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jueves, 29 de febrero de 2024

Distracción, de Marta Moral Tomé


Con la inspiración de los ejercicios de estilo de Queneau, Marta Moral Tomé nos ofrece este relato en tres estilos, que nos arranca la sonrisa por la forma o las formas que emplea para narrar esta historia con un trasfondo trágico.

(Taller de composición de relatos de la Universidad de León, impartido por Manuel Cuenya) 

La semana pasada en la plaza más concurrida del barrio contemplé a una mujer que portaba una grandiosa melena rizada coronada con una cinta brillante arcoíris. Detrás de la rasurada patilla asomaba la diminuta oreja abarrotada de una hilera de piercings. Caminaba absorta examinando el contenido de su móvil, cuando tropezó con un individuo que degustaba un pastel de crema. En el encontronazo el dulce manjar se estampó contra el suelo. El hombre, malhumorado, reprendió enérgicamente la distracción de la joven.

Esta mañana volví a verla de nuevo en el andén de la estación de Chamberí sin poder apartar los ojos del mismo móvil. Imitaba alocadamente la coreografía que le proporcionaba el aparato. En su despiste no tuvo oportunidad de ver la máquina de tren que la arrolló. 

Distracción, a su puto rollo 

Mira, tronco, había mogollón de peña por todos los laos en la plaza del barrio ¡Flipa eh! Del antro del Pelas salió una piba,  bueno un pibón. La tía era guapa, guapa a rabiar. Una leona con la melena de los Iron Maiden. Iba empanáa mirando su móvil, a su puto rollo, con una cara de flipáa. Se cruzó con un pringao que se zampaba un pastel reventado de crema. ¡No veas colega! Se metió un piñazo con el glotón… que el pastel salió volando por los aires y se estampó contra el suelo. Mira tú, la bulla que le metió aquel pringao, con tóa su mala baba, a la tronca.  Fue de órdago. Ella pasó de tóo y se piró de allí sin hacer ni puto caso. 

Hoy he visto otra vez a la leona en la estación de metro de Chamberí. Tenía pinta de ser una tía enrolláa.  Seguía flipáa con su móvil. Movía su cuerpazo a todo meter. Era la reina de la movida underground. Qué marcha la tía. De pronto, toda la peña, que estaba en el andén, flipó en colores porque la máquina la enganchó por la melena y arrastró su cuerpo hasta dejarlo tatuado en la pared del túnel. 

La distracción, Pop Star

¡Qué guay, tía! La semana pasada vi una escena súper top, fue lo más. Vi a una niña súper mona con una melena con el método curly. Llevaba una cinta en la frente llenita de brillantes de Swarovski que le hacía parecer una Pop Star. Caminaba sin apartar la vista de su iPhone y súper concentrada en la pantalla. De pronto apareció un hombre que estaba saboreando un pastelito de crema súpermono. Tenía unas bolitas de color rosa que estaban hechas de fondant y de muffins, o sea monísimo. De repente el hombre chocó con la supermodelo y el pastel se precipitó al suelo.  ¡Pobre pastelito! Él se puso rosita, como el pastel. Muy airado le gritó improperios y la reprendió por su despiste. 

Esta mañana, en el andén del metro de la estación de Chamberí,  volví a ver a la Pop Star, que está, jo, divina de la muerte. Parecía que estuviera bailando delante del público más in del momento y como si su IPhone dirigiera sus pasos y sus movimientos en una perfecta coreografía. La distracción le hizo bajar del estrellato cuando su resplandor quedó prendido en la máquina del tren.

 

 

 

martes, 27 de febrero de 2024

Cristales rotos, de Carmen Rodríguez Caballero


Carmen Rodríguez Caballero, a ritmo de canción infantil, construye una narración que nos invita a la reflexión a través del protagonista Tobías, que rememora su infancia desde el presente. Un relato que en cierto sentido hace recordar la película Ciudadano Kane, de Orson Welles.

  (Taller de composición de relatos de la Universidad de León, impartido por Manuel Cuenya)

https://www.lanuevacronica.com/lnc-culturas/cristales-rotos_142033_102.html


Tobías vio el reflejo de sus pupilas llorosas en  el cristal de una ventana mientras iba contando las gotas de lluvia al caer. Se había detenido en la misma calle, enfrente del mismo edificio abandonado, a la misma hora de todos los días; esa hora de ensoñación en la que el crepúsculo anuncia el final del camino. Uno, dos , tres. No te lo repito otra vez.

Al pasar por delante de una tienda de antigüedades, sus ojos se detuvieron multiplicados. Unos espejos ocupaban la parte central del escaparate.

      -¡Mira, mamá, qué espejos más bonitos! -exclamó un niño con calcetines blancos.

Nunca supo qué le hizo entrar en aquella tienda. Fue como un hilo invisible que le empujó hacia el interior. 

Tobías recibiría la mercancía al día siguiente sin ninguna dilación. Sí, definitivamente pondré el espejo en el estudio de la segunda planta. El piso era luminoso y el marco quedaría perfecto en conjunción con la cuidadosa selección del mobiliario adquirido principalmente en tiendas de antigüedades de  renombre. 

El espejo llegó a la hora acordada. Al volver del paseo diario, Tobías se dirigió a su estudio  para observar de cerca su nueva adquisición.  Cuatro, cinco, seis. Mírame del revés.

Un ladrido amigable, de bienvenida,  se oyó próximo a él.  Las mascotas están prohibidas en el condominio. ¡Quién puede atreverse a hacer algo así! ¡Llamo a seguridad!, pensó Tobías. Al girarse para coger su teléfono, notó algo extraño en el espejo. Era el aliento de un beso invisible. 

Tobías se colocó delante del espejo y contempló estupefacto un perrito blanco y negro  durmiendo debajo de un laurel. No podía creerlo. Era uno de sus perros de la infancia, al que solía decir que, cuando durmiera, soñaría con un mundo lleno de buena gente. Por unos minutos se trasladó lejos, lejos de su elegante desván, lejos de su vida solitaria y rutinaria, lejos de sus lujos. Otro ladrido le hizo estremecerse; otro precioso perrito al que solía cantarle cogido en brazos.

Se apartó hacia atrás sudoroso, agitado. Esa noche tuvo un sueño muy inquieto, extraño. La mañana en el trabajo se hizo tediosa. Sentía unas ganas impetuosas de volver ante el espejo. Siete, ocho, nueve. Siéntate y bebe.  

Nada más entrar se dirigió al estudio. El marco de color oro viejo era de una elegancia exquisita.

Se giró y vio a un niño de calcetines blancos y pantalón corto con varias heridas en ambas rodillas, junto a una niña más pequeña que él. ¡Eran él y su hermana! Una escena tan entrañable como extraña.

Tobías había cortado todo resquicio de amistad con su familia. ¡Cuántas veces le habría gustado hablar con sus padres, con su hermana! Pero el orgullo y la diferente posición social se lo impedían, sólo le habían otorgado la soledad contra la que luchaba cada día.

      -¡Mami, mami! Mi hermana ya sabe montar en bicicleta. Yo solito le he enseñado. Por favor, ¿podemos quedarnos más tiempo en el pueblo? Yo no quiero irme a una ciudad -dijo el niño de calcetines blancos.

¡Qué veranos más divertidos había pasado en el pueblo de su padre!

La ropa de Tobías estaba empapada de sudor y respiraba agitadamente al recordar su infancia.

      -¡Oh, no! Has derramado la cafetera en la cabeza -dijo la madre del niño de los calcetines blancos.

Las imágenes se desvanecieron. Fue muy complicado conciliar el sueño aquella noche. El espejo se había convertido en pura obsesión. Tobías subió varias veces al estudio y contemplaba el espejo sin moverse.

La mañana, como de costumbre, transcurrió de forma muy angustiosa. El deseo de estar frente al espejo se había convertido en un impulso imperioso. Y esta vez Tobías se sentó enfrente de él y, repentinamente, apareció el niño de los calcetines blancos junto a una niña.

¡Es Mirta, mi amiga del cole! Con su pequeña paga semanal, Tobías compraba las gominolas que a Mirta le gustaban para invitarla. Sabía que había sido su niña favorita, pero nunca se atrevió a decírselo. Al imaginar  cómo habría sido su vida con Mirta  sólo sus ojos hablaban y eran lágrimas secas al haber ya gastado todas. Ni siquiera podemos mantener la vista cuando nos vemos reflejados en el espejo de los demás.

De nuevo, el descanso nocturno se convirtió en algo insoportable. Tobías había visionado su pasado muchas veces y, cada vez que lo hacía, trataba de ahuyentarlo porque la sola idea de hacerlo le trasladaba al peor de los abismos. No había habido un descendimiento más dramático en la vida de Tobías que el que el espejo le obligó a hacer aquella tarde. No hay tortura parecida a la de que esa sospecha se haga real, a que el azar atraviese  cualquier resquicio para colarse entre la bruma de la posibilidad y se vuelva cierto.  

Tambaleándose, Tobías subió las escaleras y se colocó delante del espejo. Vio un pequeño patio rodeado de un muro descascarillado del que colgaba una bombilla con una luz mortecina.  El niño de los calcetines blancos estaba dibujando en un folio. Tobías, en su infancia, imaginaba  que esa bombilla era una luz mágica y, al encenderse en noches de luna llena, convertía el patio en un paraíso de gominolas. Una sonrisa inundó su rostro.

El patio se desvaneció y apareció un libro rojo. Era un álbum de fotos. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Las páginas se abrían ante sus ojos y Tobías recordó a su familia,  a sus amigos de siempre y su vida ordinaria. Una vida sencilla, pero alegre,  rodeado de seres queridos. Él seguía allí. Siempre había estado allí, en ese libro rojo, y todo lo demás era un exterior borroso, empañado, sin volumen; un esbozo sin acabar, y él mismo era un fantasma del presente montado en la levedad que lleva el vivir.

Cuando salió a la calle, aún había estrellas. Comprobó que el espejo estaba seguro en el asiento de atrás de su coche. Lo dejó con máximo cuidado en la puerta de la tienda de antigüedades, con una nota que decía: El infierno no es el pasado ni el presente; somos nosotros mismos cuando dejamos de controlar lo que pensamos.

La lluvia comenzaba a caer. Diez. Atrévete de una vez.

Un pequeño gran susto, de María Luisa Mainato Quizhpilema

 

Un pequeño gran susto es el título que nos ofrece la joven narradora Luisa Mainato para contarnos una historia que bien podría ser autobiográfica. Escrita con sencillez y naturalidad, sin artificios, empleando un narrador en segunda persona del singular, la creadora de este relato logra enseñarnos un camino de crecimiento personal.

  (Taller de composición de relatos de la Universidad de León, impartido por Manuel Cuenya)

Un día te despiertas con un leve dolor en la espalda baja del lado derecho, pero decides no darle importancia pues tienes la certeza de que desaparecerá. Pasan los días y el dolor incrementa, sobre todo al caminar o cuando te sientas. Empiezas a preocuparte porque nunca antes habías tenido un dolor similar a este. Vas a urgencias porque las citas médicas más próximas son para después de dos semanas. Él médico de urgencias te dice que podría tratarse de un gas atrapado o de cálculos renales y, de ser así, te dolería un montón. Te pone una inyección y te receta analgésicos y antiinflamatorios. Ahora tienes que esperar dos largas semanas hasta que tu cita con medicina interna llegue. Aunque tienes la esperanza de que el dolor vaya desapareciendo con el transcurso de los días, la preocupación sigue viva, algunos ratos con más intensidad que otros. En una llamada, la hermana de tu novio te recomienda preparar infusiones con plantas medicinales, que son buenísimas para los riñones. En una tienda de herbolario solo consigues llantén, uña de gato, linaza y manzanilla. Te preparas la bebida, pero tampoco mejoras y tu preocupación aumenta cada vez más. Cuando tus papás y tus hermanos te preguntan cómo estás, decides guardar algunos detalles con el objetivo de no preocuparlos. En otra llamada, la hermana de tu novio te comenta que a lo mejor ella va a ser tía. Te quedas procesando durante un largo rato lo que te ha dicho porque quizá no has entendido lo ha querido decirte, ¿o sí? A lo que ella continúa: es común que duela la parte baja de la espalda cuando un bebé viene en camino. Tus cachetes empiezan a sonrojarse porque de alguna manera sabe que su hermano y tú han llevado el amor más allá de unos besos. Tu única respuesta es una risa nerviosa. Al poco rato, miles de pensamientos han inundado tu delicada mente y te preguntas: qué pensarán de mí los demás, qué dirán las personas que han hecho lo posible para que este aquí, qué dirán mis compañeros de clases, mis profesores, mi familia, mis amigos, mis vecinos y todos los que me conocen, aunque me hayan visto una sola vez en su vida. No sabes cómo actuar ante la idea de un embarazo, tampoco sabes cómo vas a hacer con los estudios. Crees que decepcionarás a tus padres, a tus hermanos y a todos los que confiaron en ti. Es verdad que tu sueño siempre ha sido ser mamá, pero no en estos momentos, no ahora, no aquí, donde no conoces a nadie, apenas llevas un mes en este país. Te preguntas: qué voy hacer. Lo rumias una y otra vez… pues estás a miles de kilómetros de casa, de tu país. Para tu novio, un bebé sería el regalo más bonito de la vida, sería una muestra del amor sincero, pero le preocupan tus estudios, sobre todo porque el gran océano atlántico los separa. Sabe que tienes un alma sensible y que lloras por lo más mínimo. Por eso a él le gustaría estar a tu lado y, cuando un pensamiento perturbe tu tranquilidad, él podría ofrecerte su cálido pecho, rodearte con sus brazos, acariciarte con delicadeza, mientras te diría con una dulce voz que todo va a estar bien; por fortuna su ternura logra frenar que tu corazón siga acelerado. Durante la última semana habías sentido mareos, lo que atribuiste a la medicación que estabas tomando. Ya no podías seguir con la duda, así que te armaste de valor para comprar una prueba de embarazo.


Habías leído que debe utilizarse la primera orina de la mañana para que la prueba fuera más efectiva, así que decidiste que lo mejor era esperar. Por alguna extraña razón esa noche dormiste con tranquilidad, pero todo cambió cuando amaneció, estabas nerviosa y con más miedo de lo normal. Leíste con detenimiento cada una de las instrucciones de la prueba de embarazo y te pusiste en marcha. Fuiste al baño, tomaste la muestra en un recipiente de plástico, regresaste a tu habitación, asegurándote de que nadie te viera, pusiste el recipiente en la mesita de noche, retiraste el tapón de la prueba y volviste a leer las instrucciones para que nada se te escapara. Después introdujiste la prueba en el recipiente durante tres segundos y volviste a poner el tapón, este paso te resultó el más difícil, tus manos temblaban demasiado, pero al final lo conseguiste y colocaste la prueba en una posición horizontal, tal como aseguraban las instrucciones. Viste cómo la muestra de orina pasaba por las ventanas del resultado, observaste una primera línea en la ventana de control y esperaste durante tres minutos para ver si aparecía o no otra línea. Los segundos se te hicieron horas y los minutos, días. No dejaste de ver la prueba ni tampoco las instrucciones, estuviste de aquí para allá, una y otra vez… Por fin transcurrieron los tres minutos, pero decidiste esperar aún otros tres más para asegurarte. Al fin pudiste respirar con tranquilidad, porque solo apareció una línea. ¡Qué pequeño gran susto! Pero aún necesitaste saber la causa de tu molestia. Llegó el gran día de tu cita médica, la doctora te pidió que le contaras con detalle todos los síntomas que habías tenido. Según ella, tu dolor se debía al estrés que habías tenido debido a la urgencia de cumplir con los trámites de tu estancia por estudios. Te envió a hacer un sinnúmero de pruebas: ecografía, radiología y urinocultivo. Después de otras dos semanas más, los resultados indicaron que todo marchaba bien. La doctora te recomendó comer más alimentos ricos en fibra como verduras y frutas para que te ayudaran con la digestión. ¡Otro pequeño gran susto! Bueno… no tan pequeño, porque entendiste que a partir de ahora deberás aprender a manejar mejor tus preocupaciones porque que al fin y al cabo todo se resuelve. Y todo lo que te atormentaba se resolvió, comprendiendo que la preocupación excesiva fue en vano. Ahora sientes que ya estás preparada para afrontar cualquier situación de la vida.