Rumbo a un nuevo horizonte: Estambul
| Puente de los Dardanelos |
El Costa Fortuna, como un Rex de película, avanza por el estrecho de los Dardanelos, cuyo solo nombre despierta ya la imaginación del viajero y lo invita a fantasear con un mundo exótico, suspendido en otro tiempo. Piensa que los Dardanelos y Transilvania podrían estar emparentados porque ambos son nombres que evocan leyendas y alimentan los sueños.
Contempla fascinado el paso por el estrecho. Por momentos, tiene la sensación de navegar por un río más que por un brazo de mar, pues las orillas, la europea y la asiática, parecen tan cercanas que casi podría tocarlas con la mano.
El instante de mayor expectación llega cuando, a lo lejos, aparece, como una alucinación, el puente de los Dardanelos. A medida que el Costa Fortuna se aproxima, la emoción crece mientras se pregunta, por un instante, si un barco de semejantes dimensiones podrá atravesarlo. Es una duda fugaz, nacida únicamente de la impresión que provoca la magnitud de la estructura, pues resulta evidente que el puente fue concebido para permitir el paso de las grandes embarcaciones.
| Mezquita Azul |
El puente de los Dardanelos impresiona por su inmensidad. Supone que esa misma admiración la comparten los demás pasajeros, muchos de los cuales se agolpan en la proa para contemplar, asombrados, la colosal obra de ingeniería.
Entre los pasajeros distingue rostros de muy distintos lugares, entre ellos una pareja de Toledo que viaja con su hija, así como a una bella pasajera del verde Poniente español, con su exotismo moruno, que disfrutan de esta travesía rumbo a Estambul, donde el Costa Fortuna tiene prevista su llegada hacia las siete y media de la mañana.
Aún quedan varias horas de navegación. Mientras navega, cree percibir el aroma de las especias del Gran Bazar y sentir la llamada de Estambul, la gran capital histórica y cultural de Turquía, donde Oriente y Occidente se encuentran desde hace siglos.
Curioso por naturaleza, busca información sobre el estrecho y el puente de los Dardanelos. Descubre que el estrecho constituye uno de los pasos marítimos más estratégicos del mundo, conocido por sus fuertes corrientes y su intenso tráfico naval. Por sus aguas navegaron en la Antigüedad Alejandro Magno y, siglos después, el poeta Lord Byron. Une el mar Egeo con el mar de Mármara y separa Europa y Asia en territorio turco. Conocido en turco como Çanakkale Boğazı y en la Grecia clásica como Helesponto, el estrecho, de unos sesenta kilómetros de longitud, apenas alcanza un kilómetro de anchura en algunos puntos. No extraña que desde cubierta parezca un río.
Por su parte, el puente de los Dardanelos, oficialmente denominado Çanakkale 1915, ostenta el mayor vano central del mundo entre los puentes colgantes.
Mientras el Costa Fortuna continúa su avance por el estrecho, la tripulación ofrece a los pasajeros un espectáculo de derviches. No en vano el viajero recuerda con nitidez la ceremonia a la que asistió años atrás, durante su segunda visita a Estambul, cuando quedó extasiado contemplándolos girar como peonzas al ritmo de la música sufí. En esta ocasión la emoción es distinta, pues el espectáculo carece de la solemnidad y el virtuosismo de aquel recuerdo; aun así, siente en sus entrañas la misma cadencia hipnótica de la danza giróvaga, como si el movimiento circular de los derviches acompañara el lento discurrir del barco entre dos continentes.
Además de este espectáculo, el Costa Fortuna ofrece a sus pasajeros muchas otras actividades y representaciones, pues el crucero está concebido para que el entretenimiento sea constante y nadie deje de encontrar un aliciente. Cuando cae la tarde, la temperatura sigue siendo elevada en cubierta; sin embargo, a medida que avanza la noche, el calor da una tregua y la brisa marina refresca de forma agradable el ambiente.
A estas alturas, lo mejor será disfrutar de un buen descanso en el camarote, tan confortable que invita al sueño, para despertar con las primeras panorámicas de Estambul. Y el deseo se cumple. Al amanecer contempla unas vistas extraordinarias de cúpulas y minaretes desde el Costa Fortuna, ya atracado en el Galataport, prácticamente en pleno centro de Estambul. Una ubicación privilegiada que supone un auténtico lujo para todos los pasajeros, pues les permite comenzar la visita a una de las ciudades más fascinantes del mundo apenas ponen pie en tierra.
Galataport, que el viajero no recordaba de sus anteriores visitas, es un puerto de cruceros conocido por albergar la primera terminal subterránea de cruceros del mundo. Está ubicado en el barrio de Karaköy, relativamente céntrico, a unos veinte minutos a pie del icónico puente de Gálata, que cruza el Cuerno de Oro y conecta los distritos de Eminönü y Beyoğlu.| Yeni Camii y puente de Gálata |
Consciente de que apenas dispone de tiempo en Estambul, trata de empaparse de cada instante con todos los sentidos. Se deja llevar, se abandona al ritmo de la ciudad, como si él mismo fuera un barco que navegara entre la tierra y el mar. Camina, contempla, escucha el rumor incesante de las calles, siente un calor que todavía no abrasa porque aún es temprano, aunque ya humedece la piel con un sudor al que no está acostumbrado quien ha nacido lejos de la costa, en la seca tierra del interior.
| Süleymaniye |
| Mezquita Azul |
Quien disponga de tiempo haría bien en demorarse allí, dejándose envolver por el bullicio, por el olor del mar y por unas vistas que resumen buena parte del alma de Estambul. Pero el viajero no puede permitirse ese lujo. Lo sabía desde que comenzó el viaje. Así que reemprende la marcha en dirección a la plaza de Sultanahmet, aunque el trazado caprichoso de las calles termina conduciéndolo hasta la mezquita de Süleymaniye. Y el desvío resulta ser un regalo.
Su inmensa cúpula, los mausoleos, los patios silenciosos y los jardines convierten el conjunto en una de las grandes joyas de la ciudad. Desde allí, además, se despliega una panorámica difícil de olvidar, con el Cuerno de Oro serpenteando entre las colinas y una Estambul interminable, vertical y desbordante, que por momentos recuerda a un Nueva York oriental. Qué hermoso es el Cuerno de Oro.
| Santa Sofía |
Las mezquitas constituyen el verdadero rostro de Estambul. Son miles —más de tres mil— las que salpican la ciudad, marcando el horizonte con sus cúpulas y minaretes. Entre ellas sobresalen la Nueva (Yeni Camii) y la magnífica Süleymaniye, pero también las dos grandes protagonistas del imaginario de cualquier visitante: la mezquita Azul (Sultanahmet Camii) y Santa Sofía (Ayasofya Camii), hacia las que el viajero se dirige después de haber alcanzado Süleymaniye por callejuelas apenas frecuentadas por el turismo.
Es domingo. Y Estambul, una ciudad que casi siempre parece vivir en un movimiento perpetuo, ofrece una imagen insólita. Durante unos instantes da la impresión de dormitar, como la heroica ciudad de Vetusta. La comparación resulta tan inesperada que al propio viajero le arranca una sonrisa.
Entonces pone rumbo al Gran Bazar, aun sabiendo que lo encontrará cerrado. Los lugareños se lo repiten una y otra vez: es domingo, con lo cual no merece la pena acercarse. Pero él quiere verlo aunque sea por fuera. Le basta con recorrer sus alrededores, dejarse envolver por las calles que desembocan en sus puertas. Qué remedio. En realidad, tampoco siente la necesidad de adentrarse de nuevo en el laberinto del bazar. Ya lo hizo en anteriores visitas y, aunque reconoce su importancia, nunca ha sido el lugar de Estambul que más lo ha cautivado. Desde allí continúa el camino hacia Sultanahmet, el corazón monumental de la ciudad. Allí se alzan la mezquita Azul, llamada así por los miles de azulejos que revisten su interior, y Santa Sofía, nacida como catedral bizantina antes de convertirse, siglos después, en mezquita.
La imagen de Santa Sofía resulta algo decepcionante porque los trabajos de restauración desdibujan parte de su silueta e impiden contemplarla como la recordaba. La mezquita Azul, en cambio, conserva intacta su capacidad de asombro. Sus seis minaretes dominan el perfil del barrio y, pese a la multitud que llena su interior, continúa transmitiendo una serenidad difícil de explicar. Afuera, sin embargo, el calor ya empieza a hacerse notar. Decide buscar una sombra y algo con lo que refrescarse.
| Topkapi |
Muy cerca se levanta otro de los grandes símbolos del esplendor otomano: el palacio de Topkapi, asentado sobre el promontorio de Sarayburnu, en un enclave privilegiado desde el que domina el Cuerno de Oro, el Bósforo y el mar de Mármara. Basta contemplarlo desde fuera para comprender la importancia estratégica de aquel lugar y el inmenso poder que llegó a concentrar.
La visión del palacio despierta recuerdos cinematográficos. Por una de esas asociaciones caprichosas de la memoria, surge en la mente del viajero, que es un cinéfilo, la película Amarcord, con la fantasiosa secuencia del Gran Hotel, cuya atmósfera voluptuosa termina por confundirse en su imaginación con el universo de los harenes orientales. También recuerda Topkapi, aquella película de los años sesenta ambientada en Estambul, y, por un instante, el edificio adquiere el aire legendario de los grandes escenarios de ficción. Sin embargo, las interminables colas que serpentean junto a la entrada de los jardines acaban por disuadirlo. No será esta vez cuando cruce sus puertas. Se conforma con contemplarlo desde el exterior, imaginando los patios, los salones y los jardines donde durante siglos transcurrió la vida de los sultanes, un escenario que parece surgido de un cuento de Las mil y una noches.
| Desde Galtaport |
El tiempo vuela. Con el corazón puesto en la bella pasajera del verde Poniente español, desea que aquel instante no termine nunca. Una estampa suspendida entre Occidente y Oriente, sobre las aguas del Bósforo, donde dos continentes parecen contemplarse frente a frente. Decide entonces hacer un alto en el camino Decide en ese momento hacer un alto en el camino y sentarse a saborear un café turco, como si en aquella pequeña taza se concentrara toda la esencia de Estambul.
Durante unos minutos el tiempo parece detenerse y la ciudad abrazarlo con todos los sentidos. Porque Estambul, a caballo entre la tradición y la modernidad, es un festín para quien sabe disfrutar de los colores, los aromas, las delicias turcas, las montañas de especias y el perfume inconfundible del café recién preparado en la terraza de un pequeño café con encanto.
La joven que le sirve el café lo atiende con amabilidad, aunque en su mirada el viajero adivina un leve poso de melancolía, una saudade que, quizá por asociación, le parece portuguesa.
Precisamente las especias ocupan ahora sus pensamientos. Pone rumbo al Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias, junto a la Yeni Camii. Allí, la bella pasajera fotografía discretamente a los fieles mientras realizan las abluciones y, ya en el interior de la mezquita, inmortaliza la cadencia del rezo musulmán.
El Bazar de las Especias es una embriaguez de aromas. Los efluvios del azafrán, la canela, el comino, el café o los frutos secos, entre otros, envuelven al viajero en un estado de fascinación casi hipnótica, como si, por un instante, flotara ingrávido, semejante a un derviche entregado a su danza.
Todavía queda camino hasta Galataport. Con ganas de prolongar un poco más la despedida, el viajero asciende una vez más hasta los pies de la torre de Gálata, la vieja torre genovesa. En esta ocasión no subirá a la terraza desde la que la ciudad se ofrece en toda su inmensidad. El calor, acentuado por la humedad, resulta ya casi insoportable y obliga a hacer una nueva pausa. Más que un té frío, el cuerpo le pide un zumo de naranja y granada.
El recorrido por Estambul toca a su fin. Todo viaje termina, también este. Y el viajero descubre que ya siente nostalgia antes incluso de haber abandonado la ciudad. Una nostalgia semejante a la que creyó adivinar en la mirada de la joven que le sirvió el café turco. Mientras regresa hacia Galataport, vuelve la vista una última vez. Estambul queda atrás, pero sabe que no se marcha del todo. Algunas ciudades no terminan cuando uno las abandona. Permanecen viviendo en la memoria emocional, esperando con paciencia el día del regreso. Por fortuna, le esperan algunas islas griegas como Mykonos, Creta, Rodas y Santorini, a las que pondrá rumbo en el próximo capítulo.
