Vistas de página en total

domingo, 21 de junio de 2026

Bosque de secuoyas en Cantabria, una catedral inmensa

Me resultaba difícil imaginar que me encontraría con un bosque de secuoyas en Cantabria, una tierra que ha sabido preservar y dar a conocer algunos de sus tesoros naturales más sorprendentes. 


El bosque de secuoyas me llevó de inmediato a recordar Vértigo, la obra maestra de Hitchcock. Acudió entonces a mi memoria aquella inquietante secuencia rodada entre las secuoyas californianas, donde la naturaleza parece confundirse con los laberintos del tiempo, la memoria y la muerte. https://cuenya.blogspot.com/2011/03/vertigo-de-entre-los-muertos.html Hay algo profundamente perturbador en esos árboles gigantescos, como si custodiaran secretos inaccesibles para los seres humanos, como si pertenecieran a una dimensión temporal distinta de la nuestra.

Fueron Sagrario y Maribel, las dos salmantinas con las que coincidí en la hospedería de Viaceli, quienes despertaron mi curiosidad por este lugar. Otros viajeros me habían hablado también de él, aunque nunca había encontrado la ocasión de visitarlo. Quizá por eso la expectativa era grande.

La llegada tuvo algo de desconcierto. Durante unos minutos creímos habernos equivocado de camino. Ante nosotros se extendía un robledal magnífico, poblado por árboles de porte venerable, cuya presencia imponía respeto. Sagrario y Maribel compartían mi perplejidad. «¿Pero no habíamos venido a un bosque de secuoyas?». Por un instante pensé que aquel lugar pertenecía más a la leyenda que a la realidad, como si el bosque se resistiera a revelarse de inmediato al visitante y exigiera una pequeña prueba de paciencia antes de mostrarse. Pero finalmente apareció. 


Surgió ante nosotros como una visión inesperada. Los altísimos troncos rojizos se elevaban hacia el cielo formando una suerte de arquitectura natural que recordaba las columnas de una catedral. La luz descendía tamizada entre las copas, filtrándose lentamente hasta alcanzar el suelo. Todo parecía envuelto en una atmósfera de película de Hitchcock, como si aquel rincón del mundo hubiera quedado al margen del ruido y de la prisa que gobiernan la vida contemporánea.

La altura de las secuoyas empequeñece al ser humano. Uno camina entre ellas con la sensación de haber penetrado en una ciudad como Nueva York, con un Manhattan vegetal levantado no por la mano del ser humano, sino por la paciente obra del tiempo. Entonces se comprende que estos gigantes vegetales pertenecen a una escala temporal que apenas alcanzamos a imaginar. Algunos árboles extraordinariamente longevos, como el tejo milenario de San Cristóbal de Valdueza en el Bierzo, han vivido más de mil años. Cuando nacieron, imperios enteros aún no habían alcanzado su apogeo y civilizaciones que parecían eternas ni siquiera habían imaginado su decadencia. 

Tejo de San Cristóbal de Valdueza

Mientras paseábamos bajo aquellas gigantescas bóvedas verdes, Sagrario evocó un reciente viaje a Japón. Comentó que allí había percibido una profunda sensibilidad hacia la naturaleza. Aquella experiencia le había llevado a admirar aún más la extraordinaria capacidad de ciertos árboles para resistir, e incluso sobrevivir, al fuego. Las llamas, lejos de representar únicamente destrucción, favorecen la apertura de las piñas y la dispersión de las semillas sobre un suelo enriquecido por las cenizas. Me pareció una hermosa metáfora de la existencia. A menudo la vida encuentra caminos para renacer precisamente allí donde todo parecía perdido. La destrucción y la creación, la muerte y el renacimiento, forman parte de un mismo proceso que la naturaleza conoce desde mucho antes de que los seres humanos comenzáramos a preguntarnos por su sentido. 


Cuando abandoné el bosque comprendí que mi fascinación no procedía únicamente de la rareza botánica de encontrar secuoyas en Cantabria. Había algo más profundo. Quizá la impresión de hallarme frente a una realidad cuya escala temporal excede por completo la medida de una vida humana. Quizá la intuición de que somos apenas un instante en medio de una duración inmensa. O quizá, simplemente, la certeza de que lugares como este nos recuerdan que el mundo es mucho más antiguo, más vasto y más misterioso de lo que solemos imaginar.

sábado, 20 de junio de 2026

Cóbreces, destino espiritual

Como si de un antiguo ceremonial se tratara, el peregrino viaja a través del espacio y también del tiempo hacia una dimensión espiritual y cultural que trasciende la mera geografía. El destino es Cóbreces, en la costa occidental de Cantabria, entre las históricas villas de Comillas y Santillana del Mar, donde se eleva la abadía cisterciense de Santa María de Viaceli.

El tío Leoncio en Viaceli

Hasta aquí venía ya en la adolescencia, acompañado por mi hermana Cini y mi cuñado Paulino, para visitar al tío Leoncio. Él afirma que este monasterio es su verdadera casa, aunque naciera lejos de aquí, en la aldea berciana de Losada. Después de tantos años entre estos muros, resulta difícil imaginarlo en otro lugar.

La abadía de Viaceli, habitada por una comunidad de monjes cistercienses de la estricta observancia (trapenses), es uno de esos espacios donde arquitectura, paisaje y espiritualidad parecen fundirse de manera natural. Construida entre 1906 y 1910 en estilo neogótico, se levanta entre prados verdes frente al mar. Muy cerca se encuentra la playa de Luaña, abierta entre campiñas y acantilados, mientras que hacia el este se extiende el impresionante paraje del Bolao, en Toñanes, donde una cascada y las ruinas de un antiguo molino se precipitan hacia el Cantábrico. Caminar desde el monasterio hasta el acantilado del Bolao, cuyo paisaje posee la fuerza visual de un escenario cinematográfico, constituye una experiencia serena y reconfortante.


Durante décadas, la comunidad de Viaceli contó con una notable presencia de monjes procedentes de El Bierzo. El propio tío Leoncio recuerda vocaciones llegadas desde Cabanillas de San Justo, Villaviciosa de San Miguel, Losada, Quintana de Fuseros o Noceda del Bierzo. De algún modo, este rincón cántabro mantiene un vínculo profundo con la tierra de la que procede quien escribe estas líneas. Quizá por eso siempre regreso aquí con una sensación familiar, como si dos paisajes en apariencia distintos —las montañas y valles del Bierzo y la costa cantábrica— estuvieran unidos por una misma corriente humana y espiritual. 

Además, Viaceli conserva una tradición gastronómica que forma parte de su identidad. El queso elaborado por esta comunidad monástica posee una merecida fama y constituye un recordatorio de que lo espiritual no está reñido con lo material. Al contrario, las formas más elevadas de la existencia humana descansan siempre sobre realidades concretas como el trabajo, la convivencia, los alimentos o las instituciones que permiten la continuidad de una comunidad. 

Hospedería

Tenía ganas de volver a este lugar que tantas veces me ha procurado serenidad y energía para seguir adelante. En esta ocasión deseaba especialmente ver al tío Leoncio después de la operación a la que fue sometido en el hospital San Juan de Dios de León tras una caída sufrida en el monasterio de Carrizo de la Ribera, donde ejercía como capellán a comienzos de este año.

Conversar con él resulta siempre estimulante. Es una persona culta, observadora y dotada de una notable sensibilidad para la música y las letras; en definitiva, para comprender y analizar la condición humana. Me impresiona pensar que alguien formado en Teología en Roma y que conoció también la vida monástica alemana en las proximidades de la ciudad de Colonia haya dedicado la mayor parte de sus noventa y dos años a esta abadía cántabra, ordenando sus jornadas según el ritmo de los oficios litúrgicos, desde Vigilias hasta Completas. 



Escuchar el Salve Regina en la capilla del monasterio produce una sacudida en las entrañas. Durante unos instantes uno siente una comunión con el infinito, una experiencia a la vez mística y profundamente humana; una realidad que no se encuentra fuera del mundo, sino inserta en él, formando parte de su historia, de su cultura y de sus símbolos.

También me llama la atención la fuerza de las costumbres. Los seres humanos vivimos inmersos en hábitos que se repiten día tras día, aunque nunca de manera idéntica. Esa observación me recuerda la existencia metódica que atribuyen los biógrafos a Kant y me lleva igualmente a pensar en las diversas formas de encontrar sentido a la vida, para unos, en la divinidad; para otros, como el filósofo neerlandés de ascendencia sefardí Spinoza, en la naturaleza, entendida como la sustancia infinita que engloba cuanto existe.

De manera inevitable, la estancia en Viaceli invita a la reflexión. Quizá por eso el ser humano ha sentido siempre la necesidad de trascender los estrechos límites de su existencia individual. Hay en nosotros una suerte de inconformismo que nos impulsa a buscar horizontes más amplios, como si una sola vida no bastara para contener todas nuestras inquietudes, nuestros sueños y nuestro deseo de permanencia. 

Ruinas del antiguo molino y cascada en paraje del Bolao

En esta ocasión tuve además la oportunidad de compartir mesa y conversación con personas llegadas de distintos lugares. Coincidí allí con Antón, del País Vasco, profesor de literatura; Juan Antonio, catedrático de inglés, soriano de origen y afincado en Zaragoza, cuyo hermano forma parte de la comunidad monástica; Araceli, llegada desde Tineo, en Asturias; Noelia y su marido, procedentes de Toledo; Sagrario, de Soria; y Maribel, natural de Villafranca de los Barros, en Extremadura; ambas residentes en Salamanca. Con algunos de ellos las conversaciones se prolongaron durante horas, entre comidas, paseos y momentos de descanso.

Especialmente grato resultó recorrer en compañía de Sagrario y Maribel el mirador de la Corneja, los acantilados de Trasierra y el bosque de secuoyas de Cabezón, paisajes que quizá merezcan ser objeto de un futuro relato. También quiero expresar mi agradecimiento a Mari Cruz, responsable de la hospedería y atenta cuidadora de los monjes, así como a Cristina, una joven ucraniana que colabora en las tareas cotidianas del monasterio. La hospitalidad de ambas contribuye decisivamente a crear ese clima de serenidad y acogida que caracteriza a Viaceli. 

Paraje del Bolao

Me sorprendió gratamente reencontrarme con Noelia en la abadía. Hay encuentros que parecen fruto del azar, aunque terminan adquiriendo un significado especial en el curso de la vida. Su presencia añadió una nota de alegría a una estancia que ya de por sí estaba cargada de recuerdos, conversaciones y experiencias compartidas.

Todo ello —los recuerdos, los encuentros, las conversaciones y los paisajes— alimenta inevitablemente la reflexión. Entonces acude a la memoria la vieja pregunta: ser o no ser, estar o no estar. Ahí radica la cuestión. Porque no basta con existir; también importa el modo en que habitamos el mundo, la forma en que nos hacemos presentes ante los demás y ante nosotros mismos. Tal vez la gran pregunta humana no consista únicamente en saber qué somos, sino también dónde estamos y cómo recorremos el breve trecho que nos ha sido dado transitar.

viernes, 19 de junio de 2026

San Vicente de la Barquera, una estampa casi onírica

La imagen de San Vicente de la Barquera permanece grabada en la memoria sensorial y sentimental del viajero como una visión nítida, como un sentimiento arraigado en lo más profundo del subconsciente. 

Creo recordar que visité por primera vez esta villa siendo apenas un rapacín. Debió de ser antes de alcanzar Comillas y Cóbreces, donde se alza el monasterio cisterciense de Viaceli. Desde entonces, su imagen habita en un rincón privilegiado de mi recuerdo. Aún hoy, después de tantos años, puedo evocar aquella estampa casi onírica, en la que aparecen el castillo de San Vicente elevándose sobre la villa como en una pose extática; las murallas que protegieron durante siglos a sus habitantes; la silueta de la iglesia fortificada; el puente de La Maza, con sus arcos tendidos como una serpiente prehistórica sobre las aguas, fundiendo historia y paisaje; las coloridas embarcaciones meciéndose suavemente en la ría y, al fondo, emergiendo entre brumas y luces cambiantes, los Picos de Europa, que tanto fascinan al visitante.

La villa de San Vicente, con su inconfundible olor a mar y a pescado, ocupa un lugar privilegiado en mi memoria, abrazada por una bahía cuyos brazos la resguardan de la bravura del Cantábrico. 


Tierra de marineros, peregrinos y horizontes abiertos, San Vicente forma parte tanto del Camino de Santiago como de la Ruta Lebaniega, sendas que parecen confluir en un mismo itinerario espiritual y, por supuesto, también terrenal. Pero la localidad no sólo cautiva por la hermosura de sus paisajes; también lo hace por su gastronomía, donde brillan los productos del mar, las carnes y los quesucos de los valles, tan apreciados por el expresidente Revilla, enamorado de su tierra. Además, gracias a su esposa Aurora, mantiene vínculos familiares con la aldea de Lumeras, en los Ancares leoneses, tierra que también es la del viajero, quien en estos momentos disfruta de esta Cantabria de verdes valles. https://cuenya.blogspot.com/2021/11/lumeras-la-aldea-de-daniel-higinio.html 


Al igual que su cocina, el paisaje se presenta como un plato exquisito. Basta recorrer los senderos que bordean la marisma de Pombo para comprenderlo. El intenso verde de los prados se funde con los reflejos cambiantes del agua mientras las montañas se elevan en el horizonte, en un territorio donde naturaleza y belleza se abrazan de manera inseparable.

Y si existe un lugar capaz de condensar toda la esencia de esta costa cántabra, ese es el Parque Natural de Oyambre. En este espacio idílico, entre playas salvajes, dunas, marismas y acantilados modelados por el viento y el mar, la naturaleza despliega un escenario sobrecogedor. Es un espacio donde el tiempo parece transcurrir con otra cadencia y donde el viajero comprende que hay paisajes cuya hermosura se siente, se atesora y permanece para siempre en la memoria sensorial y sentimental. 


Prosigo mi camino rumbo al monasterio cisterciense de Cóbreces, mi destino espiritual por excelencia. Allí vive, con sus noventa y dos años cumplidos, el tío Leoncio, un hombre bueno al que deseo volver a ver y con quien anhelo conversar tras la operación de cadera que tuvo que afrontar a comienzos de este año en el hospital de San Juan de León.