoria sentimental de los lugares.


El viajero repara también en el sonido de las campanas de Soria. Es un sonido que lleva metido en el cuerpo y que, inevitablemente, le evoca muchos recuerdos de infancia.

Ay, la infancia. La única matria —o patria— verdadera.

A finales de agosto, el cielo soriano parece inmenso y contrasta con el verdor de las riberas y con el dorado de la piedra de sus edificios, un color que por momentos recuerda a la monumentalidad salmantina. 


El viajero, que es un entusiasta de los ríos, siente la llamada del Duero, como si el río le susurrara algún poema de Antonio Machado, de Gerardo Diego o alguna leyenda de Bécquer. Y se dispone a recorrer sus orillas, como lo hiciera el propio Machado.

De esos paseos y de todo lo que el Duero guarda entre sus aguas, sus álamos y sus silencios, hablará en una próxima entrega. Porque algunos ríos, además de atravesar los paisajes, también atraviesan la memoria emocional. El paisaje es memoria, según el escritor-viajero Julio Llamazares.

lunes, 24 de agosto de 2026

El realismo mítico de Torrente Ballester


Hace ahora casi un año —a principios de octubre de 2025— estuve en Salamanca, una ciudad que para mí constituye un verdadero mapa de los afectos. Viajé con motivo de la inauguración de la Universidad de la Experiencia en el flamante Palacio de Congresos y Exposiciones, situado en el barrio chino, que luce ahora espléndido. Cuando era universitario de posgrado, aquel lugar presentaba un aspecto bastante desaseado, por decirlo de una manera suave.

Fue una visita breve, pero acaso sustanciosa. Recorrer las calles y plazas de Salamanca y, por supuesto, sus bares siempre invita a la inspiración y resulta fructífero para quien esto escribe. Una fotografía tomada en el histórico café Novelty, en la hermosa Plaza Mayor, junto a la figura escultórica de Gonzalo Torrente Ballester, me hizo rememorar al escritor gallego de Ferrol, cuya obra se nutre de lo mítico, lo fantástico y lo onírico.

Torrente Ballester vivió durante casi veinticinco años en Salamanca y llegué a verlo alguna vez en esta ciudad, en los años noventa, concretamente en el bar Moderno, donde por entonces trabajaba en ratos libres mi amigo Agustín de Burgos, ese es su apellido, aunque Agustín nació en Oropesa, en Toledo, y estudiaba Derecho.

A decir verdad, tampoco he leído tanto a Torrente Ballester como quizá hubiera debido. Recuerdo, sin embargo, a aquel hombre enclenque y miope, como él mismo se definió en alguna entrevista, al que le hubiera gustado ser marinero, pero que, debido a su condición física, terminó haciéndose escritor para vivir, a través de la literatura, aquellas aventuras que no habría podido experimentar de otro modo.

   Torres Villarroel

También lo recordaba el poeta salmantino Vicente R. Manchado, con quien tuve contacto y a quien pude entrevistar. 

Torrente Ballester, hijo adoptivo, honoris causa de la Universidad de Salamanca y pregonero vitalicio de la Feria del libro, 

llegó a darle clase en el instituto Torres Villarroel de Salamanca —qué grande también Torres Villarroel—. Era, según Vicente, un profesor atípico, asistemático, pero excelente. Lo que más le gustaba de sus clases era cuando contaba anécdotas acerca de Valle-Inclán, otro fenómeno de la literatura por el que siento devoción. Incluso lo recordaba como profesor un paisano y amigo del útero de Gistredo, Jose/Alejandro. https://cuenya.blogspot.com/2025/01/el-oficio-de-vivir-de-vicente-rodriguez.html


Me hubiera gustado tenerlo como profesor, escuchar sus historias fantásticas, seguir el hilo de sus fabulaciones y adentrarme de su mano en esos espacios míticos que creó con la palabra. En especial, en Castroforte de Baralla.

Cada vez que paso por Salamanca, o incluso por Baralla —Baralla sí existe, en Lugo, comarca de Los Ancares, Galicia—, Torrente Ballester me viene a la memoria. Y, por supuesto, recuerdo el universo de La saga/fuga de J. B.: ese peculiar realismo mítico en el que desaparece el Corpo Santo Iluminado, se esfuman las lampreas del río y la aldea de Castroforte se eleva por los aires hasta desaparecer de la Tierra. Un río que parece no fluir. Unos habitantes condenados casi a una existencia suspendida, incluso en algo tan elemental como comer.

El gallego Torrente Ballester, con su Castroforte, se erige así como una especie de García Márquez del Noroeste, con su Macondo atlántico y gallego. No porque ambos universos sean idénticos, ni porque uno deba entenderse como trasunto del otro, sino porque en ambos escritores la imaginación convierte un territorio inventado en una condensación de la historia, la memoria y los mitos de un pueblo. 

Escuelas menores 

En García Márquez está Macondo; en Torrente, Castroforte de Baralla. En ambos casos, el río desempeña una función esencial porque sirve para penetrar en los orígenes, recuperar una memoria remota, casi prehistórica, y estremecer a los habitantes de esos territorios suspendidos entre la realidad y la leyenda. La saga de los Buendía y la saga de los J. B. parecen dialogar desde orillas distintas de un mismo río imaginario; una nace de la historia y los mitos de América Latina; la otra, de la historia, las leyendas y los fantasmas de España.

Pero quizá haya algo todavía más profundo en esa relación. Tanto Macondo como Castroforte son territorios donde el tiempo deja de comportarse como esperamos. El pasado no termina de pasar, el presente se llena de ecos y la memoria colectiva se convierte en materia narrativa. En ambos casos, el territorio inventado acaba siendo más verdadero que cualquier mapa. Un territorio donde la geografía y la historia se transforman en mito y donde el mito termina adquiriendo la consistencia de la geografía y la historia.

Castroforte es, en ese sentido, mucho más que un lugar inventado. Se trata de un espacio capaz de condensar geografías, épocas y memorias. 

Una niebla persistente y espesa sirve de pasaje y tránsito a la imaginación de Torrente. Nos envuelve y nos introduce en un universo fantástico donde lo racional y lo sobrenatural conviven sin necesidad de explicarse mutuamente. Allí están las meigas, los trasgos, las apariciones, los milagros y las criaturas de una tradición popular que nunca ha desaparecido del todo. https://cuenya.blogspot.com/2017/09/salamanca-de-cielo-azul-y-luz-dorada.html

En Galicia, como en Hispanoamérica, lo sobrenatural puede formar parte de lo cotidiano. Quizá por eso no resulte tan extraño establecer un puente entre el realismo mágico del Nobel colombiano y la imaginación de Torrente Ballester, que fue Premio Nacional de Narrativa, Premio Cervantes y Premio Príncipe de Asturias de las Letras. 

Galicia, con su niebla, sus leyendas, sus aparecidos, sus santos y sus meigas, ofrece un territorio particularmente fértil para esa convivencia entre realidad y fantasía. https://cuenya.blogspot.com/2013/09/en-la-ciudad-charra.html

Por su parte, García Márquez, influenciado sobre todo por su abuela Tranquilina Iguarán, que era de origen gallego, desarrolló el realismo mágico hasta convertirlo en una de las grandes narrativas de la literatura universal. Torrente Ballester, desde el extremo noroccidental de España, construyó algo diferente, aunque emparentado. El suyo era un realismo mítico alimentado por la tradición popular gallega, la memoria histórica, la imaginación cristiana y esa persistencia de lo legendario que atraviesa buena parte de su obra.

Quizá por eso aquella fotografía junto a Torrente Ballester en el Novelty me produjo algo más que una evocación literaria. Fue como encontrarme, de nuevo, con un viejo habitante de Salamanca. Un escritor que pertenece a Ferrol, a Galicia y a Castroforte, pero que también pertenece, de alguna manera, a esta ciudad universitaria que me resulta fascinante. 

Con alumnado de la Universidad de la Experiencia en Salamanca 














Y mientras uno contempla Salamanca, su Plaza Mayor, sus cafés y sus históricas calles, comprende que ciertas ciudades son mapas de los afectos. Ciudades que guardan personas, conversaciones, libros y fantasmas. Ciudades en las que una fotografía puede abrir de pronto una puerta hacia el pasado. https://cuenya.blogspot.com/2024/11/el-fin-de-semana-en-salamanca-del.html

Y en esos mapas, a veces, aparece un escritor gallego que soñó con ser marinero y que terminó navegando, con las palabras como embarcación, por mares mucho más extraños y profundos. Un escritor que hizo de la imaginación otra forma de memoria y que convirtió un territorio imposible, Castroforte de Baralla, en un lugar que, aunque nunca haya existido, forma parte para siempre de nuestra geografía literaria.

domingo, 23 de agosto de 2026

Bierzo azul, verde, morado y negro

Bierzo azul, verde, morado y negro

https://ileon.eldiario.es/opinion/el-bierzo-azul-verde-morado-y-negro-columna-manuel-cuenya_129_13461808.html

Texto publicado en ileon 

22 de agosto de 2026 19:00 h

Bierzo azul y verde, morado y, en tiempos, negro como el carbón de antracita. Así es nuestra comarca, la región más transparente, como acaso diría el escritor mexicano Carlos Fuentes; nuestro lugar en el mundo, como el título de aquella película del director argentino Adolfo Aristarain. Aquí nací y crecí. 

En Quintana de Fuseros. Foto: Cuenya

Hay territorios, como esta comarca leonesa, que son mucho más que un espacio geográfico. Son, en realidad, una forma de ser y estar en el mundo, una memoria emocional que nos acompaña incluso cuando nos alejamos de ella. Durante algún tiempo viví fuera de la matria, de ese útero protector de Gistredo que, de una manera u otra, siempre acaba llamándome. La llamada de la Sierra de Gistredo.

Desde hace varios años vivo de continuo en esta tierra a la que me unen los afectos familiares, amistosos y cotidianos. Aquí están las voces conocidas, los paisajes de siempre, los muertos que forman parte de nuestra memoria y también quienes, por fortuna, siguen caminando con nosotros por la senda de la vida. 

Espinoso de Compludo. Foto: Cuenya

Ahora nos dicen desde el Consejo Comarcal que el Bierzo es una «zona azul», expresión procedente del mundo anglosajón que designa aquellos lugares del planeta donde la población alcanza edades avanzadas y, además, mantiene durante buena parte de su vejez unas condiciones de vida saludables.

Qué maravilla, pienso. Me encanta que al Bierzo le llamen zona azul. Ojalá sea cierto. Ojalá, inshallah, como dicen en Marruecos y en otros países árabes. Porque vivir mucho está muy bien, pero vivir mucho y vivir bien es otra cosa. 

Alcanzar los cien años puede parecer una proeza, aunque lo verdaderamente importante quizá sea llegar a ellos con la cabeza despierta, las piernas en buen estado y ganas de seguir mirando el mundo, de sentirlo como si fuera la primera vez que uno se asomara a él. De poco serviría sumar años si esos años no contienen una mínima dosis de vida. 

Foto: Cuenya

No tengo hijos ni nietos. Solo sobrinos nietos. Pero sí me gustaría pensar que las generaciones que vienen detrás podrán disfrutar de una longevidad semejante a la de tantas personas de nuestra comarca, siempre que esa longevidad vaya acompañada de salud, autonomía y dignidad.

El secreto de la longevidad berciana

¿Qué hace que algunas personas del Bierzo lleguen a viejas? ¿Qué secreto guarda esta tierra para que algunas de nuestras gentes alcancen los noventa, los cien años e incluso más y continúen siendo, en cierta manera, viejóvenes?

No somos una raza especial. Es obvio. No hay en nuestra sangre ningún elixir secreto ni ninguna fórmula genética que nos haga invulnerables al paso del tiempo. Pero quizá sí haya habido —y todavía quede— una determinada manera de vivir. 

Oencia. Foto: Cuenya

Pienso en esa longevidad del Bierzo, en ese territorio azul que es al mismo tiempo realidad y deseo, geografía y metáfora, espacio vivido y territorio imaginado. Una tierra que despierta ilusiones y ganas de seguir caminando por la senda de la vida con entereza física y psíquica, con voluntad de permanecer activos, de seguir formando parte de la comunidad, de continuar sintiendo que todavía tenemos algo que hacer y algo que decir. Quizá ahí resida una parte del secreto. 

Nuestros viejos —lo digo con cariño, como se les dice en Argentina a los padres— no vivieron una vida fácil, pero sí, en muchos casos, una vida con un sentido concreto del tiempo.

Foto: Cuenya

El tiempo no era ese enemigo que hoy perseguimos a todas horas, esa sustancia que se nos escurre entre los dedos mientras intentamos llegar a todo. Era otra cosa: la sucesión de las estaciones, de las cosechas, de las vendimias, de las fiestas y romerías. Era un tiempo más pegado a la tierra. Y la tierra, en el Bierzo, siempre ha tenido mucho que decir. Se trabajaba la huerta. Se sembraban patatas. Se recogían berzas. Se cuidaban los frutales. Se vendimiaba. Se apañaban castañas. Se trabajaba con el cuerpo. Se conocía al vecino y, con frecuencia, también sus penas. 

Burbia. Foto: Cuenya

La vida podía ser dura, pero tenía una cadencia que hoy hemos sustituido por otra mucho más vertiginosa. Vivimos acelerados, pendientes del teléfono móvil a todas horas, de las noticias de la televisión, de esos programas basura que son auténticos gallineros —con el respeto que se merecen los mismos—, de obligaciones en ocasiones insustanciales y de los mensajes de WhatsApp que llegan a cualquier hora del día y de la noche. Un despiporre.

Hemos ganado comodidad y años de esperanza de vida, sí, pero quizá hayamos perdido algo de aquel sosiego, de aquella templanza estoica que acompañaba a nuestros viejos. 

Mosto. Foto: Cuenya

No se trata de idealizar el pasado, porque sería injusto y falso. Aquella gente padeció privaciones que algunos de nosotros apenas podemos imaginar. Hubo pobreza, enfermedades, emigración a América y a los llamados entonces países ricos de Europa, trabajos extenuantes y una guerra incivil que dejó heridas profundas en la población, tanto que todavía hoy siguen presentes. Pero también hubo comunidad. Vecindario. Y quizá el vecindario sea una de las grandes medicinas que hemos ido olvidando.

Se vivía más hacia fuera. La casa tenía las puertas y las ventanas abiertas, a veces de par en par. Se hablaba con los vecinos, se compartía comida, se ayudaba al que lo necesitaba en las labores del campo. Había una red humana que, aunque imperfecta, sostenía a las personas cuando llegaban los contratiempos. 

Primout. Foto: Cuenya

Hoy podemos tener cientos o miles de contactos en un teléfono y, paradójicamente, sentirnos solos. Nuestros antepasados no tenían conexiones digitales, pero tal vez sí tenían más conexiones humanas que nosotros. Aunque tampoco conviene idealizar. Acaso ningún tiempo pasado fue mejor.


La cocina berciana

Igüeña. Foto: Cuenya
Estaba también la cocina berciana, una cocina de tierra y de aprovechamiento, hecha con los productos que proporcionaban la huerta, el monte y los animales domésticos. Estaban los productos de la matanza del cerdo, entre ellos el botillo, y el vino de cosecha. Estaban las berzas del caldo berciano, hermanadas con las del caldo gallego, que alimentaron a generaciones enteras. Y estaba el unto de cerdo, aquel ingrediente de otros tiempos que hoy contemplamos con otros ojos, pero que durante décadas aportó sabor y sustancia a los platos de nuestros antepasados, que no conocían las expresiones nutricionales que empleamos ahora. Tampoco les hacían falta. Ni necesitaban gimnasios. El ejercicio formaba parte de la existencia. Caminar, cavar, segar, podar, cargar, cuidar animales, trabajar la huerta. El cuerpo se movía porque la vida exigía movimiento. Hoy hacemos ejercicio para compensar nuestro sedentarismo, las interminables horas que pasamos sentados. Ellos descansaban después de haber trabajado físicamente. Aquellas tareas tenían también un precio: el campo castigaba las espaldas, las manos y las rodillas. El trabajo podía ser brutal, como lo era la mina.
Salentinos. Foto: Cuenya

Pero quizá aquella actividad física cotidiana, unida a una alimentación basada en buena medida en productos de la tierra y a una vida menos sometida a la velocidad, haya contribuido a esa longevidad que hoy contemplamos con sorpresa. 

El paisaje berciano del carbón

Y después está el paisaje. Porque el Bierzo es también un paisaje de montañas y valles, de ríos y bosques, de viñas y castaños, de huertas y caminos por los que transitamos. Gistredo, los Ancares, los montes Aquilianos, el Sil, el Boeza, entre tantos otros nombres con los que nos identificamos. Una tierra encerrada entre montañas y, al mismo tiempo, abierta al mundo por los caminos que históricamente la han atravesado. 

Balouta. Foto: Cuenya

Un Bierzo verde, sin duda. Pero también morado. Morado por las uvas, las viñas, el mosto, los atardeceres, por esa luz especial que algunas tardes, sobre todo en otoño, parece quedarse suspendida sobre los montes.

Y negro. Negro porque el Bierzo también fue carbón, mina, antracita, trabajo subterráneo, sudor y una forma de vida. Durante generaciones, el negro del carbón convivió con el verde de los montes.

Noceda del Bierzo. Foto: Cuenya
Y ahora aparece el azul, un azul nuevo, al menos en el nombre. Es el azul de la longevidad, de las personas que llegan a edades avanzadas, de quienes han atravesado casi un siglo de historia y todavía conservan memoria, conversación, curiosidad y ganas de vivir. 

Qué paradoja tan hermosa: una comarca que durante tanto tiempo tuvo el negro del carbón como uno de sus colores identitarios puede aspirar ahora a reconocerse en el azul de la longevidad.

Pero hay que tener cuidado, porque una comarca longeva no puede ser solamente una comarca vieja. Ese es quizá uno de nuestros grandes desafíos.

El Bierzo puede presumir —y debe hacerlo— de sus centenarios, de sus nonagenarios, de quienes han demostrado que se puede recorrer un larguísimo camino vital. Pero también necesita niños, jóvenes, trabajo, oportunidades, servicios públicos, vivienda y futuro.

Queremos vivir mucho, sí. Pero también queremos que haya alguien detrás de nosotros; que los pueblos sigan teniendo voces infantiles; que las escuelas continúen abiertas; que quienes se fueron puedan regresar y quienes nunca se marcharon puedan seguir viviendo aquí. Que los jóvenes no tengan que abandonar necesariamente la comarca para encontrar un futuro.

El Bierzo, territorio de ancianos

Una zona azul no debería ser un territorio de ancianos, sino un territorio donde la vejez sea una consecuencia de haber vivido y donde la juventud tenga razones para quedarse. 

Noceda del Bierzo. Foto: Cuenya

Tal vez el verdadero secreto no esté en una sustancia concreta, ni en una receta milagrosa, ni siquiera en un determinado gen. Tal vez esté en una suma de pequeñas cosas: comer de la tierra, caminar, trabajar, descansar, conversar, sentirse querido, cuidar y ser cuidado; tener, en definitiva, un lugar al que regresar. Yo tengo, por fortuna, ese lugar. Por eso, cuando escucho que el Bierzo puede ser una «zona azul», no puedo evitar sentir una cierta alegría, porque detrás de esa expresión aparecen rostros. Aparece mi madre, con más de noventa años. Aparecen las mujeres y los hombres que han superado los noventa años y siguen preguntando qué tiempo hará mañana, quién ha venido al pueblo, cómo están los hijos, los nietos y los biznietos, cuándo empieza la vendimia o si este año habrá buenas castañas. 

Noceda del Bierzo. Foto: Cuenya

Aparece la vida. La vida con sus pérdidas, sus achaques, sus alegrías, sus recuerdos y sus ganas de continuar. Quizá eso sea ser viejoven. No negar la edad, sino llevarla con dignidad. 

No pretender tener veinte años cuando se tienen noventa, sino conservar algo de aquella capacidad de asombro que teníamos a los veinte y a los treinta. 

Seguir aprendiendo. Seguir hablando. Seguir caminando. Seguir queriendo. Seguir perteneciendo.

Y entonces comprendo que quizá el Bierzo sea azul desde hace mucho tiempo, aunque nosotros no hubiéramos sabido nombrarlo. Azul por sus viejos. Verde por sus montes. Morado por sus viñas. Negro por su carbón. Cuatro colores para una misma tierra. Cuatro maneras de contar una misma historia: la de quienes nacieron aquí, la de quienes se marcharon y la de quienes regresaron. La historia de quienes llegaron a viejos porque tuvieron la fortuna de vivir muchos años, pero también porque encontraron razones para seguir viviendo.

La historia, en definitiva, de una tierra que no solo nos vio nacer, sino que todavía nos llama. La matria. El útero de Gistredo, como me gusta llamarlo. Nuestro lugar en el mundo. Y ojalá, inshallah, como dicen en los países árabes, también nuestro lugar en el tiempo.