Vistas de página en total

viernes, 21 de agosto de 2026

Lorca, poeta sublime sin interrupción

A propósito de la anterior entrada de este blog, titulada Dios no existe https://cuenya.blogspot.com/2026/08/dios-no-existe.html, me viene ahora a la memoria, cuando acaban de cumplirse noventa años del asesinato de Federico García Lorca, su obra teatral Yerma, donde también se plantea, a través del personaje de la Vieja 1.ª, la cuestión de la inexistencia de Dios. Cuando Yerma dice: «Entonces, que Dios me ampare», la Vieja responde: «Dios, no. A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar». No sabemos hasta qué punto estas palabras pueden identificarse con el pensamiento de Lorca —pertenecen, naturalmente, a un personaje de ficción—, pero sí revelan una de las muchas dimensiones de una obra extraordinariamente lúcida y compleja. 

Monumento a Lorca en plaza Santa Ana. Madrid. Foto: Cuenya

Lorca era, a mi juicio, un hombre de una inteligencia excepcional, acaso el más brillante del célebre trío formado por Buñuel, Dalí y Lorca. Así lo reconoció, en términos parecidos, el propio Luis Buñuel en sus memorias, Mi último suspiro, al evocar los años en que los tres coincidieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid, aquel lugar legendario por el que pasó buena parte de la flor y nata del arte y de la ciencia de su tiempo.

Los tres han dejado una profunda huella en mi manera de ser y de estar en el mundo: Buñuel, con el cine; Dalí, con la pintura; y Lorca, con la poesía y el teatro. No es extraño que el hispanista Ian Gibson haya definido la relación entre los tres como «el triángulo amistoso más fabuloso del siglo XX». 

Buñuel, Lorca y Dalí: el enigma sin fin, del catedrático Agustín Sánchez Vidal, es un magnífico libro que me resultó especialmente revelador acerca de estas tres figuras universales y de la compleja relación que mantuvieron entre sí. https://cuenya.blogspot.com/2020/02/el-genio-o-divino-dali.html

Lorca es, para mí, el poeta por excelencia: sublime sin interrupción, como acaso habría dicho de él el escritor Francisco Umbral.

Lorca llevaba el ritmo y la música de las palabras en las venas. Había nacido para ser poeta, pero también fue músico, excelente pianista y apasionado del flamenco y de la música tradicional. Desde muy joven recibió formación musical en Granada, su querida ciudad, y participó junto a La Argentinita en la célebre grabación de canciones populares españolas. https://cuenya.blogspot.com/2024/05/jaen-la-matria-del-aceite-de-oliva-y.html

Toda Granada, y muy especialmente la Huerta de San Vicente, parece impregnada todavía del espíritu, del duende de Lorca. Un Lorca que fue, además, un dramaturgo colosal.

Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936) son tres obras teatrales que se me antojan sublimes. A ellas habría que sumar Mariana Pineda (1925), dedicada a la heroína granadina que cuenta con un monumento en la ciudad de la Alhambra. 
Mariana Pineda en Granada

El nombre de Mariana Pineda se me quedó grabado en la retina de la memoria después de que el querido maestro Gustavo Bueno nos preguntara a un montón de pardillos quién era aquella mujer. Fue en el aula de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo, que por aquellos años ochenta tenía su sede en el colegio de San Gregorio. Nadie supo responder. De aquella anécdota ya he dado cuenta en alguna ocasión. https://cuenya.blogspot.com/2009/10/entre-lorca-y-gustavo-bueno.html

Sublime es también el Romancero gitano (1928), con sus sinestesias, su lenguaje sensorial y esa extraordinaria capacidad para fundir lo popular con lo culto. Y sublime, aunque de una manera distinta, desgarrada y visionaria, Poeta en Nueva York (1929-30), una obra que habría de ejercer una notable influencia sobre otros artistas.

Leonard Cohen se inspiró en el poema «Pequeño vals vienés», incluido en Poeta en Nueva York, para componer «Take This Waltz», publicada en su álbum I'm Your Man (1988). Años después, el gran cantaor granadino Enrique Morente retomaría aquella misma composición en Omega, una auténtica joya de la música española grabada junto al grupo de rock Lagartija Nick y con la participación de artistas como Estrella Morente y Tomatito.

En Omega, el vals se da la mano con otros fragmentos de Poeta en Nueva York, como «Ciudad sin sueño» o «La aurora de Nueva York». Es difícil imaginar un homenaje más poderoso a la capacidad de Lorca para atravesar fronteras entre poesía, música y flamenco.

Casa-museo Lorca. Huerta de San Vicente. Granada. Foto: Cuenya
El gran Morente homenajeó también al genio granadino en trabajos como Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), el estremecedor poema dedicado al torero sevillano. 

Por su parte, Miguel Poveda puso música y voz a «Ay voz secreta del amor oscuro», quizá una de las versiones más conocidas de los Sonetos del amor oscuro (publicados póstumamente) en el ámbito del flamenco. También el querido paisano berciano Amancio Prada ha puesto música a estos sonetos:

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡Ay balido sin lanas! ¡Ay herida!
¡Ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡Ay corriente sin mar, ciudad sin muro!...
 

(«Ay voz secreta del amor oscuro», perteneciente a Sonetos del amor oscuro).

Lorca fue, asimismo, un poeta profundamente comprometido con la libertad, con los marginados y con quienes sufrían la injusticia. Fue asesinado en la madrugada del 18 de agosto de 1936, en una España desgarrada por la Guerra Civil —o, como algunos preferimos decir, por la Guerra Incivil—, pese a los esfuerzos de distintas personas por salvarlo, entre ellas miembros de la familia del poeta granadino Luis Rosales. 

Noventa años después de su asesinato, su voz sigue viva en los escenarios, en los libros, en el flamenco, en la música popular, en el cine -ahí está Lorca, muerte de un poeta, de Juan Antonio Bardem- y, sobre todo, en las palabras. Sigue vivo en Granada, en la Huerta de San Vicente y en tantos lugares donde su presencia parece formar parte del paisaje.

Al comienzo de Yerma, la Vieja le dice a la protagonista que no es Dios quien debe amparar a los seres humanos, sino los seres humanos quienes deben ampararse entre sí. Noventa años después de la muerte de Lorca, son los seres humanos quienes siguen amparando su memoria. Lo hacen con los libros, con los escenarios, con la música, con el flamenco y, sobre todo, con las palabras. Porque mientras alguien siga leyendo a Lorca, escuchando sus versos o dejándose conmover por ellos, Lorca seguirá vivo. Uno de los más grandes poetas de la historia universal. 

jueves, 20 de agosto de 2026

Dios no existe

Dios no existe. Ni tiene razón de ser. A estas alturas del siglo XXI, cuando la razón, la ciencia y el conocimiento han conseguido abrirse paso hasta rincones del mundo que durante siglos estuvieron reservados al misterio, la religión se me antoja algo anticuado, de otros tiempos. En todo caso, actúa como un consuelo metafísico, el opio —por decirlo con Marx— administrado a una humanidad que no termina de aceptar su propia condición mortal. 


Y no importa demasiado el nombre de la divinidad ni el ropaje doctrinal con que se la vista. En este caso, el catolicismo. Basta asistir a una misa para contemplar el ritual, la escenografía, la repetición de fórmulas heredadas y esa promesa de resurrección de los muertos y de vida eterna al final de los tiempos. 

¿Cuándo llegará nuestro final? ¿Cuándo llegará el final del universo? ¿Habrá un final del universo o acaso otros universos, otros mundos, otras realidades que ni siquiera podemos imaginar? Lo único que sabemos con certeza es algo mucho más humilde y mucho más terrible, que cada uno de nosotros morirá. Los muertos que seremos. Y precisamente por eso la vida importa. Importa mucho.

La finitud no es un accidente añadido a nuestra existencia. La finitud constituye nuestra existencia. Somos animales mortales, corpóreos, insertos en un mundo material que continuará su curso cuando hayamos desaparecido. Pretender escapar de esa condición mediante una promesa de eternidad puede resultar consolador, pero no deja de ser una respuesta imaginaria a un problema real.

El filósofo alemán Nietzsche lo vio con una lucidez extraordinaria: Dios ha muerto. Pero no basta con proclamar su muerte; hay que comprender qué funciones desempeñó históricamente esa idea y qué instituciones, prácticas, mitos y formas de conciencia la mantienen todavía operativa. En esto resulta imprescindible el materialismo filosófico de mi querido maestro y profesor en la Universidad de Oviedo Gustavo Bueno y su análisis de la religión en El animal divino. https://cuenya.blogspot.com/2024/10/homenaje-al-maestro-bueno-en-oviedo.htmlLa religión no aparece simplemente como una extravagancia psicológica de individuos crédulos, sino como una realidad histórica, institucional y antropológica que debe ser explicada de un modo material. 


Por eso tampoco me interesa demasiado la caricatura del creyente como un imbécil. Sería demasiado fácil. La conciencia religiosa no surge de la nada. El miedo a la muerte, la necesidad de encontrar explicaciones, la experiencia del dolor, la enfermedad, la pérdida y la esperanza forman parte de la historia de nuestra especie. El autoengaño puede funcionar y funciona como mecanismo de supervivencia. El ser humano necesita muchas veces aferrarse a algo, en ocasiones a un clavo ardiendo, cuando el mundo se vuelve insoportable. Pero comprender el origen y la función de una creencia no obliga a aceptar su verdad.

Dios, si por Dios entendemos aquello que los seres humanos han colocado más allá de la naturaleza como causa última y garante de nuestro destino, no existe. Y, sin embargo, existe el mundo. Existe la materia. Existen los cuerpos. Existen nuestras relaciones, nuestras instituciones, nuestras obras y nuestros conflictos. Existe Mozart.

Y ahí aparece una paradoja que no considero una contradicción, sino una posibilidad de redefinir aquello que durante siglos se llamó “lo divino”. Cuando escucho el Réquiem de Mozart, no necesito imaginar un ser sobrenatural descendiendo sobre la humanidad para experimentar algo que, por intensidad, podría llamarse una revelación. La música no demuestra a Dios. Si acaso, demuestra lo que pueden hacer unos animales mortales cuando organizan sonidos, materia, memoria y sensibilidad hasta alcanzar una forma extraordinaria. Quizá eso sea lo sublime: no una prueba de la existencia de Dios, sino la prueba de que los seres humanos pueden producir experiencias que durante siglos atribuyeron a los dioses.

Somos animales. Si se quiere, animales racionales —menos de lo que desearíamos—, animales políticos, técnicos, lingüísticos y artísticos; animales capaces de construir catedrales, pero también campos de concentración; teorías científicas y mitologías; sinfonías y armas. Animales que saben que van a morir y que, precisamente por saberlo, inventan dioses, paraísos, infiernos y resurrecciones. Pero también componen poemas, novelas, pinturas y música.

No necesitamos negar nuestra animalidad para ser nobles. Tal vez necesitemos asumirla.

El infierno, por lo demás, no está esperando en otra vida. Está aquí, entre nosotros, como recordaba mi padre, cuando los seres humanos convierten el miedo, la fe o la esperanza en instrumentos de dominio. La historia demuestra que la religión puede servir para consolar, cohesionar y dar sentido, pero también para justificar guerras, persecuciones y formas de sometimiento. La fe no mueve montañas. Son los seres humanos quienes mueven montañas, construyen imperios, levantan templos y derriban ciudades. Después —vaya sarcasmo— atribuyen sus obras a Dios.

Por eso prefiero el logos. Prefiero la ciencia, no porque sea una nueva religión capaz de responder a todas las preguntas, sino porque sabe distinguir entre aquello que conocemos y aquello que ignoramos. La ciencia no promete la salvación. No garantiza la inmortalidad. No nos asegura que exista un sentido último. Pero nos proporciona conocimiento efectivo del mundo y herramientas para intervenir sobre él, reducir el sufrimiento y ampliar nuestras posibilidades de vida. Y eso basta.

Ayer mismo asistí al funeral de dos personas queridas, Manoli y Paco, los padres de mi amiga Susana. Fui porque debía ir. Fui por cariño hacia ella y hacia sus seres queridos; fui también por amistad con su tío Alberto y por los vínculos que unen unas vidas con otras. No fui a buscar a Dios. Fui a acompañar a los vivos.

La misa me resultó soporífera. Hacía calor incluso dentro de la iglesia y las palabras del ritual me llegaban como una monserga perteneciente a un mundo que ya no comparto. La resurrección de los muertos, el juicio final, la vida eterna. Todo aquello me resulta ajeno. Pero había algo que sí comprendía: el dolor de quienes han perdido a sus padres. Como ella. Como uno mismo cuando perdió a su padre. Y ahí está quizá la diferencia fundamental. No necesito creer que los muertos resucitarán para respetar a los muertos. No necesito creer en el cielo para acompañar a quien llora. No necesito compartir una fe para practicar la solidaridad. El afecto entre los vivos no necesita ninguna garantía sobrenatural.

Cada cual puede confesarse como quiera y pueda. Faltaría más. Pero yo prefiero vivir de claridades, con los ojos abiertos, sin hacerme el guaje, el pelotudo o el mensito —por utilizar términos hispanoamericanos, bien terrenales— ante aquello que sabemos. El filósofo Ortega, el autor de La rebelión de las masas, hablaba de vivir despiertos. https://cuenya.blogspot.com/2020/06/la-rebelion-de-las-masas.html Esa vigilia, para mí, consiste en no elaborar respuestas allí donde sólo tenemos preguntas.

Sabemos que moriremos. No sabemos cuándo. Tampoco sabemos exactamente cuál será el destino último del universo, si es que hablar de un “destino” tiene algún sentido. Quizá el universo termine; quizá nuestra concepción actual del universo resulte algún día tan rudimentaria como hoy nos parecen ciertas cosmologías antiguas. Quizá existan otros universos. No lo sabemos. Y precisamente porque no lo sabemos, prefiero no inventarlo.

La vida es breve, efímera y mortal. Mortal y rosa, como dijeron Salinas y Umbral. https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html Pero esa fragilidad no la hace menos valiosa, sino que la hace irrepetible. Un instante que no volverá. Una conversación. Una amistad. Una caricia. Una obra de arte. El Réquiem de Mozart sonando mientras nosotros, criaturas destinadas a desaparecer, escuchamos con devoción, con la emoción a flor de piel.

No necesitamos eternidad para que algo tenga sentido. Quizá nos baste con que haya ocurrido. Por eso fui al funeral. No por Dios, sino por Susana. No por la promesa de otra vida, sino por cariño a ella. No para salvar mi alma, sino para acompañar a quienes todavía están aquí.

Dios no existe. Cada cual que se confiese como quiera. Yo prefiero el mundo. Y mientras podamos, vivirlo estando despiertos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

La sonoridad de Miño

 


Ponferrada y O Barco de Valdeorras miran hacia Miño como quien mirara hacia su playa. Y, en cierto modo, lo es. Algo parecido parece insinuarle al visitante la sonriente muchacha de la oficina de turismo cuando descubre que viene del Bierzo, tierra hermana, tan próxima y, a la vez, separada por una frontera invisible. 

La sonoridad de la palabra Miño hace pensar inevitablemente en ese gran río del noroeste peninsular que atraviesa Galicia y que, en su tramo final, forma frontera entre España y Portugal antes de desembocar en el Atlántico. Es el río que recibe las aguas del Sil y alimenta el conocido dicho: «El Sil lleva el agua y el Miño la fama».

Pero Miño es también una localidad coruñesa, en la comarca de Betanzos, tierra de tortilla de patata y de una costa que abre el paisaje hacia el mar. Y la verdad es que la tortilla de patata está exquisita.

Allí, entre el puerto y el horizonte marino, con los pescadores afanados en su tarea, el nombre parece ensancharse y adquirir otro significado.
El puerto y la playa de A Ribeira se muestran como una bendición. El mar abre el paisaje y, al mismo tiempo, parece invitar a demorarse.

Miño es, además, uno de los lugares por los que discurre el Camino Inglés, esa ruta de peregrinación singular que cuenta con dos ramales: uno parte del puerto de Coruña y otro del de Ferrol.

La misma rapaza de la oficina de turismo —así, con ese hermoso galleguismo que también empleamos en el Bierzo y que parece llegar cargado de cercanía— recomienda al visitante recorrer la Senda de los Sentidos.

Qué bello nombre.

Un panel de madera señala la ruta. Una invitación más que un simple paseo: caminar a la espera de que, en algún momento, se enciendan todos los sentidos. Vivir y también escribir con todos los sentidos, como a menudo recomienda el viajero a su alumnado de escritura.

La Senda de los Sentidos conecta la playa de A Ribeira con el paseo de la Alameda. Se adentra entre una estupenda arboleda, paralela a las vías del tren, y serpentea junto a la línea de la costa. Aparecen varios miradores hacia la ría de Betanzos y el canto de las aves acompaña el camino. Los aromas de la vegetación y el olor a mar impregnan el ambiente.

Incluida en la Red Natura 2000, la senda tiene algo de tránsito y de permanencia. Los árboles, el mar, los raíles y los pasos del caminante parecen discurrir en la misma dirección, como si el paisaje quisiera conducirlo hacia alguna revelación.

El camino va a dar al Ponte do Porco, un rincón especial, de rica vegetación y pequeñas embarcaciones de madera. El puente, tendido sobre el río Lambre, da nombre a este lugar del Camino Inglés hacia Santiago. 


—Qué curioso —le digo—. El Puente del Puerco.

Ella vuelve a sonreír y cuenta que en el Ponte do Porco se sitúa la leyenda de Roxín Roxal y su amada Tareixa.

Al final del camino, en el centro de la plaza del Ponte do Porco, espera un cruceiro. Y, como una última y desconcertante ocurrencia del paisaje, el cruceiro se asienta sobre el lomo de un porco de piedra.

Entonces todo encaja.

El nombre ya no es solo un nombre. El puente tiene su animal, la senda sus sentidos y el paisaje sus señales.

Quizá viajar consista precisamente en eso: avanzar sin saber muy bien qué se busca y dejar que, de pronto, algo tan sencillo como una palabra, una sonrisa o un cerdo de piedra consiga encender todos los sentidos.