Hace ahora casi un año —a principios de octubre de 2025— estuve en Salamanca, una ciudad que para mí constituye un verdadero mapa de los afectos. Viajé con motivo de la inauguración de la Universidad de la Experiencia en el flamante Palacio de Congresos y Exposiciones, situado en el barrio chino, que luce ahora espléndido. Cuando era universitario de posgrado, aquel lugar presentaba un aspecto bastante desaseado, por decirlo de una manera suave.
Fue una visita breve, pero acaso sustanciosa. Recorrer las calles y plazas de Salamanca y, por supuesto, sus bares siempre invita a la inspiración y resulta fructífero para quien esto escribe. Una fotografía tomada en el histórico café Novelty, en la hermosa Plaza Mayor, junto a la figura escultórica de Gonzalo Torrente Ballester, me hizo rememorar al escritor gallego de Ferrol, cuya obra se nutre de lo mítico, lo fantástico y lo onírico.
Torrente Ballester vivió durante casi veinticinco años en Salamanca y llegué a verlo alguna vez en esta ciudad, en los años noventa, concretamente en el bar Moderno, donde por entonces trabajaba en ratos libres mi amigo Agustín de Burgos, ese es su apellido, aunque Agustín nació en Oropesa, en Toledo, y estudiaba Derecho.
A decir verdad, tampoco he leído tanto a Torrente Ballester como quizá hubiera debido. Recuerdo, sin embargo, a aquel hombre enclenque y miope, como él mismo se definió en alguna entrevista, al que le hubiera gustado ser marinero, pero que, debido a su condición física, terminó haciéndose escritor para vivir, a través de la literatura, aquellas aventuras que no habría podido experimentar de otro modo.
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| Torres Villarroel |
También lo recordaba el poeta salmantino Vicente R. Manchado, con quien tuve contacto y a quien pude entrevistar.
Torrente Ballester, hijo adoptivo, honoris causa de la Universidad de Salamanca y pregonero vitalicio de la Feria del libro,
llegó a darle clase en el instituto Torres Villarroel de Salamanca —qué grande también Torres Villarroel—. Era, según Vicente, un profesor atípico, asistemático, pero excelente. Lo que más le gustaba de sus clases era cuando contaba anécdotas acerca de Valle-Inclán, otro fenómeno de la literatura por el que siento devoción. Incluso lo recordaba como profesor un paisano y amigo del útero de Gistredo, Jose/Alejandro. https://cuenya.blogspot.com/2025/01/el-oficio-de-vivir-de-vicente-rodriguez.html
Cada vez que paso por Salamanca, o incluso por Baralla —Baralla sí existe, en Lugo, comarca de Los Ancares, Galicia—, Torrente Ballester me viene a la memoria. Y, por supuesto, recuerdo el universo de La saga/fuga de J. B.: ese peculiar realismo mítico en el que desaparece el Corpo Santo Iluminado, se esfuman las lampreas del río y la aldea de Castroforte se eleva por los aires hasta desaparecer de la Tierra. Un río que parece no fluir. Unos habitantes condenados casi a una existencia suspendida, incluso en algo tan elemental como comer.
El gallego Torrente Ballester, con su Castroforte, se erige así como una especie de García Márquez del Noroeste, con su Macondo atlántico y gallego. No porque ambos universos sean idénticos, ni porque uno deba entenderse como trasunto del otro, sino porque en ambos escritores la imaginación convierte un territorio inventado en una condensación de la historia, la memoria y los mitos de un pueblo.
| Escuelas menores |
En García Márquez está Macondo; en Torrente, Castroforte de Baralla. En ambos casos, el río desempeña una función esencial porque sirve para penetrar en los orígenes, recuperar una memoria remota, casi prehistórica, y estremecer a los habitantes de esos territorios suspendidos entre la realidad y la leyenda. La saga de los Buendía y la saga de los J. B. parecen dialogar desde orillas distintas de un mismo río imaginario; una nace de la historia y los mitos de América Latina; la otra, de la historia, las leyendas y los fantasmas de España.
Pero quizá haya algo todavía más profundo en esa relación. Tanto Macondo como Castroforte son territorios donde el tiempo deja de comportarse como esperamos. El pasado no termina de pasar, el presente se llena de ecos y la memoria colectiva se convierte en materia narrativa. En ambos casos, el territorio inventado acaba siendo más verdadero que cualquier mapa. Un territorio donde la geografía y la historia se transforman en mito y donde el mito termina adquiriendo la consistencia de la geografía y la historia.
Castroforte es, en ese sentido, mucho más que un lugar inventado. Se trata de un espacio capaz de condensar geografías, épocas y memorias.
Una niebla persistente y espesa sirve de pasaje y tránsito a la imaginación de Torrente. Nos envuelve y nos introduce en un universo fantástico donde lo racional y lo sobrenatural conviven sin necesidad de explicarse mutuamente. Allí están las meigas, los trasgos, las apariciones, los milagros y las criaturas de una tradición popular que nunca ha desaparecido del todo. https://cuenya.blogspot.com/2017/09/salamanca-de-cielo-azul-y-luz-dorada.html
En Galicia, como en Hispanoamérica, lo sobrenatural puede formar parte de lo cotidiano. Quizá por eso no resulte tan extraño establecer un puente entre el realismo mágico del Nobel colombiano y la imaginación de Torrente Ballester, que fue Premio Nacional de Narrativa, Premio Cervantes y Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Galicia, con su niebla, sus leyendas, sus aparecidos, sus santos y sus meigas, ofrece un territorio particularmente fértil para esa convivencia entre realidad y fantasía. https://cuenya.blogspot.com/2013/09/en-la-ciudad-charra.html
Por su parte, García Márquez, influenciado sobre todo por su abuela Tranquilina Iguarán, que era de origen gallego, desarrolló el realismo mágico hasta convertirlo en una de las grandes narrativas de la literatura universal. Torrente Ballester, desde el extremo noroccidental de España, construyó algo diferente, aunque emparentado. El suyo era un realismo mítico alimentado por la tradición popular gallega, la memoria histórica, la imaginación cristiana y esa persistencia de lo legendario que atraviesa buena parte de su obra.
Quizá por eso aquella fotografía junto a Torrente Ballester en el Novelty me produjo algo más que una evocación literaria. Fue como encontrarme, de nuevo, con un viejo habitante de Salamanca. Un escritor que pertenece a Ferrol, a Galicia y a Castroforte, pero que también pertenece, de alguna manera, a esta ciudad universitaria que me resulta fascinante.
| Con alumnado de la Universidad de la Experiencia en Salamanca |
Y mientras uno contempla Salamanca, su Plaza Mayor, sus cafés y sus históricas calles, comprende que ciertas ciudades son mapas de los afectos. Ciudades que guardan personas, conversaciones, libros y fantasmas. Ciudades en las que una fotografía puede abrir de pronto una puerta hacia el pasado. https://cuenya.blogspot.com/2024/11/el-fin-de-semana-en-salamanca-del.html
Y en esos mapas, a veces, aparece un escritor gallego que soñó con ser marinero y que terminó navegando, con las palabras como embarcación, por mares mucho más extraños y profundos. Un escritor que hizo de la imaginación otra forma de memoria y que convirtió un territorio imposible, Castroforte de Baralla, en un lugar que, aunque nunca haya existido, forma parte para siempre de nuestra geografía literaria.

