Recupero para el blog este texto que publicara inicialmente en el diario La Nueva Crónica y también en el diario digital ileon sobre el fallecimiento reciente del cineasta Gonzalo Suárez, que fue Director Honorífico de la Escuela de cine de Ponferrada. Y por tanto mantuve, durante esa época, una relación fraterna con Gonzalo.
Vaya aquí este texto, con los enlaces a los periódicos mencionados.
https://www.lanuevacronica.com/el-bierzo/gonzalo-suarez-en-memoria_203765_102.html
https://ileon.eldiario.es/opinion/gonzalo-suarez-memoria_129_13555066.html
Me apena saber que ha muerto Gonzalo Suárez. Anabel, compañera de aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada, me lo hizo saber. Después, como suele ocurrir con estas noticias, la muerte se extiende rápidamente por los medios y convierte en noticia pública lo que para quienes tuvimos la fortuna de tratarlo es, de pronto, una ausencia íntima.
Antes de que fuera director honorífico de la Escuela de Cine de
Ponferrada ya conocía su nombre, sus películas y esa manera tan suya de
entender el cine y la literatura, como si fueran territorios contiguos entre
los que pudiera moverse con absoluta libertad.
Por eso quise que fuera él, precisamente él, quien ocupara aquel cargo
honorífico. Y tuve la fortuna de compartir con Gonzalo algunos años de aquel
proyecto que fue la Escuela: a veces sueño y a veces pesadilla, como suelen ser
los sueños cuando intentan convertirse en realidad.
Ya había coincidido con él mucho antes, durante mi etapa universitaria.
Recuerdo haberlo visto en Oviedo, quizá incluso en una charla en la que también
participó el filósofo Gustavo Bueno, uno de mis maestros. Digo «quizá» porque
la memoria no funciona como un archivo. Conserva escenas, rostros, voces, pero
a veces mezcla las fechas y los lugares. Lo que sí recuerdo con absoluta
claridad es mi fascinación por Remando al viento. Todavía la siento.
Hay películas que uno ve y olvida. Y hay otras que se quedan dentro. La
de Gonzalo Suárez es de estas últimas. Allí estaba Hugh Grant, todavía lejos de
la popularidad que alcanzaría después, interpretando a Lord Byron. Allí estaba
Mary Shelley y su criatura, pero también estaban el paisaje, la literatura, los
fantasmas, la creación artística y esa frontera incierta entre la realidad y el
sueño que tanto parecía interesar a Gonzalo.
Y estaba la música. La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis,
de Vaughan Williams, acompañando aquellas imágenes y contribuyendo a crear una
atmósfera que todavía recuerdo como envuelta en niebla.
También estaban Daniel Goldstein y Ricardo Steinberg en el sonido. A
Ricardo tuve ocasión de conocerlo bien e incluso de invitarlo a aquellas Tardes
de Cine que organizaba en Bembibre. Y estaba Wolfgang Burmann, Chinín para los
amigos, director artístico de Remando al viento, un hombre entrañable
y lúcido con quien tuve ocasión de hablar de cine y de muchas otras cosas.
Entre ellas, de Almodóvar, con quien había trabajado en La flor de mi
secreto.
Quizá ahí estaba una de las razones por las que aquella Escuela de Cine significó tanto para mí: permitía que quienes primero habían sido nombres vistos en una pantalla acabaran sentados frente a nosotros, hablando, contando historias, tomando un café o compartiendo una comida. Y Gonzalo fue uno de ellos.
Lo recuerdo en el hotel AC de Ponferrada, en restaurantes de la capital
del Bierzo, en esos espacios donde los personajes públicos dejan de ser
personajes y se convierten simplemente en personas. Allí aparecía su
inteligencia, su ironía, su sentido del humor. Y aquella forma tan suya de
mirar las cosas de lado, como si nunca terminara de aceptar las convenciones.
No volví a tener contacto con él después de que la Escuela llegara a su
fin. Por eso su muerte tiene para mí una tristeza doble: desaparece un cineasta
y escritor singular, pero desaparece también una parte de aquellos años en los
que Ponferrada quiso ser una ciudad de cine.
Quedan sus películas. Don Juan en los infiernos, El portero,
El detective y la muerte, Oviedo Express, Remando al
viento... Una filmografía difícil de encerrar en una etiqueta: literaria,
sombría, juguetona, extraña, libre.
En El detective y la muerte, basada en un cuento de Hans
Christian Andersen, aparecía además Mapi Galán, actriz ponferradina vinculada
también a aquella Escuela y a las Tardes de Cine. En Oviedo Express
volvía a trabajar con Carmelo Gómez, actor leonés presente también en El
portero y El detective y la muerte.
Gonzalo se llamaba a sí mismo «cineostia». Hasta eso tenía algo de
declaración de principios: juego, ironía, libertad.
También admiraba a Sam Peckinpah, a quien llegó a conocer. No resulta extraño. Parecía sentirse atraído por aquellos creadores que caminaban por los márgenes y que no tenían demasiado interés en obedecer las reglas.
Quizá por eso resulta tan difícil despedirlo con una definición.
¿Cineasta? ¿Escritor? ¿Director? ¿Novelista? Fue todo eso y algo más difícil de
nombrar: alguien que convirtió la creación en una forma personal de mirar el
mundo.
Me gusta pensar que, para alguien que hizo del cine una manera de mirar,
la muerte no tiene por qué ser necesariamente un final. Tal vez sea otro plano.
Otro fundido. Otra imagen que desaparece lentamente de la pantalla mientras
permanece, en algún lugar, la luz que la hizo posible.
También permanecen sus paisajes. Llanes, sobre todo. La costa, los
acantilados, la niebla, el viento, el mar. Ese territorio asturiano que en sus
películas parece pertenecer al mismo tiempo a la realidad y al sueño.
Llanes de cine. Y Ponferrada también fue ciudad de cine durante unos
años.
Quizá por eso, cuando pienso ahora en Gonzalo Suárez, no lo recuerdo
solamente dentro de una pantalla. Lo recuerdo sentado a una mesa, hablando,
escuchando, haciendo alguna observación inesperada que dejaba flotando una
sonrisa.
Lo recuerdo junto a Amenábar, Fernando Trueba, Fernando León de Aranoa y
tantos otros, en aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada. Años de
proyectos, conversaciones, películas y amistades. Años que ya forman parte de
la memoria.
Y quizá eso sea lo que verdaderamente permanece de las personas: no
solamente sus obras, sino también los lugares donde las conocimos, las
conversaciones que mantuvimos con ellas, las pequeñas escenas que quedaron
fuera de cualquier película.
Se nos ha muerto un grande del cine y de la literatura. Pero hay muertos
que siguen conversando con nosotros. Basta con volver a una película. Abrir un
libro. Escuchar una música. O regresar, muchos años después, a aquella mesa de
un restaurante de Ponferrada donde una vez hablamos de cine.
Entonces Gonzalo vuelve durante un instante. Como vuelve la luz cuando
se enciende un proyector. Como vuelve la memoria cuando alguien pronuncia un
nombre: Gonzalo Suárez.


