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sábado, 12 de septiembre de 2026

De cangas de Onís a Ribadesella, a bordo de una canoa

 


El viajero continúa su periplo por les Asturies de los sus amores.

Hay lugares que permanecen agazapados en algún rincón de la memoria y que, cuando menos se espera, reaparecen. A veces basta una canción. O un nombre. O el recuerdo de un verano lejano. Ribadesella es uno de esos lugares.

El viajero recuerda que, siendo un jovenzuelo y mientras estudiaba en la Universidad de Oviedo, se fue un verano con unos amigos del útero de Gistredo al descenso del Sella. Hasta Arriondas —Les Arriondes—. Y desde allí, a Ribadesella. 

Era otro tiempo. Un tiempo en el que lo importante era pasárselo bien, descubrir el mundo y bailar hasta que el cuerpo aguantara, al ritmo de la bachata o de lo que se terciara. Por entonces estaba de moda Juan Luis Guerra. El viajero lo recuerda bien. En los garitos, e incluso en la calle, frente a los chigres, sonaba La bilirrubina, aquella canción de Bachata rosa, y tantas otras del dominicano universal. Qué tiempos aquellos. 

Al viajero, que siempre ha sido de andar animado —para qué estar de bajón si la vida le está sonriendo—, le da por tararear unos versos de Juan Luis Guerra. Quizá entonces cantara aquella canción pensando en la mujer de sus sueños. En su rayo de luna becqueriano. En su musa. Porque el viajero, que se ha vuelto romántico —o quizá ya lo era y no se había dado cuenta—, siempre ha sentido cierta querencia por esas músicas y esos amores que uno recuerda mucho después de que hayan dejado de sonar.

También recuerda —cuántos recuerdos; se nota que ya se hizo viejo, o pendejo— que de Arriondas eran sus compis de piso en la calle Capitán Almeida, hoy Fernando Alonso, en el Campillín de Oviedo.

Recuerda a Víctor, o Vito, y Celestino, sus compañeros de piso, dos personajes arriondenses de novela decimonónica, dignos de haberse paseado por las páginas de La Regenta, de Clarín. Sobre todo Celestino, que daría para un buen puñado de páginas. Pero no es ahora el momento. Ya habrá ocasión para rescatar del olvido a aquel personaje y devolverlo, aunque solo sea por unas líneas, a las calles de Arriondas, de Vetusta y a la memoria del viajero. 


Ahora toca Ribadesella. El viajero la ha visitado en más de una ocasión y en la que incluso llegó a impartir docencia en un aula de la UNED. O eso cree. Porque con los años la memoria suele convertir los hechos en leyendas. De lo que sí tiene constancia es de haber impartido un curso en el aula de la UNED de Cangas de Onís allá por 2010. ¿Qué será de Gonzalo, el coordinador del aula de la UNED de Cangas de Onís? Se portó estupendamente con el viajero. Hay personas que aparecen en algún recuncho de la vida y que, aunque el tiempo se empeñe en borrarlas de la memoria cotidiana, dejan tras de sí una huella. 

En esta ocasión, el viajero parte precisamente de Cangas de Onís, tierra del monarca don Pelayo, rumbo a Ribadesella. Y lo hace, en su fantasía, en piragua o canoa. Acaso como un atleta acuático, uno de esos duendecillos a los que les encanta sumergirse en los ríos como el Sella, cuya nacencia se encuentra en la provincia leonesa, su provincia. Aunque el viajero se siente leonés, también se siente astur y ciudadano del universo conocido. Incluso de algún universo desconocido y extraterrestre, que nunca se sabe.

A estas alturas de la vida, el viajero es consciente de sus limitaciones. Sabe que la existencia es breve, que ponerle puertas al campo suele ser algo bastante absurdo. Así que, si hay que soñar, que sea a lo grande. 

Desde niño arrastra un sueño sencillo: descender un río en una barca, dejarse llevar por la corriente y navegar Asturias de norte a sur, del oriente al occidente, sin otra brújula que el agua. Un sueño sencillo y hermoso. Quizá por eso, mientras avanza hacia Ribadesella, tiene la sensación de navegar realmente por el Sella. El agua lleva la canoa. La corriente marca el rumbo. Y a ambos lados aparece ese verde aromático de Asturias que tantas veces ha perseguido con la mirada y con la palabra. El mismo verde que buscó en El verde aroma del Noroeste, cuando sintió la necesidad de recorrer el Noroeste peninsular, detenerse en sus paisajes, hablar con sus gentes, atravesar sus pueblos y tratar de explicar esa extraña manera que tiene un territorio de quedarse prendido en la memoria. Ahora vuelve a encontrarlo.

Pero esta vez lo contempla desde el agua. Y entonces comprende algo. Quizá aquel viaje no terminó nunca. Quizá algunos caminos no se recorren una sola vez. Permanecen abiertos, esperando pacientemente a que uno regrese. Porque viajar también consiste en volver a los lugares que uno creyó conocer y descubrir que todavía tenían algo que decir. La naturaleza abraza al viajero, que ya empieza a dejarse llevar por la corriente y por los recuerdos. De repente piensa en el relato 
A la deriva, de Horacio Quiroga. 

También recuerda aquel descenso, algo arriesgado, que hizo años atrás con un grupo de estudiantes de la Universidad de León, cuando el Sella llevaba mucha agua. El agua siempre tiene algo de aventura. Y también algo de peligro. Pero el viajero prefiere quedarse con la belleza. Poco a poco, el río se ensancha. La luz se abre. El paisaje respira. Y, finalmente, el Sella se entrega al mar. La ría aparece luminosa, casi caribeña. El azul del agua y el verde de las montañas se funden en una sola imagen. Una de esas imágenes que se quedan dentro y que regresan mucho después, cuando el lugar ya ha quedado atrás. El viajero recorre el paseo marítimo Princesa Letizia, llamado así en honor a la actual reina, hija adoptiva de Ribadesella, como recuerda una placa.

Los pasos lo llevan hacia la ermita de la Guía. Intuye que, desde lo alto, le aguarda una nueva perspectiva del paisaje, quizá la más linda de todas.

Y allí, frente al Cantábrico y sobre la desembocadura del Sella, Asturias se revela en todo su esplendor: verde de montes, abierta al mar, bajo un cielo inmenso e inquebrantable. Desde aquel lugar, el paisaje parece extenderse sin límites y reunir, en un solo instante, río, montaña, mar y horizonte.

Aunque el viajero haya recorrido ya este camino, aunque conozca la belleza de este rincón, la contemplación vuelve a sentirse nueva. Como si fuera la primera vez que los ojos descubren este paisaje. Como si Asturias, por un instante, acabara de ser revelada ante él. 

Porque desde lo alto de la Guía no termina el viaje. Allí comienza, más bien, otro modo de mirar: el de sentir con otros sentidos, o con los de siempre, pero con mayor intensidad. El de acariciar y saborear la belleza con la mirada, consciente de que todavía le quedan muchos rincones por descubrir, muchos lugares por visitar, muchas personas con las que conversar. El viajero cree que viajar no consiste únicamente en ver. Ni siquiera está seguro de que ver sea lo más importante. Viajar es sentir. Sentirlo todo de todas las maneras. Un mantra que lleva ya desde hace tiempo en las venas. 

Con esa idea todavía rondándole por la cabeza, el viajero abandona el mirador de la ermita de la Guía y desciende hacia la playa. Allí se tumba sobre la arena y se entrega a uno de esos instantes en los que parece que el tiempo decide detenerse. Solo la arena bajo el cuerpo, el rumor del mar, la luz del Cantábrico y ese extraño y maravilloso privilegio de estar vivo. El viajero se siente en armonía con la naturaleza y consigo mismo. Hasta que la realidad, que suele tener la mala costumbre de presentarse sin avisar, decide devolverlo de golpe al mundo. Alguien ha decidido quemar algún rastrojo al lado de su propia casa, en la villa de Ribadesella. ¿Estará soñando el viajero? ¿O es, sencillamente, un disparate de algún trastocado?

El fuego se va de madre. Una bella visitante alerta al viajero de que al pirómano de turno se le ha ido de las manos la lumbre y peligra su casa y la de los vecinos. El ambiente se atufa de humo y aquella sensación placentera que poco antes tenía sobre la arena de la playa comienza a desvanecerse.

El espectáculo resulta grotesco porque aún es verano y luce un día espléndido. El cielo está despejado, el paisaje parece sacado de una postal y, sin embargo, una nube de humo viene a recordarle al viajero que la realidad también forma parte del viaje, incluso cuando uno no la ha invitado. 

Parece que algún vecino o vecina ha avisado a la Policía Local. El humo mismo es un delator, un chivato. Y la patrulla aparece en pocos minutos en el lugar del suceso.

El viajero piensa —a veces le da por pensar, aunque solo sea en los recibos de la luz— que estas cosas domésticas también forman parte del viaje. No todo consiste en visitar monumentos, contemplar paisajes de ensueño o dejarse embelesar por la belleza. También están los incendios improvisados, el humo, los vecinos, la policía y esos episodios absurdos que, sin pedir permiso, terminan incorporándose a la memoria de un lugar.

Quizá sea esa la verdadera materia de los viajes: no solo aquello que uno sale a buscar, sino también aquello que se encuentra por el camino. Y ahora qué, se pregunta el viajero. Tal vez haya llegado la hora de finalizar el recorrido. Ocasión habrá de volver a Ribadesella para disfrutar de otras impresiones, otras emociones y otros espacios. Quizá para recorrer el antiguo barrio del Portiellu, con sus calles estrechas y sus casas de colores; quizá para subir o bajar por la escalera de colores, situada en la parte alta del barrio; quizá para adentrarse en las cuevas de Tito Bustillo. Pero eso será otro día. 

También eso es viajar. Por el momento, el viajero se siente satisfecho y con ganas de recrearse en los momentos vividos. Ha visto el río hacerse mar, ha contemplado Asturias desde lo alto de la ermita de la Guía, ha sentido la arena bajo el cuerpo y hasta ha asistido, involuntariamente, a un pequeño episodio surrealista. También eso es viajar.

Ahora estaría bien agarrar un helicóptero —o algo por el estilo— y sobrevolar Asturias hasta alcanzar la matria chica del viajero. Desde arriba todo debe de parecer distinto. Quizá desde el aire pudiera reconocer aquellos lugares que alguna vez creyó conocer. Porque uno nunca termina de conocer del todo los lugares que ama. Ni siquiera cuando cree haberlos recorrido mil veces. Tal vez tampoco termina uno de conocerse a sí mismo. 

El viajero mira hacia el horizonte. El río ya se ha hecho mar. El viaje, por ahora, también llega a su fin. Pero solo por ahora. Porque mientras quede un camino por recorrer, una canción que recordar, un paisaje que contemplar o una historia que contar, siempre habrá una razón para volver a ponerse en marcha.

La vida es breve. El mundo, inmenso. Y quedarse quieto nunca fue lo suyo. Así que mira otra vez hacia el horizonte. Y sonríe.

Qué por soñar no sea.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Julio Llamazares: memoria, paisaje y purga del corazón

Siempre es un placer ver y escuchar al maestro Julio Llamazares, por cuya obra siento verdadera devoción. Y, además, es un buen tipo. Lo dijo ayer tarde la periodista y escritora Noemí Sabugal en la librería El Libro Imposible de Ponferrada, abarrotada para escuchar al escritor leonés. Algo que, por supuesto, suscribo. 

https://cuenya.blogspot.com/2018/04/la-fragua-literaria-leonesa-noemi.html

Julio Llamazares con Noemí, a la izquierda y Petia, a la derecha

Noemí acompañó a Julio Llamazares en la mesa de presentación de El viaje de mi padre para conversar con él acerca de la literatura, de la memoria y el paisaje, de la vida, con la colaboración de Petia, responsable de El Libro Imposible.

Siempre es un placer, también, leer sus libros. Entre ellos, El viaje de mi padre, una de sus obras más recientes, que está a punto de cumplir un año desde su publicación y sobre la que tuve ocasión de escribir una reseña en su momento. https://cuenya.blogspot.com/2025/11/el-viaje-de-mi-padre-de-julio-llamazares.html

Pero ayer no solo habló de su libro. Con ese característico sentido del humor y su sensibilidad, Llamazares fue desgranando ante el público algunas reflexiones acerca de la memoria y el paisaje, dos constantes que atraviesan buena parte de su obra. https://cuenya.blogspot.com/2013/05/julio-llamazares-sublime.html

Porque el paisaje, según Llamazares, es memoria. Eso mismo aparece, por ejemplo, en El río del olvido, uno de sus excelentes libros de viaje. Y es que Julio es un auténtico maestro de la literatura de viajes, un género que acaso sea —que es— la madre de la literatura, como él mismo diría.

Memoria emocional, me atrevería a añadir. «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», escribió el Nobel Gabriel García Márquez en su libro de memorias Vivir para contarla. https://cuenya.blogspot.com/2014/04/gabo.html Y quizá el paisaje tenga mucho que ver con esa memoria que no se limita a conservar datos, sino que guarda sensaciones, emociones, pérdidas, encuentros, lugares y momentos.

El paisaje guarda lo que fuimos, lo que vivimos y, acaso también, aquello que ya no podemos recuperar de otra manera. Sin memoria no somos nadie. Qué terrible resulta comprobarlo en las personas afectadas por el alzhéimer y otras demencias, cuando la pérdida progresiva de la memoria va desdibujando también la identidad.

Y la memoria, para un escritor, puede convertirse —se convierte, en realidad— en un manantial inagotable de literatura. 


El territorio puede estudiarse en función de sus características geológicas, geográficas, climáticas o físicas. Pero se convierte en paisaje a través de la mirada, de la percepción de quien lo contempla. El paisaje no está únicamente fuera: también está dentro de nosotros. Hay, en efecto, una fusión del ser y el paisaje, como sucede en buena parte de la literatura romántica. Y en esto Julio Llamazares es, a mi juicio, un escritor romántico.

De memoria y paisaje está hecho también El viaje de mi padre. El libro nace de aquello que su padre apenas le contó sobre su experiencia traumática durante la Guerra Incivil. «Cuando uno es joven no escucha a los padres», reconoció Julio. Quizá por eso, con los años, sintió la necesidad de regresar a aquellas palabras escasas, a aquellos silencios, para intentar reconstruir lo que pudo sentir su padre cuando, siendo apenas un muchacho de dieciocho años, fue enviado al frente. Al cruento frente de Teruel, entre otros frentes. 

Escribir para regresar, para recordar. Escribir para comprender. Escribir, quizá, para reconciliarse con aquello que no pudo preguntarse a tiempo. Incluso eso que algunos llaman imaginación no es otra cosa, recordó Julio, citando al escritor portugués António Lobo Antunes, que memoria fermentada.

Julio Llamazares reconoce que esta y otras obras suyas son una «purga del corazón». La expresión me lleva inevitablemente a Camilo José Cela, que escribe al comienzo de Oficio de tinieblas 5: «Esto no es una novela, sino la purga de mi corazón».

Hay escritores que necesitan escribir de un modo vital. Porque necesitan sacar fuera aquello que llevan dentro, dar forma a sus dolores, a sus obsesiones, a sus miedos. La literatura como catarsis. Como una manera de poner palabras allí donde antes solo había silencio.

Y, en ese sentido, Llamazares escribe también para liberarse. Para exorcizar sus fantasmas. Para aliviar, mediante la escritura, ese malestar que de otro modo permanecería enquistado, tumoroso. Una purga íntima que, paradójicamente, termina convirtiéndose en literatura para los demás.

Lo expresó con su habitual ironía al comparar la escritura con la terapia: hay quien paga para sentirse mejor y hay escritores que, en cambio, plasman sus miedos, sus obsesiones y sus malestares sobre el papel y, por si fuera poco, reciben dinero por ello.

Quizá ahí resida una de las grandes paradojas —y también uno de los grandes privilegios— de la literatura: convertir el dolor en palabras, las palabras en memoria y la memoria en un paisaje que, al leerlo, también acaba siendo nuestro.

Convertir el dolor en palabras, como hace Umbral de un modo lírico y desgarrador en Mortal y rosa, escrito a raíz de la muerte de su hijo Pincho, fallecido siendo un niño a causa de la leucemia. Porque también la literatura puede ser una forma de aliviar el dolor cuando el dolor parece no tener palabras.

Y después de escucharlo hablar de memoria, de paisaje, de literatura y de vida, me encantó poder saludar y charlar un ratito con Julio Llamazares. Incluso hacerle algunas fotos durante la presentación y también al final del acto, en la librería. 


Un placer compartir ese momento con él, con tanta gente conocida y amiga: con Noemí, Victoria, Álida, Clara, Teje, Nidia, Mónica, Toñi, María Jesús, Ruy, Óscar, Melchor, Alberto y tantas otras personas que podría mencionar, aunque casi seguro que me olvidaría de alguna. Y, por supuesto, con Petia y Álex, que llevan El Libro Imposible de una manera ejemplar y hacen de esta librería un lugar donde suceden cosas importantes.

Porque, al final, quizá se trate de recordar, de contar y de compartir. De convertir la memoria en palabras y las palabras en compañía.

Lagos de Covadonga, una belleza sublime



Sí, el viajero se dirige a los Lagos de Covadonga con la esperanza puesta en contemplarlos bajo una luz radiante, con el cielo azul como telón de fondo. La vez anterior, hace ya tres años, pudo verlos, sí, pero en medio de una espesa niebla que terminó por envolverlo todo.
https://cuenya.blogspot.com/2023/10/lagos-y-lagunas-que-entranan.html 


En Cangas de Onís luce el sol y el viajero se siente animado. La subida hasta los lagos le procura un auténtico chute de dopamina. Se siente en éxtasis, como un anacoreta que, después de alcanzar la levitación, hubiera atravesado el umbral hacia una nueva dimensión. Esto de elevarse es algo que al viajero siempre le ha encantado.

A medida que gana altura, tiene la impresión de adentrarse en una zona boscosa poblada por xanas y cuélebres, quizá también por algún vampiro flipado de esos que uno podría imaginar en la Transilvania rumana. La montaña asturiana empieza a adquirir un aire fantástico, casi onírico. 

Santuario de Covadonga

Y cuando ante su mirada se alza el santuario de Covadonga, siente que se hubiera trasladado, por arte de magia, a otro lugar, a un mundo exótico y misterioso. Hay algo en este entorno que desborda lo puramente paisajístico. Es la combinación de la montaña, el bosque, la piedra y esa luz cambiante que convierte cada curva del camino en una revelación.

Covadonga es un entorno mágico, sagrado, religioso para quienes deseen sentirlo así. Y el viajero, que venía buscando luz, acaba encontrando un paisaje que conserva intacto su misterio.

Continúa rumbo a los ansiados lagos.
Las vistas hacia los Picos de Europa resultan alucinantes. Antes de contemplarlos, todavía bajo una luz radiante, disfruta de un paisaje soberbio. Incluso cree atisbar el Naranjo de Bulnes, el Pico Urriellu. Es probable que sea una alucinación suya. O no.

En el camino se encuentra con una pareja de jóvenes madrileños que le pide que les haga una foto. Es la chica quien se acerca y le pregunta si puede hacerles un retrato con aquel bello entorno como escenario acaso fílmico. El viajero accede, naturalmente.

Apenas han transcurrido unos instantes cuando algo empieza a cambiar. La niebla comienza a descender. El viajero no puede dar crédito a lo que está presenciando. Una bella visitante le alerta de que, en poco tiempo, la zona quedará cubierta por la niebla. 

No puede ser. Esta vez, no.

El viajero había subido con la esperanza de contemplar los lagos bajo una intensa luz veraniega. Con el cielo despejado, quizá incluso con ese azul rotundo que convierte las montañas en estampas de postal. Pero la montaña tiene sus propios planes. 

Cuando quiere darse cuenta, la niebla ya está inundándolo todo. Avanza con una rapidez desconcertante, borrando poco a poco las montañas, los caminos y las vistas que apenas unos minutos antes se ofrecían luminosas ante sus ojos. Y todavía le queda un trecho por recorrer hasta alcanzar el lago de la Ercina. 

Lago Ercina
La historia parece repetirse. Tres años después, el viajero vuelve a enfrentarse a la niebla. Uno hace sus planes, pero la naturaleza se encarga de hacer los suyos. Y ante ella, el viajero se siente empequeñecido. 

La sensación le conduce inevitablemente a un conocido cuadro del pintor alemán Caspar David Friedrich: El caminante sobre un mar de nubes. En él, un hombre solitario contempla desde lo alto un paisaje que parece no tener fin.

El viajero también se siente pequeño ante la montaña. Pequeño ante la niebla. Pequeño, en definitiva, ante una naturaleza que no atiende a planes ni expectativas y que, de vez en cuando, se encarga de recordarnos quién manda.

Uno puede subir buscando el cielo azul, la luz perfecta, la fotografía soñada. Pero la montaña decide. Y esta vez, como ya ocurrió hace tres años, parece haber decidido que el viajero tendrá que ganarle la partida a los lagos. 


Quizá los lagos no jueguen ninguna partida, ni siquiera una de ajedrez, como la que disputan la muerte y el protagonista de El séptimo sello, de Ingmar Bergman. Pero en esta ocasión también ellos se revelan bajo una luz grisácea, envueltos en una atmósfera que los hace parecer más próximos a un sueño que a un paisaje real.

El lago de la Ercina se muestra al viajero, en un principio, como una aparición fantasmagórica. Apenas se intuyen sus formas entre la niebla. Sin embargo, a medida que se acerca, comienzan a dibujarse sus contornos. La luz cambiante, acompañada por la niebla que desciende sobre el paisaje, le permite a duras penas tomar algunas instantáneas. No hay tiempo que perder.

El clima, plenamente veraniego nada más poner los pies en este entorno, se ha tornado de pronto otoñal. 

Después de dejar atrás el lago de la Ercina, el viajero asciende por una pendiente. Desde lo alto intuye que, abajo, al fondo, se encuentra el lago Enol. Tiene la impresión de que, a medida que descienda hacia él, el lago irá aclarándose. Y así sucede.

Por fortuna, el lago Enol acaba revelándose como una imagen antigua. Una de esas imágenes que parecen haber permanecido intactas en algún rincón de la memoria, esperando el momento preciso para volver a aparecer.

La niebla todavía juega con el paisaje, pero ahora el viajero empieza a distinguir el lago, sus aguas, las montañas que lo rodean. Poco a poco, aquello que parecía oculto comienza a hacerse visible. Y comprende que quizá la montaña le haya vuelto a ganar la partida, sí, pero también le ha concedido algo a cambio: la posibilidad de contemplar los lagos de un modo distinto. Acaso más misterioso. Más romántico. En medio de la niebla. 

Quizá no sea la fotografía soñada. Pero sí otra historia que contar. Y quizá sea precisamente eso lo que la montaña quería enseñarle.



Los Lagos de Covadonga se presentan ante el viajero como una belleza sublime, casi irreal, semejante a un cuadro pictórico romántico en movimiento. La grandiosidad de las montañas, la niebla que envuelve el paisaje, la luz cambiante y el silencio del entorno crean una atmósfera que recuerda inevitablemente al universo de Caspar David Friedrich. Como en la obra de Friedrich, el ser humano aparece diminuto frente a una naturaleza que lo sobrepasa. Y en Covadonga el viajero no se limita a contemplar el cuadro. Siente que ha entrado en él. Se convierte, por un instante, en aquel caminante que se detiene ante un mundo de montañas, nubes, vacas y abismos, suspendido entre lo visible y lo infinito. 


La niebla se desplaza como una pincelada viva. La luz transforma continuamente las montañas. El paisaje parece componerse y descomponerse ante los ojos del visitante. Es una pintura que respira. Un cuadro que cambia. Un paisaje que se mueve.

Visitar este paraje supone, en cierto modo, penetrar en una pintura romántica: situarse frente a la inmensidad, experimentar la pequeñez humana y, al mismo tiempo, sentir la fascinación de formar parte de aquello que se contempla. El viajero deja de estar ante el paisaje para encontrarse dentro de él.

Y quizá no sea casualidad que la visita a los lagos coincida con la víspera del Día de Asturias. Porque hay lugares que, de alguna manera, terminan visitándolo a uno. 


Al regresar a Cangas de Onís, al hotel Virgen de Covadonga, el viajero lleva consigo la sensación de haberse adentrado en una nueva dimensión: un territorio en el que la naturaleza respira, cambia y se revela a cada instante.