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domingo, 30 de agosto de 2020

Del Silencio a Casariego

El viaje continúa por tierras astures. Del Silencio a Casariego, que es como decir de la playa del Silencio, próxima a la población de Cudillero a Tapia de Casariego, donde estuviera asimismo el pasado año, sin Covid, por fortuna.

Playa del Silencio

Y es que a uno le gusta volver a aquellos sitios en los que fue feliz, o bien se sintió a gustín. 

Nunca ve uno, por fortuna, el mismo lugar con los mismos ojos. Ni nunca se baña uno en el mismo río. Porque todo permanece y a la vez todo cambia. Incluso uno mismo cambia, aunque en esencia sea el mismo de ayer, hoy y mañana. El mismo en su interior (ni siquiera, porque la procesión va por dentro), pero distinto en su apariencia física, que los años no perdonan. Y el ser humano, como máquina cuasi perfecta que es, se va deteriorando. Vaya obviedad que acabo de soltar. Bueno, a veces lo obvio es lo más difícil de explicar (incluso de entender, aunque nos hagamos los listines, en realidad, uno dejó de tomarse en serio hace mucho tiempo, y a veces me digo que soy un burrín, conviene reírse de uno mismo, que la vida, aunque vaya en serio, no deja de ser una farsa que debemos tomarnos como comedia.

Monumento al marinero

O algo tal que así). Es lo que tiene viajar, que nos permite reflexionar, sacarle punta al lapicero. Viajando uno se distrae, se entretiene y además se instruye. Sólo hace falta abrir bien las entendederas. Dejarse fluir. Fluir por las veredas y los ríos y los mares que en el mundo son. Y la costa astur occidental nos permite acercarnos, una vez más, a la belleza, al mar bravío. A esas olas que nos arrullan con el salvaje afecto de las mareas atrevidas. Me entusiasma la costa, el mar, los acantilados, las playas recónditas. Me encanta la vida, que es un genuino viaje, en todo caso hacia otra dimensión, desconocida, hacia una dimensión espiritual. Eso quiero creer. Aunque nuestro cuerpo, nuestra corporeidad sea mortal, ojalá también rosa, como aquel verso de Salinas que inventara el infinito. Y retomara Umbral, el coloso de las letras, el Henry Miller español, en su sobrecogedor libro-diario a la muerte de su hijo Pincho por leucemia.
Puerto de Tapia

El viaje acaba siendo un pretexto, un motivo para conocerse más y mejor a uno mismo. Y de paso visitar lugares desconocidos. A veces familiares. 

La playa del Silencio, virginal y paradisíaca, resulta exótica para contemplarla desde la distancia. Y acogedora para acurrucarse en sus aguas. 

Y Tapia de Casariego, con su puerto, con su faro, y aun con su estatua al marinero en la plaza del mar, es un espacio agradable para retirarse del mundanal ruido, aunque en esta ocasión esté atestada de turistas y peregrinos, que acaso buscaran la salvación, al menos el alejamiento del virus, porque en un sitio tan bello como Tapia (estoy como una tapia, decía un paisano y vecino) no pueden existir virus, sólo armonía y paz celestiales.

Tapia goza de playas hermosas. Y de un camping maravilloso, en el que alojarse puede uno con todo lujo de servicios. Y encima baratito. Qué no está la situación como para andar derrochando la guita. 

Y si uno desea degustar una buena comida recomiendo el mesón restaurante El Puerto, un lugar concurrido y popular, donde se come de rechupete. Los cachopos rellenos de cecina están de muerte. Pero también la fabada, cualquier plato. Con una sidrina, la felicidad está servida.  La terrenalidad vuelve a hacer acto de presencia en el viajero, a quien nada de lo humano le es ajeno. 


El viajero también recuerda un lugar que visitara hace años conocido como Palermo, en el que en tiempos servían un atole riquísimo. El atole es una bebida de origen prehispánico típica de México, que uno tomaba con devoción durante su etapa en el país azteca.

Lástima que en esta ocasión no busque el Palermo para saborear un exquisito atole. En una próxima ocasión. Porque Tapia de Casariego ya forma parte de mis mapas afectivos. 

sábado, 29 de agosto de 2020

En busca del mar: Cudillero, medina cristiana

Después de la visita a Teverga (despidiéndose con nostalgia de las primas de la viajera), los viajeros deciden emprender rumbo al mar, al mar Cantábrico. Y toman la Senda del Oso, una vez más, aunque no la hagan caminando. El oso es un animal fascinante. A uno le entusiasma. Sobre todo si se trata de algún oso amoroso. 

Bromas aparte, me gusta eso de que los osos hibernen. Me encantaría hibernar durante el invierno y luego volver al esplendor vital en primavera. Se me antoja magnífico. 

En la sierra de Gistredo también se avistan osos, incluso bajan a las colmenas en busca de miel. Listos y golosos que son estos animales. Recuerdo haber visto osos a pocos metros de distancia en una reserva en Canadá, Vancouver. Y poco más. Ni en el Bierzo ni en Asturias tengo el gusto de cruzarme con alguno de estos especímenes. 

Bueno, echándole algo de imaginación al asunto, hasta podría aparecerse algún osito en el valle de Bubín, en Igüeña, como le ocurriera al Tío Perruca (inolvidable libro del costumbrismo leonés). 

Puerto de Cudillero

Aparte de la Senda del oso, los paisajes hasta alcanzar el mar Cantábrico no llaman la atención en exceso al viajero, que quizá esté pensando en las musarañas, o bien en los osos. Aunque, en cuanto se va acercando al mar, me llega un perfume a eucalipto mezclado con el salitre propio de ese espacio amniótico del que brotan los animales fabulosos. El verdor también resulta magnético a lo largo del trayecto. 

Cudillero nos espera (es un decir), pues allí hemos decidido acercarnos. No es la primera vez que el viajero pone los pies en este bello y pintoresco pueblo, uno de los más bonitos de España, al decir de algunos. Algo que siempre forma parte de la subjetividad de quien así lo señala. ¿Acaso la belleza es objetiva? ¿O bien depende de los ojos, de la sensibilidad, de la sensorialidad con la que se percibe? Sobre Estética se han escrito muchos tratados.

Cudillero

La belleza es quizá aquello que emociona. Aquello que seduce. Aquello que enamora. La belleza que engendra amor, la cual es, creo recordar, un concepto filosófico, platónico. 

Por su parte, la viajera recuerda que también estuvo en algunas ocasiones por su cuenta en Cudillero. Pero nos entusiasma regresar a este singular pueblo marino que a uno le late, en cuanto lo recorre, cual si fuera una medina, en este caso una medina cristiana. Si al final, cristianos e islámicos nos parecemos mucho más de lo que a priori podríamos creer. Los seres humanos, unos más iguales que otros (con un guiño a Orwell y su Rebelión en la granja) somos más parecidos de los que algunos se encargan de hacernos creer. Sobre todo en emociones básicas. Ay, las creencias. Vivamos de razones. Tal vez también de sueños. Y sobre todo despiertos, incluso en nuestros sueños.


A la mierda con los silogismos y con los sueños, viene a decirnos en Mortal y rosa el cascarrabias y lúcido Umbral, que nos dejó tal día como ayer en el año de 2007, mientras uno viajaba por el sur marroquí. En un verano tórrido. Como es propio de esta zona. Pero lo que uno quería, como el coloso Umbral, es hablar de Cudillero y su belleza, de su belleza de medina cristiana, que a la viajera le parece estupendo. Un título que podría ser atractivo, convenimos. 

Antes de aproximarnos a la plaza central, la plaza de la Marina, tomamos unas viandas al lado de un riachuelo-cascada próximo al puerto. Tenemos un apetito voraz. Echamos un oclayo al puerto. Y nos dirigimos a la plaza para contemplar la belleza arracimada y colorida de Cudillero. El sol aprieta y conviene buscar una terracita en la que tomar un café, un café con leche aderezado con crema de orujo y unos cubitos de hielo sienta de maravilla. El café está servido. Y la charla se me hace fantástica.


Siempre he sentido que es un momento de felicidad permanecer a la sombra de un árbol o una palapita mientras el sol calienta de lo lindo. Eso sí, en cuanto baja algo el sol nos disponemos a recorrer la medina cristiana (a Don Pelayo y sus secuaces esto de la medina cristiana podría parecerles una aberración, qué me disculpen). Los gatines hacen acto de presencia. Son cautivadores. Y algunos turistas también han optado por treparse a los altos y recorrer las estrechas callejuelas de este pueblo astur. Son varios los miradores que nos elevan. Y nos hacen echar la vista a los tejados de teja (valga la redundancia) de las casas y sobre todo al mar, al fondo. 

El contraste de colores nos estimula y nos invita a adentrarnos en todo su esplendor en esta medina en la que lanzamos (cual si fueran las cenizas al mar) algún rezo ateo (si tal puede decirse). Ateos, gracias a dios. En verdad, la religión no pinta nada en este momento. Ni en este ni en otros. Aunque sí es conveniente religarse con la naturaleza, con la belleza, con el amor. 

Las vistas a Cudillero, desde los altos, invitan a la reflexión. Y el viajero no puede dejar de reflexionar. Qué alguien le ponga un bozal. Qué tontería. Si ya tenemos bozal, con este Corona, como van a dejarnos correrla sin bozal, aunque a uno, la neta, se le olvida del todo que existe un virus. Qué hay que ponerse el bozal, te susurra la voz de la subconsciencia. 

El viajero está tan extasiado contemplando la belleza de Cudillero que se olvida de la realidad imperante. Por fortuna, la belleza nos absorbe y nos devuelve a un paraíso, a algún edén donde no existe el pecado ni siquiera el fruto prohibido. Y hasta es probable que tampoco aparezcan en escena, en el escenario teatral de la farsa universal, la tal Eva y el tal Adán, con costilla o sin ella. Lo bíblico no es mi fuerte, eso creo. Pero la viajera conoce bien la Biblia, y eso resulta inspirador. 

Playa del Silencio

Unos quesos y una sidrina vendrían bien en estos momentos, que ya va siendo hora de hacer boca y bocado. Siempre pensando en el yantar. Si es que uno, aun creyéndose espiritual, es terrenal. Es lo que tiene ser humano. Qué los dioses (y las diosas) dejaron de existir hace millones de años. Quizá nunca existieran. Pero nos los han vendido a precio de oro. El sol, la luna... esos sí que son auténticos dioses. Esto de la medina cristiana me ha afectado, lo confieso. Y ahora no logro quitármela de la sesera. Disculpad. 

Si os da por visitar Cudillero, pensad en esta medina, pero sobre todo dejaros embargar por su belleza colorida y marina. 

La playa del silencio (me hace recordar el valle del silencio del Bierzo, aunque en esta zona no haya ni siquiera playa fluvial) también nos espera, como Cudillero, con los brazos abiertos. Eso desearía. 

Pues eso, rumbo al silencio, que tanto bien nos hace en este mundo ruidoso y vuelto del revés. Porque el ruido informativo (amén de otros ruidos) nos trastoca el cerebelo. 

Salud. 


viernes, 28 de agosto de 2020

Hacia Teverga

El día amanece despejado, a pesar de que en Asturias nunca se sabe si saldrá el sol o se pondrá de nuevo a orvayar, aunque sea pleno agosto. 

Es lo que tiene el clima en esta tierra de trasgos y duendes, de brañas y hórreos, de altas montañas y playas salvajes, tocada por la musicalidad de un verdor intenso y la fragancia a mar. 

Ya es hora de desperezarse y acaso estirarse como Tita, una de las preciosas gatinas de Jesús, que hace tiempo está ya levantado. Y parece esperar a que sus invitados estén prestos para desayunar, habida cuenta de que la noche anterior, luego de haberse metido una buena jartada de comida a las cuatro de la tarde en la Allandesa de Pola, ni siquiera tienen ganas de cenar, salvo tomarse algo de leche fría a palo seco, que al viajero le sienta estupendamente. 

San Emiliano-Asturias

A través de la ventana del cuarto, San Emiliano se muestra como un auténtico cuadro impresionista, con su colorido característico, al que los maullidos de los gatos añaden su sinfonía policromática. 

Para quienes se acerquen a este texto (sin haber leído el anterior) decirles que, además de invitarles a que lo lean, San Emiliano es una aldea remota del occidente astur que parece como salida de un cuento de hadas. 

Jesús es un hombre sereno al que le gusta escribir y cuidar a sus gatines, con su acento astur, o astur-galaico, que lleva jubilado un montón de años por un accidente que sufriera en su trabajo, del cual libró de milagro. En sus tiempos jóvenes (aún es joven) llegó a trabajar en el Bierzo, incluso en algunos otros sitios de la provincia de León, con lo cual conoce bien la misma. La conversación resulta amena e instructiva con él. 

Damos un último paseo por la aldea, visitamos el cementerio donde están enterrados sus familiares (que también lo son de la viajera con quien viajo), echamos un vistazo al castaño centenario (acaso milenario), que está a la entrada del pueblo, y nos despedimos de nuestro anfitrión y de sus felinos, que él mima con esmero como si fueran sus hijos del alma. 

La ruta hasta Teverga es larga, sobre todo porque debemos desandar una parte del camino andado, que es regresar por el Puerto del Palo hasta Pola de Allande. Y desde ahí tomar carretera como si fuéramos hasta Oviedo, la Vetusta de Clarín, donde este menda cursara estudios en su universidad en los años ochenta. 

El Narcea

La ruta a partir de Pola de Allande nos lleva a orillas del río Narcea, que va a desembocar al río Nalón, en Pravia (recuerdo el Heno de Pravia, con su perfume inolvidable). 

El Narcea (así figura en todos los sitios) es el segundo río más importante de Asturias, tanto por longitud como por caudal. Se trata de un afluente, como ya había adelantado, del río Nalón, que resulta ser el río más largo del Principado. 

A lo largo del recorrido del río Narcea nos topamos al menos con una presa (con fines hidroeléctricos, imagino) y con un embalse, que nos cautiva, sin duda. Y a continuación nos introducimos como en una especie de cañones, que tanto me hacen recordar a los cañones del río Sil, aunque éstos, dicho sea la verdad, me resulten mucho más impactantes. Y esto no es por hacer patria ni bandera (qué los dioses y las diosas nos libren bien librados). 

Hacia Teverga

En realidad (y como siempre), convendría detenerse más y mejor en este recorrido a orillas del Narcea para apreciar en su justa medida su esplendor, su belleza. Porque a decir verdad el viaje por esta orilla lo hacemos, si no es a toda velocidad (tampoco se puede) sí con cierta premura porque el tiempo se nos echa encima si queremos llegar a comer a Teverga, tal y como habíamos quedado con las primas de la viajera. A quien madruga dios le ayuda, reza el refrán en cuestión. Y si no madrugamos, pues el tiempo vuela. 

Aunque en un inicio creí que este recorrido o uno similar lo había hecho en alguna ocasión, pronto me di cuenta (darse de cuenta, dicen algunos, qué cosas) de que nunca antes lo había hecho. De lo contrario, me acordaría de los paisajes, tan singulares. 

El Google Maps, que es un invento interesante, sobre todo cuando uno tiene sentido de la orientación (insustituible para viajar por el mundo), nos lleva por donde el desea. Es un mandón. Aunque conviene, como digo, hacer caso de la propia orientación. y no dejarse llevar a la primera de cambio, si no quieres verte dando rodeos inútiles. 

Peña Sobia-Teverga

Cuando queremos darnos cuenta (es un decir) ya estamos casi casi a la altura de Oviedo, pero, en esta ocasión, no entraremos en la ciudad de la Regenta, que dejamos al margen, a unos doce kilómetros, más-menos.


Y tomamos carretera hacia Teverga, la entrada triunfal (para darle épica al asunto) de la Senda del oso, cruzando la población de Trubia, situada en la confluencia de los ríos Nalón y Trubia. A unos doce Kilómetros de Vetusta, como acabo de señalar. Aunque resulte redundante, conviene confirmar y hasta re-confirmar datos. Y aunque los datos no embellezcan el texto. 

Trubia llegó a ser conocida por su Fábrica de armas, aunque imagino que dejó de funcionar hace tiempo. Los viajeros ni siquiera se detienen en esta población, que siempre se me antoja de paso, pues en alguna otra ocasión también llegué a cruzarla. 

Monumento al minero

Eso sí, nos saluda un osito (u osita) en forma de monumento, que ya nos gustaría que nos saludara en vivo y en directo, aunque estando a salvo de sus garras.

Y la carretera comienza a estrecharse y curvarse por entre este espectacular valle (parque natural de las Ubiñas, que además es Reserva de la Biosfera), que nos llevará directamente hasta nuestro destino, Teverga o San Martín de Teverga (con la categoría de pueblo ejemplar de Asturias, monumento al minero incluido), a los pies de Peña Sobia, que deslumbra con sus llamativas paredes verticales de roca caliza.   

Puerto Ventana

Vanesa, Inés y la pequeña Lucía (la hija de Vanesa) nos reciben con los brazos abiertos. Y una comida riquísima. El apetito aprieta. 

Tan sólo 20 kilómetros separan Teverga del Puerto Ventana, que es límite con la provincia leonesa, en concreto con la comarca de Babia. Pero, en esta ocasión, ya no nos acercaremos a este puerto, entre otras razones porque hace pocas semanas estuvimos allí, en nuestro viaje por Luna y Babia. 


jueves, 27 de agosto de 2020

Asturias, directa a las entrañas

Cada vez me gusta más Asturias, las Asturies verde de montes y negra de minerales. Tal vez porque la siento tierra hermana. Y porque me identifico con sus paisajes, con su paisanaje, con su habla y su sentir. No en vano, viví durante algunos años en Oviedo como estudiante de su Universidad. 

Asturias es tierra familiar y cercana (también en el espacio). 

Puerto del Palo

Tras la Sierra de Gistredo (el útero), a pocos kilómetros en línea recta, se halla Asturias. Algo que me apasiona. Y sólo de pensarlo, es como si entrara en trance y pareciera un derviche giróvago, de esos que danzan como peonzas a ritmo sufí. Y hasta lograra volar o sobrevolar cual pajarito ese espacio que nos separa desde Noceda del Bierzo hasta la frontera astur (no me gusta el término frontera ni lo que implica, pero lo empleo para aclarar el asunto). 

En realidad, desde el útero de Gistredo hasta Cerredo, que ya es Asturias, hay muy pocos kilómetros por carretera, lo que he podido comprobar, una vez más, en un muy reciente viaje, en este mismo mes de agosto. 

Desde Noceda emprendimos ruta (en entrañable compañía) hacia el alto Sil, atravesando la pedanía de Las Traviesas (perteneciente a Noceda, Berciego incluido) para continuar por Toreno (donde viven, o de donde son originarios algunos amigos, con la picota como emblema), Matarrosa (que como pueblo no tiene mayor interés, salvo su pasado minero, y otrora el museo de Solís Fernández, sobre el que llegué a escribir, pero que forma parte del mapa afectivo de mi gran amiga). 

Pola de Allande

Una breve parada y un tranquilo paseo bajo la lluvia (al amparo del paraguas, eso sí) sirve para que los viajeros olfateen el ambiente. Aunque a la viajera (sensible y emocionada) le hubiera gustado toparse con las huellas de sus ancestros. 
Proseguimos ruta hasta Páramo del Sil (la tierra en que viviera el extraordinario poeta Ángel González, uno de los más grandes de su generación y aun de otras generaciones). 

En verdad, no hace falta adentrarse en este pueblo, en el que tantas veces he estado (quizá no tantas, pero sí en algunas, sobre el que también he escrito como mapa afectivo). Y un desvío hacia la izquierda, en dirección a Fabero, nos pone literalmente en la pista minera que nos conducirá derechitos a Cerredo (donde trabajara en la mina un vecino nocedense, Paco, alias Paquillines, qué grandes historias me ha contado de su etapa allí). 

El paisaje berciano se funde con el astur como si fuera una prolongación natural, que lo es, con un ecosistema similar. Por eso hablar de fronteras se me antoja harto estúpido. 

San Emiliano

Una vez en Cerredo (con un día lluvioso de perros, de perros sarnosos, quizá, pobrecitos perros, qué culpa tendrán) tomamos dirección hacia Degaña, que es como si fuéramos de nuevo en dirección al Bierzo, pero por otra carretera, caro está. 

En esta ocasión, me está apeteciendo dar cuenta del recorrido, acaso porque me resulta divertido, o algo tal que así, que uno nunca lo sabe con certeza, o sí. Tampoco es necesario entrar o adentrarse en cada detalle puntual (el detalle, ojo al dato), que no vaya uno a aburrir a los lectores y lectrices de este blog. Ojalá vayamos por el camino certero. 

Desde Degaña a Cangas de Narcea, con un clima de espanto (y eso que estamos en pleno agosto) no hay mucha kilometrada, pero el trayecto se hace algo largo, o esa es la impresión. 

El puerto del Rañadoiro (túnel incluido, con sus casi dos kilómetros de recorrido nos espera). Lo importante es el viaje, el recorrido en sí mismo, y no el destino. Hay que disfrutar de cada momento, de cada tramo del trayecto. No aspiramos a ser grandes viajeros (o viajeros sin más cera que la que arde), pero tampoco ansiamos ser turistillas de medio pelo o de pelo y medio, apresurados por llegar a la meta, quizá en busca de algún premio (el premio a los burrines, como escribiera en este mismo blog a propósito de la subida a la aldea de Bulnes en el mes de julio de este mismo año de virus e incertidumbres). 

San Emiliano (Asturias)

Antes de llagar a la población de Cangas del Narcea (donde he estado algunas veces, en alguna para impartir algún curso en la Uned, campus del Noroeste) nos topamos casi casi con el bosque centenario de Muniellos: https://www.muniellos.es/. Con su indicación. Por mejor decir. Que en algún momento, en algún otro viaje convendría adentrarse en el mismo, en esta reserva natural de robles, tejos, abedules y hayas, cuya madera fuera a parar, en otros tiempos, a la construcción de barcos para la llamada Armada Invencible. 

Recuerdo que ya en los ochenta del pasado siglo el profesor Gustavo Bueno nos hablaba de este estupendo bosque. Lástima que este burrín aún no haya tenido aún el gusto de visitarlo. Manda mecha. O manda carallo. Si es que uno no puede conocer casi nada. Por más años que viviera, que ya tiene tela el asunto de marras. 

San Emiliano

Se está echando encima la hora de la comida, en realidad el estómago ya pide alguna vianda. Y aún falta un tiempecito para arribar a Pola de Allande, que es donde nos gustaría yantar. En Pola se encuentra la Allendesa, un restaurante conocido en la zona, donde se come muy bien, rico y abundante, y allí fui hace un montón de años con amigos de Noceda (el comandante Milín, que es un berciano-astur, a la cabeza de la tropa). Buen recuerdo conservo de aquella comida pantagruélica, que en verdad era un menú degustación con unos ocho o nueve platos para tumbar a un caballo percherón. 

La Allandesa sigue por fortuna en pie, y aunque ya son algo más de las cuatro de la tarde, un camarero nos recibe con amabilidad. Y nos sirve comida sabrosa. Regada con sidra, por supuesto. Para mí, la mejor bebida de cuantas existen en la Tierra. Por no exagerar, diré que es una de las que más me gustan, o de las que más aprecia mi paladar.  En esta ocasión no pedimos menú degustación, entre otras razones porque tampoco seríamos capaces, creo, de jamar tanta comida. 

Un paseo bajo la lluvia nos descubre una Pola indiana (con sus casonas típicas) y emigrante (con un monumento). 

Monumento al emigrante (Pola de Allande)

El destino en realidad es la matria de la abuela de mi amiga: San Emiliano (no confundir con San Emiliano de Babia). Y para llegar a esta remota y exótica aldea, perdida en los confines de una Asturias profunda, limítrofe con la Galicia lucense, debemos cruzar el puerto del Palo, envuelto en un mar de nubes, como si estuviéramos sobrevolando el océano atlántico en avión. La belleza romántica del paisaje nos cautiva. Y nos hace contemplarla, deteniéndonos con sosiego de espíritu. 

Puerto del Palo

La bajada a San Emiliano es como un descenso a otra época. A pocos kilómetros de esta aldea (creo recordar que unos nueve) se halla Grandas de Salime, con su embalse. Y más allá, al otro lado, se encuentra A Fonsagrada (aunque en esta ocasión no llegamos hasta allí, A Fonsagrada también es otro mapa afectivo. Por allí seguirá el gran Bolaño). 

Es la primera vez que pongo los pies en San Emiliano (Asturias) y tengo la impresión, de inmediato, de que me he adentrado en un territorio donde parecen convivir los vivos y los muertos cual si se tratara de una Comala a lo Rulfo. 

En San Emiliano se perciben los espíritus, los ancestros de mi amiga, quien siente como escalofríos en el alma. Es la tierra de su abuela materna, María, y de sus bisabuelos. 

Su primo Jesús nos recibe con los brazos abiertos, aunque no le hayamos avisado de nuestra visita, y nos ofrece toda su hospitalidad. Paseamos por la aldea, con sus hórreos y sus paneras, con su belleza primigenia, con su exotismo rural. Nos acercamos al bar del pueblo, que regenta una buena vecina y amiga de Jesús, la cual reconoce al instante a mi amiga. Visitamos el cementerio del pueblo. Y la casa donde viviera la abuela de mi amiga. Siento que estoy en tierra familiar y a la vez percibo como cierta espectralidad en un ambiente poblado por los gatos. El propio Jesús tiene tres gatines preciosos, que se pasean en libertad tanto por el pueblo como por su casa. Me gusta esa libertad gatuna. A su aire. Ese no sometimiento a normas. Esa felinidad. 

Entorno de San Emiliano

Un castaño centenario a la entrada de la aldea, creo que es milenario, parece saludarnos con el gesto cansado de los años, como un anciano que ya no pudiera con su cuerpo. Está tan viejecito que ha decidido torcerse, ladearse, acaso con el deseo de tumbarse de un modo definitivo a soñar un sueño eterno.   

De repente, tengo la impresión de haber viajado a una aldea conocida. Como si me recordara a Colinas del Campo, en el Bierzo. Con su arco de entrada. Con sus brumas de agosto. Y su verdor salvaje. Tal vez me he adentrado en el misterioso universo de los espíritus. 

domingo, 9 de agosto de 2020

César Rodríguez, el divino calvo del fútbol español


Agradezco al amigo Fulgencio Fernández, el tío Ful, que es veterano periodista y escritor, el hecho de que se haya tomado la molestia de hacer esta bella reseña acerca de uno de los mejores futbolistas españoles de todos los tiempos, el mítico César Rodríguez, apodado el divino calvo o el Pelucas. Al que hemos querido homenajear en un reciente número de la revista cultural La Curuja gracias a las colaboraciones de los hermanos Álvarez de Paz, Benjamín Arias, que puso todo su empeño y buen hacer en que este monográfico saliera adelante (lástima que la situación vírica no nos permita celebrarlo por todo lo alto con un torneo de fútbol y algunas charlas, pero quizá el próximo año podamos retomar el tema y hacerlo como se merece tan legendario futbolista, que era descendiente de Noceda del Bierzo). Y con la colaboración y el impulso, por supuesto, de este humilde servidor vuestro. 

No es la primera vez que el tío Ful, tan amable y profesional, nos obsequia con palabras de cariño a nuestra revista. Así que, desde aquí, le reitero mi agradecimiento. Una agradable sorpresa la que he recibido al encontrarme con este artículo. 

https://www.lanuevacronica.com/el-divino-calvo-de-noceda 

Fulgencio Fernández | 08/08/2020AA

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El 'divino calvo' de Noceda
LITERATURA La Curuja, ya histórica revista de Noceda del Bierzo y dedicada a ‘las cosas’ de este pueblo, ha sacado un número monográfico dedicado a uno de los personajes más relevantes del mundo del deporte en España y con raíces en Noceda, el histórico delantero centro del FC Barcelona César Rodríguez, una leyenda en tierras catalanas
Hasta la irrupción de Messi el dios del barcelonismo era un leonés, llamado César Rodríguez y apodado El divino calvo. Sólo un dato para recordar quién es César en la ciudad condal, el máximo goleador de la historia del Club... hasta que le batió el récord Messi, como tantos otros existentes en la entidad.

De César siempre recordaba que era leonés, que estuvo en la plantilla de Primera División pero ya en la recta final de su carrera, que fichó por el Barça antes que por el Madrid pues «de salir de León me apetecía ir a una ciudad que tuviera mar»; que jugó en el Barça con su hermano Calo...
Kubala, Quini y César

Ahora, desde Noceda del Bierzo y su veterana revista La Curuja nos recuerdan en un monográfico que lleva el número 23 y acaba de ver la luz que el llamado ‘Divino calvo’ tiene raíces en esta localidad, que quieren reivindicar y lo hacen en este número especial que cuenta con las colaboraciones de Benjamín Arias, Pepe Álvarez de Paz, Venancio Álvarez de Paz, Julia Ischerland Rodríguez (la nieta de César) y Manuel Cuenya, que es además el coordinador de La Curuja.

Recuerdan que con motivo de la publicación de este número estaba previsto dedicarle un homenaje al gran futbolista César en Noceda, el domingo 16 de agosto, con la celebración de un torneo de fútbol y algunas charlas centradas en la figura del futbolista y sus raíces bercianas, pero la situación vírica no permite las aglomeraciones y ha quedado pospuesto para mejor ocasión. Unos recuerdos necesarios pues la mayoría de las biografías de César —y sus hermanos Calo y Severino, también fiutbolistas— comienzan recordando que sus padres tenían una recordada fundición en la carretera de Asturias de León. Curiosamente César fue al Barça ‘casi por casualidad’, pues jugó con el Frente de Juventudes (su equipo en León) un encuentro frente a la Cultural Leonesa y tuvo la suerte de que Font, ex jugador azulgrana, estuviese en la ciudad por motivos personales y acudió al encuentro como espectador. A su regreso recomendó el fichaje del leonés y éste hizo historia allí, donde es una leyenda.


sábado, 8 de agosto de 2020

Undécimo Encuentro Literario en el útero de Gistredo y revista La Curuja

Nos preparamos para afrontar el Úndécimo encuentro Literario en el útero de Gistredo, que así es como bauticé hace tiempo a mi pueblo, Noceda del Bierzo. Lo de afrontar me quedó algo épico, pero bueno, lo pasaremos por alto. Me hace feliz, he de confesarlo cual buen feligrés de parroquia, haber llegado hasta aquí. Y esperamos seguir llegando. Que la senda no se trunque. Me hace feliz poder seguir en el camino. Porque lo importante no es el destino, sino el recorrido. El disfrute del camino en todo su trayecto. Mas no nos pongamos estupendos. Y sigamos laborando y sintiendo cada vivencia, con emoción y entrega. 

Este año, atípico y vírico, hemos decidido que también se hará el Encuentro poético/narrativo en Noceda del Bierzo. Conviene no romper la tradición. Y, como apuntaba, seguir en la senda. La senda de la que brota la poesía, las palabras, las letras, como si se tratara del agua medicinal de las fuentes del río Noceda. Las fuentes del Nilo-Noceda. 

La felicidad, en este caso, es por partida doble, porque podremos hacer este Encuentro (ojalá nada lo impida) y además tenemos ya en la mano la revista cultural La Curuja/Coruja/Curuxa, que ya ha alcanzado su número 23, de una segunda época, en la que he tenido la satisfacción de coordinar, de editar, a través, por supuesto, del Colectivo Cultural La Iguiada y el apoyo de sus socios/as, que mantienen encendida la llama sagrada de su espíritu. Todo un placer.

Respecto al Encuentro Literario, que tendrá lugar el viernes 14 de agosto en la casa de la cultura (ubicada en el barrio de San Pedro, al lado de la iglesia parroquial del pueblo), contaremos con la presencia de varias poetas y narradoras (en este caso todas mujeres) como Lidia Fos (entrañable amiga que acaba de editar su ópera prima, Céfiro, impregnado de belleza emocional), Reyes Liébana (poeta y arquitecto/a que asistiera el pasado encuentro como espectadora, a quien he tenido el gusto de entrevistar recientemente para la fragua literaria leonesa), Manuela R. Gallego (poeta gallega afincada en León, a quien también he podido entrevistar, que está escribiendo poemas con gran ímpetu sensual), Inocencia Montes (poeta bañezana, que escribe una poesía rompedora, ella, Rocío, que este es su nombre de pila, también figura en la fragua literaria), Violeta Serrano (poeta y periodista de altos vuelos, maragata arriera y pampera, que lleva la Argentina en sus venas, a quien he visto recientemente en Poesía para Vencejos, sobre ella también he escrito en más de una ocasión) y Ana Griott (narradora y editora leonesa con proyección internacional, que lleva sus cuentos por todo el mundo. Ana también forma parte de la nómina de escritores incluidos en la fragua literaria. Y estuvo hace unos años en Tardes literarias en Bembibre. Ahora tiene intenciones de investigar el mundo literario de los caboverdianos (cabobercianos) asentados en el Bierzo). 

Con este plantel de lujo esperamos que el Encuentro Literario sea del agrado de los asistentes, que este año, por normas de seguridad, no podrá exceder los límites permitidos de aforo. Conviene tomárselo en serio, ya el el corona sigue ahí, entre nosotros. 

La cita será a las 19h30, en la casa de la cultura de Noceda (como ya había adelantado). Con la colaboración del Ayuntamiento de Noceda. Mi gratitud expresa al alcalde Manuel Gómez, que además es mi tocayo. 

En cuanto a la revista cultural La Curuja (sobre la que haremos una breve presentación el viernes 14, con motivo del Encuentro literario) decir que en esta ocasión se trata de un monográfico dedicado al mítico futbolista César Rodríguez, quien fuera descendiente del pueblo de Noceda.

Cabe reseñar que César fue estrella del Barça, conformando la legendaria delantera de las Cinco Copas, en la que también estuvieron Basora, Kubala, Moreno, Manchón y el propio César. Este número cuenta con las colaboraciones de Benjamín Arias, Pepe Álvarez de Paz, Venancio Álvarez de Paz, Julia Ischerland Rodríguez (la nieta de César) y uno mismo como coordinador/editor de esta revista.

Mi agradecimiento a los colaboradores (y en especial a Benjamín Arias por su gran dedicación y recogida de fotos acerca del gran futbolista César, y su idea de rendirle homenaje). No en vano, estaba previsto dedicarle un homenaje a César en Noceda el domingo 16 de agosto con un torneo de fútbol y algunas charlas (tal y como se cuenta en este reciente número de la Curuja), pero la situación vírica no nos permite las aglomeraciones. Y es imprescindible respetar esta normativa. 

Mi gratitud también para La Nueva Crónica (en particular para Diana Martínez y por supuesto para su director David Rubio) por hacerse eco de nuestro evento y de la publicación de nuestra revista. Vaya aquí este enlace: https://www.lanuevacronica.com/poesia-con-medidas-de-seguridad-en-noceda 

viernes, 7 de agosto de 2020

La Valduerna

 La Valduerna, como su propio nombre indica, es el valle del Duerna, el río que fluye por esta comarca leonesa. Me encanta el verbo fluir, conjugado en todas sus dimensiones, incluso temporales. Pues eso, seguiremos fluyendo, porque aquello que fluye es síntoma de vida. Y la vida es lo único que tenemos. De repente, me ha entrado la vena trascendente. 

La Valduerna, que engloba varios pueblos, es tal vez una tierra poco conocida, a pesar de que La Bañeza, que ya podríamos incluirla en la comarca Tierra de la Bañeza, está al ladito de Palacios de la Valduerna, población conocida por su castillo y su poesía para vencejos (que es en verdad de lo que me apetecía hablaros en el día de hoy). 

Este año también tocó acercarse al certamen de poesía para vencejos. Dicho así, pareciera que todos los años asisto al mismo. En realidad, no soy un habitual, aunque sí he estado en algunas ocasiones, incluso como invitado para recitar versos a los vencejos, gracias a la generosidad de su organizador Felipe Pérez Pollán, al cual he tenido la ocasión de entrevistar con motivo de su poemario Donde estarán los vencejos. Os dejo este enlace: https://www.ileon.com/cultura/la_fragua_literaria_leonesa/108729/felipe-perez-pollan-poesia-para-vencejos-representa-todo-para-mi

Marina Díez
"Después de 35 años te diré que Poesía para Vencejos representa todo para mí. He conocido y tratado a tantos poetas que casi no podría elegir", concluye Felipe, quien, con ochenta y cuatro años, se mantiene con la energía y firmeza suficientes para continuar deleitándonos con su Poesía para Vencejos.

El pasado domingo 2 de agosto presentó su libro en su castillo de Palacios de la Valduerna, que es donde se viene celebrando este certamen desde hace más de treinta años. Tal vez por esto a Felipe se le conoce como el señor del castillo.

La edición de Dónde estarán los vencejos, realizada por Mariposa ediciones, con la poeta Marina Díez al frente, está prologada por Antonio Colinas, el poeta de la luz (como en alguna ocasión he llegado a escribir: https://www.diariodeleon.es/articulo/filandon/colinas-poeta-de-la-luz/201106050400001182033.html).


Ambos, tanto Marina Díez como el maestro Colinas estuvieron presentes en el evento de este año, Marina en calidad de editora. Y el poeta Colinas como recitador. 

Una vez más pude comprobar que es un poeta enorme, que con la música de sus palabras, de sus versos, nos lleva de un modo magistral hasta el fondo de nuestras entrañas. Palabras sencillas articuladas con hondura de pensamiento.

Colinas lució en el castillo como estrella que es. Asimismo, estuvieron presentes como recitadores Adolfo Ares (un habitual en este certamen), una tal Emilia, cuya poética me resultó harto artificial, y Violeta Serrano (Vio), que nos obsequió con sus poemas rebosantes de sabrosura argentina (por ahí se nos coló también el recuerdo de la poeta Alfonsina Storni). No en vano, Vio es una maragata tocada por la magia de la pampa, que ha tenido la ocasión de vivir durante algún tiempo en Buenos Aires, "tan eterna como el agua y el aire", según Borges.  

Por cierto, la poeta Violeta Serrano estará en el Encuentro Literario que celebraremos (dios mediante, como diría el cura de mi pueblo) el viernes 14 de agosto en Noceda del Bierzo (el útero de Gistredo). Te esperamos, Vio. 

Violeta Serrano

Os dejo esto que escribiera sobre ella: 

cuenya.blogspot.com/2016/05/desde-astorga-buenos-aires-violeta.html

https://cuenya.blogspot.com/2016/06/la-fragua-literaria-leonesa-violeta.html

El recital  poético estuvo acompañado, como suele ser habitual, por la música de los cantautores bañezanos Tista y Sara, además de la intervención estelar de la cantante Ana Sarmiento, que nos erizó las entrañas con su voz portentosa. La música siempre resulta balsámica, amansadora. Y pone un punto de alegría a cualquier acto. 

A pesar del calor, en el castillo de Felipe se siente uno a gusto, casi en sombra, aunque el encuentro se celebrara a las cinco y media de la tarde, una hora que invita a la siesta. 

Pensábamos llegar con más tiempo de antelación para darnos un voltión por el pueblo, pero al final se nos echó el tiempo encima. No obstante, sí tuvimos la ocasión de echarles un ojo a los campos floridos de girasoles cual si estuviéramos en éxtasis místico. Y sentir la belleza del mundo en medio de la naturaleza, con un rebaño de ovejas en las inmediaciones (pastor incluido). Dejarse fluir es, una vez más, un modo de hacer el amor con el Verbo, que se hizo carne, en un bíblico gesto por degustar la fruta ansiada. O algo tal que así. 

Saludamos a alguna gente que estaba en el encuentro, entre ellos a la propia Vio, a Marina, a Felipe (por supuesto, que para eso era el anfitrión, el cual hasta nos leyó un poema que le dedicara a una de sus sobrinas en su libro), a la poeta Manuela Vidal, a la narradora y periodista Marta del Riego (que me dijo que tenía nueva novela), y también a su hermana Eugenia (a quien no veía desde hace años), al joven poeta Juan Álvarez (que estaba con sus padres) y al gran poeta salmantino Vicente Rodríguez Manchado (a quien había saludado ya el viernes de ese mismo finde en el Ágora de León). 

Olvidaba decir que también se hizo entrega del Premio Conrado Blanco a un poeta, de cuyo nombre no me acuerdo, pero que me llegó su poema ganador, al parecer dedicado a su madre. 

Y como no podía faltar en estos casos, que no sólo el ser humano vive de espiritualidades, sino de corporeidades, nos fuimos derechitos a tomarnos algo (este servidor, su amiga Lidia, Vicente y Mara), en un principio a La Bañeza, que luce espléndida (allí iba todas las semanas hace añares a impartir un curso a la Uned). Y luego nos encaminamos a Santa María del Páramo, a un lugar muy chulo, que conocía la buena de Mara. Allí la echamos larga entre charleta va y vine, aderezada con cervezas, vinos y viandas. Una velada inolvidable. Para repetir. Con un Vicente hipersensible poetizando el mundo. Y nosotros escuchando sus versos con emoción. 

La Bañeza

De repente, me estoy dando cuenta de que esto se ha convertido en un diario íntimo (no en vano, uno ha escrito muchas páginas diarísticas. Y confieso que me entusiasma el género). Memorables se me antojan desde los diarios de Anaïs Nin (la musa de Henry Miller), pasando por el Oficio de vivir, de Pavese, o El cuaderno gris, de Pla. En realidad, todo Umbral es un inmenso y colosal diario. Con Mortal y rosa a la cabeza. 

La Valduerna -y en concreto el castillo de Palacios, que regenta Felipe Pérez Pollán- nos ha devuelto las palabras que nos hablan de la belleza de la poesía en el mundo. 

jueves, 6 de agosto de 2020

En los confines de la Maragatería

Ya sabíamos que éste sería un verano atípico. Y lo está siendo, sin duda. El virus, se quiera o no, impone sus leyes. Y uno no acaba de estar del todo a tono. Por más que lo intente. Incluso he podido darme algunas escapaditas por el interior de la provincia, y aun por otras provincias.
Sobre lo que he ido religiosamente escribiendo en este blog, que es espacio en el que tienen cabida aquellas reflexiones y escritos que me parecen adecuados, con el fin de poner en orden lo que vivo y siento. Escribir, una vez más, sirve para darle concierto a las vivencias, a las emociones. Después de todo, la escritura debería ayudarnos a reflexionar, a revivir emociones. 
Casi sin darnos cuenta ya estamos en agosto, que pronto enfriará su rostro, sobre todo por estos altos pagos del noroeste verde y medular. Este año (al menos en lo que va de año) se nos ha pasado visto y no visto. Hemos saltado del invierno al verano como si no hubiera existido la primavera. 
A pesar de que el verano suele dar de sí (el pasado me permitió viajar a la bella Italia y también a Cataluña y Galicia), este verano está siendo cortito. O esa es al menos mi impresión. Cortito como casi todo en esta vida, salvo las enfermedades y dolencias, que se alargan más de lo que uno quisiera. 
Entre las escapaditas o excursiones al interior de la provincia figura una reciente a los confines de la Maragatería, donde esta comarca se torna Cabrera y Bierzo. Hablo en concreto de Molinaferrera, a orillas del río Duerna (y próxima también al arroyo o salto del cabrito), que es punto de partida para alcanzar el Teleno, "una montaña de sueños", como apunta el montañero y escritor Vicente García. 
El Mars Tilenus o Marti Tileno es una cumbre de 2188 metros, que mira hacia la Maragatería, La Cabrera y el Bierzo. La próxima vez intentaremos la subida a esta montaña sagrada y venerada (hubo un tiempo en que el arquitecto y escritor Luis Carnicero llegó a invitarme a recitar en el Teleno, pero aquel proyecto no cuajó, tal vez hubiera sido algo realmente chulo). 
Teleno al fondo
Por lo demás, me late que la subida al Teleno, ya desde Molinaferrera, Filiel (aldea cercana a Molinaferrera) o Corporales (ya en la Cabrera) no es tan fácil como la pintan. Quizá sea más suave que la subida al Catoute (2117 metros), aunque si ésta se encara desde Salentinos es más llevadera que si uno pretende subirla por Colinas del Campo de Martín Moro Toledano (Colinas, para los de la zona). Pero no voy a hablaros ahora de mis subidas al Catoute, tanto por una parte como por otra. 
Después de la subida a la aldea de Bulnes desde Poncebos creo que quedé tocadín. Así que conviene recuperarse. 
Con Topolina
He de decir que es la primera vez que visito Molinaferrera. Y espero que no sea la última. 
Sabía de la existencia de esta población por la amiga Nuria, la hermana de Isasy (Topolina), a quien volveré a hacer referencia más adelante. 
Sabía que existía Molinaferrera pero nunca antes había puesto los pies en la misma. Por fin llegó la hora. Y pude disfrutar de este lugar que curiosamente figura entre una especie de sabana africana y el verdor arbolado con sabor a Bierzo, con aromas cabreireses. 
La población de Corporales está a tiro de piedra de Molinaferrera (quizá a unos seis kilómetros).
Pero desafortunadamente no hay carretera que comunique ambos pueblos, salvo una pista en mal estado para todoterrenos y conductores aguerridos (es lo que tiene vivir en esta parte de España, con desinterés, con desidia para bien comunicar la Maragatería, el Bierzo y la Cabrera). 
Hay una pista para todoterrenos especiales, eso me cuenta, nos cuenta Topolina, que es toda una experta en la zona. Y además regenta la cantina de Molinaferrera, donde se come rico gracias a su buen hacer. Le agradezco su amabilidad y sus buenas vibraciones. 
En su cantina me encontré con un tipo (él estaba con un grupo de personas comiendo), que se dirigió a mí como si me conociera. Y en efecto me conocía, aunque uno no lo reconoció (aunque sí me sonara su cara). Se trataba de Miguel Ángel González, de Cacabelos, que ha publicado algún libro sobre la zona, en concreto sobre el Teleno.
Y es amigo de Topolina, la cual también nos sugirió la visita de los petroglifos (diseños simbólicos grabados en roca) cercanos a Filiel, cuyo paisaje se me antojó de sabana africana.
La visita a Molinaferrera, con sus bellos parajes mirando a la montaña sagrada del Teleno, entre los que se halla algún molino o alguna cascadina, me entusiasmó. 
Molinaferrera es como un oasis en medio del secarral, con los techos de las casas de pizarra (losa) como en el Bierzo. Uno tiene la impresión de visitar un pueblo berciano. 
El trayecto de regreso hacia León por las tierras de la Somoza: Chana de Somoza y Lucillo se me apareció como envuelto por un halo espectral. A lo lejos se atisbaba Santa Colomba de Somoza (perteneciente al Camino de Santiago) al abrigo y la sombra de una abundante arboleda. 
La poeta y urdidora de versos Paz Martínez, como si de una aparición virginal se tratara, caminaba por el pueblo. El azar decidió el encuentro. La voz de mi amiga la llamó. Y ella dijo haberme visto, aunque yo no la viera a ella. 
Y acabamos charlando amistosamente, de lo divino y lo humano, al amor de unas cervezas. Gracias, Paz, por sembrar palabras cercanas. Y gracias Lidia, por estar en el Camino. 

*Lástima que algunas fotinas estén algo quemadas.