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lunes, 11 de octubre de 2021

Viaje al País Vasco desde las entrañas

A principios de agosto de este mismo año me pareció que la costa vasca podía ser un buen recorrido. Y así resultó, como estaba previsto, aunque después de este viaje a buen seguro se producirían algunos cambios, que en el momento actual existen.

Faro de Matxitxako
La vida misma, que es acaso un viaje hacia ninguna parte, te depara sorpresas de todo tipo. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios. Y esas sorpresas -que uno no se esperaba, o sí, visto lo visto-, te han dejado estremecido. Pues justo antes del trayecto sucedió algo que estuvo a punto de truncar el viaje.  
En el fondo, sabía que éste sería el último y definitivo recorrido largo con la compañera de viaje. Hay crónicas anunciadas. Y esta parecía cantada. Aunque uno quisiera hacerse el mensito, no deseando ver lo que se imponía como una apisonadora. Tal vez uno se configuró una imagen que no se correspondía en absoluto con la realidad, porque a lo largo de este último periodo he logrado bucear en las profundidades del consciente y aun del subconsciente -a uno que tanto le gusta el psicoanálisis y el surrealismo- y por fortuna me he dado cuenta de cosas que, aunque sí las percibía, las intuía, las suponía, ahora las veo -incluso las he descubierto-, con claridad meridiana. He comprendido la verdadera dimensión del asunto. En todo caso, soy consciente de que puse todo mi cariño, mi amor, mi espíritu, mi corazón, y por supuesto todo mi apoyo, incluso en los momentos más duros de la pandemia. Y eso resulta demoledor si al final uno no es correspondido, incluso uno recibe una estocada. Amar y ser amado, es lo mejor que pude ocurrirte. 
Costa vasca
Ahora siento que he despejado dudas, he aclarado entuertos, lo que procura sosiego, esa templanza estoica que uno requiere para analizar en detalle lo que está ocurriendo. 
Analizado, incluso psicoanalizado todo o casi todo, que siempre se escapan menudencias, la conclusión es que las cosas suceden aunque no obedezcan a una lógica, incluso rayen en el sinsentido. Pero la vida tiene mucho de absurdo. Y cada cual está en su fantasía, en su ombligo, en su burbuja, y tampoco tenemos ninguna gana de ponernos en el lugar del otro, pero si lo analizamos en profundidad todas las piezas acaban encajando en el rompecabezas, porque la realidad, se quiera o no, siempre supera cualquier ficción. En todo caso, pulverizar todo de un plumazo no es lo más conveniente. Y hay quienes optan por machacar las cosas buenas. Pero lo importante es darse cuenta de quién es uno y quién es el otro, porque las apariencias no sólo ocultan sino que también desvelan esencias. Y llegar a las esencias, al meollo del cogollo, a veces lleva su tiempo. Sea como fuere, los indicios estaban sembrados por doquier. Pero uno no siempre quiso ver la realidad. Preferí acaso taparla, o bien pasarla por alto. Y pasarla por alto, siendo consciente de lo que se escondía, no es saludable. Antes, conviene actuar, decir lo que uno sabe y siente, expresarlo con firmeza. Eso sí, cuando uno acaba descubriendo la realidad, esa que se impone como un vendaval, es entonces cuando uno se queda flipando o alucinando en colorines, quedándome con un sabor a luna de hiel. Pero deseo, con toda mi alma, quedarme sólo con los hermosos momentos y aparcar sobre todo los últimos días antes del corte definitivo, porque tuve la impresión de vivir una pesadilla, que no voy a relatar aquí. Ni eso ni tantas cosas. En ese momento, aún reciente, aunque fuera a principios de septiembre, me hallaba en la costa cántabra mientras procuraba buscar la paz interior en una abadía cisterciense. Ahí entendí la verdadera dimensión del tema, percibiendo un rostro que nunca antes había visto, lo que me sobrecogió.

Ahora, que ya he comenzado una nueva etapa, me sobrepondré y gozaré de aquella libertad que siempre tuve. Sin ataduras. Sin compromisos. Más que los estrictamente necesarios. Pues siempre he podido moverme solito por el mundo adelante. Así que a partir de ahora podré volar tan alto como desee. Con la imaginación y también con el cuerpo-espíritu. 

La vida es como es y uno ha de aceptarla, incluso con la mejor de las sonrisas. Sonreírle al cielo, al universo, nada más levantarse de la cama, como me recuerda la amiga Olga, es tal vez el mejor modo de encarar esta vida que nos ha tocado, que en verdad es un milagro. Cada día es un regalo. Por eso debemos vivir cada instante con intensidad, con buen humor, aunque uno haya sentido escalofríos emocionales. 

Fuerte de Socoa al fondo

He tomado al menos  cierta distancia para poder escribir acerca de este viaje, que por lo demás fue placentero, instructivo, con muchas sensaciones y emociones y también con muchos e interesantes sitios que ver y descubrir. No en vano, el País Vasco es un lugar familiar, pues allí vivieron mis hermanas mayores, Merce y Mari, y allí siguen viviendo grandes amigos como Javi y Ana, José y Pili, Juan Carlos, o el propio José Manuel, entrañable amigo que me ofreció (nos ofreció al viajero y la viajera) su hospitalidad, su casa en Irún. Y fue él mismo quien nos sugirió que nos adentráramos en la France, en la costa francesa, en la corniche, comenzando con el fuerte de Socoa en Ciboure y siguiendo en dirección a San Juan de Luz, Biarritz y Baiona, ciudad esta última que me sorprendió por su luz y su belleza, con su ciudadela.

Biarritz

El propio José Manuel (una vez más, vaya mi agradecimiento para él) ejerció como un magnífico cicerone, mostrando lugares tan pintorescos como la ciudad amurallada de Hondarribia (próxima a la frontera francesa), un genuino museo al aire libre, con calles empinadas repletas de historia y monumentalidad, con sus casas blasonadas y la puerta de Santa María, donde tomamos algunas foticas.

Hondarribia

12 de agosto 

Entre dos países contemplo el mundo con la sensación de volar. El vuelo como sueño y fantasía. El mar, siempre el mar, como un imán.

 

Desde Jaizkibel
Desde Hondarribia se divisa Hendaya, ciudad en la que tantas veces he estado en mis viajes al país galo, pues, tanto en mi etapa como Erasmus o becario Leonardo Da Vinci y aun como lector de español, viajaba mucho al país vecino, en concreto a la ciudad de Dijon (donde moré desde finales del 91 hasta finales del 93, creo recordar), que es uno de los escenarios de Trópico de cáncer de Henry Miller, donde este colosal escritor también estuvo como lector, en este caso de inglés en el Lycée Carnot. Y por supuesto durante mi etapa como cast member del reino Disney viajaba a París y Chessy Marne La Vallée. Qué tiempos aquellos.  
Pasajes San Juan

También José Manuel nos enseñó lugares tan bellos como el santuario de Guadalupe y el monte de Jaizkibel, al oeste de la desembocadura del río Bidasoa, con panorámicas ensoñadoras a Hondarribia, Irún, Lezo (de ahí era el almirante Blas, que novela el escritor José Vicente Pascual: https://www.ileon.com/cultura/052057/jose-vicente-pascual-un-poeta-un-novelista-un-escritor-es-una-isla-en-un-archipielago) o Pasajes (Pasaia): Pasajes San Pedro, o Pasajes San Juan, con sus coloridas casas, con su puerto, que cautivara al escritor Víctor Hugo, sintiendo que había descubierto un pequeño edén resplandeciente, al que llegó por azar (ay, el azar, qué importante es también en nuestras vidas). Cabe recordar que en una casa típica marinera del siglo XVII de Pasajes San Juan llegó a hospedarse el autor de Los miserables.

Bárcena Mayor

Me despido con morriña de José Manuel porque es un gran amigo y sé que tardaré en volver a verlo. Y el viaje está llegando a su fin. Bueno, aunque queda Bárcena Mayor, ya en Cantabria, como parada para visitar y pernoctar antes de emprender ruta hacia la ciudad de León como final de trayecto. En realidad, todo hay que decirlo, desde León el viaje continúa, después de otra parada de algunas horas, hasta el útero de Gistredo, pues toca Encuentro literario (hablo, cómo no, del 14 de agosto del año en curso).

Llegados a este punto, da la impresión, ¿verdad?, de que el viaje hubiera terminado aun antes de darle comienzo. Por tanto, saltaré hacia atrás, haré un flashback, que dicen los anglosajones, una analepsis, para empezar por donde es necesario, aunque el final ya esté anunciado. Como en tantas grandes obras literarias. 

Viajar, en todo caso, es una excelente forma de conocer lugares y gentes pero también un modo estupendo de conocerse a uno más y mejor. Y por ende conocer al otro. Una auténtica escuela de aprendizaje, que debería formar parte de las asignaturas obligatorias de cualquier programa educativo/formativo.

Aguilar de Campoo

Desde León la ruta discurre por la meseta hasta alcanzar Aguilar de Campoo, una villa realenga situada en la montaña palentina, con el apetitoso aroma a galletas recién horneadas. Tanto es así que el viajero compra un lote de galletas riquísimas. Los panes y los peces. Es un decir. Pues digamos... 

Tras un paseo por el conjunto histórico artístico, uno se da cuenta de su riqueza patrimonial: sus murallas, su castillo, su plaza mayor, etc. Un sitio apacible donde el viajero se siente a gusto. Sin embargo, la tarde comienza a echarse encima. Y la previsión de llegar a Castro Urdiales convendría cumplirla, sobre todo porque mi sobrino Luis y su mujer Mónica (Moni) estarán encantados de recibirnos con los brazos abiertos. Algo que no tardamos en comprobar.

Castro Urdiales
Pues la llegada a Castro, ya con la noche encima, es estupenda, gracias por supuesto a la generosidad de mis familiares, que nos ofrecen su casa y su cariño, lo que agradezco mucho. Incluso nos da tiempo a degustar unas suculentas tapas de pulpo y aun otros manjares al amor de un Txakoli, que Castro, aun siendo Cantabria, ya muestra aires vascos, pues son muchos los vascos que gustan de darse un garbeo por esta tierra, por esta belleza marina.
El Pedregal-Castro

Una vez más, la compañía de Luis y Moni me entusiasma (ahí quedan para el recuerdo algunas foticas), lo que hace aún más agradable el paseo por la ciudad, visitando lugares como el Pedregal, que es una playa-piscina natural, o bien la playa artificial Ostende, que tiene forma de concha (por cierto, no dejo de pensar en mi visita a la Ostende belga). Una delicia darse un paseo por la orilla del mar. Y acercarse al faro, al castillo. Captar la luz pictórica de la ciudad, quedarse embobado viendo batir las olas. Y también comer unas sardinas y un sabroso cogote de bonito a la parrilla al lado del puerto.
Playa Ostende-Castro
Toda una experiencia gastronómica. Comida rica y abundante. Nada de fruslerías.

7 de agosto

La belleza pictórica de Castro bajo una luz marina comestible.

Una vez más, me despido de mis sobrinos con morriña, aunque sé que pronto volveré a verlos (algo que ocurre a finales de agosto).

Costa de Castro

Y me encamino (nos encaminamos, porque, como ya había señalado, existe una viajera) hacia Barrika, ya en el País Vasco. La ruta por la costa es realmente muy bonita.

De Barrika nos habla Moni y también mi amigo Jose, que conoce bien esta tierra, habida cuenta de que vive en la misma desde hace añares, aunque él siempre ha sentido y siente devoción por Noceda del Bierzo, de donde son originarios sus padres (él mismo también se siente nocedense, gentilicio que uno ha tenido a bien inventar).

Barrika

Barrika mira de frente, con ojos transparentes, a unos acantilados y playas que quitan el hipo. La belleza te entra por los poros y te deja extasiado. De repente, al viajero se le ocurre que las costas, aunque cada cual tenga su singularidad, son universales, como las emociones básicas del ser humano. Y los acantilados y playas que asoman a la vista entrañan una belleza universal. Desayunar mirando al mar es otra experiencia cuasi mística.

El viaje prosigue en dirección a la capital vizcaína, donde viviera mi hermana mayor durante varios años, y adonde uno iba con frecuencia en sus tiempos mozos de universitario en la ciudad de Oviedo.

Puente colgante

Bilbao es tierra familiar y querida porque allí se encontraban (y siguen encontrándose) algunos de mis afectos, de mis buenas amistades. Y sobre esta capital he escrito en alguna ocasión: https://cuenya.blogspot.com/2012/12/bilbao-despues-de-tantos-anos.html

Puerto Viejo de Algorta

Así que en este viaje entramos por Santurce, luego Portugalete, para terminar cruzando Sestao (donde viven los amigos Javi y Ana, si bien en este periodo de agosto ellos disfrutan de sus vacaciones en el útero de Gistredo) en dirección a Getxo. Al fondo se alza el Puente Colgante de Bizkaia (Vizcaya), que es Patrimonio de la Humanidad y une Getxo con Portugalete. Recuerdo en alguna ocasión, hace años, haber asistido con mi amigo Jose a algún concierto en alguna playa de Getxo.

En esta ocasión, merece la pena la visita del Puerto Viejo de Algorta, donde nunca antes había estado. Es una recomendación del amigo Javi, si mal no recuerdo. Callejear por este Puerto Viejo, con su colorido encantado, es toda una gozada. Un chute para los sentidos. Si uno no va a tiro fijo, creo que podría pasar desapercibido este remanso de paz, porque desde la distancia no parece lo que realmente esconde en sus entrañas. De hecho, damos algunas vueltas en balde antes de dar con el sitio.

Plentzia

Próximo a Getxo está Sopelana, donde recuerdo haber ido en varias ocasiones a la playa con mi hermana. Sin embargo, esta vez decidimos poner rumbo a Plentzia, situada en la ría del mismo nombre, que sorprende por su monumental casco histórico de origen medieval. Una villa que aún conserva una parte de su muralla, con callejuelas estrechas por las que no entra ni un vehículo, con casonas y casas coloridas de pescadores. Llama la atención su Puente Nuevo. Realmente, merece la pena darse una vuelta desde Plentzia hasta Gorliz a lo largo del paseo marítimo, visitando sus playas, que lucen radiantes.

Plentzia

Sorprende toparse, en la ruta por el litoral vasco, con la central nuclear de Lemóniz, que al parecer no llegó a ponerse en funcionamiento y de la que me había hablado mi amigo Jose, y a los pocos kilómetros encontrarme con una tranquila localidad llamada Arminza o Armintza. Un sitio extraordinario para darse un chapuzón de alegría. Con el olor a salitre penetrando en el alma.

8 de agosto

Con el olor intenso a alga, y un sonido pedregoso, Armintza te recibe con luminosidad.

Arminza o Armintza

La ruta continúa por San Juan de Gaztelugatxe, sitio emblemático, con su ermita-santuario, un espacio mágico y cinematográfico unido a la costa a través de un puente. Atestado de turistas en verano, al que en esta ocasión no es posible acceder por el derrumbamiento del puente. O algo tal que así. Además, para visitar este lugar es necesario obtener billete a través de Internet, haciendo las gestiones pertinentes, previa reserva, o sea, un rollazo.

San Juan de Gaztelugatxe
Recuerdo haber visitado este sitio en compañía de los amigos Javi y Jose hace años, en una de mis visitas a Bilbao para presentar alguno de mis últimos libros. Y me pareció hechizante bajo una luz otoñal, sin turistas, como si estuviéramos en un escenario romántico, como de otra época. Como si estuviéramos metidos de lleno en el cuadro de Caspar Friedrich, ese que lleva por título Caminante sobre un mar de nubes.

En esta visita luce un sol espléndido pero no es posible treparse al islote que semeja un castillo en el mar llamado Gaztelugatxe. Y uno ha de conformarse con una panorámica, con algunas instantáneas fotográficas. Eso sí, lo que resulta harto placentero es la terraza del Gaztelu Begi desde la que es posible contemplar el mar mientras uno se toma un agua con gas o una cerveza, ya no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que hacía mucho calor.

Matxitxako
9 de agosto

El éxtasis logrado a través de la contemplación de un horizonte curvado en el que asoma un espejismo desértico con sus oasis. La caída del sol en Matxitxako es un espectáculo sensorial.

A unos pocos kilómetros se halla el cabo de Matxitxako (un nombrecito con mucha sonoridad a gastronomía vasca), que Moni nos había recomendado encarecidamente. Desde allí tendréis un atardecer increíble, llegó a decirnos. Pues para allá que nos vamos raudos y veloces. A conquistar una puesta de sol marina. Y a visitar sus faros. Un picoteo, con cerveza incluida, se me antoja estupendo mientras el sol comienza a caer. Y el mar me arrulla. No obstante, una conversación con la viajera me vuelve a sacar de mi arrobamiento y me hace tomar conciencia de una realidad que parecía imponerse ya antes de comenzar este viaje, lo que me deja desconcertado, una vez más, pues ahí pude intuir cosas que luego, con el transcurrir de los días, se cumplirían. Te sentiste decepcionado. Incluso lo verbalizaste, con lo cual tú mismo deberías haber tomado las riendas. Pero preferiste dejarlo y dejarte a la intemperie, a sabiendas, porque lo veías venir, de que acabarías sufriendo las consecuencias. Ahora ya es tarde para lamentarse. Tendrías que haber cortado hace ya tiempo, tal vez a partir del primer año de relación, al enterarte de cosas un tanto desagradables.  

Puerto de Bermeo

Ya está anocheciendo y el puerto viejo de Bermeo te espera con sus casas coloridas. Un buen lugar para tomarse una tapa, que la gastronomía vasca es deliciosa. Y dar una vuelta por su casco histórico.

La primera idea de quedarse a dormir en Bermeo creo que hubiera sido la acertada pero al final decidimos irnos hasta Mundaka, que es otro pueblo marinero, conocido por los amantes del surf. No obstante, Mundaka no llega a engancharme. Quizá eso dependa del estado anímico. O bien de que tengo la impresión de que no es un sitio que ofrezca mucha seguridad, tal vez porque algún tipo anda merodeando como si quisiera ladronearnos. 

Mundaka
¿Será paranoia o realidad? Es temprano. Hemos pernoctado al lado de un cementerio (cuánto romanticismo), algo que descubro con el alba, y el lugar elegido no da como buenas vibraciones. No las da. Todo sea dicho. Esta es la impresión. Así que habrá que volver en algún otro viaje. Quién sabe. Dicho lo cual, la gente que uno se va topando a lo largo del viaje se muestra amable por lo general. Conviene decirlo. Por tanto, Mundaka, aunque no acaba de dejar buen sabor de boca, no significa que en otro momento pudiera resultar un sitio fantástico para visitar. Y aun quedarse un tiempo. Es probable, como suele ser habitual, que en una próxima visita, si la hubiere, todo fuera diferente. Así pues que nadie se quede con esta impresión. 

El viaje prosigue por la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, un espacio natural de gran valor, con sus aves y sus playas salvajes, y también con sus marismas. Todo un disfrute para los sentidos.

Marismas

Guernica, que está enmarcada en el área natural de Urdaibai, amerita de una visita, pues es bien conocida por el brutal bombardeo que sufriera durante la Guerra Incivil, lo que sería motivo de inspiración para que el genio Picasso compusiera su famoso cuadro, que tuve la ocasión de ver por primera vez, siendo un adolescente, en el casón del Buen Retiro de Madrid. Allá por los años 80.

Árbol de Guernica

Guernica es conocida también por su roble. Pero al viajero lo que le sorprende es el museo Euskal Herria en el que existe una exposición sobre el escritor Hemingway, habida cuenta de que el autor de París era una fiesta sentía devoción por la cultura, la lengua y la gastronomía vasca. En verdad, Hemingway era un tipo curioso, que tuvo devoción no sólo por España, sino por Cuba y aun por Italia (como dejara por escrito en mi visita a la localidad de Bassano del Grappa, donde también estuviera el creador de El viejo y el mar): https://cuenya.blogspot.com/2019/07/de-las-dolomitas-del-friuli-bassano-del.html  

Existe un lugar llamado Elanchove que uno desea visitar. Se trata de un singular pueblo pesquero, de calles estrechas y empinadas, con sus casitas de cuento de colores, como una escalera, en este caso que no conduce al cielo sino a la orilla del mar. 

Elanchove

Un pueblo que había visitado, también de la mano del amigo Jose, hace muchos años, si bien lo recordaba casi casi como tal. Llama poderosamente la atención una plataforma giratoria a la entrada del pueblo para grandes vehículos como autobuses y otros. Elanchove, en esta ocasión, sí produjo muy buenas vibraciones. Y hasta se generó un éxtasis contemplativo desde la terraza de un bar, al amor de un café con hielo. Un instante inolvidable de belleza, también marina, que ya no habrá ocasión de repetir con la misma compañía.

Elanchove

Elanchove me hace recordar, cómo no, a la población de Cudillero en las Asturies de los míos amores.

Se percata uno de que el País Vasco es una autonomía desarrollada en lo económico, también en lo referente al bienestar social, entre otras razones porque los autobuses urbanos llegan hasta aldeas perdidas en los montes y caseríos. Y eso facilita que una parte de la población sí pueda vivir confortablemente en el ámbito rural, algo que no ocurre en absoluto en nuestro Bierzo, ni tampoco en el resto de León ni de Castilla, donde los pueblos, incluso no tan remotos, están dejados de la mano de las administraciones. Y sabido es que las grandes ciudades del mundo son eso mismo, entre otras cosas porque cuentan con las mejores comunicaciones tanto por tierra, mar como por aire. Véase por ejemplo Londres, que goza de hasta seis aeropuertos.

Lekeitio
El siguiente destino, eso creo recordar, fue Lekeitio, localidad costera conocida en tiempos por la fiesta de los gansos, que, en mi opinión, es una salvajada. Como tantas otras tradiciones españolas, en las que no voy a entrar ahora mismo.

Leikeito es una villa marinera con encanto. O eso me pareció. Con un casco antiguo empedrado, medieval. Con sus casonas blasonadas y sus casas de pescadores. Con su iglesia gótica, que semeja una catedral. Y su faro. Un paseo por esta ciudad te permite adentrarte en los entresijos de su vida, por lo demás animada. Se nota que la gente vive bien. Y los niños juegan felices en la calle. En un momento determinado, mientras paseamos por sus calles, un hombre suelta: “Ahí va la hostia”, a lo que la viajera responde: “Anda, pensaba que esto sólo se decía en el cine”. 

Ondarroa

Próxima a Lekeitio se encuentra Ondarroa, población surcada por el río Artibai, con mucho encanto, que cuenta con una industria conservera extraordinaria, algo que conoce bien la viajera. Llama la atención tanto su puente viejo de piedra como el de Calatrava, así como su puerto. Y también la iglesia de Santa María, que es como una fortaleza construida sobre una roca. Se respira tranquilidad y buen rollo en este pueblo, que además te ofrece una gastronomía exquisita. Como todo el País Vasco. A precios asequibles. Aunque uno tenga la idea de que es un sitio caro. Bueno, en San Sebastián se pasan un mucho con los precios. 

La gente en Ondarroa se muestra servicial y amable. Y hasta muy cercana. Esa es la impresión. Inolvidable el gesto de hospitalidad del tipo del campo de fútbol. Y también del señor que, hablando en euskera con otro, se dirige con proverbial amabilidad a los viajeros. 

Deva

Deva está cerca de Ondarroa y el viajero desea visitar esta playa, a la que iba siendo un niño con su hermana Mari y su cuñado Benjamín. Me da un vuelco al corazón cuando pongo los pies en la playa de Deva. Cuántos recuerdos. Entonces, ellos vivían en Eibar, que es un pueblo, en mi opinión, con poco encanto pero donde estuve en diversas ocasiones. Y para mí era como mi casa. Porque las casas están donde permanecen los afectos. 

Getaria
Deva ya pertenece a Guipúzcoa.  Aunque la costa sigue siendo la misma o parecida. No existe diferencia entre una y otra. O esa es al menos la impresión del viajero. Continuamos bordeando la costa vasca hasta llegar a Getaria, que es otro pueblo medieval con una gran belleza. Y la tierra de Elcano, el primer español en dar la vuelta al mundo. Getaria es conocida asimismo por su txakoli. Son tantas las impresiones y estimulaciones que uno acaba con el síndrome de Stendhal. Ante tanta belleza y tanto goce uno acaba desmayándose. Será el calor, que atiza con dureza. 

Getaria está a un paso de Zarautz, villa señorial que tanto le entusiasma a mi madre, la cual siempre recuerda este sitio como  muy bello, al que iban a veranear los burgueses, nobles y grandes del Reino de España. Su playa, enorme, está considerada como la más extensa del País Vasco y una de las preferidas por los surfistas. Sin embargo, a los viajeros no les llama tanto la atención porque, entre otras razones, todo en Zarautz parece montado para disfrute de los ricos, de los adinerados, que acotan espacios por doquier, convirtiendo todo en un coto privado, coto vedado (como el título de un estupendo libro de Juan Goytisolo). Esta población es conocida también por el restaurante del archifamoso Karlos Arguiñano.

El Kursaal

San Sebastián, Sanse, Donostia o Donosti (incluso conocida como La Bella Easo) está muy cerca. Y apetece mucho volver a esta ciudad, después de tantos años, tantos que ni la reconozco. Bueno, algo sí, aunque tengo la impresión de que está más aseada que nunca. Y hasta me parece más espaciosa, más luminosa. Y con muchos turistas y extranjeros en la misma. No en vano es verano. Un sitio maravilloso para encarar la ciudad es trepándose al monte Igeldo, una de sus señas de identidad.

Desde el monte Igeldo
Un monte mirador que ofrece panorámicas de ensueño a la ciudad, al mar.

Resulta placentero, incluso una experiencia sufí, quedarse contemplando durante un largo rato la belleza contenida en el mar, en el mar universal de la infancia, como si uno entrara de lleno en trance místico.

De repente (acaso salido del trance), el Monte Igeldo me hace recordar al Tibidabo de Barcelona, con parque de atracciones incluido. Se nota que en Donosti o Donostia (conviene aclarar que el termino ostia se refiere a puerto, como Ostia Antica en Roma) sacan dinero hasta de debajo de las piedras. No se extraña uno de que la ciudad esté relimpia. Si deseas subir al monte Igeldo es necesario pagar por entrar en el mismo, aunque no vayas a disfrutar de ninguna atracción. Pero merece la pena darse una vuelta por este monte con vistas al universo.

Donosti

Donosti también tiene fama por ser lugar de veraneo de la aristocracia y la monarquía españolas. Una de las ciudades más bonitas de España, se dice. Inolvidable su festival internacional de cine, la bahía de la Concha, el puente de María Cristina, el Kursaal (edificio que me recomienda mi sobrino Andy, que es arquitecto). También él me habla de los famosos pintxos en el casco histórico (algo de lo que me acordaba de mis anteriores visitas a la ciudad hace añares). Pintxos elaborados, que merece la pena probarlos, por supuesto.

A decir verdad el casco histórico resulta algo sombrío con respecto a la luminosidad que ofrece tanto su paseo marítimo como sus playas. San Sebastián es tal vez una ciudad para gente adinerada, como ya había señalado, en la que se paga hasta por respirar. De ahí que se hable de la Eurociudad vasca Baiona-San Sebastián.

Baiona en Francia
Una llamada al amigo José Manuel nos lleva hasta Irún, como ya había adelantado al inicio. Y el reencuentro con él se me antoja extraordinario, después de tanto tiempo. Un amigo de verdad, que sigue siéndolo aunque casi no nos veamos, pero con quien he compartido muchas vivencias en la infancia y la adolescencia, incluso en la primera juventud, algo que marca para siempre.

La población de Irún en sí misma no resulta de gran interés, pero sus alrededores sí lo tienen, y mucho. Y eso es lo que nos muestra él, tan atento y hospitalario. La despedida, después de la visita de Pasajes San Juan, me da gorrión, como dice la escritora cubana Zoé Valdés para expresar la nostalgia, café nostalgia. Es como si uno vislumbraba (estaba cantado) el final de una etapa, de una etapa de relación con la compañera de viaje. Y aunque aún quedaba el regreso a la tierra, ya se perfilaba en el horizonte ese final. Sin embargo, el regreso fue bien. 

Bárcena Mayor
Bordeamos el Gran Bilbao (en este viaje no hubo visita al centro de esta ciudad) hasta allegarnos a unos acantilados donde pudimos reponer energía tomando un aperitivo. Y  a partir de ahí emprender ruta hacia Bárcena Mayor, en la Cantabria profunda. La visita a esta población fue una grata sorpresa, aunque uno sabía más o menos lo que iba a encontrarse, porque había visto algún programa en la tele y había buscado información al respecto. 
Saja Besaya

Bárcena Mayor se me antojó una Santillana del Mar, eso sí sin turistas. Aunque también me pareció que tenía cierto aire con Castrillo de los Polvazares,  incluso con Villar de los Barrios, Peñalba y Colinas del Campo en el Bierzo. Un sitio apartado del mundanal ruido, con sus tradicionales casas de montaña, para perderse a gusto y gana. Un jardín o huerto para reflexionar, sentir. Incluso para practicar la meditación trascendental, donde también es posible alimentar el cuerpo a base de ricas viandas.

Enclavado en el parque natural de Saja Besaya (esto me suena a árabe), Bárcena Mayor está considerado como uno de los pueblos más bonitos de España. El entorno boscoso es muy bello. Y adentrarse en este parque es una experiencia que siempre quedará para el recuerdo.

Monumento del corzo en Saja Besaya

El resto del viaje, una vez que dejamos el parque natural, no sin antes tomar algunas fotos del paisaje y del monumento del corzo (incluso cruzarnos con unas vacas en la carretera), ya no tiene mayor interés, salvo el de avituallarse para reponer fuerzas. Y definitivamente poner rumbo a la ciudad de León. Hasta aquí llega este recorrido por Euskadi, haciendo incursión en Castro Urdiales y la costa vasca francesa, donde me hubiera gustado quedarme más tiempo, pero el tiempo da de sí lo que da, y en un inicio ni siquiera estaba prevista esta visita al país galo.

Hasta un próximo viaje. 

8 comentarios:

  1. La vida, como los viajes, siempre esconde alguna sorpresa. "Sonreírle al cielo, al universo", como dices, nos pone otra vez en el camino y nos permite buscar nuevos horizontes... Porque existen. Precioso ese viaje que nos cuentas por el País Vasco y los aledaños franceses. Te seguiré acompañando en esos viajes tuyos de zapatilla y pluma.

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  2. Me inspira ese viaje. Y sí, la vida es un viaje fuera o dentro de las entrañas pero te muestra un camino por el que discurrir. Ánimo y muchos besos.

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  3. Este verano anduvimos mi marido y yo por la misma zona y tu relato me hace revivir bellos momentos. Lamento que tu momento personal y de pareja no fuera tan tranquilo y placentero como el nuestro, pero hay que disfrutar de lo que se puede y exprimir cada instante. Ánimo.

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  4. Vuela alto amigo Manuel. Gracias por abrir de esa manera tu alma viajera. Me he sentido identificado y emocionado con tu proceso de ruptura y duelo.Encontrarás tu sitio con quien sepa dejarte ser. Un fuerte abrazo.

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  5. Muchas gracias, arriero maragato, por tus palabras de empatía. Volaré alto, siempre que pueda. Un abrazo grande.

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  6. Me alegra que te haya inspirado el viaje, Vientodecaliope, muchos besos.

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  7. Sigamos exprimiendo cada instante, amiga Ana. Salud.

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