A propósito de la anterior entrada de este blog, titulada Dios no existe https://cuenya.blogspot.com/2026/08/dios-no-existe.html, me viene ahora a la memoria, cuando acaban de cumplirse noventa años del asesinato de Federico García Lorca, su obra teatral Yerma, donde también se plantea, a través del personaje de la Vieja 1.ª, la cuestión de la inexistencia de Dios. Cuando Yerma dice: «Entonces, que Dios me ampare», la Vieja responde: «Dios, no. A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar». No sabemos hasta qué punto estas palabras pueden identificarse con el pensamiento de Lorca —pertenecen, naturalmente, a un personaje de ficción—, pero sí revelan una de las muchas dimensiones de una obra extraordinariamente lúcida y compleja.

Monumento a Lorca en plaza Santa Ana. Madrid. Foto: Cuenya
Lorca era, a mi juicio, un hombre de una inteligencia excepcional, acaso el más brillante del célebre trío formado por Buñuel, Dalí y Lorca. Así lo reconoció, en términos parecidos, el propio Luis Buñuel en sus memorias, Mi último suspiro, al evocar los años en que los tres coincidieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid, aquel lugar legendario por el que pasó buena parte de la flor y nata del arte y de la ciencia de su tiempo.
Los tres han dejado una profunda huella en mi manera de ser y de estar en el mundo: Buñuel, con el cine; Dalí, con la pintura; y Lorca, con la poesía y el teatro. No es extraño que el hispanista Ian Gibson haya definido la relación entre los tres como «el triángulo amistoso más fabuloso del siglo XX».
Buñuel, Lorca y Dalí: el enigma sin fin, del catedrático Agustín Sánchez Vidal, es un magnífico libro que me resultó especialmente revelador acerca de estas tres figuras universales y de la compleja relación que mantuvieron entre sí. https://cuenya.blogspot.com/2020/02/el-genio-o-divino-dali.html
Lorca es, para mí, el poeta por excelencia: sublime sin interrupción, como acaso habría dicho de él el escritor Francisco Umbral.
Lorca llevaba el ritmo y la música de las palabras en las venas. Había nacido para ser poeta, pero también fue músico, excelente pianista y apasionado del flamenco y de la música tradicional. Desde muy joven recibió formación musical en Granada, su querida ciudad, y participó junto a La Argentinita en la célebre grabación de canciones populares españolas. https://cuenya.blogspot.com/2024/05/jaen-la-matria-del-aceite-de-oliva-y.html
Toda Granada, y muy especialmente la Huerta de San Vicente, parece impregnada todavía del espíritu, del duende de Lorca. Un Lorca que fue, además, un dramaturgo colosal.
Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936) son tres obras teatrales que se me antojan sublimes. A ellas habría que sumar Mariana Pineda (1925), dedicada a la heroína granadina que cuenta con un monumento en la ciudad de la Alhambra. 
Mariana Pineda en Granada
El nombre de Mariana Pineda se me quedó grabado en la retina de la memoria después de que el querido maestro Gustavo Bueno nos preguntara a un montón de pardillos quién era aquella mujer. Fue en el aula de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo, que por aquellos años ochenta tenía su sede en el colegio de San Gregorio. Nadie supo responder. De aquella anécdota ya he dado cuenta en alguna ocasión. https://cuenya.blogspot.com/2009/10/entre-lorca-y-gustavo-bueno.html
Sublime es también el Romancero gitano (1928), con sus sinestesias, su lenguaje sensorial y esa extraordinaria capacidad para fundir lo popular con lo culto. Y sublime, aunque de una manera distinta, desgarrada y visionaria, Poeta en Nueva York (1929-30), una obra que habría de ejercer una notable influencia sobre otros artistas.
Leonard Cohen se inspiró en el poema «Pequeño vals vienés», incluido en Poeta en Nueva York, para componer «Take This Waltz», publicada en su álbum I'm Your Man (1988). Años después, el gran cantaor granadino Enrique Morente retomaría aquella misma composición en Omega, una auténtica joya de la música española grabada junto al grupo de rock Lagartija Nick y con la participación de artistas como Estrella Morente y Tomatito.
En Omega, el vals se da la mano con otros fragmentos de Poeta en Nueva York, como «Ciudad sin sueño» o «La aurora de Nueva York». Es difícil imaginar un homenaje más poderoso a la capacidad de Lorca para atravesar fronteras entre poesía, música y flamenco.
| Casa-museo Lorca. Huerta de San Vicente. Granada. Foto: Cuenya |
Por su parte, Miguel Poveda puso música y voz a «Ay voz secreta del amor oscuro», quizá una de las versiones más conocidas de los Sonetos del amor oscuro (publicados póstumamente) en el ámbito del flamenco. También el querido paisano berciano Amancio Prada ha puesto música a estos sonetos:
¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡Ay balido sin lanas! ¡Ay herida!
¡Ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡Ay corriente sin mar, ciudad sin muro!...
(«Ay voz secreta del amor oscuro», perteneciente a Sonetos del amor oscuro).
¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡Ay balido sin lanas! ¡Ay herida!
¡Ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡Ay corriente sin mar, ciudad sin muro!...
(«Ay voz secreta del amor oscuro», perteneciente a Sonetos del amor oscuro).
Lorca fue, asimismo, un poeta profundamente comprometido con la libertad, con los marginados y con quienes sufrían la injusticia. Fue asesinado en la madrugada del 18 de agosto de 1936, en una España desgarrada por la Guerra Civil —o, como algunos preferimos decir, por la Guerra Incivil—, pese a los esfuerzos de distintas personas por salvarlo, entre ellas miembros de la familia del poeta granadino Luis Rosales.
Noventa años después de su asesinato, su voz sigue viva en los escenarios, en los libros, en el flamenco, en la música popular, en el cine -ahí está Lorca, muerte de un poeta, de Juan Antonio Bardem- y, sobre todo, en las palabras. Sigue vivo en Granada, en la Huerta de San Vicente y en tantos lugares donde su presencia parece formar parte del paisaje.
Al comienzo de Yerma, la Vieja le dice a la protagonista que no es Dios quien debe amparar a los seres humanos, sino los seres humanos quienes deben ampararse entre sí. Noventa años después de la muerte de Lorca, son los seres humanos quienes siguen amparando su memoria. Lo hacen con los libros, con los escenarios, con la música, con el flamenco y, sobre todo, con las palabras. Porque mientras alguien siga leyendo a Lorca, escuchando sus versos o dejándose conmover por ellos, Lorca seguirá vivo. Uno de los más grandes poetas de la historia universal.