Ayer martes veíamos, en cines La Dehesa de Ponferrada, Maspalomas (2025), una película escrita por el cineasta vasco José Mari Goenaga y codirigida junto a Aitor Arregi, que parte de una realidad dolorosa y escasamente representada en el cine: la de un hombre homosexual de 76 años que, después de haber vivido durante décadas con libertad su identidad sexual, se ve obligado a ocultarla al ingresar en una residencia de ancianos.
La estructura dramática de la película se articula en torno a dos momentos contrapuestos. En la primera parte, Vicente disfruta de la libertad que encuentra en Maspalomas, en el sur de Gran Canaria https://cuenya.blogspot.com/2024/07/una-isla-cautivadora-gran-canaria.html, un espacio donde puede ser plenamente él mismo. Tras sufrir un ictus que lo deja gravemente afectado, regresa a San Sebastián, la ciudad que abandonó años atrás, e ingresa en una residencia. Allí deberá enfrentarse no sólo a las secuelas físicas de la enfermedad, sino también al temor de perder la identidad que tanto le costó construir. La película culmina con un proceso de reconciliación con su hija Nerea (interpretada por la actriz vasca Nagore Aranburu), con su pasado y consigo mismo. Y cierra con un aliento de esperanza, regresando al punto de partida. El último plano se me hace de una gran belleza al ritmo de La stagione dell'amore, del gurú Franco Battiato. Este último plano, al regresar simbólicamente al punto de partida, transmite una sensación de libertad recuperada y de reconciliación consigo mismo.
La película plantea, en el contexto del comienzo de la pandemia coronavírica en 2020, una reflexión más o menos crítica sobre las residencias de ancianos (digo más o menos porque trata el tema con elegancia), instituciones que con frecuencia tienden a diluir la individualidad de quienes las habitan y que, en muchos casos, invisibilizan tanto la diversidad sexual como la propia sexualidad de las personas mayores. Resulta chocante, simpático también, el momento (en realidad en dos ocasiones) que una mujer y un hombre internos intentan satisfacer sus deseos sexuales delante de todo el mundo en la residencia. Más allá de la comicidad o la ternura que puedan despertar estos residentes, sirve para recordar algo que la sociedad suele ignorar, que las personas de edad avanzada siguen teniendo deseos, afectos y necesidades emocionales y sexuales.
Vicente está interpretado de manera extraordinaria por José Ramón Soroiz, galardonado con la Concha de Plata en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián y con el Goya al mejor actor protagonista. Su personaje es un hombre que ha encontrado en Maspalomas un espacio de libertad, deseo y plenitud vital. Sin embargo, el ictus lo obliga a regresar a un entorno del que había huido décadas atrás.
| Maspalomas. Foto: Cuenya |
El reencuentro con su hija Nerea, interpretada con enorme sensibilidad por Nagore Aranburu, constituye uno de los núcleos emocionales de la película. La relación entre ambos quedó marcada por la ruptura que provocó la confesión de la homosexualidad de Vicente en un contexto profundamente conservador. A partir de ese reencuentro, la película explora las heridas del pasado y las dificultades de reconstruir los vínculos familiares.
Maspalomas comparte ciertos elementos temáticos con La trinchera infinita, también codirigida por Goenaga y Arregi. Ambas obras abordan distintas formas de encierro, en la primera, el confinamiento físico derivado de la Guerra Civil; en la segunda, un confinamiento psicológico y emocional que obliga al protagonista a esconder nuevamente quién es.
La dirección apuesta por un estilo sobrio y humanista, centrado en los personajes y sus conflictos emocionales. Los silencios, las miradas y los pequeños gestos cotidianos adquieren una importancia fundamental, sobre todo en la figura de Vicente. La cámara acompaña a los personajes mediante encuadres estables, movimientos discretos y una observación cercana de los rostros, construyendo un relato de gran intimidad emocional.
Las interpretaciones constituyen uno de los mayores logros de esta película, que está narrada fundamentalmente desde el punto de vista de Vicente, el cual aparece en casi todas las escenas y atraviesa un amplio arco emocional, de la libertad y el deseo a la enfermedad, la vergüenza, la dependencia y la reconciliación. Soroiz compone un personaje complejo, vulnerable y contradictorio, cuya lucha interior se convierte en el eje de toda la narración.
Por su parte, Nagore Aranburu ofrece un retrato lleno de matices de una hija herida por el pasado, capaz de expresar simultáneamente enfado, afecto y necesidad de reconciliación. Muchas de las escenas más intensas de la película surgen precisamente de la interacción contenida entre ambos intérpretes. Cabe recordar que la portentosa actriz Nagore Aranburu también sobresale en la miniserie de televisión Querer y en la película Los domingos (Goya a la mejor actriz de reparto), ambas dirigidas por la excelente Alauda Ruiz de Azúa. https://cuenya.blogspot.com/2026/03/los-domingos-de-ruiz-de-azua-en-cines.html
Asimismo, el actor vasco Kandido Uranga, en el papel de Xanti y compañero de habitación de Vicente en la residencia, compone un personaje vitalista, extravertido y profundamente humano, que aporta calidez y una forma distinta de afrontar la vejez. Frente a la tendencia de Vicente al aislamiento, Xanti encarna la sociabilidad, el humor y la capacidad de establecer vínculos dentro de la residencia. La amistad fraternal que surge entre ambos constituye uno de los grandes aciertos emocionales de la película.
Otro personaje destacable, interpretado por el actor vasco Kepa Errasti, es Iñaki, el auxiliar o enfermero de la residencia que cuida a Vicente. Más que un simple cuidador, Iñaki influye directamente en la evolución emocional de Vicente, porque lo ayuda a cuestionar sus propios prejuicios, le ofrece apoyo emocional y contribuye a que reflexione sobre si merece la pena seguir escondiendo su homosexualidad en la última etapa de su vida. La presencia cercana, empática y abierta de Iñaki también aporta calidez y esperanza. Dentro de la historia funciona como un contrapunto al miedo y la represión que siente Vicente al volver a ocultar su homosexualidad. Mientras Vicente se encierra en sí mismo, Iñaki representa la posibilidad de vivir con autenticidad y naturalidad.
Entre los personajes secundarios también destacaría a Ramón, interpretado por el actor vasco Zorion Eguileor (conocido por series como Cuéntame cómo pasó y La que se avecina), que se me antoja significativo en la trama como amigo de Vicente en Maspalomas, así como la psicóloga de la residencia (encarnada por la actriz vasca Miren Gaztañaga), quien, aunque aparece en un par de ocasiones, creo recordar, cumple una función importante. Actúa con empatía, realismo y reflexión acerca de la homosexualidad de Vicente, que él mismo le confiesa. La psicóloga, como mediadora y representante de la residencia, nos invita a reflexionar acerca de cómo la libertad personal también se enfrenta a los límites sociales y a las dinámicas propias de la residencia. La libertad, en todo caso, está condicionada por el entorno en que vivimos.
El diseño de producción, a cargo de Mikel Serrano, construye visualmente dos mundos contrapuestos. La primera parte, ambientada en Maspalomas, se caracteriza por una luz natural intensa, tonos cálidos y espacios abiertos: playas, dunas, terrazas y piscinas que evocan libertad, deseo y plenitud. Tras el ictus, la película se traslada a San Sebastián y a la residencia, donde predominan los interiores cerrados, pasillos largos, habitaciones pequeñas y una paleta de colores fríos y neutros. La residencia simboliza la uniformización y la pérdida de individualidad. Sin embargo, se evita convertir esta oposición en una caricatura y se muestran matices en ambos mundos. La película consigue que la oposición entre ambos espacios no sea una simple confrontación entre libertad y encierro, sino una reflexión más compleja sobre cómo la identidad personal depende también de los lugares, las miradas y las relaciones que nos rodean. En ese sentido, Maspalomas habla tanto de la homosexualidad y la vejez como de la necesidad universal de ser reconocido y aceptado tal como uno es.
La fotografía de Javier Agirre Erauso refuerza esta oposición visual. La luminosidad de Maspalomas contrasta con una atmósfera más fría de la residencia, traduciendo en imágenes el conflicto interior de Vicente. De este modo, la tensión entre libertad y ocultamiento se convierte también en una tensión visual.
La banda sonora está compuesta por Aránzazu Calleja. Durante la primera media hora asistimos a música diegética, ambiental, que nos ubica en un espacio realista. Y a partir de ese momento interviene la compositora, que nos traslada con su música a un espacio emocional. La música acompaña el estado interior de Vicente, que está ligada a sus emociones, como si se tratara de una voz interior que acompaña el conflicto del protagonista entre mostrarse como es o volver a ocultarse. También en la banda sonora, al igual que ocurre con la fotografía, se percibe un contraste entre dos mundos, el de Maspalomas, con la música de los locales y de los ambientes, frente a la residencia, donde la música nos muestra la desubicación de Vicente, incluso amplifica su desconcierto vital. Además, la película termina con la canción La stagione dell'amore, de gurú Franco Battiato, por cuya música siento devoción. https://cuenya.blogspot.com/2011/09/battiato-guru-de-la-musica.html Una canción que fue elegida por Maialen Sarasua, la montadora de la película, aunque a la compositora de la banda sonora también le pareció significativa para el cierre de la historia porque aporta un tono emotivo y reflexivo. Y es que, más allá de una decisión técnica, esta canción encaja con la temática fílmica."La stagione dell'amore viene e va,/ I desideri non invecchiano quasi mai con l'età./ Se penso a come ho speso male il mio tempo/ Che non tornerà, non ritornerà più/ La stagione dell'amore viene e va,/ All'improvviso senza accorgerti, la vivrai, ti sorprenderà...".
("La estación del amor viene y va/ Los deseos casi nunca envejecen con la edad/ Si pienso en cómo pasé mi tiempo mal/ No volverá, no volverá/ La estación del amor viene y va/ De repente, sin darse cuenta, lo vivirás, te sorprenderá").
Visualmente atractiva y emocionalmente conmovedora, Maspalomas es una película necesaria porque nos ayuda a reflexionar sobre la identidad, la vejez, la enfermedad, la dependencia y la libertad como uno de los bienes más valiosos del ser humano. Más allá de la historia particular de Vicente, la película nos recuerda que la dignidad y el derecho a ser uno mismo no deberían desaparecer con la edad ni quedar condicionados por la enfermedad, porque, cuando una persona se ve obligada a ocultar quién es, pierde una parte esencial de su propia existencia.
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