El viajero continúa su periplo por les Asturies de los sus amores.
Hay lugares que permanecen agazapados en algún rincón de la memoria y que, cuando menos se espera, reaparecen. A veces basta una canción. O un nombre. O el recuerdo de un verano lejano. Ribadesella es uno de esos lugares.
El viajero recuerda que, siendo un jovenzuelo y mientras estudiaba en la Universidad de Oviedo, se fue un verano con unos amigos del útero de Gistredo al descenso del Sella. Hasta Arriondas —Les Arriondes—. Y desde allí, a Ribadesella.
Era otro tiempo. Un tiempo en el que lo importante era pasárselo bien, descubrir el mundo y bailar hasta que el cuerpo aguantara, al ritmo de la bachata o de lo que se terciara. Por entonces estaba de moda Juan Luis Guerra. El viajero lo recuerda bien. En los garitos, e incluso en la calle, frente a los chigres, sonaba La bilirrubina, aquella canción de Bachata rosa, y tantas otras del dominicano universal. Qué tiempos aquellos.
Al viajero, que siempre ha sido de andar animado —para qué estar de bajón si la vida le está sonriendo—, le da por tararear unos versos de Juan Luis Guerra. Quizá entonces cantara aquella canción pensando en la mujer de sus sueños. En su rayo de luna becqueriano. En su musa. Porque el viajero, que se ha vuelto romántico —o quizá ya lo era y no se había dado cuenta—, siempre ha sentido cierta querencia por esas músicas y esos amores que uno recuerda mucho después de que hayan dejado de sonar.
También recuerda —cuántos recuerdos; se nota que ya se hizo viejo, o pendejo— que de Arriondas eran sus compis de piso en la calle Capitán Almeida, hoy Fernando Alonso, en el Campillín de Oviedo.
Recuerda a Víctor, o Vito, y Celestino, sus compañeros de piso, dos personajes arriondenses de novela decimonónica, dignos de haberse paseado por las páginas de La Regenta, de Clarín. Sobre todo Celestino, que daría para un buen puñado de páginas. Pero no es ahora el momento. Ya habrá ocasión para rescatar del olvido a aquel personaje y devolverlo, aunque solo sea por unas líneas, a las calles de Arriondas, de Vetusta y a la memoria del viajero.
Ahora toca Ribadesella. El viajero la ha visitado en más de una ocasión y en la que incluso llegó a impartir docencia en un aula de la UNED. O eso cree. Porque con los años la memoria suele convertir los hechos en leyendas. De lo que sí tiene constancia es de haber impartido un curso en el aula de la UNED de Cangas de Onís allá por 2010. ¿Qué será de Gonzalo, el coordinador del aula de la UNED de Cangas de Onís? Se portó estupendamente con el viajero. Hay personas que aparecen en algún recuncho de la vida y que, aunque el tiempo se empeñe en borrarlas de la memoria cotidiana, dejan tras de sí una huella.
En esta ocasión, el viajero parte
precisamente de Cangas de Onís, tierra del monarca don Pelayo, rumbo a
Ribadesella. Y lo hace, en su fantasía, en piragua o canoa. Acaso como un
atleta acuático, uno de esos duendecillos a los que les encanta sumergirse en
los ríos como el Sella, cuya nacencia se encuentra en la provincia leonesa, su
provincia. Aunque el viajero se siente leonés, también se siente astur y
ciudadano del universo conocido. Incluso de algún universo desconocido y
extraterrestre, que nunca se sabe.
A estas alturas de la vida, el viajero es consciente de sus
limitaciones. Sabe que la existencia es breve, que ponerle puertas al campo suele ser algo bastante absurdo. Así que, si hay que soñar, que sea a lo grande.
Pero esta vez lo contempla desde el agua. Y entonces comprende algo. Quizá aquel viaje no terminó nunca. Quizá algunos caminos no se recorren una sola vez. Permanecen abiertos, esperando pacientemente a que uno regrese. Porque viajar también consiste en volver a los lugares que uno creyó conocer y descubrir que todavía tenían algo que decir. La naturaleza abraza al viajero, que ya empieza a dejarse llevar por la corriente y por los recuerdos. De repente piensa en el relato A la deriva, de Horacio Quiroga.
También recuerda aquel descenso, algo arriesgado, que hizo años atrás con un grupo de estudiantes de la Universidad de León, cuando el Sella llevaba mucha agua. El agua siempre tiene algo de aventura. Y también algo de peligro. Pero el viajero prefiere quedarse con la belleza. Poco a poco, el río se ensancha. La luz se abre. El paisaje respira. Y, finalmente, el Sella se entrega al mar. La ría aparece luminosa, casi caribeña. El azul del agua y el verde de las montañas se funden en una sola imagen. Una de esas imágenes que se quedan dentro y que regresan mucho después, cuando el lugar ya ha quedado atrás. El viajero recorre el paseo marítimo Princesa Letizia, llamado así en honor a la actual reina, hija adoptiva de Ribadesella, como recuerda una placa.
Los pasos lo llevan hacia la ermita de la Guía. Intuye que, desde lo alto, le aguarda una nueva perspectiva del paisaje, quizá la más linda de todas.
Y allí, frente al Cantábrico y sobre la
desembocadura del Sella, Asturias se revela en todo su esplendor: verde de
montes, abierta al mar, bajo un cielo inmenso e inquebrantable. Desde aquel
lugar, el paisaje parece extenderse sin límites y reunir, en un solo instante,
río, montaña, mar y horizonte.
Porque desde lo alto de la Guía no termina el viaje. Allí comienza, más bien, otro modo de mirar: el de sentir con otros sentidos, o con los de siempre, pero con mayor intensidad. El de acariciar y saborear la belleza con la mirada, consciente de que todavía le quedan muchos rincones por descubrir, muchos lugares por visitar, muchas personas con las que conversar. El viajero cree que viajar no consiste únicamente en ver. Ni siquiera está seguro de que ver sea lo más importante. Viajar es sentir. Sentirlo todo de todas las maneras. Un mantra que lleva ya desde hace tiempo en las venas.
El fuego se va de madre. Una bella
visitante alerta al viajero de que al pirómano de turno se le ha ido de las
manos la lumbre y peligra su casa y la de los vecinos. El ambiente se atufa de
humo y aquella sensación placentera que poco antes tenía sobre la arena de la
playa comienza a desvanecerse.
Parece que algún vecino o vecina ha
avisado a la Policía Local. El humo mismo es un delator, un chivato. Y la
patrulla aparece en pocos minutos en el lugar del suceso.
El viajero piensa —a veces le da por
pensar, aunque solo sea en los recibos de la luz— que estas cosas domésticas
también forman parte del viaje. No todo consiste en visitar monumentos,
contemplar paisajes de ensueño o dejarse embelesar por la belleza. También
están los incendios improvisados, el humo, los vecinos, la policía y esos
episodios absurdos que, sin pedir permiso, terminan incorporándose a la memoria
de un lugar.
Quizá sea esa la verdadera materia de los viajes: no solo aquello que uno sale a buscar, sino también aquello que se encuentra por el camino. Y ahora qué, se pregunta el viajero. Tal vez haya llegado la hora de finalizar el recorrido. Ocasión habrá de volver a Ribadesella para disfrutar de otras impresiones, otras emociones y otros espacios. Quizá para recorrer el antiguo barrio del Portiellu, con sus calles estrechas y sus casas de colores; quizá para subir o bajar por la escalera de colores, situada en la parte alta del barrio; quizá para adentrarse en las cuevas de Tito Bustillo. Pero eso será otro día.
También eso es viajar. Por el momento, el viajero se siente
satisfecho y con ganas de recrearse en los momentos vividos. Ha visto el río
hacerse mar, ha contemplado Asturias desde lo alto de la ermita de la Guía, ha sentido la
arena bajo el cuerpo y hasta ha asistido, involuntariamente, a un pequeño
episodio surrealista. También eso es viajar.
Ahora estaría bien agarrar un helicóptero —o algo por el estilo— y sobrevolar Asturias hasta alcanzar la matria chica del viajero. Desde arriba todo debe de parecer distinto. Quizá desde el aire pudiera reconocer aquellos lugares que alguna vez creyó conocer. Porque uno nunca termina de conocer del todo los lugares que ama. Ni siquiera cuando cree haberlos recorrido mil veces. Tal vez tampoco termina uno de conocerse a sí mismo.
El viajero mira hacia el horizonte. El río ya se ha hecho mar. El viaje, por ahora, también llega a su fin. Pero solo por ahora. Porque mientras quede un camino por recorrer, una canción que recordar, un paisaje que contemplar o una historia que contar, siempre habrá una razón para volver a ponerse en marcha.
La vida es breve. El mundo, inmenso. Y quedarse quieto nunca fue lo suyo. Así que mira otra vez hacia el horizonte. Y sonríe.
Qué por soñar no sea.








