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viernes, 11 de septiembre de 2026

Julio Llamazares: memoria, paisaje y purga del corazón

Siempre es un placer ver y escuchar al maestro Julio Llamazares, por cuya obra siento verdadera devoción. Y, además, es un buen tipo. Lo dijo ayer tarde la periodista y escritora Noemí Sabugal en la librería El Libro Imposible de Ponferrada, abarrotada para escuchar al escritor leonés. Algo que, por supuesto, suscribo. 

https://cuenya.blogspot.com/2018/04/la-fragua-literaria-leonesa-noemi.html

Julio Llamazares con Noemí, a la izquierda y Petia, a la derecha

Noemí acompañó a Julio Llamazares en la mesa de presentación de El viaje de mi padre para conversar con él acerca de la literatura, de la memoria y el paisaje, de la vida, con la colaboración de Petia, responsable de El Libro Imposible.

Siempre es un placer, también, leer sus libros. Entre ellos, El viaje de mi padre, una de sus obras más recientes, que está a punto de cumplir un año desde su publicación y sobre la que tuve ocasión de escribir una reseña en su momento. https://cuenya.blogspot.com/2025/11/el-viaje-de-mi-padre-de-julio-llamazares.html

Pero ayer no solo habló de su libro. Con ese característico sentido del humor y su sensibilidad, Llamazares fue desgranando ante el público algunas reflexiones acerca de la memoria y el paisaje, dos constantes que atraviesan buena parte de su obra. https://cuenya.blogspot.com/2013/05/julio-llamazares-sublime.html

Porque el paisaje, según Llamazares, es memoria. Eso mismo aparece, por ejemplo, en El río del olvido, uno de sus excelentes libros de viaje. Y es que Julio es un auténtico maestro de la literatura de viajes, un género que acaso sea —que es— la madre de la literatura, como él mismo diría.

Memoria emocional, me atrevería a añadir. «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», escribió el Nobel Gabriel García Márquez en su libro de memorias Vivir para contarla. https://cuenya.blogspot.com/2014/04/gabo.html Y quizá el paisaje tenga mucho que ver con esa memoria que no se limita a conservar datos, sino que guarda sensaciones, emociones, pérdidas, encuentros, lugares y momentos.

El paisaje guarda lo que fuimos, lo que vivimos y, acaso también, aquello que ya no podemos recuperar de otra manera. Sin memoria no somos nadie. Qué terrible resulta comprobarlo en las personas afectadas por el alzhéimer y otras demencias, cuando la pérdida progresiva de la memoria va desdibujando también la identidad.

Y la memoria, para un escritor, puede convertirse —se convierte, en realidad— en un manantial inagotable de literatura. 


El territorio puede estudiarse en función de sus características geológicas, geográficas, climáticas o físicas. Pero se convierte en paisaje a través de la mirada, de la percepción de quien lo contempla. El paisaje no está únicamente fuera: también está dentro de nosotros. Hay, en efecto, una fusión del ser y el paisaje, como sucede en buena parte de la literatura romántica. Y en esto Julio Llamazares es, a mi juicio, un escritor romántico.

De memoria y paisaje está hecho también El viaje de mi padre. El libro nace de aquello que su padre apenas le contó sobre su experiencia traumática durante la Guerra Incivil. «Cuando uno es joven no escucha a los padres», reconoció Julio. Quizá por eso, con los años, sintió la necesidad de regresar a aquellas palabras escasas, a aquellos silencios, para intentar reconstruir lo que pudo sentir su padre cuando, siendo apenas un muchacho de dieciocho años, fue enviado al frente. Al cruento frente de Teruel, entre otros frentes. 

Escribir para regresar, para recordar. Escribir para comprender. Escribir, quizá, para reconciliarse con aquello que no pudo preguntarse a tiempo. Incluso eso que algunos llaman imaginación no es otra cosa, recordó Julio, citando al escritor portugués António Lobo Antunes, que memoria fermentada.

Julio Llamazares reconoce que esta y otras obras suyas son una «purga del corazón». La expresión me lleva inevitablemente a Camilo José Cela, que escribe al comienzo de Oficio de tinieblas 5: «Esto no es una novela, sino la purga de mi corazón».

Hay escritores que necesitan escribir de un modo vital. Porque necesitan sacar fuera aquello que llevan dentro, dar forma a sus dolores, a sus obsesiones, a sus miedos. La literatura como catarsis. Como una manera de poner palabras allí donde antes solo había silencio.

Y, en ese sentido, Llamazares escribe también para liberarse. Para exorcizar sus fantasmas. Para aliviar, mediante la escritura, ese malestar que de otro modo permanecería enquistado, tumoroso. Una purga íntima que, paradójicamente, termina convirtiéndose en literatura para los demás.

Lo expresó con su habitual ironía al comparar la escritura con la terapia: hay quien paga para sentirse mejor y hay escritores que, en cambio, plasman sus miedos, sus obsesiones y sus malestares sobre el papel y, por si fuera poco, reciben dinero por ello.

Quizá ahí resida una de las grandes paradojas —y también uno de los grandes privilegios— de la literatura: convertir el dolor en palabras, las palabras en memoria y la memoria en un paisaje que, al leerlo, también acaba siendo nuestro.

Convertir el dolor en palabras, como hace Umbral de un modo lírico y desgarrador en Mortal y rosa, escrito a raíz de la muerte de su hijo Pincho, fallecido siendo un niño a causa de la leucemia. Porque también la literatura puede ser una forma de aliviar el dolor cuando el dolor parece no tener palabras.

Y después de escucharlo hablar de memoria, de paisaje, de literatura y de vida, me encantó poder saludar y charlar un ratito con Julio Llamazares. Incluso hacerle algunas fotos durante la presentación y también al final del acto, en la librería. 


Un placer compartir ese momento con él, con tanta gente conocida y amiga: con Noemí, Victoria, Álida, Clara, Teje, Nidia, Mónica, Toñi, María Jesús, Ruy, Óscar, Melchor, Alberto y tantas otras personas que podría mencionar, aunque casi seguro que me olvidaría de alguna. Y, por supuesto, con Petia y Álex, que llevan El Libro Imposible de una manera ejemplar y hacen de esta librería un lugar donde suceden cosas importantes.

Porque, al final, quizá se trate de recordar, de contar y de compartir. De convertir la memoria en palabras y las palabras en compañía.

Lagos de Covadonga, una belleza sublime



Sí, el viajero se dirige a los Lagos de Covadonga con la esperanza puesta en contemplarlos bajo una luz radiante, con el cielo azul como telón de fondo. La vez anterior, hace ya tres años, pudo verlos, sí, pero en medio de una espesa niebla que terminó por envolverlo todo.
https://cuenya.blogspot.com/2023/10/lagos-y-lagunas-que-entranan.html 


En Cangas de Onís luce el sol y el viajero se siente animado. La subida hasta los lagos le procura un auténtico chute de dopamina. Se siente en éxtasis, como un anacoreta que, después de alcanzar la levitación, hubiera atravesado el umbral hacia una nueva dimensión. Esto de elevarse es algo que al viajero siempre le ha encantado.

A medida que gana altura, tiene la impresión de adentrarse en una zona boscosa poblada por xanas y cuélebres, quizá también por algún vampiro flipado de esos que uno podría imaginar en la Transilvania rumana. La montaña asturiana empieza a adquirir un aire fantástico, casi onírico. 

Santuario de Covadonga

Y cuando ante su mirada se alza el santuario de Covadonga, siente que se hubiera trasladado, por arte de magia, a otro lugar, a un mundo exótico y misterioso. Hay algo en este entorno que desborda lo puramente paisajístico. Es la combinación de la montaña, el bosque, la piedra y esa luz cambiante que convierte cada curva del camino en una revelación.

Covadonga es un entorno mágico, sagrado, religioso para quienes deseen sentirlo así. Y el viajero, que venía buscando luz, acaba encontrando un paisaje que conserva intacto su misterio.

Continúa rumbo a los ansiados lagos.
Las vistas hacia los Picos de Europa resultan alucinantes. Antes de contemplarlos, todavía bajo una luz radiante, disfruta de un paisaje soberbio. Incluso cree atisbar el Naranjo de Bulnes, el Pico Urriellu. Es probable que sea una alucinación suya. O no.

En el camino se encuentra con una pareja de jóvenes madrileños que le pide que les haga una foto. Es la chica quien se acerca y le pregunta si puede hacerles un retrato con aquel bello entorno como escenario acaso fílmico. El viajero accede, naturalmente.

Apenas han transcurrido unos instantes cuando algo empieza a cambiar. La niebla comienza a descender. El viajero no puede dar crédito a lo que está presenciando. Una bella visitante le alerta de que, en poco tiempo, la zona quedará cubierta por la niebla. 

No puede ser. Esta vez, no.

El viajero había subido con la esperanza de contemplar los lagos bajo una intensa luz veraniega. Con el cielo despejado, quizá incluso con ese azul rotundo que convierte las montañas en estampas de postal. Pero la montaña tiene sus propios planes. 

Cuando quiere darse cuenta, la niebla ya está inundándolo todo. Avanza con una rapidez desconcertante, borrando poco a poco las montañas, los caminos y las vistas que apenas unos minutos antes se ofrecían luminosas ante sus ojos. Y todavía le queda un trecho por recorrer hasta alcanzar el lago de la Ercina. 

Lago Ercina
La historia parece repetirse. Tres años después, el viajero vuelve a enfrentarse a la niebla. Uno hace sus planes, pero la naturaleza se encarga de hacer los suyos. Y ante ella, el viajero se siente empequeñecido. 

La sensación le conduce inevitablemente a un conocido cuadro del pintor alemán Caspar David Friedrich: El caminante sobre un mar de nubes. En él, un hombre solitario contempla desde lo alto un paisaje que parece no tener fin.

El viajero también se siente pequeño ante la montaña. Pequeño ante la niebla. Pequeño, en definitiva, ante una naturaleza que no atiende a planes ni expectativas y que, de vez en cuando, se encarga de recordarnos quién manda.

Uno puede subir buscando el cielo azul, la luz perfecta, la fotografía soñada. Pero la montaña decide. Y esta vez, como ya ocurrió hace tres años, parece haber decidido que el viajero tendrá que ganarle la partida a los lagos. 


Quizá los lagos no jueguen ninguna partida, ni siquiera una de ajedrez, como la que disputan la muerte y el protagonista de El séptimo sello, de Ingmar Bergman. Pero en esta ocasión también ellos se revelan bajo una luz grisácea, envueltos en una atmósfera que los hace parecer más próximos a un sueño que a un paisaje real.

El lago de la Ercina se muestra al viajero, en un principio, como una aparición fantasmagórica. Apenas se intuyen sus formas entre la niebla. Sin embargo, a medida que se acerca, comienzan a dibujarse sus contornos. La luz cambiante, acompañada por la niebla que desciende sobre el paisaje, le permite a duras penas tomar algunas instantáneas. No hay tiempo que perder.

El clima, plenamente veraniego nada más poner los pies en este entorno, se ha tornado de pronto otoñal. 

Después de dejar atrás el lago de la Ercina, el viajero asciende por una pendiente. Desde lo alto intuye que, abajo, al fondo, se encuentra el lago Enol. Tiene la impresión de que, a medida que descienda hacia él, el lago irá aclarándose. Y así sucede.

Por fortuna, el lago Enol acaba revelándose como una imagen antigua. Una de esas imágenes que parecen haber permanecido intactas en algún rincón de la memoria, esperando el momento preciso para volver a aparecer.

La niebla todavía juega con el paisaje, pero ahora el viajero empieza a distinguir el lago, sus aguas, las montañas que lo rodean. Poco a poco, aquello que parecía oculto comienza a hacerse visible. Y comprende que quizá la montaña le haya vuelto a ganar la partida, sí, pero también le ha concedido algo a cambio: la posibilidad de contemplar los lagos de un modo distinto. Acaso más misterioso. Más romántico. En medio de la niebla. 

Quizá no sea la fotografía soñada. Pero sí otra historia que contar. Y quizá sea precisamente eso lo que la montaña quería enseñarle.



Los Lagos de Covadonga se presentan ante el viajero como una belleza sublime, casi irreal, semejante a un cuadro pictórico romántico en movimiento. La grandiosidad de las montañas, la niebla que envuelve el paisaje, la luz cambiante y el silencio del entorno crean una atmósfera que recuerda inevitablemente al universo de Caspar David Friedrich. Como en la obra de Friedrich, el ser humano aparece diminuto frente a una naturaleza que lo sobrepasa. Y en Covadonga el viajero no se limita a contemplar el cuadro. Siente que ha entrado en él. Se convierte, por un instante, en aquel caminante que se detiene ante un mundo de montañas, nubes, vacas y abismos, suspendido entre lo visible y lo infinito. 


La niebla se desplaza como una pincelada viva. La luz transforma continuamente las montañas. El paisaje parece componerse y descomponerse ante los ojos del visitante. Es una pintura que respira. Un cuadro que cambia. Un paisaje que se mueve.

Visitar este paraje supone, en cierto modo, penetrar en una pintura romántica: situarse frente a la inmensidad, experimentar la pequeñez humana y, al mismo tiempo, sentir la fascinación de formar parte de aquello que se contempla. El viajero deja de estar ante el paisaje para encontrarse dentro de él.

Y quizá no sea casualidad que la visita a los lagos coincida con la víspera del Día de Asturias. Porque hay lugares que, de alguna manera, terminan visitándolo a uno. 


Al regresar a Cangas de Onís, al hotel Virgen de Covadonga, el viajero lleva consigo la sensación de haberse adentrado en una nueva dimensión: un territorio en el que la naturaleza respira, cambia y se revela a cada instante.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Cangas de Onís, antesala de los lagos de Covadonga

Asturias siempre es una garantía. Asturias, esa tierra que el viajero siente como propia, le entusiasma. Y siempre que puede, la visita. Así que estos últimos días, aprovechando que era fiesta en Ponferrada, la capital del Bierzo, el viajero se lanzó al ruedo en busca de fragancias astures. 

Cangas de Onís y los lagos de Covadonga le esperaban con los brazos abiertos, es un decir. Hace tres años, allá por 2023, el viajero también se acercó a los lagos a finales de agosto. El clima se reveló entonces otoñal, casi invernal, en las alturas donde se encuentran, y la niebla terminó cubriéndolo todo. 

En esta ocasión ocurrió algo parecido. Aunque el tiempo en Cangas de Onís era bueno, la niebla acabó espesándose a medida que el viajero ganaba altura. Maldición. No obstante, el paisaje adquirió un aire romántico y misterioso, y la subida a los lagos resultó igualmente fascinante: una ascensión que constituye, por sí misma, un viaje hacia las montañas de sus ilusiones.

Un paisaje que nada tiene que envidiar a los paisajes alpinos suizos. Pero las comparaciones, dicen, son odiosas, así que no hace falta entrar en ellas.

El Sella
Antes de dar cuenta de la subida a los lagos de Covadonga, el viajero desea poner cabeza y centrarse en Cangas de Onís, Cangues, como dicen en les Asturies. Un lugar ciertamente acogedor, familiar, donde siempre se ha sentido como en casa. 

Y es que Cangas de Onís, surcada por el río Sella, es una población animada que huele a sidra, una bebida que le encanta al viajero, y sabe a cachopo y fabada, exquisita en el restaurante El Abuelo y también en otros establecimientos, porque la gastronomía es un arte en esta tierra. «Para fabada, este es el mejor», asegura la propietaria. Lo dice convencida, sin aspavientos.

La primera intención del viajero, en realidad, era acercarse a una sidrería que es también un antiguo lagar, pero está hasta la bandera. Por fortuna, tendrá ocasión de disfrutar en otro momento del viaje de este llagar, El Polesu. Casi sin darse cuenta, el viajero está haciendo publicidad de estos establecimientos, sin menospreciar, por supuesto, tantos otros que, a buen seguro, harán las delicias —como se dice en el argot gastronómico— de los comensales. 

Llagar El Polesu

Si en el Noroeste peninsular se come bien, Asturias es probable que se lleve la mejor puntuación. Aunque, para gustos, ya se sabe: hay hasta tratados y ensayos enjundiosos que se ocupan de hablarnos de las exquisiteces culinarias.

El viajero, que llega desde la tierra hermana del Bierzo, está convencido de que Asturias sí ha sabido proyectarse, tanto dentro como fuera del país, ofreciendo a los visitantes sus encantos paisajísticos, gastronómicos y culturales, además de actividades como el descenso del Sella en canoa, entre otras muchas.

Asturias es conocida dentro y fuera de sus fronteras. El Bierzo, no. Eso cree el viajero. Incluso la canción Asturias, que interpreta el genial Víctor Manuel a partir de un poema homónimo del poeta salmantino Pedro Garfias, ha trascendido todas las fronteras.

En el fondo, el viajero también se siente astur, porque incluso su primer apellido es un topónimo: el nombre de una aldea de Asturias, en el concejo de Navia. 

Con estas credenciales, está presto para recorrer Cangas de Onís en busca de aquellas fragancias a las que hizo referencia al inicio de este escrito. Fragancias, sensaciones, impresiones, emociones. Le sigue sorprendiendo la cantidad y calidad de sus restaurantes, de sus tiendas delicatessen, de su vida al aire libre.

Y, por supuesto, le sigue llamando la atención el Puente, ese que dicen romano, aunque de romano ya quede poco o nada. Al pasar por él, el viajero escucha a un visitante comentar, más o menos, algo así: «¿Qué hostias de romano quedará en estas piedras?». 

Sea como fuere, al viajero le gusta contemplarlo. El puente es todo un icono y, quizá porque uno no sabe muy bien qué hacer con determinadas emociones, le asaltan unas palabras que acaba escribiendo:

«El Puentón lleva siglos tendido sobre el Sella. Sus piedras hunden sus raíces en la Edad Media, como si el tiempo hubiera pasado a su lado sin conseguir moverlo. Bajo su arco, el río sigue su camino.



Nace en Oseja de Sajambre, entre las montañas de León. Recoge la nieve de las cumbres, atraviesa bosques y valles… hasta llegar al Cantábrico, donde se encuentra con el mar formando la ría de Ribadesella. Aquí, el agua parece tener memoria. Golpea las piedras. Se desliza bajo el puente. Y continúa. Mientras tanto, la luz cambia. A veces se vuelve dorada. Otras, se filtra entre las hojas y dibuja sombras sobre el agua. Y quizá sea eso lo que hace que uno quiera volver. Porque este paisaje nunca es exactamente el mismo. Cambia el río. Cambia la luz. Cambia el aire entre los árboles. Y, sin darnos cuenta, también cambiamos nosotros. El Puentón permanece. El Sella sigue pasando. Y el tiempo continúa su viaje, igual que el agua. Pero quizá ahí esté la magia de este lugar: que, por mucho que volvamos, por mucho que miremos, nunca encontramos exactamente lo mismo. Porque bajo este arco, como en la vida, nada vuelve a ser igual».  
Y es que el viajero tiene la costumbre —o quizá la manía— de escribir aquello que le viene a la chola, porque sabe que, si lo deja pasar, luego ya no será lo mismo. O sí lo será, pero ya de otro modo.

Después de recrearse en el Puentón —le fascinan los puentes y los ríos; ama todo lo que fluye y está convencido de que siempre hay que tender puentes entre tierras y vidas—, el viajero se dirige al Monumento al Emigrante, que se encuentra a pocos metros, delante de la Oficina de Turismo.

El emigrante
Los emigrantes, los inmigrantes, los migrantes, en definitiva, tocan de lleno el corazón del viajero. Quizá porque también ha sido migrante. Y ha conocido esa sensación difícil de explicar que es la morriña, la saudade, la nostalgia del terruño, de aquello que uno dejó atrás y que, de alguna manera, viaja siempre con uno. 

Tal vez por eso se detiene ante el monumento algo más de lo previsto. Y dispara algunas instantáneas con su cámara de fotos y también con su móvil. No vaya a ser que el emigrante no quede retratado. El viajero tiene la impresión de que el emigrante le devuelve la mirada con una sonrisa en el rostro. Hay algo en esa sonrisa que le resulta familiar.

Asturias, como el Bierzo y Galicia, ha sido, a lo largo de los tiempos, tierra de emigrantes. Hacia la llamada Europa desarrollada, hacia las Américas, hacia lugares lejanos donde tantos hombres y mujeres buscaron una vida mejor, dejando atrás la tierra que los vio nacer.

Quizá por eso, en Asturias, también en Cangas de Onís, llaman la atención las casas de indianos, esas construcciones que levantaron quienes regresaron después de hacer las Américas y que hoy forman parte inseparable del paisaje y de la memoria de esta tierra. Algunas son auténticos palacios, con sus balcones de hierro forjado, sus galerías acristaladas y torres mirador. En algún caso han servido incluso como escenarios cinematográficos. Como ocurre con el edificio Partarríu o villa de Parres, en Llanes, que ha servido para filmar, por ejemplo, El orfanato

A la mente del viajero también le viene otra película: Un franco, 14 pesetas, que lo dejó impresionado. Una historia de emigración, de distancia, de regreso y de esa mezcla de ilusión y desarraigo que acompaña a quien abandona su tierra en busca de otro horizonte.

Y quizá sea eso lo que el viajero reconoce en la sonrisa de aquel emigrante de Cangas de Onís: la memoria de quienes se fueron, pero nunca terminaron de marcharse del todo. Porque uno, por más que camine por el mundo adelante, nunca acaba por abandonar completamente su tierra, su caverna. 

Así se lo dijo en una ocasión al viajero el maestro y filósofo Gustavo Bueno, hijo adoptivo de Asturias: «Usted ha salido de la caverna y ha regresado a la misma». Una frase que, con el paso del tiempo, el viajero ha ido comprendiendo cada vez mejor. Porque quizá viajar consista precisamente en eso: salir de la caverna, contemplar otros mundos, conocer otras tierras y otras gentes, para terminar regresando a aquella de la que un día partimos.

No necesariamente para quedarnos en ella, sino para contemplarla de otra manera. Con otros ojos. Con esa perspectiva nueva que proporciona haber recorrido mundo y haber descubierto que, a veces, solo cuando nos alejamos somos capaces de comprender verdaderamente aquello que dejamos atrás.

Por eso, el viajero abandona de nuevo su caverna para regresar a Cangas de Onís, a los pies de los Picos de Europa, ante uno de los paisajes más bellos que ha contemplado. 

Don Pelayo frente a iglesia 

Cangas de Onís como puerta de entrada a una naturaleza esplendorosa; como punto de partida hacia el santuario de Covadonga y lo

s lagos glaciares, allí donde la montaña asturiana alcanza toda su grandeza. Pero Cangas de Onís es también historia. Fue la primera capital del Reino de Asturias y allí estableció don Pelayo su corte tras la victoria en la batalla de Covadonga. Su figura permanece ligada para siempre a esta villa y sigue presente en uno de sus rincones más reconocibles, en la escultura que se levanta frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

Naturaleza, historia, gastronomía, emigración, memoria. Quizá eso sea, en el fondo, lo que el viajero ha venido a buscar en Cangas de Onís. No solo paisajes ni monumentos, ni siquiera una buena fabada o una botella de sidra. Ha venido en busca de sensaciones. De esas fragancias astures, como el heno de Pravia, el heno recién cortado, que se quedan impregnadas en la memoria emocional y que uno reconoce incluso después de haber recorrido muchos caminos.

Porque salir de la caverna está bien. Es necesario. Hay que conocer otros mundos, caminar otras tierras, escuchar otras voces. Pero también hay que regresar. 


Regresar para descubrir que aquel lugar del que partimos ya no es exactamente el mismo. O quizá sí lo sea. El que ha cambiado, acaso, sea el propio viajero. Y ahora, desde Cangas de Onís, siente de nuevo el impulso de subir. De abandonar por un tiempo la villa y adentrarse otra vez en la montaña. De buscar, entre la niebla y las cumbres, aquella belleza sublime que ya había venido a buscar tres años atrás. Los lagos de Covadonga le esperan. Y hacia ellos se dirige el viajero.