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jueves, 13 de junio de 2024

As bestas, de Sorogoyen

Vi por primera vez la película As bestas en la Térmica Cultural de Ponferrada el pasado mes de agosto, con la presencia de su director Sorogoyen y la actriz ponferradina Mapi Galán, que ejerció como conductora de la presentación y coloquio posterior de la película, la cual me sacudió las entrañas, porque los personajes son genuinos, muy bien interpretados por un elenco actoral portentoso, como es el caso del actor Zahera (brutal, sobrecogedor, da miedo), que te eriza todos los vellos de la conciencia y la subconsciencia.

Aunque los demás personajes interpretados por Ménochet, Marina Foïs, Marie Colomb y Diego Anido (cual si fuera un discapacitado mental, tarado de mierda, así le dice el personaje encarnado por el actor francés Ménochet) también resultan bien creíbles, aparte de actores no profesionales y figurantes que intervinieron en el rodaje.

El título de la película entraña un significado simbólico, ya que contiene lo que vamos a ver, haciendo referencia a la fiesta popular de A rapa das bestas, que consiste en cortar las crines a los caballos salvajes para desparasitar a estos animales antes de devolverlos al monte. Por tanto, As bestas, que fue premiada con nueve Goyas, entre ellos a la mejor película y mejor director, nos muestra la violencia salvaje de unos seres aferrados a su terruño, con una puesta en escena de la maldad del ser humano-animal, a partir de una historia real acontecida en el concejo de Petín (Ourense), lo cual nos invita a reflexionar una vez más acerca de la condición humana. Todo ello con el trasfondo de los parques eólicos proyectados en los montes donde viven estos caballos salvajes. Energía renovable sí, pero no a cualquiera precio y en cualquier lugar. El hecho de que el francés no firme a favor de los eólicos supone un conflicto. En el Bierzo también sufrimos esta invasión de los parques eólicos, incluso en lugares con un enorme valor ecológico.

Algunas escenas de As bestas nos escalofrían el alma y otras, como el diálogo entre las actrices francesas, madre (Marina Foïs) e hija (interpretada por Marie Colomb), resultan reveladoras, porque ambas tienen sus razones en lo que plantean. Al final, parece triunfar el amor de Olga frente al miedo, el rencor y la venganza.
Todo ello ambientado en unos paisajes que, como berciano, me resultan familiares y cautivadores.
A Mapi Galán, a quien invité a participar en Tardes de cine en Bembibre, hacía tiempo que no la veía.
Por cierto, un milagro que al final pudiera ver As bestas en la Térmica cultural de Ponferrada.
Se trata de una coproducción entre España y Francia. Y está rodada en tres idiomas: francés (familia francesa), gallego (vecinos de la aldea), y castellano. 
Mapi Galán y Rodrigo Sorogoyen














He podido volver a visionar esta película y sigue causándome el mismo impacto que la primera vez, lo que significa que estamos ante una obra maestra, un thriller (como se dice en el argot del cine) que nos sumerge en la violencia y el miedo (además de la desconfianza, el rencor y la venganza), la violencia de los hermanos Anta, Loren y Xan, que nunca han salido de su aldea, hacia el matrimonio francés protagonista y el miedo de este matrimonio, ambientado en la ruralidad gallega -en realidad berciana-, en escenarios naturales, pues gran parte de la película (en cuya primera parte tiene gran peso el personaje de Antoine, y cuya segunda parte el peso recae en su mujer, Olga) está rodada en su mayoría en la aldea de Quintela de Barjas, situada a poco más de cincuenta kilómetros de Ponferrada (también puede reconocerse la estación de autobuses de la capital del Bierzo).
Vega de Valcarce, Villafranca del Bierzo también fueron escenarios de rodaje. Y en concreto en la aldea pontevedresa de Sabucedo se rodaron los primeros minutos de la película, donde asistimos, a cámara lenta, al espectáculo-lucha de A rapa das bestas, que nos anticipa lo que vamos a ver.
Este filme ha sido calificado por la crítica como un western moderno en el sentido de que, como en los desiertos y praderas de las películas del Oeste americano, en este caso en la frondosidad de los bosques, con la inclemencia del invierno como elemento hostil, son reflejo de lo salvaje frente a lo civilizado. 
Desde el inicio se masca una violencia, una tensión que va incrementándose hasta el clímax. 
Conmovido me siento. 

miércoles, 12 de junio de 2024

En memoria de Toño Arias Crespo

 Rescato esta foto del baúl de los recuerdos y, al verla de nuevo, siento sacudidas emocionales porque es una imagen de la infancia, la única patria verdadera, como nos dijera el poeta Rilke, en la que estoy en brazos de Toño Arias Crespo, vecino del útero de Gistredo, que recientemente nos ha dicho adiós para siempre.

Con Toño Arias Crespo, vecino de Noceda del Bierzo. Un recuerdo maravilloso. Me da ternura verme ahí en la foto, tan pequeñín.


En realidad, no sabía que Toño estuviera enfermo. Y su fallecimiento, una vez más, me pilló por sorpresa. La muerte, en todo caso, siempre (casi siempre) nos pilla por sorpresa. Es lo que tiene la vida, el reverso de la muerte. Eros y Tánatos forman parte de una misma realidad. Ojalá el Eros triunfará sobre el Tánatos pero me temo que no es así porque al final, más tarde o temprano (es cuestión de tiempo) acaba por imponerse, guadaña en mano, la muerte, la más cruel de las certezas.

La imagen se me antoja entrañable. Y me hace reflexionar acerca del paso inexorable del tiempo (imposible detenerlo, congelarlo), acerca de la vida y la muerte.

Qué breve y efímera es la vida. Un día eres un rapacín y al día siguiente te despiertas y ya eres un rapazón. Por decirlo de un modo amable.
Descansa en paz, querido Toño.





La poesía es la belleza que engendra amor y luz

 Aunque ha transcurrido algún tiempo desde que se presentara Ágora de la poesía. Diez años, me apetece ahora desempolvar esta colaboración con la misma. 

Gracias al escritor Ramiro Pinto, impulsor de la misma, por invitarme a participar, habida cuenta de que he estado en contadas ocasiones en el Ágora, un espacio donde tienen cabida quienes así lo deseen para leer o recitar sus textos, sus poemas, siempre el último viernes de cada mes en el anfiteatro de San Marcos, en la ciudad de León. 

Larga vida al Ágora, a sus dinamizadores (entre ellos al inolvidable Toño Morala) y a cuantos colaboran con la misma. Y enhorabuena por esta antología en la que participamos más de cien autores y autoras. 

Como dijera el propio Ramiro Pinto, el Ágora de la Poesía ha sido un revulsivo en el ambiente cultural de León permitiendo participar a muchas personas que de otra manera se habrían quedado en casa o irían nada más como espectadoras... Creamos tertulias de gran afluencia en el bar Amélie, donde comenzó Cuento Cuentos Contigo de la mano de Flor Méndez y Nuria Antón, y que continúa con Marcelo Tettamanti en el bar Varsovia. Otros muchos eventos fueron impulsados gracias a un ambiente cultural muy singular y entrañable... 

La poesía sigue su camino. El Ágora es un encuentro sin puertas, donde nadie entra ni sale, ¡está! para recitar todos por igual. Su combustible es la ilusión y este libro nos une en el recuerdo". Pues eso, que nos sentimos unidos en el recuerdo por la poesía. 

Vaya aquí mi aportación.

La poesía es una forma de estar y ser en el mundo, una necesidad y respiración; un modo de nombrar lo innombrable, revelando los secretos de la vida; la poesía es vida, latido que nos conecta con otras realidades, acaso con otros universos. 

La contemplación de la Vía Láctea, un amanecer en el desierto, una puesta de sol, el alumbramiento de un bebé, la ternura brotando como un manantial de agua cristalina, la sonrisa de un niño o una niña en el campo de batalla son poesía en estado puro.

La poesía es ese río-océano en el que nos embarcamos para dejarnos fluir, incluso contracorriente, por cauces y terrenos reinventados, por veredas en ocasiones intransitables, ayudándonos a expulsar la bilis, el veneno que hemos acumulado a lo largo de la vida.

La poesía es la belleza que engendra amor y luz.

martes, 11 de junio de 2024

La ciudad milenaria del faro, una belleza balsámica

 Llegando esta época casi veraniega a uno le entusiasma acercarse a la costa, religarse con el mar, que es hipnótico y procura buenas vibras. Y es que a uno, que es de tierra adentro, o marinero de río, como dice el escritor y periodista Emilio Gancedo, le gusta el mar, también los ríos, los manantiales, los regueros y las reguerinas. Todo aquello que fluye.

Un sitio excelente para darse un garbeo en fin de semana (como este pasado) es la ciudad milenaria del faro. De vez en cuando la brisa marina broncea tus ilusiones y te ayuda a cargar las pilas. La ciudad milenaria del faro es una belleza balsámica.

Me fascinó recorrer sobre todo la zona de la torre de color caramelo, del faro (patrimonio mundial por la Unesco), el más antiguo del mundo en activo, al decir de algunos. Y sentir los menhires como si me hubiera trasladado a otra época, en un viaje en el tiempo. Me gustó, he de decirlo, visitar lugares de costumbre, porque a menudo se hace con una mirada nueva. Volver a ver los lugares bajo otro prisma, ya sea regular o uniforme, recto u oblicuo, porque la mirada nunca es la misma y la emoción con la que se siente tampoco.

Cementerio musulmán

Me gustó aproximarme al conocido como cementerio moro, que fue creado para dar sepultura islámica a los musulmanes muertos durante la Guerra Incivil, pasear por la playa de Riazor y la ensenada de Orzán, dejarme extasiar con sus puestas de sol, con el obelisco del Millenium al fondo, sumergirme en la Marina, entre las galerías acristaladas del siglo XIX y el antiguo puerto, otear la antigua isla del castillo de San Antón, o aspirar la fragancia palmeral, exótica, de los jardines Méndez Núñez, con su kiosco Alfonso y su casino.
Kiosco Alfonso
Me encanta volver una y otra vez a esos lugares que me despiertan emociones, que me invitan también a la reflexión, a sentir la vida en su plenitud, porque la vida es un suspiro, que se nos va en nada, sobre todo cuando la disfrutamos día a día, sorbo a sorbo. Otra cosa bien distinta es cuando la vida muestra el rostro agrio de del dolor, del sufrimiento, entonces todo cambia. Y el suspiro como lapso de tiempo muy breve puede trocarse en llanto.
Como sólo tenemos una vida, y además es tan breve, me apetece vivirla con el carpe diem que procura cada instante, como si fuera una eternidad, La eternidad y un día, como el título de una película de Angelopoulos, donde asistimos a los pocos días de vida que le quedan a un escritor griego, al cual se le plantea el dilema de morir como alguien ajeno a los demás o bien aprender a amarlos y comprometerse con ellos.
El fin de semana largo en la ciudad del faro ha sido estupendo. De vez en cuando apetece viajar a esta tierra tocada por la magia de las meigas y la brisa del mar con aroma a pulpo à feira. Por lo demás, uno siempre puede descubrir algo, como la plaza del humor, que queda al lado del mercado de San Agustín, en pleno casco histórico, próxima a la emblemática plaza de María Pita.
El suelo de esta plaza del humor está decorado con caricaturas y viñetas de grandes pensadores, comediantes y humoristas, entre ellos Woody Allen, o bien Sócrates, Esopo, Aristófanes, Boccaccio...Tono, Mihura... Pepe Isbert, Mafalda... Asimismo, pueden verse monumentos a excelentes escritores gallegos:

Vicente Risco, Wenceslao Fernández Flórez (autor de El bosque animado) y Julio Camba (oriundo de Vilanova de Arousa como Valle-Inclán), aparte de dos bancos donde aparecen sentados Castelao en uno y Cunqueiro en otro. Curiosa plaza.
A propósito de María Pita, Coruña (tanto la ciudad como la provincia al completo) es cuna de grandes mujeres, claves para entender la historia y el arte de España,
Plaza del humor
entre ellas la propia María Pita -heroína que defendió la ciudad asediada en 1589 por la flota inglesa del corsario Drake, cuya estatua preside la majestuosa plaza que lleva su nombre, donde se encuentra el ayuntamiento de esta ciudad-, además de Rosalía de Castro, tal vez la mejor poeta del Romanticismo español, y Emilia Pardo Bazán, escritora enorme y una adelantada a su tiempo.
Cabe recordar que Rosalía y Emilia fueron amigas, sentían admiración la una por la otra, y llegaron a ser vecinas en la ciudad de Coruña, en la Ciudad Vieja.
Rosalía llegó incluso a dedicarle unos versos a su colega Emilia, y ésta ayudó a la autora del poemario Follas novas en asuntos económicos.

¡Adiós!, montes e prados, igrexas e campanas,
¡adiós!, Sar e Sarela, cubertos de enramada,
¡adiós!, Vidán alegre, muiños e hondanadas,
Conxo, o do craustro triste i as soedades prácidas,
San Lourenzo, o escondido, cal un niño antre as ramas,
Belvís, para min sempre o das fondas lembranzas,
Santo Domingo, en onde canto eu quixen descansa,
vidas da miña vida, anacos das entrañas.
E vós tamén, sombrisas paredes solitarias
que me viches chorare soia e desventurada.
¡Adiós!, sombras queridas; ¡Adiós!, sombras odiadas;
...............outra vez os vaivéns da fertuna
...............para lonxe me arrastran.
            (Rosalía de Castro, Follas novas)


Al lado de la plaza de la Constitución está la calle del Príncipe, una rúa antigua y señorial de la Ciudad Vieja en la que vivió Rosalía de Castro con su familia, en concreto en el número 3. Y la condesa Emilia Pardo Bazán en el número 11 de la calle Tabernas, que es en la actualidad sede de la Real Academia Gallega. La propia Emilia Pardo Bazán, que cuenta con una estatua en los jardines de Méndez Núñez de Coruña, fue una de las promotoras de dicha institución. Y ella misma, su espíritu, o sea, me guio hasta Meirás.
Pues sí, Meirás existe en el mapa. No es un territorio mítico, fabuloso, como Macondo, Comala o la Región de Benet.
Meirás existe, sí (un poco de humor siempre viene bien). Y aquí se halla el famoso pazo, cercado por un muro de piedra, que el Caudillo, tan ladino él, se quedó en propiedad, a sabiendas de que este pazo era propiedad de la aristócrata Pardo Bazán, que le sirvió para inspirarse en sus escritos.
Aunque sabía que lo encontraría cerrado -las visitas guiadas son con cita previa, creo que en grupo-, me apetecía aproximarme a sus muros con garitas y troneras en todo su perímetro, los muros de la patria nuestra, acaso para encontrar la inspiración que encontrara esta gran viajera por la Europa adelante, quien fuera una vanguardista, hablo de la creadora de Los pazos de Ulloa
Pazo Meirás
(por cierto, he comenzado a ver la serie que para la televisión española dirigiera el cineasta Gonzalo Suárez, director honorífico que fuera de la escuela de cine de Ponferrada en la que tuviera a bien trabajar desde su puesta a punto, incluso antes, hasta su cierre).
El pazo de Meirás, en realidad un castillo, se halla en una zona boscosa, apartado de la aldea de Meirás, que cuenta con un cruceiro llamativo. Bueno, los cruceiros son todo un símbolo en Galicia.
Cruceiro Meirás
La próxima vez a ver si puedo adentrarme en sus muros. Aunque miedo me da que se me aparezca el Generalísimo con su voz de pito... pito pito gorgorito... pin, pon, fuera.
"Españoles, Franco ha muerto".
Regreso a la milenaria ciudad del faro, que se me antoja una belleza balsámica, para finalizar este recorrido subiendo al monte de San Pedro. Y, aunque para ascender a la cima existe un ascensor acristalado, prefiero hacerlo a pie.

Desde monte de San Pedro


El día está orballante, lo que no es impedimento para que, provisto con chubasquero, pueda alcanzar el objetivo. Con estas panorámicas siento la ciudad en todo su esplendor azotada por la brisa del océano Atlántico.


jueves, 6 de junio de 2024

Invisibles

Me ha gustado participar en esta obra, Invisibles, en este proyecto de Cooperación Bierzo Sur, que ha coordinado y editado la enfermera Carmen Álvarez Vilas, con textos de varios autores y autoras, y la revisión y edición fotográfica correspondiente a Ana María Fernández Barredo, a quien también conozco como excelente fotógrafa-reportera gráfica de Diario de León, agencia Efe y Diario marca. 

Carmen Álvarez Vilas en la presentación del libro en Ponferrada

Estas son mis palabras, incluidas a modo de prólogo en Invisibles. Qué lo invisible se haga visible. Puede que lo esencial sea invisible a los ojos, como bien nos dijera Saint-Exupéry en su libro El principito -un canto al amor y la amistad-, porque el verdadero valor de las cosas no siempre es evidente. 

Dedicado a quienes no tienen voz ni voto


Estas palabras se las dedico a quienes a menudo, casi siempre, permanecen en silencio, arrinconados, aquellas personas que sufren profundamente, aquellas personas que han perdido (nunca los tuvieron en verdad) ningún tipo de derechos. Y, para más inri, son maltratados. 

Por ello, me siento emocionado viendo esas instantáneas que nos ofrece Carmen Álvarez Vilas, así como otras personas implicadas con los discapacitados de Santo Tomé y Príncipe.

Aunque reconozco que nunca he estado en este país africano, me llega con hondura su sentir, porque nada de lo humano me es ajeno. Y sí he podido adentrarme en el norte de África y sentir la sonrisa de este continente tan fascinante como dejado de la mano de dios, en realidad abandonado a su desgracia, sobre todo quienes han nacido con algún tipo de discapacidad o directamente en una familia pobre, sin recursos, esa sonrisa tras las que a menudo se esconde sufrimiento y dolor.  

Me sumo gustoso, ilusionado, también con una sonrisa, a este proyecto, que se me antoja algo maravilloso, como es el dar visibilidad y cobertura a quienes tanto lo necesitan.

Y en algún momento espero, deseo que pueda, de primera mano, involucrarme con esta noble y valiente labor, que tan necesaria es en este mundo que a veces se revela terrible, sobre todo para quienes están marginados, apartados de la sociedad.

miércoles, 5 de junio de 2024

Décimo aniversario de la Nueva Crónica

Se me había quedado en el borrador del blog este Décimo aniversario de La Nueva Crónica (a veces ocurren cosas así), que tuvimos a bien festejar por todo lo alto el pasado año a finales de septiembre. 

Con Miguel Ángel Cercas y David Rubio

Con Cercas y Juan Pablo Valadés y su pareja

En la plaza de toros de la capital leonesa nos dimos cita un buen puñado de paisanos, de paisanas, para esta fiesta del periódico que dirige el periodista y escritor David Rubio, a quien le agradezco la invitación. 

Una fiesta realmente divertida, sin protocolos, como dijera el propio David Rubio, donde lo importante era pasárselo bien comiendo y bebiendo, y por supuesto charlando con amigos, amigas, conocidos, redactores, colaboradores, y aun desconocidos. Incluso hubo actuación musical, toda una verbena. 

Ya estamos esperando la siguiente celebración. Con el deseo de una larga vida al periódico y a quienes contribuyen a que salga cada día, en especial a David Rubio, y también a Fulgencio Fernández y Joaquín Revuelta (estupendos redactores de cultura), a quienes también tuve el placer de saludar. En realidad, saludé y charlé con mucha gente. Me gustó asistir. Hasta la próxima. 

https://www.lanuevacronica.com/actualidad/nueva-cronica-cumple-10-anos-compromiso-con-informacion_144579_102/2077288.html 


Bendita inocencia (La infancia recobrada)

Comparto este breve texto que escribiera para un libro colectivo titulado Bendita inocencia, en el que participan varios autores, autoras, que se presentó en el mes de marzo en la ciudad de León. 

Os dejo asimismo esta reseña del periodista y escritor Eduardo Aguirre acerca de Bendita inocencia

https://www.diariodeleon.es/opinion/240322/1516458/siempre-buen.html

El escritor y dinamizador cultural Gregorio Fernández Castañón me pidió mi colaboración para un volumen en que se daba una foto para escribir algo acerca de ella, un ejercicio que uno también suele hacer con su alumnado de los cursos de escritura. A este respecto me apetece destacar un libro del periodista y escritor Carlos del Amor cuyo título es Emocionarte, en el que el autor escribe sobre sus cuadros pictóricos preferidos. Se trata de un viaje escrito con singularidad y belleza a través del arte, que procura emoción y reflexión, donde cada cuadro nos invita a fantasear con un cuento y/o relato. Y ahora vaya aquí ese mío incluido en Bendita inocencia

La infancia como matria y/o patria de la felicidad y los sueños, acaso el sueño de conocer el mundo.

En sus ojos se intuye, se percibe bienestar, salud, incluso un punto de humor tras esa sonrisa iluminada que a su vez nos ilumina como espectadores en este teatro universal de la vida.

Uno quisiera volverse niño, o niña, como en la imagen, a buen seguro para seguir manteniendo vivas las ilusiones -¡la ilusión, ay, es lo último que se pierde!-. Para seguir volando alto en un cielo azul como una cigüeña.  

Uno quisiera regresar a la infancia para poder contemplar de nuevo la realidad con ojos de asombro, como los que intuimos en la imagen. Y adentrarnos su subconsciente, donde brotan los sueños, para averiguar qué sueña, qué piensa, qué siente.

La infancia como territorio de los juegos y las sonrisas, de las creencias y las ganas de vivir, con su traje infantil y esa su mano señalándonos tal vez un horizonte lírico, acaso infinito y rosa, refulgente y misterioso, con ese su gesto burlón, que nos invita a repensar dónde estamos y quizá quiénes somos, aunque esto resulte harto atrevido.

En el fondo, cada uno de nosotros se siente reflejado en esta imagen de infancia, porque todos tuvimos alguna vez infancia, aunque algunos niños, algunas niñas, más de los que quisiéramos en todo caso, no hayan tenido ni tengan una infancia feliz, porque están sufriendo la historia universal de la infamia, de la crueldad, en el campo de batalla. Por eso esta imagen nos resulta tan hermosa, porque en ella está contenida la vida, la felicidad, los sueños y las ilusiones.

“En la infancia se vive, luego sólo se sobrevive”, como nos dijera el poeta Leopoldo María Panero.


martes, 4 de junio de 2024

El Bierzo en silencio (En un abismo sin fondo)

Un placer haber participado en este libro colectivo, El Bierzo en silencio, editado por Más madera https://editorialmasmadera.com/product/el-bierzo-en-silencio/, bajo la tutela del artista Víctor Ruisánchez Ossorio, quien fuera alumno de los cursos de escritura de extensión universitaria de la Universidad de León que vengo impartiendo desde hace años (ahora también en la UNED). 

El propio Víctor es el que pone imágenes a cada uno de los relatos que componen este volumen. Con mis felicitaciones a los autores que colaboran en el mismo. He aquí el mío. 

    “Desde cada fotografía, nos mira siempre el ojo oscuro y mudo del abismo” (Julio Llamazares, Escenas de cine mudo)

Hace tiempo que no mirabas esta foto con detenimiento, como lo haces ahora que estás quizá en un abismo sin fondo, con los achaques propios de alguien que trabajó durante muchos años en el tajo.

Cada fotografía, y ésta en especial, te provoca emociones que te trasladan a una época de tu vida que giraba en torno a la minería de carbón, un mundo que ya no existe como tal, que ya sólo pertenece a la memoria.

Una foto en blanco y negro, como ésta que tienes delante de ti, te lleva por los derroteros de la fabulación, aunque también te hace ser consciente de la realidad, porque hubo una vez unos vagones, como éstos que lucen en la imagen, cargados de carbón.

Y aquí podría comenzar esta historia, que no es más que un montón de recuerdos e imágenes que te asaltan en momentos como éste.

Te gustaría contar una historia alegre, pero alguien te está diciendo -puedes escucharlo con nitidez-, que la minería de carbón, además de procurar riqueza a algunos -los menos-, causó estragos entre la población que entregó su vida a esta dura profesión.

“La mina es buena para el dueño”, te dice esta voz, que te llega desde algún lugar que tal vez sea un no lugar. Entonces, le das una y mil vueltas a esta frase, que se te antoja reveladora, acaso definitiva, y sientes escalofríos, sumiéndote en una profunda tristeza.

Continúas mirando esta foto como si se te hubiera aparecido algún fantasma. Es probable que en este lugar, en el que está tomada esta imagen, los muertos hablen con los vivos acerca de alguna dimensión extraña que se les escapa al común de los mortales. 

Foto de Víctor Ruisánchez

Y es que los vivos siempre están preguntándose qué hay al otro lado de la muerte, porque no acaban de entender que la vida tiene un principio, pero también un fin. Puede que hasta el propio universo tenga un principio y un fin.

Quizá cabría preguntarse qué hay a este lado de la vida. Y a la vez dejarse llevar por esos vagones a través de las vías “donde el amor inventa su infinito”. Ojalá el amor pudiera inventar el infinito. Al Oeste del Poniente. En busca de otros horizontes perfilados con la textura balsámica de las ilusiones.

El viaje, siempre el viaje como una forma de ser y estar en el mundo.

“La mina es buena para el dueño”, vuelves a escuchar, casi de un modo entrecortado, como si estuvieras en una pesadilla, donde el espacio y el tiempo estuvieran rotos en mil añicos.

Te lo está diciendo una voz que puedes reconocer, aunque no logras ver su rostro.

Miras por la ventana de tu habitación al cielo, que se muestra con una sonrisa blanca. Y en ese momento se te aparece un rostro que en realidad son dos rostros fusionados. Es probable que el reciente visionado de la película Persona, de Bergman, te haya sugestionado de tal modo que estés ante un fundido encadenado. Como dicen en el argot cinematográfico. Y es que el cine siempre ha sido y sigue siendo una de tus grandes pasiones. El cine y la fotografía: sueños hechos realidad. 

Presentación en Ponferrada el pasado abril en el museo de la radio

Sara Rodríguez, Raúl Ochoa, Víctor Ruisánchez, Ruy Vega y Cuenya

¿Y si la mina sólo es buena para el dueño, qué ocurrió con los miles de hombres y mujeres que dejaron sus pulmones, su alma, en los subterráneos de las minas de carbón?

            Con el rostro tiznado de antracita y el cabello cubierto por una boina de color negro, esa voz te llega ahora como una taladradora:

“Algún día, no tardando, sabrás de lo que te hablo… pero por ahora disfruta del momento presente, mientras contemplas esa foto en blanco y negro que te convida a soñar con un viaje al infinito a través de unos vagones tirados por tu propia energía”.

            Sientes de nuevo escalofríos y una profunda tristeza.

            Te gustaría imaginar un mundo donde la vida fuera igualmente dichosa para todos. Pero ese mundo nunca ha existido ni existirá.

            Los obreros -como esos mineros y mineras que quemaron su vida en pozos sin fondo-, seguirán moviendo el mundo a través de los raíles de la esperanza.

Tú también has movido tu propio mundo, eso crees, y esperanza, ay, es lo último que deberían perder los seres humanos, aunque la mina sólo sea buena para el dueño.

https://elbierzo.eldiario.es/cultura-y-ocio/presentan-ponferrada-bierzo-silencio-fotos-victor-ruisanchez-textos-autores_1_11260547.html

sábado, 18 de mayo de 2024

Madrid, de Andrés Trapiello

 He terminado de leer Madrid, de Andrés Trapiello. Me ha gustado dejarme llevar de la mano del escritor de Manzaneda de Torío por la historia y la literatura, los barrios, las calles, las plazas, la movida... el entramado de esa capital adonde llegó a principios de los setenta en busca de fortuna, una ciudad que él conoce como nadie porque la ha vivido en carne propia. 

Andrés Trapiello, foto tomada de elespañol.com

Se nota que es un buen viajero a las entrañas de Madrid, que también es su ciudad, como la de tantos, habida cuenta de que se trata de una urbe abierta, acogedora, hospitalaria, aunque en los últimos años la ciudad se haya vuelto, en mi opinión, algo menos amable que antes. Ahora algunos camareros y otros, apresurados ellos, se dirigen a ti con voz de mala chingá o follá diciéndote eso de "caballero", que a uno siempre le ha parecido, en el tono que lo dicen, como si te estuvieran llamando pelotudo, güey, menso o gili-gili-pollas.  

Ahora Madrid está hasta los topes de visitantes, de turistas, tal vez la señora Ayuso haya contribuido a atraer a las masas (la rebelión, por decirlo en palabras del filósofo Ortega) de toda Europa y aun el pijerío y freserío andante de otros primeros mundos. En todo caso, Madrid, como panel de miel de brezo o madroño briago, atrae a todo el mundo, porque los madriles se han puesto de moda. 

Al parecer, la capi del reino mayor se ha convertido en un parque temático (idea que también sostiene Andrés Trapiello), aunque siga conservando por fortuna el sabor castizo y a la vez cosmopolita de barrios como Lavapiés, que tanto me gusta, sobre todo para pasear y manducar tanto platos de la cocina madrileña como de la cocina senegalesa, magrebí o india. 

A través de Madrid, Trapiello nos está contando en el fondo su propia biografía ya desde la primera línea: "El día que decidí venir a Madrid fue el más importante de mi vida". Queda claro que esta ciudad de ciudades le ha dejado huella. "Para unos y para otros Madrid y Matriz son la misma cosa, una síntesis de gestación y memoria". 

Reconoce que la primera parte de su libro es la vida de Madrid en su propia vida, o su propia vida en la de Madrid. Y en una segunda parte nos habla de los retales madrileños: Madrid y la Historia; Madrid y sus reyes (desde Alfonso VI hasta Felipe VI); Madrid y la arquitectura (con unos cuantos estilos: escurialense o herreriano, churrigueresco, neomudéjar, neogótico, floripóndico, modernista, moderno, ecléctico); Madrid y la gastronomía; Madrid y el coronavirus; Madrid y la música y el teatro; Madrid y la literatura (Torres Villarroel, Vélez de Guevara, Larra, Mesonero Romanos, Galdós, Baroja, Gutiérrez-Solana, Gómez de la Serna, Pla, Ruano, Carandell, Chacel, Clara Campoamor, Juan Ramón Jiménez); Madrid y el arte (Goya, Gutiérrez-Solana, Antonio López, Carlos García-Álix); Madrid y la política y la prensa; Madrid y los museos y academias; Madrid y la chulería madrileña (con los majos, majas, manolos y manolas); Madrid y los sucesos; Madrid y el cine (1892-2019): Neville, Nieves Conde, Ferreri, Fernán Gómez, Berlanga, Martín Patino, Saura,  Almodóvar, Jonás Trueba;


Madrid y la fotografía; Madrid y los toros; Madrid y sus parques y jardines; Breve repertorio madrileño (acacias, afrancesados... argot... buñuelos de viento, callos... chinchón, chotis, churros, combros y porras... corrala, cursi, garbancero... gatos, gilipollas, guita... isidros, madrileñismos, tócame Roque (casa de); Personas y personajes; para finalizar con un a modo de epílogo (con algunas cosas raras que pasan en Madrid y no cabían en otra parte). 

"¿Nostalgia del Madrid de los Austrias? Por nada del mundo querría vivir uno en las casas en las que vivió Cervantes, ni obteniendo por ello el primer premio de haber escrito el Quijote. ¿Estamos seguros de que no nos gustaría ir por la calle con una espada al cinto o privarnos en una taberna de la plaza Mayor de que nos sirvieran una caña fría con un bocadillo de calamares fritos, y nos pusieran en su lugar un comistrajo de gallinejas?", se plantea en el a modo de epílogo el autor de Salón de pasos perdidos. 

Y es que un bocata o ración de calamares fritos saben a gloria bendita. 

Al inicio de Madrid dice que el arroyo (Guadarrama, término de origen árabe, ahora llamado Manzanares) creó un profundo vallejo, y a uno y otro lado de este se formaron dos barrios. 

"Los árabes aprovecharon los buenos auríferos del lugar y canalizaron el agua con diferentes minas subterráneas, llamadas mayrat, y de ahí le dieron a ese lugar el nombre de Mayrit, que evolucionó pronto a Magerit", agrega. 

Andrés Trapiello nos cuenta cómo llegó en tren a Madrid un 5 de mayo de 1971 en compañía de su hermano Pedro, el cual regresó a León una semana después. 

El propio Pedro le contó a su hermano Andrés que su apellido Trapiello significa arroyo en leonés antiguo. Y arroyo, manadero, es también Madrid. Qué curioso. Un arroyo en otro arroyo. 


"De haberlo sabido entonces -escribe Andrés- habría dicho... cualquier cosa menos que era una casualidad, lo mismo que el nombre de Isidro, patrono de Madrid, viene de Isidoro, famoso obispo enterrado en León". 

Al respecto de San Isidro (en mi pueblo y mi barrio también existe la plaza de San Isidro, lugar de fiestas y juegos varios), nos recuerda que es patrón de labradores en general y de Madrid en particular, que hizo cinco milagros canónicos, "pero tendría que haberlo sido también de los escritores, o por lo menos de aquellos que nos hemos visto obligados a escribir mucho para ganarnos la vida", añade él, que ha escrito mucho y bien. 

Los almorávides dejaron la ciudad en manos de cristianos. Y para entonces Madrid tenía, según él, tres barrios: uno judío (Lavapiés), otro moro (el vallejo de San Pedro o calle Segovia) y otro mozárabe, junto al Alcázar y San Ginés. 

Una vez llegados a Madrid -Andrés era la segunda vez que viajaba a esta ciudad, mientras que su hermano Pedro era la primera- se preguntaron: ¿Y ahora qué? Entonces, Andrés se atrevió a llamar a su prima desde una cabina telefónica, y esperaron cerca de una hora junto a la boca de metro de plaza de España, donde se halla el monumento a Cervantes, con don Quijote y Sancho invitando a los visitantes a lanzarse a la aventura de desfacer tuertos o entuertos. 

Cincuenta años después de aquel día Andrés Trapiello no se imaginaba escribiendo este libro titulado Madrid. 

"A la semana mi hermano, compadecido de las tribulaciones de nuestra madre, se volvió a León y me quedé solo", escribe, a la vez que rememora, de aquellos primeros meses en la capital, los paseos por el Madrid viejo y por los arrabales de Carabanchel, sobre todo al caer la noche, mientras traía a mientes a Pessoa viajando por la carretera de Sintra o a Pamuk paseando por Estambul. 

Para sobrevivir, se dedicó durante algunos meses a vender libros y enciclopedias. "Acababa de descubrirse en España la mercadotecnia, y el 'puerta por puerta' hacía furor... nunca en mi vida había pasado tanta vergüenza... 


La cultura no le interesaba a nadie, pero se respetaba bastante", agrega él, que aún no sabía quién era Umbral, el cual aparece a lo largo del libro en más de una ocasión. Inolvidables los pasajes que les dedica a Umbral y a Cela. "El libro de Umbral -se refiere a La noche que llegué al Café Gijón- es como un apéndice de una novela de Cela, La Colmena, llena también de tipos mezquinos y escritores fracasados, parodia a su vez de Luces de bohemia... Cela y Umbral son los epígonos de la picaresca... deudores del estilo estrepitoso de Torres Villarroel y el cinismo de Ruano.


Su Madrid es el de los maleantes, pero al final sólo de oídas o de recuerdos o de libros (vivieron los dos todo lo lejos que pudieron del Madrid antiguo, de los barrios bajos y de la gente que decían retratar, aunque a diferencia de Baroja o de Solana nunca se hubieran sentado a tomar un chato de vino con ninguno de ellos)... Sin la poesía de Baroja ni la humanidad de Solana, el retrato que les sale de Madrid es aterrador, expresionista y chillón como los carteles de caseta de feria... La colmena trata del Madrid de los cuarenta y La noche que llegué al Café Gijón de los sesenta, estirado en Trilogía de Madrid". Demoledoras estas palabras sobre Cela y Umbral. 

"Madrid fue la primera ciudad que conocí, después de León... Creo que si Madrid me ha llegado a gustar tanto luego es porque en aquella época fue mi único y mejor amigo", precisa Andrés, cuya  vida entró, en su opinión, en un periodo de "hablar interno", como Felipe II. Casi siempre solo. Aunque él seguía manteniendo contacto con su prima, adonde iba con ella a uno de sus jardines favoritos, el de Sabatini, al pie del Palacio Real, hasta que un día los sorprendió la guardia y los multó con cien pesetas por besarse, esto es, por "darse el lote". Qué terrible época, me atrevo a subrayar. A partir de aquel suceso, confiesa no haber vuelto por allí. No obstante, el Palacio Real, que a Ramón Gómez de la Serna le caía 'gordo', está emplazado en un espacio magnífico, el mejor de Madrid, algo que suscribo, y es uno de los sitios donde Andrés dice haber entrado en dos ocasiones. 

"Suele uno escoger para la visita de esta parte de la ciudad el atardecer. Es la hora de esta plaza. Debería llamarse de Poniente, porque desde allí se ven algunos de los mejores atardeceres, con la Casa de Campo delante y un trocito de la Sierra de Guadarrama a la derecha", montes que pintó muchas veces Velázquez como fondo de sus cuadros, puntualiza él, que nos habla también de las vistas desde templo de Debod, sobre todo de noche, "con el mar oscuro de la Casa de Campo y esos miles de luces que parecen faenando, como barquitas... El otro mirador de atardeceres es el de las Vistillas, al lado del Viaducto, a diez minutos a pie de esa plaza... Las vistas desde el de la Zarzuela son quizá las más bonitas, con Madrid al fondo, sobre un mar de seculares encinas", afirma Andrés Trapiello, quien también menciona la bonita vista desde el cementerio de San Isidro, "al otro lado del Manzanares, con el Palacio Real, La Almudena, el seminario y San Francisco enfrente. Y así lo han visto siempre los pintores, desde Goya a los últimos...". Algo de lo que doy fe después de mi reciente visita a Madrid. 

"Al Palacio Real sólo se puede ir si te hacen rey o te invitan los reyes", explica con humor, refiriéndose asimismo a la bonita galería de estatuas de la plaza de Oriente, a la que deberían añadir, en su opinión, la de Mohammed I, y la de José Bonaparte, "porque hicieron por Madrid más de los que figuran en ella", añade él,  que recuerda haber conocido al poeta Gil de Biedma en el Palacio Real. También en el palacio del Pardo recuerda haber tenido un encuentro con Umbral, del que dice: "era una de esas personas cuya conversación versaba siempre sobre él... Umbral era un gran funambulista... incluso un buen acróbata". 

Reconoce Andrés Trapiello que la poesía (Antonio Machado, Bécquer y Unamuno) fue su única compañera de verdad, la que le daba un poco de sentido a su vida en aquella época. Incluso echaba de menos los mercados que había en la plaza Mayor de León, "aquellos puestos de hortelanas del Bierzo... las de Mansilla con sus tomates, las del Órbigo con los sacos de alubias... En la de Madrid hubo los mismos cajones y puestos hasta bien entrado el siglo XX. La Fortunata de Galdós vendía en esa plaza volatería de corral y huevos...". 

La plaza Mayor de Madrid está llena de turistas a todas horas, según él. "Pero casi ni se notan, como tampoco lo notamos en la plaza de San Marcos en Venecia... El fenómeno mundial de turismo está convirtiendo las llamadas ciudades monumentales en parques temáticos y decorados de cine", apunta, algo que suscribo letra a letra. Sobre todo después de la pandemia todo está atestado, y hasta dan ganas de dejar de viajar, algo que no ocurría allá por los noventa cuando uno se lanzaba a la aventura en aquellos inter-raíles por Europa durante un mes sin reservas de ningún tipo y conseguía posada casi sin ningún problema. Cierto es que uno era joven, con energía. Entonces, el mundo estaba a mis pies, eso creía, con la ingenuidad de un rapaz ilusionado y hasta diría que feliz. 

"Para mí la plaza Mayor, aunque se parezca ya poco a la de hace ciento cincuenta años, es, principalmente, donde vivió y murió la Fortunata de Galdós". Adoración que siente Andrés Trapiello por Galdós, quien "nos ha descrito esas calles madrileñas del siglo XIX como nadie lo ha hecho jamás". 

"Después de la Puerta del Sol, la parte de Madrid que cuenta con más libros dedicados a ella es la Gran Vía... una calle con joroba... tiene mucho de decorado de unos estudios cinematográficos al aire libre...", escribe el autor de Madrid, la ciudad de los osos (como Berna, en Suiza), la villa surcada por el Manzanares, al que Quevedo llamó "aprendiz de río", "arroyo sin brío... con esperanza de río", según Lope.  

Dedica Andrés Trapiello también unas palabras a la sacramental de San Justo, "una especie de corralillo a modo de panteón portátil... en una de cuyas tumbas reposan los restos de Larra junto a los de Gómez de la Sena... A su lado Espronceda, Rosales, Núñez de Arce, Bretón de los Herreros... ninguna mujer", reivindica él porque en esa época vivieron en Madrid Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán, por ejemplo. 

"Madrid huele en primavera a las acacias (árbol tótem de la ciudad, aparte del madroño), y en verano a geranios... En invierno tuvo la ciudad el olor, ya disipado, de las gallinejas y fritangas (esto me hace recordar, de mi puño y letra, las fritangas de Bruselas en la parte norte, sobre todo antes de la pandemia), y en otoño... el de las castañas asadas, acaso el más melancólico de todos los olores del mundo", el más morriñoso de todos, eso creo también como berciano-leonés de nacionalidad cervantina, esa nacionalidad de la que nos habló el premio Cervantes Juan Goytisolo. 

Andrés Trapiello recuerda aquel Madrid nocturno de principios de los setenta poblado por vagabundos, crápulas y algunas mujeres de la vida (cantoneras). "Casi ni coches y apenas taxis. Mal iluminado. Y el silencio... Todo el viejo Madrid era poético". 

Luego, ya en los ochenta, llegó la movida, alentada por Tierno Galván, alcalde de Madrid que a Andrés le parecía un pedante y un pelma: "A colocarse y al loro", decía Tierno. 

"En la movida... casi todo el mundo había dejado la universidad y nadie tenía oficio ni beneficio (I vitelloni, como la película de Fellini)... la movida fue nuestro ultraísmo... Hay en la actualidad una gran controversia sobre el alcance de la revolución cultural que supuso la movida... Que yo sepa, nadie ha escrito aún la novela de la movida... A Almodóvar (el Alfredo Landa de la Transición, según Ferlosio) lo recibían en el extranjero como si hubieran recibido a Federico (García Lorca)".  Y es que Almodóvar, en mi opinión, quiere parecerse a Lorca, sobre todo en películas como Volver, que es como una versión postmoderna de La casa de Bernarda Alba en el contexto de La Mancha, con toques neorrealistas y surrealistas, como ya escribiera en una ocasión: https://cuenya.blogspot.com/2010/03/almodovar-y-volver.html

Del olor de Madrid a gato, a brecolera hervida, al ajillo de las tabernas, a churros, a gallinejas... ha hablado nuestro autor. ¿Pero cuál es el color de Madrid?, se pegunta él. 

"Madrid entero era color pensión (las pensiones de las que habla el propio Umbral en sus libros, se me ocurre decir), color ferroviario, color cárcel... color ceniza, color hambre, color san Isidro, color "vuelva usted mañana", color carmín, color conejo... Y tantos otros colores.

"La fachada de la mayor parte de las casas de Madrid ni se había reparado ni se pintaba desde hacía un siglo", escribe Trapiello, que en los ochenta llevaba, según él, una vida rutinaria y austera... ocupándose de su hijo y también escribiendo en casa, mientras su mujer Miriam Moreno se iba a trabajar. 

"Cada día tenía menos ganas de ver a nadie", recuerda Andrés al tiempo que se pregunta qué queda del Madrid de Larra y de Bécquer. 

Larra reivindicado como maestro por tantos autores. Y Bécquer como escritor de algunos de los poemas líricos más hermosos de la lengua española. 

En todo caso, "a uno le gusta mucho media hora una vez cada cuatro años -se refiere a Larra-, y a la media hora, ya no puedo más", señala Trapiello, quien habla de Galdós como un escritor imprescindible. "Para saber del romanticismo español y madrileño hay que leer a Galdós... hay que leerlo siempre... Galdós se hizo con todo Madrid, el austriaco y borbónico, el neoclásico y romántico, y lo tiñó de galdosismo". 

Aparte de Galdós, y su mentor Ramón Gaya, dice que "Cervantes es maravilloso sobre todo en el tono: la naturalidad con que cuenta las cosas... Se le lee siempre con una sonrisa en los ojos... Hay que leer a Cervantes (casi todo) y a Lope (sus romances) y de Quevedo la Vida de la corte... y su Buscón y alguno de sus sonetos...". Y nos recuerda, entre otros muchos asuntos, que en la calle de Atocha hay una placa de bronce muy historiada, muy siglo XIX, que cuenta que allí estuvo la imprenta de Cuesta donde se imprimió la primera edición del Quijote. 

En todo caso, el comercio importante de la ciudad de Madrid, los grandes cafés, fondas y pensiones de lujo y los primeros hoteles, que se ubicaron en la Puerta del Sol y calles aledañas... (Mayor, Montera, Alcalá, Carrera de San Jerónimo), tienen que ver con Galdós, pero nada con Cervantes, precisa él, que se siente encantado con Madrid, "ciudad generosa con las gentes sin oficio ni beneficio, como ha sido mi caso", detalla él, que vive en un barrio casi galdosiano (barrio de Justicia, en la calle conde de Xiquena). 

A Trapiello le gusta sobre todo pasear por el Retiro, "un milagro", a todas horas, cualquier día y en todas las estaciones. 

"El Retiro siempre es bonito, con lluvia, con sol, sin gente, con ella, solo, acompañado... Cómo describir el Retiro a quien no lo haya visto", se pregunta. 

"Es un bosque y es un jardín... es el mejor bálsamo para el alma aquejada del esplín moderno o de las nostalgias campestres", explica el autor de Manzaneda de Torío, el cual llega a decir que el Museo Romántico llegó a ser su casa, "la Cuesta de Moyano y El Rastro acabaron siendo mi segunda y tercera residencia, respectivamente... En la Cuesta iba de caseta en caseta mirando libros viejos... el mundo de los libros viejos es de lo más barojiano, pero también de lo más azoriniano... El barrio del Rastro es uno de los más deslucidos de Madrid. Yo lo encuentro muy bonito", matiza, acordándose de La busca, de Baroja, donde recoge el mundo miserable de los rastreros de los primeros años del siglo XIX. 

"También La horda, de Blasco Ibáñez, nos contó ese barrio, y el libro de Gómez de la Serna El Rastro, verdadera almoneda, entretenida, caótica, repleta de sorpresas, con sus tesoros y cachivaches... El Rastro es el espejo roto en el que se ha mirado siempre Madrid... Y al Paraíso voy yo cada domingo, como quien tiene el deber de salvar a granel el mundo... Únicamente se anima las mañanas de los domingos, el resto de la semana aquello se vuelve metafísico como un cuadro de De Chirico... El Rastro es como un Prado al revés, decía Umbral... Hasta ahora (se refiere al Rastro) ha resistido de milagro, como milagroso es que no haya desaparecido el Madrid de Galdós", sostiene Trapiello, para quien Madrid no se entiende sin el autor de los Episodios nacionales, "como no se entiende España sin Velázquez ni Cervantes". Siendo uno un rapacín sentía fascinación por los cuadros del creador de Las Meninas. Y cuando leí por primera vez El Quijote fui consciente de que viajar por el mundo adelante era tal vez lo mejor que a uno podía sucederle, porque el que mucho ve y mucho lee, mucho sabe. 

"Para Madrid Galdós ha sido más importante que Felipe II, Carlos III y todos los reyes juntos... Llegó desde su Gran Canaria a la capital con diecinueve años, en 1862, y en ella murió (1920) y quiso que lo enterraran en La Almudena", escribe Trapiello. 

https://cuenya.blogspot.com/2023/12/gran-canaria-con-su-exotismo-palmeral-y.html

Hace poco tuve la inquietud de acercarme al cementerio de la Almudena, en Madrid, para visitar la tumba de Galdós. Y la pasada Navidad estuve en la casa-museo del autor de Nazarín y Tristana (novelas adaptadas por Buñuel) en Gran Canaria. 

https://cuenya.blogspot.com/2024/05/de-madrid-al-azul-celeste-de-la.html

"Hablando de Galdós -dice- cuesta mucho salir de los barrios bajos, esos que van desde la plaza de Tirso de Molina... hasta el río, o desde Cuchilleros por las Cavas...". Un Madrid que, en mi opinión, sigue latiendo y enganchando al visitante. 

A todo esto, Andrés Trapiello añade El Prado y la Puerta del Sol, por supuesto.

"El Prado es un manicomio de cordura, de realidad, de certidumbre... Velázquez, Murillo y Goya han bastado para que España pueda codearse con las otras fortalezas pictóricas: China, Japón, Italia, Holanda... El Prado es un regazo, un consuelo...".

Por su parte, la Puerta del Sol es "el origen de las carreteras radiales". Se siente fascinado nuestro autor con la ilusión de esa gente que se pone sobre ese cero que tienen en la acera... Y el reloj tiene también su historia. Un reloj que construyó y donó en 1866 el relojero Rodríguez Losada, que era originario de La Cabrera, o sea, leonés. Y además amigo del poeta Zorrilla. 

"Casi todo lo importante de lo que ha sucedido en la España moderna ha empezado en la Puerta del Sol: desde el motín de Esquilache o el 2 de mayo de 1808 a la Segunda República... El mes de diciembre la plaza conoce las tumultuarias colas de ilusos de todas partes de España que vienen a comprar los herederos de Doña Manolita, conocida lotera, el número de la suerte para los sorteos de Navidad y El Niño", cuenta Trapiello con retranca, el cual está convencido de que Madrid ha sido una ciudad antes de la guerra civil y otra muy diferente después de ella. 

"La rutina de la guerra convirtió Madrid en una ciudad que cada día pasaba del surrealismo a lo dantesco por el corredor kafkiano... Madrid está lleno aún de heridas de la guerra... Madrid se convirtió en la capital del silencio... Todos, principalmente los perdedores, comprendieron que la única lucha que les estaba permitida era la de la supervivencia, y cada cual se centró en salir adelante como pudo, con la ayuda del fútbol y los toros, del cine y de la radio", escribe el creador del ensayo Las armas y las letras.

Andrés Trapiello, que es un gran paseante, como deja claro en este libro, reconoce que va muy poco por los barrios modernos porque están a trasmano y para ello tendría que echar bota y merienda. Y todo lo que no sea recorrer una ciudad a pie no le sirve de nada. Y es que, como mejor se conoce y reconoce un sitio, es caminándolo, sintiéndolo bajo los pies, dejándose empapar por sus colores, sonidos, sabores, olores y la sensación térmica que uno tenga. 

"Las entradas en Madrid, por carretera y por ferrocarril, son deprimentes, podía uno estar llegando a cualquier parte... En avión es aún peor, porque descubrimos a Madrid colocado en medio de una calera, árida y pobre", escribe Andrés Trapiello, al tiempo que arroja una mirada realista sobre nuestra capital, esa ciudad en la que tantos nos sentimos como si hubiéramos nacido y crecido en la misma, porque todos tenemos cabida. 

Una ciudad que no me canso de recorrer, porque para conocer una ciudad como Madrid se necesitan varias vidas. 

Esta es, pues, mi lectura del Madrid de Trapiello, que a buen seguro requeriría de al menos otra lectura, a sabiendas de que se quedan en el tintero, como se decía otrora, muchas más cosas de interés.  

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