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jueves, 20 de agosto de 2026

Dios no existe

Dios no existe. Ni tiene razón de ser. A estas alturas del siglo XXI, cuando la razón, la ciencia y el conocimiento han conseguido abrirse paso hasta rincones del mundo que durante siglos estuvieron reservados al misterio, la religión se me antoja algo anticuado, de otros tiempos. En todo caso, actúa como un consuelo metafísico, el opio —por decirlo con Marx— administrado a una humanidad que no termina de aceptar su propia condición mortal. 


Y no importa demasiado el nombre de la divinidad ni el ropaje doctrinal con que se la vista. En este caso, el catolicismo. Basta asistir a una misa para contemplar el ritual, la escenografía, la repetición de fórmulas heredadas y esa promesa de resurrección de los muertos y de vida eterna al final de los tiempos. 

¿Cuándo llegará nuestro final? ¿Cuándo llegará el final del universo? ¿Habrá un final del universo o acaso otros universos, otros mundos, otras realidades que ni siquiera podemos imaginar? Lo único que sabemos con certeza es algo mucho más humilde y mucho más terrible, que cada uno de nosotros morirá. Los muertos que seremos. Y precisamente por eso la vida importa. Importa mucho.

La finitud no es un accidente añadido a nuestra existencia. La finitud constituye nuestra existencia. Somos animales mortales, corpóreos, insertos en un mundo material que continuará su curso cuando hayamos desaparecido. Pretender escapar de esa condición mediante una promesa de eternidad puede resultar consolador, pero no deja de ser una respuesta imaginaria a un problema real.

El filósofo alemán Nietzsche lo vio con una lucidez extraordinaria: Dios ha muerto. Pero no basta con proclamar su muerte; hay que comprender qué funciones desempeñó históricamente esa idea y qué instituciones, prácticas, mitos y formas de conciencia la mantienen todavía operativa. En esto resulta imprescindible el materialismo filosófico de mi querido maestro y profesor en la Universidad de Oviedo Gustavo Bueno y su análisis de la religión en El animal divino. https://cuenya.blogspot.com/2024/10/homenaje-al-maestro-bueno-en-oviedo.htmlLa religión no aparece simplemente como una extravagancia psicológica de individuos crédulos, sino como una realidad histórica, institucional y antropológica que debe ser explicada de un modo material. 


Por eso tampoco me interesa demasiado la caricatura del creyente como un imbécil. Sería demasiado fácil. La conciencia religiosa no surge de la nada. El miedo a la muerte, la necesidad de encontrar explicaciones, la experiencia del dolor, la enfermedad, la pérdida y la esperanza forman parte de la historia de nuestra especie. El autoengaño puede funcionar y funciona como mecanismo de supervivencia. El ser humano necesita muchas veces aferrarse a algo, en ocasiones a un clavo ardiendo, cuando el mundo se vuelve insoportable. Pero comprender el origen y la función de una creencia no obliga a aceptar su verdad.

Dios, si por Dios entendemos aquello que los seres humanos han colocado más allá de la naturaleza como causa última y garante de nuestro destino, no existe. Y, sin embargo, existe el mundo. Existe la materia. Existen los cuerpos. Existen nuestras relaciones, nuestras instituciones, nuestras obras y nuestros conflictos. Existe Mozart.

Y ahí aparece una paradoja que no considero una contradicción, sino una posibilidad de redefinir aquello que durante siglos se llamó “lo divino”. Cuando escucho el Réquiem de Mozart, no necesito imaginar un ser sobrenatural descendiendo sobre la humanidad para experimentar algo que, por intensidad, podría llamarse una revelación. La música no demuestra a Dios. Si acaso, demuestra lo que pueden hacer unos animales mortales cuando organizan sonidos, materia, memoria y sensibilidad hasta alcanzar una forma extraordinaria. Quizá eso sea lo sublime: no una prueba de la existencia de Dios, sino la prueba de que los seres humanos pueden producir experiencias que durante siglos atribuyeron a los dioses.

Somos animales. Si se quiere, animales racionales —menos de lo que desearíamos—, animales políticos, técnicos, lingüísticos y artísticos; animales capaces de construir catedrales, pero también campos de concentración; teorías científicas y mitologías; sinfonías y armas. Animales que saben que van a morir y que, precisamente por saberlo, inventan dioses, paraísos, infiernos y resurrecciones. Pero también componen poemas, novelas, pinturas y música.

No necesitamos negar nuestra animalidad para ser nobles. Tal vez necesitemos asumirla.

El infierno, por lo demás, no está esperando en otra vida. Está aquí, entre nosotros, como recordaba mi padre, cuando los seres humanos convierten el miedo, la fe o la esperanza en instrumentos de dominio. La historia demuestra que la religión puede servir para consolar, cohesionar y dar sentido, pero también para justificar guerras, persecuciones y formas de sometimiento. La fe no mueve montañas. Son los seres humanos quienes mueven montañas, construyen imperios, levantan templos y derriban ciudades. Después —vaya sarcasmo— atribuyen sus obras a Dios.

Por eso prefiero el logos. Prefiero la ciencia, no porque sea una nueva religión capaz de responder a todas las preguntas, sino porque sabe distinguir entre aquello que conocemos y aquello que ignoramos. La ciencia no promete la salvación. No garantiza la inmortalidad. No nos asegura que exista un sentido último. Pero nos proporciona conocimiento efectivo del mundo y herramientas para intervenir sobre él, reducir el sufrimiento y ampliar nuestras posibilidades de vida. Y eso basta.

Ayer mismo asistí al funeral de dos personas queridas, Manoli y Paco, los padres de mi amiga Susana. Fui porque debía ir. Fui por cariño hacia ella y hacia sus seres queridos; fui también por amistad con su tío Alberto y por los vínculos que unen unas vidas con otras. No fui a buscar a Dios. Fui a acompañar a los vivos.

La misa me resultó soporífera. Hacía calor incluso dentro de la iglesia y las palabras del ritual me llegaban como una monserga perteneciente a un mundo que ya no comparto. La resurrección de los muertos, el juicio final, la vida eterna. Todo aquello me resulta ajeno. Pero había algo que sí comprendía: el dolor de quienes han perdido a sus padres. Como ella. Como uno mismo cuando perdió a su padre. Y ahí está quizá la diferencia fundamental. No necesito creer que los muertos resucitarán para respetar a los muertos. No necesito creer en el cielo para acompañar a quien llora. No necesito compartir una fe para practicar la solidaridad. El afecto entre los vivos no necesita ninguna garantía sobrenatural.

Cada cual puede confesarse como quiera y pueda. Faltaría más. Pero yo prefiero vivir de claridades, con los ojos abiertos, sin hacerme el guaje, el pelotudo o el mensito —por utilizar términos hispanoamericanos, bien terrenales— ante aquello que sabemos. El filósofo Ortega, el autor de La rebelión de las masas, hablaba de vivir despiertos. https://cuenya.blogspot.com/2020/06/la-rebelion-de-las-masas.html Esa vigilia, para mí, consiste en no elaborar respuestas allí donde sólo tenemos preguntas.

Sabemos que moriremos. No sabemos cuándo. Tampoco sabemos exactamente cuál será el destino último del universo, si es que hablar de un “destino” tiene algún sentido. Quizá el universo termine; quizá nuestra concepción actual del universo resulte algún día tan rudimentaria como hoy nos parecen ciertas cosmologías antiguas. Quizá existan otros universos. No lo sabemos. Y precisamente porque no lo sabemos, prefiero no inventarlo.

La vida es breve, efímera y mortal. Mortal y rosa, como dijeron Salinas y Umbral. https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html Pero esa fragilidad no la hace menos valiosa, sino que la hace irrepetible. Un instante que no volverá. Una conversación. Una amistad. Una caricia. Una obra de arte. El Réquiem de Mozart sonando mientras nosotros, criaturas destinadas a desaparecer, escuchamos con devoción, con la emoción a flor de piel.

No necesitamos eternidad para que algo tenga sentido. Quizá nos baste con que haya ocurrido. Por eso fui al funeral. No por Dios, sino por Susana. No por la promesa de otra vida, sino por cariño a ella. No para salvar mi alma, sino para acompañar a quienes todavía están aquí.

Dios no existe. Cada cual que se confiese como quiera. Yo prefiero el mundo. Y mientras podamos, vivirlo estando despiertos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

La sonoridad de Miño

 


Ponferrada y O Barco de Valdeorras miran hacia Miño como quien mirara hacia su playa. Y, en cierto modo, lo es. Algo parecido parece insinuarle al visitante la sonriente muchacha de la oficina de turismo cuando descubre que viene del Bierzo, tierra hermana, tan próxima y, a la vez, separada por una frontera invisible. 

La sonoridad de la palabra Miño hace pensar inevitablemente en ese gran río del noroeste peninsular que atraviesa Galicia y que, en su tramo final, forma frontera entre España y Portugal antes de desembocar en el Atlántico. Es el río que recibe las aguas del Sil y alimenta el conocido dicho: «El Sil lleva el agua y el Miño la fama».

Pero Miño es también una localidad coruñesa, en la comarca de Betanzos, tierra de tortilla de patata y de una costa que abre el paisaje hacia el mar. Y la verdad es que la tortilla de patata está exquisita.

Allí, entre el puerto y el horizonte marino, con los pescadores afanados en su tarea, el nombre parece ensancharse y adquirir otro significado.
El puerto y la playa de A Ribeira se muestran como una bendición. El mar abre el paisaje y, al mismo tiempo, parece invitar a demorarse.

Miño es, además, uno de los lugares por los que discurre el Camino Inglés, esa ruta de peregrinación singular que cuenta con dos ramales: uno parte del puerto de Coruña y otro del de Ferrol.

La misma rapaza de la oficina de turismo —así, con ese hermoso galleguismo que también empleamos en el Bierzo y que parece llegar cargado de cercanía— recomienda al visitante recorrer la Senda de los Sentidos.

Qué bello nombre.

Un panel de madera señala la ruta. Una invitación más que un simple paseo: caminar a la espera de que, en algún momento, se enciendan todos los sentidos. Vivir y también escribir con todos los sentidos, como a menudo recomienda el viajero a su alumnado de escritura.

La Senda de los Sentidos conecta la playa de A Ribeira con el paseo de la Alameda. Se adentra entre una estupenda arboleda, paralela a las vías del tren, y serpentea junto a la línea de la costa. Aparecen varios miradores hacia la ría de Betanzos y el canto de las aves acompaña el camino. Los aromas de la vegetación y el olor a mar impregnan el ambiente.

Incluida en la Red Natura 2000, la senda tiene algo de tránsito y de permanencia. Los árboles, el mar, los raíles y los pasos del caminante parecen discurrir en la misma dirección, como si el paisaje quisiera conducirlo hacia alguna revelación.

El camino va a dar al Ponte do Porco, un rincón especial, de rica vegetación y pequeñas embarcaciones de madera. El puente, tendido sobre el río Lambre, da nombre a este lugar del Camino Inglés hacia Santiago. 


—Qué curioso —le digo—. El Puente del Puerco.

Ella vuelve a sonreír y cuenta que en el Ponte do Porco se sitúa la leyenda de Roxín Roxal y su amada Tareixa.

Al final del camino, en el centro de la plaza del Ponte do Porco, espera un cruceiro. Y, como una última y desconcertante ocurrencia del paisaje, el cruceiro se asienta sobre el lomo de un porco de piedra.

Entonces todo encaja.

El nombre ya no es solo un nombre. El puente tiene su animal, la senda sus sentidos y el paisaje sus señales.

Quizá viajar consista precisamente en eso: avanzar sin saber muy bien qué se busca y dejar que, de pronto, algo tan sencillo como una palabra, una sonrisa o un cerdo de piedra consiga encender todos los sentidos.

lunes, 17 de agosto de 2026

Encuentro literario en el útero de Gistredo, decimoséptima edición

Mónica, Camino, Cuenya, Nidia e Isabel. Foto: Ed

Volvemos, un año más, a celebrar el encuentro literario en el útero de Gistredo, qué bien suena. El útero de Gistredo acaso sea un territorio mítico a la vez que real, como Macondo, Celama, Comala o Región.
Y ya van diecisiete ediciones, lo que es indicativo de que el tiempo corre que vuela y, a la vez, una maravilla, porque significa que seguimos en la senda, celebrándolo por todo lo alto, con ilusión. Ay, la ilusión, eso último que se pierde. Sin ella, nos sentiríamos apagados. https://cuenya.blogspot.com/2013/11/los-muertos-de-celama.html

https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html


Cuenya, Mónica, Isabel, Carlos. Foto: Victoria 

Me alegra, como organizador de este encuentro desde que lo pusiera en marcha allá por 2010, comprobar que las personas invitadas acuden gustosas y que, incluso, algunas me dicen que les gustaría participar aunque no figuren en el cartel. 
El cartel, al fin y al cabo, es un mero formalismo. El encuentro literario es, y debe seguir siendo, algo vivo, dinámico, abierto a quienes quieran leer, recitar o aportar su particular visión literaria del mundo y de sí mismos. Tanto es así que, de entre el público, se levantó Charo Leyva para leernos algo de su libro 108 poemas, que tuvo a bien obsequiarme. 

Qué maravillosa es la literatura, la escritura. Y qué haríamos sin ellas. 

Paco, Roberto, Cuenya, Mónica, Isabel, Carlos. Foto: Victoria 

También me alegró encontrarme con tantas personas que siguen fielmente el encuentro, junto a otras que acudían por primera vez. Un gustazo contar con un público tan entregado, incluso diría que emocionado, porque por momentos se percibió la emoción en los ojos de algunas personas, como José Manuel, por ejemplo. Y no era para menos, habida cuenta de que también presentamos el reciente número de verano de la revista La Curuja, cuya portada y páginas interiores rinden homenaje a Pepín el de Olina, aquel hombre hospitalario y entrañable que nos dejó durante la pasada Semana Santa. https://cuenya.blogspot.com/2026/07/la-curuja-con-tributo-pepin-el-de-olina.html 

Foto: Ed

Fue hermoso compartir momentos tan emotivos tanto con quienes intervinieron como con el público. Uno mismo tuvo también el placer de leer algo que compuse con motivo de una estancia literaria, el pasado mes de mayo, en Paredes de Nava, ese bello pueblo palentino donde, según la tradición, nació el gran poeta Jorge Manrique, el autor de las inmortales Coplas a la muerte de su padrehttps://cuenya.blogspot.com/2026/05/del-poeta-jorge-manrique-al-poeta.html 

Encuentro literario en Noceda. Foto: Ed

En esta ocasión nos acompañaron como participantes Camino Pastrana https://cuenya.blogspot.com/2019/10/la-fragua-literaria-leonesa-camino.html, Isabel Llanos https://cuenya.blogspot.com/2019/11/la-fragua-literaria-leonesa-isabel.html, Mónica Balboa https://cuenya.blogspot.com/2024/07/36-encuentro-de-poetas-en-rua-ourense.htmly Carlos Attadía https://cuenya.blogspot.com/2016/11/la-fragua-literaria-leonesa-carlos.html, además de Nidia Beltramo, Roberto Arias Alba https://cuenya.blogspot.com/2018/10/la-fragua-literaria-leonesa-roberto.html y María Encina Rodríguez de Paz. https://cuenya.blogspot.com/2025/08/decimocuarto-encuentro-literario-en.html  https://cuenya.blogspot.com/2024/08/quince-anos-no-es-nada-encuentro.html 

Nidia Beltramo, argentina de origen aunque afincada desde hace algún tiempo en el Bierzo, concretamente en Congosto, la cuna del navegante Álvaro de Mendaña, es una narradora de reconocido recorrido. Tuve el gusto de compartir con ella un recital en O Barco de Valdeorras y también participó, hace dos años, en el encuentro literario de Noceda del Bierzo. 

Encuentro literario. Foto: Ed

Roberto Arias Alba, originario de Valtuille, en el Bierzo, también lo conozco desde hace años. Hemos compartido encuentros literarios y alguna presentación de libros. Es el poeta total, como lo define su primo, el narrador Paco Arias Ferrero, que también estuvo entre el público y que, una vez terminado el encuentro, tuvo el estupendo detalle de obsequiarnos con sus vinos. Se lo agradecemos de corazón.

María Encina Rodríguez de Paz, colaboradora de La Curuja, al igual que Nidia Beltramo, ya había participado en el encuentro del pasado año y quiso repetir en esta edición. Sobre todo, porque le hacía mucha ilusión a su marido, a quien deseamos lo mejor en esta etapa de delicada salud. 

Encina, Mónica, Isabel. Foto: Ed

Encina pertenece a la saga de los Paz, una auténtica saga familiar literaria que, salvando las distancias, me recuerda a los Buendía de los que nos habló el Nobel García Márquez en Cien años de soledad. Varios miembros de la familia Paz nos acompañaron, entre ellos Nanci, Pili, Venancio y Chente, que además nos acompañó después a El Nogal, tras el encuentro y la degustación de los vinos de Paco Arias Ferrero.

Fue una velada realmente deliciosa, al amor de las viandas, la cerveza, el vino, las conversaciones, las risas y las sonrisas. Y con un Chente colosal, un narrador nato, contando historias de su familia, de sus padres, de sus tíos Esteban y Eugenio y de tantas otras vivencias. Momentos así son también literatura, aunque no estén escritos en ningún libro. 

Carlos. Foto: Ed

En cuanto a los participantes que figuraban en el cartel, Carlos Attadía, porteño de nacimiento aunque lleva ya más de treinta años en el Bierzo, puso la música y amenizó el encuentro con sus canciones y su poesía musicalizada. A Carlos lo conocí hace años, creo recordar que a través del músico Carlos Huerta. Y gracias a aquellos caminos de la música también pude conocer a otro fenómeno, Ángel Petisme. 

Cuenya. Foto: Ed

Attadía, con sus sonidos y sus versos, nos llevó en cierto modo hasta Buenos Aires, esa ciudad que me dejó maravillado cuando la visité hace ya más de veinte años. El tiempo, siempre el tiempo, que no deja de correr.

Mónica Balboa, narradora y cinéfila berciana, autora de una página web dedicada al cine, nos leyó un relato hermoso que, quizá, con su beneplácito, podamos incluir en algún número de La Curuja. Sería un placer. 

Isabel. Foto: Ed

Por su parte, la polifacética Isabel Llanos, que por cuarta vez se acerca al útero de Gistredo para participar en el encuentro, nos habló de su reciente libro de poemas y nos leyó algunos de ellos con el arte que la caracteriza. Porque Isabel, además de poeta y narradora, es actriz. Leonesa que vive en la diáspora, como tantos y tantas leonesas, en su caso en la Ciudad Condal.

Y para finalizar este recorrido literario nos acompañó, por tercera vez, la gran Camino Pastrana. Qué grande eres, Camino. Un ser de luz, una mujer de increíble inteligencia emocional, excelente comunicadora y periodista, maravillosa narradora leonesa y, sobre todo, un amor de persona. Nos leyó un cuento lleno de ternura dedicado a su pequeña Gracia, que nos dejó con la emoción a flor de piel.

Foto: Ed

A todas y a todos les agradezco que nos tocaran con sus palabras, que compartieran su sensibilidad, sus historias, sus versos, sus músicas. 

Mónica. Foto: Ed

Y a todas las personas que asistieron, me gustaría mencionarlas a todas, pero a buen seguro se me olvidaría alguien. No obstante, me apetece hacer una mención especial a los expertos fotógrafos Jesús Madero y José Baillo, ambos de La Mancha, que se ocuparon de hacer fotografías del acto, aunque todavía no me las han pasado. También a Ed, el compañero de Nidia Beltramo, que sí hizo fotografías y me las ha pasado; y, por supuesto, a Victoria, que también tiró algunas instantáneas, que me ha pasado y cuya presencia siempre es motivo de inspiración. 
Y agradecerle especialmente a Camino Pastrana que viajara con su chico desde Madrid, justo después de salir ella de trabajar, para llegar unos minutos antes de que diera comienzo el encuentro literario. Vaya mérito el suyo, lo cual es muy de agradecer.

Camino. Foto: Ed

Así que, un año más, el útero de Gistredo volvió a llenarse de literatura, de música, de memoria, de afectos y de palabras. Y mientras haya ilusión, mientras haya personas dispuestas a compartir lo que escriben y otras dispuestas a escuchar, seguiremos celebrando este encuentro. Porque la literatura, como la vida, necesita de quienes la mantengan viva.

Y qué maravilla poder seguir aquí, diecisiete ediciones después, celebrándolo juntos.

*Gracias a ileon (elbierzo.eldiario.es) por publicar este texto. https://elbierzo.eldiario.es/cultura-y-ocio/utero-gistredo-vuelve-llenarse-literatura-musica-memoria-afectos_129_13452501.html