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lunes, 3 de agosto de 2026

Islas griegas: Santorini


El viajero, al que durante años le han hablado maravillas de Santorini, pone rumbo a la isla con las expectativas inevitablemente elevadas. Su fama la precede y son pocos los lugares capaces de despertar tanta admiración incluso antes de ser contemplados.


El Costa Fortuna permanece fondeado a un par de kilómetros de la costa. Las dimensiones del barco impiden acercarse más, de modo que el desembarco se realiza en pequeñas lanchas que, una tras otra, trasladan a los pasajeros hasta el antiguo puerto. 

La primera visión de Santorini resulta sobrecogedora. La isla parece surgir verticalmente del mar, como una gigantesca muralla volcánica coronada por un racimo de casas blancas que desafían la gravedad. El blanco cegador de la cal contrasta con los tonos ocres y negros de la roca y con el azul profundo del Egeo, componiendo una de esas estampas que justifican por sí solas un viaje. 

Sin embargo, alcanzar Firá, la capital, exige superar un desnivel de más de doscientos metros. Aunque la mañana acaba de comenzar, el calor ya cae con fuerza y la ascensión a pie no parece la opción más recomendable. 


Quienes desean vivir una experiencia más tradicional pueden subir a lomos de burros o caballos por el zigzagueante sendero que serpentea la ladera. El precio es de diez euros, pero el viajero descarta esa posibilidad. No se siente cómodo viendo a los animales cargar, una y otra vez, con el peso de los turistas bajo un sol inclemente.

Prefiere optar por el teleférico, el conocido cable car, una solución cómoda, rápida y casi tan emblemática como la propia isla. El inconveniente es la larga cola que se forma para acceder a las cabinas, una espera compartida por cientos de visitantes que llegan cada día desde los cruceros. 

Cuando por fin llega su turno, la espera queda plenamente compensada. Durante apenas tres minutos, el teleférico asciende por la escarpada pared de la caldera mientras el horizonte se ensancha a cada metro recorrido. Bajo los pies quedan el pequeño puerto, las lanchas que continúan transportando pasajeros y el Costa Fortuna, que desde esa altura parece un juguete flotando sobre el Egeo.

Al llegar a Firá, el viajero comprende enseguida por qué Santorini ocupa un lugar privilegiado en el imaginario de tantos viajeros.

La capital no es solo un pueblo de fachadas encaladas y cúpulas brillantes; es un inmenso balcón suspendido sobre el mar. Desde sus callejuelas, terrazas y miradores, la vista se pierde entre el azul del Egeo, los acantilados volcánicos que recuerdan el origen convulso de la isla y los grandes cruceros anclados mar adentro, diminutos desde las alturas. Es un paisaje que parece irreal y que, sin embargo, existe; Firá brilla con una luz casi sobrenatural, como si perteneciera a un lugar situado entre la realidad y el sueño. 


Sin embargo, no todo responde al ideal que el viajero había imaginado. Como ya le ocurriera en Mykonos, la belleza convive aquí con un turismo masivo que termina por desdibujar parte de su encanto. Las estrechas calles rebosan de visitantes y el comercio ocupa prácticamente cada rincón. Tiendas, restaurantes y terrazas se suceden sin interrupción, convirtiendo la isla en un inmenso escaparate donde casi todo parece tener un precio. Es, en cierto modo, una metáfora de nuestro tiempo. En la era de la globalización, el mundo entero parece haberse transformado en un gran bazar, aunque con tarifas reservadas para un turismo de elevado poder adquisitivo.

El viajero recorre las callejuelas de Firá en busca de una imagen que lleva tiempo alimentando su imaginación: las célebres cúpulas azules que tantas veces ha visto en fotografías. Cree distinguir alguna en la distancia, pero no consigue llegar hasta ella. Más tarde descubrirá que las postales más famosas pertenecen, en realidad, a Oia, situada en el extremo norte de la isla. La falta de tiempo y el calor sofocante le obligan a renunciar a esa visita. Habrá que dejar Oia para otra ocasión. 

Decide entonces permanecer en Firá, refugiándose de cuando en cuando bajo la sombra de alguna terraza para reponer fuerzas y combatir el calor con agua fresca. A veces, viajar también consiste en detenerse, observar el ir y venir de la gente y dejar que el tiempo transcurra sin prisas. 


Después de varias horas disfrutando de aquel inmenso balcón sobre el Egeo, llega el momento del regreso. El viajero decide descender a pie por el antiguo camino que comunica Firá con el puerto. Comparte la bajada con los burros y caballos que continúan transportando visitantes. El olor a estiércol impregna el ambiente, un olor que no le resulta desagradable porque le recuerda a su infancia en el pueblo, cuando formaba parte natural del paisaje cotidiano. 


Ya en el puerto, espera la lancha que lo devolverá al Costa Fortuna. Poco después, el crucero leva anclas y comienza a alejarse lentamente de Santorini. Es entonces cuando el sol inicia su descenso sobre el horizonte. La luz se vuelve dorada, después anaranjada, hasta envolver la isla y el mar en una atmósfera casi irreal. Durante unos minutos, el paisaje entero adquiere la apariencia de un cuadro, como si el tiempo decidiera detenerse para contemplar la inmensidad de la caldera volcánica.


El viajero permanece en silencio mientras el sol desaparece lentamente tras el horizonte. La bella pasajera también guarda silencio, absorta en el espectáculo del atardecer. Durante unos instantes, ambos contemplan aquella luz que se extingue sobre el mar. Hay algo en las puestas de sol que siempre reconcilia al viajero con lo esencial. En esos momentos comprende que, mucho antes de que existieran las ciudades, las fronteras o incluso las palabras, los seres humanos ya contemplaban el mismo espectáculo con idéntico asombro. Quizá por eso los atardeceres poseen la extraña capacidad de ponerlo en contacto con lo primigenio, con ese mundo ancestral donde todo parecía comenzar. Y mientras Santorini se va desdibujando poco a poco en la distancia, sabe que esa última imagen será también la que permanecerá más tiempo en su memoria.


El Costa Fortuna continúa su navegación rumbo al Pireo, el gran puerto de Atenas, mientras Santorini termina por desvanecerse en el horizonte. Poco a poco, la vida a bordo recupera su ritmo habitual. El viajero vuelve a pasear por las cubiertas, contempla el mar interminable y se deja llevar por la agradable rutina del crucero.

Ahora toca descansar, disfrutar de las actividades que ofrece el barco y prepararse para la siguiente escala. Y también, por qué no reconocerlo, entregarse a uno de los placeres cotidianos del viaje: la buena mesa.

Las cenas en el restaurante Michelangelo se han convertido ya en un ritual esperado, un momento para saborear la gastronomía, comentar las experiencias del día y dejar que la noche caiga lentamente sobre el Mediterráneo. 

Mañana aguarda Atenas, la ciudad donde nació buena parte del pensamiento que todavía sostiene nuestra forma de entender el mundo.

domingo, 2 de agosto de 2026

Islas griegas: Rodas

El viajero abandona Heraclión, la capital de Creta, con la sensación de haber permanecido en una especie de limbo que no llegó a comprender del todo. 


Serán cosas del viajero, que a veces se adentra en dimensiones apenas perceptibles. Como acostumbra, se detiene a pensar en lo vivido, en lo sentido. No tardan en aflorar las primeras reflexiones. Entre todas ellas aparece el tiempo, la sangre de quien esto escribe y, supone, también la de cualquier ser humano que pisa la tierra. Pisarla cobra un significado especial cuando uno está rodeado de agua, aunque por fortuna no le llegue al cuello; que eso ya sería otro cantar.

El Costa Fortuna continúa avanzando con su cadencia serena sobre el mar. El viajero sabe que, tarde o temprano, llegará a Rodas, una isla que, según ha leído, condensa el alma de Grecia en un solo lugar, desde la huella de la Antigüedad clásica hasta la impronta medieval, pasando por playas de postal y una gastronomía que ha sabido digerir siglos de influencias sin renunciar a su identidad griega. 


Frente a la proa se abre un horizonte que el propio mar parece curvar. En cuanto oye hablar de Rodas, al viajero se le enciende el Coloso. De inmediato recuerda la lectura de El coloso de Marusi, de Henry Miller https://cuenya.blogspot.com/2009/07/miller-y-el-coloso-de-marusi.html, uno de sus libros de cabecera, que le descubrió una Grecia esencial, luminosa, donde la luz parecía explicar mejor el mundo que cualquier tratado de historia. La luz aquí no es luz solar, sino una sustancia espiritual que lo impregna todo. 


Desde entonces el viajero comprendió que hay libros, como el de Henry Miller, que se acaban habitando. Gracias a aquellas páginas sintió la luz de Grecia en todo su esplendor y descubrió una especial predilección por los libros que invitan a viajar, que recorren la Tierra de un extremo a otro e incluso se aventuran hacia confines desconocidos. El universo sigue siendo un gran misterio, aunque eso no obligue a recurrir a dioses ni a diosas para explicarlo, como hacían los griegos de la Antigüedad cuando interpretaban el mundo a través de la mitología. 


Aunque el tiempo haya borrado el Coloso y lo haya dejado a merced de la imaginación, sigue erguido en ese territorio donde el mito se encuentra con el logos y se transforma en pensamiento, y acaso por ello mismo, en placer. Su ausencia adquiere una fuerza singular, la de esas grandes obras que, al desaparecer, adquieren para siempre la dimensión de la leyenda. Su presencia apenas duró unas décadas, menos de las que hoy cuenta el viajero, pero bastó para que su sombra se proyectara eternamente en la imaginación del mundo. 

Rodas se muestra al viajero como un escenario cinematográfico que le hace rememorar El coloso de Rodas, de Sergio Leone, aunque los exteriores de esta película se rodaron, curiosamente, en varias localizaciones de España. Rodas posee también una dimensión literaria, pues Lawrence Durrell, amigo de Henry Miller, ambientó en la isla algunas de sus obras.

La capital de la isla, rodeada por una de las murallas medievales mejor conservadas del mundo y declarada Patrimonio de la Humanidad, cautiva desde el primer instante. Sus murallas, sus puertas y sus callejuelas evocan otras ciudades fortificadas. Por un instante, el viajero cree encontrarse en Ávila. https://cuenya.blogspot.com/2026/04/avila-mistica-un-universo-entero.html Pero basta una mirada al mar para recordar que está en Rodas. 
Rodas es una ciudadela abierta al mar, donde la arquitectura gótica convive con las huellas otomanas. Rodas es, en realidad, testigo del paso de grandes civilizaciones —la minoica, la griega, la romana y la otomana—. En el puerto, además del lugar donde la tradición sitúa al legendario Coloso, destacan los históricos molinos de viento del muelle de Mandraki, magníficamente conservados, cuya silueta el viajero ya había reconocido en Mykonos como una de las estampas más características de las islas griegas. El Palacio del Gran Maestre, la empedrada calle de los Caballeros, el antiguo barrio judío y, sobre todo, las murallas dibujan una ciudad de una belleza moldeada por siglos de historia.


El templo de Apolo
Caminar por Rodas es hacerlo por una isla bendecida por Helios, donde el mar acaricia las piedras medievales y el aire huele a eternidadEn Rodas se camina por una frontera donde el mito y la historia dejan de oponerse para avanzar juntos.

Quizá sea esa la verdadera esencia de Grecia: un lugar donde la memoria nunca desaparece, porque incluso aquello que ya no existe, como el Coloso, continúa iluminando el viaje.

A quien disfruta de caminar —en el sentido más amplio del término— le apetece acercarse a la Acrópolis de Rodas, que se alza sobre una colina con vistas a la ciudad y al mar. Sabe que se encuentra algo alejada del centro; no tanto, la verdad, pero el calor aprieta y la caminata, si no hay sombra a lo largo del camino, puede resultar complicada. Por fortuna, está de suerte y el trayecto hasta la Acrópolis no se le hace pesado, porque logra guarecerse en algunos tramos bajo la sombra que procura la arboleda, la arboleda perdida, por decirlo a lo Alberti.



Lástima que el templo de Apolo se encuentre en restauración, pues ello resta belleza al conjunto o, al menos, impide apreciar todo cuanto el monumento puede ofrecer. En cambio, bajo un sol casi insoportable, el viajero recorre el antiguo estadio y el auditorio del teatro griego, donde el tiempo parece conservar todavía el eco de las voces que un día resonaron entre aquellas piedras. 

La Acrópolis de Rodas le devuelve a la memoria los templos de Agrigento, en Sicilia. https://cuenya.blogspot.com/2017/04/agrigento.html Aun así, mientras desciende de la Acrópolis, el viajero comprende que Rodas no necesita competir con Agrigento ni con ninguna otra memoria del Mediterráneo. 

Desde la Acrópolis

Cada lugar guarda una manera distinta de entender Grecia. En Rodas, esa Grecia se resume en un diálogo incesante entre la piedra y el mar, entre la historia y la leyenda, entre lo que permanece en pie y aquello que sólo sigue existiendo en la imaginación. 

El Costa Fortuna en el puerto de Rodas

El viajero abandona la isla con la sensación de haber recorrido un lugar donde el pasado sigue latiendo entre murallas, puertos y callejuelas, y con la ilusión de poner rumbo a Santorini, la siguiente etapa de un viaje que promete nuevos paisajes y emociones.

viernes, 31 de julio de 2026

Islas griegas: Creta


Puerto de Heraclión

El viajero, como un Odiseo que hubiera cambiado los mares de la leyenda por las rutas de un crucero moderno, continúa su periplo por las islas griegas. 

Mykonos ya queda atrás, desvaneciéndose en la estela del Costa Fortuna, mientras el barco avanza hacia Creta, la isla del Minotauro y de los laberintos borgianos. 

El viajero, entusiasta de los relatos y de las microficciones, recuerda la reescritura que Borges hace en La casa de Asterión del antiguo mito del Minotauro de Creta. Un relato que, en el fondo, invita a reflexionar sobre la condición humana, la soledad y los límites entre el monstruo y el hombre

"Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar... La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo... Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo", relata Borges.https://ciudadseva.com/texto/la-casa-de-asterion/

Creta no es para el viajero solamente un punto en el mapa ni un mito remoto. Antes de verla, ya la había habitado en la memoria. La asocia a una muchacha que conoció en París en los años noventa, en aquella época en la que la ciudad parecía un lugar donde todas las vidas posibles podían encontrarse por azar: en una calle, en un café, en una conversación nocturna, incluso en lo alto de Notre Dame. Ella era cretense, o eso cree recordar el viajero. 

Hristodoulaki. Ese era su apellido. Un nombre que vuelve ahora, después de tantos años, impulsado por el rumor del mar. Tal vez la memoria haya conservado una imagen verdadera; tal vez haya añadido sus propios colores, como hace siempre con las historias que el tiempo transforma en leyendas.

Mientras el Costa Fortuna se acerca a la isla, el viajero siente que no navega solamente hacia un puerto, sino hacia una región más profunda de sí mismo. Cada ola parece traer una palabra olvidada; cada destello sobre el agua devuelve fragmentos de una conversación perdida en algún café o apartamento parisino donde quizá aquella joven cretense le habló de su isla, de un mar que para ella no era solamente paisaje, sino una forma de pertenecer al mundo. 

Quizá el recuerdo de Hristodoulaki no sea sino otra forma del laberinto. Como Asterión en el relato de Borges, todos habitamos nuestros propios laberintos y construimos pasillos de recuerdos, encuentros y ausencias. A veces creemos buscar a alguien del pasado cuando, en realidad, andamos tras la versión de nosotros mismos que existía junto a esa persona. En el fondo, siempre estamos viajando hacia nuestro propio interior.

Creta aparece finalmente en el horizonte. El Costa Fortuna se aproxima a la isla del Minotauro, de la civilización minoica y de los mitos que han sobrevivido al paso de los siglos.

En realidad, el barco se acerca a Heraclión, cuyo nombre parece conservar un eco de Heracles. Es la capital de Creta, una ciudad donde el Mediterráneo se encuentra con las huellas de civilizaciones milenarias, en especial con el legado de la civilización minoica. 

El viajero mira la costa y piensa que quizá todos los viajes son regresos disfrazados. Que los lugares que visitamos por primera vez ya nos habían visitado antes en forma de relatos, nombres o rostros. Y que, entre el mito de Asterión y el recuerdo de aquella muchacha de París, Creta, además de una isla, bien podría ser un laberinto en el que perderse podría significar encontrarse.

El viajero abandona el Costa Fortuna, ese espacio de confort y aparente paraíso, para lanzarse a la aventura por las calles de Heraclión. La temperatura es sofocante. Desde el primer momento siente que la visita a la capital cretense no será sencilla. La luz del sol es intensa y apenas permite mantener los ojos abiertos.

Un autobús lo deja en las inmediaciones de la terminal del puerto. Tiene la impresión de que Heraclión es demasiado extensa para ser recorrida a pie. No obstante, se arma de valor y decide conquistar la ciudad por donde pueda, sin un rumbo demasiado preciso.

A lo lejos distingue, frente al mar, una fortaleza que atrae inmediatamente su atención. Camina hacia ella. Es la fortaleza veneciana de Koules, también conocida como Rocca al Mare, una construcción que parece seguir custodiando el puerto como lo hizo durante siglos. 

Entre los visitantes reconoce a la pareja de Toledo con su hija de veinte años, los mismos viajeros con los que ha coincidido en otras etapas del crucero. Allí está también la bella pasajera. Todos parecen sofocados por el calor, incluido el propio viajero. No da la impresión de que aquel sea un buen día para adentrarse en el laberinto urbano de Heraclión. Aunque, pensándolo bien, quizá sea precisamente esa la única ocasión que tiene. 

Porque si Creta es la tierra del Minotauro, de los palacios antiguos y de los caminos que se bifurcan en la memoria, no podía esperarse que la entrada al laberinto fuese cómoda.

Y, a decir verdad, no lo resulta. El recorrido por Heraclión deja al viajero con una sensación extraña, casi de indiferencia, algo poco habitual en él. Normalmente, cuando llega a un lugar nuevo, se siente estimulado por las calles desconocidas, por los rostros, por los pequeños detalles que convierten una ciudad en una historia que merece ser contada. Esta vez, sin embargo, la ciudad no termina de atraparlo en su maraña, en su dédalo.

Quizá fuera el calor, quizá el cansancio, quizá la distancia entre el mito esperado y el logos encontrado. Hay ciudades que nos reciben con una revelación y otras con un silencio. Heraclión parece pertenecer a estas últimas. 

iglesia de Agios Titos

Tal vez Creta sea, en esta ocasión, más poderosa como imaginación que como experiencia inmediata. Y el viajero se conforma con recorrerla desde la fantasía, con evocar la isla del Minotauro, la civilización minoica y ese palacio de Cnosos que desde hace años forma parte de su particular geografía literaria.

A pesar de la calorina, decide acercarse hasta allí en autobús. El palacio se encuentra alejado del centro de Heraclión y parece exigir un esfuerzo adicional, como si el acceso al antiguo laberinto tuviera que superar una serie de pruebas. Pero los hados, esos mismos que tantas veces decidieron el destino de héroes y navegantes en los relatos clásicos, parecen tener otros planes.

El viajero no consigue adentrarse en el recinto sagrado de Cnosos. La cola para adquirir la entrada le parece interminable, una auténtica procesión de visitantes bajo un sol inmisericorde. El calor también empieza a pesar demasiado. No quiere arriesgarse a una insolación que convierta la aventura cretense en una pequeña tragedia griega personal.

Más tarde se enterará, a través de una joven pareja madrileña del Costa Fortuna, de que la visita al palacio ha sido suspendida precisamente a causa de las altas temperaturas. Una noticia que, de algún modo, le concede una inesperada absolución. No era únicamente él quien había retrocedido ante el laberinto, incluso el propio lugar había decidido cerrar sus puertas. 

Así que Cnosos queda para otra ocasión, o quizá para siempre, como quedan tantos lugares que uno no llega a visitar pero que, de un modo paradójico, terminan habitando la imaginación con mayor fuerza que aquellos que sí recorremos. El viajero tendrá que construir su propio palacio minoico, su propio laberinto interior, con las piedras de la memoria, las lecturas de Borges y la certeza de que algunos viajes también están hechos de aquello que no pudo suceder.

De modo que, esta vez más que nunca, el viajero comprende que su recorrido no ha sido únicamente por las calles de Heraclión ni por los senderos que se bifurcan, por decirlo a lo Borges, que conducían a Cnosos, sino hacia el interior de sí mismo. Como los antiguos héroes, regresa con una enseñanza que solo cobrará sentido en el siguiente trayecto, al otro lado del horizonte.

Rodas.