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jueves, 25 de junio de 2020

La rebelión de las masas

Todo en el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario. Su atributo son los ojos en pasmo. Por eso los antiguos dieron a Minerva la lechuza, el pájaro con los ojos siempre deslumbrados. 

(Ortega, La rebelión de las masas)

"Se ha abusado de la palabra y por eso ha caído en desprestigio... se ha creído que hablar era hablar urbi et orbe ; es decir a todo el mundo y a nadie. Yo detesto esta manera de hablar y sufro cuando no sé muy concretamente a quién hablo... La lengua, que no nos sirve para decir suficientemente lo que cada uno quisiéramos decir, revela en cambio y grita, sin que lo queramos, la condición más arcana de la sociedad que la habla ", escribe Ortega en el prólogo para los franceses, incluido en su rebelión de las masas. 

Tal vez se ha abusado de la palabra, que acaba gastándose, por eso convendría revitalizarla, darle un nuevo uso, un nuevo sentido, acaso filosófico, a sabiendas de que a través del lenguaje podemos articular el pensamiento. Tampoco se trata de hablar por hablar. Conviene saber a quién se habla, porque a menudo hay gentes con quienes no se puede establecer ninguna suerte de diálogo. Y eso es terrible. 

Si bien ya tenía previsto escribir sobre La rebelión de las masas, de Ortega, el escritor berciano Eduardo Frá me lo sugiere. Y, como uno es la mar de obediente, me dispongo a ello en espera de que pueda salir bien parado, habida cuenta de que la empresa no es fácil, porque, como todo o casi todo, requiere o amerita de una lectura-re-lectura analítica que entronque con la realidad actual. Y es que La rebelión de las masas es tal vez la obra maestra del creador de ¿Qué es la filosofía? o de La España invertebrada, ensayo sobre el que escribiera recientemente en este mismo blog. 
https://cuenya.blogspot.com/2020/06/la-espana-invertebrada.html
Ortega, que tuvo implicación en la política activa, quedó desencantado de la misma. Y se dedicó de lleno a la filosofía, legándonos su amor al saber con una escritura sencilla y a la vez profunda, literaria y filosófica a partes iguales. 
Nos advierte en el prólogo para franceses de que ni su libro ni él mismo son políticos. Y su trabajo "es oscura labor subterránea de minero... La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que la del político suele, por el contrario, confundirlas más de lo que estaban".
Contundente se muestra Ortega al decirnos que "ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral... hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías”. 
Algo que también escribiera el escritor y viajero payés Pla en su Cuaderno gris: “Lo que más se parece a un hombre de izquierdas en este país es un hombre de derechas. Son iguales, intercambiables, han mamado la misma leche".
    Ortega es un valor seguro, hay que volver a su obra de vez en cuando para que nos ilumine la senda de la vida con sus sabias reflexiones. Un hombre ilustrado, cosmopolita, que tuvo la ocasión de viajar por diferentes países dando conferencias en diversos lugares del mundo. 
"La vida tiene que ser culta, pero la cultura ha de ser vital", señaló. Pues, desde su vitalismo, entendió que la vida está por encima de todo. “Vivir es caminar hacia una meta". ¿De qué sirve vivir cien años si no se sabe el por qué y para qué se vive?  
"La auténtica plenitud vital no consiste en la satisfacción, en el logro, en la arribada. Ya decía Cervantes que 'el camino es siempre mejor que la posada'".
La rebelión de las masas, como tantos libros, tuvo su origen en el diario El Sol, porque en este periódico comenzó el filósofo publicando su obra en forma de artículos. Gran parte de la buena literatura y el pensamiento en España se ha publicado en periódicos. 
La rebelión de las masas, como su título parece indicarnos, hace referencia a la aparición a principios del siglo XX del llamado hombre-masa en Europa. Conviene aclarar que el hombre masa al que se refiere el filósofo se encuentra en todos los ámbitos, en todas las profesiones. Y se trata de un bárbaro, que ha perdido toda capacidad de conocimiento, que tiene dentro una política exorbitada, fuera de sí, que se apresura a apagar las luces para que todos los gatos resulten pardos. El hombre-masa es alguien de alma vulgar, mostrenco social, que para más recochineo se cree la mamá de los pollitos, como diría un cuate azteca. El hombre-masa sería como la antítesis del hombre (mujer) excelso, superior (incluso en el sentido que le da el filósofo Nietzsche, con capacidad de pensar por sí mismo e ir más allá). 
El selecto, el hombre grande sería aquel que goza de una larga memoria. Pues bien sabemos que quien desconoce la historia, tiende a repetirla, a cometer los mismos errores. Y negar el pasado es absurdo, ilusorio. 
"Masa es el hombre medio... que no se diferencia de otros hombres... todo aquel que se siente como todo el mundo, y, sin embargo, no se angustia... La masa no desea la convivencia con lo que no es ella. Odia a muerte lo que no es ella... sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera... arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto. Quien no sea como todo el mundo, quien no piense como todo el mundo, corre el riesgo de ser eliminado”, lo cual atenta contra toda suerte de libertades, imponiendo la dictadura de su encefalograma plano.

Aclara Ortega que una sociedad puede tener una masa perfectamente sana. Pero lo funesto ocurre -despeja el filósofo-, cuando esa masa no acata su lugar original, como si los peces quisieran volar y las aves bucear. O los estudiantes quisieran conducir y/o enseñar al profesor, en vez de este a aquellos. Hoy, más que nunca, vemos cómo algunos estudiantes pretenden, amparados a veces en sus padres, pasar por alto, cuando menos, la autoridad moral, académica, de los profesores, que se supone que están entrenados y formados para impartir enseñanza. Invertir los roles puede ser algo demoledor. 
Es habitual en España creer que uno sabe más, incluso como alumno, que quien tiene a bien impartir enseñanza. Lo que no quiere decir, por supuesto, que haya alumnos/as brillantes y profesores horribles. 
Es habitual en España creer que uno sabe más de lo que en realidad sabe, que uno casi nunca sabe nada, por cierto, y el saber requiere de mucho estudio, dedicación, observación, reflexión... Aquí hasta el más tonto hace relojes. Y hasta el más ignorante se cree el más sabio. 
No hay más que echarle un oclayo a los predicadores que aparecen en la tele, ya sean en programillas rosa o bien en tertulias de medio pelo, con un nivel educativo y cultural que brilla por su ausencia. Y encima alzan la voz como si estuvieran en posesión de la verdad. 
El prototipo de hombre masa se encuentra, según Ortega, en el llamado especialista o experto en algo, en alguna parcela del saber, una especie de sabio-ignorante, "un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio”. Qué peligro. 
La ignorancia, encima disfrazada de saber, nos trae a mal traer, porque el hombre masa cree que con lo que sabe ya tiene suficiente, no siente curiosidad por saber más. Desprecia incluso aquello que no se ajusta a su visión del mundo. Sólo se mira a su ombligo, a su bienestar, como un niño mimado. Como un ególatra. 

Por tanto, el hombre masa se caracteriza por su narcisismo, que le impide ver más allá de sus propias narices, creyendo que todo el mundo es como él, piensa y siente como él, y que el mundo es como él cree que es.
"Como el cinematógrafo y la ilustración ponen ante los ojos del hombre medio los lugares más remotos del planeta, los periódicos y las conversaciones le hacen llegar la noticia de estas performances intelectuales, que los aparatos técnicos recién inventados confirman desde los escaparates. Todo ello decanta en su mente la impresión de fabulosa prepotencia".
El hombre masa es quien se cree con derecho a imponer su vulgar veredicto sobre cualquier tema, aunque no conozca nada del mismo, y además se cree que su opinión tiene el mismo grado de valía (o mayor) que la del que se ha tomado la molestia de pensar con detenimiento sobre el asunto. 
Que la masa actúe "por sí misma es, pues, rebelarse contra su destino, y como eso es lo que hace ahora, hablo yo de la rebelión de las masas”, apostilla Ortega. 
En el caso del hombre masa predomina la insinceridad, la broma... la chirigota... el cachondeíto... Y su vida se torna en algo trivial. Puro postureo. Farsa al canto. 
“Casi todas las posiciones que se toman y ostentan son interiormente falsas... Hoy es esto y mañana es aquello otro, aunque no se sepa muy bien por qué. La autoridad y la ley son objeto de escarnio, se le dan más facilidades a los que actúan éticamente mal que a los que hacen lo correcto, desaparece la educación y las buenas maneras en el trato social, cae el respeto a los mayores... Se tiende a hacer propensión central de la vida los deportes, la atención desmedida al propio cuerpo, los coches... el divertirse con el intelectual pero en el fondo no estimarlo, todo esto son signos del imperio de las masas".
https://cuenya.blogspot.com/2010/06/la-unidimensionalidad-de-la-especie.html

En el imperio de las masas se le da más importancia al cuerpo que al espíritu, en realidad, sólo se cultiva el cuerpo serrano, el fútbol como negocio, que resulta bochornoso. 
Ahora, más que nunca (con la situación vírica), hemos podido comprobar qué es lo realmente esencial y qué es lo superfluo. La barbarie campa a su anchas. 
Esa masa (distintas masas) de la que nos hablara asimismo Elías Canetti (Masa y poder) y también el hombre unidimensional al que se refería el filósofo Marcuse, que luego desembocaría en un pensamiento único y ramplón (el pensamiento débil que apadrinara el filósofo italiano Vattimo). Un pensamiento globalizado en la era de la globalización (la globalización de la miseria y de la ignorancia, de los virus y las catástrofes...). Un pensamiento/comportamiento (en manada, aunque cada individuo por sí mismo busque su propio beneficio). Un pensamiento/comportamiento propio de un sistema totalitario y antropófago. 
A menudo (por no decir siempre) los gobernantes mundiales acaban siendo esclavos de los grandes tiburones financieros, de los tecnócratas, quienes también controlan todos los medios de comunicación, cuyos periodistas y comunicadores son soldados rasos, presionados y coaccionados por los poderes para que nos cuenten lo que desean los magnates de marras (convendría leer al gran sociólogo Bourdieu). 

Ortega, en su rebelión de las masas, nos dice que Europa se ha quedado sin moral. Sin moral y sin espíritu, me atrevería a decir. Y el hombre masa aspira a vivir sin supeditarse a moral alguna... "el inmoralismo ha llegado a ser de una baratura extrema y cualquiera alardea de ejercitarlo". 
"Vivimos en un tiempo que se siente fabulosamente capaz para realizar, pero no sabe qué realizar. Domina todas las cosas, pero no es dueño de sí mismo. Se siente perdido en su propia abundancia. Con más medios, más saber, más técnicas que nunca, resulta que el mundo actual va como el más desdichado que haya habido: puramente a la deriva. De aquí esa extraña dualidad de prepotencia e inseguridad que anida en el alma contemporánea". 
Con más medios que nunca a nuestro servicio, todo tecnificado, todo bajo el imperio de la tecnología, nos sentimos desnortados, con la incertidumbre y el miedo de ir ciertamente a la deriva. 
"Vivimos bajo el brutal imperio de las masas... el imperio que sobre la vida pública ejerce hoy la vulgaridad intelectual", sentencia el filósofo. 
Definitivamente, se ha impuesto la mediocridad, la vulgaridad, el pensamiento plano, uniformado, en todos los ámbitos. 

miércoles, 24 de junio de 2020

La fragua literaria leonesa: Manu Velasco

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Manu Velasco: “Escribiendo ‘Soñando personas’ he encontrado mi voz, he descubierto mi verdad”

El maestro, bloguero y narrador toreniense Manu Velasco, autor de 'Soñando personas', está en estos momentos, aparte de la promoción de su reciente libro, con un proyecto dirigido, en principio, a un público infantil, pero también a un público adulto por el mensaje que transmite.

Manu Velasco 'Soñando personas'
Manu Velasco, con su libro 'Soñando personas'
Manuel Cuenya | 24/06/2020 - 10:41h.
... Si ahora mismo me fuera,
echaría de menos:
la voz de mi madre,
los abrazos de mis hijas,
las palabras de mis amigos,
la mirada de mi padre,
las caricias y sonrisas de mi mujer.
Si ahora mismo me fuera,
echaría de menos:
el sonido del viento meciendo los árboles
el olor de la lluvia al atardecer
el agua recorriendo mi cuerpo
el preciso instante que te eriza la piel
el sol y la luna saliendo una y otra vez...
(Manu Velasco, 'Hoy he pensado...', incluido en 'Soñando personas')
Reconocido maestro y experto bloguero en educación, Manu Velasco ha recibido varios premios, entre ellos el galardón al mejor blog E-Learning en España y Latinoamérica en 2017 por su labor y contribución en el ámbito de la Educación.
Es Miembro del grupo de Innovación e Investigación Educativa Actitudes y Embajador del talento de la Fundación Promete.
"Leer y escribir nos permite descubrir todo lo que nos rodea y expresar lo que somos y lo que sentimos. Es vital comprometerse activamente con la educación lectora y con la educación escritora", explica este maestro con los pies en la tierra y la cabeza en las estrellas, como él mismo dice, convencido de que es muy importante despertar en los más pequeños (y en los no tan pequeños), el deseo de escribir, promoviendo siempre una escritura personal y creativa. Y para ello debemos crear un ambiente de libertad mágico, según él, que favorezca la comunicación y la expresión.
Originario del Bierzo Alto, en concreto de Toreno, Manu Velasco acaba de publicar 'Soñando personas' (Ediciones Mensajero, 2020), un libro vitalista que nos ayuda a reflexionar y entender el mundo en que vivimos. Y por supuesto nos ayuda a entendernos a nosotros como seres humanos.
"Un libro sobre lo que somos, lo que sentimos y lo que vivimos como personas. Unas veces en versos y otras en pequeños recuerdos y reflexiones... que invita a repensar las vidas y el mundo que habitamos para mejorarlo. Un libro para creer en la magia de las personas", señala su autor, que nos propone un viaje a nuestro interior.
"Nuestra historia comienza cuando somos capaces de sentir lo que está ocurriendo en nuestro interior... Escribiendo este libro he encontrado mi voz, he descubierto mi verdad", nos cuenta Manu Velasco, que desnuda su alma para abrigar la nuestra, la de sus lectores, para acariciar nuestro corazón, para pellizcarnos dentro.
"Todo lo que escribo lo he vivido... Te encontrarás con una lectura sencilla y directa como yo, una lectura comestible", añade. Ya sabemos, sobre todo desde que leyéramos al genio Salvador Dalí, que la belleza será comestible o no será. Y el volumen de Manu es belleza comestible.
"Mi pueblo me enseñó las cosas más importantes de la vida y me permitió llenar mi infancia de castillos en el aire, de cabañas en los árboles y de juegos en la calle. Castillos, cabañas y juegos a los que siempre vuelvo cuando no me encuentro. Siempre estaré eternamente agradecido a mi pueblo y a sus gentes"
A lo largo de 17 capítulos nos adentra, siempre con sencillez y a la vez creatividad, con brevedad y a la vez profundidad, en la hondura de sus sentimientos y experiencias como profesional de la docencia, como educador, "¿quién no lo es de una u otra forma?", se plantea Manu Velasco, que escribe para abrazar las palabras, a través de las cuales podemos descubrir y comprender el mundo que nos rodea. También el Cortázar en su monumental 'Rayuela' nos dice que le gusta acostarse con las palabras. Abrazar, acariciar, hacer el amor con las palabras, para sentirnos como seres humanos, para sentir el mundo.

martes, 23 de junio de 2020

La España invertebrada

Leo y releo ese brillante ensayo titulado La España invertebrada, de Ortega, al que cito con cierta frecuencia. 
Y me quedo sobrecogido por los análisis tan acertados que hace el filósofo (quizá el más importante de España de la primera mitad del siglo XX, sólo superado por el maestro Gustavo Bueno a partir de la segunda mitad del XX, si bien la escritura de Ortega resulta bien comprensible y hasta se me antoja literaria, aparte de filosófica). 

El análisis reciente que hace Manuel Fernández Lorenzo (mi profesor de Filosofía en la Universidad de Oviedo en los ochenta) ha despertado, una vez más, mi interés por volver a este lúcido ensayo de Ortega. https://latribunadelpaisvasco.com/art/13290/volviendo-a-leer-la-espana-invertebrada-de-ortega-y-gasset
La España invertebrada me late un libro con una gran vigencia en la actualidad (ya se sabe, de aquellos polvos, estos polvos, como suele decirse). Y ese particularismo, que acuñara Ortega a resultas de los regionalismos vasco y catalán fundamentalmente a principios del siglo XX, está ahora bien presente, como todos sabemos, con ese Procés catalán, con toda su parafernalia independentista, que nos ha vuelto tarumbas. 
Por cierto, durante esta crisis vírica ha desaparecido literalmente del mapa, de los mapas, el fenómeno Puigdemont que, después de armarla gorda, dejó literalmente tirados, en la estacada, en el trullo, a sus colegas de batalla, pirándose él a Bruselas, feudo europeo de fugados y parlamentos. 
"La psicología del particularismo... se presenta siempre que en una clase o gremio, por una u otra causa, se produce la ilusión intelectual de creer que las demás clases no existen como plenas realidades sociales o, cuando menos, que no merecen existir. Dicho aun más simplemente: particularismo es aquel estado de espíritu en que creemos no tener por qué contar con los demás", nos aclara Ortega.
Si es que en España nadie se siente español, porque si uno dice sentirse español, te califican de facha, habida cuenta de que en este país de paísitos, en este reino de taifas, cada cual va a su puta bola. Y hasta los de un pueblo se pelean con el pueblo vecino. Todos son odios y tirrias. Y es que nuestra sociedad, como dejara claro la Guerra Incivil, está dividida en rojos y azules, en verdes y en morados, en unos y otros. Si no estás conmigo, entonces estás contra mí. 
En España nadie se dice español, ni siquiera los gallegos, ni los astures... Ni otros muchos. 
"La vida social española ofrece en nuestros días un extremado ejemplo de este atroz particularismo. Hoy es España, más bien que una nación, una serie de compartimientos estancos", escribe Ortega en su lúcido ensayo. 
Vivimos en compartimentos estancos, cada cual en su burbuja, y el demonio en la de todos. Incluso en un mismo trabajo, cada cual está en su universo, de modo que no puede funcionar el engranaje, el trabajo en equipo. Lo que uno sabe se lo guarda para joder al otro. Y así en este plan de planes. Vaya planazo. Somos así de capullines. Y hasta se rompen ordenadores a mazazos para que no se descubra el tomate... frito Solís. Llegan unos y destruyen lo que hicieron los anteriores. Siempre rehaciendo el país. Qué terrible. Cómo va a haber memoria, memoria histórica... memoria colectiva, si todo dios se la pasa por el forro de los forrajes. 
"No es necesario ni importante que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario e importante es que conozca cada una, y en cierto modo viva, los de las otras", señala Ortega. 
No es necesario coincidir en deseos ni en ideas pero sí conocer lo que están haciendo los otros, sobre todo si queremos armar un proyecto de vida en común, una nación en toda regla. 
"Vive cada gremio herméticamente cerrado dentro de sí mismo. No siente la menor curiosidad por lo que acaece en el recinto de los demás. Ruedan los unos sobre los otros como orbes estelares que se ignoran mutuamente. Polarizado cada cual en sus tópicos gremiales, no tiene ni noticia de los que rigen el alma del grupo vecino. Ideas,
emociones, valores creados dentro de un núcleo profesional o de una clase, no trascienden lo más mínimo a las restantes. El esfuerzo titánico que se ejerce en un punto del volumen social no es transmitido, ni obtiene repercusión unos metros más allá, y muere donde nace. Difícil
será imaginar una sociedad menos elástica que la nuestra; es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad. Podemos decir de toda España lo que Calderón decía de Madrid en una de sus comedias:
Está una pared aquí
de la otra más distante
que Valladolid de Gante".

Si falla la sociedad, si cada cual está en su órbita (puro individualismo rampante y sonante), resulta imposible llegar a buen puerto. 
"¿Es que el militar se preocupa del industrial, del intelectual, del agricultor, del obrero?", se plantea Ortega, preocupado por la situación española, en la que los políticos también entran en escena, como no podía ser de otro modo, los políticos como fiel reflejo de la sociedad. 
"Lo político es ciertamente el escaparate, el dintorno o cutis de lo social... La verdad es que si para los políticos no existe el resto del país, para el resto del país existen mucho menos los políticos". 
Ya no creemos en nuestros políticos, en su mayoría corruptos y apoltronados, que miran cuando menos con desdén a su ciudadanía. Que se sirven del erario público a su antojo sin importarles lo más mínimo la sociedad, con sueldos astronómicos frente a la miseria bajo la que habitan como pueden los obreros, los agricultores... las clases bajas, que son quienes verdaderamente trabajan para levantar el país, consiguiendo lo que pueden con el sudor y lágrimas de su esfuerzo. 
En España sigue triunfando el enchufismo, el yernismo (un yerno más), como nos dijera también el gran Valle-Inclán. Mientras que los mejores de verdad nunca están, ni se les deja. 
"La ausencia de los «mejores», o, cuando menos, su escasez, actúa sobre toda nuestra historia y ha impedido que seamos nunca una nación suficientemente normal, como lo han sido las demás nacidas de parejas condiciones... En efecto: la ausencia de los «mejores» ha creado en la masa, en el «pueblo», una secular ceguera para distinguir el hombre mejor del hombre peor, de suerte que cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados, la «masa» no sabe aprovecharlos y a menudo los aniquila... En España vivimos hoy entregados al imperio de las masas... La gran desdicha de la historia española ha sido la carencia de minorías egregias y el imperio imperturbado de las masas", se despacha a gustito Ortega.  
"El pretendido aliento democrático que, como se ha hecho notar reiteradamente, sopla por nuestras más viejas legislaciones y empuja el derecho consuetudinario español, es más bien puro odio y torva suspicacia frente a todo el que se presente con la ambición de valer más que
la masa y, en consecuencia, de dirigirla", sostiene el filósofo. Y es que en nuestro país de paisitos el que vale de verdad no se valora. Por eso, quienes "triunfan" son los que aparentan, los que alzan la voz, quienes se hacen notar, quienes saben venderse en este gallinero desbocado, salido de madre... Qué pena. Mientras que quienes podrían destacar permanecen anclados en la sombra, silenciados.
"Somos un pueblo «pueblo», raza agrícola, temperamento rural. Porque es el ruralismo el signo más característico de las sociedades sin minoría eminente", afirma el filósofo, a quien podrían calificar de clasista, aunque siga arrojando luz sobre las tinieblas con el fin de entender este cacao maravillao en que estamos. 
El genio Lorca también supo ver, como nadie, nuestra España rural. Ahí están sus obras maestras del teatro: Yerma, La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre. Sublimes. Y brutales. A partes iguales. En las que analiza la sociedad española del siglo XX con su medievalidad chutada en vena. 

En todo caso, cabe recordar que La España invertebrada está escrito a principios del siglo XX, cuando el nuestro era en verdad un conjunto de pueblos. "Cuando se atraviesan los Pirineos y se ingresa en España se tiene siempre la impresión de que se llega a un pueblo de
labriegos. La figura, el gesto, el repertorio de ideas y sentimientos, las virtudes y los vicios son típicamente rurales", afirma el filósofo (creo que no lo dice en absoluto con desprecio, sino como una constatación, lo mismo que hiciera el bueno de Ramón Carnicer con Donde las Hurdes se llaman Cabrera, de una sobrecogedora belleza estilística, en la que retrata como nadie, siempre con humor y poesía, la atrasada comarca de La Cabrera leonesa, lo que le valió algún que otro disgusto y el menosprecio institucional). Pero alguien tiene que encargarse de decir las verdades, aunque éstas duelan e incomoden al sistema. 
España era un país subdesarrollado a principios del siglo XX en todos los ámbitos, frente a Francia o Inglaterra o Alemania, entre otros, que se subieron al carro de la "modernidad" a través del "racionalismo, democratismo, mecanicismo, industrialismo, capitalismo". 
Los males de España, según Ortega, serían los errores y abusos políticos, los defectos de las formas de gobierno, el fanatismo religioso, la llamada «incultura». 

La incultura, el desprecio a la cultura, me atrevería a decir, en el sentido de que todo lo que suene a cultura (téngase cuidado también con el término cultura, porque a cualquier cosa se le dice cultural. Y léase por favor El mito de la cultura de Gustavo Bueno) no es tenido en cuenta por nuestros mandatarios. Ni tampoco por la sociedad. Por supuesto. 
¿Cuántas veces nos han invitado instituciones públicas a dar una conferencia por la patilla a quienes ejercemos la docencia y la escritura... o bien a escribir cosas gratis? Y luego, para más recochineo, te espetan: "Tú escribes... pero en qué trabajas... de qué vives". 
"Pues vivo de lo que tú amorosamente me pagas", podrías decirle. 


lunes, 22 de junio de 2020

Fahrenheit 451

La lectura de Fahrenheit 451 nos sacude las entrañas y nos revuelve el tripamen al completo porque esta novela distópica no es sólo una ciencia ficción sino una realidad, aunque se trate de una realidad metafórica. 
Una realidad que podría tornarse tangible, palpable. No estamos lejos de lo que plantea Ray Bradbury en su utopía perversa, habida cuenta de que vivimos en un mundo perverso en el que no interesan los libros, acaso porque nos hacen pensar. Y pensar no es bueno en tiempos en que, desde las altas esferas, pretenden meternos en vereda, ponernos a raya, robotizarnos hasta dejarnos la mente plana, tabula rasa. Sin ideas. 
Según el filósofo empírico Locke, nuestras ideas y conceptos los adquirimos a través de la experiencia. Tabula rasa es asimismo una bella composición musical del músico estonio Arvo Pärt, que es precursor del minimalismo musical. Su música ha sido empleada en películas como La gran belleza, de Sorrentino.  

La deshumanización ha llegado para quedarse. Como la nueva normalidad (anormal). O bien como el milenarismo que promulgara el esperpéntico y chistoso Fernando Arrabal en aquel inolvidable programa presentado por Sánchez Dragó, que en los últimos tiempos se ha convertido (quizá ya era así) en un tipo impresentable. 
Generar pensamiento crítico es una aberración, una barbarie para el sistema imperante porque podría poner patas para arriba todas las convenciones, normas y leyes establecidas. 
La lectura de Fahrenheit 451 (temperatura a la que se inflama y arde el papel de los libros) nos sacude el alma. Y nos pone en alerta porque llegará un momento, tiempo al tiempo, en que los libros acabarán ardiendo en los crematorios como muertos infectados, sobre todo aquellos libros que puedan resultar reveladores. Algo así como lo que se nos cuenta en El Quijote o bien lo que escribe Umberto Eco (que nos legó también una obra magnífica como Apocalípticos e integrados) en su conocida novela El nombre de la rosa. 
"Donde se queman libros, se acaba quemando también seres humanos", como nos recuerda el poeta romántico alemán Heine. 
Me diréis que ahora contamos con las memorias de computadoras, memorias internáuticas, las nubes... y todas esas mandangas... pero eso es algo artificial, como artificial se vuelve la enseñanza online. Y todo eso del teletrabajo, que acabará esclavizándonos aún más. Estamos abocados al fracaso. O, mejor dicho, a la memez y momiez. 
El saber tal como lo conocemos no interesa al sistema, que pretende a todo trapo sumirnos en la ignorancia, atizándonos miedo por toda la cañería poral, con el fin de que nos convirtamos en aprieta-botones. Y de esta guisa no podamos ni movernos, restringiendo nuestros contactos reales. Todo virtual, descafeinado. Sin chicha. Sin salsa. Sin mojete. 
Un pasito para adelante, un pasito para atrás. 
La lectura de esta novela de Bradbury (y el visionado de la película homónima de Truffaut) nos eriza la cabellera porque nos avisa de los peligros que corremos bajo un estado totalitario, que todo lo ve y todo lo controla. Con una vigilancia implacable, representada por el sabueso mecánico. Y no se os ocurra leer nada que atente contra el sistema, que podríamos acabar ardiendo en las calderas de Pedro Botero, al igual que esos libros llenos de sabiduría y conocimientos. Y además la ciudadanía contribuirá a reprimir cualquier intento de salirse del camino trillado. Como en cualquier estado totalitario que se precie. Pues no sólo son los jefes de la banda quienes ejercen el control sino los propios vecinos y conciudadanos. 

Tal vez lo único que nos quede, como ocurre en la obra de Bradbury, es intentar memorizar libros como un modo de conservación y pervivencia del saber. Cada cual tiene el deber moral de memorizar un libro. Como hiciera Funes el memorioso, de Borges, capaz de memorizar cualquier dato, aunque le resulte imposible elaborar conceptos, pensar con claridad, porque en su caso pensar es olvidar. No obstante, este autista tiene la capacidad de recordar todas las impresiones, todas las sensaciones. 
Dice la escritora Blanca Riestra que el recuerdo absoluto y detallado -también de las sensaciones- le parece un don maravilloso, "es el don de los poetas". 
En cualquier caso, una memoria prodigiosa, aunque sea de papagayo, puede sacarnos de un gran apuro. Pues en estos tiempos si se nos va al garete la memoria del ordenata o del móvil quedamos en pelotas. incapaces como somos de memorizar ni un solo número de teléfono, porque estamos habituados a tenerlo en nuestras memorias virtuales. 
La memoria, como sabemos, es algo imprescindible en un ser humano. Sin memoria no somos nadie. Y la memoria afectiva es algo realmente maravilloso. Aunque nos produzca también dolor. 

...Tumbado, con los ojos cubiertos de polvo, con una fina capa de polvillo de cemento en su boca, ahora cerrada, jadeando y llorando, Montag volvió a pensar: recuerdo, recuerdo, recuerdo algo más. ¿Qué es? Sí, sí, Parte del Eclesiastés y de la Revelación. Parte de ese libro, Parte de él, aprisa, ahora, aprisa, antes de que se me escape, antes de que cese el viento. El libro del Eclesiastés. Ahí va. Lo recitó para sí mismo, en silencio, tumbado sobre la tierra temblorosa, repitió muchas veces las palabras, y le salieron perfectas sin esfuerzo...
(Bradbury, Fahrenheit 451)

Lo que les queda a los personajes de la novela de Bradbury es memorizar los libros para poder transmitirlos oralmente porque los incendiarios, encabezados por Montag, tienen la misión de quemarlos habida cuenta de que leer (actividad en verdad activa y creativa, sobre todo cuando uno lee con los cinco sentidos en marcha, y aun con el sexto o propioceptivo) impide ser felices a los ciudadanos de Fahrenheit 451 porque les crea angustia. Y la lectura, además, nos convierte en seres diferentes unos de otros. Pero memorizar libros tiene fecha de caducidad, pues los seres humanos somos harto limitados. Y finitos. Lo que no está escrito se lo lleva el viento. Lo que el viento se llevó, que ahora también han prohibido. 
Llegará un momento, no tardando, en que todo estará prohibido, incluso respirar. 
Habrá que pagar caro por respirar, incluso aire contaminado.
Tiempo al tiempo. 

domingo, 21 de junio de 2020

Casares de Arbás y otras tierras

A decir verdad, a lo largo y ancho de este confinamiento y proceso de desescalada (me gusta el término, aunque no sea el más adecuado, y es que a uno le gusta el lenguaje, las palabrinas y palabrinos), tampoco he vivido tan mal. 
Si es que no se consuela el que no quiere.
Embalse de Casares de Arbás
Y quejarse no sirve de nada, antes al contrario, produce malestar, que acaba traduciéndose en todo tipo de trastornos. 

Lo he llevado razonablemente bien, con altibajos, como la mayoría de seres humanos, aunque procuro mantener la templanza estoica. Y vivir el momento. En realidad, lo único que tenemos es un pasado y un presente, que el futuro se hace camino al andar. 
Casares de Arbás

Dicho lo cual, durante este proceso de enclaustramiento monacal, eremítico, y de reflexión (ha habido mucha reflexión, además de lecturas o re-lecturas varias) he podido también salir a estirar las piernas y oxigenar las neuronas, tanto por mi útero, como fuera del mismo, respetando eso sí las normas que se han marcado. Qué nadie se vaya a creer lo contrario. Creo, además, que en un pueblo como el mío no hubiera sido necesario un estricto encierro porque aquí no hay ni gente. Y en épocas no estivales no se ve ni a un alma por la aldea. Lo mismo digo para otros muchos pueblos y aldeas de la provincia de León y aun del resto de España. 

Sea como fuere, he tenido la ocasión, en buena compañía, de visitar algún sitio que no conocía, como es el caso de Casares de Arbás, la tierra de Mario el rabelista, con quien he tenido la ocasión de compartir algunos buenos momentos tanto en mi pueblo de Noceda, como en Bembibre, Ponferrada o bien La Robla, donde vive habitualmente Mario, aunque en esta última ocasión, recientemente, no pudimos coincidir al final, aunque llegáramos a hablar por móvil mientras estábamos en su tierra de origen, Casares de Arbás. 
https://cuenya.blogspot.com/2015/12/mario-el-rabelista-de-arbas.html
Bello pueblo y bello entorno, donde León se vuelve Asturias, que sobresale por su naturaleza, por sus montañas y un embalse que resulta atrayente, cuasi hipnótico. Aunque quizá a los oriundos no les haga tanta gracia el embalse. 
¿Qué tendrá el agua, que tanto nos atrae? Confieso mi devoción por ríos, lagos, embalses y mares. El agua es vida. El agua es como la escritura, que fluye o debería fluir incluso contracorriente. 
De pasado minero y ganadero, trashumante, Casares, como su nombre indica, llegó a ser un poblado prerromano de tipo castreño. 
No en vano, el término Casar podría hacer referencia a castrum o castro como poblado fortificado, tanto de época prerromana como romana. Y de eso sabemos algo porque en mi pueblo hay varios (me fascina el castro de Valdequiso, incluso como lugar de inspiración).  
Inolvidable se me antoja asimismo el libro de la maestra y poeta Felisa Rodríguez, Soñando tesoros por los castros de Noceda. La gran Felisa, que fue la impulsora de Misión Rescate. Y gracias a la cual el Ídolo de Noceda figura en el Museo Antropológico nacional (Madrid), con réplicas en el museo de Noceda y en el museo del Bierzo (Ponferrada). 
Sólo el término Casares, que sería como un conjunto de casas, me invita a fantasear. Y me lleva, de un modo inevitable (se nota que hay ganas de viajar), al mundo árabe. Al norte de África.
Aït Ben Haddou
Y es que 
Ksar, Ksour o Ksur son términos que se emplean en Marruecos para designar una ciudad fortificada, un fuerte. Maravilloso el Ksar de AÏt Ben Haddou, donde por cierto se han filmado secuencias de películas conocidas como Gladiador, Alejandro Magno o La última tentación de Cristo, entre otras. 
El término casar también está emparentado con la palabra Qasr, que se emplea en países como Jordania con el significado de castillo o palacio. 
En la capital del Bierzo Alto, Bembibre, al castillo situado en la Villavieja, al que hace referencia Gil y Carrasco en su Señor de Bembibre, se le conoce como el Palacio. Lástima que, salvo una muralla y poco más, no se conserve este palacio o castillo, en el que otrora se celebraba el mercado de ganado. 

El pueblo de Mario el rabelista me ha hecho religarme, casi sin quererlo ni pretenderlo, con la cultura árabe. Y aun con otras culturas. 
Como buen cicerone, Mario nos recomienda la visita de algunos lugares de interés turístico, como la ermita y el viejo molino, y de paso nos encamina a un lugar estupendo, enhechizador en Poladura de la Tercia. Este sitio se llama El embrujo, que dispone de una terraza-jardín cual si fuera un huerto epicúreo en el que aún es posible disfrutar de la amistad y los afectos. al amor de unas sidrinas y algunas tapas. 
Casa Ezequiel-Villamanín

Y para rematar la faena nos espera el templo de la gastronomía, casa Ezequiel, en Villamanín, donde saludamos a Pedro Trapiello y a Susana Martín (quizá esto fue en anterior ocasión). 
Gracias, Lidia, por tu maravillosa compañía. Y por tan buenos momentos compartidos, porque la belleza será comestible, como nos dijera el divino Dalí, o no será. 
Y Casares de Arbás (del latín Arvum, o sea, campos o tierras de cultivo), aldea situada en el municipio de Villamanín, es una belleza comestible.