Después de la llegada al Pireo, el viajero regresa a Atenas como si volviera a casa. La ciudad sigue sonando igual que antes de embarcar en el Costa Fortuna, igual que en su primera visita, más de treinta años atrás. El mismo tráfico acelerado, los vehículos cosiendo las calles como avispas, el aire caliente que parece brotar del asfalto y una luz cegadora que penetra directamente en el alma. Atenas es, como escribe Henry Miller en El coloso de Marusi, una ciudad de sobrecogedores efectos atmosféricos: no está empotrada en la tierra, sino suspendida en un incesante cambio de luz, con un pulso que late al ritmo del color.
Es probable que Atenas no sea una ciudad hermosa en el sentido convencional. Hay capitales que seducen a primera vista; Atenas, en cambio, sólo termina revelándose a quien le concede tiempo. Siempre el tiempo, convertido casi en una obsesión para el viajero, que siente cómo se escapa con una velocidad insoportable. A veces desearía detenerlo, congelarlo, pero sabe que ningún viaje concede ese privilegio.
Esta vez toma un autobús desde la terminal del puerto hasta la plaza Sintagma. Desde allí apenas hay un paseo hasta la plaza Omonia, donde vuelve al mismo hotel en el que se alojó antes del crucero. Tras dejar la maleta en la habitación, entra en el Veneti, una cafetería a la que ha terminado por tomar cariño.
El centro de Atenas le recuerda, salvando todas las distancias, a Casablanca. No puede evitar establecer analogías entre ciudades. La marroquí pertenece al mundo musulmán; Atenas, a la tradición cristiana ortodoxa, cuyas iglesias siguen resonando entre la piedra y la luz dorada. Pero, sobre todo, es la ciudad donde conviven el presente y la Antigüedad. Basta atravesar el ágora para encontrarse con el templo de Hefesto, también conocido como Hefestión, uno de los templos dóricos mejor conservados del mundo antiguo.
Su sola contemplación basta para comprender la extraordinaria riqueza histórica y arquitectónica de la ciudad. Sin embargo, el viajero está convencido de que el mayor lujo de Atenas no fueron sus templos, sino la filosofía. Allí donde unos discutían de política, otros compraban aceite o vino y cerraban tratos cotidianos, fue naciendo una forma de pensar que todavía sostiene buena parte del pensamiento occidental. De algún modo, aquella vida pública le recuerda al pueblo del viajero, al útero de Gistredo, donde también los acuerdos se sellaban alrededor del ganado.
Cuesta caminar entre aquellas ruinas sin imaginar a Sócrates deteniendo a cualquier ciudadano con una pregunta incómoda, sembrando dudas allí donde todos creían poseer certezas. Ese cuestionamiento permanente de las propias certezas fue el punto de partida del conocimiento. Después llegarían Platón y Aristóteles, completando una tradición intelectual que convirtió la conversación en una herramienta para alcanzar el conocimiento. Quizá por eso Atenas siga siendo, todavía hoy, la cuna de la filosofía: el amor al saber.
El viajero vuelve a recorrer, como un filósofo peripatético, el colorido barrio de Plaka, uno de los rincones más hermosos y animados de la ciudad. Restaurantes, tabernas, cafés y tiendas de recuerdos conviven con vestigios de la Antigüedad, mientras las buganvillas trepan por las fachadas encaladas envolviendo las calles en una belleza luminosa.
Después se adentra en Monastiraki, célebre por sus mercados y sus terrazas siempre bulliciosas, y más tarde llega al vecino barrio de Psiri, antiguo distrito degradado y hoy convertido en uno de los enclaves más bohemios y creativos de Atenas. Galerías, pequeños comercios, bares y restaurantes ocupan unas calles donde el viajero descubre que la ciudad que inventó la filosofía también sabe jugar.Entre réplicas de la Torre Eiffel, el Big Ben y la Estatua de la Libertad, el Little Kook sorprende con una decoración inspirada en los cuentos de hadas. Incluso aquí, piensa el viajero, hay espacio para la fantasía. En uno de sus locales saborea un delicioso gyros pita cuyo sabor lo transporta, inesperadamente, a la rue Saint-Denis de sus años parisinos.
En estos barrios la vida discurre con una naturalidad mediterránea que le resulta profundamente familiar. Cada plaza, cada terraza y cada conversación parecen recordarle que las ciudades bañadas por el Mediterráneo comparten una misma manera de entender el tiempo, la amistad y el placer de vivir.
| Anafiotika |
Levanta la vista hacia la Acrópolis, la ciudadela que corona la colina donde el Partenón, dedicado a Atenea, desafía al tiempo desde hace más de veinticinco siglos. Desde abajo parece un barco de piedra varado sobre la cima. Desde el comienzo del viaje ha deseado llegar hasta allí, como si toda Atenas se concentrara en ese recinto sagrado. Antes atraviesa Anafiotika, el pequeño barrio de casas tradicionales que se encarama por las laderas de la Acrópolis y cuya tranquilidad parece trasladada desde una isla del Egeo.
Henry Miller escribió que Grecia seguirá siendo un recinto sagrado hasta el fin de los tiempos, «el único paraíso en Europa». Mientras contempla aquellas piedras, el viajero siente un estremecimiento que le recorre las entrañas. Sólo por experimentar esa emoción ya merece la alegría acercarse hasta allí.
| Al fondo, el Licabeto |
Desde lo alto, Atenas se derrama blanca hasta el horizonte como una inmensa bahía de edificios, mientras el monte Licabeto emerge como la proa de un navío. El paisaje despierta en él una nostalgia difícil de explicar.
La Acrópolis está abarrotada de visitantes que esperan con paciencia para pagar la entrada. El precio le hace preguntarse qué ocurriría con quienes no pudieran permitírsela. Resulta curioso comprobar cómo incluso los lugares donde uno busca únicamente belleza terminan sometidos a la lógica del dinero. Y, sin embargo, comprende que también esa herencia necesita ser conservada. Basta contemplar la ciudad desde allí arriba para sentir un gran placer.
Se detiene ante el Erecteón y su célebre pórtico de las Cariátides. Hay una delicadeza conmovedora en aquellas muchachas de piedra que sostienen el templo sobre sus cabezas sin que el peso altere la serenidad de sus rostros.
Mientras las observa piensa que quizá la verdadera fuerza consista precisamente en eso: soportar el paso de los siglos sin perder la elegancia. La elegancia por encima de todo, como acaso habría pensado un dandi como Óscar Wilde. Después posa para una fotografía frente al Partenón y recuerda las diapositivas o filminas que su profesor de Historia del Arte proyectaba cuando apenas era un estudiante de Bachillerato. Comprende entonces que aquellos templos lo habían acompañado mucho antes de conocerlos.
También contempla los Propileos, el Odeón de Herodes Ático y el teatro de Dioniso, el dios del vino, lugares que le emocionan especialmente por su antigua afición al teatro y por las obras que él mismo ha llegado a escribir y representar.
Como a Henry Miller, también le fascinan las ruinas, el desorden, la erosión y ese carácter casi volcánico sobre el que descansa toda la Acrópolis.
| Teatro Dioniso |
Al abandonar la colina regresan el ruido, el tráfico y el caos cotidiano. Entonces comprende que Atenas nunca fue una ciudad silenciosa. Tal vez Sócrates tampoco necesitó silencio para pensar. Quizá por eso, entre el claxon de un taxi y el zumbido de una motocicleta, todavía parece que alguien está a punto de formular la pregunta adecuada. Después de tanta reflexión, el viajero, que también es un hombre de carne y hueso, siente el deseo irresistible de tomar un helado de yogur griego, cuyo sabor ya le parece inseparable de Atenas. Mientras lo saborea recuerda otra frase de El coloso de Marusi: «Hoy, como en el pasado, Grecia es de la máxima importancia para todo hombre que busca encontrarse a sí mismo... La tierra griega se abre ante mí como el Libro de la Revelación».
La tarde empieza a oscurecer y amenaza tormenta. Decide regresar al hotel para descansar antes del viaje del día siguiente al aeropuerto. Sin haberse despedido todavía de Atenas, ya siente el deseo de volver. Quizá porque algunas ciudades sólo empiezan a revelarse cuando uno está a punto de abandonarlas. Aún queda tiempo; el tiempo, siempre el tiempo: la sangre con la que se escriben todos los viajes.