| Puerto de Heraclión |
El viajero, como un Odiseo que hubiera cambiado los mares de la leyenda por las rutas de un crucero moderno, continúa su periplo por las islas griegas.
Mykonos ya queda atrás, desvaneciéndose en la estela del Costa Fortuna, mientras el barco avanza hacia Creta, la isla del Minotauro y de los laberintos borgianos.
El viajero, entusiasta de los relatos y de las microficciones, recuerda la reescritura que Borges hace en La casa de Asterión del antiguo mito del Minotauro de Creta. Un relato que, en el fondo, invita a reflexionar sobre la condición humana, la soledad y los límites entre el monstruo y el hombre
"Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar... La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo... Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo", relata Borges.https://ciudadseva.com/texto/la-casa-de-asterion/
Creta no es para el viajero solamente un punto en el mapa ni un mito remoto. Antes de verla, ya la había habitado en la memoria. La asocia a una muchacha que conoció en París en los años noventa, en aquella época en la que la ciudad parecía un lugar donde todas las vidas posibles podían encontrarse por azar: en una calle, en un café, en una conversación nocturna, incluso en lo alto de Notre Dame. Ella era cretense, o eso cree recordar el viajero.Hristodoulaki. Ese era su apellido. Un nombre que vuelve ahora, después de tantos años, impulsado por el rumor del mar. Tal vez la memoria haya conservado una imagen verdadera; tal vez haya añadido sus propios colores, como hace siempre con las historias que el tiempo transforma en leyendas.
Mientras el Costa Fortuna se acerca a la isla, el viajero siente que no navega solamente hacia un puerto, sino hacia una región más profunda de sí mismo. Cada ola parece traer una palabra olvidada; cada destello sobre el agua devuelve fragmentos de una conversación perdida en algún café o apartamento parisino donde quizá aquella joven cretense le habló de su isla, de un mar que para ella no era solamente paisaje, sino una forma de pertenecer al mundo.Quizá el recuerdo de Hristodoulaki no sea sino otra forma del laberinto. Como Asterión en el relato de Borges, todos habitamos nuestros propios laberintos y construimos pasillos de recuerdos, encuentros y ausencias. A veces creemos buscar a alguien del pasado cuando, en realidad, andamos tras la versión de nosotros mismos que existía junto a esa persona. En el fondo, siempre estamos viajando hacia nuestro propio interior.
Creta aparece finalmente en el horizonte. El Costa Fortuna se aproxima a la isla del Minotauro, de la civilización minoica y de los mitos que han sobrevivido al paso de los siglos.
En realidad, el barco se acerca a Heraclión, cuyo nombre parece conservar un eco de Heracles. Es la capital de Creta, una ciudad donde el Mediterráneo se encuentra con las huellas de civilizaciones milenarias, en especial con el legado de la civilización minoica.
El viajero mira la costa y piensa que quizá todos los viajes son regresos disfrazados. Que los lugares que visitamos por primera vez ya nos habían visitado antes en forma de relatos, nombres o rostros. Y que, entre el mito de Asterión y el recuerdo de aquella muchacha de París, Creta, además de una isla, bien podría ser un laberinto en el que perderse podría significar encontrarse.
El viajero abandona el Costa Fortuna, ese espacio de confort y aparente paraíso, para lanzarse a la aventura por las calles de Heraclión. La temperatura es sofocante. Desde el primer momento siente que la visita a la capital cretense no será sencilla. La luz del sol es intensa y apenas permite mantener los ojos abiertos.
Un autobús lo deja en las inmediaciones de la terminal del puerto. Tiene la impresión de que Heraclión es demasiado extensa para ser recorrida a pie. No obstante, se arma de valor y decide conquistar la ciudad por donde pueda, sin un rumbo demasiado preciso.
A lo lejos distingue, frente al mar, una fortaleza que atrae inmediatamente su atención. Camina hacia ella. Es la fortaleza veneciana de Koules, también conocida como Rocca al Mare, una construcción que parece seguir custodiando el puerto como lo hizo durante siglos.
Entre los visitantes reconoce a la pareja de Toledo con su hija de veinte años, los mismos viajeros con los que ha coincidido en otras etapas del crucero. Allí está también la bella pasajera. Todos parecen sofocados por el calor, incluido el propio viajero. No da la impresión de que aquel sea un buen día para adentrarse en el laberinto urbano de Heraclión. Aunque, pensándolo bien, quizá sea precisamente esa la única ocasión que tiene.
Porque si Creta es la tierra del Minotauro, de los palacios antiguos y de los caminos que se bifurcan en la memoria, no podía esperarse que la entrada al laberinto fuese cómoda.
Y, a decir verdad, no lo resulta. El recorrido por Heraclión deja al viajero con una sensación extraña, casi de indiferencia, algo poco habitual en él. Normalmente, cuando llega a un lugar nuevo, se siente estimulado por las calles desconocidas, por los rostros, por los pequeños detalles que convierten una ciudad en una historia que merece ser contada. Esta vez, sin embargo, la ciudad no termina de atraparlo en su maraña, en su dédalo.
Quizá fuera el calor, quizá el cansancio, quizá la distancia entre el mito esperado y el logos encontrado. Hay ciudades que nos reciben con una revelación y otras con un silencio. Heraclión parece pertenecer a estas últimas. 
iglesia de Agios Titos
Tal vez Creta sea, en esta ocasión, más poderosa como imaginación que como experiencia inmediata. Y el viajero se conforma con recorrerla desde la fantasía, con evocar la isla del Minotauro, la civilización minoica y ese palacio de Cnosos que desde hace años forma parte de su particular geografía literaria.
A pesar de la calorina, decide acercarse hasta allí en autobús. El palacio se encuentra alejado del centro de Heraclión y parece exigir un esfuerzo adicional, como si el acceso al antiguo laberinto tuviera que superar una serie de pruebas. Pero los hados, esos mismos que tantas veces decidieron el destino de héroes y navegantes en los relatos clásicos, parecen tener otros planes.
El viajero no consigue adentrarse en el recinto sagrado de Cnosos. La cola para adquirir la entrada le parece interminable, una auténtica procesión de visitantes bajo un sol inmisericorde. El calor también empieza a pesar demasiado. No quiere arriesgarse a una insolación que convierta la aventura cretense en una pequeña tragedia griega personal.
Más tarde se enterará, a través de una joven pareja madrileña del Costa Fortuna, de que la visita al palacio ha sido suspendida precisamente a causa de las altas temperaturas. Una noticia que, de algún modo, le concede una inesperada absolución. No era únicamente él quien había retrocedido ante el laberinto, incluso el propio lugar había decidido cerrar sus puertas.Así que Cnosos queda para otra ocasión, o quizá para siempre, como quedan tantos lugares que uno no llega a visitar pero que, de un modo paradójico, terminan habitando la imaginación con mayor fuerza que aquellos que sí recorremos. El viajero tendrá que construir su propio palacio minoico, su propio laberinto interior, con las piedras de la memoria, las lecturas de Borges y la certeza de que algunos viajes también están hechos de aquello que no pudo suceder.
De modo que, esta vez más que nunca, el viajero comprende que su recorrido no ha sido únicamente por las calles de Heraclión ni por los senderos que se bifurcan, por decirlo a lo Borges, que conducían a Cnosos, sino hacia el interior de sí mismo. Como los antiguos héroes, regresa con una enseñanza que solo cobrará sentido en el siguiente trayecto, al otro lado del horizonte.
Rodas.