Dios no existe. Ni tiene razón de ser. A estas alturas del siglo XXI, cuando la razón, la ciencia y el conocimiento han conseguido abrirse paso hasta rincones del mundo que durante siglos estuvieron reservados al misterio, la religión se me antoja algo anticuado, de otros tiempos. En todo caso, actúa como un consuelo metafísico, el opio —por decirlo con Marx— administrado a una humanidad que no termina de aceptar su propia condición mortal.
Y no importa demasiado el nombre de la divinidad ni el ropaje doctrinal con que se la vista. En este caso, el catolicismo. Basta asistir a una misa para contemplar el ritual, la escenografía, la repetición de fórmulas heredadas y esa promesa de resurrección de los muertos y de vida eterna al final de los tiempos.
¿Cuándo llegará nuestro final? ¿Cuándo llegará el final del universo? ¿Habrá un final del universo o acaso otros universos, otros mundos, otras realidades que ni siquiera podemos imaginar? Lo único que sabemos con certeza es algo mucho más humilde y mucho más terrible, que cada uno de nosotros morirá. Los muertos que seremos. Y precisamente por eso la vida importa. Importa mucho.
La finitud no es un accidente añadido a nuestra existencia. La finitud constituye nuestra existencia. Somos animales mortales, corpóreos, insertos en un mundo material que continuará su curso cuando hayamos desaparecido. Pretender escapar de esa condición mediante una promesa de eternidad puede resultar consolador, pero no deja de ser una respuesta imaginaria a un problema real.
El filósofo alemán Nietzsche lo vio con una lucidez extraordinaria: Dios ha muerto. Pero no basta con proclamar su muerte; hay que comprender qué funciones desempeñó históricamente esa idea y qué instituciones, prácticas, mitos y formas de conciencia la mantienen todavía operativa. En esto resulta imprescindible el materialismo filosófico de mi querido maestro y profesor en la Universidad de Oviedo Gustavo Bueno y su análisis de la religión en El animal divino. https://cuenya.blogspot.com/2024/10/homenaje-al-maestro-bueno-en-oviedo.htmlLa religión no aparece simplemente como una extravagancia psicológica de individuos crédulos, sino como una realidad histórica, institucional y antropológica que debe ser explicada de un modo material.
Por eso tampoco me interesa demasiado la caricatura del creyente como un imbécil. Sería demasiado fácil. La conciencia religiosa no surge de la nada. El miedo a la muerte, la necesidad de encontrar explicaciones, la experiencia del dolor, la enfermedad, la pérdida y la esperanza forman parte de la historia de nuestra especie. El autoengaño puede funcionar y funciona como mecanismo de supervivencia. El ser humano necesita muchas veces aferrarse a algo, en ocasiones a un clavo ardiendo, cuando el mundo se vuelve insoportable. Pero comprender el origen y la función de una creencia no obliga a aceptar su verdad.
Dios, si por Dios entendemos aquello que los seres humanos han colocado más allá de la naturaleza como causa última y garante de nuestro destino, no existe. Y, sin embargo, existe el mundo. Existe la materia. Existen los cuerpos. Existen nuestras relaciones, nuestras instituciones, nuestras obras y nuestros conflictos. Existe Mozart.
Y ahí aparece una paradoja que no considero una contradicción, sino una posibilidad de redefinir aquello que durante siglos se llamó “lo divino”. Cuando escucho el Réquiem de Mozart, no necesito imaginar un ser sobrenatural descendiendo sobre la humanidad para experimentar algo que, por intensidad, podría llamarse una revelación. La música no demuestra a Dios. Si acaso, demuestra lo que pueden hacer unos animales mortales cuando organizan sonidos, materia, memoria y sensibilidad hasta alcanzar una forma extraordinaria. Quizá eso sea lo sublime: no una prueba de la existencia de Dios, sino la prueba de que los seres humanos pueden producir experiencias que durante siglos atribuyeron a los dioses.
Somos animales. Si se quiere, animales racionales —menos de lo que desearíamos—, animales políticos, técnicos, lingüísticos y artísticos; animales capaces de construir catedrales, pero también campos de concentración; teorías científicas y mitologías; sinfonías y armas. Animales que saben que van a morir y que, precisamente por saberlo, inventan dioses, paraísos, infiernos y resurrecciones. Pero también componen poemas, novelas, pinturas y música.
No necesitamos negar nuestra animalidad para ser nobles. Tal vez necesitemos asumirla.
El infierno, por lo demás, no está esperando en otra vida. Está aquí, entre nosotros, como recordaba mi padre, cuando los seres humanos convierten el miedo, la fe o la esperanza en instrumentos de dominio. La historia demuestra que la religión puede servir para consolar, cohesionar y dar sentido, pero también para justificar guerras, persecuciones y formas de sometimiento. La fe no mueve montañas. Son los seres humanos quienes mueven montañas, construyen imperios, levantan templos y derriban ciudades. Después —vaya sarcasmo— atribuyen sus obras a Dios.
Por eso prefiero el logos. Prefiero la ciencia, no porque sea una nueva religión capaz de responder a todas las preguntas, sino porque sabe distinguir entre aquello que conocemos y aquello que ignoramos. La ciencia no promete la salvación. No garantiza la inmortalidad. No nos asegura que exista un sentido último. Pero nos proporciona conocimiento efectivo del mundo y herramientas para intervenir sobre él, reducir el sufrimiento y ampliar nuestras posibilidades de vida. Y eso basta.
Ayer mismo asistí al funeral de dos personas queridas, Manoli y Paco, los padres de mi amiga Susana. Fui porque debía ir. Fui por cariño hacia ella y hacia sus seres queridos; fui también por amistad con su tío Alberto y por los vínculos que unen unas vidas con otras. No fui a buscar a Dios. Fui a acompañar a los vivos.
La misa me resultó soporífera. Hacía calor incluso dentro de la iglesia y las palabras del ritual me llegaban como una monserga perteneciente a un mundo que ya no comparto. La resurrección de los muertos, el juicio final, la vida eterna. Todo aquello me resulta ajeno. Pero había algo que sí comprendía: el dolor de quienes han perdido a sus padres. Como ella. Como uno mismo cuando perdió a su padre. Y ahí está quizá la diferencia fundamental. No necesito creer que los muertos resucitarán para respetar a los muertos. No necesito creer en el cielo para acompañar a quien llora. No necesito compartir una fe para practicar la solidaridad. El afecto entre los vivos no necesita ninguna garantía sobrenatural.
Cada cual puede confesarse como quiera y pueda. Faltaría más. Pero yo prefiero vivir de claridades, con los ojos abiertos, sin hacerme el guaje, el pelotudo o el mensito —por utilizar términos hispanoamericanos, bien terrenales— ante aquello que sabemos. El filósofo Ortega, el autor de La rebelión de las masas, hablaba de vivir despiertos. https://cuenya.blogspot.com/2020/06/la-rebelion-de-las-masas.html Esa vigilia, para mí, consiste en no elaborar respuestas allí donde sólo tenemos preguntas.
Sabemos que moriremos. No sabemos cuándo. Tampoco sabemos exactamente cuál será el destino último del universo, si es que hablar de un “destino” tiene algún sentido. Quizá el universo termine; quizá nuestra concepción actual del universo resulte algún día tan rudimentaria como hoy nos parecen ciertas cosmologías antiguas. Quizá existan otros universos. No lo sabemos. Y precisamente porque no lo sabemos, prefiero no inventarlo.La vida es breve, efímera y mortal. Mortal y rosa, como dijeron Salinas y Umbral. https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html Pero esa fragilidad no la hace menos valiosa, sino que la hace irrepetible. Un instante que no volverá. Una conversación. Una amistad. Una caricia. Una obra de arte. El Réquiem de Mozart sonando mientras nosotros, criaturas destinadas a desaparecer, escuchamos con devoción, con la emoción a flor de piel.
No necesitamos eternidad para que algo tenga sentido. Quizá nos baste con que haya ocurrido. Por eso fui al funeral. No por Dios, sino por Susana. No por la promesa de otra vida, sino por cariño a ella. No para salvar mi alma, sino para acompañar a quienes todavía están aquí.
Dios no existe. Cada cual que se confiese como quiera. Yo prefiero el mundo. Y mientras podamos, vivirlo estando despiertos.