Los domingos, la multipremiada película de la
talentosa directora vasca Alauda Ruiz de Azúa, ganó cinco premios Goya, entre
otros, a la mejor película, mejor dirección y mejor guion original, cuya
responsable es ella misma, además de a la mejor actriz (Patricia López
Arnaiz) y a la mejor actriz de reparto (Nagore Aranburu).
Conviene recordar que esta película recibió además la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián.
Me entusiasma esta película -el cine que he visto de
Ruiz de Azúa-, porque tiene un estilo reconocible, como ocurre con todos los
grandes, las grandes del Séptimo arte. Tanto Los domingos como Cinco
lobitos, su primera película, con la que ganó el Goya a la mejor dirección novel, son historias íntimas centradas en relaciones familiares. En Cinco lobitos nos muestra su experiencia como madre primeriza, "la idea surge de mi primera maternidad y de enfrentarme a algo de lo que no encontraba mucho relato y tenía muchos momentos de crisis y cosas bonitas, llenas de altibajos", dijo la directora de Barakaldo Alauda Ruiz de Azúa.
En sus películas imprime su sello de realismo
emocional a través de un ritmo pausado y reflexivo, con escenas largas,
silencios significativos, que nos permite, como espectadores, observar las
emociones de los personajes (a los que sentimos de carne y hueso y con quienes
nos identificamos) aparte de ayudarnos a reflexionar sobre lo que
ocurre. Los diálogos son naturales, las actuaciones contenidas, las
emociones sutiles y complejas sobre el amor, el miedo, la culpa, las dudas. Me hace recordar al cine del director sueco Bergman. https://cuenya.blogspot.com/2023/03/fanny-y-alexander-de-bergman.html
Lo cierto es que existen similitudes entre el cine de Ruiz de Azúa y el maestro Bergman en el tratamiento íntimo de los personajes y los conflictos interiores (los dilemas personales y emocionales). También en ambos cines se emplean mucho los primeros planos (las miradas, los gestos, el rostro humano como espacio dramático), las actuaciones contenidas, los silencios significativos, las dudas espirituales. Aparte de Bergman, el cine de Ruiz de Azúa -íntimo, realista y centrado en la familia-, es deudor del cine de la Nouvelle Vague de Eric Rohmer, cuyas películas abordan decisiones morales, amorosas o espirituales mediante conversaciones y pequeños gestos. https://cuenya.blogspot.com/2010/01/rohmer.html
Ya había escrito una reseña sobre Los domingos cuando la presenté en los cines Van Gogh de la ciudad de León. Pero ahora es un buen motivo y momento para volver a escribir sobre esta magnífica película, que proyectaremos en los cines La Dehesa de Ponferrada el próximo martes 17 de marzo. https://cuenya.blogspot.com/2025/11/los-domingos-de-alauda-ruiz-de-azua.html
Visualmente, su cine está hecho con luz natural, en
espacios cotidianos (casas, calles...). Su puesta en escena es sencilla y
centrada en la historia y las emociones de los personajes. Su cine
sobresale por el guion y los personajes.
En Los domingos, la directora, además de elegir
el estilo visual (cámara, escenas, ritmo) y coordinar el trabajo de todo el
equipo de cine, decidió cómo contar esta historia sobre la joven Ainara,
dirigiendo por supuesto a todo el elenco actoral.
Ainara sorprende a su familia (también a los
espectadores/as) porque quiere entrar en un convento de clausura, lo que crea
un conflicto familiar. Y nos lo cuenta con estilo naturalista y con verdad
emocional, centrándose en los personajes, en sus emociones y en la vida
cotidiana, donde los silencios y las miradas son tan importantes como los
diálogos, que suenan espontáneos (los actores/las actrices hablan de forma
natural, como si no estuvieran interpretando un papel). Las conversaciones
familiares se sienten como si fueran nuestras propias conversaciones. Las
escenas parecen reales, como momentos de la vida diaria, de modo que sentimos que
estamos observando a personas reales en vez de observar a personajes. En su cine es muy
importante el subtexto emocional, aquello que los actores/actrices no expresan
con palabras sino con sus miradas, sus reacciones emocionales contenidas. Por
eso, como directora, hace un trabajo detallado con su elenco actoral antes y
durante el rodaje
para que comprendan la historia personal de sus
personajes, de sus motivaciones internas, de sus conflictos
emocionales, lo que les permite construir interpretaciones complejas pero muy
sutiles. En sus películas, como Cinco
lobitos y Los domingos, las relaciones entre los personajes son esenciales. Por
eso trabaja las dinámicas entre ellos, la naturalidad en conversaciones grupales, la familia
real. Su estilo de dirección deja espacio a los actores/actrices
para explorar sus personajes y dar pie a interpretaciones orgánicas y
sinceras en escenarios cotidianos, como es el caso de Los domingos, que emplea
los espacios de rodaje para contrastar dos mundos, la tensión familiar en la
casa del padre y la tía de Ainara y el orden del convento, aparte de los exteriores
como espacios de libertad y elección personal.
Los espacios de rodaje son la casa
familiar de Ainara, que muestra la vida cotidiana y los
conflictos domésticos, las conversaciones entre Ainara y su padre, las discusiones
con la tía Maite; se trata de espacio interior, cerrado, que
refleja la tensión familiar y la vida en torno a la memoria de la madre
fallecida. Por otro lado, la casa de la tía Maite, que simboliza la influencia
del mundo exterior y la razón frente a la vocación religiosa, un lugar de protección
y guía para Ainara, donde la tía intenta convencerla de reconsiderar su
decisión de hacerse monja de clausura, en este caso se trata de un lugar más abierto que la
casa familiar de Ainara, con espacios luminosos que contrastan con la rigidez
emocional de la casa paterna. Asimismo, está el convento, que representa la
introspección, la disciplina, donde Ainara quiere ingresar, con espacios silenciosos:
claustros, celdas, capilla, iluminados con luz natural tenue, y donde Ainara
acaba interactuando con la madre superiora. Y también se nos enseñan exteriores
a través de algunos planos de calles, parques o plazas de la ciudad, que refuerzan
la idea de que la vida cotidiana y la sociedad siguen su curso mientras Ainara
toma la decisión de hacerse monja de clausura. Estos
exteriores nos muestran el contraste entre un mundo abierto y flexible y la
vida cerrada del convento. Predominan las escenas filmadas en interiores.
El guion original -no está basado en un libro ni en
otra obra previa, sino escrito directamente para la película- nos cuenta una
historia íntima y familiar, centrada en Ainara, una chica de 17 años que
le dice a su familia que quiere entrar en un convento de clausura, lo
que provoca conflictos, dudas y conversaciones profundas dentro
de la familia. El punto de partida es el caso de una adolescente, que conoció la propia directora de esta película, que decidió hacerse monja de clausura.
Los diálogos son naturales, suenan a conversaciones reales entre
padres, hijos y hermanos. A veces son frases simples pero cargadas de
emoción. Se aborda la fe, la libertad
personal, la relación entre padres e hijos, el miedo de la
familia a perder a alguien que aman. Muchas escenas ocurren en situaciones
normales como comidas familiares, conversaciones en casa, silencios o miradas
entre los personajes. El guion, que tiene una estructura narrativa clásica de
tres actos, con un estilo íntimo y pausado, muestra conflictos emocionales
reales, y deja espacio para que los espectadores interpretemos los sentimientos
de los personajes.
Estructura de guion, con planteamiento, nudo y desenlace
En el planteamiento se nos
muestra la familia protagonista y su vida cotidiana. El ambiente familiar:
relaciones, rutinas y carácter de cada miembro. La protagonista Ainara
anuncia que quiere entrar en un convento de clausura, una decisión que sorprende
y preocupa a toda la familia, que se convierte en el conflicto principal.
En el
nudo se desarrollan los conflictos emocionales. Aparecen
discusiones familiares y dudas. Ainara reflexiona sobre su fe, su vocación y su
futuro. El guion se centra en conversaciones intensas, silencios y momentos de
reflexión; el choque entre la libertad personal y el amor familiar.
Y en el desenlace
la familia debe aceptar o enfrentarse a la decisión de Ainara. Con un final emocional
y reflexivo, más centrado en sentimientos que en acción, donde lo importante es
la evolución emocional de los personajes.
El guion funciona bien porque utiliza recursos
narrativos sutiles como el conflicto que mantiene la tensión
dramática (interno: Ainara consigo misma, porque quiere ser monja de clausura,
con sus dudas, y externo: Ainara con su familia), el subtexto (lo
que los personajes sienten o piensan, pero no dicen directamente), los
silencios (aumentan la tensión emocional, hacen que las escenas sean más
realistas, permiten que el público sienta lo que pasa sin explicarlo todo). A
veces la cámara se queda en los rostros de los personajes mientras podemos
percibir lo que sienten.
Interpretaciones
En cuanto a las interpretaciones, cabe resaltar a Patricia
López Arnaiz, que ganó el premio a mejor actriz en
los Goya por su papel esta película. Su interpretación resulta
natural, realista, creíble y emocionalmente sutil. Parece una persona real
enfrentándose a un problema familiar, a través de silencios y expresiones
faciales, transmitiendo sentimientos de preocupación, amor y
miedo mediante miradas (su mirada es magnética), gestos, cambios en el tono de voz. Su
personaje representa a la tía Maite, que en realidad ejerce de madre (o
segunda madre), la cual intenta entender la decisión de su sobrina/hija,
interpretada por la joven actriz Blanca Soroa, con su primer papel importante en cine (nominada al Goya), cuya actuación
resulta también sutil, introspectiva, auténtica, transmitiendo lo que siente, que
es una fuerte atracción por la fe, y lo hace con miradas, silencios, gestos. Se
mantiene segura en su decisión de ser monja, aunque con dudas propias de la
edad, lo que aumenta el conflicto dramático.
La tía Maite funciona como el contrapunto del padre de
Ainara. La tía Maite está presente emocionalmente después de la madre de Ainara,
que ha fallecido. Y Ainara halla en su tía (hermana de su padre) el cariño y
apoyo que no recibe de su propio padre. La tía Maite me parece un personaje
extraordinario, podría decirse incluso que es la protagonista, se muestra atea
y crítica con la religión, convencida de que la decisión de su sobrina está
tomada con rapidez antes de haberla reflexionado. Y le insiste en que viva
experiencias antes de tomar una decisión tan radical. La
tía Maite, que representa el escepticismo frente a la fe, ejerce como
protectora y guía de Ainara.
Por su parte, está el papel interpretado por el padre
de Ainara (Iñaki, hermano de Maite, nominado al Goya), que hace el actor Miguel Garcés, un
personaje complejo y ambiguo ante la decisión de su hija de querer hacerse monja
de clausura, aunque él dice respetar su decisión, pero al mismo tiempo no sabe
cómo acompañarla en el proceso ni enfrentarse al conflicto familiar. Está viudo y se siente desbordado tras la muerte de su
mujer (la madre de Ainara) porque tiene que ocuparse de la educación de
Ainara y sus otras dos hijas. Y eso nos lo muestra como un ser emocionalmente
ausente. Con un punto de egoísmo, preocupado sobre todo por los asuntos
económicos y por rehacer su vida sentimental más que por su hija Ainara. Un
padre con dudas, confundido, distante, con falta de habilidades sociales/emocionales
para entender lo que le ocurre a su hija Ainara.

Otro papel importante recae en la actriz Nagore
Aranburu, que interpreta a la madre superiora del convento
de forma sobria, serena, controlada, con autoridad silenciosa, sin levantar la
voz, pues habla con un tono pausado y gestos medidos, construyendo un personaje
que contrasta con el caos emocional de la familia de Ainara, lo que le valió el premio
Goya a mejor actriz de reparto. Su presencia
transmite calma, disciplina y seguridad. Para Ainara, la madre superiora, quien
evalúa si la vocación de Ainara es auténtica, representa un refugio. En
realidad, representa, a través de la institución religiosa, la posibilidad de
una vida espiritual distinta a su mundo familiar. El personaje encarnado
por la guionista y actriz vasca Nagore Aranburu ayuda a mostrar mejor el conflicto
emocional dentro de la familia cuando Ainara decide que quiere ser monja
de clausura.
Entre los personajes secundarios está el marido de la tía Maite, interpretado por el actor y
director argentino Juan Minujín (nominado al Goya), que tiene un carácter tranquilo y conciliador frente al carácter
fuerte y combativo de Maite. Se nos muestra neutral o menos implicado que su
mujer en la decisión de la adolescente Ainara de hacerse monja. Aporta equilibrio
emocional.

Otros personajes
secundarios son las hermanas pequeñas de Ainara, que observan, desde su inocencia y espontaneidad, todo lo que ocurre y reaccionan a las tensiones de los adultos. Funcionan como un reflejo indirecto de lo que ocurre en la casa familiar. Como niñas, dicen cosas sin filtro, como cuando encuentran a Ainara con su amigo besándose en la habitación de casa, poniendo en evidencia esta situación; la relación de ellas con Ainara es cercana pero marcada por cierta distancia emocional. No percibimos entre ellas una gran demostración de cariño, aunque Ainara sí es un referente para sus hermanas; también entre los secundarios está el cura joven y cercano, paciente y dialogante, incluso amable (interpretado de un modo sobrio y sereno, sin aspavientos, por el actor vasco Mikel Bustamante, nominado al Goya como mejor actor revelación en Cinco lobitos), que acompaña a la adolescente Ainara (Blanca Soroa) en su vocación religiosa; la abuela de Ainara (interpretada por la gran actriz gallega Mabel Rivera, quien recibiera un Goya como mejor actriz de reparto por su papel como Manuela en Mar adentro, de Amenábar https://cuenya.blogspot.com/2025/11/mar-adentro-de-amenabar.html), que, aunque su papel sea secundario, con una interpretación contenida, sobria, basada en miradas y silencios, que nos muestra el peso de la tradición, tiene su relevancia emocional en la familia. Comprende mejor que otros personajes la decisión trascendental de Ainara, aunque con dolor, con pena; el personaje de Mikel (interpretado por Guillermo Zani), un amigo cercano de Ainara, que aparece como alternativa al camino religioso de la joven adolescente (percibimos una atracción entre ambos), lo que subraya el conflicto interno de ella entre una vida terrenal y la vocación religiosa.
El humor
Es uno de los ingredientes que podría pasar desapercibido para algunos espectadores/as, porque se trata de un humor sutil, irónico, que nos muestra a veces lo incómodo o absurdo de lo cotidiano, porque Los domingos retrata situaciones normales del día a día (familia, rutina, relaciones) y el humor brota de estas tensiones, silencios incómodos o malentendidos. Muchos diálogos tienen carga irónica, porque los personajes dicen una cosa pero dejan entrever otra, generando humor. Incluso se mezclan momentos aparentemente serios con situaciones que rozan lo ridículo. Algunos personajes, como Pablo, el marido de Maite (Minujín) o bien la abuela (Mabel Rivera, que se me antoja un personaje humorístico, aunque también sufre mucho, sobre todo por la decisión que toma su nieta Ainara) logran situaciones graciosas con su forma de hablar. El humor de Pablo provoca situaciones tensas pero graciosas. A veces intenta ser lógico o pragmático diciendo cosas que nadie quiere escuchar. Por su parte, la abuela aporta un humor directo, espontáneo, sincero, sin filtros, con frases mordaces, contundentes, con chispa, que son graciosas por la naturalidad con que las dice.
Incluso una monja dice algo así como que los inspectores de Hacienda deberían hacer bien su trabajo, lo que resulta gracioso, cómico, porque no nos esperamos de una monja esta opinión tan directa, lo que nos provoca una sonrisa cómplice. Además, lo dice en tono serio, de un modo espontáneo, como si fuera una verdad moral importante. O bien cuando se dice que Ainara debería viajar fuera para que se le espantara la fe. Y la tía Maite responde que a Irlanda no, que no le conviene, porque es un país católico, sino a Londres.
La fotografía (nominada al Goya), que favorece los gestos cotidianos (silencios
en la mesa familiar, acciones domésticas), se caracteriza por una
luz natural, una iluminación que imita la luz doméstica real de los
espacios, con tonos suaves en interiores familiares, o colores neutros o
apagados, que nos adentran en una atmósfera
íntima y recogida, coherente con el drama familiar. Los espacios (el convento o la casa familiar) también son realistas. La
película está filmada en planos largos, que dejan respirar la escena, con
encuadres que dan protagonismo a los personajes. La cámara acompaña a los personajes como si escucháramos lo que ocurre entre ellos, sumergiéndonos en su intimidad, con el empleo de planos medios
(los más frecuentes, que nos muestran a los personajes de cintura
hacia arriba), que nos permiten ver sus gestos y reacciones
emocionales sin aislarlos del entorno, a través de los
cuales asistimos a conversaciones familiares. Empleo asimismo de
primeros planos (los rostros ocupan gran parte del encuadre) en momentos
de tensión emocional o introspección para enfatizar miradas, silencios y gestos a través de los cuales
percibimos la psicología de los personajes. Uso de planos fijos,
con pocos movimientos de cámara, o movimientos suaves
(panorámicas o desplazamientos lentos), lo que refuerza el realismo. La
composición del encuadre es naturalista, vemos a los personajes
integrados en espacios cotidianos.
La posición de los cuerpos dentro del plano comunica relaciones entre personajes, cuando aparecen separados en el
encuadre es indicativo de distancia emocional entre ellos.
La dirección artística sigue la misma línea que la fotografía y la puesta en
escena, con realismo, sobriedad y atención a
detalles cotidianos. Con espacios reconocibles, creíbles, que reflejan la
vida familiar y el conflicto interior de la protagonista, una casa familiar con muebles comunes y objetos
funcionales. Se da un contraste visual entre espacios familiares (llenos de
objetos que procuran sensación de vida cotidiana) y religiosos
(vacíos, ordenados, austeros), lo que ayuda a expresar el conflicto entre la vida familiar y la vocación religiosa. Todo
está pensado para reforzar el drama íntimo sin distraernos con un diseño llamativo.
Al
igual que el vestuario (nominado al Goya), que es sencillo, realista y poco llamativo, con
colores sobrios y ropa cotidiana, cuya función esencial es apoyar el realismo
de la historia y definir a los personajes sin distraernos como espectadores.
El montaje (nominado al Goya), que
deja que las emociones y silencios de los personajes fluyan de modo natural,
imprime un ritmo pausado, coherente con el tono íntimo del drama familiar.
Mantiene planos largos y evita cortes rápidos. Las escenas duran lo suficiente para que podamos percibir la tensión familiar y el conflicto interior. Las transiciones entre escenas suelen ser por corte directo, respetando la continuidad espacial y temporal. No hay saltos temporales bruscos ni
estructuras fragmentadas para darnos la sensación de estar observando en
directo la vida de la familia. El montaje se centra en las miradas
entre personajes, momentos incómodos en la mesa familiar, gestos después de una
conversación importante, lo que refuerza el subtexto emocional.

El sonido (nominado al Goya) y la música siguen la misma lógica estética que la fotografía y el montaje: sobriedad, naturalismo y discreción. Con el objetivo de reforzar la intimidad familiar y el conflicto interior de Ainara. Predominan los sonidos ambientales y cotidianos, realistas, como las conversaciones familiares, los
sonidos de la casa (puertas, platos, pasos), el ruido ambiente de
los espacios interiores… como si estuviéramos dentro de la casa o del espacio religioso.
En muchas escenas no hay música de fondo, se dejan pausas entre diálogos, se escuchan pequeños sonidos del entorno. El
silencio refuerza la tensión emocional y los conflictos no expresados entre los
personajes.
La música, que acompaña de un modo discreto en
momentos clave, aparece de forma puntual, con entradas musicales breves,
volumen bajo, melodías simples o minimalistas. A través
del diseño sonoro podemos diferenciar espacios familiares (sonidos cotidianos constantes, ambiente más cálido) y espacios religiosos (silencio; reverberación o eco suave, atmósfera espiritual).
El final de la película se presta a varias interpretaciones, porque es
abierto y simbólico, deja espacio para la reflexión sobre la vocación, la libertad
y las relaciones familiares. Se sugiere que Ainara decide, de un modo consciente,
seguir su camino espiritual y entrar en el convento como un paso hacia la
independencia emocional y espiritual. No sabemos, como espectadores, si la vida
de Ainara será un camino de rosas o de espinas (o un término medio) dentro del
convento.
El final muestra que, aunque no todos los personajes compartan su decisión,
la respetan, porque la película parece no juzgar la fe ni la vocación, sino que
explora cómo una decisión de tal calibre puede transformar las relaciones
familiares. La familia de Ainara aprende a aceptar la diferencia, si bien se
deja en evidencia la tensión entre el amor familiar y libertad individual.
Conclusión
La cineasta Alauda Ruiz de Azúa, que se define como no creyente, dice que le gusta el cine que nos permite hacernos preguntas, pero no le gusta aleccionar. "La película invita a hacerse preguntas complejas sin caer en maniqueísmos", asegura, porque "las lecturas literales de las películas se pueden hacer, pero creo que el cine tiene la capacidad de evocar cosas muy interesantes", añade. En cualquier caso, Los domingos, según ella, invita al público a sacar "sus propias reflexiones y a pensar por sí mismo o reflexionar con otras personas". Así, su objetivo es "honrar el pensamiento crítico y defender la autonomía del espectador frente a dogmas o adoctrinamientos".