Vistas de página en total

sábado, 15 de agosto de 2026

Fernando Rey y la memoria de Coruña

Hay encuentros que hacen feliz a cualquier amante del cine. Para el viajero, uno de ellos puede ser descubrir en Coruña una placa que recuerda a Fernando Rey, uno de los actores más elegantes, cultos y universales que ha dado el cine español.

Nacido en esta ciudad el 20 de septiembre de 1917, Fernando Rey llevó el nombre de Galicia mucho más allá de sus fronteras. Su carrera, extensa y extraordinaria, terminó convirtiéndolo en uno de los intérpretes españoles de mayor proyección internacional.

Resulta imposible encontrarse con su nombre sin pensar inmediatamente en Luis Buñuel. Viridiana, Tristana, El discreto encanto de la burguesía y Ese oscuro objeto del deseo forman parte de una de las colaboraciones más memorables de la historia del cine español. En aquellas películas, Rey aportó mucho más que talento interpretativo. Su elegancia, su ironía, su mirada y aquella manera tan personal de decir las cosas hicieron de él una presencia difícil de olvidar. 


Su figura quedó ligada también a uno de los personajes más universales de nuestra literatura. En El Quijote, la serie de Televisión Española dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, Fernando Rey encontró una de las interpretaciones más recordadas de la última etapa de su carrera. Su Alonso Quijano era humano, noble y melancólico; un personaje en el que la grandeza convivía con la fragilidad.

Y estaba, además, su voz. Una voz cálida, elegante e inconfundible, con aquella sonoridad casi radiofónica que parecía capaz de conferir una dignidad especial a cualquier frase. En ¡Bienvenido, Mister Marshall!, de Luis García Berlanga, fue precisamente la voz de Rey la que ejerció como narradora.

Por eso, encontrarse con una placa dedicada a Fernando Rey en una calle de Coruña tiene algo de pequeño descubrimiento y, al mismo tiempo, de homenaje necesario. La placa no necesita grandilocuencia. Basta el nombre. Porque basta leer «Fernando Rey» para que aparezcan, de pronto, Buñuel, don Quijote, Berlanga, el cine español y aquella voz que parecía venir de otro tiempo. 


Quizá ahí resida la verdadera fuerza de los homenajes urbanos: en conseguir que un nombre escrito sobre una placa despierte todo un mundo en la memoria.

Fernando Rey fue un actor excepcional, pero también fue un gallego universal. Un hombre nacido en Coruña que terminó convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles y respetados de nuestra cinematografía.

El viajero continúa su camino, pero antes vuelve la mirada hacia la placa. La ciudad conserva así la memoria de uno de sus grandes actores. Y esa memoria se prolonga en otros muchos nombres que aparecen repartidos por sus calles, plazas y jardines.

La Terraza

Basta acercarse a los jardines de Méndez Núñez para comprobarlo. Situados junto a las instalaciones portuarias, estos jardines fueron concebidos sobre terrenos ganados al mar e inaugurados en 1868. En un principio fueron conocidos como Jardines del Ensanche y, en 1871, recibieron el nombre de Casto Méndez Núñez, en homenaje al célebre marino gallego. 

Allí, entre la vegetación y los paseos, se encuentran monumentos dedicados a algunas de las figuras señeras de la cultura gallega, como Concepción Arenal (poeta, autora dramática y pionera del feminismo español), Emilia Pardo Bazán, Manuel Murguía, Valle-Inclán y Castelao. Y, en una inesperada conexión con la cultura popular del siglo XX, también aparece John Lennon, convertido en todo un icono de la música. 


El viajero vuelve a detenerse, como ya lo hiciera en el camposanto de San Amaro, ante la escultura de Manuel Murguía, marido y compañero de vida de Rosalía de Castro. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/la-ciudad-de-dos-faros-dos-epocas-una.html

También se detiene ante las figuras de Valle-Inclán, autor de Luces de bohemia, Emilia Pardo Bazán, autora de Los pazos de Ulloa, y Castelao, una de las personalidades más polifacéticas de la cultura gallega. Las fotografías se suceden mientras el paseo continúa.

Los jardines funcionan así como una singular galería al aire libre. El viajero no tiene que entrar en un museo para encontrarse con la historia cultural de la ciudad. Puede hacerlo mientras pasea, entre árboles, esculturas y edificios tan reconocibles como el Kiosco Alfonso o La Terraza. El modernista Kiosco Alfonso, además, mantiene su condición de espacio cultural y acoge exposiciones. 


Coruña permite que uno se encuentre con sus personajes queridos mientras camina. No hace falta buscarlos demasiado. Están allí, formando parte del paisaje y de la memoria cotidiana de la ciudad.

Quizá por eso la ciudad sorprende incluso cuando uno cree que ya la conoce. A veces basta detenerse ante un nombre para descubrir que detrás de él permanece toda una historia. 

Y frente a la placa de Fernando Rey, durante unos instantes, toda esa historia parece regresar.

El viajero sigue su camino. La ciudad, mientras tanto, continúa guardando la memoria de quienes hicieron de la cultura gallega algo mucho más grande que sus propias fronteras.

viernes, 14 de agosto de 2026

La ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa


La ciudad de dos faros invita a sentirla. A sentirla con su música, con su luz, con sus aromas marinos y con el sabor de su pulpo, escultura incluida. También con esa temperatura agradable que, en pleno agosto, convierte el paseo en un placer. Hay ciudades a las que se regresa, como se regresa a un lugar que, de alguna manera, ya forma parte de su memoria emocional. 

El visitante, enamorado de esta ciudad de dos faros, vuelve una vez más allí donde el Atlántico rompe contra la costa y el viento escribe historias sobre las rocas. Allí donde se eleva el Obelisco Millennium, esa aguja de acero y cristal que parece desafiar al tiempo bajo el cielo del nuevo milenio. Al otro lado de la bahía, la milenaria Torre de Hércules contempla el horizonte.

El cristal y el acero del Obelisco se incendian con los reflejos del mar y del sol. La antigua piedra del faro romano, en cambio, guarda la memoria de los navegantes que durante siglos buscaron su luz. Dos materiales, dos épocas, dos maneras de mirar al horizonte. Y, sin embargo, una misma vocación: iluminar.

El Obelisco Millennium y la Torre de Hércules. Dos faros. Dos épocas. Una misma costa. Uno nació para guiar a los marinos; el otro parece recordarnos que cada generación necesita también una luz que señale el horizonte. Entre ambos dialogan el eco del pasado y el aliento del porvenir, unidos por un mismo océano: el Atlántico. 


El visitante disfruta contemplándolos. Siente que ambos faros, como dos guardianes de la ciudad, le señalan el camino hacia el mar. Desde el Obelisco emprende su recorrido por el paseo marítimo, que se prolonga durante kilómetros bordeando la costa y cuenta también con un carril para bicicletas. 

El vagamundo avanza sin prisa. El mar y la ciudad aparecen fusionados. De vez en cuando se detiene para contemplar el paisaje, para dejar que la brisa le roce el rostro, escuchar los graznidos de las gaviotas o para observar cómo la luz transforma a cada instante el color del agua.

Pronto aparece Riazor, tendida frente a él como una enorme concha abierta al océano. La playa conserva todavía el eco del festival del Noroeste, esa música que durante unos días convierte la orilla en escenario y la ciudad en una gran fiesta.  


Después llega la ensenada de Orzán. El visitante se detiene para hacer unas fotografías y recrearse ante la fuente de los surfistas, cuyas figuras parecen volar hacia el mar. Más adelante, el paseo lo conduce hasta la Domus, ese singular museo dedicado al ser humano. Después surgen unas llamativas farolas rojas que parecen marcar el rumbo hacia el extremo de la ciudad. Al fondo ya se adivina la Torre de Hércules, la «torre de caramelo», como la llamó Picasso, que vivió de niño en esta ciudad. 

Playa de San Amaro

La antigua torre se levanta sobre el promontorio como si el tiempo no hubiera pasado por ella. A su alrededor se despliega el parque escultórico, un territorio donde la piedra, el viento y el océano dan la impresión de formar parte de una misma obra. Esta vez el visitante no sube a la torre. Tampoco se acerca a la caracola, aunque su forma siga despertando en él esa clase de inspiración que solo producen ciertos lugares. No se adentra en la zona de los menhires ni busca el cementerio moro. Hay lugares que no necesitan ser recorridos por completo para permanecer en la memoria emocional. 

Wenceslao Fernández Flórez

Continúa bordeando la costa hasta la playa de San Amaro. Cerca queda el cementerio de San Amaro y el visitante recuerda que quiere volver allí después de algún tiempo. No por curiosidad, sino por memoria. Hay dos tumbas que desea reencontrar, a saber, la de Wenceslao Fernández Flórez y la de Manuel Murguía.

El cementerio lo recibe en silencio y bajo un sol radiante. Al otro lado de los muros, el Atlántico respira con su rumor incesante, mientras una extraña templanza parece envolver las sepulturas.

El visitante da algún que otro tumbo entre las calles del camposanto hasta que, finalmente, decide preguntar a un hombre que parece trabajar allí.

—¿La tumba de Wenceslao Fernández Flórez?

El hombre le responde con amabilidad. No se limita a señalarle el camino, sino que prácticamente lo lleva de la mano hasta la sepultura. El visitante se lo agradece. Y allí, delante de aquella tumba, se pregunta quién se acuerda, a estas alturas, de Wenceslao Fernández Flórez. 


Quién recuerda al escritor gallego que supo meter el miedo en el cuerpo sin necesidad de recurrir a grandes estridencias. Al maestro de un realismo fantástico arraigado en Galicia, donde las apariciones, las meigas y la Santa Compaña forman parte del paisaje con la misma naturalidad que la lluvia, la niebla o los bosques.

El tiempo ha ido apartando a Fernández Flórez del imaginario popular, pero no ha conseguido borrar su universo literario. Pertenece a esa estirpe de escritores que construyeron un mundo propio y lograron convertir la tierra en una forma de literatura. Gallego hasta en su manera de entender lo sobrenatural, mezcló la ironía con la melancolía y el humor con una cierta inquietud ante aquello que no puede explicarse. Entre vivos y muertos, en sus páginas, apenas existe una frontera.

Quizá muchos lo recuerden sin saberlo gracias a El bosque animado, la obra que José Luis Cuerda llevó al cine y que terminó formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Aquel bosque donde los árboles parecen susurrar, las almas vagan sin descanso, los animales poseen sus propias historias y los seres humanos atraviesan un territorio en el que lo extraordinario convive con lo cotidiano.

Torre de control marítimo

Pero Fernández Flórez fue mucho más que El bosque animado. Fue un cronista excepcional del alma gallega, alguien capaz de convertir las leyendas, las supersticiones y el humor en una manera de explicar el mundo. En sus páginas, el miedo se desliza con la discreción del orballo sobre los caminos y deja tras de sí una sensación difícil de sacudirse: la de que, en Galicia, los muertos jamás terminan de marcharse del todo. 

El visitante permanece unos instantes en silencio. Después busca la otra tumba. En el mismo camposanto descansa Manuel Murguía, compañero del alma de Rosalía de Castro, que duerme en el Panteón de Galegos Ilustres de Santiago de Compostela. La distancia entre ambos lugares no parece importar demasiado. Tampoco la muerte. Porque hay vínculos que no terminan con la vida.

Murguía y Rosalía continúan unidos por una historia que pertenece tanto al amor como a Galicia. Él custodió la memoria de un pueblo; ella le dio un alma inmortal con sus versos. Juntos construyeron una de las grandes historias culturales y sentimentales de la tierra gallega.

El visitante contempla la tumba de Murguía y piensa que quizá el amor, cuando es verdadero, acaba transformándose en paisajeSe convierte en el orballo que humedece los caminos, en la bruma que abraza los montes, en la espuma que se rompe contra las rocas. Se transforma en esa luz que, por un instante, parece susurrar que quienes amaron de verdad nunca terminan de despedirse, sino que simplemente cambian el lugar desde el que continúan acompañándonos. 

Castillo de San Antón

Frente a San Amaro, el Atlántico sigue respirando. Las olas llegan y se retiran con su cadencia interminable. El viajero comprende entonces que también los lugares guardan memoria. Que una ciudad no está hecha solamente de calles, edificios y monumentos, sino de las vidas que alguna vez caminaron por ella y de las palabras que quedaron suspendidas en el aire. 

Después de visitar las sepulturas, abandona el cementerio y vuelve al paseo marítimo. 


A lo lejos divisa la torre de control marítimo, junto al castillo de San Antón, antigua fortaleza levantada para proteger el puerto. Ante él, la ciudad parece desplegarse como un mapa que ya conoce de memoria. Cada rincón le resulta familiar y, sin embargo, conserva algo de descubrimiento.

Desde allí emprende camino hacia el jardín de San Carlos. El lugar le entusiasma por su aire casi exótico, por la vegetación y por el mausoleo y la escultura de Sir John Moore, el general inglés que intentó defender la ciudad herculina de las tropas napoleónicas. Al fondo se abre el puerto. 

San Carlos

El visitante permanece un momento contemplando aquella mezcla de naturaleza, arte y mar. Hay algo ceremonial en aquel jardín, como si la historia hubiera encontrado allí un lugar tranquilo desde el que contemplar la ciudad.

Después se adentra en el casco históricoDeambula por las callejuelas, cruza plazas, se deja llevar por el trazado antiguo de la ciudad. No necesita mapa. La ciudad de dos faros está en su cabeza y también, de alguna manera, en su memoria afectiva. 

Sir John Moore

Finalmente llega a las galerías de la Marina. Se detiene ante ellas, como tantas otras veces.
Le siguen pareciendo atractivas esas fachadas acristaladas que multiplican la luz y devuelven al cielo y al mar una parte de su resplandor.
 Entonces comprende que quizá toda la ciudad ha sido, durante su paseo, una sucesión de reflejos. Ciudad de Luz. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/coruna-ciudad-de-luz-y-musica.html La luz del Obelisco. La luz de la Torre de Hércules. La luz sobre Riazor. La luz que se quiebra en las galerías de la Marina. Y también esa otra luz, más íntima, que permanece en los lugares donde alguien vivió, amó, escribió o murió.

Galerías de la Marina

El viajero mira hacia el Atlántico. Quizá eso sea, después de todo, lo que hace que algunas ciudades permanezcan, esa capacidad de iluminar incluso aquello que el tiempo parece empeñado en oscurecer. 

Dos faros frente al océano. Dos épocas mirando hacia el mismo horizonte. Y entre ambos, la ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa, caminando hacia la luz mientras el Atlántico, incansable, continúa contando su historia contra las rocas.

jueves, 13 de agosto de 2026

Coruña, ciudad de Luz y música


He venido a esta ciudad, que tanto quiero, atraído por la voz de la cantante gallega Luz Casal. Mientras espero el concierto, me dejo envolver por la belleza del paisaje. El cielo y el mar resplandecen bajo una claridad acariciadora; la fortaleza de San Antón se recorta armoniosa, bañada por una luz dorada, y los barcos, inmóviles en el club náutico, completan una estampa maravillosa. Ante tanta armonía, uno solo puede detenerse, contemplar y permanecer, aunque sea por un instante, en un profundo éxtasis.

La ciudad de la luz y del faro milenario se convierte en una gran fiesta durante el mes de agosto. El visitante ansía disfrutar de todo cuanto le ofrece esta bella ciudad del noroeste peninsular, esta península que casi parece una isla, donde la música del mar y la música, en general, lo envuelven todo. 


Llega la noche y la plaza de María Pita se llena de música y emoción de la mano de Luz Casal. Con esa energía poderosa que la caracteriza, la gran diva gallega desgrana algunas de sus canciones más queridas. Entre ellas, el bolero Pienso en ti, que tantos recordamos de Tacones lejanos, la película de Almodóvar, y, sobre todo, Negra sombra, esa joya musical nacida de los versos tristes y dolorosos de la genial Rosalía de Castro. 


Me encanta ver a Luz. Me encanta escucharla. Pero, sobre todo, me encanta sentirla. Y cuando comienza a cantar Negra sombra, el tiempo parece detenerse por unos instantes. Es entonces cuando comprendo que hay conciertos que se quedan para siempre viviendo dentro de uno.

Solo por escucharla cantar Negra sombra habría valido la pena —o, mejor dicho, la alegría— de asistir a este concierto. Su interpretación me estremeció el alma y dejó la emoción a flor de piel. Hay canciones que se sienten en lo más hondo del alma. Y Negra sombra es, sin duda, una de ellas. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215801185658362/2175254770078442


No podía perderme esta cita, además, porque era la primera vez que tenía la oportunidad de ver a Luz Casal en vivo y en directo. La experiencia resultó realmente emocionante. Durante la velada, la cantante recordó también al público el Festival de la Luz, que se celebrará a finales de agosto en Boimorto, ese hermoso proyecto ideado por ella misma y convertido ya en un encuentro imprescindible. 


También en la plaza de María Pita, donde se yergue la heroína coruñesa, tuve el placer de asistir al concierto de Dorian, la banda catalana que ha sabido fusionar el indie rock con la música electrónica. Aunque conocía algunas de sus canciones, era la primera vez que los veía sobre un escenario, y la experiencia superó con creces mis expectativas. Su sonido envolvente, unido a unas letras que invitan a la reflexión, acabó por resultar hipnótico. Sin duda, habrá que seguirles la pista. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215825226739374/1020196487493017


El nombre del grupo invita de un modo inevitable a pensar en El retrato de Dorian Gray, la célebre novela de Oscar Wilde, cuyo protagonista simboliza la eterna juventud y la fascinación por la belleza. Quizá esa asociación entre modernidad y raíces clásicas explique, aunque solo sea como una feliz coincidencia, que la música de Dorian posea esa extraña capacidad de sonar contemporánea sin perder cierta hondura atemporal. 

Esa misma noche tuve también el placer de disfrutar, en la plaza de Azcárraga, de la actuación de Fantastic Negrito, un músico californiano tan divertido como virtuoso, que envolvió al público con la fuerza y el ritmo de su blues. Todo ello en un marco incomparable, en el corazón de una de las plazas con más encanto de la ciudad. https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215825390383465/1638701641301165


En el centro de esta plaza se encuentra la Fuente del Deseo, hasta hace poco coronada por una escultura de bronce que representaba al Deseo bajo la figura de una mujer que sostenía un farol en su mano derecha. Al parecer, la escultura se encuentra actualmente en restauración. Sorprenden asimismo las plataneras centenarias que rodean la plaza, cuyas frondosas copas forman una especie de techo vegetal que la cubre por entero y dotan al lugar de una atmósfera única y acogedora. 

Por este mismo escenario pasaron también, entre otros, grupos como La Perra Blanco, liderada por la gaditana Alba Blanco, con un potente directo de rock, y Moura, una banda gallega que mezcla el rock progresivo y psicodélico con el folk rock, creando una atmósfera que invita al trance. Por cierto, el fundador del grupo es oriundo de Boimorto, donde se celebra el Festival de la Luz. 


El Festival del Noroeste continuó con otra serie de propuestas, entre ellas Sés, Sprints, Rusowsky, Echo & the Bunnymen —cuyos sonidos pueden evocar, en algunos momentos, a The Doors— y Bomba Estéreo, que llevaron su música hasta la playa de Riazor.

https://www.facebook.com/1706120617/videos/pcb.10215840757687638/960371523443993

Me sorprendió especialmente Bomba Estéreo. Con ellos, Riazor pareció convertirse por un instante en Colombia. La electrónica, el rock, el reguetón y una inconfundible esencia tropical se apoderaron de la playa, transformándola en una gigantesca pista de baile. La banda colombiana, arrolladora sobre el escenario, ofreció un espectáculo magnético ante una multitud entregada que vibró y bailó con su música. 


Y quizá esa sea una de las grandes virtudes de Coruña en agosto: conseguir que la ciudad entera, en diferentes escenarios, parezca respirar al ritmo de la música. Desde la belleza resplandeciente del club náutico y la Marina hasta la emoción de María Pita, desde las noches íntimas de Azcárraga hasta la energía desbordante de Riazor, la ciudad se convierte durante un tiempo en un inmenso escenario.

Una ciudad de Luz y música para sentir.