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martes, 23 de julio de 2019

Luarca (De Tapia a la villa de Severo Ochoa y Gil Parrondo)

De Tapia de Casariego a Luarca es otro paseo, que uno hace entusiasmado, porque la costa me procura bienestar. 
Y Luarca me espera, como siempre, con los brazos abiertos. Un lugar que ya me gustaba antes de poner los pies en el mismo. Que me gustaba, siendo un niño, en mi fantasía.
En una época en que mi imaginación era desbordante. O estaba desbordada como un río después de un fortísimo chaparrón. 
Con el transcurso del tiempo la imaginación va dejando paso a la realidad, incluso a la pura y dura realidad. Qué se le va a hacer. Acaso porque uno, como nos recordara el filósofo Ortega, prefiere vivir de realidades y lo más despierto posible. La realidad se impone, en todo caso, a veces como una apisonadora. 

Me gusta Viena, incluso sin conocerla, creo que llegó a decir el mago Fellini en alguna de sus memorias. 
Me fascinó la primera vez que estuve en Luarca. Y desde entonces he estado allí en varias ocasiones. Incluso en alguna ocasión como contador de cuentos en un colegio. Qué cosas. Vaya experiencia. 
Tengo la impresión de que me fascina desde mi niñez porque en mi pueblo de Noceda había un hombre que era de Luarca.
Se llamaba Manuel Murias (falleció hace ya muchos años, tal vez treinta, no sabría precisarlo). Y me parecía un ser entrañable, con su camisa a cuadros y sus gafitas de bohemio o intelectual. Vivía en la Poula, en el barrio de Vega, mi barrio, al final del mismo (en la dirección hacia San Justo de Cabanillas, pueblo y pedanía perteneciente al 'Untamiento' de Noceda), donde estaba mi escuela, la escuela de Don Vito Corleone (es un decir, puestos a fantasear, que el cine siga rodando, lo cierto es que Don Víctor era un domador de bestias, así nos trataba el muy pendejo, antes que maestro).
Por su parte, al señor Murias se le daba muy bien hacer madreñas, las galochas de toda la vida. Y además era todo un escultor, un buen tallador de madera (quizá contaba con alguna navajina de Taramundi, eso ni lo recuerdo, era uno tan rapacín). 
Vivía, como digo, al lado mismo de la escuela. Y guardo buenos recuerdos suyos. Todo el mundo sabía que Murias (el bisabuelo de Maika) provenía de un lugar exótico (entonces, uno no sabía lo que es eso de exótico, bueno, y ahora tampoco) llamado Luarca, de una tierra hermana que era y es Asturias, la Asturias verde de monte y negra de minerales, que canta Víctor Manuel. Cada vez que escucho esta canción se me erizan todos los vellos del alma. Y siento ganas de llorar de pura emoción. 

Lo que no sé es cómo llegó el señor Murias a Noceda y cómo acabó quedándose en el pueblo, que no tiene mar, ni ría, tan sólo un río, que por cierto pasa también al lado de su casa, donde en la actualidad vive su hija Carmina. 
Me confirma Fina, una de las nietas del señor Murias, que en efecto su abuelo era de Luarca. Y que aún vive allí un tío abuelo suyo. 
Con toda esta historia, y la magia que envuelve Luarca, no es de extrañar que me sienta cautivado por esta población, que se me antoja como un anfiteatro en el mar cantábrico, en la costa verde. 

Conocida como la villa blanca, su nombre se asocia sobre todo al Premio Nobel Severo Ochoa, cuyas huellas se pueden encontrar en todo el pueblo, entre otras, una estatua del mismo a la entrada de la Oficina de Turismo, sita en la plaza del Ayuntamiento, en un edificio emblemático, el palacio del marqués de Gamoneda (nosotros también tenemos al Premio Cervantes Gamoneda, que por cierto es de origen astur). 
En la oficina de Turismo de Luarca (al menos hace tiempo, esta vez no la visité) había una expo dedicada a Severo Ochoa. También existen placas recordatorias de su figura en el pueblo. Y su tumba en el cementerio, que está situado en un lugar con vistas maravillosas.
Un mirador de lujo. 
Cuánto nos creemos y qué poco somos todos. Lo digo porque Severo Ochoa, que al parecer era un tipo humilde y sabio, llegó muy lejos. Y acabó, como acabaremos todos, en la tumba. Disculpad esta reflexión macabra, aunque bien realista. Por eso, deberíamos vivir más intensamente, aquí y ahora. Y vivir en armonía con los demás. Dejarnos de gilipolleces. Amarnos más. Sentirnos más. Vaya utopía. 
Tomarse un buen pote y unos chipirones regados con una sidrina, escanciada por uno mismo, amén de un arrocito con leche, por ejemplo en el restaurante Báltico, y luego quedarse contemplando el muelle, como si uno contemplara la luna llena (ahora que estamos rememorando el famoso viaje a la luna de hace medio siglo), es todo un aguinaldo de verano. 
Luarca es también el pueblo donde surgiera la compañía Alsa de autobuses, que, con el tiempo, se ha convertido en todo un imperio, llegando a verse incluso buses urbanos Alsa en la ciudad de Marrakech. ¿Quién le iba a decir al fundador de esta empresa que acabaría teniendo buses en la ciudad roja de Al-Magrib? 

Y para finalizar este texto, deciros que, para los bercianos del Alto, Luarca es sin duda el puerto de mar, la playa más cercana. En realidad, me flipa saber que Luarca, en línea recta desde Noceda, está relativamente cerca. Incluso por carretera no está nada lejos. 
De Noceda a Páramo del Sil (desviándose a la izquierda antes de llegar a Páramo), continuar por la pista minera hasta Cerredo, de ahí a Cangas del Narcea. Y desde Cangas a Luarca. Son menos de 150 kilómetros. Lástima que no haya una autovía que comunique el Bierzo con nuestra Asturies del alma. 

Y ahora que he dejado Luarca, para regresar a la matria, al útero de Gistredo, me viene a la mente el oscarizado Gil Parrondo, que era oriundo de Luarca (creo que sus cenizas también fueron a parar a su localidad natal), un hombre entrañable al que tuve el gusto conocer durante mi etapa en la Escuela de Cine de Ponferra. Recuerdo alguna comida con él en La Fonda. Le gustaban los gin tonic como digestivo. Y el pan berciano. http://cuenya.blogspot.com/2016/12/un-garbeo-por-el-nilo.html Ya tengo pretexto para regresar a Luarca. 

lunes, 22 de julio de 2019

La Curuja en el pueblo de las fuentes medicinales


Acaba de publicarse el número 21 (segunda época) de la revista La Curuja en Noceda del Bierzo, cuya portada corresponde a un cuadro de la pintora astur-leonesa Cristina Masa Solís.


Noceda del Bierzo es, al igual que ocurre con la mayoría de los números de la revista, el tema principal. Y en este caso le dedicamos algunos textos a personajes del pueblo de las fuentes medicinales como Tomás Nogaledo, Armando Costillas, Luisa, la hija de Álvaro Furil, o Tino (que firma la periodista nocedense Raquel Arias).
Pepe Álvarez de Paz (al que dedicáramos el anterior número de La Curuja) nos habla de una Noceda bilingüe.
Por su parte, la poeta y narradora María José Prieto nos cuenta la historia de Noceda a través de un paseo por la misma.
El nocedense José Antonio González, residente en la Argentina, recuerda su pueblo desde Buenos Aires con su texto El imparcial.
El también nocedense Javier Arias Nogaledo nos trae la memoria de sus antepasados.
Reyes Llamazares nos ofrece un sobrecogedor relato sobre el Alzheimer.
Y la joven poeta Andrea Valbuena cierra el número con un bello poema, El majuelo, que brota de la tierra.

Décimo Encuentro Literario en Noceda

Como coordinador y editor de esta revista, a través del Colectivo Cultural La Iguiada, y con la colaboración del Ayuntamiento de Noceda, haremos el Décimo Encuentro Literario el sábado 17 de agosto, a las 19h30, en la casa de la cultura (barrio de San Pedro). Con la participación de los siguientes autores/as: Ana Ibis Sánchez (poeta), Carmen G. Pinillas (poeta), Lola Quintanilla (narradora), Gemma Álvarez Cubillas (narradora), Ángeles Rodríguez (actriz), Mario González Álvarez (músico, rabelista), Gari Ferrero (narrador, juglar). Y uno mismo, Manuel Cuenya, como organizador del acto.


Tapia de Casariego

Desde Ortigueira (donde por cierto viviera durante unos meses Álvaro Cunqueiro, uno de los inventores del Realismo Mágico, que es cosa gallega, sin duda) hasta Tapia de Casariego es un paseo. Un paseo muy bello a lo largo de la costa. 

En realidad, toda la costa gallega y astur es de una gran belleza. O al menos así lo percibe uno. 
Sería muy interesante hacer todo el trayecto, desde Ferrol hasta Xixón, haciendo paradas en diversos lugares, como O Barqueiro, Viveiro, Ribadeo, Castropol, Tapia, Luarca, Cudillero... (lugares todos que he visitado en alguna ocasión. Y tienen un gran atractivo). 
En esta ocasión, me allegué cual peregrino, mochila en ristre, hasta Tapia de Casariego, donde recuerdo, hace ya años, haber tomado un atole (así, como suena, un atole estilo mexicano, y no es que me dieran atole con el dedo), lo que no deja de ser sorprendente, aunque, si lo piensa uno bien, no me late tan sorprendente, porque un buen puñado de astures y gallegos pueblan, siguen poblando México. Sólo hay que fijarse en sus mansiones, en las casas de indianos que existen en algunas poblaciones de Asturias, tanto en el Occidente como en el Oriente (véase por ejemplo Llanes, lugar en el que también he estado en varias ocasiones).
Y es que Asturias es tierra hermana. Hasta recuerdo que moré en Oviedo durante cinco años como cinco soles. Guardo muchos recuerdos. (Ahí estaba por ejemplo mi amiga Valle). 
Pues eso, que paladeé un atole en Tapia (estás sordo como una tapia, decía Antonio el Petronilo acerca de sí mismo. El Petronilo era vecino. Y un personaje harto singular). 
Sólo el nombre de Tapia de Casariego me hace fantasear con un poblado como Macondo. ¿Qué hay tras la tapia? Tras la tapia se abre un mar nutritivo. Un pueblo a orillas del mar, con playa, despierta muchas sensaciones. Lo dice alguien que es de secano, de tierra adentro (bueno, Noceda fue in illo tempore un lago. Y uno se transfusionó, o algo tal que así, no me hagáis demasiado caso, son horas de alunizar o alucinar). 

Aunque en esta ocasión no encontré un atole que llevarme al gorgüelo, sí me metí una fabada (me encantada la fabada) y un atún a la plancha (exquisitos ambos platos). Bueno, la fabada servida en cazuela para servirse a discreción. Así son en las Asturies, oh. 
Todo ello regado con una sidrina, que uno mismo, mediante un aparatejo, se encarga de escanciar. Si es que yes la hostia en vinagre. Tampoco tien tanto misterio, oh. 
Debería fluir el astur, que es hermano della mía lingua, pero uno parez que anda atorzonado. 
Los aires de Tapia me han venido muy bien, en todo caso. Un sitio tranquilo (y eso que andaban de romería), que procura buenas vibraciones.
Os recomiendo, por supuesto, echar un oclayo desde algún mirador, por ejemplo, el de San Blas. Creo que se llama así. Daros un voltión por su muelle (estatua incluida). Y por su playa. O playas. Que eso refresca las entendederas. Y orea el alma. La brisa marina nos espabila. Sobre todo a quienes no estamos en contacto habitual con la misma. 
Tapia enamora, dice la página web de la misma. No sé si enamora. Pero te da un chute de buen aire. 

domingo, 21 de julio de 2019

Ortigueira, leyenda musical

Ortiguera es ya una cita habitual desde hace al menos veinte años. 
Ortigueira es un pueblo hermoso y fresquito (incluso en verano) que, llegado el mes de julio, se convierte en un gran escenario musical, pues se celebra por todo lo alto el Festival Internacional de Música Celta. 

Antes cabría decir de música folk (música popular) o bien música de gaita (que es en verdad una prolongación de la cornamusa romana, pero no vamos ahora a polemizar con este asunto). 
Gwendal ensayando

Lo celta asociado a lo irlandés, lo escocés, lo galés, lo bretón, lo galaico y astur (incluso lo cántabro) y hasta el Minho portugués. 
"Ocho naciones celtas en una", rezaba el lema de este año en Ortigueira, que ofreció, como siempre, lo mejor de sí misma. 
Con grupos legendarios como Gwendal (a quienes he podido escuchar en concierto en diversas ocasiones) o poderosas bandas como la Caledonia Pipe Band. Y aun grupos como Shoglenifty, Flook o los polacos Beltaine (toda una revelación). Un gran descubrimiento también el gaitero Anxo Lorenzo y su banda. 
Mesón Río Sor

Buena música, buena comida (el bar restaurante Río Sor es ya como la casa de uno, con su comida casera y abundante), bellos paisajes. Y fiesta asegurada. Día y noche. Para los fiesteros es una delicia. El pinar de la playa de Morouzos vibra en todo momento. Late como un corazón, acaso des-acompasado, arrítmico, en las interminables noches aromatizadas con has y maría. Hasta comida aderezada con maría vende el personal. El pinar de la playa de Morouzos es como un campo de concentración aunque sin vigilancia ni alambradas. Con el duende de la libertad sobrevolando el espacio y cierto tufo a meados. Y otros (aunque no quiero ponerme escatológico. Y de este modo aguar la fiesta de la belleza musical, que lo es). 
Caledonia Pipe Band

Ortigueira, durante el Festival (esta es también su cara) se muestra como un gran batallón de jóvenes ávidos de parranda dispuestos a chuparse litronas, calimochos y muchos otros litros del alcohol. A algunos se les ve incluso cargando hasta las chanclas (en sentido mexica) como burros acemileros (valga la expresión). Y aun otros acarreando leña, para comer de caliente, suponemos, mediante algún contenedor que han pillado a ligera en el pueblo. Un espectáculo de feria, de circo. Un teatro al aire libre. 
Aunque también es posible perderse en los bosques de eucaliptos. O treparse al Olimpo de los ensueños. En busca de gnomos. O de hadas madrinas reconvertidas en sirenas de algunos acantilados rosa en este mar del noroeste. 

Si de verdad uno quiere empaparse de música, con música, durante cuatro días, Ortigueira (adonde llega gente de toda España, y aun de fuera) es el lugar idóneo. Todo gratis (me refiero a la música, claro está, y a la acampada también). Algo que no resulta nada habitual en ningún lugar del mundo, donde se paga hasta por respirar. Abanca, Estrella Galicia, Gadis... y algún otro apoquinan con la guita. Eso parece. A cambio de publicidad. 
De todos modos, en Ortigueira ya han espabilado y de lo lindo. Y lo que antes era un viva la Pepa constante y sonante, ahora ya no es tanto. Me refiero a que ni siquiera el Río Sor (emblema de casa hospitalaria), ha reducido las raciones a la par que ha aumentado el precio. Y en fin de semana, y para cenar, ya no sirven menús, que eran buenísimos.
Todo va cambiando poco a poco, por la vía rápida del consumo y el dinero fácil, que seguimos anclados en una crisis (ahora también política) que no la levantamos ni con varias grúas. De la crisis espiritual mejor ni hablamos, que me da gorrión (como dicen en La Habana). 
Ortigueira seguirá sonando y aun resonando en el cabo de Ortegal. Con sus gaitas. Y sus gaiteros. Con su música dulzainera. 

viernes, 19 de julio de 2019

Bologna, punto de llegada y partida

Después de algún tiempo de dance por el Trentino Alto Adige, con sus bellas montañas, fantásticos lagos y románticos castillos (estampas inolvidables), con la proverbial hospitalidad de Álida y Jordi (enormes anfitriones), el viaje llega a su fin. Y uno siente pena. Pero, en esta vida, todo llega a su fin, y así debemos aceptarlo. Es ley de vida, asegura la gente, aunque uno quiera resistirse a admitirlo, a admitir la finitud. 
La ciudad roja, Bologna

No somos eternos. Nada más lejos de serlo. 
Eterna es, como mucho, Roma, que visitara el pasado verano. Una ciudad que me entusiasma. Y sobre la que he escrito en más de una ocasión. 
Después de unos días gloriosos en el Trentino Alto Adige, siento que me llevo muchos recuerdos, muchas sensaciones, un gran aprendizaje, también. Y eso es magnífico. 
Por eso conviene viajar, abrir los ojos y la mente, salir de la caverna, abrirse en definitiva a otros mundos, otra forma de entender el mundo, aunque sepamos de antemano que somos más parecidos, aquí y allá, de lo que creemos. Y las emociones básicas son universales. Los humanos nos reconocemos en toda la Tierra, porque nada de lo humano nos es ajeno. 
Piazza Maggiore, Bologna

Trentino Alto Adige es tierra del maso (la masía catalana, el caserío vasco...) y de la stube (cuarto, habitación), que es una casa típica campesina de esta zona. 
En esencia, uno es un campesino, pues crecí en el campo. Y me siento identificado con el mundo rural, con la tierra, con la naturaleza. 
Me gusta ser natural (rehuyo, en la medida de lo posible, de lo artificial, de lo postizo, del postureo, de lo apariencial). Tal vez por eso me encanta El árbol de los zuecos, de Ermanno Olmi, uno de los grandes cineastas italianos fallecido el pasado año. Y del que Jordi me habla. "Vivía en la meseta de Asiago, próxima al Trentino, donde llegó a fundar una Escuela de Cine", me dice, mientras suena la música de Vinicio Capossela (otro descubrimiento).  
Olmi, director de otra lírica película como es La leyenda del santo bebedor, era amigo de otro gran escritor italiano, Mario Rigoni Stern (autor del autobiográfico El sargento en la nieve), quien llegó a colaborar como guionista en alguna película de Olmi. Eso me cuenta Jordi, que es un libro abierto. Conoce montones de historias, que me apasionan. Y eso hace que el viaje sea aún más interesante por estas tierras. A propósito de la música, incluso me habla del compositor mexicano Celso Piña. Y de su Cumbia sobre el río suena, que el director Iñárritu emplea en su Babel (colosal peli). 
También me cuenta que Robert Musil, el autor de El hombre sin atributos o bien Las tribulaciones del joven Torless (lectura que me encantó hace ya muchos años), estuvo en Levico Terme (preciosa localidad de la que ya he hablado en anteriores entradas en este blog) y aun en Pergine (conocido por su castillo).
"Hemos estado en Levico durante un mes, antes de que estuviéramos diez días en Pergine, y ahora, en primavera, todo Valsugana es hermoso. Especialmente el lago Caldonazzo", escribe en una carta la mujer de Musil. 
Verona

Después de esta visita por la Italia alpina, dolomítica, tirolesa (harto desconocida en España, creo), emprendo rumbo, desde la capital de Trento, a Bologna (punto de llegada y partida). Con Verona en mitad del trayecto.  
Por su parte, Álida, que es buena cocinera, además de magnífica profesora, me obsequia con manjares inolvidables como spaghetti vongole, gnocchi allo speck, minestrone, quaglie all'uva (un sabor ancestral), truchas con romero, strudel, queso de Asiago o macedonia de arándanos y frutti di bosco. Los frutos del bosque y los productos lácteos son excelentes en esta zona. 

Bologna
Torres Asinelli y Garisenda

En el viaje de ida hacia el Trentino, Bologna me recibe con un calor infernal, que se mantiene a lo largo de toda la noche. A la vuelta, sigue haciendo mucho calor, aunque es más soportable. Y me permite al menos pasear bajo los soportales, resguardado a la sombra. 

La capital de Emilia Romaña (donde nacieran a personajes tan singulares como Pasolini o Raffaella Carrà) es conocida como la ciudad roja, pues su arquitectura esta teñida de rojo. A partir de ahora tendremos que hermanarla, religarla con la ciudad roja de Marrakech. 
Fuente Neptuno


Bologna es una ciudad universitaria. Con fama en toda Europa. Y una ciudad medieval con un casco histórico que quita el hipo. Con sus elegantes y guapos soportales. Se agradecen y mucho a resultas del calor que hace en la ciudad, pues caminar por ellos o bajo ellos procura cierto fresquito. 
La via dell'Indipendenza es un continuo y prolongado soportal, con sus tiendas y su animación. Una vía que desemboca en la plaza Nettuno (Neptuno), donde está situada la fuente de Neptuno. La piazza Nettuno se halla al lado de la piazza Maggiore.
Al fondo, tenemos como referencia dos torres: Asinelli, con casi cien metros de altura, y Garisenda (con casi cincuenta metros), famosa debido a que Dante se refiere a la misma en La Divina Comedia, torres inclinadas, como la de Pisa, ambas símbolos de la ciudad. 

Soportales Bologna, via dell'Indipendenza
El sabor de un croissant relleno con crema de pistacho me hace tocar las paredes rojas de la felicidad. ¿Acaso la felicidad es roja?¿Existe eso que llamamos felicidad?
Bologna, donde he estado en más de una ocasión (el pasado verano, sin ir más lejos, en algún viaje InterRaíl y Eurodominó), aunque siempre de prisa y corriendo, me invita a regresar, quizá en una época menos calurosa, que aquí se fríen hasta los huevos en las piedras.
Una ciudad muy animada, tanto durante el día como durante la noche. De noche mejor estar en vela hasta que refresque algo.
La proxima vez que tome espaguetis con salsa me acordaré de Bologna. Hasta el próximo viaje. 

jueves, 18 de julio de 2019

De las dolomitas del Friuli a Bassano del Grappa

Antes de hincarle el diente a la población de Bassano del Grappa, me apetece hacer una parada (imaginaria) en las dolomitas del Friuli, la tierra natal del gran Mauro Corona, el autor de Fantasmas de piedra, que tradujera la buena amiga Álida Ares al castellano. 

Fantasmas de piedra es en verdad un emocionante viaje, a través de las cuatro estaciones del año, al pasado, al reencuentro con la infancia del autor, con sus recuerdos (ahí está también Amarcord de Fellini), con sus antepasados, con sus muertos (las calles deshabitadas de Erto como un gran cementerio, a veces, sobre todo en invierno, tengo esa misma impresión en mi pueblo de Noceda, siento ese vacío, ese silencio, ese óxido en mis entrañas). 
"Las valiosas páginas de Mauro Corona en su deambular por las callejas de Erto son una guía espiritual imprescindible para reencontrar nuestros fantasmas de piedra", escribe Valentín Carrera. 
Mauro Corona, al que me hubiera gustado ver/conocer en este reciente viaje, es un ser extraordinario, al decir de Álida y de Jordi, una especie de ermitaño, feliz en su mundo dolomítico, alejado del mundanal ruido. 

No en vano, es/era escalador, escultor, cazador, un tipo religado a la Naturaleza, una especie de Dersú Uzalá con una gran sensibilidad, habida cuenta de lo que escribe en su libro Fantasmas de piedra, que tanto me hace recordar La lluvia amarilla, del gran Julio Llamazares. Y por supuesto a Pedro Páramo de Rulfo. A la Comala del genio mexicano. Que en el caso de Fantasmas de piedra son las calles desiertas de Erto. 
Cabe recordar que Mauro Corona es un devoto de La lluvia amarilla. Y de Julio Llamazares. Tanto es así que llegaron a conocerse en un viaje que Llamazares hiciera a Venecia y a Treviso para presentar la traducción de sus poemas al italiano. Entonces, fue cuando conoció a Mauro Corona, que acudió al acto en Treviso junto a Álida Ares (que es una estupenda cocinera, aparte de excelente traductora y editora) y Jordi Canals (que es una persona magnífica y gran intelectual). 

Bassano del Grappa





Bassano del Grappa es conocida sobre todo por su cerámica, famosa en todo el mundo. Y por su ponte vecchio, el puente degli Alpini, a su paso por el río Brenta (nace en los hermosos lagos de Levico Terme y Caldonazzo), que tanto me hace recordar al puente Vecchio de la ciudad de Florencia, que tuviera el placer de visitar, una vez más, el pasado año.
Firenze es un autentico museo al aire libre, una grande bellezza, como la peli de Sorrentino.
Una agradable sorpresa la ciudad medieval de Bassano del Grappa (del Grappa porque hay un monte en el entorno que se llama así y además en esta zona se destila la grappa, que es como nuestro orujo).
Rinoceronte a la entrada de museo Remondini

Uno tiene la impresión de adentrarse en una Italia más mediterránea, más carnal, al menos con respecto al Trentino y Alto Adige, que se parecen tanto a Austria.
Italia es el país por excelencia del arte, de la belleza (España también es país con mucho arte, por supuesto, lástima que seamos tan poco cuidadosos con nuestro patrimonio natural y artístico).
Siento admiración por Italia, en tantas cosas, lo reconozco. Y uno se encuentra como en casa. Es probable que, salvando a nuestros hermanos hispanos y el mundo bereber, Italia sea el país con el que mas me identifico.


Es un placer recorrer las calles de Bassano, sus plazas, como la Garibaldi, además en un día de mercado, tomar un aperitivo. Y luego unos bigoli con ragú de pato. A precio de oro. Todo hay que decirlo. El lugar elegido es Al Ponte, un restaurante a orillas del río, con vistas a la ciudad. En esta zona del Véneto es habitual pagar el coperto, que no es otra cosa que apoquinar de lo lindo por sentarse nomás a comer. El coperto, en cambio, no existe en el Trentino. O al menos no lo recuerdo. Que todo sea por el disfrute.
También es un placer, per sempre il piacere, el museo Remondini, y en concreto una exposición de grabados del genial Durero, artista que a mi entender tanto influyera en Dalí. 
Creo que el propio Dalí reconoce esa influencia.
Bassano es un lugar tranquilo, que merece mucho ser visitado, aunque sospecho que no figura entre los sitios turísticos que se ofrecen a los turistas/viajeros españoles.
Por aquí también se dice que pasó el gran Hemingway durante la Primera Guerra Mundial. Incluso cuenta con un museo a las afueras de la ciudad. http://www.museohemingway.it/ita/museo/il-museo-hemingway-e-della-grande-guerra


Aunque figura en italiano, creo que es buen enlace sobre la figura del escritor y aventurero Hemingway en Italia, quien, siendo un joven de 19 años, se alistó durante la Primera Guerra Mundial como voluntario de la Cruz Roja para irse a la localidad de Bassano del Grappa en el Véneto. Y desempeñó la labor de conductor de ambulancias.
Fue herido. Se enamoró de una enfermera. Y acabaría enamorándose de Italia, al igual que hiciera con España o Cuba (en La Habana pude visitar, por supuesto, La bodeguita del Medio, El Floridita y el hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo, donde se alojara el escritor americano). 
Lo interesante de su vida en Italia se recoge en sus libros Adiós a las armas y Al otro lado del río y entre los árboles (este último me lo recomienda el bueno de Jordi, que sabe lo que no hay escrito).

Debería leer ambas obras para entender la vida de Hemingway en Italia.
Una vez más, me gustaría destacar la importancia de viajar, porque es como uno acaba descubriendo y aun re-descubriendo el mundo. De no ser por este viaje, por este recorrido por Bassano, creo que jamás hubiera descubierto esta faceta de la vida del intrépido autor de El viejo y el mar, al que espero leer más y mejor a partir de ahora.
Incluso existe una película en la que se aborda la vida de Hemingway en Italia. Y cómo este se enamora de una enfermera interpretada por Sandra Bullock. Pero tampoco he visto esta cinta. Se titula En el amor y en la guerra. Y uno de los escenarios en que está filmada es precisamente Bassano del Grappa.
Ahora tengo muchos deberes por delante. Es lo que tiene viajar, que te invita a seguir viajando, leyendo, investigando, tareas en verdad estimulantes. 

Pues seguiremos dándole a la quijotera y caminando sobre la luna plateada de las sensaciones. Salud.

Las dolomitas

Corvara, Val Badia
Un recorrido por el Trentino y Alto Adige (sur del Tirol) me adentra en la belleza de las grandes montañas, de las dolomitas [patrimonio de la Humanidad], esas rocosas que emergieran del océano hace muchos muchos años para la gloria contemplativa de los seres humanos, que hemos tenido la ocasión de quedarnos extasiados ante su inmensidad, ante su sublimidad: la belleza del abismo, paisajes que quitan el hipo o producen vértigo: puerto Pordoi, Val Badia, Canazei... Como un ensueño o una alucinación. 
Canazei

Siento una fusión con el paisaje, acaso como un romántico que sintiera la naturaleza como algo divino, que lo es. La Naturaleza es divina. Y uno es un romántico de la época actual o un pos-romántico. 
Un viaje al corazón calizo de las montañas, que encierran el misterio de la belleza, es una experiencia inolvidable. Un rito cuasi místico que entraña mucha emoción.
La Marmolada
Uno también parece elevarse ante la inmensidad de las cumbres. 

Desde el refugio de Castiglione Marmolada contemplo, bajo la lluvia, un glaciar de otrora con la perplejidad de un niño que mirara el mundo por primera vez, con asombro y devoción. 

El refugio de Castiglione, que Álida y Jordi conocen bien, se me antoja un sitio estupendo para reponer fuerzas tomando una pasta con corzo. Y un strudel de postre. De repente, el verano se transforma, a estas alturas, en una especie de invierno.
La Marmolada es, cabe señalarlo, el pico más alto de las dolomitas, superando los 3000 metros. 
Dolomitas de Brenta

En el fondo uno lleva su paisaje, la memoria de su paisaje, adonde quiera que va. Y hasta las dolomitas me hacen fantasear con las hoces de Vegace
rvera. 

Las dolomitas (lo digo en femenino, que es lo correcto, según me cuentan) configuran el paisaje del Trentino Alto Adige, una zona que también está salpicada de bellos lagos. Y castillos que nos hacen fantasear con el romanticismo, una vez más. 
Lagos y castillos en un entorno privilegiado, con nieve en invierno (habría que visitarlos en esta estación) y coloridos en verano. Uno quisiera algún lago para Noceda del Bierzo (se dice que, hace millones de años, Noceda puedo haber sido un lago), incluido un castillo, por ejemplo, en las Peñas de la Gualta, dominando el valle uterino. Pues eso, prosigamos soñando.
Lago Molveno, al fondo dolomitas de Brenta
Lo que resulta curioso es que, cuando vemos un paisaje alpino, rápido lo asociamos con Suiza, con Austria, con Alemania o incluso con Francia. Pero nunca o casi nunca con la bellísima Italia, que se nos hace, aun sin conocerla, mediterránea, terrosa, bronceada, del color de la carne, como vemos en El vientre del arquitecto de Greenaway, que es una película, conviene aclararlo, ambientada en Roma. Y la ciudad eterna es pura carnalidad, belleza comestible, porque la belleza será comestible o no será, como nos dijera el surrealista Dalí. 

El Oeste del Trentino resulta igualmente fascinante, atravesando el Val di Non o el valle de los manzanos (una sidrina vendría bien para combatir el calor de principios de julio) y visitando los lagos de Molveno y Toblino.
Lago Molveno

El azulado y turístico lago de Molveno, a los pies de las dolomitas de Brenta. Y el lago Toblino con su castillo, que me traslada, bajo su luz irreal, a una época romántica, tal vez a ese filandón que organizaran a orillas del lago suizo de Leman, en Ginebra, Polidori, Lord Byron y la propia Mary Shelley, entre algún otro como su amantísimo novio Percy B. Shelley (enterrado en el cementerio protestante de Roma), logrando Mary llevarse la gata al agua con esa obra extraordinaria que es Frankenstein (me enternecen los pasajes en que el monstruo toma la palabra, para decirnos, a grandes rasgos, que sólo necesita amor, una mujer a su imagen y semejanza, con quien compartir amor). 

Bueno, Polidori, el médico de Byron, también consiguió escribir El vampiro.
Pues sí, el lago de Toblino me hizo viajar a otra época, a otro tiempo impregnado de romanticismo y tal vez de literatura fantasmagórica.
No me extraña que los viajeros románticos sintieran una hipnótica fascinación por los Alpes, por las grandes montañas, por la belleza del abismo. Y también por esos lagos de los que brotan los monstruos y las leyendas
.

miércoles, 10 de julio de 2019

Trento, con sabor alpino

Si a uno le dicen la palabra Trento (cual si estuviera en una sesión psicoanalítica), lo más probable es que la respuesta (por asociación, acaso semántica, o de otro tipo, vaya usted a saber qué tipo de asociación nemotécnica) responda con la palabra Concilio (quizá para eso haya que estar educado en religión católica, apostólica y romana). 
Panorámica de Trento desde el castillo

Trento es igual a Concilio. Pero eso ya ocurrió hace siglos. Y Trento es mucho más que su concilio (que debió de ser importante, a tenor de lo que nos cuentan los historiadores). 
Más que su concilio, sí, por fortuna. 
Si bien tuve la ocasión de poner los pies, hace años, en Bolzano (con aromas tiroleses), la capital del Alto Adige (el río que discurre por el Trentino, incluida la ciudad de Trento), no recuerdo haber pisado la capital del Trentino, que es una ciudad en efecto con historia, mucha historia (el Concilio como respuesta a la Reforma protestante) y mucho arte. 
Ubicada en medio de los Alpes, rodeada por altas montañas y bosques frondosos. La vegetación en esta zona es extraordinaria. Como si fuera una olla.
Calle Belenzani
La olla de Trento (Tridentum, en referencia a tres dientes), se me ocurre. 


Elegante, coqueta, con sabor alpino, austriaco, incluso en lo referente a su gastronomía. Conviene recordar que esta ciudad perteneció a Austria hasta hace aproximadamente un siglo. Y eso se nota. Y mucho. También en su arquitectura. 

Trento es una ciudad hecha a escala humana, como deberían estar construidas todas las ciudades, para que sus habitantes no se sintieran deshumanizados, en el zoo (a uno le sale inevitablemente su ruralidad, su vena campesina y campestre). 
Castillo


Se me antoja un buen lugar para vivir, para impartir clases, también para estudiar. Para llevar una vida sosegada, contemplativa, aunque parece que también tiene vida a resultas de sus muchos estudiantes universitarios. Y por supuesto para degustar por ejemplo un stinco o codillo, acompañado de buena cerveza, en la birreria Pedavena, que es un lugar emblemático de la ciudad. 
El Duomo



En la actualidad, Trento es una ciudad reconocida en toda Italia por su prestigiosa Universidad. Sobresaliente en robótica, con un laboratorio de investigación Microsoft. 
Una de las mejores universidades de Italia, según me cuentan mis cicerones Jordi y Álida, quienes me muestran hospitalarios sus facultades, Letras y Filosofía y Economía. Incluso sus despachos. 
Fuente de Neptuno

Me parecen edificios bellos y funcionales a la vez (sobre todo el de Letras y Filosofía), tanto en su exterior como en su interior, con instalaciones de primerísimo nivel. 

En el transcurso de la visita a Trento, coincido, coincidimos (ahí estaba Álida), con unas chicas bilbainas, que también estaban visitando la capital del Trentino. Y al recomendarles que se fueran a comer a la cervecería Padavena, dijeron que ya la tenían señalada como su punto gastronómico. Las chicas vascas tenían previsto pasarse un mes entero en la región del Trentino Alto Adige. Con lo cual, aunque creo que Trento es una ciudad algo desconocida para los españoles, sí se encuentra uno con turistas de la piel de toro.
Plaza del Duomo
En todo caso, Trento (en general la región del Trentino Alto Adige) poco o nada tiene que ver con esa 
Italia turística de la Toscana, Roma, Napoli... esa Italia que tantas veces hemos visto a través del cine neorrealista, del cine en su amplio sentido. 
En la Facultad de Letras y Filosofía

Visitas obligadas se me antojan la calle Belenzani, el imponente castillo del Buonconsiglio y la plaza del Duomo, donde se halla la catedral (espectacular, como por lo general todas las catedrales, de eso sabe mucho el escritor Julio Llamazares) y la fuente de Neptuno, aparte de sus coloridas y llamativas casas. Desde el castillo se tienen lindas panorámicas de la ciudad. 

Trento es un sitio que procura buenas vibraciones, con una gran calidad de vida. En esta ciudad se percibe mucha tranquilidad y seguridad. 
Hablamos de la Europa del Primer Mundo.
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