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martes, 28 de abril de 2026

Segovia, bajo una luz primaveral


Como un poema sereno y monumental, como un poema en prosa, como un libro en piedra y en carne, se alza en una imponente ubicación esta ciudad sobre un frondoso roquedo que flanquean los ríos Eresma y Clamores.
Acariciada por una naturaleza esplendorosa, bajo las cumbres nevadas, cuyo resplandor ilumina el horizonte, Segovia se aparece con una luz, “más reverberante y fina que la de las otras ciudades españolas”, según Azorín, una ciudad donde la luz y el tiempo construyen una atmósfera de espiritualidad y belleza.



La ciudad, Patrimonio de la Humanidad, surge ante la mirada del viajero como si estuviera suspendida en el tiempo, acaso detenida en una dimensión fantástica, en un territorio mítico, como Macondo o Castroforte de Baralla, donde se funden la historia y la leyenda, una dimensión donde se recorta, hipnótica, la silueta romana del acueducto (
obra colosal de la ingeniería romana, diseñada para conducir el agua a la ciudad desde manantiales de la serranía), se eleva el perfil colosal de la dama de las catedrales, se extiende la muralla medieval en piedra dorada, que es memoria, y se muestra la imagen de cuento de hadas del alcázar -una fortaleza hispano-árabe que también fuera residencia de reyes-
, como un castillo brotado de un sueño.
Se cree que Walt Disney, que al parecer, según alguna leyenda, era de origen español (en concreto de la almeriense Mojácar), se inspiró en el alcázar de Segovia, con sus torres puntiagudas y su perfil inconfundible, para el castillo de Blancanieves, que se convertiría en un emblema de su factoría, donde trabajé durante un tiempo, en concreto en Disneyland París, allá por los años noventa.




El viajero, que no es la primera vez que se aproxima a esta tierra (en una ocasión estuvo con una amiga y en otra con los cuates Agustín y Abel, con quienes también compartiera vivencias estudiantiles en Salamanca) siente que ha llegado a un espacio-tiempo de emocionante belleza, luminoso, poblado por casas nobles, palacios, iglesias románicas,
mesones (atestados de turistas, en busca de lechazo y cochinillo), plazas (Azoguejo, a la que Cervantes se refiere en El Quijote, o la Reina Victoria Eugenia como antesala del alcázar, entre otras) y miradores (mirador del alcázar y los dos valles; de la Canaleja, o del Postigo del Consuelo...) a la ciudad y a las cumbres de la sierra.
Paseo bajo una luz primaveral

En Segovia, una tarde, de paseo, bajo una luz primaveral que pareciera resbalar por las piedras antiguas de la ciudad, me encontré con el poeta Antonio Machado, con su paso lento, sus manos a la espalda, su mirada serena, y esa su voz envolvente que me recitó, dejando caer las palabras como semillas sobre el aire, unos versos de esperanza, donde el tiempo y la memoria se abren camino mientras el caminante siente el viaje con todos sus sentidos, porque al fin viajar es sentir, como dijera otro gran poeta, en este caso Pessoa, sentirlo todo de todas las maneras. Caminante, el camino se hace y se siente al andar, el día a día.
El poeta me dijo que llevaba ya varios años en Segovia, donde ha logrado escribir una buena parte de su obra, incluso ha creado a su personaje Juan de Mairena y ha conocido a su musa Guiomar, con quien suele reunirse los fines de semana en Madrid, que queda a tiro de piedra de Segovia.
Casa de Antonio Machado

El gran Antonio Machado se siente satisfecho como profesor de francés y con la fundación de la Universidad Popular Segoviana, una experiencia gratificante, que aspira a acercar la cultura al pueblo. Al poeta le gusta la Plaza Mayor de Segovia, con la catedral en una esquina y el ayuntamiento en el centro, con sus soportales, un teatro, un templete para orquesta y muchos cafés y restaurantes con mesas en el exterior.

Al poeta caminante le entusiasma callejear por la ciudad, y parece dirigirs
e hacia su casa, que se ubica en el número 5 de la calle Desamparados, en pleno centro de la ciudad. 

En mi paseo por Segovia también me encuentro con un hombre que viste capa blanca. Es de tez oscura, con avanzada calvicie y camina con rapidez. Una oriunda me dice que se trata de un místico y poeta, uno de los más grandes, asegura, quien fuera amigo además de Santa Teresa de Ávila, la fundadora de la orden de los carmelitas descalzos. Al parecer, ambos llegaron juntos a Segovia.
El gran místico y poeta escribió entre otras obras La noche oscura y Cántico espiritual. Se llama San Juan de la Cruz.

El viajero, a quien también le resulta instructivo y placentero recorrer la ciudad, las ciudades y los pueblos, recuerda que en Segovia nació el pícaro don Pablos, hijo de ladrón y hechicera, el personaje de El Buscón, la ingeniosa obra de Quevedo.
Existe una placa conmemorativa dedicada a este pícaro, que se halla en un punto estratégico, en el interior del Arco de San Andrés o Arco del Socorro. Es una de las tres puertas que se conservan en la muralla de la ciudad, en las inmediaciones del barrio judío.
"Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa...

Estuvo casado con Aldonza de San Pedro. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria".
En El Buscón, el propio don Pablos en primera persona nos cuenta sus peripecias vitales, desde su infancia a la proyectada fuga a Indias con que termina la obra. Don Pablos fracasa constantemente en su búsqueda de estabilidad económica y social, cuyos fingimientos de nobleza son desenmascarados sin cesar. Sólo conoce, en el mundo cruel en que vive, la humillación, el hambre, las penalidades.
Vemos cómo se inicia en los menesteres de la picaresca estudiantil.
El viajero sigue caminando por la ciudad, como lo hace el poeta Antonio Machado, tal vez en busca de sus pasos, de sus huellas, entonces decide acercarse a la Loba, porque en Segovia los oriundos acostumbran a quedar en esta escultura, que está al lado del Acueducto, el cual atraviesa la ciudad y también el corazón del viajero, en esta réplica de la famosa escultura romana que representa a La Loba amamantando a Rómulo y Remo, los fundadores legendarios de la ciudad eterna, que le regaló a la ciudad de Segovia con motivo del bi-milenario del Acueducto, que es Patrimonio de la Humanidad y emblema por excelencia de Segovia.
El viajero recuerda, después de su visita a la ciudad extremeña de Mérida (y también a Roma), que La loba de Segovia y la de Mérida son casi idénticas porque ambas son réplicas de la original, la loba capitolina de Roma. Ambas esculturas son de bronce y fueron regaladas por Roma para simbolizar su unión histórica y su pasado romano. La de Mérida se sitúa en una rotonda cerca del puente romano.
El viajero se despide de Segovia, mientras contempla, aún extasiado, la silueta del alcázar, que parece que brotara de un sueño.


lunes, 27 de abril de 2026

Madrid Ídolo o mi idolatrado Madrid

 


Madrid Ídolo o mi idolatrado Madrid es el título que se me ha ocurrido para este texto, que reescribo ahorita mismo, después de mi viaje semanasantino a la capital de España, como centro desde el que uno acaba viajando a otros lugares, en este caso de Castilla y León, como Segovia, Ávila y Valladolid, de los que también daré fe. Me gusta esto de dar fe, como si la fe moviera montañas, ríos y mares. 

Goya en Real Academia

La verdad es que Madrid, los madriles (Galdós empleó este término en sus Episodios Nacionales), nunca se agota, por más veces que uno viaje a la capital. Es sin duda la ciudad en la que más veces he estado, que más veces he visitado, incluso he tenido la ocasión de morar durante un tiempo en la misma, así que podría decir que me siento como si estuviera en casa, que en realidad es la casa de todos. Y siempre encuentra uno un motivo para pasearla o visitar algo, aunque ese algo ya lo haya visitado, porque hay que visitar de nuevo aquello que ya se ha visto, acaso para volver a sentirlo con sentidos renovados. En esta ocasión, en este viaje, visité sitios como el Museo Arqueológico o la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, entre otros. 

Goya en la Real Academia

Museo arqueológico Nacional

Hacía años que no entraba en el Museo Arqueológico Nacional, que cuenta con una espectacular colección de piezas de la Península Ibérica, desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna. No obstante, también tiene colecciones procedentes de la Antigua Grecia y del Antiguo Egipto. Creo recordar que la vez anterior que visité este museo fue en los años noventa.  

Ídolo de Noceda en el Arqueológico

Como tenía ganas de volver a ver el Ídolo de Noceda del Bierzo, que es una de las piezas arqueológicas más emblemáticas del Bierzo, en concreto del útero de Gistredo, me fui derechito en busca de esta figura relacionada con la fecundidad y con la maestra y poeta Felisa Rodríguez, porque, gracias a ella y su Misión Rescate, que se emitía en Radio Nacional de España, se rescató del olvido, ya que llevaba años en la casa de una niña de Noceda, Carmen Nogaledo, que así se llamaba, quien le mostró el Ídolo, que se utilizaba como pesa de un telar, a su maestra Felisa en la década de los sesenta.

Quiero rendirle homenaje a Pepín el de Olina con este ídolo, ya que él era amante de su pueblo y vivió en Madrid, donde se halla el original (también una réplica en el museo de Noceda, y otra, creo recordar, en el museo del Bierzo de Ponferrada).
El ídolo de Noceda es una pieza prehistórica que data del 1800 a. C., la Edad del Bronce. Se halla en la sala 9 de Prehistoria del Museo Arqueológico Nacional. Este ídolo está tallado en piedra granítica, con forma ovoide, y grabados antropomorfos en ambas caras: una suele interpretarse como femenina, vinculada a la diosa madre o de la tierra, y la otra con rasgos masculinos. Por ello, muchos estudiosos la han considerado un símbolo de fecundidad, fertilidad y buenas cosechas.
También en el Arqueológico se halla La Dama de Elche, o La Diosa de Elche, una obra maestra del arte íbero que fue hallada de forma casual a finales del siglo XIX en el Yacimiento Arqueológico La Alcudia. Me fascina esta escultura.
Dama de Elche

En la actualidad, después de algunos vaivenes (llegó a estar en el Museo del Louvre de París), se encuentra en la primera planta, sección protohistoria del Museo Arqueológico Nacional, situado en calle Serrano, 13, junto a la plaza de Colón, y próximo a la Puerta de Alcalá. El Museo Arqueológico comparte su edificio con la Biblioteca Nacional.
Se cuenta que La Dama de Elche pudo haber sido usada en tiempos como una urna funeraria.

Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Inaugurada a mediados del siglo XVIII, durante el reinado de Fernando VI, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando tiene su sede en el palacio de Goyeneche, en la céntrica calle de Alcalá. 

Uno de nuestros grandes pintores, Goya, estuvo muy vinculado durante su vida a la Real Academia, que conserva un excepcional conjunto de pinturas representativo de sus distintas etapas. Con dos de sus autorretratos y retratos, en los que el artista fue innovador, como los excelentes retratos de tres figuras destaca­das y amigos personales del maestro: Leandro Fernández de Moratín, Juan de Villanueva y José Munárriz, entre otros cuadros. 

El genio Goya es el inventor del esperpentismo, según el Valle-Inclán de Luces de bohemia, que es una obra que nos enseña la realidad grotesca, esperpéntica española. Por eso el autor de Los desastres y los disparates, además de las pinturas negras, es precursor del expresionismo.

Deudor de Tiepolo, Velázquez o Rembrandt, entre otros, Goya, que fue rococó, neoclásico y prerromántico, se adelanta a la pintura contemporánea, y nos muestra la crueldad, el horror, el miedo y la locura en sus pinturas, en esos grabados de los desastres y los disparates que pude ver en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la pasada Semana Santa, además de ese cuadro de El entierro de la Sardina, que refleja la tradición carnavalesca y me resulta cautivador.


Asimismo, me llamó la atención El martirio de San Bartolomé (o La matanza de San Bartolomé), una destacada obra de José de Ribera, con su estilo tenebrista, una pintura al óleo que nos muestra el cruel desollamiento del apóstol, al que le rendimos culto en el útero de Gistredo, en concreto en el barrio de Río, con el festejo de la histórica carrera de burros.

La obra de Sorolla también está presente en la Real Academia, a la que le dediqué en su día una reseña con motivo de una exposición en Ponferrada. https://cuenya.blogspot.com/2025/09/expo-dedicada-sorolla-en-ponferrada.html En la Real Academia arrojo la mirada a un cuadro al óleo titulado La comida en la barca (1898), que nos muestra a unos pescadores almorzando bajo una vela en Valencia.

c Comida en la barca de Sorolla

Lo pinta con realismo social y estilo impresionista, donde destaca la luz mediterránea y esa convivencia de los marineros.

Sol

A unos trescientos metros de la Real Academia está Sol, donde se encuentra el icónico cartel de Tío Pepe, el sol embotellado de Andalucía, y el kilómetro cero de las carreteras radiales de España. https://cuenya.blogspot.com/2017/12/el-sol-de-madrid-embotellado.html Asimismo, se halla el edificio más antiguo de esta plaza, que es la Real Casa de Correos con su reloj de torre, construido y donado en el siglo XIX por el relojero leonés Rodríguez Losada, que era originario de La Cabrera y amigo del escritor vallisoletano Zorrilla.


También en la Puerta del Sol se hallaba El Café de La Montaña, en la planta baja del Hotel París, que abrió a finales del siglo XIX y permaneció abierto hasta comienzos del XX. Fue el histórico lugar en el que Valle-Inclán, don Ramón María, que era un tipo visceral, además de un escritor colosal, perdió un brazo a causa de una disputa a finales del XIX con el periodista Manuel Bueno. Al parecer, Bueno le propinó un enorme bastonazo con tan mala fortuna que a Valle-Inclán se le clavó un gemelo en su muñeca izquierda causándole una herida que se gangrenó, teniéndole que amputar su brazo tres semanas después. 

La intrépida periodista y corresponsal de guerra, la almeriense Carmen de Burgos, menciona este Café y a sus habituales tertulianos, entre otros el escritor bohemio Alejandro Sawa, en quien se supone que se inspiró Valle-Inclán para componer su personaje de Max Estrella. Asimismo, acudían otros escritores tertulianos como Jacinto Benavente, los hermanos Baroja o Julio Romero de Torres. 

Se dice que el poeta Verlaine también estuvo en el Café de La Montaña. Cabe recordar que, en un arrebato de ira acaso por embriaguez, el lírico francés Verlaine le disparó al joven poeta Rimbaud, el autor de Una temporada en el infierno, al que el coloso Henry Miller le dedica un estudio en El tiempo de los asesinos.


Edificio Metrópolis

Situado en la confluencia de la Gran Vía y la Calle de Alcalá, se alza el emblemático edificio Metrópolis, de estilo neoclásico y art déco, con influencia francesa. Y con esa llamativa cúpula coronada por una Victoria alada.
Me entusiasma este edificio, que me hace recordar el título de la película de Fritz Lang. Y me traslada a la película Mujeres al borde de un ataque de nervios, del cineasta Almodóvar, que es un apasionado de Madrid, en cuya cinta podría verse, o intuirse, el edificio Metrópolis, con una singular perspectiva.
El edificio de Telefónica sí se reconoce bien, aunque a Almodóvar le gusta reconstruir y/o idealizar la capital de España cual si se tratara de un personaje a la vez que una estampa filmada con un estilo reconocible, con una estética colorida, caracterizada por el uso intensivo de colores primarios y saturados (en especial el rojo), además de elementos pop y kitsch. Así es el cine de Almodóvar, cuya Amarga Navidad he podido ver recientemente y me ha decepcionado, filmada con exquisito gusto, eso sí, en un Madrid posmoderno y un Lanzarote de arena negra, con algunos momentos emocionantes gracias a la música de la diva mexicana Chavela Vargas, que también canta Amaia, y las actrices Bárbara Lennie y Aitana Sánchez Gijón, que están magníficas.


Rosalía de Castro

La gran poeta Rosalía de Castro, que escribió en gallego y en castellano y llevaba la saudade en las venas, publicó su primer poemario, La flor (1857), en Madrid, donde vivió, en concreto en la calle Ballesta, cercana a la Gran Vía. Y en Madrid conoció y se casó con el historiador gallego, Manuel Murguía, quien además reseñó su libro de poemas de estilo melancólico y romántico. Queda constancia de su casa en la capital de España a través de una lápida: "Aquí vivió Rosalía de Castro. Homenaje del centro gallego de Madrid. En en centenario de su boda con Manuel Murguía". https://cuenya.blogspot.com/2024/06/la-ciudad-milenaria-del-faro-una.html

El mítico café Gijón

Después de un tiempo cerrado, por fin ha reabierto el mítico Café Gijón, fundado en 1888 por un astur, que quiso homenajear a su ciudad natal. Un astur que había emigrado a La Habana, Cuba, cuando la isla caribeña lucía esplendorosa, supongo, porque ahora está a la deriva, con el trastornado "pato Donald" ojo avizor, un Donald que nos tiene en vilo, que tiene el mundo revuelto.
En todo caso, el Café Gijón de las tertulias hace años que desapareció. Aquel café frecuentado por Rubén Darío, Lorca, Cela, Torrente Ballester, entre otros muchos. En 1950 Fernando Fernán Gómez creó el Premio de Novela Corta Café Gijón.
Aquel sitio que Umbral inmortalizó en su obra El día que llegué al Café Gijón.
“La primera noche que entré en el Café Gijón puede que fuese una noche de sábado. Había humo, tertulias, un nudo de gente en pie, entre la barra y las mesas, que no podía moverse en ninguna dirección, y algunas caras vagamente conocidas, famosas, populares, a las que en aquel momento no supe poner nombre… Yo había llegado a Madrid para dar una lectura de cuentos en el aula pequeña del Ateneo, traído por José Hierro, y encontré, no sé cómo, un hueco en uno de los sofás del café.
Toda una vida (o eso me parecía) leyendo cosas sobre el Café Gijón, allá en provincias, y ahora estaba yo aquí, y además venía a leer unos cuentos al Ateneo (y con el secreto propósito de quedarme) o sea que era un viaje literario... A José Hierro lo había leído yo, deslumbrado... Era un tipo que me fascinaba y me sigue fascinando… Yo no tenía ninguna prisa por volver a la pensión. José Hierro me había dicho que por la lectura me iban a dar quinientas pesetas con descuentos, que era lo acostumbrado, y esas primeras quinientas pesetas madrileñas me parecía a mí que podían dar para mucho, para siempre, para pagar pensiones, tomar cafés en el Gijón...”. https://cuenya.blogspot.com/2011/10/umbral-sublime-sin-interrupcion.html
Valle en Recoletos

En el Café Gijón pude ver platicando al estupendo actor Alexandre y al extraordinario director artístico Burmann (Chinín), con quien tuve trato en mi etapa en la Escuela de cine de Ponferrada.

Por cierto, Burmann trabajó con Almodóvar en La flor de mi secreto y, en su día, llegó a decirme algo así como que el cineasta manchego tenía un gran cacao entre Parla y Nueva York. Sea como fuere, el cine de Almodóvar fue en su momento un cine necesario, una bocanada de aire fresco en un tiempo casposo y cutre.
"Almodóvar ha recogido la metáfora total de Madrid, al estarse transformando una cosa en otra continuamente, ha captado lo que uno llamaría el momento metafórico de las cosas, cuando unas tienden a ser otras. Y ésta es la magia de su cine mal hecho... Almodóvar ha acertado con un cine secretamente tercermundista, que sublimiza su tercermundismo retratando mucho el Bronx de la Concepción y la avenida Donostiarra. Todos los cronistas por libre de Madrid nos sentimos sumidos, resumidos y asumidos felizmente por Almodóvar", escribió Umbral en El País en 1988.
Frente al café Gijón (también enfrente de la Biblioteca Nacional) se halla, en el Paseo de Recoletos, una estatua del gran Valle-Inclán, por donde le gustaba pasear. Se trata de una escultura en bronce, basada en una foto del escritor de 1930 en pose andante. 

Juan Ramón Jiménez

Sabía que el premio Nobel Juan Ramón Jiménez había estado en la Residencia de estudiantes de Madrid, "la colina de los chopos", porque el cineasta Luis Buñuel lo cuenta en su libro de memorias, Mi último suspiro, una obra esencial para entender la vida y la obra del genio aragonés de Calanda. https://cuenya.blogspot.com/2010/03/luis-bunuel-don-luis-un-suspiro-de.html
Pero no sabía que Juan Ramón Jiménez, maestro y referente poético de la Generación del 27, había vivido en Madrid desde 1900 hasta 1936, en esta ciudad modernista donde también vivieron Valle-Inclán, Baroja, Azorín, Ortega, Unamuno, los hermanos Machado y un largo etcétera. En la capital de España Juan Ramón conoció a su gran amor, Zenobia.
En la actual Fundación de Mapfre, en el Paseo de Recoletos, se hizo la primera edición de Platero y yo, como reza en una placa, a la que le he hecho una fotica como recuerdo. https://cuenya.blogspot.com/2025/06/moguer-la-matria-chica-de-juan-ramon.html
Hasta aquí ha llegado, en este viaje, mi idolatrado Madrid, a sabiendas de que me dejo muchos lugares, muchas vivencias por contar, pero seguiré viajando e indagando en las entrañas de una ciudad de ciudades que da mucho de sí.


miércoles, 22 de abril de 2026

La voz de Hind

Ayer martes volví a ver por segunda vez La voz de Hind en Cines la Dehesa de Ponferrada y me he quedado aún más sobrecogido que la primera vez. La magia de la gran pantalla, que potencia la imagen y los sonidos. El público asistente, en torno a unas 150 personas, lo que está muy bien, también se quedó con un nudo en la garganta, después de ver esta película necesaria, como dijera una amiga, Raque, imprescindible en los tiempos que vivimos. Entre el público asistente, además de buenas amigas como Raque y Victoria, estuvo el amigo cineasta Gabriel Folgado, autor de obras como Paisajes interiores https://cuenya.blogspot.com/2009/10/paisajes-interiores.html (sobre la minería) o Ancestral delicatessen https://cuenya.blogspot.com/2012/09/ancestral-delicatessen.html(sobre el mundo de las castañas), al que agradezco su presencia y su intervención en el coloquio. 

Cine comprometido, arriesgado, valiente, que mete el dedo en la llaga y nos invita a una profunda reflexión acerca del mundo que hemos construido con manos asesinas, del mundo que estamos construyendo, antes diría destruyendo, atentando contra la población civil, contra la infancia, que es la vida en estado puro, como vemos en esta película, como sabemos que ocurre en Gaza. 

Sobrecoge no sólo ver sino escuchar La voz de Hind, la voz real, desgarradora, de una niña palestina de seis años, Hind (Hannoud) Rajab, que permanece atrapada en un coche entre tanques en la franja de Gaza en compañía de los cadáveres de sus familiares, de sus tíos y sus primos, que el ejército israelí se ha encargado de asesinar, porque esta cinta está construida con las grabaciones reales de la llamada de socorro de esta niña gazatí, que nos deja sin aliento, nos escalofría el alma, el corazón. Supongo que, a quienes la vean, si sienten compasión por el ser humano, por una criatura, se les helará la sangre. 


Sobrecoge que ella aún sobreviva, envuelta en sangre, al atentado, rodeada de disparos y apuntada por un tanque, con miedo a lo que pueda ocurrirle, con miedo a la oscuridad.  El miedo, siempre el miedo, que nos paraliza. 

Hind nos muestra su desesperación, su llanto, su dolor, necesita que alguien la salve del infierno. Pero, por más que lo intenta el personal de la Media Luna Roja, todo resulta en vano. La película transcurre en las oficinas que tiene la organización de Media Luna Roja, que sería equivalente a la Cruz Roja española. 

En la actualidad, son miles los niños y niñas que han sido masacrados en Palestina a manos del Estado genocida de Israel, con ese psicópata llamado Netanyahu, que encima amenaza a España. Estuve en Israel en el año de 2017 https://cuenya.blogspot.com/2017/07/aproximacion-israel.htmly ya entonces percibí extrañas vibraciones en ese país, donde los integristas judíos me miraban mal y me hacían la peineta si intentaba hacerles fotos. No quiero con esto demonizar a los judíos, que han sufrido mucho a lo largo de la historia, también han sido masacrados, pero sorprende, que ahora sean ellos los verdugos en vez de las víctimas. 

La voz de Hind, que estremeció a los espectadores en la pasada Mostra de Venecia (donde obtuvo el León de Plata, el Gran Premio del Jurado), es una película audaz, una obra esencial en este mundo bestial en que vivimos, que nos mantiene en vilo desde el inicio hasta el fin aunque sepamos de antemano lo que va a ocurrir, porque se trata de una crónica de un asesinato anunciado, que se basa en un hecho real, una tensión que se sostiene en lo que no vemos, en el angustioso fuera de campo. Resulta más poderoso lo que no se ve que lo que se muestra, salvo al final, que se nos enseña el desastre, la barbarie. Además de Hind y sus familiares, también el médico y el conductor de la ambulancia que acudieron en su ayuda, en un rescate agónico que tan sólo estaba ocho minutos de ella, fueron víctimas del ejército israelí. 

Casi toda la acción transcurre en un espacio cerrado, con un soberbio manejo del mismo, con una puesta en escena que juega con cristales que nos permiten contemplar a varios personajes a la vez, incluso ver reflejados a los que están fuera de campo. Es una experiencia conmovedora hasta hacernos saltar las lágrimas. Un modo de filmar, cámara en mano, en constante movimiento, que genera inestabilidad visual, como si nos introdujéramos en una situación desequilibrada, que nos produce angustia, desasosiego, con primeros y primerísimos planos, que dejan al margen el contexto y centran nuestra mirada en el rostro de los personajes, en sus emociones de tensión, miedo e impotencia, en un espacio cerrado, asfixiante (el centro de llamadas), que refuerza la sensación de encierro, de impotencia, con ausencia de imágenes explícitas de violencia, porque el horror se construye fundamentalmente a través de la llamada real de Hannoud/Hind, de los sonidos ambientales, de los ruidos. La dirección de fotografía, emocionalmente opresiva entre mamparas de cristal, está al servicio del sonido. Emplea colores neutros y fríos, para que sintamos el realismo, la crudeza, la sensación de encierro, de una realidad documental, con encuadres cerrados y espacios que transmiten angustia. Las imágenes (incluso se nos muestran imágenes ensoñadoras, poéticas del mar, que tanto adoraba la niña) se subordinan a la voz real de Hind. 

En realidad, a través de esta forma de filmar, apoyada en la duración real de la espera y el sufrimiento, en esta inmersión sensorial (como ocurre con Sirāt, de Laxe, al que pudimos ver recientemente en la Térmica cultural de Ponferrada https://cuenya.blogspot.com/2026/03/sirat-en-cines-la-dehesa-de-ponferrada.html) escuchamos y sentimos el horror. 

 Su directora, la tunecina Kaouther Ben Hania, nos mete de lleno en una atmósfera claustrofóbica, que nos deja sin resuello, en una pesadilla. Se trata de una coproducción entre Francia y Túnez -nominada al Óscar a Mejor Película Internacional- en la que también se implicaron como productores ejecutivos actores de la talla humana y artística de Brad Pitt (conocido por películas como Thelma y Louise, o Babel, entre otras muchas) Joaquín Phoenix (inolvidables sus interpretaciones en películas como Gladiator, Irrational man o Joker)  o el director mexicano Alfonso Cuarón (autor de películas como Roma o Y tu mamá también, lo que me resulta magnífico.

https://cuenya.blogspot.com/2014/08/y-tu-mama-tambien.html

La voz de Hind reconstruye, como si se tratara de un documental dramático -pues integra las grabaciones reales de las llamadas de Hind- la voz desesperada de esta niña palestina atrapada en el holocausto de Gaza, mientras cuatro cooperantes angustiados de la Media Luna Roja -Rana (Saja Kilani), Omar (Motaz Malhees), Mahdi (Amer Hlehel) y Nisreen (Clara Khoury)- intentan salvarla sorteando protocolos, burocracia y fuego cruzado en un rescate imposible. Son ellos (intérpretes profesionales) quienes nos muestran sus puntos de vista. Y es que esta película se mueve entre la cruda realidad y la representación de esa realidad a través de poderosos intérpretes. 

La interpretación de Saja Kilani, formada en la Escuela de cine de Toronto (Canadá) es esencial para el impacto emocional de esta película. Con el efecto inolvidable de escuchar la voz de Hind mientras le habla en su papel de Rana, que se me antoja una actriz portentosa. Saja Kilani, actriz y poeta canadiense-jordana de ascendencia palestina, dijo en una entrevista que  la voz real de Hind fue "la columna vertebral de toda la película y un recordatorio constante de que no se trata de una recreación... Espero que Hind Rajab sea una de esas voces que nos recuerden lo parecidos que somos todos... ". Nada de lo humano ni animal nos es ajeno y todos deberíamos estar sensibilizados con esta barbarie. "Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie", llegó a decirnos el filósofo Adorno, porque después del holocausto, la confianza en la cultura, en el arte, ha quedado herida, pero creo que quizá sea ahora, con el genocidio en Gaza, cuando sea más necesario que nunca escribir poesía y hacer películas tan necesarias como La voz de Hind.  

Asimismo, podría destacarse la interpretación del actor palestino Motaz Malhees, afincado en Londres, que construye un personaje creíble, triste, tenso, impotente, un Omar profundamente humano que se apoya en el lenguaje no verbal, en miradas y silencios. O bien la destacada actriz israelí-palestina Clara Khoury, que encarna el papel de Nisreen, la hermana de Rana, un personaje que aporta cierta estabilidad dentro de la gran tensión que viven todos. Por su parte, el actor y dramaturgo palestino Amer Hlehel compone el personaje de Mahdi, el coordinador de la Media Luna Roja, que procura mantener la calma en medio de la incertidumbre y la gran tensión -alto voltaje se produce en sus discusiones con Omar-, y también acaba derrumbándose ante la tensión acumulada y la imposibilidad de rescatar con vida a la niña Hind. 

La voz de Hind nos habla del horror, de la angustia, del dolor, de la impotencia, de la desesperación, de la vulnerabilidad del ser humano, en especial de los niños, de las niñas, frente a la violencia y la burocracia, en medio de un genocidio.