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lunes, 22 de junio de 2026

Del mirador de la Corneja a Comillas y el cabo de Oyambre

Si a uno le dijeran que desde el mirador de la Corneja puede verse, en los días más despejados, el pico Urriellu, en los Picos de Europa asturianos https://cuenya.blogspot.com/2020/07/de-llanes-bulnes.html, quizá pensaría que se trata de una exageración, de una imagen propia de la ficción o de una fantasía romántica. Sin embargo, desde este balcón natural situado en el litoral occidental de Cantabria, entre el rumor de las olas y el silencio de los prados, en Ruilobuca, pequeña localidad del municipio de Ruiloba, es posible divisar el Naranjo de Bulnes (Urriellu) https://cuenya.blogspot.com/2023/09/el-latido-de-la-naturaleza-en-picos-de.html, el antiguo edificio de la Universidad Pontificia de Comillas y, por supuesto, el cabo de Oyambre, próximo a San Vicente de la Barquera, que tanta fascinación suscita en el viajero. 


El mirador de la Corneja, a pocos metros de la colina donde se eleva la ermita de Nuestra Señora de los Remedios en Liandres, es un lugar especial que he podido visitar en más de una ocasión. Mi última visita la realicé en compañía de Sagrario y Maribel, a quienes conocí en la hospedería del monasterio de Cóbreces. Fue precisamente el tío Leoncio, residente en la abadía cisterciense de esta localidad cántabra, quien me habló por primera vez de este rincón, al que acudía en sus años mozos, y también en los no tan mozos, para pasear y contemplar la belleza de este singular encuentro entre la tierra y el mar. 


Se trata de un paraje atlántico de extraordinaria hermosura, donde la costa acantilada, cubierta de vegetación, se asoma al Cantábrico con serena grandiosidad. La ensenada de Fonfría aparece en primer término, mientras las vistas se abren sobre los acantilados y el horizonte marino. La amplitud visual del lugar alcanza su punto culminante al atardecer, cuando las puestas de sol tiñen el paisaje de matices cambiantes y parecen suspender, por un instante, la gravedad emocional del mundo. 


Desde este privilegiado observatorio puede apreciarse con claridad el relieve costero, la línea quebrada de la costa y la transición entre la vegetación que cubre los acantilados y los farallones rocosos que desafían al mar. Todo ello conforma uno de esos paisajes épicos característicos de la marina cántabra, donde naturaleza, luz y horizonte se funden en una estampa de simpar belleza.

domingo, 21 de junio de 2026

Bosque de secuoyas en Cantabria, una catedral inmensa

Me resultaba difícil imaginar que me encontraría con un bosque de secuoyas en Cantabria, una tierra que ha sabido preservar y dar a conocer algunos de sus tesoros naturales más sorprendentes. 


El bosque de secuoyas me llevó de inmediato a recordar Vértigo, la obra maestra de Hitchcock. Acudió entonces a mi memoria aquella inquietante secuencia rodada entre las secuoyas californianas, donde la naturaleza parece confundirse con los laberintos del tiempo, la memoria y la muerte. https://cuenya.blogspot.com/2011/03/vertigo-de-entre-los-muertos.html Hay algo profundamente perturbador en esos árboles gigantescos, como si custodiaran secretos inaccesibles para los seres humanos, como si pertenecieran a una dimensión temporal distinta de la nuestra.

Fueron Sagrario y Maribel, las dos salmantinas con las que coincidí en la hospedería de Viaceli, quienes despertaron mi curiosidad por este lugar. Otros viajeros me habían hablado también de él, aunque nunca había encontrado la ocasión de visitarlo. Quizá por eso la expectativa era grande.

La llegada tuvo algo de desconcierto. Durante unos minutos creímos habernos equivocado de camino. Ante nosotros se extendía un robledal magnífico, poblado por árboles de porte venerable, cuya presencia imponía respeto. Sagrario y Maribel compartían mi perplejidad. «¿Pero no habíamos venido a un bosque de secuoyas?». Por un instante pensé que aquel lugar pertenecía más a la leyenda que a la realidad, como si el bosque se resistiera a revelarse de inmediato al visitante y exigiera una pequeña prueba de paciencia antes de mostrarse. Pero finalmente apareció. 


Surgió ante nosotros como una visión inesperada. Los altísimos troncos rojizos se elevaban hacia el cielo formando una suerte de arquitectura natural que recordaba las columnas de una catedral. La luz descendía tamizada entre las copas, filtrándose lentamente hasta alcanzar el suelo. Todo parecía envuelto en una atmósfera de película de Hitchcock, como si aquel rincón del mundo hubiera quedado al margen del ruido y de la prisa que gobiernan la vida contemporánea.

La altura de las secuoyas empequeñece al ser humano. Uno camina entre ellas con la sensación de haber penetrado en una ciudad como Nueva York, con un Manhattan vegetal levantado no por la mano del ser humano, sino por la paciente obra del tiempo. Entonces se comprende que estos gigantes vegetales pertenecen a una escala temporal que apenas alcanzamos a imaginar. Algunos árboles extraordinariamente longevos, como el tejo milenario de San Cristóbal de Valdueza en el Bierzo, han vivido más de mil años. Cuando nacieron, imperios enteros aún no habían alcanzado su apogeo y civilizaciones que parecían eternas ni siquiera habían imaginado su decadencia. 

Tejo de San Cristóbal de Valdueza

Mientras paseábamos bajo aquellas gigantescas bóvedas verdes, Sagrario evocó un reciente viaje a Japón. Comentó que allí había percibido una profunda sensibilidad hacia la naturaleza. Aquella experiencia le había llevado a admirar aún más la extraordinaria capacidad de ciertos árboles para resistir, e incluso sobrevivir, al fuego. Las llamas, lejos de representar únicamente destrucción, favorecen la apertura de las piñas y la dispersión de las semillas sobre un suelo enriquecido por las cenizas. Me pareció una hermosa metáfora de la existencia. A menudo la vida encuentra caminos para renacer precisamente allí donde todo parecía perdido. La destrucción y la creación, la muerte y el renacimiento, forman parte de un mismo proceso que la naturaleza conoce desde mucho antes de que los seres humanos comenzáramos a preguntarnos por su sentido. 


Cuando abandoné el bosque comprendí que mi fascinación no procedía únicamente de la rareza botánica de encontrar secuoyas en Cantabria. Había algo más profundo. Quizá la impresión de hallarme frente a una realidad cuya escala temporal excede por completo la medida de una vida humana. Quizá la intuición de que somos apenas un instante en medio de una duración inmensa. O quizá, simplemente, la certeza de que lugares como este nos recuerdan que el mundo es mucho más antiguo, más vasto y más misterioso de lo que solemos imaginar.

sábado, 20 de junio de 2026

Cóbreces, destino espiritual

Como si de un antiguo ceremonial se tratara, el peregrino viaja a través del espacio y también del tiempo hacia una dimensión espiritual y cultural que trasciende la mera geografía. El destino es Cóbreces, en la costa occidental de Cantabria, entre las históricas villas de Comillas y Santillana del Mar, donde se eleva la abadía cisterciense de Santa María de Viaceli.

https://cuenya.blogspot.com/2025/09/cantabria-una-experiencia-mistica.html

El tío Leoncio en Viaceli

Hasta aquí venía ya en la adolescencia, acompañado por mi hermana Cini y mi cuñado Paulino, para visitar al tío Leoncio. Él afirma que este monasterio es su verdadera casa, aunque naciera lejos de aquí, en la aldea berciana de Losada. Después de tantos años entre estos muros, resulta difícil imaginarlo en otro lugar.

La abadía de Viaceli, habitada por una comunidad de monjes cistercienses de la estricta observancia (trapenses), es uno de esos espacios donde arquitectura, paisaje y espiritualidad parecen fundirse de manera natural. Construida entre 1906 y 1910 en estilo neogótico, se levanta entre prados verdes frente al mar. Muy cerca se encuentra la playa de Luaña, abierta entre campiñas y acantilados, mientras que hacia el este se extiende el impresionante paraje del Bolao, en Toñanes, donde una cascada y las ruinas de un antiguo molino se precipitan hacia el Cantábrico. Caminar desde el monasterio hasta el acantilado del Bolao, cuyo paisaje posee la fuerza visual de un escenario cinematográfico, constituye una experiencia serena y reconfortante.


Durante décadas, la comunidad de Viaceli contó con una notable presencia de monjes procedentes de El Bierzo. El propio tío Leoncio recuerda vocaciones llegadas desde Cabanillas de San Justo, Villaviciosa de San Miguel, Losada, Quintana de Fuseros o Noceda del Bierzo. De algún modo, este rincón cántabro mantiene un vínculo profundo con la tierra de la que procede quien escribe estas líneas. Quizá por eso siempre regreso aquí con una sensación familiar, como si dos paisajes en apariencia distintos —las montañas y valles del Bierzo y la costa cantábrica— estuvieran unidos por una misma corriente humana y espiritual. https://cuenya.blogspot.com/2021/10/cobreces-hacia-la-espiritualidad.html

Además, Viaceli conserva una tradición gastronómica que forma parte de su identidad. El queso elaborado por esta comunidad monástica posee una merecida fama y constituye un recordatorio de que lo espiritual no está reñido con lo material. Al contrario, las formas más elevadas de la existencia humana descansan siempre sobre realidades concretas como el trabajo, la convivencia, los alimentos o las instituciones que permiten la continuidad de una comunidad. https://cuenya.blogspot.com/2023/10/en-busca-de-sentido-traves-de-un-viaje.html

Hospedería

Tenía ganas de volver a este lugar que tantas veces me ha procurado serenidad y energía para seguir adelante. En esta ocasión deseaba especialmente ver al tío Leoncio después de la operación a la que fue sometido en el hospital San Juan de Dios de León tras una caída sufrida en el monasterio de Carrizo de la Ribera, donde ejercía como capellán a comienzos de este año.

Conversar con él resulta siempre estimulante. Es una persona culta, observadora y dotada de una notable sensibilidad para la música y las letras; en definitiva, para comprender y analizar la condición humana. Me impresiona pensar que alguien formado en Teología en Roma y que conoció también la vida monástica alemana en las proximidades de la ciudad de Colonia haya dedicado la mayor parte de sus noventa y dos años a esta abadía cántabra, ordenando sus jornadas según el ritmo de los oficios litúrgicos, desde Vigilias hasta Completas. 



Escuchar el Salve Regina en la capilla del monasterio produce una sacudida en las entrañas. Durante unos instantes uno siente una comunión con el infinito, una experiencia a la vez mística y profundamente humana; una realidad que no se encuentra fuera del mundo, sino inserta en él, formando parte de su historia, de su cultura y de sus símbolos.

También me llama la atención la fuerza de las costumbres. Los seres humanos vivimos inmersos en hábitos que se repiten día tras día, aunque nunca de manera idéntica. Esa observación me recuerda la existencia metódica que atribuyen los biógrafos a Kant y me lleva igualmente a pensar en las diversas formas de encontrar sentido a la vida, para unos, en la divinidad; para otros, como el filósofo neerlandés de ascendencia sefardí Spinoza, en la naturaleza, entendida como la sustancia infinita que engloba cuanto existe.

De manera inevitable, la estancia en Viaceli invita a la reflexión. Quizá por eso el ser humano ha sentido siempre la necesidad de trascender los estrechos límites de su existencia individual. Hay en nosotros una suerte de inconformismo que nos impulsa a buscar horizontes más amplios, como si una sola vida no bastara para contener todas nuestras inquietudes, nuestros sueños y nuestro deseo de permanencia. 

Ruinas del antiguo molino y cascada en paraje del Bolao

En esta ocasión tuve además la oportunidad de compartir mesa y conversación con personas llegadas de distintos lugares. Coincidí allí con Antón, del País Vasco, profesor de literatura; Juan Antonio, catedrático de inglés, soriano de origen y afincado en Zaragoza, cuyo hermano forma parte de la comunidad monástica; Araceli, llegada desde Tineo, en Asturias; Noelia y su marido, procedentes de Toledo; Sagrario, de Soria; y Maribel, natural de Villafranca de los Barros, en Extremadura; ambas residentes en Salamanca. Con algunos de ellos las conversaciones se prolongaron durante horas, entre comidas, paseos y momentos de descanso.

Especialmente grato resultó recorrer en compañía de Sagrario y Maribel el mirador de la Corneja, los acantilados de Trasierra y el bosque de secuoyas de Cabezón, paisajes que quizá merezcan ser objeto de un futuro relato. También quiero expresar mi agradecimiento a Mari Cruz, responsable de la hospedería y atenta cuidadora de los monjes, así como a Cristina, una joven ucraniana que colabora en las tareas cotidianas del monasterio. La hospitalidad de ambas contribuye decisivamente a crear ese clima de serenidad y acogida que caracteriza a Viaceli. 

Paraje del Bolao

Me sorprendió gratamente reencontrarme con Noelia en la abadía. Hay encuentros que parecen fruto del azar, aunque terminan adquiriendo un significado especial en el curso de la vida. Su presencia añadió una nota de alegría a una estancia que ya de por sí estaba cargada de recuerdos, conversaciones y experiencias compartidas.

Todo ello —los recuerdos, los encuentros, las conversaciones y los paisajes— alimenta inevitablemente la reflexión. Entonces acude a la memoria la vieja pregunta: ser o no ser, estar o no estar. Ahí radica la cuestión. Porque no basta con existir; también importa el modo en que habitamos el mundo, la forma en que nos hacemos presentes ante los demás y ante nosotros mismos. Tal vez la gran pregunta humana no consista únicamente en saber qué somos, sino también dónde estamos y cómo recorremos el breve trecho que nos ha sido dado transitar.