La Ribeira Sacra, territorio que se extiende por las riberas de los ríos Cabe, Sil y Miño, entre el sur de Lugo y el norte de Ourense, me hace soñar despierto.
Sus impresionantes cañones fluviales y sus viñedos heroicos, suspendidos en pendientes vertiginosas, han modelado una cultura vitivinícola singular amparada por una Denominación de Origen. Sus miradores ofrecen panorámicas de vértigo sobre un paisaje donde naturaleza y espiritualidad se funden. Los eremitas, como ocurriera en la Tebaida berciana, que es tierra hermana, buscaron estos parajes apartados y escarpados para la meditación y el retiro espiritual, construyendo iglesias y monasterios románicos escondidos entre bosques, testigos de siglos de vida contemplativa, como el imponente monasterio benedictino de Santo Estevo de Ribas del Sil, del siglo XII, situado precisamente en un entorno boscoso sobre el río Sil, que es ahora un Parador de Turismo.
Naturaleza y espiritualidad convergen en este espacio mítico. No es la primera vez que lo recorro, por lo que puedo dar cuenta de algunos de sus lugares más emblemáticos, como este singular monasterio, que no he visitado en esta ocasión, pero sí en otra, hace años. La verdad sea dicha, la Ribeira Sacra, como casi todo, amerita no de una sino de varias visitas. Recuerdo asimismo una de mis visitas a esta tierra con alojamiento en el balneario de Augas Santas, ubicado en Ferreira de Pantón.
Se sabe que los romanos ya cultivaban vid en esta tierra, pero fueron los monjes medievales quienes perfeccionaron las técnicas de cultivo en bancales, en laderas imposibles, que desafían la gravedad y producen vinos excepcionales, como las variedades de Mencía (tinto) y Godello (blanco), reconocidos internacionalmente. El vino de Ribeira Sacra constituye el alma de este territorio, al que he regresado recientemente.
Esta nueva visita me ha permitido, junto al alumnado del programa interuniversitario de la Experiencia del campus de Ponferrada, embarcarme en un catamarán por el río Sil y también subirme a un trenecito de color amarillo para recorrer la zona, convertida hoy en un destacado destino enoturístico, donde la visita a una bodega resulta casi obligada, porque son muchas las bodegas que ofrecen visitas guiadas con cata, no sin antes recorrer los viñedos en bancal.
Durante la visita nos muestran el proceso de elaboración y terminamos probando sus vinos acompañados de embutidos locales.
La guía del trenecito contaba que la Ribeira Sacra es candidata a Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Por su parte, el paseo en catamarán por los cañones del Sil es otra experiencia que nadie debería perderse, porque permite apreciar la magnitud de estos desfiladeros desde otra perspectiva.
| la guía del trenecito, con camiseta amarilla |
En esta ocasión la embarcación salía desde el embarcadero de Doade (Sober), epicentro de la viticultura heroica, donde puede visitarse la famosa bodega Regina Viarum, que era asimismo el lugar previsto para comer.
Durante aproximadamente una hora navegamos entre paredes de roca tapizadas de vegetación, viñedos imposibles y frondosos bosques de ribera, acompañados por un guía de excepción. He de confesar que este paseo en catamarán por el Sil, al hilo de las explicaciones del guía y de la corriente de la historia, me permitió adentrarme en un paisaje de recogimiento casi místico.
| Alfonso, el guía del catamarán conversando con Encarnita |
Cabe recordar que el río Sil, que nace en La Cueta (Babia), discurre por la provincia de León y serpentea entre las provincias gallegas de Lugo y Ourense. A un lado, los bosques húmedos y sombríos; al otro, las laderas soleadas donde crecen las viñas en pendientes vertiginosas, donde el río y la vid parecen compartir un mismo destino. El guía de a bordo, Alfonso, dueño de un verbo fluido e hipnótico, iba desgranando, como un libro vivo, historias y anécdotas acerca de este territorio mientras la embarcación avanzaba despacio. Ello me permitió recrearme en este paisaje de agua, bosques y viñas suspendido entre la tierra y el cielo en un día soleado, que fue sin duda una bendición, porque el rumor del agua y el aire húmedo de la ribera acabaron por envolverme en una suerte de ensimismamiento.
| El Escorial gallego |
Tras abandonar los cañones del Sil, el viaje nos condujo hasta Monforte de Lemos, considerada la capital histórica de la Ribeira Sacra, donde pudimos dar un garbeo bajo un sol de justicia por su centro histórico, no sin antes echar un vistazo al colegio de los Escolapios, apodado el "Escorial gallego" por sus líneas herrerianas y considerado uno de los grandes símbolos monfortinos y una joya arquitectónica del siglo XVI.
Monforte -nombre que siempre me ha gustado- se asienta en un valle fértil entre los ríos Miño y Sil, lo que hace que a menudo este entorno esté cubierto por una densa niebla. El río Cabe, afluente del Sil, también surca el valle de Lemos y la zona de viñedos de Amandi, donde pueden apreciarse paisajes de gran belleza y biodiversidad.
| Torre del homenaje |
Me despido de Monforte con morriña, ese sentimiento tan galaico y tan berciano que convierte cada despedida en una promesa de regreso. Porque hay lugares que uno abandona físicamente, pero que continúan acompañándolo mucho después de la partida.
Antes de marcharme, me viene a la memoria una historia que alguna vez ya he contado. Mi padre decía que un vecino del llamado útero de Gistredo solía viajar en bicicleta hasta Monforte de Lemos en tiempos de Maricastaña. No sé cuánto había de realidad y cuánto de leyenda en aquella historia, pero cada vez que regreso a estas tierras vuelvo a escucharla como si me la estuviera contando de nuevo.

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