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viernes, 26 de noviembre de 2021

Para Ramiro Pinto, persona entrañable y un intelectual enorme

 Me apetece dedicarle estas palabrinas al gran Ramiro Pinto, una de esas personas con las que te encuentras y te deja maravillado con su estar y su ser.  Con su sabiduría. Con su dimensión humana. 

Con Ramiro Pinto. Foto: Paco Felgar

Ramiro, que es autor de una obra sustanciosa, arroja luz por todos poros de su alma, de su alma buena, capaz como lo es de implicarse en las nobles causas, de despertar conciencias y dar vida a gente que aspira a escribir.

Ramiro impulsa, mueve, da fuerza y energía a todo aquello que toca. Con magníficas vibraciones, cargando de vida asimismo a las palabras con las que moldea el pensamiento, un pensamiento crítico.  

Ramiro Pinto es, aparte de una persona entrañable, un intelectual enorme, al que todos deberíamos agradecerle su labor en el Ágora de poesía pero también en otras muchas lides literarias y sociales. 

Ramiro es una persona esencial en la sociedad en que vivimos porque nos saca del letargo y nos ayuda a elevarnos. 

https://www.ileon.com/cultura/040190/ramiro-pinto-leon-es-tierra-de-poesia-y-de-hogaza-chorizo-y-cecina

Mi agradecimiento, amigo Ramiro, por tu labor inmensa, tan digna y valiente. Y por tanto como nos aportas. 

jueves, 25 de noviembre de 2021

La fragua literaria leonesa: Julio Álvarez Rubio

 

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Julio Álvarez Rubio: “Entre montañas siento menos vértigo que cercado por un horizonte curvo”

El narrador, divulgador, bloguero y fotógrafo lacianiego Julio Álvarez Rubio, autor de 'Por el país de las brañas', 'Aventureros del tiempo' o 'Laciana, un otoño', entre otros libros, está retirado en la actualidad a resultas de una enfermedad neurológica. Y sigue recordando, con amor y melancolía, a su hija Rosa Helena.

Julio Álvarez Rubio escritor fotógrafo divulgador ingeniero Laciana Omaña Babia La fragua literaria leonesa
Julio Álvarez Rubio, en una imagen antigua.
Manuel Cuenya | 25/11/2021 - 15:13h.

Oriundo de Villablino, con orígenes astures, el escritor y viajero Julio Álvarez Rubio se fue con diez años de la capital de Laciana para hacer el bachillerato en Oviedo, continuar luego con la ingeniería técnica industrial en Gijón y posteriormente trabajar durante unos cuantos años en Barcelona.

A partir de ahí comenzó su aventura como autor de libros de viaje, él que es buen conocedor del patrimonio natural de la provincia de León y un trotamundos que ha podido recorrer gran parte del mundo, desde la Patagonia argentina o el desierto de Atacama hasta Marruecos, además de lugares como Túnez, Estambul, Croacia, Moscú, Islandia, "la tierra de hielo y fuego", entre otros muchos, lo que le ha procurado un bagaje cultural inmenso, pues como él mismo dice "viajar es una forma de estar en el mundo, para concebirlo de otro modo, entender caracteres diferentes, otras realidades, la verdadera esencia de tantas cosas. Terapéutica itinerante".

El autor de libros como 'Por el país de las brañas', 'Aventureros del tiempo' o 'Laciana, un otoño' -por el que siente predilección porque lo escribió en un momento especial de su vida y le salió de muy adentro-, ha disfrutado mucho recorriendo el capital natural de la montaña leonesa, que no siempre respetamos y valoramos como debiéramos.

"Entre montañas siento menos vértigo que cercado por un horizonte curvo donde, por no haber, no hay ni perspectiva", aclara él, habida cuenta de que desde las cumbres puede, en su opinión, observar con devoción su país y también calibrar la grandeza del mundo, la magnitud y la obra del tiempo y lo que él mismo pinta aquí en la Tierra.

Su afición por la montaña surge ya en su época de infancia, cuando su padre, al que le agradece enormemente aquella iniciación, lo llevaba consigo a cosechar arándanos o raíces de genciana. "Yo iba a estorbarle mayormente y él, mientras recolectaba el fruto del monte en unos años tan difíciles, me enseñaba muchas cosas".

También recuerda que, cuando su padre cumplió los noventa años, aún se apuntaba para irse con él a Babia. Entonces, daban por allí algún paseo y su hijo Julio le contaba cosas acerca de Islandia o la Tierra del Fuego, lugares que pudo y supo disfrutar gracias a su padre.

(Puedes seguir leyendo esta fragua en este enlace de ileon: https://www.ileon.com/cultura/la_fragua_literaria_leonesa/124022/julio-alvarez-rubio-entre-montanas-siento-menos-vertigo-que-cercado-por-un-horizonte-curvo)

viernes, 19 de noviembre de 2021

Desde las entrañas en la casa de las culturas de la capital del Bierzo Alto

Ayer mismo fue la presentación del libro Desde las entrañas, que tanta satisfacción me está dando, en la casa de las culturas de la capital del Bierzo Alto, que también es mi tierra, en la que tantas actividades he podido hacer. Un placer grande reencontrarme con gente amiga como Eduardo Keudell y Jovino Andina, entre otros, que además estuvieron brillantes en sus intervenciones, porque al final la charla se convirtió en un diálogo, en un diálogo acaso platónico, en algo interactivo y dinámico, lo que me entusiasmó, que una parte del público asistente participara con sus opiniones. Como lo hiciera también la concejala de cultura Belén Martín, a quien agradezco su presencia y que diera la oportunidad de realizar este evento. O bien Nidia, quien también expuso sus opiniones, ella que se dedica a escribir. 

No quiero olvidarme de Elba, quien fuera alumna de los talleres de escritura de extensión universitaria en el campus de Ponferrada (ULE), a quien conozco desde hace años. Ella misma recuerdo que me vendió, en su agencia de viajes, un viaje a Estambul allá por los años dos mil y poco. 

Una mención también para Raquel (Raquelina), que también expresó lo que le parecía el libro, y mi hermana mayor Merce, que es como mi madre. 

Con Belén Martín, concejala de cultura. Foto: Mario Pérez

Allí estuvieron también en cuerpo y alma Toñi, quien fuera compañera de insti y maestra en la actualidad de Reiki, y Elsa y Mise, y Mari Paz (magnífica bibliotecaria, a quien conozco desde hace muchos años), Carmen y Loli (me alegró conocerla), que también arroparon el acto. Y tanta otra gente. En realidad, un público entregado con el que me sentí muy a gusto. Lástima que ayer, en verdad toda esta semana, coincidiera con la semana de la montaña en Bembibre, que siempre tiene mucho tirón. A mí me entusiasma. 

Otra mención especial para Mario Pérez, que lleva el periódico Bembibredigital y tuvo la gentileza de sacar foticas y reportaje. https://bembibredigital.com/culturayespectaculos/54404-desde-las-entranas-en-bembibre

Desde las entrañas me sigue haciendo reflexionar acerca del mundo en qué vivimos, quiénes somos y hacia dónde nos conducimos. En todo caso, la escritura de este libro, la escritura en general, me resulta salvífica, como también apuntara el periodista y escritor Keudell, que ayer habló largo y tendido acerca del capitalismo y cristianismo en que estamos sumidos, acaso para desgracia nuestra. Y nos alertó de la necesidad de un re-conocimiento Debemos darnos cuenta (algo que nos ayuda el psicoanálisis) y re-conocer la realidad en la que vivimos. 

Foto: Mario Pérez

Necesitamos, a través de la razón, de la cordura, arrojar luz sobre las tinieblas, sobre tanta irracionalidad, tanta majadería, tanto trastorno mental.

Los seres humanos, que somos animales, casi siempre más bestiales que los propios animales, hemos tocado fondo en varias ocasiones como en las guerras, en los holocaustos, etc.  

Son muchas y escalofriantes las páginas que se han escrito después del holocausto, entre ellas las de Primo Levi, Anna Frank, Víctor Frankl o el propio poeta Paul Celan, entre otros, para dejarnos testimonio del horror, de la barbarie, que unos seres, con un grado espeluznante de perversión y psicopatía, cometieran contra otros. 

Con Keudell y Andina. Foto: Mario Pérez

Después de Auschwitz tal vez no cabe la poesía, como dijera más o menos el filósofo Adorno. O quizá es cuando deberíamos escribir más que nunca, y por supuesto reflexionar, filosofar más que nunca, en busca de equilibrio y armonía con la Naturaleza. Buscar belleza, arte. Sentir la vida con salud. La escritura como vida. Y sanación. La filosofía como algo esencial en este mundo cada vez más complejo y desequilibrado. 

Convendría buscar un sentido a esta vida, que por momentos se revela absurda, como una pesadilla, en la que el espacio y tiempo aparecen literalmente hechos añicos. 

Los seres humanos, antes que racionales, somos emocionales. Y  a menudo nos resulta complicado gestionar de un modo correcto las emociones. El mundo parece que se estuviera yendo a la mierda. Sí, ya sé que existe gente luminosa, capaz de entregarse a las nobles causas, gente solidaria, pero también hay gente malvada, que encima disfruta haciendo el mal, que incluso se regodea con el sufrimiento humano, gente que está de atar y vive integrada en la sociedad causando daño. 

El mal, la maldad, la perversión existen y son consustanciales a la Humanidad.  

Parece increíble, pero es verdad, que alguna gente dé una impresión, una cara y al final, a medida que uno comienza a descubrir entresijos, sea de otro modo. Con dobles y hasta múltiples personalidades. Y la pandemia no ha hecho más que acrecentar las patologías de la psique. La ansiedad y la incertidumbre nos desconciertan. Nos asfixian. 

La historia es cíclica. Se repite. Y nosotros tendemos a repetir los mismos errores. A cometer las mismas estupideces en esta realidad o irrealidad que se vuelve evaporada. Siempre al borde de la angustia. En un permanente vértigo. 


jueves, 18 de noviembre de 2021

Desde las entrañas, por Tomás Álvarez

Me alegra que el veterano periodista y escritor Tomás Álvarez, cepedano universal, me haya dedicado estas entrañables palabras con motivo de mi libro Desde las entrañas, que ahora ven la luz en bembibredigital (gracias, Mario, por publicarlo): https://bembibredigital.com/news/publicaciones/54384-desde-las-entranas-por-el-periodista-y-escritor-tomas-alvarez

Agradezco que Tomás, a quien tengo en gran estima, no sólo me dedique tan bella reseña y/o semblanza sino que me presentara en Astorga a finales de abril de este año. Y también me haya acompañado en la presentación de otros libros como Mapas afectivos y Del agua y del tiempo. 

Tomás es asimismo un gran viajero, fundador del portal https://guiarte.com/, que ha podido viajar por medio Planeta. Un hombre sabio que ve el mundo con la sensibilidad de quien lo ha recorrido y ha sabido penetrar en sus entrañas. 

Toda mi gratitud, amigo Tomás. 

*Nos vemos esta tarde de jueves, a las 19h30, en la casa de las culturas de Bembibre para hablar acerca de lo humano y lo divino.
Noceda, el útero de Gistredo. Foto: Cuenya

 …Manuel es un profundo observador de espacios y gentes, un escudriñador de emociones, que tan pronto se encuentra en lo que él llama “el útero de Gistredo”, su tierra natal, como en el desierto del Sahara. 

El autor es un ser muy sensible, con una mirada que me recuerda la de los maestros del Renacimiento, cuando muchos de los más grandes de nuestra civilización rompieron las ataduras de lo medieval para analizar la sociedad, la historia, el arte y la naturaleza con los ojos de la razón y la libertad.

…Y que conste que me da reparo utilizar la palabra Libertad, manipulada en nuestros días para embobar a los individuos, transformarlos en miembros de un rebaño obediente, al que se incita por igual a votar a un partido o a consumir una marca de cerveza.

Manuel es un hombre muy ligado a la cultura… Muy activo en el ámbito de la enseñanza, especialmente en materias de literatura, cine y teatro. Es  colaborador de medios; edita una revista cultural, y es autor de numerosos libros como Trasmundo, Viajes sin mapa, Mapas afectivos, El Bierzo y su gastronomía, la fragua de Furil… o Del agua y del tiempo.

Sáhara. Foto: Cuenya

En este caso me toca introducir su última creación: Desde las entrañas.


El mismo título –Desde las entrañas– nos lleva al ónfalos, al latido del mundo; un latido que el escritor detecta en su refugio, en un pequeño lugar del Bierzo desde el que siente el pálpito de lo universal.

En este caso, el argumento que conduce el libro está compartido con todos nosotros: es la Pandemia. 

El autor, en algo más de 200 páginas nos presenta un diario universal del drama. Pero no nos entretiene con datos de la evolución de afectados ni las diatribas políticas y técnicas que han intentado contaminar nuestra mente durante más de un año, desde los medios deformativos. Sí, sí. He dicho medios deformativos.

Lo que hace el autor es aprovechar el encierro para reflexionar sobre los temas universales que nos afectan a todos; a él, a vosotros, a mí… y que afectarán a nuestros descendientes.

Cuenya posee un bagaje cultural formidable, especialmente en los ámbitos de literatura y cine, y ese bagaje le sirve para pasar en cada momento  de lo personal y de lo local a lo universal. Así, sin perder de vista las montañas de Gistredo nos lleva a escenarios de las pestes medievales y las guerras sucias –sucias de robos y sangre– de los dictadores y líderes corruptos de nuestro tiempo.

Tenemos así una crónica de lo universal, desde un encierro en el que resuenan los cánticos de los estorninos, de los ruiseñores y los jilgueros, a la par que se aspira el olor húmedo del arroyo. Manuel Cuenya traslada el ónfalos del mundo a Noceda del Bierzo.

Este libro, como otros suyos, especialmente el de Mapas Afectivos, es una crónica viajera. Pero Manuel Cuenya no necesita viajar por el mundo para narrarnos lo que ve, porque basado en su experiencia y su razón, nos hace ir con él, con la mente abierta, por los territorios y los tiempos.

He leído el libro de Manuel durante muchas horas…. Y me he puesto a apuntar muchas notas, sobre los paisajes, el miedo, la vida, el espanto, la sociedad basura, la vida detrás de la muerte, el humor, el universo, el arte, la cibervigilancia…

Cuenya hasta nos invita en el libro a hacer con él “la vuelta al día en ochenta mundos”, juego de palabras en el que utiliza un título de Julio Cortázar, otro grande de la literatura que admira, y a quien conocí fugazmente en Buenos Aires, creo que en el restaurante la Biela en el que me citaba algunas veces con Ernesto Sábato. 

Obelisco-Buenos Aires. Foto: Cuenya

…Volviendo a lo de los mundos, el libro de Cuenya no es un viaje por ochenta mundos, sino por todos. Hay tanta literatura, tanto cine, tanto arte, tantos paisajes, músicas, miedos, temores, amor, esperanza…  que es imposible hacer un análisis del mismo segmentándolo en espacios o temáticas.

Digamos que en sus escritos nos recuerda cómo en nuestros días confluyen en el universo diversas crisis simultaneas, aparte de la sanitaria. Unas crisis que hacen especialmente débil al hombre y al mundo.

“Nos creíamos cuasi invulnerables e inmortales y descubrimos, una vez más que somos unas insignificantes criaturas, expuestas a todo tipo de maldades y maleficios”, dice.


Sin tener el tinte expresionista que se halla en Del agua y del tiempo, Cuenya también nos lleva por unos parajes inhóspitos en los que crece el frentismo y la mentira. Estamos en un mundo en el que avanzamos tan deprisa… que en realidad a veces retrocedemos.

Vivimos –explica–  en medio de un lodazal, como marionetas de un sistema que nos vigila día y noche; nos hipoteca y nos esclaviza; un sistema capaz de canalizar nuestros deseos y mantenernos en un estado de entontecimiento.

Y en estas tareas es esencial el sistema de los medios controlados por los amos del dinero, que nos chutan con el opio de los programas basura, de los deportes-adormidera y el guirigay informativo que nos empacha, enferma y domina.

Y mientras… el poder y el dinero se acaparan en el reducido coto de los privilegiados y la diferencia entre estos y el resto de los seres humanos se agranda. “El sistema se vuelve cada vez más voraz y caníbal”, escribe Cuenya.

Aún en medio de la visión crítica… hay tiempo para la poesía, momentos de calma, en los que la pluma de Cuenya es primorosa: 

“avanzas despacio por las sendas curvadas del tiempo, como quien deseara parar los relojes del universo. El mundo parece haberse detenido. Quizá los relojes se hayan derretido. Y todo vuelva a empezar”


En ese viaje, Cuenya se manifiesta con la seguridad que le da su área de control; cobijado en la matria verdeante de su tierra de origen, y liberado por la música, el arte, la escritura, la literatura y el alejamiento de la caja vírica de la televisión.

Frente a un futuro lleno de nubarrones, agravados por la Pandemia, nos invita al cultivo de lo mejor de nosotros, al gozo de los afectos, caminando hacia un nirvana,  libres de ataduras y cargados de sosiego y templanza, en una disposición personal  que se asemeja a la ataraxia que interesó antaño tanto a los pensadores estoicos como epicúreos.

Foto: Cuenya

En la parte final, liberado del agobio de la cuarentena y los miedos apocalípticos, encontramos una prosa más serena y poética en la que se vislumbra un paisaje de sueños y cigüeñas y un bello elogio de la ternura, un sentimiento que pone luz y serenidad al mundo.

En ese final, hay también un elogio a la búsqueda del silencio frente a los atronadores motores de la manipulación… un silencio que en ese viaje interior nos ayudará a caminar hacia lo esencial.

En síntesis: Observación, Reflexión, Preocupación, Belleza y Cultura.

Gracias Manuel por haber utilizado los días de crisis para escribir estas cosas, por habernos llevado contigo a través de las páginas por el santuario de Delfos o los montes de Gistredo; por recordarnos las pinturas de Edward Hopper o Vermeer, el cine de Chaplin, los escritos de Orwell, Cervantes o Edgar Allan Poe…y hasta las palabras de Jesús de Nazaret.

Tu pandemia ha sido un largo viaje por toda nuestra sociedad y nuestra cultura. Gracias por compartirlo.

La fragua literaria leonesa: Sergio Giménez

 

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Sergio Giménez: "Vamos mal como individuos, como sociedad y como especie"

El historiador  Sergio Giménez, que recientemente ha presentado en Ponferrada su libro 'Ángel Pestaña, falangista. Anatomía de una mentira histórica', está en estos momentos preparando una historia completa del Partido Sindicalista, junto con la doctora María-Cruz Santos, compañera suya en el portal divulgativo 'Ser Histórico'

Sergio Giménez
Manuel Cuenya | 18/11/2021 - 10:44h.

Recientemente, el historiador Sergio Giménez presentaba en Ponferrada 'Ángel Pestaña, falangista. Anatomía de una mentira histórica', un libro que trata de resituar a Pestaña, que naciera en la localidad de Santo Tomás de las Ollas (Ponferrada), donde siempre estuvo contra los totalitarismos y, en este caso, frente al fascismo. De este modo, Giménez pretende arrojar luz sobre la trayectoria política y vital de un anarquista de corazón que encontró la vena revolucionaria más fecunda al conciliar sindicalismo, política e internacionalismo obrero con un patriotismo de tradición republicana.

"En este libro de título pendenciero, en concreto, dedico más páginas a desmontar el constructo historiográfico que vincula al berciano con el falangismo y su líder, José Antonio Primo de Rivera; pero quien lo abra se dará cuenta enseguida de que trata muchos otros asuntos: su familia, muy poco conocida; los pretendidos radicalismos de juventud frente al reformismo de madurez; las polémicas en el seno de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT); la existencia en España de precedentes de partidos filo anarquistas; los entresijos del Partido Sindicalista (PS), etc.", precisa Sergio Giménez, cuyos trabajos de investigación suelen estar orientados a destruir mitos y lugares comunes, en este caso acerca de Pestaña y su organización política, el PS.

Cuenta que el sindicalista berciano abandonó esta tierra con tres años para acompañar al padre en su vida trashumante por el norte peninsular. No obstante, considera que Pestaña heredó el carácter berciano no sólo a través de su padre, sino también de otros familiares con quienes se relacionó siendo niño.

"Leyendo y conociendo, he entrado de forma casi involuntaria en la historia psicológica, donde ya valoro –con las debidas precauciones– el carácter abierto, dialogante y hospitalario de la gente del Bierzo", señala Giménez, que presentó su libro en el Museo de la Radio de la mano del dinamizador cultural y director del teatro Bergidum Miguel Varela, quien también publicara una monografía sobre Ángel Pestaña a través de la Fundación Pedro Álvarez Osorio en 2008, y también a través de Luis Miguel García, que es, según Sergio, un buen conocedor de la historia del anarquismo y anarcosindicalismo del Bierzo.

"La colaboración de ambos hizo posible organizar un acto abierto a todo tipo de gente, sin banderas, y creo que acertamos; con decirte que dediqué un ejemplar al rector de la Basílica de la Encina... Gracias a Varela el Ayuntamiento de Ponferrada nos cedió el salón de actos del Museo de la Radio, un lugar espléndido de techo abovedado que crea un ambiente único, al que añadimos una proyección de fotografías de fondo. No se puede pedir más", se muestra satisfecho Sergio a la vez que muestra su deseo por leer los trabajos sobre la Guerra Civil de Wenceslao Álvarez Oblanca, así como un estudio del filósofo de Cacabelos Juan Carlos Jiménez García acerca del ensayista y periodista cántabro Rafael Barrett, que pronto se publicará en Madrid.

(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com en este enlace: https://www.ileon.com/cultura/123819/sergio-gimenez-vamos-mal-como-individuos-como-sociedad-y-como-especie)

Solidaridad, por Paco Pacios Ceregido

       Solidaridad

El autor compone un relato que podría tener su inspiración en ‘Casa tomada’ de Cortázar, sin embargo él le da un toque personal que nos lo acerca a la época actual, en la que unos primos, que conviven en la misma casa, a resultas de su espíritu hospitalario, acaban yéndose de la misma para dejarles espacio a unos okupas

 (Manuel Cuenya, Taller de Relatos de la Universidad de León)

PACO PACIOS CEREGIDO

 

Nuestra casa era espaciosa, cómoda, muy soleada, y estaba ubicada en un barrio residencial del centro de la ciudad. Disponía de dos plantas, con cinco habitaciones en cada una. También era una de las pocas con piscina propia, y una amplia zona ajardinada que la rodeaba, muy bien equipada y cuidada.

Nuestros abuelos, que fallecieron longevos,  trabajaron muy duro para conseguir pasar sus últimos días en un ambiente agradable, y a su gusto. Por su parte, nuestros padres, los de mi prima y los míos, dejaron su vida en un maldito accidente de tráfico, quedando mi prima Raquel y yo mismo como únicos herederos de todo su patrimonio.

Cuando esto aconteció, Raquel tenía cuarenta y cinco años y ya había enviudado. Por mi parte, pese a ser un cincuentón, continuaba soltero. Para no dividir la casa y hacerle perder su encanto,  acordamos trasladarnos ambos a vivir en ella.  Además, manteníamos una extraordinaria relación, y nos profesábamos un enorme cariño.

Ella era la encargada de la dirección de la casa. En cuanto a mí, trataba de ayudarle en todo, haciéndolo lo mejor posible. Realmente, su pensión, sumada a la mía, (estaba retirado por las secuelas físicas derivadas de un infarto de miocardio),  nos permitían vivir desahogadamente. Y como ninguno de los dos teníamos descendientes, carecíamos de preocupaciones.

La casa de la finca colindante estaba habitada únicamente durante dos o tres meses al año, en época de vacaciones. Sus propietarios eran trabajadores y residentes en el extranjero.

Cierto día, cuando Raquel y yo regresábamos de nuestro paseo matutino, nos sorprendimos al ver en esa finca a una pareja con cuatro niños pequeños. Él, de unos cuarenta años, delgado, pelo largo con coleta, y barba. Ella, de unos treinta y pocos, también delgada, con un peinado, digamos, algo enmarañado. La verdad es que su aspecto y el de sus vestimentas no invitaban a la confianza. Sin embargo, al saludarlos, respondieron educadamente, casi con afecto. Nos dijeron que les gustaba mucho el barrio, que les habían ofrecido la casa y habían decidido establecerse allí. Prácticamente todos los días, Pablo y Rita —que así se presentaron— salían a nuestro encuentro en cuanto nos veían, para charlar un rato. Lo cierto es que daba gusto hablar con ellos.

Ya llevaban como vecinos  tres semanas y nuestra relación mejoraba  día a día.

Eran fechas de mucho calor, y su finca carecía de  piscina. Nos pidieron permiso para utilizar la nuestra, especialmente por sus cuatro hijos. Accedimos encantados. Los niños eran muy simpáticos y traviesos. Pablo y Rita se pasaban los días, tumbados,  completamente desnudos,  sobre el césped. A Raquel eso le molestaba mucho, pero como nos resultaban tan gratos, lo iba tolerando.

Venían con mucha frecuencia a nuestra casa. Hablábamos largo y tendido sobre las cosas más diversas. Raquel y yo escuchábamos embobados a Pablo. Tenía una forma de expresarse muy convincente.

Comían, merendaban y cenaban a diario con nosotros. Amantes del buen vino y de las comidas refinadas, ni un solo día traían ellos el menú, pese a ser seis. Todos los gastos corrían por nuestra cuenta.

Por fin llegó el otoño y el tiempo comenzó a empeorar. Todo se puso frío y sombrío. Era época de tristeza, pese a la belleza del colorido de la vegetación abundante en todo el barrio, entre la que sobresalían los olmos, plataneras, sauces, y muchos arbustos ornamentales. Apenas se veía el sol, y se respiraba humedad.

Estábamos cubriendo la piscina, cuando Pablo se presentó con una pareja y dos niños de corta edad, rogándonos que los alojásemos en nuestra casa. Que sólo serían unos días. Ambos estaban desempleados. Estaba en juego la vida de las criaturas. A la vista de la situación, y tratándose de unos días, los aceptamos, cediéndoles dos dormitorios en la parte superior de la casa.

Eran gente sencilla y la verdad es que los niños, de corta edad, se merecían todo. Eran dos rubitos encantadores.

Transcurrieron los días y Raquel comenzó a sentirse incómoda. Como es lógico,  carecíamos de la intimidad acostumbrada.


La situación se fue alargando en el tiempo, y además, Pablo, se presentó otro día acompañado de dos parejas de jóvenes africanos, diciendo que la casa era muy grande y que, sólo durante una semana, los dejásemos pernoctar hasta que les arreglaran los papeles. Que él no tenía sitio. No entendíamos la lengua de los nuevos huéspedes, lo que suponía un problema añadido. Pese a ello Raquel,  que siempre era  muy compasiva, admitió su petición.

Transcurrieron varias semanas y los nuevos moradores campaban  a sus anchas por todos los rincones de la casa y el jardín. No  podíamos estar tranquilos ni siquiera en el dormitorio, que nos vimos obligados a compartir los dos, ni en la cocina, ni en parte alguna.

Para colmo, los africanos, sin consultar con nosotros, recogieron a otros cinco compatriotas, Dios sabe de dónde, y les hicieron sitio en no sé qué parte del edificio. Aquello se convirtió en una comuna. La higiene de aquellas  gentes era escasa, o nula. El olor de todos ellos resultaba nauseabundo. Todo  era anarquía, un caos absoluto.

Los gastos, se volvieron  extraordinarios, insoportables; corrían todos por nuestra cuenta.  Y la situación, tanto económica como de convivencia, se tornó insufrible.

Sin previo aviso, Pablo y Rita convocaban reuniones, en nuestra casa, con personas de la misma índole, a quienes arengaban,  indicándoles los pasos a seguir y las quejas a formular ante la Administración, alentándolos incluso a reaccionar violenta y tumultuariamente en defensa de sus supuestos intereses, así como los de sus iguales. Aquellas reuniones, se convirtieron en auténticos mítines políticos.

Cuando esto ocurría, Raquel y yo nos ausentábamos.

Le explicamos la gravedad de la situación a “nuestros acogidos”, aclarándoles que no podíamos soportar más los elevados gastos.

Su manera de agradecer nuestra hospitalidad, fue amenazar con echarnos de nuestra casa a golpes.

Pusimos en antecedentes a Pablo y Rita sobre tales hechos, pero apelaron nuevamente,  con las mismas bellas palabras de costumbre, a nuestra extraordinaria solidaridad, pidiéndonos más tiempo, alabando nuestra encomiable labor, diciendo que toda esa gente tenía hogar gracias a nosotros, y que todo el mundo debería hacer lo mismo. Que estarían eternamente agradecidos, y ahora no podíamos dejarlos en la calle.

Sus palabras, antes tan gratas y convincentes, ahora comenzaron a sonarme a verborrea barata.  Mientras ellos  estaban, cómodamente instalados, en su casa, con dos habitaciones sobrantes, a nosotros nos endosó un gravísimo  problema, que no tenía visos de poder solucionarse.

Transcurrido un tiempo, mi prima y yo mismo nos fuimos enterando de que, parte de los acogidos, eran manteros.  El resto formaban parte de los conocidos como antisistema.

De todos los que ocupaban la casa, no logro recordar cuántos, solamente uno estaba tratando de encontrar un trabajo. El resto se dedicaba a participar en desórdenes y algaradas, a las que los convocaban Pablo y Rita.

Rita, pese a su apariencia de mujer dedicada a sus niños, era la que, con  más virulencia, incitaba a los asistentes  a utilizar medios violentos para conseguir los fines deseados.

También nos dijeron, aunque ya era tarde, que nuestros vecinos, nos habían mentido. La casa, supuestamente alquilada, la  habían ocupado ilegalmente, violentando las cerraduras.

“¡Qué cara más dura! ¡Qué estúpidos hemos sido fiándonos de estos embaucadores!”, nos repetíamos continuamente  Raquel y yo.

Dada la problemática suscitada, decidimos poner los hechos en manos de un amigo abogado para tratar de solucionarla. Le planteamos la posibilidad de presentar una demanda para expulsar a los ocupantes. Pero la contestación fue desoladora.  Nos aseguró que  no podía hacerlo porque las críticas de la prensa y la presión política lo aplastarían. Lo mismo ocurriría con los jueces encargados en dictaminar, que jamás lo harían en nuestro favor, pese a estar en posesión de toda la razón. ¡Qué terrible injusticia! Además, nos advirtió de que no deberíamos  dar de baja los servicios esenciales de la casa.

De vuelta, nos encontramos con dos nuevas parejas de refugiados, a quienes Pablo y Rita habían instalado en una tienda de campaña dentro de nuestro jardín. En el interior ya no quedaba espacio.

“¡Cómo nos han engañado! ¡Qué ingenuidad la nuestra!”.

Aquellas convincentes palabras, sobre todo del tal Pablo, así como su facilidad de expresión, sus falsas promesas, todo aquello nos sonaba tan bien que nos embaucó de lo lindo. Depositamos nuestra confianza en personas sin escrúpulos, y ahora estamos pagando  las terribles consecuencias de nuestra metedura de pata, en realidad de mi error, porque fui yo quien les abrió las puertas de la casa de par en par.

 Mi prima Raquel y yo nos sentimos impotentes. No podemos soportar más la situación, ni la pasividad de las autoridades. Estamos desesperados, estamos desamparados.

Antes de que sea demasiado tarde, ante la imposibilidad de recuperar lo que es nuestro, y temiendo consecuencias aún más desagradables para nosotros, tomamos la decisión de recoger las pocas pertenencias que se salvaron de la debacle y abandonamos nuestra casa,  nuestro hogar, que tantos recuerdos nuestros, al igual que de nuestros antepasados, atesora.

Al fin, abandonamos la casa familiar, dejando atrás  la ciudad que nos vio nacer y crecer, a nuestros amigos y conocidos de siempre, nuestra felicidad y una gran parte de nuestras vidas, para  trasladarnos con tristeza, con mucha tristeza,  a un lugar remoto, desconocido. Allí trataremos de olvidar. Viviremos de alquiler para evitar una nueva invasión y desalojo violento.

Las lágrimas siguen aflorando en nuestros ojos, recordando a nuestros pobres abuelos y padres. ¿Qué pensarían de todo esto si levantaran la cabeza?

 Rodeo por la cintura a mi prima Raquel para evitar que vuelva la vista atrás, y nos alejamos del lugar deprisa, muy deprisa, como si quisiéramos ahuyentar los fantasmas que se han apoderado de nosotros. Por fortuna, nuestro equipaje no es nada pesado.

Raquel, con la mirada perdida, parece contemplar la nada a través de la ventanilla del tren, que nos conduce hacia un lugar incierto, mientras yo no puedo dejar de reflexionar: “nuestra solidaridad nos ha desahuciado”.

martes, 16 de noviembre de 2021

Solo, ante la inmensidad

 Solo, ante la inmensidad, solo, ante un espacio poblado por gaviotas y olas zumbando ecos de otro tiempo.

Solo, ante un horizonte que te esperará con su sonrisa de poniente, mientras tu corazón esté siendo devorado por esas gaviotas que sobrevuelan el centro de la Tierra.

Puede que tus cenizas ya hayan sido arrojadas al mar, que no deja de aullar como un lobo hambriento en los montes de tu infancia. 

Solo, ante la inmensidad, quedarás extasiado con la brisa de poniente, dejándote arrullar por un tiempo de felicidad, que sólo puede ser aquí y ahora.

Solo, ante la inmensidad del mar, flotando entre las orillas, seguirás escuchando el latir de tu corazón aún después de ser devorado. 

Solo, ante la inmensidad, en medio de la nada, reirás con satisfacción porque estás a punto de sobrevolar el océano Atlántico, logrando cruzar el puente de la eternidad y un día. 

Ahora ya sólo eres ceniza arrojada al mar mientras las olas acarician los confines de la Tierra en este julio de 2021, que es tiempo de mareas y de océanos infinitos, donde todo es nada, y el vacío se abre de un modo inexplicable a la vida en plenitud. 


Ya nada será igual en este instante de salitre y puesta de sol, con la belleza asomando el rostro por las grietas de un Noroeste verde y azul marino, a la vez que tintado con el color cobrizo de un café que sabe a caricia interminable. 

Solo, ante la inmensidad, con el espíritu romántico de quien se adentrara en un cielo de cenizas, sin que nadie se acuerde ya de tu nombre, ni siquiera tú mismo, que te bifurcarás tal vez en un jardín de olivos y rosas rojas. 

Tu soledad es un horizonte con forma de vela y tu mundo son las gaviotas y tus cenizas, que siguen anidando en tu corazón, tu corazón de neón y espejismo. 

Te sientes contigo mismo. Sientes que hoy, más que ayer, regresarás a tu origen y tu fin, con las cenizas esparcidas en el mar Cantábrico.

Solo, ante la inmensidad del mar, quizá podrás seguir con tu navegación hacia otras dimensiones. Más allá del tiempo. Más acá de este espacio que te inunda con sus olas. 

Por un momento olvidaste que las gaviotas devoraron tu corazón y ya no queda ni rastro de tus cenizas.

En las salinas del Gualicho, por Natalia Franco

 En las salinas del Gualicho

La autora logra adentrarnos, a través de un viajero un tanto extraño, en un paisaje que podría ser como otra dimensión temporal. Y lo logra con una narrativa que mezcla con destreza una descripción cargada de sensorialidad. El final nos invita a la reflexión

(Manuel Cuenya, Taller de Relatos de la Universidad de León)

NATALIA FRANCO

Era mi primer viaje a las salinas de Gualicho. Había salido temprano desde Las Grutas al volante de un todoterreno, que había alquilado allí mismo. El hombre que me lo había alquilado me miró entre raro y sorprendido por mi acento. No acostumbraban a ver a muchos yankis en el pueblo. Me preguntó de dónde era. “De Connecticut”, le respondí. Él quiso saber si Connecticut estaba cerca de Nueva York. Tenía un primo que había emigrado a Nueva York antes de la guerra. Hacía tiempo que no tenía noticias de él. No sabía si aún vivía o había muerto. Poco a poco, sus cartas se habían ido espaciado hasta que dejó de recibirlas...

“Tenga cuidado con las salinas”, me advirtió, y antes de que me diera tiempo a responderle,  agregó: “No hay nadie por esos parajes. Nadie podrá auxiliarle si se accidenta”. Casi sin prestarle atención, le respondí: “Lo tendré en cuenta, amigo”... Y así, una preciosa mañana de primavera austral me dirigí al Gualicho. A medida que avanzaba con el jeep el paisaje se tornaba más desértico y lunar. De vez en cuando echaba un vistazo al cuentakilómetros, y calculaba lo que me restaba por recorrer. Cuando apenas faltaban cinco kilómetros para llegar pude divisar las dunas a lo lejos... Así que esas eran las famosas salinas, desde luego parecía que mis expectativas no iban a verse defraudadas. Según me iba acercando pude constatar que las salinas parecían una estepa de tierra árida y remota. Atrapadas entre montañas sinuosas, unas enormes lagunas de origen marino se habían evaporado a consecuencia de las altas temperaturas y habían dado origen a estas extensiones de sal de dimensiones impresionantes. Apagué el motor del todoterreno y caminé un buen rato con mi mochila a la espalda en medio del silencio más absoluto. Me subí a un peñasco y me senté a observar el paisaje. El sol estaba en su cénit. Saqué la cámara fotográfica del fondo de la mochila e hice varias tomas. En aquel momento sólo importábamos la naturaleza, que se me revelaba en un esplendor desconocido e inesperado, y yo mismo. No, no me hallaba entre la frondosa vegetación de una jungla tropical, tampoco entre la nieve y el hielo del Ártico, sino en la Patagonia Argentina. El paisaje de color blanco con matices grisáceos se perdía en el horizonte hasta donde mi vista llegaba, para fundirse con el cielo de un color azul purísimo. Saqué mi pipa y la llené de tabaco. La encendí y di varias bocanadas hondas. El sabor y el olor del tabaco conseguían enmascarar el extraño olor agrio que emanaba de las salinas y que casi podía mascarse. Sentí una emoción extraña que me embargaba. La grandiosa vastedad del espectáculo, que se extendía ante mis ojos, me hizo sentir de un modo que nunca antes había experimentado, me hizo sentir tan minúsculo e insignificante que, por un momento, llegué a creer que era un átomo más de sal, fundido en la masa que me circundaba. Sacudí esa idea de la cabeza, e intentando sobreponerme miré al cielo. El sol había descendido varios grados, y el calor comenzaba a ser asfixiante. Miré la esfera del reloj. Había pasado más de media hora mirando alrededor y al infinito. Nunca antes había percibido esa comunión tan íntima e inexplicable con el mundo que me rodeaba... Sentí que debía volver al coche 4x4 y conducir más y más adentro, conducir sin parar, sin detenerme ni un instante, conducir sin descanso para no volver jamás atrás, al punto de partida...