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viernes, 18 de septiembre de 2026

Rafa, en la revista Losada

Me hacía especial ilusión dedicarle estas palabras a mi querido amigo Rafa Giner en las páginas de la revista Losada, una publicación editada por Xuasús González, primo suyo.

Ya tuve ocasión de dedicarle un texto en su día, pero he querido volver sobre aquellas palabras y reescribirlas con motivo de su publicación en esta revista, nacida en el pueblo de Losada, perteneciente al Ayuntamiento de Bembibre.

No podía encontrar un lugar más apropiado para recordar a Rafa. Losada fue para él un rincón querido, un lugar en el que disfrutaba de la vida sencilla, de los buenos momentos y, sobre todo, de la compañía de su familia y de sus amigos. Allí dejó recuerdos, afectos y momentos compartidos que permanecen en la memoria de quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Por eso, estas palabras son también una pequeña forma de mantener vivo su recuerdo, de traerlo de nuevo a estas páginas y de compartir con quienes lo quisimos la persona que fue y de todo lo que significó para nosotros. 


https://www.heraldodeleon.es/comarcas/provincia-leon/losada-2026/20260827144654105959.html


https://www.heraldodeleon.es/cultura/revista-losada-presenta-viernes-numero-24-dedicado-cultura-berciana/20260805131357103187.html

Escribo estas palabras desde el monasterio de Cóbreces, en Cantabria, donde está el monje Leoncio González, “el tío Leoncio”, como le llamamos en la familia, que es tío del amigo Rafa, Rafael Giner Sola, el cual nos dejó en el mes de marzo de este año, y eso me entristeció, porque conocía a Rafa desde hacía años gracias a mi hermana Cini y mi cuñado Paulino, que son familiares suyos, porque Rafa era el marido de Sara, prima carnal de mi cuñado y por tanto sobrina carnal de Leoncio, que es un hombre entrañable, con quien acabo de tener una conversación harto interesante a propósito de los varios monjes del Bierzo Alto que estuvieron en el monasterio cisterciense de Viaceli (él sigue por fortuna, con noventa y dos años en este remanso de paz y espiritualidad) y el recuerdo para el amigo Rafa, al que siempre recordaré, siempre recordaremos, por ser una buena persona, que sin duda ha dejado huella emocional en quienes tuvimos el gran placer de conocerlo, de tratarlo, porque Rafa siempre tenía buenas palabras y buenos gestos. Era afable, culto, con sentido del humor, algo que se agradece mucho, mucho, sobre todo en estos tiempos de barbarie. Así lo recuerda también el tío Leoncio, que tuvo mucho y buen trato con él, incluso llegaron a visitar juntos el pueblo de Pechón, en Cantabria, adonde solían viajar los padres de Rafa, según me cuenta el tío Leoncio. O eso he creído entenderle. Pues sí, Rafa era un paisano hospitalario, cercano.

Recuerdo aquel mi viaje a Barcelona hace ya años en compañía de mi hermana y mi cuñado. Daba gusto estar, conversar y pasear con él por la ciudad condal, donde vivía. Recuerdo que visitamos lugares tan emblemáticos como el parque Güell, de Gaudí, entre otros sitios de interés.

Con su saber estar y esa forma suya de ser Rafa te hacía sentir muy a gusto. Se le veía disfrutar mucho con lo que hacía, y se notaba que también disfrutaba mucho del Bierzo, de Losada -su pueblo en el Bierzo Alto-, donde solía pasar el verano, salvo en los últimos tiempos, que ya no andaba del todo bien de salud, aunque ahora, que parecía que había superado los obstáculos, va y le arrea un trombo o algo por el estilo y lo deja literalmente fuera de juego. Si es que la vida es un suspiro de nada, aunque no acabemos de integrarlo, tal vez porque nos autoengañamos pensando en que la muerte -la única certeza- no va con nosotros, sino con los demás, porque, cuando llegue, ya no estaremos para dar cuenta de la misma. Algo así decía el filósofo Epicuro: “No tenemos por qué temer a la muerte, pues, de hecho, no nos encontramos nunca con ella. Cuando todavía estamos aquí, ella aún no está. Y cuando ella está, nosotros ya no estamos… Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya”. Qué cabrona, en todo caso, se revela y rebela a veces la vida, la otra cara de la moneda. Eros y Thánatos en permanente lucha por ver quien gana la batalla. Al final, por más que intentemos esquivar a la dama de la guadaña, ella se alzará con la victoria, como vemos asimismo en la partida de ajedrez de El séptimo sello, la película del director sueco Ingmar Bergman. Cabe señalar que la partida ajedrez simboliza la lucha entre la vida y la muerte. La victoria de la muerte es un reflejo de su inevitabilidad y la búsqueda del sentido de la vida. .

Qué tristeza que este verano ya no podamos vernos y echarnos unas risas. 

Te extrañaremos, querido amigo Rafa, pero te seguiremos llevando con nosotros, siempre en nuestro corazón, en nuestra alma.

https://ahoraleon.com/numero-24-revista-losada/

https://www.enredando.info/en-la-calle-el-numero-24-de-la-revista-losada/

sábado, 12 de septiembre de 2026

De cangas de Onís a Ribadesella, a bordo de una canoa

 


El viajero continúa su periplo por les Asturies de los sus amores.

Hay lugares que permanecen agazapados en algún rincón de la memoria y que, cuando menos se espera, reaparecen. A veces basta una canción. O un nombre. O el recuerdo de un verano lejano. Ribadesella es uno de esos lugares.

El viajero recuerda que, siendo un jovenzuelo y mientras estudiaba en la Universidad de Oviedo, se fue un verano con unos amigos del útero de Gistredo al descenso del Sella. Hasta Arriondas —Les Arriondes—. Y desde allí, a Ribadesella. 

Era otro tiempo. Un tiempo en el que lo importante era pasárselo bien, descubrir el mundo y bailar hasta que el cuerpo aguantara, al ritmo de la bachata o de lo que se terciara. Por entonces estaba de moda Juan Luis Guerra. El viajero lo recuerda bien. En los garitos, e incluso en la calle, frente a los chigres, sonaba La bilirrubina, aquella canción de Bachata rosa, y tantas otras del dominicano universal. Qué tiempos aquellos. 

Al viajero, que siempre ha sido de andar animado —para qué estar de bajón si la vida le está sonriendo—, le da por tararear unos versos de Juan Luis Guerra. Quizá entonces cantara aquella canción pensando en la mujer de sus sueños. En su rayo de luna becqueriano. En su musa. Porque el viajero, que se ha vuelto romántico —o quizá ya lo era y no se había dado cuenta—, siempre ha sentido cierta querencia por esas músicas y esos amores que uno recuerda mucho después de que hayan dejado de sonar.

También recuerda —cuántos recuerdos; se nota que ya se hizo viejo, o pendejo— que de Arriondas eran sus compis de piso en la calle Capitán Almeida, hoy Fernando Alonso, en el Campillín de Oviedo.

Recuerda a Víctor, o Vito, y Celestino, sus compañeros de piso, dos personajes arriondenses de novela decimonónica, dignos de haberse paseado por las páginas de La Regenta, de Clarín. Sobre todo Celestino, que daría para un buen puñado de páginas. Pero no es ahora el momento. Ya habrá ocasión para rescatar del olvido a aquel personaje y devolverlo, aunque solo sea por unas líneas, a las calles de Arriondas, de Vetusta y a la memoria del viajero. 


Ahora toca Ribadesella. El viajero la ha visitado en más de una ocasión y en la que incluso llegó a impartir docencia en un aula de la UNED. O eso cree. Porque con los años la memoria suele convertir los hechos en leyendas. De lo que sí tiene constancia es de haber impartido un curso en el aula de la UNED de Cangas de Onís allá por 2010. ¿Qué será de Gonzalo, el coordinador del aula de la UNED de Cangas de Onís? Se portó estupendamente con el viajero. Hay personas que aparecen en algún recuncho de la vida y que, aunque el tiempo se empeñe en borrarlas de la memoria cotidiana, dejan tras de sí una huella. 

En esta ocasión, el viajero parte precisamente de Cangas de Onís, tierra del monarca don Pelayo, rumbo a Ribadesella. Y lo hace, en su fantasía, en piragua o canoa. Acaso como un atleta acuático, uno de esos duendecillos a los que les encanta sumergirse en los ríos como el Sella, cuya nacencia se encuentra en la provincia leonesa, su provincia. Aunque el viajero se siente leonés, también se siente astur y ciudadano del universo conocido. Incluso de algún universo desconocido y extraterrestre, que nunca se sabe.

A estas alturas de la vida, el viajero es consciente de sus limitaciones. Sabe que la existencia es breve, que ponerle puertas al campo suele ser algo bastante absurdo. Así que, si hay que soñar, que sea a lo grande. 

Desde niño arrastra un sueño sencillo: descender un río en una barca, dejarse llevar por la corriente y navegar Asturias de norte a sur, del oriente al occidente, sin otra brújula que el agua. Un sueño sencillo y hermoso. Quizá por eso, mientras avanza hacia Ribadesella, tiene la sensación de navegar realmente por el Sella. El agua lleva la canoa. La corriente marca el rumbo. Y a ambos lados aparece ese verde aromático de Asturias que tantas veces ha perseguido con la mirada y con la palabra. El mismo verde que buscó en El verde aroma del Noroeste, cuando sintió la necesidad de recorrer el Noroeste peninsular, detenerse en sus paisajes, hablar con sus gentes, atravesar sus pueblos y tratar de explicar esa extraña manera que tiene un territorio de quedarse prendido en la memoria. Ahora vuelve a encontrarlo.

Pero esta vez lo contempla desde el agua. Y entonces comprende algo. Quizá aquel viaje no terminó nunca. Quizá algunos caminos no se recorren una sola vez. Permanecen abiertos, esperando pacientemente a que uno regrese. Porque viajar también consiste en volver a los lugares que uno creyó conocer y descubrir que todavía tenían algo que decir. La naturaleza abraza al viajero, que ya empieza a dejarse llevar por la corriente y por los recuerdos. De repente piensa en el relato 
A la deriva, de Horacio Quiroga. 

También recuerda aquel descenso, algo arriesgado, que hizo años atrás con un grupo de estudiantes de la Universidad de León, cuando el Sella llevaba mucha agua. El agua siempre tiene algo de aventura. Y también algo de peligro. Pero el viajero prefiere quedarse con la belleza. Poco a poco, el río se ensancha. La luz se abre. El paisaje respira. Y, finalmente, el Sella se entrega al mar. La ría aparece luminosa, casi caribeña. El azul del agua y el verde de las montañas se funden en una sola imagen. Una de esas imágenes que se quedan dentro y que regresan mucho después, cuando el lugar ya ha quedado atrás. El viajero recorre el paseo marítimo Princesa Letizia, llamado así en honor a la actual reina, hija adoptiva de Ribadesella, como recuerda una placa.

Los pasos lo llevan hacia la ermita de la Guía. Intuye que, desde lo alto, le aguarda una nueva perspectiva del paisaje, quizá la más linda de todas.

Y allí, frente al Cantábrico y sobre la desembocadura del Sella, Asturias se revela en todo su esplendor: verde de montes, abierta al mar, bajo un cielo inmenso e inquebrantable. Desde aquel lugar, el paisaje parece extenderse sin límites y reunir, en un solo instante, río, montaña, mar y horizonte.

Aunque el viajero haya recorrido ya este camino, aunque conozca la belleza de este rincón, la contemplación vuelve a sentirse nueva. Como si fuera la primera vez que los ojos descubren este paisaje. Como si Asturias, por un instante, acabara de ser revelada ante él. 

Porque desde lo alto de la Guía no termina el viaje. Allí comienza, más bien, otro modo de mirar: el de sentir con otros sentidos, o con los de siempre, pero con mayor intensidad. El de acariciar y saborear la belleza con la mirada, consciente de que todavía le quedan muchos rincones por descubrir, muchos lugares por visitar, muchas personas con las que conversar. El viajero cree que viajar no consiste únicamente en ver. Ni siquiera está seguro de que ver sea lo más importante. Viajar es sentir. Sentirlo todo de todas las maneras. Un mantra que lleva ya desde hace tiempo en las venas. 

Con esa idea todavía rondándole por la cabeza, el viajero abandona el mirador de la ermita de la Guía y desciende hacia la playa. Allí se tumba sobre la arena y se entrega a uno de esos instantes en los que parece que el tiempo decide detenerse. Solo la arena bajo el cuerpo, el rumor del mar, la luz del Cantábrico y ese extraño y maravilloso privilegio de estar vivo. El viajero se siente en armonía con la naturaleza y consigo mismo. Hasta que la realidad, que suele tener la mala costumbre de presentarse sin avisar, decide devolverlo de golpe al mundo. Alguien ha decidido quemar algún rastrojo al lado de su propia casa, en la villa de Ribadesella. ¿Estará soñando el viajero? ¿O es, sencillamente, un disparate de algún trastocado?

El fuego se va de madre. Una bella visitante alerta al viajero de que al pirómano de turno se le ha ido de las manos la lumbre y peligra su casa y la de los vecinos. El ambiente se atufa de humo y aquella sensación placentera que poco antes tenía sobre la arena de la playa comienza a desvanecerse.

El espectáculo resulta grotesco porque aún es verano y luce un día espléndido. El cielo está despejado, el paisaje parece sacado de una postal y, sin embargo, una nube de humo viene a recordarle al viajero que la realidad también forma parte del viaje, incluso cuando uno no la ha invitado. 

Parece que algún vecino o vecina ha avisado a la Policía Local. El humo mismo es un delator, un chivato. Y la patrulla aparece en pocos minutos en el lugar del suceso.

El viajero piensa —a veces le da por pensar, aunque solo sea en los recibos de la luz— que estas cosas domésticas también forman parte del viaje. No todo consiste en visitar monumentos, contemplar paisajes de ensueño o dejarse embelesar por la belleza. También están los incendios improvisados, el humo, los vecinos, la policía y esos episodios absurdos que, sin pedir permiso, terminan incorporándose a la memoria de un lugar.

Quizá sea esa la verdadera materia de los viajes: no solo aquello que uno sale a buscar, sino también aquello que se encuentra por el camino. Y ahora qué, se pregunta el viajero. Tal vez haya llegado la hora de finalizar el recorrido. Ocasión habrá de volver a Ribadesella para disfrutar de otras impresiones, otras emociones y otros espacios. Quizá para recorrer el antiguo barrio del Portiellu, con sus calles estrechas y sus casas de colores; quizá para subir o bajar por la escalera de colores, situada en la parte alta del barrio; quizá para adentrarse en las cuevas de Tito Bustillo. Pero eso será otro día. 

También eso es viajar. Por el momento, el viajero se siente satisfecho y con ganas de recrearse en los momentos vividos. Ha visto el río hacerse mar, ha contemplado Asturias desde lo alto de la ermita de la Guía, ha sentido la arena bajo el cuerpo y hasta ha asistido, involuntariamente, a un pequeño episodio surrealista. También eso es viajar.

Ahora estaría bien agarrar un helicóptero —o algo por el estilo— y sobrevolar Asturias hasta alcanzar la matria chica del viajero. Desde arriba todo debe de parecer distinto. Quizá desde el aire pudiera reconocer aquellos lugares que alguna vez creyó conocer. Porque uno nunca termina de conocer del todo los lugares que ama. Ni siquiera cuando cree haberlos recorrido mil veces. Tal vez tampoco termina uno de conocerse a sí mismo. 

El viajero mira hacia el horizonte. El río ya se ha hecho mar. El viaje, por ahora, también llega a su fin. Pero solo por ahora. Porque mientras quede un camino por recorrer, una canción que recordar, un paisaje que contemplar o una historia que contar, siempre habrá una razón para volver a ponerse en marcha.

La vida es breve. El mundo, inmenso. Y quedarse quieto nunca fue lo suyo. Así que mira otra vez hacia el horizonte. Y sonríe.

Qué por soñar no sea.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Julio Llamazares: memoria, paisaje y purga del corazón

Siempre es un placer ver y escuchar al maestro Julio Llamazares, por cuya obra siento verdadera devoción. Y, además, es un buen tipo. Lo dijo ayer tarde la periodista y escritora Noemí Sabugal en la librería El Libro Imposible de Ponferrada, abarrotada para escuchar al escritor leonés. Algo que, por supuesto, suscribo. 

https://cuenya.blogspot.com/2018/04/la-fragua-literaria-leonesa-noemi.html

Julio Llamazares con Noemí, a la izquierda y Petia, a la derecha

Noemí acompañó a Julio Llamazares en la mesa de presentación de El viaje de mi padre para conversar con él acerca de la literatura, de la memoria y el paisaje, de la vida, con la colaboración de Petia, responsable de El Libro Imposible.

Siempre es un placer, también, leer sus libros. Entre ellos, El viaje de mi padre, una de sus obras más recientes, que está a punto de cumplir un año desde su publicación y sobre la que tuve ocasión de escribir una reseña en su momento. https://cuenya.blogspot.com/2025/11/el-viaje-de-mi-padre-de-julio-llamazares.html

Pero ayer no solo habló de su libro. Con ese característico sentido del humor y su sensibilidad, Llamazares fue desgranando ante el público algunas reflexiones acerca de la memoria y el paisaje, dos constantes que atraviesan buena parte de su obra. https://cuenya.blogspot.com/2013/05/julio-llamazares-sublime.html

Porque el paisaje, según Llamazares, es memoria. Eso mismo aparece, por ejemplo, en El río del olvido, uno de sus excelentes libros de viaje. Y es que Julio es un auténtico maestro de la literatura de viajes, un género que acaso sea —que es— la madre de la literatura, como él mismo diría.

Memoria emocional, me atrevería a añadir. «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», escribió el Nobel Gabriel García Márquez en su libro de memorias Vivir para contarla. https://cuenya.blogspot.com/2014/04/gabo.html Y quizá el paisaje tenga mucho que ver con esa memoria que no se limita a conservar datos, sino que guarda sensaciones, emociones, pérdidas, encuentros, lugares y momentos.

El paisaje guarda lo que fuimos, lo que vivimos y, acaso también, aquello que ya no podemos recuperar de otra manera. Sin memoria no somos nadie. Qué terrible resulta comprobarlo en las personas afectadas por el alzhéimer y otras demencias, cuando la pérdida progresiva de la memoria va desdibujando también la identidad.

Y la memoria, para un escritor, puede convertirse —se convierte, en realidad— en un manantial inagotable de literatura. 


El territorio puede estudiarse en función de sus características geológicas, geográficas, climáticas o físicas. Pero se convierte en paisaje a través de la mirada, de la percepción de quien lo contempla. El paisaje no está únicamente fuera: también está dentro de nosotros. Hay, en efecto, una fusión del ser y el paisaje, como sucede en buena parte de la literatura romántica. Y en esto Julio Llamazares es, a mi juicio, un escritor romántico.

De memoria y paisaje está hecho también El viaje de mi padre. El libro nace de aquello que su padre apenas le contó sobre su experiencia traumática durante la Guerra Incivil. «Cuando uno es joven no escucha a los padres», reconoció Julio. Quizá por eso, con los años, sintió la necesidad de regresar a aquellas palabras escasas, a aquellos silencios, para intentar reconstruir lo que pudo sentir su padre cuando, siendo apenas un muchacho de dieciocho años, fue enviado al frente. Al cruento frente de Teruel, entre otros frentes. 

Escribir para regresar, para recordar. Escribir para comprender. Escribir, quizá, para reconciliarse con aquello que no pudo preguntarse a tiempo. Incluso eso que algunos llaman imaginación no es otra cosa, recordó Julio, citando al escritor portugués António Lobo Antunes, que memoria fermentada.

Julio Llamazares reconoce que esta y otras obras suyas son una «purga del corazón». La expresión me lleva inevitablemente a Camilo José Cela, que escribe al comienzo de Oficio de tinieblas 5: «Esto no es una novela, sino la purga de mi corazón».

Hay escritores que necesitan escribir de un modo vital. Porque necesitan sacar fuera aquello que llevan dentro, dar forma a sus dolores, a sus obsesiones, a sus miedos. La literatura como catarsis. Como una manera de poner palabras allí donde antes solo había silencio.

Y, en ese sentido, Llamazares escribe también para liberarse. Para exorcizar sus fantasmas. Para aliviar, mediante la escritura, ese malestar que de otro modo permanecería enquistado, tumoroso. Una purga íntima que, paradójicamente, termina convirtiéndose en literatura para los demás.

Lo expresó con su habitual ironía al comparar la escritura con la terapia: hay quien paga para sentirse mejor y hay escritores que, en cambio, plasman sus miedos, sus obsesiones y sus malestares sobre el papel y, por si fuera poco, reciben dinero por ello.

Quizá ahí resida una de las grandes paradojas —y también uno de los grandes privilegios— de la literatura: convertir el dolor en palabras, las palabras en memoria y la memoria en un paisaje que, al leerlo, también acaba siendo nuestro.

Convertir el dolor en palabras, como hace Umbral de un modo lírico y desgarrador en Mortal y rosa, escrito a raíz de la muerte de su hijo Pincho, fallecido siendo un niño a causa de la leucemia. Porque también la literatura puede ser una forma de aliviar el dolor cuando el dolor parece no tener palabras.

Y después de escucharlo hablar de memoria, de paisaje, de literatura y de vida, me encantó poder saludar y charlar un ratito con Julio Llamazares. Incluso hacerle algunas fotos durante la presentación y también al final del acto, en la librería. 


Un placer compartir ese momento con él, con tanta gente conocida y amiga: con Noemí, Victoria, Álida, Clara, Teje, Nidia, Mónica, Toñi, María Jesús, Ruy, Óscar, Melchor, Alberto y tantas otras personas que podría mencionar, aunque casi seguro que me olvidaría de alguna. Y, por supuesto, con Petia y Álex, que llevan El Libro Imposible de una manera ejemplar y hacen de esta librería un lugar donde suceden cosas importantes.

Porque, al final, quizá se trate de recordar, de contar y de compartir. De convertir la memoria en palabras y las palabras en compañía.