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domingo, 18 de octubre de 2026

Paolo Rumiz y el hilo invisible que todavía une Europa

 

Dejo aquí esta reseña de El hilo infinito del autor italiano Paolo Rumiz, que tradujo mi amiga Álida Ares, publicado inicialmente en La Nueva Crónica hace unos días. https://www.lanuevacronica.com/el-bierzo/paolo-rumiz-hilo-invisible-todavia-une-europa_204332_102.html

Enhorabuena, querida Álida, por esta traducción de un libro que se me antoja excelente. 

 

En El hilo infinito, Paolo Rumiz emprende un viaje físico y espiritual por las raíces de Europa siguiendo un hilo tan invisible como poderoso: el que une los antiguos monasterios benedictinos. Un hilo que sobrevive a las distancias y a los muros y que, como sugiere el propio autor, puede contener un infinito incluso en una simple brizna de hierba. 


Escritor y viajero nacido en Trieste, Rumiz recorre Europa en busca de sus raíces cristianas y culturales. El viaje lo lleva desde Italia hasta Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Irlanda, España —con especial atención a Cataluña y Montserrat— y «el Portugal oceánico, un lugar perfecto para los escritores». Pero el itinerario no es únicamente geográfico. Es también una navegación interior que transforma la mirada del viajero. El laico que partió, reconoce Rumiz, se siente a su regreso «un poco más cristiano y, sobre todo, más europeo que antes».

Su propósito es comprender Europa desde sus márgenes. Para ello hay que alejarse de los centros de poder, de las grandes capitales y de los caminos trillados. «Es mejor olvidar las guías turísticas al caminar por estas tierras. Salir de los caminos trillados, seguir a las golondrinas que viven en las periferias», escribe. Algo parecido ocurre con el cristianismo: para comprender su mensaje, sostiene, es necesario alejarse de Roma y mirar hacia sus fronteras.

El libro, traducido por la filóloga berciana Álida Ares y publicado por Anagrama en 2026, se articula en dos partes, precedidas por un prólogo cuyo título, Un hilo verdaderamente infinito, anticipa ya una de las ideas centrales de la obra: la continuidad de una Europa unida por sus raíces culturales y espirituales.

No es la primera vez que Álida Ares se adentra en la obra de Paolo Rumiz. La traductora ha vertido también al castellano El membrillo de Estambul, publicado por Sexto Piso en 2019, y Canto por Europa, editado por Lapislàtzuli en 2024. Dos trabajos que consolidan su vínculo con la obra de este escritor y periodista italiano, cuya mirada viajera recorre las fronteras, la memoria y las raíces de una Europa en permanente búsqueda de sí misma.

En El hilo infinito, Rumiz imagina «un ovillo que nunca acabaría de devanarse» y deja abierta una nueva vía de investigación: la de las abadías femeninas. «¿Qué es la vida sino un largo hilo de lana que atraviesa mares, ríos, mares y fronteras?», se pregunta el autor, para quien el cristianismo contribuyó también a conquistar Europa a través de elementos tan cotidianos como el vino y la cerveza.

Los monasterios benedictinos ocupan el centro simbólico del viaje. Para Rumiz son mucho más que vestigios de un pasado remoto: constituyen algunos de los grandes refugios de la civilización europea. En medio de las sucesivas oleadas de barbarie que siguieron a la caída del Imperio romano, entre sus muros se conservaron el conocimiento, la cultura, la palabra escrita y una determinada concepción del ser humano. Allí sobrevivió una memoria común que permitió a Europa reconstruirse una y otra vez.

Los monasterios aparecen, de este modo, como espacios de silencio, conocimiento y encuentro. En ellos permanece la memoria de un continente que, mucho antes de levantar sus actuales fronteras políticas, ya estaba unido por caminos, lenguas, libros, ideas, tradiciones y formas de espiritualidad compartidas.

Rumiz sigue ese hilo para reconstruir una Europa que, a su juicio, parece haberse olvidado de sí misma; una Europa que ha perdido buena parte de su dimensión trascendente y corre el riesgo de olvidar aquello que durante siglos contribuyó a darle sentido. Pero el viaje hacia el pasado pronto se convierte en una mirada crítica sobre el presente.

Rumiz contempla una Europa amenazada por nuevas formas de barbarie: «la barbarie galopa a través de la web», advierte, mientras las historias de personas honestas pueden ser ridiculizadas u oscurecidas por los medios y las nuevas ideas quedar aplastadas por la mediocridad. La ignorancia convive con el rencor y la impaciencia, y la sociedad aparece cada vez más atomizada. En este contexto, resulta inevitable evocar la «rebelión de las masas» de Ortega y Gasset.

El miedo ocupa también un lugar central en esta reflexión. El antropólogo Marvin Harris lo entendía como uno de los grandes instrumentos de la antropología para someter a las poblaciones; Rumiz, por su parte, observa cómo ese miedo se infiltra lentamente en la vida colectiva, alimenta la desconfianza, levanta muros y transforma al otro en una amenaza.

Europa parece así atravesada por una nueva «selva primigenia», una imagen que devuelve al lector a los orígenes del mundo benedictino: aquellos siglos oscuros en los que, tras el derrumbe del Imperio, hubo que enfrentarse a la barbarie y reconstruir, casi desde las ruinas, una idea de civilización.

Italia se convierte en uno de los escenarios más inquietantes de esta metamorfosis. «Se está convirtiendo en Sudamérica», afirma Rumiz al contemplar, con una mirada crítica y desencantada, el deterioro del Estado de derecho y la degradación de la política. Pero lo que está en juego va mucho más allá de las instituciones. Es una crisis más honda: una pérdida de referencias, de valores y de horizonte.

También la economía parece haber olvidado su razón de ser: servir a la vida, procurar el bienestar y, en último término, hacer posible una existencia más digna y feliz. Por eso, el viaje de Rumiz hacia el pasado es, en realidad, una interrogación sobre nuestro presente.

La globalización perversa, los populismos, las alambradas, las migraciones, los nacionalismos étnicos, las guerras, la balcanización, la xenofobia, los aranceles de Trump, las heridas del Brexit y del conflicto catalán, así como el regreso de viejos fantasmas como el nazismo, forman parte de un paisaje europeo cada vez más fragmentado. Frente a estos fenómenos, el autor contrapone la historia de una Europa que, durante siglos, fue capaz de crear vínculos entre pueblos diferentes.

Sin embargo, Rumiz no se limita a denunciar la decadencia. Busca una respuesta, y la encuentra precisamente en los monasterios: en sus bibliotecas, sus jardines, sus comunidades y en la memoria de quienes dedicaron su existencia a conservar y transmitir un legado. En esos lugares descubre una posible respuesta a la pregunta fundamental que recorre el libro: ¿qué puede mantener unido a un continente que parece haber olvidado por qué decidió caminar unido?

En este sentido, El hilo infinito es mucho más que un libro de viajes. Es una búsqueda de la identidad europea y de aquello que puede unir a pueblos diferentes sin borrar sus particularidades. Rumiz recorre los monasterios para escuchar el eco de un continente antiguo y preguntarse qué queda de aquella Europa capaz de construir puentes entre culturas, proteger el conocimiento y convertir la cultura en una forma de resistencia frente a la barbarie.

El hilo que atraviesa sus páginas se convierte así en una metáfora de una Europa frágil, pero resistente, «nuestra diosa madre fenicia»: una Europa compuesta por innumerables hebras que solo adquieren verdadero sentido cuando permanecen unidas. Quizá ese sea el mensaje último del viaje de Rumiz: Europa no se salva levantando nuevas fronteras, sino recuperando los hilos invisibles que durante siglos tejieron su memoria.

«¿Qué han hecho los monjes de Benito sino crear reductos de oración y trabajo en los espacios más baldíos de Europa para tejer luego entre ellos una sólida red de hilos?», se pregunta el autor de El hilo infinito. La imagen resume buena parte de su propuesta: frente a una Europa que se repliega sobre sí misma, los monasterios representan una tradición de apertura, intercambio y transmisión. No son únicamente lugares de recogimiento, sino también nodos de una red que durante siglos conectó territorios, conocimientos y comunidades.

De ahí nace también su crítica al turismo contemporáneo, que, a su juicio, ha terminado por banalizar los lugares y las experiencias. Frente al turista que consume destinos, reivindica al viajero para quien lo esencial no es la meta, sino el camino. Viajar significa mirar con asombro, escuchar, dejarse transformar y recuperar la capacidad de sentir. En esta actitud resuena la aspiración de Pessoa a «sentirlo todo de todas las maneras». Según Rumiz, el mundo moderno ha hecho cada vez más difícil escuchar la Palabra.

Dentro de este itinerario por España, adquieren un significado especial Montserrat, como inspiración para la obra de Gaudí, y el Valle del Silencio, en el Bierzo, junto con la iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba. Son lugares periféricos, cargados de memoria, precisamente el tipo de espacios en los que Rumiz encuentra esa Europa profunda que no aparece en los grandes discursos, pero que continúa viva en sus paisajes, sus piedras y sus comunidades.

Así, el viaje termina convirtiéndose en una invitación a recuperar una Europa menos ruidosa y más consciente de su memoria. Una Europa capaz de reconocer que su riqueza no reside en la uniformidad, sino en la convivencia de innumerables hebras culturales, espirituales e históricas.

El hilo infinito es, en definitiva, la metáfora de una civilización que solo podrá sobrevivir si vuelve a recordar que, por encima de las fronteras, siempre ha existido algo que une a quienes la habitan. Y ese vínculo, como el hilo que Rumiz persigue de monasterio en monasterio, quizá no sea visible a primera vista, pero sigue ahí: entre las piedras, los libros, los caminos, las comunidades y la memoria compartida de Europa.

 

jueves, 15 de octubre de 2026

Julio Llamazares, Premio Nacional de Narrativa

 Mi enhorabuena y mis mejores deseos para el gran narrador, poeta, viajero y amigo Julio Llamazares. Aunque ya tuve la ocasión de felicitarlo en su momento, recientemente, vuelvo a hacerlo ahora desde aquí. Con estas palabras que dediqué a su libro, el cual recibió el Premio Nacional de Narrativa. Que ya era hora de que se lo concedieran, porque Julio, por cuya obra siento devoción, se merece todos los premios.

Julio Llamazares, en Bembibre, invitado por a las Tardes literarias de hace años por este servidor, con Beli y Cano. 

Recupero una reseña que hiciera hace un tiempo, que se ha publicado hace unos días en ileon.com, la cual os dejo aquí:

https://ileon.eldiario.es/cultura/el-viaje-de-mi-padre-julio-llamazares-escritor-leones-critica-literaria-por-manuel-cuenya-premio-nacional-de-narrativa-2026-ministerio-de-cultura-espana_1_13570664.html

Con Julio Llamazares en la feria del libro de Ponferrada

Sólo el título, El viaje de mi padre, ya resulta entrañable, porque Julio Llamazares es un hombre entrañable, que escribe con sus entrañas (algo que uno echa en falta en tantos escritores y escritoras, que lo hacen de un modo artificial, en ocasiones retorcido). Dime cómo escribes y te diré quien eres. Y alguien como Julio, capaz de escribir obras sublimes como La lluvia amarilla https://cuenya.blogspot.com/.../llamazares-y-la-lluvia... o Escenas de cine mudo https://cuenya.blogspot.com/.../escenas-de-cine-mudo-de..., entre otras, puede contarnos con maestría, y por supuesto con verdad y belleza, una historia conmovedora como ésta acerca de las andanzas de su padre Nemesio y un amigo de su padre, Saturnino, durante la Guerra Incivil española.

martes, 6 de octubre de 2026

Gonzalo Suárez en la memoria

 

Recupero para el blog este texto que publicara inicialmente en el diario La Nueva Crónica y también en el diario digital ileon sobre el fallecimiento reciente del cineasta Gonzalo Suárez, que fue Director Honorífico de la Escuela de cine de Ponferrada. Y por tanto mantuve, durante esa época, una relación fraterna con Gonzalo. 

Vaya aquí este texto, con los enlaces a los periódicos mencionados. 

https://www.lanuevacronica.com/el-bierzo/gonzalo-suarez-en-memoria_203765_102.html

https://ileon.eldiario.es/opinion/gonzalo-suarez-memoria_129_13555066.html

Me apena saber que ha muerto Gonzalo Suárez. Anabel, compañera de aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada, me lo hizo saber. Después, como suele ocurrir con estas noticias, la muerte se extiende rápidamente por los medios y convierte en noticia pública lo que para quienes tuvimos la fortuna de tratarlo es, de pronto, una ausencia íntima.

Antes de que fuera director honorífico de la Escuela de Cine de Ponferrada ya conocía su nombre, sus películas y esa manera tan suya de entender el cine y la literatura, como si fueran territorios contiguos entre los que pudiera moverse con absoluta libertad.

Por eso quise que fuera él, precisamente él, quien ocupara aquel cargo honorífico. Y tuve la fortuna de compartir con Gonzalo algunos años de aquel proyecto que fue la Escuela: a veces sueño y a veces pesadilla, como suelen ser los sueños cuando intentan convertirse en realidad.

Ya había coincidido con él mucho antes, durante mi etapa universitaria. Recuerdo haberlo visto en Oviedo, quizá incluso en una charla en la que también participó el filósofo Gustavo Bueno, uno de mis maestros. Digo «quizá» porque la memoria no funciona como un archivo. Conserva escenas, rostros, voces, pero a veces mezcla las fechas y los lugares. Lo que sí recuerdo con absoluta claridad es mi fascinación por Remando al viento. Todavía la siento.

Hay películas que uno ve y olvida. Y hay otras que se quedan dentro. La de Gonzalo Suárez es de estas últimas. Allí estaba Hugh Grant, todavía lejos de la popularidad que alcanzaría después, interpretando a Lord Byron. Allí estaba Mary Shelley y su criatura, pero también estaban el paisaje, la literatura, los fantasmas, la creación artística y esa frontera incierta entre la realidad y el sueño que tanto parecía interesar a Gonzalo.

Y estaba la música. La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, de Vaughan Williams, acompañando aquellas imágenes y contribuyendo a crear una atmósfera que todavía recuerdo como envuelta en niebla.

También estaban Daniel Goldstein y Ricardo Steinberg en el sonido. A Ricardo tuve ocasión de conocerlo bien e incluso de invitarlo a aquellas Tardes de Cine que organizaba en Bembibre. Y estaba Wolfgang Burmann, Chinín para los amigos, director artístico de Remando al viento, un hombre entrañable y lúcido con quien tuve ocasión de hablar de cine y de muchas otras cosas. Entre ellas, de Almodóvar, con quien había trabajado en La flor de mi secreto.

Quizá ahí estaba una de las razones por las que aquella Escuela de Cine significó tanto para mí: permitía que quienes primero habían sido nombres vistos en una pantalla acabaran sentados frente a nosotros, hablando, contando historias, tomando un café o compartiendo una comida. Y Gonzalo fue uno de ellos. 


Lo recuerdo en el hotel AC de Ponferrada, en restaurantes de la capital del Bierzo, en esos espacios donde los personajes públicos dejan de ser personajes y se convierten simplemente en personas. Allí aparecía su inteligencia, su ironía, su sentido del humor. Y aquella forma tan suya de mirar las cosas de lado, como si nunca terminara de aceptar las convenciones.

No volví a tener contacto con él después de que la Escuela llegara a su fin. Por eso su muerte tiene para mí una tristeza doble: desaparece un cineasta y escritor singular, pero desaparece también una parte de aquellos años en los que Ponferrada quiso ser una ciudad de cine.

Quedan sus películas. Don Juan en los infiernos, El portero, El detective y la muerte, Oviedo Express, Remando al viento... Una filmografía difícil de encerrar en una etiqueta: literaria, sombría, juguetona, extraña, libre.

En El detective y la muerte, basada en un cuento de Hans Christian Andersen, aparecía además Mapi Galán, actriz ponferradina vinculada también a aquella Escuela y a las Tardes de Cine. En Oviedo Express volvía a trabajar con Carmelo Gómez, actor leonés presente también en El portero y El detective y la muerte.

Gonzalo se llamaba a sí mismo «cineostia». Hasta eso tenía algo de declaración de principios: juego, ironía, libertad.

También admiraba a Sam Peckinpah, a quien llegó a conocer. No resulta extraño. Parecía sentirse atraído por aquellos creadores que caminaban por los márgenes y que no tenían demasiado interés en obedecer las reglas. 


Quizá por eso resulta tan difícil despedirlo con una definición. ¿Cineasta? ¿Escritor? ¿Director? ¿Novelista? Fue todo eso y algo más difícil de nombrar: alguien que convirtió la creación en una forma personal de mirar el mundo.

Me gusta pensar que, para alguien que hizo del cine una manera de mirar, la muerte no tiene por qué ser necesariamente un final. Tal vez sea otro plano. Otro fundido. Otra imagen que desaparece lentamente de la pantalla mientras permanece, en algún lugar, la luz que la hizo posible.

También permanecen sus paisajes. Llanes, sobre todo. La costa, los acantilados, la niebla, el viento, el mar. Ese territorio asturiano que en sus películas parece pertenecer al mismo tiempo a la realidad y al sueño.

Llanes de cine. Y Ponferrada también fue ciudad de cine durante unos años.

Quizá por eso, cuando pienso ahora en Gonzalo Suárez, no lo recuerdo solamente dentro de una pantalla. Lo recuerdo sentado a una mesa, hablando, escuchando, haciendo alguna observación inesperada que dejaba flotando una sonrisa.

Lo recuerdo junto a Amenábar, Fernando Trueba, Fernando León de Aranoa y tantos otros, en aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada. Años de proyectos, conversaciones, películas y amistades. Años que ya forman parte de la memoria.

Y quizá eso sea lo que verdaderamente permanece de las personas: no solamente sus obras, sino también los lugares donde las conocimos, las conversaciones que mantuvimos con ellas, las pequeñas escenas que quedaron fuera de cualquier película.

Se nos ha muerto un grande del cine y de la literatura. Pero hay muertos que siguen conversando con nosotros. Basta con volver a una película. Abrir un libro. Escuchar una música. O regresar, muchos años después, a aquella mesa de un restaurante de Ponferrada donde una vez hablamos de cine.

Entonces Gonzalo vuelve durante un instante. Como vuelve la luz cuando se enciende un proyector. Como vuelve la memoria cuando alguien pronuncia un nombre: Gonzalo Suárez.