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martes, 6 de enero de 2026

Magos y Magas, Reyes y Reinas en la historia de la infamia

En el valle de Urika. Foto: Cuenya

Me gustaría seguir creyendo en los Magos con el sentir de un niño que redescubriera este mundo donde se repite la historia universal de la infamia, título de una colección de cuentos escrita por Borges https://cuenya.blogspot.com/2025/10/borges-en-el-bierzo-letras-bercianas-y.html, que me sirve para hablar de este mundo revuelto, convulso, con mandatarios que se pasan por el forro el Derecho internacional, convirtiendo este mundo en una selva, donde el más fuerte se zampa literalmente al más débil,  arrasando con lo que se les pone por bandera. Un comienzo de año para infartarse. Todos estamos en peligro ante este panorama. Pero no deberíamos perder la ilusión por construir un mundo mejor, con nuestra sonrisa, con nuestras manos artesanas, porque el ser humano también puede mostrar su rostro más amable, tierno y cariñoso. Ojalá. Inshallah. El problema es que el mundo está en manos asesinas.  Hemos construido un mundo con manos asesinas, vino a decirnos Umbral en su Mortal y rosa, que para uno es un libro de cabecera. https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html "La mano ha escrito ondulantes alejandrinos, milagrosos pentagramas, pero su forma se la ha dado la violencia, la caza y el crimen. Es la mano de un primate haciendo pendolismo. La cultura no ha conformado la mano como la guerra. Nuestra mano es una herramienta y un arma. Tiene el molde de la violencia. Por eso, cuando redacta leyes, suelen salirle violentas, y cuando redacta poemas suelen salirle mentiras. Tenemos las manos sucias de sangre, las manos del hombre han matado mucho. La guerra y el crimen no son sino un volver a lavarse las manos en la sangre primera de las destrucciones prehistóricas, en la garganta caliente y roja del hermano o del carnero", escribe este coloso de las letras de un modo revelador https://cuenya.blogspot.com/2011/10/umbral-sublime-sin-interrupcion.html. Pues sí, vivimos en un proceloso océano de mentiras, de falsedades. Y para sobrevivir hemos de auto-engañarnos. 

Me gustaría seguir creyendo en los Magos y en las Magas con el sentir de un niño que vibrara al compás de la música celestial, asombrado ante un mundo hipócrita y falso, podrido hasta la médula, donde los pobres son cada día más pobres y los corruptos cada vez más abusados en su poder espeluznante (valga la redundancia, porque todo poder es horroroso). Incluso así sigo creyendo en la Magia de la Vida, que es una e irrepetible. Y, pesar de los pesares, tanta hambruna, guerras y desatinos miles, sigo creyendo en este instante eterno, que se revela mágico y majico, con la Magia de seguir en la Senda. Con ánimo. Con amor. Como, a pesar de los pesares, la vida es bella, ya verás... tendrás amigos, tendrás amor, según el poeta José Agustín Goytisolo https://cuenya.blogspot.com/2014/03/palabras-para-astorga.html

Me gustaría seguir creyendo en los Magos y las Magas de Oriente y de Occidente, del polo ártico y del polo meridional. De los cuatro puntos cardinales. Me gustaría seguir creyendo, pero, aunque puede resultar confortable vivir de creencias, tengo la impresión de que es mejor vivir de claridades y lo más despierto posible, como dijera el filósofo Ortega y Gasset. Vivir de claridades como un manejo consciente de la propia vida frente a las inseguridades e incertidumbres inherentes a nuestra existencia.. https://cuenya.blogspot.com/2020/06/la-espana-invertebrada.html

En Las Palmas de Gran Canaria. Foto: Cuenya

Imposible olvidarse de Lucía, la Maga, el personaje de Rayuela, de Cortázar, esa chica uruguaya inocente que aspira a convertirse en cantante en París (Del lado de allá) y acaba manteniendo una relación con el intelectual y traductor argentino Horacio Oliveira. Después de que se rompe la relación con la Maga -la busca en Montevideo-, Oliveira regresa a Buenos Aires (Del lado de acá) cuya vida toma giros inesperados. https://cuenya.blogspot.com/2014/12/rayuela.html#google_vignette

De momento he hablado de los Magos y las Magas, pero qué podría decir de los Reyes, hoy que es día de Reyes. ¿Y de las Reinas?  Ay, los Reyes y las Reinas... Los autos de reyes, los autos de la Epifanía (la oriental y la occidental)... los autos sacramentales de Lope y Calderón, la adoración de los Reyes Magos por Velázquez y Murillo. El roscón de Reyes con frutas confitadas, cuyo origen se remonta a las festividades romanas del solsticio de invierno, las cabalgatas contemporáneas, el gran desfile como teatro. 

Felices Magos y Magas de Oriente y Poniente. Del Norte y del Sur.

viernes, 2 de enero de 2026

Madrid exprés

 


Madrid es una de mis ciudades preferidas, salta a la vista, porque la he visitado en infinidad de ocasiones, incluso viví un tiempo en la misma, y siempre encuentro un motivo para volver a la capital del Reino de España. https://cuenya.blogspot.com/2023/07/madrid-antes-y-despues.html

Recientemente, coincidiendo con el puente de la Constitución del pasado mes de diciembre, me acerqué a esta ciudades de ciudades, los madriles, para darme un voltión por lugares de siempre, que son espacios que me entusiasman, porque han sido o son importantes debido a su historia, a su ambiente literario, a mi relación con los mismos, etc. https://cuenya.blogspot.com/2023/12/madrid-es-una-fiesta.html

Me fascina ver/escuchar/saborear/oler las ciudades a través de la literatura, del arte, porque la vida se purifica y se eleva cuando es valorada por el arte, como dijera Óscar Wilde, el arte eleva la vida, el arte como fenómeno catártico, según Aristóteles, porque la catarsis purifica y espiritualiza al ser humano, el arte como una prolongación natural de la vida, y la vida como forma de creación artística que el arte humano puede hacer visible, a sabiendas de que la vida es lo importante, lo esencial, porque es única e irrepetible, breve, siempre o casi siempre breve (la lectura De la brevedad de la vida, del filósofo romano de origen cordobés Séneca, me marcó), por más años que uno viva. 

La vida es un suspiro, llegó a decirme el entrañable paisano Tomás Nogaledo, que falleció con noventa y muchos años. Y eso se me quedó clavado en el ADN. Si él lo dijo, que vivió más de noventa años, entregado a su familia, a su trabajo... entonces, está claro. Además, uno desea vivir de claridades y lo más despierto posible, como dijera el filósofo Ortega y Gasset. 


Lo esencial en todo caso es estar en forma, sentirse con ganas, con ganas para disfrutar de lo que uno percibe, lo que uno siente, lo que uno degusta... Y ahí, en ese mundo sensorial, a veces sensual, está el emblemático y céntrico restaurante Lhardy (Carrera de San Jerónimo, 8, al lado del museo del jamón, que por cierto ya no es lo que era), a unos pasos de la Puerta del Sol ("Su reloj marca la entrada del año nuevo a muchos españoles, así como marcó en su día algunos acontecimientos trascendentales para el país, desde las revueltas del 2 de mayo de 1808 a la proclamación de la República de 1931", dice Andrés Trapiello de la misma https://cuenya.blogspot.com/2024/05/madrid-de-andres-trapiello.html), que sigue en pie a pesar del paso de los años, con su famoso caldo, y dicen que también con su famoso cocido.

El escritor Umbral era un devoto de este restaurante y de su cocido. Aunque para buenos cocidos los que sirve Maruja y su sobrino Cefe en Castrillo de los Polvazares, dicho sea de corrido y a la buena de dios. https://cuenya.blogspot.com/2024/12/casa-maruja-el-templo-del-cocido.html

"Unos conspiran en las tabernas y otros conspiran en Lhardy. Se empieza en los tabernáculos obreros de Vallecas y se acaba dando una cena en Lhardy, porque todo el secreto de la vida nacional está en saltar de la taberna obrerista a Lhardy”, dijo Umbral, que lo manuscribió todo o casi todo, porque vivió por y para la literatura. Resulta difícil encontrar a un tipo tan lúcido y tan cascarrabias como Umbral https://cuenya.blogspot.com/2011/10/umbral-sublime-sin-interrupcion.html, cuyos orígenes por parte materna eran de León -su madre nació en Valencia de Don Juan, como él mismo cuenta en Las palabras de la tribu-, que escribiera tanto, con su singular estilo, sobre Madrid. https://cuenya.blogspot.com/2015/03/umbral-leones.html


"A las ciudades las hacen los escritores o los reyes. Madrid lo hicieron entre Carlos III y un albañil de Vallecas. Más los prosistas del XVII y del 98. El cine, que no es sino otra escritura, está rehaciendo Madrid, el Madrid de hoy. Primero fue Berlanga y ahora es Almodóvar", escribió Umbral en el periódico El País en 1988.

En todo caso, el Lhardy es un templo gastronómico, con solera, por el que han pasado ilustres e ilustrados como el autor de Mortal y rosa https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html además de don Ramón Gómez de la Serna, el creador de las greguerías, aunque éstas tengan en cierto modo antecedentes en otros autores. El propio Gómez de la Serna, también de la Sorna https://cuenya.blogspot.com/2020/07/el-gregueristico-ramon-gomez-de-la.html, con sus vanguardias, llegó a decir que el silencio no se pierde en Lhardy a medida que se come, sino que aumenta. Pues eso, ahí sigue en pie el Lardhy.
Aquí se imprimió la primera parte del Quijote


El paseo continúa por la calle de Atocha, cuyo nombre proviene del camino que en tiempos, entre espartos, olivares y cañizares, llevaba a la antigua ermita de Virgen de Atocha. En concreto, en el número 87, estuvo la imprenta donde se imprimió la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote, una obra que he podido leer en dos ocasiones (la segunda durante mi estancia en México). La verdad se dicha, me gustaría volver a releer esta novela de aventuras, esta magna obra de viajes por diferentes puntos de la geografía española, entre ellos la provincia de León, donde uno encuentra de todo, como en botica, y además leyéndola uno se divierte y puede lograr que su léxico sea más rico, sustancioso, pues cuenta con terminología, expresiones, refranes y proverbios extraordinarios. Leyéndola entendemos más y mejor nuestra España.

Algunos investigadores, como el leonés Santiago Trancón, sugieren que la familia de Cervantes era originaria de las montañas de León (el Viejo Reino), lo que explicaría la familiaridad del creador del Quijote con esa tierra, nuestra tierra. También el gran poeta José Antonio (Toño) Llamas apunta a que "todo El Quijote rezuma en algún momento de lo leonés".

Esta placa conmemorativa, en la famosa calle de Atocha, recuerda el hito. No te olvides, me recuerda la amiga escritora Margarita Álvarez, que es una gran conocedora de Madrid y del Barrio de las Letras, que en la calle de San Eugenio, número 7, existe una placa en la que puede leerse que acogió en el siglo XVII el taller del impresor Juan de la Cuesta, donde se imprimió la segunda parte de El Quijote, obra magna de las letras españolas. Y siguiendo las huellas de Cervantes por el Barrio de las Letras, precisamente en la calle Cervantes (donde curiosamente está la casa museo de Lope de Vega), también se encuentra la casa, en el número 2, donde vivió y murió Cervantes. En la fachada de esta casa figura un relieve con el busto de Cervantes y una inscripción rememorando su estancia y muerte en este lugar. Y en la calle Lope de Vega, en el convento de las Trinitarias, se hallan los restos del autor de El ingenioso caballero Don Quijote.

Resulta complicado entrar en este convento, aunque sí figuran horarios de entrada en la puerta. Aquí, frente al Convento de las Trinitarias, haciendo esquina con la calle Lope de Vega, en pleno corazón del barrio de las Letras, se encuentra la casa del ingenioso, del genial escritor Quevedo, que recuerda una placa colocada en la fachada del edificio. Ya en aquella época era un barrio animado, lleno de tabernas, poblado por artistas. El también conocido escritor Góngora, quien mantuvo enemistad con Quevedo, vivió de alquiler en esta casa con anterioridad. Pero, con mala baba, Quevedo compró la vivienda para desalojar a Góngora.
"Yo te untaré mis obras con tocino/ porque no me las muerdas, Gongorilla,/ perro de los ingenios de Castilla,/ docto en pullas, cual mozo de camino", le escribió Quevedo a Góngora. A lo que Góngora respondió con lo siguiente: "...¿No imitaréis al terenciano Lope,/ que al de Belerofonte cada día/ sobre zuecos de cómica poesía/ se calza espuelas, y le da un galope?".

Cuenta la amiga escritora Margarita Álvarez que es una pena que Góngora no tenga ninguna calle en el Barrio de las Letras, porque vivió en esa casa durante bastante tiempo. "Tiene una calle en Madrid (zona Chueca), pero la tiene de carambola, una calle que se llamó Góngora a secas largo tiempo y a principio de los 60 el Ayuntamiento de Madrid la rebautizó como Luis de Góngora, por desconocimiento, porque el tal Góngora no era el poeta, sino el apellido de un alto funcionario de Felipe IV que había tenido que ver con la fundación del convento llamado popularmente las Góngoras que está en esa calle (merece la pena visitarlo). De Góngora hay un monolito en El Retiro cerca de la verja que da a la calle Alcalá, inspirado en la Fábula de Polifemo y Galatea. Por cierto, en esa esquina de la calle Quevedo hay un restaurante con ese nombre donde se come un plato del día muy aceptable y barato", apunta la buena de Margarita Álvarez.

Como ya había adelantado, en en la calle de Cervantes, en pleno Barrio de las Letras, se halla la casa museo de Lope de Vega, uno de los grandes escritores del Siglo de Oro español, donde vivió en la misma hasta su fallecimiento. Una casa con un huerto trasero, que es un remanso de paz que invita a la reflexión y a la escritura. Este monstruo de la naturaleza, como lo llamó Cervantes, dejó una obra colosal. Este Fénix de los ingenios llamado Lope de Vega es conocido por su devoción por la literatura y también por las mujeres.
"Si el Barrio de la Letras estuviera en Londres o París, podría ser uno de los centros culturales al aire libre más importantes del mundo", llegó a decir el escritor Pérez-Reverte. 
Otro de los grandes autores del Siglo de Oro es Calderón, el creador de La vida es sueño, El alcalde de Zalamea y El gran teatro del mundo, entre otros, que llegó a ser soldado, escritor exitoso y sacerdote al final de su vida.

Calderón de la Barca falleció en 1681, siendo enterrado en la Iglesia de San Salvador, una de las más antiguas de Madrid, ubicada frente a su casa. Fue el primer sepulcro del poeta y dramaturgo, situado en la calle Mayor, en el número 70. Y, en esta misma calle, en el número 61, está su peculiar inmueble, una de las casas más estrechas de Madrid, donde vivió uno de los mejores dramaturgos del siglo de Oro, aparte de Lope de Vega. Asimismo, puede visitarse el monumento en mármol de Calderón en la céntrica plaza de Santa Ana. El teatro barroco de Calderón se caracteriza por su vena filosófica, su técnica y su lenguaje poético. Y su obra ha ejercido gran influencia en movimientos como el romanticismo, el simbolismo, el modernismo literario, incluso el expresionismo, entre otros.


Situada asimismo en la calle Mayor, en concreto en el número 88, se halla Casa Ciriaco, un restaurante típico de la cocina madrileña, con sus callos, su cocido o gallina en pepitoria, además de su tapa de langostinos. Entre sus parroquianos cabe señalar a ilustrados como el periodista Julio Camba, Mingote, el cual diseñó el sello de la casa, o bien el pintor Ignacio Zuloaga y el torero Juan Belmonte. Llama la atención, sobre todo para quienes somos devotos de Valle-Inclán, una placa en la fachada dedicada a Luces de bohemia:

"Aquí comienza Max Estrella su trágico peregrinaje nocturno"...
Un peregrinaje que podemos seguir por aquel Madrid absurdo, brillante y hambriento: la Puerta del Sol, la calle de la Montera, la chocolatería San Ginés (atestada en la actualidad de clientes en busca de chocolates con churros), entre otros sitios, hasta llegar al emblemático callejón del Gato, en pleno centro de la capital, cerca de la Puerta del Sol, que inspiró al genio de la lámpara maravillosa para componer esta obra que narra las últimas horas de vida de Max Estrella (que llegó a interpretar el gran actor Carlos Álvarez-Nóvoa https://cuenya.blogspot.com/2011/03/carlos-alvarez-novoa.html).

Cabe recordar que el callejón del Gato, un pasaje peatonal donde se hallan restaurantes y tabernas, debe su nombre al poeta madrileño Álvarez Gato. También es sabido que a los madrileños/as de pura cepa se les conoce como gatos/as.
El asunto es que el extraordinario Valle incluyó los famosos espejos cóncavos y convexos en su obra teatral Luces de Bohemia, que parece que estuviera escrita en este siglo, hoy mismo. Es lo que tienen las grandes obras, que no sólo resisten el paso del tiempo, sino que resultan reveladoras.

Y este esperpento, a través de este mago de las palabras, las divinas, es esencial para entender nuestra España. https://cuenya.blogspot.com/2017/06/luces-de-bohemia-en-ponferrada.html
"Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada", dice Max Estrella, el alter ego de Valle. https://cuenya.blogspot.com/2024/12/luces-de-bohemia-pelicula-de-miguel.html


Y, en el propio Barrio de las Letras, en la calle de Las Huertas (en el suelo), podemos leer algunos versos de la gran Rosalía (
Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios), la autora del poema Negra sombra, que me resulta estremecedor (también cantado por Luz Casal con música de Carlos Núñez, por el paisano Amancio Prada y por Las fillas de Cassandra), la poeta gallega que llegó a Madrid siendo una joven para vivir con una pariente de su madre, como reza en una placa, que vivió desde 1856 a 1858 en la calle Ballesta, entre la calle del Desengaño y la Corredera Baja de San Pablo, a un costado de la Gran Vía. Y en 1857 publicó en Madrid su primera obra, escrita en castellano, titulada La flor.


Larra

En este recorrido exprés por Madrid no puede faltar el acercamiento al periodista satírico y literato romántico llamado Larra, por quien siento devoción, el cual me voló la cabeza cuando leí sus artículos de costumbres siendo un rapacín de once años. Artículos como Vuelva usted mañana, El casarse pronto y mal y por supuesto La nochebuena de 1836. "Llegará ese "mañana" fatídico", escribe en La Nochebuena de 1836: "el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus Gobiernos". Me parece revelador.

Muy crítico con el poder establecido del momento y también con la sociedad española, que consideraba atrasada, con falta de educación y cultura, Larra nació en Madrid y murió en la calle de Santa Clara, próxima al Palacio de Oriente. https://cuenya.blogspot.com/2024/05/de-madrid-al-azul-celeste-de-la.html
También existe una estatua suya en la calle Bailén de la capital, que cruza la de Segovia gracias al Viaducto que comunicaba el antiguo cerro del Palacio Real ("Hoy es lo más europeo de Madrid. Parece que esté uno en París, en Berlín, en Estocolmo", dice Andrés Trapiello), con el de las Vistillas, donde se hallaba el barrio moro.  

Larra, aunque vivió pocos años, murió con 27, tuvo la inquietud de viajar a Lisboa, Londres, Bruselas y París, donde estuvo varios meses, lo que le permitió conocer a Víctor Hugo y a Alejandro Dumas, padre. Se dice que el desamor lo llevó a un desenlace trágico. En su texto La Nochebuena de 1836 da algunas claves, creo, de lo que sería su muerte. Está enterrado en el cementerio de San Justo, que pude visitar hace algún tiempo.
"En España la dedicación a las letras significa obligadamente hacer un voto de pobreza eterna", escribió Larra. Y en La noche de difuntos de 1836 escribe: "Madrid es el cementerio... La calle de Postas, la calle de la Montera. Éstos no son sepulcros. Son osarios, donde, mezclados y revueltos, duermen el comercio, la industria, la buena fe, el negocio... La Puerta del Sol: ésta no es sepulcro sino de mentiras".


En este Madrid exprés, a sabiendas de que que fue eso, rápido, aunque se diera a través de días (que nunca son suficientes), no faltó la visita al monumento de la madrileña Clara Campoamor, que fue una escritora que defendió los derechos de las mujeres, cuya escultura en bronce sobre un pedestal se encuentra en la Plaza de las Guardias de Corps, al lado del Centro Cultural Conde Duque.
La autora de El derecho de la mujer en España fue, durante la Segunda República, una de las principales impulsoras del sufragio femenino en España, que se incluyó en la Constitución de 1931 y fue ejercido por primera vez en las elecciones de 1933. A causa de la guerra incivil, tuvo que exiliarse en Suiza, donde falleció. https://cuenya.blogspot.com/2022/02/madrid-con-aroma-mar-ensonado-dehesa-y.html


Y tampoco faltó la visita al barrio de Lavapiés, que además de un barrio castizo (me gusta comer en un restaurante de toda la vida, casero, llamado el Jamón), da la impresión de adentrarse en un pueblo, también resulta multicultural, con sus inmigrantes de diversas procedencias, con sus restaurantes indios y sus kebabs.
Aquí también se hallan las famosas corralas, que son viviendas castizas comunicadas por unos balcones que dan a un patio interior central, donde los vecinos se reunían en otros tiempos.
Corrala del Tribulete

En Lavapiés está la corrala de Tribulete, l
a corrala más célebre de las viviendas de corredor, declarada monumento nacional en 1977, en la cual se inspiró la zarzuela La Revoltosa, así como El centro cultural La Corrala, que es sede del museo de artes y tradiciones populares, o La corrala de Lavapiés, que es una sede vecinal.
Galdós habla de las corralas en Fortunata y Jacinta, y Pío Baroja lo hace en La busca.
Al lado de la corrala de Tribulete, se encuentra -en la aledaña Plaza de Sombrerete-, una estatua de Agustín Lara, el célebre compositor mexicano de boleros. Lara, que vivió en Ciudad de México, compuso famosas canciones sobre España, como el chotis Madrid, incluso antes de haber visitado nuestro país. Un fenómeno.

El cantautor Sabina, otro fenómeno, reconoce que su álbum 19 días y 500 noches es un homenaje al Madrid de Agustín Lara.
"Madrid, Madrid, Madrid/ Cuando llegues a Madrid, chulona mía/ Voy a hacerte emperatriz de Lavapiés/ Y alfombrarte con claveles la Gran Vía/ Y bañarte con vinillo de Jerez....". 
Madrid, Madrid, Madrid exprés...

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Poniente marroquí



Desde la terraza del café de France-Marrakech

Diciembre es un buen mes para viajar a Marruecos, eso cree el viajero, aunque en este reciente viaje le pilló una ola de frío, de destemple, amén de lluvias torrenciales, un diluvio universal, o sea, lo cual no es habitual en esta tierra cuasi desértica, eso sí, con sus oasis y las montañas nevadas del Atlas, que en esta ocasión se muestran cubiertas por la bruma. Esto ocurrió al inicio del viaje, porque, transcurridos dos días, más o menos, el cielo comenzó a levantarse luminoso, lo que al viajero se le antojó una bendición, porque Marruecos es el país de la luz, un reino de luz cinematográfica (ahí está el Atlas Studios https://ouarzazatestudios.com/accueil/, los estudios de cine de Ouarzazate, como parte de la Ruta de las mil kasbahs).

Ver la ciudad de Marrakech grisácea lo dejó desanimado. 

El Atlas

Qué importante es la luminosidad, también el lado luminoso del ser humano, piensa el viajero, a sabiendas de que a veces aflora el lado oscuro, y eso resulta terrible. El ser humano es capaz de crear grandes obras, pero también lo es de llevar a cabo los actos más perversos. La literatura y el cine han explorado esos rincones oscuros de un modo extraordinario, desde El doctor Jekyll y Míster Hyde, de Stevenson o El retrato de Dorian Grey, de Wilde, hasta William Wilson, de Poe, El doble, de Dostoievski, o Frankenstein, de Mary Shelley. 


El viajero llegó al aeropuerto de La Menara sobre la hora prevista. Y desde ahí tomó un bus que lo llevó hasta la plaza de Jemaa el-Fna, que es patrimonio oral e inmaterial de la Humanidad gracias al escritor y premio Cervantes Juan Goytisolo, con quien el viajero tuvo el gusto de conversar en el histórico café de France hace años. Un grato e inolvidable recuerdo. https://cuenya.blogspot.com/2009/06/encuentro-con-juan-goytisolo-en.html

Jemaa el-Fna

El alojamiento del viajero, el hotel Faouzi, queda al lado de la plaza Jemaa el-Fna, un sitio en el que se sintió muy a gusto. Como siempre. Agradeció la amabilidad proverbial de Faiçal, al que conoce desde hace años, con quien tiene buen trato. Él se ocupó de reservarle la habitación, ya que le habían dicho que estaba completo para las fechas solicitadas. No te preocupes, vino a decirle el bueno de Faiçal, tú siempre serás bienvenido en nuestra casa, en nuestro hotel. Así da gusto, piensa el viajero, encontrar un hotel que es como la casa de uno. 


Desde la terraza del Faouzi, la Kutubía, cuyo nombre hace referencia al zoco de libreros que había en la zona, se eleva como un símbolo de la ciudad ocre o ciudad roja, una mezquita edificada con piedra roja en el siglo XII, representativa del arte almohade, próxima a la gran avenida Mohamed V, que cruza todo el barrio moderno y occidentalizado de Guéliz, donde se encuentran restaurantes y hoteles de lujo (desde la terraza del hotel la Renaissance se tienen unas vistas formidables de la ciudad), museos, galerías de arte y tiendas de marcas internacionales. 

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, la Kutubía es la mezquita más grande de Marrakech. Sobresale por su colosal alminar o minarete, que es punto de referencia de la ciudad, el cual sirvió como modelo para la construcción de la Giralda de Sevilla y del minarete inacabado de la Torre Hasan de Rabat. 


Su minarete atrae como un imán, viéndose desde una gran distancia. Desde lo alto de este alminar resuena, desde los cuatro puntos cardinales, el muecín llamando a los fieles a la oración (adhan). La intuición musical del viajero de que el adhan tiene similitudes con una suerte de flamenco se confirma al haber coincidencias melódicas entre esas dos músicas, a saber, el adhan y las variantes de martinete/soleá/seguiriya. Qué diría la cantante Rosalía sobre esto, se pregunta el viajero. O qué hubiera dicho el duende Enrique Morente, que legó ese discazo titulado Omega https://www.youtube.com/watch?v=NiRYvXyc0mk. Y, ya metidos en harina de otro costal, qué pensaría el fenómeno Jorge Martínez, de Ilegales. Que no tenía nada de flamenco. Bueno, flamenco era un rato. 


En una época en la que todo resulta tan complicado, desde encontrar un alojamiento confortable, bonito y barato, hasta descubrir un lugar que merezca la pena para comer, etc., que exista un hotel como el Faouzi el viajero lo agradece sobremanera. Después de un largo viaje, habida cuenta de que viajero no se planta de buenas a primeras con Iberia Express en La Menara, sino que tiene que pasar antes por el aeropuerto de Adolfo Suárez Madrid Barajas (en concreto la T4S), éste se siente exhausto y necesita un descanso reparador, además está convencido de que la gripe anda al acecho, y eso le resta energía. El clima, como decía, tampoco acompaña, así que lo mejor, eso piensa el viajero, será echarse a dormir en espera asimismo de que amanezca un día soleado, que es lo que procura gran belleza a esta tierra de gentes hospitalarias, porque todos (o casi) los pueblos del mundo son hospitalarios. Y este no lo es menos. El verdadero problema reside en quienes llevan las riendas, quienes desean meter en vereda, a través de los métodos que se tercien, a su ciudadanía. Queda dicho una vez más. Qué por decirlo no sea.

Da la impresión, dicho así, de que el viajero fuera directo al catre... sin embargo, se dio antes una vuelta por la Jemaa el-Fna, que es un gran teatro del mundo, acaso en busca de saltimbanquis, músicos gnawa, monos chillones y cobras adormecidas a ritmo de flautas y tamboriles. 


Escuchar a los músicos gnawa, descendientes de los esclavos de África Occidental, le sirvió para entrar en trance místico a través de su música ceremonial y en cierto sentido terapéutica, con esa fusión de lo ancestral, el sufismo y lo bereber. Un patrimonio cultural extraordinario, que combina lo ritual con lo tradicional y el baile. El viajero, además de nutrirse de la música, se tomó un rico zumo de pomelo (a veinte dirhams, un precio razonable, aunque ya no es la ganga de hace algunos años de tres dirhams por un zumo de naranja, cómo ha cambiado todo) en uno de los muchos puestos de la Jemaa el-Fna, que ya en el siglo XI, bajo los almorávides, era un mercado semanal. 


En su paseo ceremonial por la gran plaza el viajero se topa, de un modo inevitable, con un aguador, que es una figura singular de Marruecos, cuya función original era la de ofrecer agua potable a los viandantes. En esta ciudad el aguador va vestido de rojo, con un sombrero en forma de cono tejido de penachos de diversos colores, lo que llama la atención de inmediato. En su pecho lleva una banda de cuero de la que cuelgan varios vasos de latón y una campanilla, que hace sonar para se enteren quienes deseen tomar agua, que conserva fresca en una bota. La verdad sea dicha, al viajero no le dan muchas ganas de tomar el agua que porta este aguador, pero sí le resulta pintoresco, simpático, este personaje, que por cada foto que se le haga pedirá dinero. 


Al día siguiente, el viajero está como desorientado del mucho dormir, o mejor dicho del mucho dormitar, porque ha sentido como alucinaciones a resultas de una especie de febrícula, o fiebre, sin más cera que la que arde. Y no tiene como muchas ganas de abandonar su hábitat y lanzarse a la calle en busca de estímulos que lo saquen de su ensimismamiento.

A estas alturas, ya son más de las once de la mañana, el viajero cree que debería irse a desayunar, en vez de a la terraza del Faouzi, a alguno de los cafetines que quedan cerca del hotel. Y así lo hace, aunque se siente aún desganado. Lo mejor, piensa, será tomar un zumo de naranja natural y un café con leche que lo reanimen. Y tal vez le entren hasta ganas de probar unos crêpes caseros. El desayuno lo reconforta, como no podía ser de otra manera, y le ayuda a coger fuerzas para afrontar el día.

El viajero tiene ganas de acercarse al café de France, que está situado en el corazón de la medina, en concreto en la plaza de Jemaa el-Fna. Y cuando se está aproximando a este café, siente tristeza porque ya no podrá volver a reencontrarse con el escritor Juan Goytisolo, quien dijo ser de nacionalidad cervantina cuando le concedieron el Premio Cervantes poco antes de fallecer. El viajero está con el gorrión o engorrionado, como se dice en Cuba, porque el café de France, que siempre fue un sitio de encuentros tanto para los residentes de Marrakech como para los turistas y viajeros, con un ambiente animado y unas vistas insuperables a la Jemma el-Fna, incluso a las montañas nevadas del Atlas, se le apareció tan desangelado, tan desabrido. Y es que el clima no acompaña, sigue haciendo frío, y la gripe ya ha dado la cara, ya ha mostrado su rostro gris, como el cielo que cubre la ciudad roja. 

valle de Ourika

Sea como fuere, desde la terraza del café de France en días despejados, que suele ser lo habitual, se avistan en invierno las montañas nevadas del Atlas, que separan el norte de África en dos mundos: el Mediterráneo y el Sáhara.

El propio Atlas se divide en Atlas medio, gran Atlas y anti Atlas. Sólo el término Atlas al viajero le resulta evocador, y le hace viajar a los confines del mundo. Siendo un rapacín el viajero ya gustaba de echarle un ojo al Atlas de la geografía mundial (a su padre también le gustaba mucho), lo que a buen seguro creó en él el deseo de viajar, conocer, salir fuera del entorno, abrir la ventana a otros mundos.

Al viajero le parece que Marruecos es además como un sueño de infancia, un lugar en el que quizá viviera en otra dimensión, acaso a través de los cuentos de aventuras. Por eso, siempre que puede, el viajero regresa a esta tierra, que siente como propia, con su paisaje del Atlas nevado como una estampa de memoria emocional. Como un cuadro en el que se siente reflejado.

El viajero estaba convencido, antes de emprender viaje a Al-Maghrib, que a buen seguro se encontraría con calorcito. Pero de momento eso no ha ocurrido. Entonces, cree que lo mejor será tomárselo con espíritu estoico, pasito a pasito, suave suavecito, al menos hasta que remita este mal tiempo y esta maladie griposa, porque su deseo es disfrutar de este viaje, que de momento está siendo la mar de tranquilo. 


El viajero se acerca al restaurante Toubkal (cabe recordar que el Toubkal es asimismo el pico más alto de Marruecos y de toda África del norte), que en tiempos era también como su casa, pero ahora está atestado de visitantes de España, Francia, Italia... Marrakech se ha puesto de moda entre el personal de Europa.

Cuando cae la noche el viajero vuelve a la plaza Jemaa el-Fna, que es un micro-universo en sí mismo, y se encuentra con un instante, acaso eterno: suena Bella ciao, una canción que fue adoptada como un himno por los partisanos italianos, entre los que se hallaban socialistas, comunistas, liberales y anarquistas, para la resistencia contra el fascismo y nazismo imperante en los años 40 del pasado siglo. Miedo dan los fachistas, los de ahorita mismo, de nomás por nomás, piensa el viajero, que siente esta bella canción como un himno antifascista, que ha sido cantado entre otros grandes por el músico serbobosnio Goran Bregovic https://cuenya.blogspot.com/2010/03/goran-bregovic.html (reconocido internacionalmente por ser el creador de bandas sonoras para películas del cineasta y músico Emir Kusturica), por cuya música el viajero siente auténtica fascinación (también es devoto del cine de Kusturica, el autor de Tiempo de gitanos, entre otras películas https://cuenya.blogspot.com/2025/01/emir-kusturica-y-el-tiempo-de-los.html). 


La Medina

La Medina o ciudad vieja de Marrakech, que es Patrimonio de la Humanidad, sigue sorprendiendo al trotamundos por más veces que la visite porque es como viajar a otra época -en realidad a la Edad Media-, aunque el viaje se mantenga en el presente, en el aquí y ahora, que lo convierte en algo que es pura magia. 


Una medina cercada por unos veinte kilómetros de murallas almorávides de color ocre o sangre, del siglo XII, con sus callejones laberínticos, en los que el viajero acaba por extraviarse de un modo irremediable, aunque su sentido de la orientación sea aceptable, incluso bueno, con sus zocos bulliciosos (cada zoco o souk es un mundo en sí mismo, inolvidable el libro Las voces de Marrakech de Canetti), con sus construcciones históricas como sus mezquitas y escuelas coránicas, como por ejemplo la emblemática medersa de Ben Youssef, que tanto le gustaba al escritor cervantino Juan Goytisolo para ir a leer y que ahora se ha convertido en un hervidero de visitantes. Darse una vuelta por la medina es una experiencia sensorial completa, extraordinaria, porque los sentidos se agudizan. Y el viajero experimenta todo un mundo de sinestesias, sonidos con sabor a especias y colores con gusto a dátiles y aceite de argán.

Las voces de Marrakech resuenan una y otra vez en la cabeza del viajero a medida que se adentra en las entrañas de la medina, que es un mundo fabuloso, a medida que transita por sus callejuelas atestadas de gente, de carros y motocarros, mientras se deja ir, incluso contracorriente, en ese mundo colorido, oloroso, que lo envuelve con el color ocre de sus construcciones, de su muralla, bajo un cielo que ahora sí se muestra azul, un azul que le resulta sabroso como un tajine de poulet au citrón. 

Mellah de Marrakech

Las voces de Marrakech se le antojan del color verde de las palmeras y de los naranjos, y le hacen fantasear con el blanco de la nieve del Atlas. Las voces de Marrakech de Canetti lo llevan directamente hasta la plaza de Ferblantiers (los hojalateros), que otrora fuera el corazón de la Mellah, la judería, aunque ahora ya casi no queden judíos en esta zona. Además de hojalateros, había artesanos de otros oficios como joyeros, orfebres y tejedores. En este tiempo invernal tampoco se ven las cigüeñas, tan propias, tan simbólicas de este barrio, asomando sus picos en lo alto de la muralla, esa muralla exterior que conecta con el palacio Badi, que habla de la historia y la grandeza de Marrakech. 


La visita del viajero continúa como una ensoñación por esta ciudad, por esta Medina, que siempre le resulta estimulante e instructiva, a la vez que le permite viajar al interior de sí mismo, que siempre será exterior para quien desee observarlo. Una visita al hammam o baño árabe o baño turco es un ritual milenario cuya tradición se remonta a las termas romanas, el cual sirve no sólo para limpiar el cuerpo sino el alma. Ya se sabe que mente y cuerpo es un todo indisociable, pues lo físico afecta a lo psíquico y viceversa. Mens sana in corpore sano.

En la cultura marroquí es habitual y pueden encontrarse baños árabes por doquier, como este de la medina de Marrakech, donde el viajero puede darse un baño de vapor, exfoliación incluida con guante exfoliante y jabón negro, lo que le procura relajación. Una ceremonia de purificación, en definitiva. De los baños islámicos más antiguos conservados en la península ibérica el viajero recuerda los baños califales de Córdoba https://cuenya.blogspot.com/2024/07/cordoba.html, los de la Alhambra, además de algún baño en el barrio del Albaicín de Granada, incluso los baños árabes de Jaén https://cuenya.blogspot.com/2024/05/jaen-la-matria-del-aceite-de-oliva-y.html

La Mamounia

Por el momento, el viajero está concentrado en este entorno, pero cree que ya va siendo hora de acercarse al hotel La Mamounia, que está considerado como uno de los mejores hoteles del mundo, ahí es nada. La Mamounia es un cuento exótico de las mil y una noches, un espacio sensorial, con sus jardines y sus fontanas, con su belleza verde y acuosa, como una Alhambra salpicada de lujos (la Alhambra es un lujo también para los españoles), que a lo largo de su ya dilatada historia ha acogido a grandes personalidades de las artes y otras como el músico Ravel, el político, escritor y ex primer ministro del Reino Unido Winston Churchill, que dio su impronta al hotel, o bien el expresidente de la República francesa Charles de Gaulle. Asimismo, se han alojado cantantes como Édith Piaf, Jacques Brel, Charles Aznavour, Elton John o Paul McCartney, que compuso en él la canción Mamunia. El viajero, que tiene la fortuna de adentrarse no sólo en sus jardines, sino en su lujoso interior, recuerda que en La Mamounia también se hospedaron gentes del cine como Chaplin, Marlene Dietrich, Charlton Heston, Orson Welles, Nicole Kidman, Juliette Binoche, Kate Winslet o Tilda Swinton (a quien hemos podido ver en La habitación del al lado, de Almodóvar), entre otros y otras. 

La Mamounia ha sido utilizada a menudo como escenario de rodaje de películas. Hitchcock rodó algunas escenas de El hombre que sabía demasiado en el propio hotel, así como en otras partes de la ciudad de Marrakech, incluida la plaza de Jemaa el-Fna. Y este hotel es también un lugar importante del Festival Internacional de Cine de Marrakech.

Además de visitar la ciudad roja, el viajero siente deseos de acercarse al valle del Ourika porque, aunque lo haya visitado en diversas ocasiones, es como un sitio al que desea volver una y otra vez. 


El valle del Ourika

https://cuenya.blogspot.com/2019/01/el-valle-de-ourika-como-matria-o-utero.html

A pocos kilómetros al sur de Marrakech (unos sesenta) se halla el valle del Ourika. Existen lugares en el mundo que enhechizan para siempre, y este es uno, el valle del Ourika o Urika, situado en el Alto Atlas marroquí. Desde que el viajero lo visitara hace un montón de años, se quedó seducido por este paisaje, que es memoria emocional, pues lo traslada a su época de infancia, cuando era creyente y fantasioso, y le entusiasmaba montar un belén navideño.

El valle del Ourika, que procura sanas vibraciones a quien lo visita, sigue pareciéndole un genuino belén navideño. Siempre que puede, el viajero vuelve, como en peregrinación, a este valle sagrado, surcado por el río Ourika y con cascadas, donde las nueces son una delicia, como en la matria chica del viajero, y el pan una bendición.


No en vano, en este bello valle, en esta ocasión nevado, se halla la aldea de Setti Fatma, que toma el nombre de una mujer santa, habitada por bereberes, una aldea como de otro tiempo, aunque cada vez son más los visitantes que se acercan a la misma, algunos en busca de cierta espiritualidad, al menos de una templanza, esa ataraxia estoica que tanto bien hace al cuerpo/mente (el viajero hasta tiene la impresión de haber espantado ya la dichosa gripe), en este jardín de las delicias, en este paisaje inolvidable, al que siempre espera volver, porque es también su memoria.

En busca de un mundo de cuento

En la conocida como Ruta de las mil Kasbahs, a unos doscientos kilómetros de Marrakech, se halla uno de los lugares más insólitos de Marruecos. Un espacio de cuento cuya belleza resulta cautivadora, un escenario cinematográfico que al viajero le hace soñar despierto, donde se han filmado secuencias de películas como Lawrence de Arabia, La joya del Nilo, Kundun o Gladiator, entre otras muchas. Recientemente, el viajero ha vuelto a ver Gladiator y reconoce a la perfección el entorno de Aït Ben Haddou (Patrimonio de la Humanidad), un ksar o población fortificada y conformada por kasbahs hechas de adobe. Como si esta edificación emergiera del propio paisaje. Toda esta zona se le hace sobrecogedora al viajero, que se queda sin aliento al contemplarla una y otra vez. 

https://cuenya.blogspot.com/2016/04/mil-madrenas-rojas.html



Después de la visita a Aït Ben Haddou (una parada importante otrora en la ruta de los comerciantes que transportaban oro, plata y especias entre Marrakech y el Sáhara), el viaje continuó rumbo a Merzouga, con parada en Boulmane Dadès, que se halla en las gargantas del río Dadès en la Ruta de las mil kasbahs.

De noche, en invierno, Boulmane Dadès es un congelador, que al viajero le sentó como un tiro porque aún andaba arrastrando la gripe, pero que se armó de valor, porque cuando se viaja hay que aceptar todos los contratiempos, en realidad, la vida es en sí misma un viaje. 


El viajero está convencido de que dos de los paisajes más impresionantes que pueden visitarse en el país alauita son las gargantas del Dadès y también las gargantas del Todra, con una fisonomía que recuerda al Cañón del Colorado. Ambas gargantas, dispuestas en paralelo, la Garganta del Dadès en el lado occidental y la Garganta del Todra en el lado oriental, se encuentran en el Alto Atlas y a las puertas del desierto. En esta ocasión, el viajero comparte viaje con algunas personas como la madrileña Nuria, que va en compañía de sus dos hijas, o bien la peruana Nora, que lo hace con su marido holandés y su hija Cantuta (que es asimismo una planta nativa de los Andes), curioso nombre para una jovencita despierta, políglota, que desde hace diez años vive con sus papás en la ciudad de Ámsterdam. 


A pocos kilómetros de la ciudad de Tinghir, en el este marroquí, las gargantas del Todra abrazaron al viajero con sus paredes antiguas, que se elevaron gigantes, ofreciéndole un espectáculo visual de piedra rojiza en un día lleno de eternidad. El sol lo acarició con su voz de luz y el desfiladero se abrió ante él como un libro sagrado, donde el tiempo se hizo roca caliza y las estrellas se volvieron fuego purificador. El río Todra siguió cruzando el cielo rojo, rugiendo como un león en el Atlas, cantando una melodía bereber, devolviendo su mirada de luz a través de los tiempos, anunciando que el camino, aunque se estrechara por momentos, continuaría hacia un palmeral bíblico, donde la vida tendría un sabor más dulce que la miel y que la sangre. Con un recorrido que es pura aventura, la aventura de enfrentarse a sí mismo, con su introspección a cuestas. 


En ese momento, el viajero comprendió que aún le quedaba la visita del desierto, el desierto como un sueño, porque todo ser humano ha soñado alguna vez en la vida con un paisaje así, con un amanecer o atardecer sobre las dunas. El viajero, si tal cosa puede decirse en estos tiempos globalizados donde todo el mundo acaba siendo turista, siente que es un entusiasta del desierto y los oasis repletos de palmeras y dátiles, de los cielos estrellados y acariciadores del Sáhara, esos cielos deslumbrantes y protectores de estrellas que guían a los seres humanos bajo la Vía Láctea, como el título de la hermosa canción del poeta y cantautor Ángel Petisme, esos cielos y esas dunas en los que el viajero, o lo que sea, puede descifrar códigos ancestrales, arcanos que conforman al ser humano como alguien nómada, al que le fascina explorar, descubrir, entender de dónde parte y hacia dónde va. https://cuenya.blogspot.com/2023/01/al-magrib-el-poniente-de-la-fascinacion.html

Al suroeste de Marruecos, en la frontera con Argelia, a más de 500 kilómetros de Marrakech, se halla la belleza paisajística de un mar de arena poblado por dromedarios y nómadas. Aquí se encuentra Merzouga -que el viajero ha podido visitar en diversas ocasiones, incluso un lago que existía en tiempos- con las dunas de Erg Chebbi, conocidas por ser unas de las más altas del planeta con más de 150 metros de altura. 


En este entorno del Sáhara el viajero recuerda que se filmaron secuencias de El cielo protector, de Bertolucci, basada en la novela homónima de Paul Bowles, una obra que se le antoja extraordinaria, tanto en su versión literaria como cinematográfica. Asimismo, el viajero, trepado en un dromedario, también rememoró que en el corazón del desierto, donde el tiempo caminaba con pasmosa lentitud entre las dunas, vivía un rebaño de cabras, que parecía contemplar el horizonte como si hubiera encontrado la felicidad.

Entre aquel rebaño destacaba una cabra que dijo llamarse Hayat, la cual, con su mirada profunda y su extraordinario sentido de la orientación, era capaz de guiar al rebaño hasta los pocos oasis que existían en aquel mar de arena, donde podía saciar su sed y sentir que la vida merecía la alegría de ser vivida. Un atardecer, como cualquier otro, Hayat dejó de guiar al rebaño, entonces el tiempo se detuvo para siempre y el rebaño dejó de contemplar el horizonte. 


El viajero siguió recordando que algunas cabras, a pesar de todo y siguiendo su propio instinto, aún creían en la posibilidad de ser felices. Pero Hayat había dejado de creer hacía tanto, que tal vez por eso el tiempo se había roto en el corazón del desierto. En estos pensamientos andaba el viajero cuando de repente sintió la llamada de la jaima al tiempo que se dejó acariciar por las estrellas bajo un firmamento sólido. Aquella noche el viajero supo que la vida es tan efímera, un suspiro, nomás. Por eso cada instante es único e irrepetible. Ahora quedaba el camino de regreso a través del valle de las rosas o Kelaa M'gouna, embriagado de vino, de poesía o de virtud, como el poeta Baudelaire. 


Resulta sorprendente el contraste entre el Atlas nevado y la aridez del desierto. Ambos con mucho encanto. Cada cual con su belleza. Las grandes montañas, con sus cumbres heladas, y el Sáhara como un mar de arenas, de dunas, le hacen sentir en dos mundos que en el fondo se tocan. Cara y cruz de una misma realidad.

https://cuenya.blogspot.com/2011/10/essaouira-en-tu-mochila.html

Ahora quedaba el camino hacia la ciudad de Marrakech, donde el viajero podría haber puesto punto final al viaje, pero un viaje a Marruecos tiene que pasar inevitablemente por la costa atlántica, por la antigua Mogador portuguesa, que en la época actual luce un aspecto más turístico que nunca, también con las cabras trepándose a los árboles de argán, un espectáculo surrealista, que se ha convertido en turístico. Tal vez estas cabras trepadoras o voladoras sean las mismas, piensa el viajero, que las cabras del desierto que contemplaban el horizonte. 


El viajero (quizá un turista más) tiene la impresión de que Esauira, como Marrakech, se han puesto de moda entre el personal de Europa y aun de otros lugares del mundo. En todo caso, Esauira es un lugar que procura sanas vibraciones en el viajero/turista, con su ambiente tranquilo y la pureza de sus colores, el azul y el blanco, que le resultan en verdad sabrosos. 


Esauira ha sido y sigue siendo una tierra inspiradora, donde han encontrado sus musas desde cineastas como Orson Welles, que rodó su versión del Otelo (1952) de Shakespeare (Welles, que se hospedó durante el rodaje de esta película en el hotel des îles, cuenta asimismo con una plaza y un busto en su honor), hasta músicos como el controvertido Cat Stevens (Yusuf Islam, tras su conversión al islam) o Jimi Hendrix (el cual, según la leyenda, también estuvo en Diabat, un cercano pueblo de Esauira, que el viajero visitó hace algún tiempo), entre otros muchos. 


Esauira o Essaouira se caracteriza sobre todo por sus festivales de música, entre ellos el festival gnawa (que mezcla lo tradicional, lo espiritual y los ritmos hipnóticos), evento que convoca a músicos de jazz, blues, reggae, flamenco... de todo el mundo, convirtiendo a esta pequeña ciudad portuaria (con sus navíos en reparación y sus barcas azules, sus pescadores, una rula donde se pueden comprar pescados, que te asan a la brasa en alguno de los muchos puestos existentes, sus gaviotas y el olor a mar bravío), rodeada por antiguas murallas portuguesas (con las singulares fortificaciones de skala de la kasbah y skala del puerto), con sus torres de vigilancia y sus cañones apuntando al Atlántico, también con su medina (Patrimonio de la Humanidad), su judería (mellah), su zoco de tiendas que se extiende hasta Bab Doukkala, donde Ridley Scott filmó algunas escenas de Gladiator (2000), incluso logró que esta zona parecería Jerusalén en El reino de los cielos (2005), y su ambiente bohemio, como epicentro de cultura mestiza y alternativa. 


Esauira es un un espacio para disfrutar de un clima invernal templado y sentir sus puestas de sol y la belleza del arte, con sus galerías, talleres y tiendas de diseño. Es asimismo la matria de los gatos, los amantes de las olas marinas (del kitesurf y el windsurf) y del argán, que es un producto originario de esta zona y de Agadir, que se emplea como cosmético (aceite o jabón) para la piel y el cabello, y forma parte fundamental de la cultura bereber en su gastronomía. 

El ceremonial del argán


Con un chute de este preciado elixir llamado argán, cuyo sabor recuerda al buen turrón, absolutamente delicioso, el viajero se siente como en otro universo, en realidad, está en un universo familiar y a la vez exótico, el lugar donde se pone el sol, el Poniente, territorio mítico del que también habló el excelente cuentista berciano Antonio Pereira, aunque en su caso se refería al noroeste peninsular. Y es que el viajero también pertenece al país de poniente.

"El viajero que mira el Atlántico marroquí en Essauira, la urbe árabe donde las gaviotas siguen siendo portuguesas", escribió el escritor César Gavela acerca del viajero, al que agradece sus palabras de cariño 

https://www.diariodeleon.es/opinion/tribunas/120226/882349/manuel-cuenya.html

Hasta el próximo viaje.