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martes, 17 de noviembre de 2009

Juan Goytisolo, exiliado de aquí y de allá


Hace algún tiempo se me ocurrió que Juan Goytisolo, tan multicultural, podría acercarse a la Casa de las Culturas de Bembibre. Y escribí algo al respecto. Se me hace difícil, no imposible, claro está, que venga al Bierzo, sobre todo porque ya no sale mucho de su Marrakech querido, salvo cuando lo invitan a México, país por el que siente mucha atracción.


Se alegra uno que este grandísimo narrador y ensayista haya conseguido el Premio Nacional de las Letras, aunque él se sienta un apátrida, “exiliado de aquí y de allá”, defensor de causas perdidas: la inmigración, los valores de la cultura islámica, la sensualidad arábiga frente a la cutrez y monacalidad de la cristiandad vieja, la vida en su estado primigenio, alejada de la asepsia moderna, que nos convierte en monstruos nucleares, guerreros atómicos, etc.; apartado de los abrevaderos y pesebres de nuestro país, porque Goytisolo siempre ha nadado a contracorriente. Y la suya es una prosa libre y cosmopolita, abierta a todas las voces y lenguas.

Se me ocurre que Goytisolo se merecería una invitación para participar en las próximas Tardes de autor de Bembibre, capital berciana en la que conviven, siempre en armonía, ciudadanos de diversos países y culturas, lugar de mestizaje, que a nuestro autor a buen seguro le encantaría. Hace cuatro años me confesó que no conocía la provincia de León. Luego es un pretexto, a mayores, para que venga a conocernos, si aún no lo ha hecho.


Queda lanzada la propuesta, desde este espacio, porque sé que es uno de los escritores favoritos de Tomás Néstor, aunque también soy consciente de la dificultad de que Goytisolo viaje desde Marrakech hasta Bembibre.


Descubrí su figura y obra durante mi estancia en Almería, allá por el año de 1997, lo que me permitió asimismo cruzar el estrecho, en busca de ese mundo, tan diferente al nuestro, y a la vez tan familiar.
El mundo árabe, mal que les pese a muchos, ha marcado nuestra cultura y nuestra lengua, y por ende nuestro pensamiento, porque éste se articula a través de la palabra. Conviene recordar que nuestro idioma cuenta con unos 4.000 vocablos de origen árabe.


Almería como lugar de residencia y punto de partida hacia el universo islámico. Almería como espacio literario, sustancioso y sugerente, que el escritor nos mostró en sus Campos de Níjar y La Chanca, y que le sirvió de trampolín hacia la otra orilla, tan lejana y a la vez tan próxima: La mítica ciudad de Tánger, como su siguiente destino, donde escribió aquella memorable novela que es Reivindicación del Conde Don Julián (“tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti).
puerto de Tánger

Tánger como punto de encuentro de escritores y artistas varios, entre otros Paul Bowles, Kerouac, Ginsberg, Burroughs.
Su condición de exiliado lo ha convertido, no sólo en un gran escritor, sino en un viajero en constante búsqueda de valores esenciales, en los diferentes países en los que ha vivido: España, Francia, Marruecos… y en todos los lugares que ha visitado, desde Argelia, Egipto, Turquía, Chechenia o Sarajevo hasta Méjico (uno de sus países preferidos), Cuba o Estados Unidos, a los que dedica algunos de sus libros, como Cuadernos de Sarajevo, Argelia en el vendaval o Aproximaciones a Gaudí en Capadocia. Tampoco quiero olvidarme de esa magnífica serie de documentales para la televisión cuyo título es Alquibla, por ejemplo el dedicado a Nas al Ghiwan: música de trance, cuya música original, banda sonora, corresponde al gran músico español Luis Delgado.  


Goytisolo es uno de los pocos escritores españoles que habla árabe, quizá sea el único, después del Arcipreste de Hita. Nunca olvidaré aquel encuentro con él en el Café de France de Marrakech, y la conversación que tuvo con mi amiga marroquí Hayat, quien me confirmó su excelente manejo del árabe marroquí. “Aprendí el árabe dialectal escuchando a los narradores que cada noche se dan cita en la plaza de Djemáa-el-Fná”.
Deudor de la literatura oral, de ahí su devoción por los cuentistas de la famosa plaza de Marrakech, su narrativa, digamos prosódica, está concebida para ser recitada más que para ser leída.
En otras épocas, sobre todo en el Medioevo, los autores escribían para ser recitados –asegura Goytisolo-. Incluso en La Celestina o en El Lazarillo, hay una prosodia extraordinaria, que reaparece en el siglo XX con escritores de la talla de Céline o Joyce.
Su reivindicación de este tipo de literatura, y por consiguiente la declaración de la Djemáa-el-Fna de Marrakech como patrimonio oral e inmaterial de la humanidad, a la que le dedica un capítulo en su libro Makbara, hacen de este escritor uno de los más singulares e interesantes de nuestro panorama literario.

En el fondo, esta plaza es un inmenso libro abierto, como Las mil y una noches, al amor/calor de las lámparas de gas y el sonido hipnótico de músicas bereberes. La Djemáa es, además, un magnífico teatro al aire libre, el gran teatro del mundo, en el que conviven los juglares y el público ávido de historias.
Desde sus inicios tuvo que enfrentarse a la censura franquista. No obstante, su labor como consejero literario en la editorial Gallimard, en París, le permitió publicar algunas de las novelas más interesantes que se escribían en aquella España censora, y forjarse como escritor y referente intelectual de los exiliados republicanos españoles en Francia y en países como México/Méjico.

Durante su estancia en la Ciudad de la Luz, conoció a su mujer, Monique Lange, que se encargaba de la literatura extranjera en Gallimard.
También en la capital francesa conoció a Jean Genet, a Sartre y Simone de Beauvoir. Con ésta última viajó, incluso, al sur de España.
Genet, autor entre otras de Diario de un ladrón, ejerció gran influencia en su persona y en su literatura.
La mirada que nos ofrece Goytisolo acerca de París, sobre todo en Paisajes después de la batalla, resulta arriesgada y harto original, porque deja a un lado el París de cartón-piedra, para adentrarnos en los bajos fondos de una ciudad bastarda y mestiza, pícara y multicultural, que podemos encontrar en el barrio de Barbès, Belleville o el Faubourg Saint-Denis y la Porte de Clignancourt. Ese París subterráneo y putañero que también está en la poesía iluminada e infernal de Rimbaud y en la prosa lírica de Henry Miller.
Rue de Saint Denis en París

Sifilíticos, locos, reyes, peleles, ventrílocuos,/ ¿qué pueden importarle a la puta París/ vuestras almas y cuerpos, vuestros venenos y andrajos?/ ¡Ella os sacudirá de encima, malditos huraños!(Rimbaud, La orgía parisiense).
Y para terminar, deciros que no dejéis de leer su gran obra autobiográfica, Coto vedado.

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