Vistas de página en total

viernes, 31 de julio de 2026

Islas griegas: Creta


Puerto de Heraclión

El viajero, como un Odiseo que hubiera cambiado los mares de la leyenda por las rutas de un crucero moderno, continúa su periplo por las islas griegas. 

Mykonos ya queda atrás, desvaneciéndose en la estela del Costa Fortuna, mientras el barco avanza hacia Creta, la isla del Minotauro y de los laberintos borgianos. 

El viajero, entusiasta de los relatos y de las microficciones, recuerda la reescritura que Borges hace en La casa de Asterión del antiguo mito del Minotauro de Creta. Un relato que, en el fondo, invita a reflexionar sobre la condición humana, la soledad y los límites entre el monstruo y el hombre

"Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar... La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo... Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo", relata Borges.https://ciudadseva.com/texto/la-casa-de-asterion/

Creta no es para el viajero solamente un punto en el mapa ni un mito remoto. Antes de verla, ya la había habitado en la memoria. La asocia a una muchacha que conoció en París en los años noventa, en aquella época en la que la ciudad parecía un lugar donde todas las vidas posibles podían encontrarse por azar: en una calle, en un café, en una conversación nocturna, incluso en lo alto de Notre Dame. Ella era cretense, o eso cree recordar el viajero. 

Hristodoulaki. Ese era su apellido. Un nombre que vuelve ahora, después de tantos años, impulsado por el rumor del mar. Tal vez la memoria haya conservado una imagen verdadera; tal vez haya añadido sus propios colores, como hace siempre con las historias que el tiempo transforma en leyendas.

Mientras el Costa Fortuna se acerca a la isla, el viajero siente que no navega solamente hacia un puerto, sino hacia una región más profunda de sí mismo. Cada ola parece traer una palabra olvidada; cada destello sobre el agua devuelve fragmentos de una conversación perdida en algún café o apartamento parisino donde quizá aquella joven cretense le habló de su isla, de un mar que para ella no era solamente paisaje, sino una forma de pertenecer al mundo. 

Quizá el recuerdo de Hristodoulaki no sea sino otra forma del laberinto. Como Asterión en el relato de Borges, todos habitamos nuestros propios laberintos y construimos pasillos de recuerdos, encuentros y ausencias. A veces creemos buscar a alguien del pasado cuando, en realidad, andamos tras la versión de nosotros mismos que existía junto a esa persona. En el fondo, siempre estamos viajando hacia nuestro propio interior.

Creta aparece finalmente en el horizonte. El Costa Fortuna se aproxima a la isla del Minotauro, de la civilización minoica y de los mitos que han sobrevivido al paso de los siglos.

En realidad, el barco se acerca a Heraclión, cuyo nombre parece conservar un eco de Heracles. Es la capital de Creta, una ciudad donde el Mediterráneo se encuentra con las huellas de civilizaciones milenarias, en especial con el legado de la civilización minoica. 

El viajero mira la costa y piensa que quizá todos los viajes son regresos disfrazados. Que los lugares que visitamos por primera vez ya nos habían visitado antes en forma de relatos, nombres o rostros. Y que, entre el mito de Asterión y el recuerdo de aquella muchacha de París, Creta, además de una isla, bien podría ser un laberinto en el que perderse podría significar encontrarse.

El viajero abandona el Costa Fortuna, ese espacio de confort y aparente paraíso, para lanzarse a la aventura por las calles de Heraclión. La temperatura es sofocante. Desde el primer momento siente que la visita a la capital cretense no será sencilla. La luz del sol es intensa y apenas permite mantener los ojos abiertos.

Un autobús lo deja en las inmediaciones de la terminal del puerto. Tiene la impresión de que Heraclión es demasiado extensa para ser recorrida a pie. No obstante, se arma de valor y decide conquistar la ciudad por donde pueda, sin un rumbo demasiado preciso.

A lo lejos distingue, frente al mar, una fortaleza que atrae inmediatamente su atención. Camina hacia ella. Es la fortaleza veneciana de Koules, también conocida como Rocca al Mare, una construcción que parece seguir custodiando el puerto como lo hizo durante siglos. 

Entre los visitantes reconoce a la pareja de Toledo con su hija de veinte años, los mismos viajeros con los que ha coincidido en otras etapas del crucero. Allí está también la bella pasajera. Todos parecen sofocados por el calor, incluido el propio viajero. No da la impresión de que aquel sea un buen día para adentrarse en el laberinto urbano de Heraclión. Aunque, pensándolo bien, quizá sea precisamente esa la única ocasión que tiene. 

Porque si Creta es la tierra del Minotauro, de los palacios antiguos y de los caminos que se bifurcan en la memoria, no podía esperarse que la entrada al laberinto fuese cómoda.

Y, a decir verdad, no lo resulta. El recorrido por Heraclión deja al viajero con una sensación extraña, casi de indiferencia, algo poco habitual en él. Normalmente, cuando llega a un lugar nuevo, se siente estimulado por las calles desconocidas, por los rostros, por los pequeños detalles que convierten una ciudad en una historia que merece ser contada. Esta vez, sin embargo, la ciudad no termina de atraparlo en su maraña, en su dédalo.

Quizá fuera el calor, quizá el cansancio, quizá la distancia entre el mito esperado y el logos encontrado. Hay ciudades que nos reciben con una revelación y otras con un silencio. Heraclión parece pertenecer a estas últimas. 

iglesia de Agios Titos

Tal vez Creta sea, en esta ocasión, más poderosa como imaginación que como experiencia inmediata. Y el viajero se conforma con recorrerla desde la fantasía, con evocar la isla del Minotauro, la civilización minoica y ese palacio de Cnosos que desde hace años forma parte de su particular geografía literaria.

A pesar de la calorina, decide acercarse hasta allí en autobús. El palacio se encuentra alejado del centro de Heraclión y parece exigir un esfuerzo adicional, como si el acceso al antiguo laberinto tuviera que superar una serie de pruebas. Pero los hados, esos mismos que tantas veces decidieron el destino de héroes y navegantes en los relatos clásicos, parecen tener otros planes.

El viajero no consigue adentrarse en el recinto sagrado de Cnosos. La cola para adquirir la entrada le parece interminable, una auténtica procesión de visitantes bajo un sol inmisericorde. El calor también empieza a pesar demasiado. No quiere arriesgarse a una insolación que convierta la aventura cretense en una pequeña tragedia griega personal.

Más tarde se enterará, a través de una joven pareja madrileña del Costa Fortuna, de que la visita al palacio ha sido suspendida precisamente a causa de las altas temperaturas. Una noticia que, de algún modo, le concede una inesperada absolución. No era únicamente él quien había retrocedido ante el laberinto, incluso el propio lugar había decidido cerrar sus puertas. 

Así que Cnosos queda para otra ocasión, o quizá para siempre, como quedan tantos lugares que uno no llega a visitar pero que, de un modo paradójico, terminan habitando la imaginación con mayor fuerza que aquellos que sí recorremos. El viajero tendrá que construir su propio palacio minoico, su propio laberinto interior, con las piedras de la memoria, las lecturas de Borges y la certeza de que algunos viajes también están hechos de aquello que no pudo suceder.

De modo que, esta vez más que nunca, el viajero comprende que su recorrido no ha sido únicamente por las calles de Heraclión ni por los senderos que se bifurcan, por decirlo a lo Borges, que conducían a Cnosos, sino hacia el interior de sí mismo. Como los antiguos héroes, regresa con una enseñanza que solo cobrará sentido en el siguiente trayecto, al otro lado del horizonte.

Rodas.

Islas griegas: Mykonos



Después de la visita a Estambul, el viajero regresa al Costa Fortuna con una mezcla de nostalgia y la sensación de haber vivido un sueño, un lugar donde el espacio parecía desparramarse y el tiempo quedaba suspendido, como suspendidas permanecen Europa y Asia a su paso por la ciudad turca.


En el teatro Rex del barco —curiosamente se llama Rex, igual que el transatlántico de la película Amarcord; ¿será una coincidencia?— el espectáculo está asegurado, y el viajero se deja llevar. Procura disfrutar de todo cuanto la vida le ofrece. Si hemos de ser conscientes del paso inexorable del tiempo, piensa, también debemos abrazar el carpe diem, aun sabiendo que el tempus fugit nunca concede tregua. 

Mientras tanto, el Costa Fortuna continúa surcando el mar en busca de la isla griega de Mykonos. Embebido en sus pensamientos y en las historias que va atesorando, el viajero apenas percibe las vibraciones del barco; y, cuando las percibe, le resultan extrañamente placenteras. El rumor constante de los motores y el balanceo acompasado del casco terminan por confundirse con el latido de sus propias cavilaciones. El mar, inmenso e indiferente, parece marcar un tiempo distinto, ajeno a la prisa cotidiana, un tiempo que no se mide por relojes ni calendarios, sino por amaneceres, horizontes y travesías.

Por momentos, también piensa en el Titanic, aunque no lo hace desde una perspectiva catastrófica, sino con una serenidad casi melancólica, como si, de pronto, retrocediera a otra época, a un tiempo quizá menos apresurado que el actual, en el que los seres humanos vivían con una percepción diferente del viaje y de la espera. Entonces navegar no consistía únicamente en llegar a un destino, sino en habitar el trayecto. Quizá por eso el viajero siente que el crucero le está enseñando una lección que va más allá de los lugares visitados, que el tiempo no siempre es un enemigo al que vencer, sino un compañero al que conviene escuchar cuando el mar invita al silencio. 


Mientras el Costa Fortuna avanza hacia Mykonos, comprende que viajar no consiste solo en desplazarse de un puerto a otro, sino en permitir que cada milla recorrida transforme, aunque sea de manera imperceptible, el modo de ser y estar de quien la recorre. Tal vez esa sea la verdadera travesía: descubrir que, por unas horas o unos días, el mar consigue reconciliar al ser humano con el tiempo, devolviéndole el raro privilegio de vivir el presente sin sentir la urgencia del instante siguiente. 


Al viajero le gusta reflexionar sobre el paso del tiempo y sobre la vida. Está convencido de que el verdadero viaje no reside únicamente en el destino, sino en el propio camino, en las vivencias, las sensaciones y las emociones que van jalonando cada etapa. Por eso recibe con agrado cuanto va surgiendo a lo largo de la travesía. 

En esta ocasión apenas ha leído sobre las islas griegas que está a punto de visitar. Lo ha hecho deliberadamente. Prefiere conservar intacta la capacidad de asombro, contemplar cada lugar como quien lo descubre por primera vez. Antes de desembarcar, asiste a una charla que Pablo ofrece a los pasajeros. Sus explicaciones resultan amenas e instructivas y despiertan aún más su curiosidad por conocer aquella isla de la luz y de los vientos. 



La llegada a Mykonos tiene un aire cinematográfico. El Costa Fortuna permanece fondeado, inmóvil sobre el azul del mar, mientras las pequeñas lanchas acercan lentamente a los pasajeros a la isla. El viajero tiene la impresión de que los grandes barcos no llegan nunca del todo a ciertos lugares. Es necesario completar el último tramo casi con humildad, como quien pide permiso para entrar. Ya desde la lancha, Mykonos aparece como una mancha blanca suspendida entre el azul del cielo y el del Egeo, una visión que parece más soñada que real. Según la mitología griega, recibió su nombre de Mykono, hijo de Apolo.


Cuenta también la leyenda que Heracles dio muerte allí a unos gigantes cuyos cuerpos, convertidos en piedra, dieron origen a las rocas de la isla. 
Lo primero que cautiva al viajero son los célebres molinos de viento, que inevitablemente le recuerdan a los de Campo de Criptana y, con ellos, a aquellos gigantes con aspas de El Quijote, por los que siente una profunda devoción. Después descubre Alefkándra, la conocida Pequeña Venecia, donde las fachadas de colores y los balcones parecen asomarse directamente al mar, como si las casas hubieran decidido enraizarse en el agua. Cafés, restaurantes y terrazas animan el paseo e invitan a detenerse para contemplar la vida que discurre con lentitud frente al Egeo.


Las pequeñas iglesias ortodoxas, de paredes encaladas y cúpulas luminosas, salpican el paisaje con la misma naturalidad que las buganvillas o las barcas de los pescadores. Pero Petros no aparece. Quizá esté descansando o, simplemente, haya decidido no dejarse ver ese día. Aquel célebre pelícano del que Pablo había hablado durante la charla informativa se convirtió hace décadas en uno de los símbolos más queridos de la isla, y al viajero le habría gustado cruzarse con él. 

La ausencia de Petros despierta en la memoria del viajero el recuerdo de otros encuentros con animales que, con el tiempo, han acabado formando parte del alma de ciertos lugares. Piensa entonces en el célebre cochino de La Alberca, que durante años recorrió con absoluta libertad las calles de aquella hermosa villa salmantina, despertando la simpatía de vecinos y visitantes hasta convertirse en uno de sus símbolos más entrañables.

Y, hablando de animales, son innumerables los gatos que aparecen por todas partes. Dormitan plácidamente en los umbrales de las casas, se estiran sobre los escalones encalados o buscan la sombra allí donde la piedra conserva todavía algo de frescor. Permanecen ajenos al constante ir y venir de los visitantes que recorren las callejuelas, como si el bullicio no fuera con ellos.

El viajero, que siente una especial predilección por estos felinos, no puede resistirse a acercarse para acariciarlos. Ellos apenas alteran su reposo. Se dejan tocar como si reconocieran en las manos del viajero un gesto familiar, o como si el tacto y el olor de quien ama a los gatos les inspiraran una profunda sensación de confianza.

Al viajero le gusta que los viajes también estén hechos de estas pequeñas historias, de personajes anónimos —humanos o animales— que terminan formando parte del alma de un lugar mucho más que algunos de sus monumentos. 

Mientras pasea por Mykonos siente una agradable serenidad. Piensa que bien podría pasar allí una temporada, leyendo, escribiendo y dejándose llevar por el ritmo pausado de los días. Tal vez sea ese el lugar propicio para alcanzar la ataraxia de la que hablaban estoicos y epicúreos, esa serenidad del ánimo que parece surgir cuando la prisa deja de dictar las horas.

Las casas blancas, inundadas por la luz del sol, condensan la esencia más pura de las Cícladas, mientras el laberinto de callejuelas invita a perderse sin rumbo fijo. Los molinos de viento, otro de los grandes atractivos de la isla, evocan el pasado marinero y comercial de Mykonos, cuando el viento marcaba el ritmo de la vida cotidiana. Hoy sigue siendo la brisa quien acompaña al viajero, envolviéndolo con el aroma salino del Egeo y recordándole que existen lugares cuya belleza parece alimentarse únicamente de la luz, del mar y del silencio.

Contemplando el resplandor de las fachadas blancas recortadas sobre el intenso azul del cielo y del mar, el viajero no puede evitar recordar Sidi Bou Saïd, en Túnez https://cuenya.blogspot.com/2022/01/la-belleza-luminosa-y-marina-de-sidi.html, y también Port Lligat, la tierra de Dalí. https://cuenya.blogspot.com/2019/08/cadaques-y-portlligat.html


También allí la arquitectura parece dialogar con la luz mediterránea, componiendo un paisaje donde el blanco y el azul alcanzan una armonía casi perfecta. Le gusta comprobar cómo unos lugares conducen inevitablemente a otros, como si el viaje nunca terminara de verdad y cada nuevo paisaje despertara la memoria de otro ya vivido. Acaso viajar consista también en descubrir que los lugares no permanecen aislados en la memoria, sino que dialogan entre sí, iluminándose unos a otros.


jueves, 30 de julio de 2026

Desde el estrecho de los Dardanelos hasta Estambul

 Rumbo a un nuevo horizonte: Estambul

Puente de los Dardanelos


El Costa Fortuna, como un Rex de película, avanza por el estrecho de los Dardanelos, cuyo solo nombre despierta ya la imaginación del viajero y lo invita a fantasear con un mundo exótico, suspendido en otro tiempo. Piensa que los Dardanelos y Transilvania podrían estar emparentados porque ambos son nombres que evocan leyendas y alimentan los sueños.

Contempla fascinado el paso por el estrecho. Por momentos, tiene la sensación de navegar por un río más que por un brazo de mar, pues las orillas, la europea y la asiática, parecen tan cercanas que casi podría tocarlas con la mano. 


El instante de mayor expectación llega cuando, a lo lejos, aparece, como una alucinación, el puente de los Dardanelos. A medida que el Costa Fortuna se aproxima, la emoción crece mientras se pregunta, por un instante, si un barco de semejantes dimensiones podrá atravesarlo. Es una duda fugaz, nacida únicamente de la impresión que provoca la magnitud de la estructura, pues resulta evidente que el puente fue concebido para permitir el paso de las grandes embarcaciones. 
Mezquita Azul

El puente de los Dardanelos impresiona por su inmensidad. Supone que esa misma admiración la comparten los demás pasajeros, muchos de los cuales se agolpan en la proa para contemplar, asombrados, la colosal obra de ingeniería.

Entre los pasajeros distingue rostros de muy distintos lugares, entre ellos una pareja de Toledo que viaja con su hija, así como a una bella pasajera del verde Poniente español, con su exotismo moruno, que disfrutan de esta travesía rumbo a Estambul, donde el Costa Fortuna tiene prevista su llegada hacia las siete y media de la mañana. 


Aún quedan varias horas de navegación. Mientras navega, cree percibir el aroma de las especias del Gran Bazar y sentir la llamada de Estambul, la gran capital histórica y cultural de Turquía, donde Oriente y Occidente se encuentran desde hace siglos.

Curioso por naturaleza, busca información sobre el estrecho y el puente de los Dardanelos. Descubre que el estrecho constituye uno de los pasos marítimos más estratégicos del mundo, conocido por sus fuertes corrientes y su intenso tráfico naval. Por sus aguas navegaron en la Antigüedad Alejandro Magno y, siglos después, el poeta Lord Byron. Une el mar Egeo con el mar de Mármara y separa Europa y Asia en territorio turco. Conocido en turco como Çanakkale Boğazı y en la Grecia clásica como Helesponto, el estrecho, de unos sesenta kilómetros de longitud, apenas alcanza un kilómetro de anchura en algunos puntos. No extraña que desde cubierta parezca un río.

Por su parte, el puente de los Dardanelos, oficialmente denominado Çanakkale 1915, ostenta el mayor vano central del mundo entre los puentes colgantes. 

Mientras el Costa Fortuna continúa su avance por el estrecho, la tripulación ofrece a los pasajeros un espectáculo de derviches. No en vano el viajero recuerda con nitidez la ceremonia a la que asistió años atrás, durante su segunda visita a Estambul, cuando quedó extasiado contemplándolos girar como peonzas al ritmo de la música sufí. En esta ocasión la emoción es distinta, pues el espectáculo carece de la solemnidad y el virtuosismo de aquel recuerdo; aun así, siente en sus entrañas la misma cadencia hipnótica de la danza giróvaga, como si el movimiento circular de los derviches acompañara el lento discurrir del barco entre dos continentes. 


Además de este espectáculo, el Costa Fortuna ofrece a sus pasajeros muchas otras actividades y representaciones, pues el crucero está concebido para que el entretenimiento sea constante y nadie deje de encontrar un aliciente. Cuando cae la tarde, la temperatura sigue siendo elevada en cubierta; sin embargo, a medida que avanza la noche, el calor da una tregua y la brisa marina refresca de forma agradable el ambiente.

A estas alturas, lo mejor será disfrutar de un buen descanso en el camarote, tan confortable que invita al sueño, para despertar con las primeras panorámicas de Estambul. Y el deseo se cumple. Al amanecer contempla unas vistas extraordinarias de cúpulas y minaretes desde el Costa Fortuna, ya atracado en el Galataport, prácticamente en pleno centro de Estambul. Una ubicación privilegiada que supone un auténtico lujo para todos los pasajeros, pues les permite comenzar la visita a una de las ciudades más fascinantes del mundo apenas ponen pie en tierra.

Galataport, que el viajero no recordaba de sus anteriores visitas, es un puerto de cruceros conocido por albergar la primera terminal subterránea de cruceros del mundo. Está ubicado en el barrio de Karaköy, relativamente céntrico, a unos veinte minutos a pie del icónico puente de Gálata, que cruza el Cuerno de Oro y conecta los distritos de Eminönü y Beyoğlu. 


Yeni Camii y puente de Gálata
El viajero, que conserva en la memoria un mapa aproximado de Estambul —aunque se trate de una ciudad de dimensiones colosales—, se lanza a la calle en busca de aquellos lugares que tanto le impresionaron en sus anteriores visitas. Camina hacia el puente de Gálata, donde, como siempre, los característicos pescadores se asoman a la barandilla con la esperanza de llevar algún pez a la cesta. Mientras los observa, se pregunta si esos peces no estarán contaminados, dado que en esta zona atracan y fondean numerosos barcos. 


Consciente de que apenas dispone de tiempo en Estambul, trata de empaparse de cada instante con todos los sentidos. Se deja llevar, se abandona al ritmo de la ciudad, como si él mismo fuera un barco que navegara entre la tierra y el mar. Camina, contempla, escucha el rumor incesante de las calles, siente un calor que todavía no abrasa porque aún es temprano, aunque ya humedece la piel con un sudor al que no está acostumbrado quien ha nacido lejos de la costa, en la seca tierra del interior.

Süleymaniye

La mezquita Nueva (Yeni Camii), erguida junto al Cuerno de Oro, al sur del puente de Gálata, en el histórico barrio de Eminönü, aparece ante sus ojos con la naturalidad de las grandes obras, esas cuya belleza parece no necesitar presentación. Eminönü sigue siendo uno de sus rincones predilectos de la ciudad. Lo seduce el ir y venir de los puestos de pescado, la silueta de la torre de Gálata dominando la otra orilla y ese coro de voces de los tenderos que, con una musicalidad casi teatral, reclaman la atención de quienes pasan. 

Mezquita Azul


Quien disponga de tiempo haría bien en demorarse allí, dejándose envolver por el bullicio, por el olor del mar y por unas vistas que resumen buena parte del alma de Estambul. Pero el viajero no puede permitirse ese lujo. Lo sabía desde que comenzó el viaje. Así que reemprende la marcha en dirección a la plaza de Sultanahmet, aunque el trazado caprichoso de las calles termina conduciéndolo hasta la mezquita de Süleymaniye. Y el desvío resulta ser un regalo.

Su inmensa cúpula, los mausoleos, los patios silenciosos y los jardines convierten el conjunto en una de las grandes joyas de la ciudad. Desde allí, además, se despliega una panorámica difícil de olvidar, con el Cuerno de Oro serpenteando entre las colinas y una Estambul interminable, vertical y desbordante, que por momentos recuerda a un Nueva York oriental. Qué hermoso es el Cuerno de Oro. 

Santa Sofía

Las mezquitas constituyen el verdadero rostro de Estambul. Son miles —más de tres mil— las que salpican la ciudad, marcando el horizonte con sus cúpulas y minaretes. Entre ellas sobresalen la Nueva (Yeni Camii) y la magnífica Süleymaniye, pero también las dos grandes protagonistas del imaginario de cualquier visitante: la mezquita Azul (Sultanahmet Camii) y Santa Sofía (Ayasofya Camii), hacia las que el viajero se dirige después de haber alcanzado Süleymaniye por callejuelas apenas frecuentadas por el turismo.

Es domingo. Y Estambul, una ciudad que casi siempre parece vivir en un movimiento perpetuo, ofrece una imagen insólita. Durante unos instantes da la impresión de dormitar, como la heroica ciudad de Vetusta. La comparación resulta tan inesperada que al propio viajero le arranca una sonrisa. 


Entonces pone rumbo al Gran Bazar, aun sabiendo que lo encontrará cerrado. Los lugareños se lo repiten una y otra vez. Es domingo, con lo cual no merece la pena acercarse. Pero él quiere verlo aunque sea por fuera. Le basta con recorrer sus alrededores, dejarse envolver por las calles que desembocan en sus puertas. Qué remedio. En realidad, tampoco siente la necesidad de adentrarse de nuevo en el laberinto del bazar. Ya lo hizo en anteriores visitas y, aunque reconoce su importancia, nunca ha sido el lugar de Estambul que más lo ha cautivado. Desde allí continúa el camino hacia Sultanahmet, el corazón monumental de la ciudad. Allí se alzan la mezquita Azul, llamada así por los miles de azulejos que revisten su interior, y Santa Sofía, nacida como catedral bizantina antes de convertirse, siglos después, en mezquita. 


La imagen de Santa Sofía resulta algo decepcionante porque los trabajos de restauración desdibujan parte de su silueta e impiden contemplarla como la recordaba. La mezquita Azul, en cambio, conserva intacta su capacidad de asombro. Sus seis minaretes dominan el perfil del barrio y, pese a la multitud que llena su interior, continúa transmitiendo una serenidad difícil de explicar. Afuera, sin embargo, el calor ya empieza a hacerse notar. Decide buscar una sombra y algo con lo que refrescarse.

Topkapi

Muy cerca se levanta otro de los grandes símbolos del esplendor otomano: el palacio de Topkapi, asentado sobre el promontorio de Sarayburnu, en un enclave privilegiado desde el que domina el Cuerno de Oro, el Bósforo y el mar de Mármara. Basta contemplarlo desde fuera para comprender la importancia estratégica de aquel lugar y el inmenso poder que llegó a concentrar. 
La visión del palacio despierta recuerdos cinematográficos. Por una de esas asociaciones caprichosas de la memoria, surge en la mente del viajero, que es un cinéfilo, la película Amarcord, con la fantasiosa secuencia del Gran Hotel, cuya atmósfera voluptuosa termina por confundirse en su imaginación con el universo de los harenes orientales. También recuerda Topkapi, aquella película de los años sesenta ambientada en Estambul, y, por un instante, el edificio adquiere el aire legendario de los grandes escenarios de ficción. Sin embargo, las interminables colas que serpentean junto a la entrada de los jardines acaban por disuadirlo. No será esta vez cuando cruce sus puertas. Se conforma con contemplarlo desde el exterior, imaginando los patios, los salones y los jardines donde durante siglos transcurrió la vida de los sultanes, un escenario que parece surgido de un cuento de Las mil y una noches

Desde Galtaport

El tiempo vuela. Con el corazón puesto en la bella pasajera del verde Poniente español, desea que aquel instante no termine nunca. Una estampa suspendida entre Occidente y Oriente, sobre las aguas del Bósforo, donde dos continentes parecen contemplarse frente a frente. Decide en ese momento hacer un alto en el camino y sentarse a saborear un café turco, como si en aquella pequeña taza se concentrara toda la esencia de Estambul.

Durante unos minutos el tiempo parece detenerse y la ciudad abrazarlo con todos los sentidos. Porque Estambul, a caballo entre la tradición y la modernidad, es un festín para quien sabe disfrutar de los colores, los aromas, las delicias turcas, las montañas de especias y el perfume inconfundible del café recién preparado en la terraza de un pequeño café con encanto.

La joven que le sirve el café lo atiende con amabilidad, aunque en su mirada el viajero adivina un leve poso de melancolía, una saudade que, quizá por asociación, le parece portuguesa. 


Precisamente las especias ocupan ahora sus pensamientos. Pone rumbo al Bazar Egipcio, o Bazar de las Especias, junto a la Yeni Camii. Allí, la bella pasajera fotografía discretamente a los fieles mientras realizan las abluciones y, ya en el interior de la mezquita, inmortaliza la cadencia del rezo musulmán. 

El Bazar de las Especias es una embriaguez de aromas. Los efluvios del azafrán, la canela, el comino, el café o los frutos secos, entre otros, envuelven al viajero en un estado de fascinación casi hipnótica, como si, por un instante, flotara ingrávido, semejante a un derviche entregado a su danza.

Todavía queda camino hasta Galataport. Con ganas de prolongar un poco más la despedida, el viajero asciende una vez más hasta los pies de la torre de Gálata, la vieja torre genovesa. En esta ocasión no subirá a la terraza desde la que la ciudad se ofrece en toda su inmensidad. El calor, acentuado por la humedad, resulta ya casi insoportable y obliga a hacer una nueva pausa. Más que un té frío, el cuerpo le pide un zumo de naranja y granada. 


El recorrido por Estambul toca a su fin. Todo viaje termina, también este. Y el viajero descubre que ya siente nostalgia antes incluso de haber abandonado la ciudad. Una nostalgia semejante a la que creyó adivinar en la mirada de la joven que le sirvió el café turco. Mientras regresa hacia Galataport, vuelve la vista una última vez. Estambul queda atrás, pero sabe que no se marcha del todo. Algunas ciudades no terminan cuando uno las abandona. Permanecen viviendo en la memoria emocional, esperando con paciencia el día del regreso. Por fortuna, le esperan algunas islas griegas como Mykonos, Creta, Rodas y Santorini, a las que pondrá rumbo en el próximo capítulo.