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martes, 4 de agosto de 2026

Atenas, la cuna de la filosofía



Después de la llegada al Pireo, el viajero regresa a Atenas como si volviera a casa. La ciudad sigue sonando igual que antes de embarcar en el Costa Fortuna, igual que en su primera visita, más de treinta años atrás. El mismo tráfico acelerado, los vehículos cosiendo las calles como avispas, el aire caliente que parece brotar del asfalto y una luz cegadora que penetra directamente en el alma. Atenas es, como escribe Henry Miller en El coloso de Marusi, una ciudad de sobrecogedores efectos atmosféricos: no está empotrada en la tierra, sino suspendida en un incesante cambio de luz, con un pulso que late al ritmo del color.


Es probable que Atenas no sea una ciudad hermosa en el sentido convencional. Hay capitales que seducen a primera vista; Atenas, en cambio, sólo termina revelándose a quien le concede tiempo. Siempre el tiempo, convertido casi en una obsesión para el viajero, que siente cómo se escapa con una velocidad insoportable. A veces desearía detenerlo, congelarlo, pero sabe que ningún viaje concede ese privilegio.


Esta vez toma un autobús desde la terminal del puerto hasta la plaza Sintagma. Desde allí apenas hay un paseo hasta la plaza Omonia, donde vuelve al mismo hotel en el que se alojó antes del crucero. Tras dejar la maleta en la habitación, entra en el Veneti, una cafetería a la que ha terminado por tomar cariño.

El centro de Atenas le recuerda, salvando todas las distancias, a Casablanca. No puede evitar establecer analogías entre ciudades. La marroquí pertenece al mundo musulmán; Atenas, a la tradición cristiana ortodoxa, cuyas iglesias siguen resonando entre la piedra y la luz dorada. Pero, sobre todo, es la ciudad donde conviven el presente y la Antigüedad. Basta atravesar el ágora para encontrarse con el templo de Hefesto, también conocido como Hefestión, uno de los templos dóricos mejor conservados del mundo antiguo.


Su sola contemplación basta para comprender la extraordinaria riqueza histórica y arquitectónica de la ciudad. Sin embargo, el viajero está convencido de que el mayor lujo de Atenas no fueron sus templos, sino la filosofía. Allí donde unos discutían de política, otros compraban aceite o vino y cerraban tratos cotidianos, fue naciendo una forma de pensar que todavía sostiene buena parte del pensamiento occidental. De algún modo, aquella vida pública le recuerda al pueblo del viajero, al útero de Gistredo, donde también los acuerdos se sellaban alrededor del ganado.

Cuesta caminar entre aquellas ruinas sin imaginar a Sócrates deteniendo a cualquier ciudadano con una pregunta incómoda, sembrando dudas allí donde todos creían poseer certezas. Ese cuestionamiento permanente de las propias certezas fue el punto de partida del conocimiento. Después llegarían Platón y Aristóteles, completando una tradición intelectual que convirtió la conversación en una herramienta para alcanzar el conocimiento. Quizá por eso Atenas siga siendo, todavía hoy, la cuna de la filosofía: el amor al saber

El viajero vuelve a recorrer, como un filósofo peripatético, el colorido barrio de Plaka, uno de los rincones más hermosos y animados de la ciudad. Restaurantes, tabernas, cafés y tiendas de recuerdos conviven con vestigios de la Antigüedad, mientras las buganvillas trepan por las fachadas encaladas envolviendo las calles en una belleza luminosa.

Después se adentra en Monastiraki, célebre por sus mercados y sus terrazas siempre bulliciosas, y más tarde llega al vecino barrio de Psiri, antiguo distrito degradado y hoy convertido en uno de los enclaves más bohemios y creativos de Atenas. Galerías, pequeños comercios, bares y restaurantes ocupan unas calles donde el viajero descubre que la ciudad que inventó la filosofía también sabe jugar.

Entre réplicas de la Torre Eiffel, el Big Ben y la Estatua de la Libertad, el Little Kook sorprende con una decoración inspirada en los cuentos de hadas. Incluso aquí, piensa el viajero, hay espacio para la fantasía. En uno de sus locales saborea un delicioso gyros pita cuyo sabor lo transporta, inesperadamente, a la rue Saint-Denis de sus años parisinos.

En estos barrios la vida discurre con una naturalidad mediterránea que le resulta profundamente familiar. Cada plaza, cada terraza y cada conversación parecen recordarle que las ciudades bañadas por el Mediterráneo comparten una misma manera de entender el tiempo, la amistad y el placer de vivir.

Anafiotika

Levanta la vista hacia la Acrópolis, la ciudadela que corona la colina donde el Partenón, dedicado a Atenea, desafía al tiempo desde hace más de veinticinco siglos. Desde abajo parece un barco de piedra varado sobre la cima. Desde el comienzo del viaje ha deseado llegar hasta allí, como si toda Atenas se concentrara en ese recinto sagrado. Antes atraviesa Anafiotika, el pequeño barrio de casas tradicionales que se encarama por las laderas de la Acrópolis y cuya tranquilidad parece trasladada desde una isla del Egeo.

Henry Miller escribió que Grecia seguirá siendo un recinto sagrado hasta el fin de los tiempos, «el único paraíso en Europa». Mientras contempla aquellas piedras, el viajero siente un estremecimiento que le recorre las entrañas. Sólo por experimentar esa emoción ya merece la alegría acercarse hasta allí.

Al fondo, el Licabeto

Desde lo alto, Atenas se derrama blanca hasta el horizonte como una inmensa bahía de edificios, mientras el monte Licabeto emerge como la proa de un navío. El paisaje despierta en él una nostalgia difícil de explicar.


La Acrópolis está abarrotada de visitantes que esperan con paciencia para pagar la entrada. El precio le hace preguntarse qué ocurriría con quienes no pudieran permitírsela. Resulta curioso comprobar cómo incluso los lugares donde uno busca únicamente belleza terminan sometidos a la lógica del dinero. Y, sin embargo, comprende que también esa herencia necesita ser conservada. Basta contemplar la ciudad desde allí arriba para sentir un gran placer. 


Se detiene ante el Erecteón y su célebre pórtico de las Cariátides. Hay una delicadeza conmovedora en aquellas muchachas de piedra que sostienen el templo sobre sus cabezas sin que el peso altere la serenidad de sus rostros.


Mientras las observa piensa que quizá la verdadera fuerza consista precisamente en eso: soportar el paso de los siglos sin perder la elegancia. La elegancia por encima de todo, como acaso habría pensado un dandi como Óscar Wilde. Después posa para una fotografía frente al Partenón y recuerda las diapositivas o filminas que su profesor de Historia del Arte proyectaba cuando apenas era un estudiante de Bachillerato. Comprende entonces que aquellos templos lo habían acompañado mucho antes de conocerlos.  

También contempla los Propileos, el Odeón de Herodes Ático y el teatro de Dioniso, el dios del vino, lugares que le emocionan especialmente por su antigua afición al teatro y por las obras que él mismo ha llegado a escribir y representar.

Como a Henry Miller, también le fascinan las ruinas, el desorden, la erosión y ese carácter casi volcánico sobre el que descansa toda la Acrópolis.

Teatro Dioniso

Al abandonar la colina regresan el ruido, el tráfico y el caos cotidiano. Entonces comprende que Atenas nunca fue una ciudad silenciosa. Tal vez Sócrates tampoco necesitó silencio para pensar. Quizá por eso, entre el claxon de un taxi y el zumbido de una motocicleta, todavía parece que alguien está a punto de formular la pregunta adecuada. Después de tanta reflexión, el viajero, que también es un hombre de carne y hueso, siente el deseo irresistible de tomar un helado de yogur griego, cuyo sabor ya le parece inseparable de Atenas. Mientras lo saborea recuerda otra frase de El coloso de Marusi: «Hoy, como en el pasado, Grecia es de la máxima importancia para todo hombre que busca encontrarse a sí mismo... La tierra griega se abre ante mí como el Libro de la Revelación».

La tarde empieza a oscurecer y amenaza tormenta. Decide regresar al hotel para descansar antes del viaje del día siguiente al aeropuerto. Sin haberse despedido todavía de Atenas, ya siente el deseo de volver. Quizá porque algunas ciudades sólo empiezan a revelarse cuando uno está a punto de abandonarlas. Aún queda tiempo; el tiempo, siempre el tiempo: la sangre con la que se escriben todos los viajes


lunes, 3 de agosto de 2026

Islas griegas: Santorini


El viajero, al que durante años le han hablado maravillas de Santorini, pone rumbo a la isla con las expectativas inevitablemente elevadas. Su fama la precede y son pocos los lugares capaces de despertar tanta admiración incluso antes de ser contemplados.


El Costa Fortuna permanece fondeado a un par de kilómetros de la costa. Las dimensiones del barco impiden acercarse más, de modo que el desembarco se realiza en pequeñas lanchas que, una tras otra, trasladan a los pasajeros hasta el antiguo puerto. 

La primera visión de Santorini resulta sobrecogedora. La isla parece surgir verticalmente del mar, como una gigantesca muralla volcánica coronada por un racimo de casas blancas que desafían la gravedad. El blanco cegador de la cal contrasta con los tonos ocres y negros de la roca y con el azul profundo del Egeo, componiendo una de esas estampas que justifican por sí solas un viaje. 

Sin embargo, alcanzar Firá, la capital, exige superar un desnivel de más de doscientos metros. Aunque la mañana acaba de comenzar, el calor ya cae con fuerza y la ascensión a pie no parece la opción más recomendable. 


Quienes desean vivir una experiencia más tradicional pueden subir a lomos de burros o caballos por el zigzagueante sendero que serpentea la ladera. El precio es de diez euros, pero el viajero descarta esa posibilidad. No se siente cómodo viendo a los animales cargar, una y otra vez, con el peso de los turistas bajo un sol inclemente.

Prefiere optar por el teleférico, el conocido cable car, una solución cómoda, rápida y casi tan emblemática como la propia isla. El inconveniente es la larga cola que se forma para acceder a las cabinas, una espera compartida por cientos de visitantes que llegan cada día desde los cruceros. 

Cuando por fin llega su turno, la espera queda plenamente compensada. Durante apenas tres minutos, el teleférico asciende por la escarpada pared de la caldera mientras el horizonte se ensancha a cada metro recorrido. Bajo los pies quedan el pequeño puerto, las lanchas que continúan transportando pasajeros y el Costa Fortuna, que desde esa altura parece un juguete flotando sobre el Egeo.

Al llegar a Firá, el viajero comprende enseguida por qué Santorini ocupa un lugar privilegiado en el imaginario de tantos viajeros.

La capital no es solo un pueblo de fachadas encaladas y cúpulas brillantes; es un inmenso balcón suspendido sobre el mar. Desde sus callejuelas, terrazas y miradores, la vista se pierde entre el azul del Egeo, los acantilados volcánicos que recuerdan el origen convulso de la isla y los grandes cruceros anclados mar adentro, diminutos desde las alturas. Es un paisaje que parece irreal y que, sin embargo, existe; Firá brilla con una luz casi sobrenatural, como si perteneciera a un lugar situado entre la realidad y el sueño. 


Sin embargo, no todo responde al ideal que el viajero había imaginado. Como ya le ocurriera en Mykonos, la belleza convive aquí con un turismo masivo que termina por desdibujar parte de su encanto. Las estrechas calles rebosan de visitantes y el comercio ocupa prácticamente cada rincón. Tiendas, restaurantes y terrazas se suceden sin interrupción, convirtiendo la isla en un inmenso escaparate donde casi todo parece tener un precio. Es, en cierto modo, una metáfora de nuestro tiempo. En la era de la globalización, el mundo entero parece haberse transformado en un gran bazar, aunque con tarifas reservadas para un turismo de elevado poder adquisitivo.

El viajero recorre las callejuelas de Firá en busca de una imagen que lleva tiempo alimentando su imaginación: las célebres cúpulas azules que tantas veces ha visto en fotografías. Cree distinguir alguna en la distancia, pero no consigue llegar hasta ella. Más tarde descubrirá que las postales más famosas pertenecen, en realidad, a Oia, situada en el extremo norte de la isla. La falta de tiempo y el calor sofocante le obligan a renunciar a esa visita. Habrá que dejar Oia para otra ocasión. 

Decide entonces permanecer en Firá, refugiándose de cuando en cuando bajo la sombra de alguna terraza para reponer fuerzas y combatir el calor con agua fresca. A veces, viajar también consiste en detenerse, observar el ir y venir de la gente y dejar que el tiempo transcurra sin prisas. 


Después de varias horas disfrutando de aquel inmenso balcón sobre el Egeo, llega el momento del regreso. El viajero decide descender a pie por el antiguo camino que comunica Firá con el puerto. Comparte la bajada con los burros y caballos que continúan transportando visitantes. El olor a estiércol impregna el ambiente, un olor que no le resulta desagradable porque le recuerda a su infancia en el pueblo, cuando formaba parte natural del paisaje cotidiano. 


Ya en el puerto, espera la lancha que lo devolverá al Costa Fortuna. Poco después, el crucero leva anclas y comienza a alejarse lentamente de Santorini. Es entonces cuando el sol inicia su descenso sobre el horizonte. La luz se vuelve dorada, después anaranjada, hasta envolver la isla y el mar en una atmósfera casi irreal. Durante unos minutos, el paisaje entero adquiere la apariencia de un cuadro, como si el tiempo decidiera detenerse para contemplar la inmensidad de la caldera volcánica.


El viajero permanece en silencio mientras el sol desaparece lentamente tras el horizonte. La bella pasajera también guarda silencio, absorta en el espectáculo del atardecer. Durante unos instantes, ambos contemplan aquella luz que se extingue sobre el mar. Hay algo en las puestas de sol que siempre reconcilia al viajero con lo esencial. En esos momentos comprende que, mucho antes de que existieran las ciudades, las fronteras o incluso las palabras, los seres humanos ya contemplaban el mismo espectáculo con idéntico asombro. Quizá por eso los atardeceres poseen la extraña capacidad de ponerlo en contacto con lo primigenio, con ese mundo ancestral donde todo parecía comenzar. Y mientras Santorini se va desdibujando poco a poco en la distancia, sabe que esa última imagen será también la que permanecerá más tiempo en su memoria.


El Costa Fortuna continúa su navegación rumbo al Pireo, el gran puerto de Atenas, mientras Santorini termina por desvanecerse en el horizonte. Poco a poco, la vida a bordo recupera su ritmo habitual. El viajero vuelve a pasear por las cubiertas, contempla el mar interminable y se deja llevar por la agradable rutina del crucero.

Ahora toca descansar, disfrutar de las actividades que ofrece el barco y prepararse para la siguiente escala. Y también, por qué no reconocerlo, entregarse a uno de los placeres cotidianos del viaje: la buena mesa.

Las cenas en el restaurante Michelangelo se han convertido ya en un ritual esperado, un momento para saborear la gastronomía, comentar las experiencias del día y dejar que la noche caiga lentamente sobre el Mediterráneo. 

Mañana aguarda Atenas, la ciudad donde nació buena parte del pensamiento que todavía sostiene nuestra forma de entender el mundo.

domingo, 2 de agosto de 2026

Islas griegas: Rodas

El viajero abandona Heraclión, la capital de Creta, con la sensación de haber permanecido en una especie de limbo que no llegó a comprender del todo. 


Serán cosas del viajero, que a veces se adentra en dimensiones apenas perceptibles. Como acostumbra, se detiene a pensar en lo vivido, en lo sentido. No tardan en aflorar las primeras reflexiones. Entre todas ellas aparece el tiempo, la sangre de quien esto escribe y, supone, también la de cualquier ser humano que pisa la tierra. Pisarla cobra un significado especial cuando uno está rodeado de agua, aunque por fortuna no le llegue al cuello; que eso ya sería otro cantar.

El Costa Fortuna continúa avanzando con su cadencia serena sobre el mar. El viajero sabe que, tarde o temprano, llegará a Rodas, una isla que, según ha leído, condensa el alma de Grecia en un solo lugar, desde la huella de la Antigüedad clásica hasta la impronta medieval, pasando por playas de postal y una gastronomía que ha sabido digerir siglos de influencias sin renunciar a su identidad griega. 


Frente a la proa se abre un horizonte que el propio mar parece curvar. En cuanto oye hablar de Rodas, al viajero se le enciende el Coloso. De inmediato recuerda la lectura de El coloso de Marusi, de Henry Miller https://cuenya.blogspot.com/2009/07/miller-y-el-coloso-de-marusi.html, uno de sus libros de cabecera, que le descubrió una Grecia esencial, luminosa, donde la luz parecía explicar mejor el mundo que cualquier tratado de historia. La luz aquí no es luz solar, sino una sustancia espiritual que lo impregna todo. 


Desde entonces el viajero comprendió que hay libros, como el de Henry Miller, que se acaban habitando. Gracias a aquellas páginas sintió la luz de Grecia en todo su esplendor y descubrió una especial predilección por los libros que invitan a viajar, que recorren la Tierra de un extremo a otro e incluso se aventuran hacia confines desconocidos. El universo sigue siendo un gran misterio, aunque eso no obligue a recurrir a dioses ni a diosas para explicarlo, como hacían los griegos de la Antigüedad cuando interpretaban el mundo a través de la mitología. 


Aunque el tiempo haya borrado el Coloso y lo haya dejado a merced de la imaginación, sigue erguido en ese territorio donde el mito se encuentra con el logos y se transforma en pensamiento, y acaso por ello mismo, en placer. Su ausencia adquiere una fuerza singular, la de esas grandes obras que, al desaparecer, adquieren para siempre la dimensión de la leyenda. Su presencia apenas duró unas décadas, menos de las que hoy cuenta el viajero, pero bastó para que su sombra se proyectara eternamente en la imaginación del mundo. 

Rodas se muestra al viajero como un escenario cinematográfico que le hace rememorar El coloso de Rodas, de Sergio Leone, aunque los exteriores de esta película se rodaron, curiosamente, en varias localizaciones de España. Rodas posee también una dimensión literaria, pues Lawrence Durrell, amigo de Henry Miller, ambientó en la isla algunas de sus obras.

La capital de la isla, rodeada por una de las murallas medievales mejor conservadas del mundo y declarada Patrimonio de la Humanidad, cautiva desde el primer instante. Sus murallas, sus puertas y sus callejuelas evocan otras ciudades fortificadas. Por un instante, el viajero cree encontrarse en Ávila. https://cuenya.blogspot.com/2026/04/avila-mistica-un-universo-entero.html Pero basta una mirada al mar para recordar que está en Rodas. 
Rodas es una ciudadela abierta al mar, donde la arquitectura gótica convive con las huellas otomanas. Rodas es, en realidad, testigo del paso de grandes civilizaciones —la minoica, la griega, la romana y la otomana—. En el puerto, además del lugar donde la tradición sitúa al legendario Coloso, destacan los históricos molinos de viento del muelle de Mandraki, magníficamente conservados, cuya silueta el viajero ya había reconocido en Mykonos como una de las estampas más características de las islas griegas. El Palacio del Gran Maestre, la empedrada calle de los Caballeros, el antiguo barrio judío y, sobre todo, las murallas dibujan una ciudad de una belleza moldeada por siglos de historia.


El templo de Apolo
Caminar por Rodas es hacerlo por una isla bendecida por Helios, donde el mar acaricia las piedras medievales y el aire huele a eternidadEn Rodas se camina por una frontera donde el mito y la historia dejan de oponerse para avanzar juntos.

Quizá sea esa la verdadera esencia de Grecia: un lugar donde la memoria nunca desaparece, porque incluso aquello que ya no existe, como el Coloso, continúa iluminando el viaje.

A quien disfruta de caminar —en el sentido más amplio del término— le apetece acercarse a la Acrópolis de Rodas, que se alza sobre una colina con vistas a la ciudad y al mar. Sabe que se encuentra algo alejada del centro; no tanto, la verdad, pero el calor aprieta y la caminata, si no hay sombra a lo largo del camino, puede resultar complicada. Por fortuna, está de suerte y el trayecto hasta la Acrópolis no se le hace pesado, porque logra guarecerse en algunos tramos bajo la sombra que procura la arboleda, la arboleda perdida, por decirlo a lo Alberti.



Lástima que el templo de Apolo se encuentre en restauración, pues ello resta belleza al conjunto o, al menos, impide apreciar todo cuanto el monumento puede ofrecer. En cambio, bajo un sol casi insoportable, el viajero recorre el antiguo estadio y el auditorio del teatro griego, donde el tiempo parece conservar todavía el eco de las voces que un día resonaron entre aquellas piedras. 

La Acrópolis de Rodas le devuelve a la memoria los templos de Agrigento, en Sicilia. https://cuenya.blogspot.com/2017/04/agrigento.html Aun así, mientras desciende de la Acrópolis, el viajero comprende que Rodas no necesita competir con Agrigento ni con ninguna otra memoria del Mediterráneo. 

Desde la Acrópolis

Cada lugar guarda una manera distinta de entender Grecia. En Rodas, esa Grecia se resume en un diálogo incesante entre la piedra y el mar, entre la historia y la leyenda, entre lo que permanece en pie y aquello que sólo sigue existiendo en la imaginación. 

El Costa Fortuna en el puerto de Rodas

El viajero abandona la isla con la sensación de haber recorrido un lugar donde el pasado sigue latiendo entre murallas, puertos y callejuelas, y con la ilusión de poner rumbo a Santorini, la siguiente etapa de un viaje que promete nuevos paisajes y emociones.