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miércoles, 29 de julio de 2020

Ruta del Cares

Antes de encarar la ruta del Cares, conviene acercarse al mirador de Piedrahitas (piedrafitas, podría ser), desde el que se tienen vistas mágicas a los Picos (los Picos de Europa, quede clarín clarete). 
Desde mirador de Piedrahitas

A pocos minutos andando del alto del Puerto de Panderruedas se halla este mirador, desde el que se divisa el valle de Valdeón y el macizo central de Picos. A la izquierda se atisba el macizo occidental. Como si todo estuviera envuelto en una alucinación. 
El viajero, en realidad, siempre está alucinando, sobre todo a partir de que se pone en camino, en el camino, on the road, porque sabe, o intuye, que en el camino está la vida. La propia vida es un camino... quién sabe hacia dónde... tal vez hacia la nada, pero, de momento, no nos pongamos nihilistas.
Santa Marina de Valdeón, al fondo Picos
Y disfrutemos del momento, carpe diem.

Sintamos la llamada de esas bellas montañas calizas que se elevan en un paisaje con algo de fantasmagoría. Ya se sabe que los bosques y las altas montañas albergan en su seno todo tipo de seres mágicos, misteriosos, enigmáticos, como pueden ser duendes, trasgos, meigas, bruxas, mouros... Y en León, al igual que en nuestra tierra hermana Galicia, sabemos mucho de esto. Las leyendas son abundantes y sustanciosas a este respecto. 
Picos desde Santa Marina de Valdeón

El viajero (en entrañable compañía) disfruta del entorno, donde se topan con una familia de madrileños que están de gira por la provincia de León, con quienes charlan amistosamente. 
Luego aparece un tipo con pinta de montañero, con acento granadino, que mira hacia los Picos como queriendo treparlos con su mirada. Y se fija en un Pico creyendo que se trata del Urriellu (Naranjo de Bulnes). 
Hacia Caín
Pero desde esta parte me temo que no se ve el Naranjo de Bulnes, aunque se percibe un pico con cierto parecido. Habría que acercarse a Poncebos, o mejor dicho a algún mirador de la zona, para poder disfrutarlo. Hace unas dos semanas sentíamos el Urriellu en todo su esplendor desde el mirador que existe por encima de la aldea de Bulnes. 
Río Cares

Después de contemplar extasiado la belleza de las montañas, me dirijo a Posada de Valdeón (donde estuviera hace más de treinta años, creo recordar). Casi no reconozco el pueblo. O sí. Tal vez no haya cambiado tanto. Lo que no ha cambiado es el entorno, la naturaleza. Aunque se ve atestado de visitantes, la gente parece tranquila sentada en la terraza de un bar a pesar del coronavirus. En realidad, en medio de este paisaje sublime ningún virus debería hacer daño, me digo, aunque esto resulte autoengañador, porque el virus, una vez que se extiende, no entiende de bellezas, creo. Y tampoco las respeta. Una sidrina siempre viene bien. Y un poco de queso de Valdeón (que es como un Cabrales, pero más suavecito) también es un alimento consistente. Y muy nutritivo. 
Garganta del Cares

La iglesia también despierta la atención del viajero. 
Próximo a Santa Marina de Valdeón se halla un camping, que podría ser un buen lugar para pernoctar. 
Santa Marina de Valdeón es una aldea con mucho encanto. Y el camping, que creía ingenuamente que estaría vacío rebosa hasta la bandera. Madre mía. Aún así existe alguna plaza vacante. 
La noche se echa encima con su cielo protector, que a mi amiga le resulta todo un espectáculo. Tal vez es uno de esos cielos que pueden verse en el desierto, en el que uno tiene la impresión de acariciar las estrellas con la punta de los dedos de las manos. La lechuza o curuja no deja de ulular. Y el agua del río arrulla los sueños de los viajeros. 
Ruta del Cares

Conviene descansar bien porque espera un día de ruta por el Cares. Y lo mejor, pensamos, es encararla desde Caín (podría llamarse Abel, es broma). 
La bajada desde Posada hasta Caín es de película, de película transilvaniana. Como si de repente uno se adentrara en esos paisajes que Bran Stoker nos contara en su Drácula (las primeras cien páginas de esta novela se me antojan maravillosas). 
Las altas montañas envuelven literalmente al visitante, que se queda literalmente sin respiración ante tamaña belleza. Belleza romántica o belleza gótica. O ambas. A vuestro antojo.
Ruta del Cares

Cuando uno quiere darse cuenta, mientras atraviesa por una corredoira, ya está en Caín de Valdeón, el último pueblo de la provincia leonesa por esta parte. Confín de confines. 
Nada más arrojar la vista al pueblo, uno se da cuenta de que aquí se han espabilado de cara al turismo. Y hasta han montado aparcamientos caseros. Un prao puede ser y es un buen aparcamiento, lo que deja un buen dinerito a los oriundos, en concreto a un tendero, un hombre ya entrado en años que dice regentar hasta tres aparcamientos. 
Incluso recomienda a los viajeros que es posible hacer la ruta de Caín a Poncebos.
Ruta del Cares
Y coger un taxi desde Poncebos con vuelta a Caín (para no tener que caminar tanto), pero el recorrido es largo, más de 100 kilómetros, y el taxi cuesta un pastón, unos 140 euritos, que no serían tantos si se comparte con otras personas, hasta un máximo de siete, creo recordar. Esto me hace recordar a los taxis colectivos que se utilizan tanto en Marruecos o en Túnez, por ejemplo, aunque en estos países los precios son asequibles o baratos para un españolito. Y funcionan realmente bien. 


La ruta del Cares, a orillas naturalmente de este río que nace en Posada y desemboca en el río Deva (el cual nace en Fuente Dé), está atestada de gente. Esto parece una romería. Una vez más, la supuesta sacralidad de la naturaleza se ha perdido con la cantidad de personas que se asoman a la misma. Los seres humanos acabamos con todo bicho viviente. Y contaminamos allá por donde vamos. Por fortuna, la naturaleza revivió durante nuestro confinamiento. Pero ahora hemos vuelto a la batalla. 

La ruta del Cares, desde Caín, no entraña mayor dificultad salvo en algún tramo, donde conviene andarse al quite si uno no quiere despeñarse por un impresionante desfiladero. Es una ruta de una gran belleza atravesando puentecitos y adentrándose por entre galerías (sin espejo y con fondo) de donde mana el agua en forma de orbayo. 
La mayor dificultad de la ruta es la cantidad de gente que congrega, al menos en verano, y la solana que cae en picado, sofocando a los visitantes. Alguna sombra se pilla. Como cuando se pasea entre los túneles o galerías. Pero en su mayor parte el sol atiza de lo lindo.
Convendría madrugar bastante (ahora recuerdo que un rapaz, al que llegamos a ver también en el mirador de Piedrahitas avisó de que la ruta era conveniente hacerla temprano). O hacerla cuando ya empieza a caer el sol. Pero hablamos de una ruta es larga, 12 kilómetros desde Caín hasta Poncebos (ya en Asturias). 
Caín
O mejor dicho, 12 kilómetros que se convierten en 24 kilómetros, entre la ida y la vuelta. Y esto, salvo que uno esté entrenado, es un palizón. Ya sé, sí, que los senderistas habituados la pueden hacer sin sentir.  
En todo caso, de lo que se trata es de sentir, sentirlo todo de todas las maneras posibles. Y disfrutar contemplando cada tramo de este paisaje agreste, apto para treparse las cabras montesas y los osos pardos. 
Ruta del Cares-Poncebos

Sea como fuere, os recomiendo adentraros en este rincón de la provincia leonesa. A buen seguro os encantará. Eso sí, id provistos con gorra, crema protectora, unas viandas y agua en abundancia, aunque a lo largo de la ruta os encontraréis también con alguna fuente de la que mana un agua fresquita, que es una delicia. 

Provincia de León, gran desconocida

Hoces de Vegacervera
Me da la impresión de que León y su provincia son grandes desconocidas, las bellas desconocidas, incluso para los leoneses, así como para las personas que viven fuera de la misma. Y no digamos en otros países. A lo sumo, alguna gente de otros países identifican León con Lyon. O eso me dicen por donde quiera que vaya. Indicativo de que León no ha sabido proyectarse en el exterior, no ha sabido mostrar su imagen fuera. Ni siquiera dentro, me atrevería a decir, porque hay mucha gente que cree que Picos de Europa, que también conforman la provincia leonesa, pertenecen sólo a Asturias y Cantabria. 
Es algo que me resulta inaudito. Y no lo digo con afán chovinista, pues como leonés, berciano, español y europeo (o ciudadano del mundo, aunque esto parece que quedara cursilón) siento, estoy convencido de que todas las tierras del mundo tienen su encanto. Sólo es cuestión de abrirse, de poner los cinco sentidos en marcha y dejarse llevar. 
León, a pesar de ser Reino y cuna del parlamentarismo, no figura en los mapas mundiales. 
A menudo uno desconoce el entorno en el que vive. Y hasta tiende a viajar por otros lugares, aunque no conozca en absoluto su tierra. Una aberración. Eso me parece. 
Conoce tu aldea y quizá puedas conocer el mundo. 
Dime con quien andas y por donde andas y te diré quien eres. 
Posada de Valdeón

En realidad, conocer, lo que se dice conocer, se conocen muy pocas cosas. Sólo sé que no sé nada. Y cuantas más cosas cree uno saber, descubre en verdad que no conoce nada o casi nada. Se tardaría toda una vida (y aun más) en recorrer y conocer sólo la provincia de León. Si es que somos tan limitados. Otra cosa es poder visitarla. Pero visitar no es conocer. Pues en una visita uno se queda sólo con impresiones. Y a veces ni eso. Sobre todo si la visita es apresurada. 
Me gustaría vivir mil y una vidas para poder conocer algo. Y dedicar tiempo a sumergirme en los cenotes sagrados de la realidad. El tiempo, siempre el tiempo. Sin tiempo no hay nada. Se necesitan ganas y tiempo. 
Picos desde Valdeón, Santa Marina

León es una provincia grande y variopinta, con sus muchas e interesantes comarcas, entre ellas el Bierzo, mi tierra de nacimiento, pero también siento afecto por muchas otras comarcas como Fornela, Los Ancares, Babia, La Omaña, La Maragatería, Tierra de Campos (la tierra mal bautizada de Jesús Torbado), La Cabrera (inolvidable el viaje de Ramón Carnicer), la Ribera del Órbigo, Valdelugueros o Valdeón (donde he estado hace muy poco), entre otras muchas. 
Memorables se me antojan asimismo lugares como las Hoces de Vegacervera (me encanta también la cecina de chivo) o las cuevas de Valporquero, adonde viajara siendo un rapacín (en aquella mi primera visita), que me dejó literalmente boquiabierto. Una maravilla. 
Embalse del Porma

También recientemente he estado en lugares como el embalse del Porma, que construyera el ingeniero y escritor Juan Benet (al que confieso que casi no he leído). 
Benet, que estuvo casado con la gran poeta Blanca Andreu (una mujer encantadora, a la que tuve el gusto de conocer, incluso escribir sobre ella) también construyó el embalse de Barcena, en el Bierzo. 
El Porma es un embalse que sepultara pueblos como Vegamián, la cuna del gran escritor y viajero Julio Llamazares. Embalse que vemos desecado, por lo demás, en la mítica película El Filandón, del director de Albares de la Ribera Chema Sarmiento, sobre quien he escrito en varias ocasiones y con quien he tenido el gusto de compartir algunos momentos inolvidables tanto en el Bierzo como en París, donde vive desde hace años. 
Puerto de Tarna

A propósito de la película El Filandón, ésta también nos muestra lugares emblemáticos de la provincia leonesa como la Campa de Santiago (Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, donde se reúnen en torno al fuego sagrado los escritores Merino, Pereira, Mateo Díez y Pedro Trapiello, además del santero) o Burbia, entre otros (aparte de Albares de la Ribera, la tierra natal del director, o la propia ciudad de León, con su catedral).
Lago Isoba

Cabe señalar que en la campa de Santiago (desde donde uno puede treparse al legendario Pico Catoute o bien acercarse a Fasgar, ya en la Omaña) nace el río Boeza. Recientemente he estado en Boñar (los nicanores están riquísimos; de este pueblo se supone que era el padre de mi padre, que creo se dedicaba a la ferrería), en Puebla de Lillo, que es zona de lagos, como el Isoba. Y en el puerto de Tarna (un guiño para Rodri y Diego, que forman un grupo musical de excepción, magnífico).
Puebla de Lillo
Lugares todos ellos con mucho encanto. Y por supuesto he puesto los pies en Valdeón, donde estuve por primera vez hace más de treinta años con un grupo de amigo de mi pueblo para hacer la ruta del Cares, desde Posada de Valdeón a Caín, aunque no recuerdo que llegáramos a Caín. Y luego nos fuimos de farra al descenso del Sella en Arriondas. Y Ribadesella.  
Caín

Qué bella tierra Valdeón, ese León que se abraza montañoso a Cantabria (Fuente Dé está a tiro de piedra) y Asturias (Poncebos también está a la vuelta de la esquina, sólo hay que seguir ruta a través del río Cares por un sendero/desfiladero que es todo un sueño). 
El viaje continúa por Posada de Valdeón, Santa Marina de Valdeón y Caín (aquí comienza ruta, de la que hablaré en otra entrada).  

martes, 21 de julio de 2020

Somiedo, belleza montañosa y lacustre

La propia palabra Somiedo me produce como temblor, el temblor mistérico del asombro, tal vez porque incluye el término miedo en su composición. Y el miedo nos paraliza. Pero Somiedo es en realidad una Reserva de la Biosfera y un Parque Natural astur que quita el hipo, que quita el sentío (como dicen los andaluces). Y deja hechizados a sus visitantes por su belleza natural, por su belleza montañosa y lacustre. 
Una maravilla que a los bercianos nos queda casi a la puerta de casa. Desde las comarcas de Laciana y Babia está al ladito mismo. 
Recuerdo que en el año de 2015, cómo pasa el tiempo, me di un garbeo por estas tierras astures. Y me fascinó. Ahora que me da por rememorar aquel viaje, me gustaría volver a recorrer esta zona.
Porque escribir sólo desde la memoria (salvo que esta sea inmediata, sobre todo en lo referente a viajes) no procura la misma emoción que cuando se relata paso a paso, día a día, casi casi durante que uno está viajando y sintiendo porque viajar es sentir, como nos dijera el bueno de Pessoa (colosal su Libro del desasosiego). 
En todo caso, me apetece (ahora que nos ha entrado más ganas de viajar que nunca a resultas de esta situación coronavírica) airear este viaje a Somiedo, sobre el que no llegara a escribir en su momento (algo que lamento). Pero nunca es tarde, se dice, si la dicha es buena. 

Desde el Bierzo, por ejemplo desde el útero, Asturias nos queda a mano. Desde Noceda hay en torno a 90 kilómetros hasta Pola de Somiedo. En realidad, cuando era un rapacín me preguntaba qué habría detrás de la Sierra de Gistredo. Pues detrás de esta sagrada serranía se halla, a muy pocos kilómetros en línea recta, Asturias, aunque antes debemos cruzar el Bierzo más remoto (Laciana o la Omaña) y Babia. Sobrevolar esta zona desde el útero de Gistredo sería un sueño. 
Desde Somiedo bajan los osos hasta Gistredo, eso se dice en mi pueblo. También los osos se acercan a Salientes, que aún les queda más cerca que Noceda del Bierzo desde Somiedo. 
Antonio Robles, que regenta la casa rural Mil madreñas rojas en Salientes (hace tiempo que no contacto con él, espero que le vaya todo bien), ha avistado osos a pocos metros de sí. 
Somiedo es, pues, tierra de osos, de lagos, de altas montañas, de brañas, de hórreos, de teitos (que son como nuestras pallozas de Campo del Agua o Balouta, por ejemplo, casas con techo de paja o escobas, material vegetal en general), de verdor. Con una naturaleza esplendorosa. 
Puente de las Palomas

La primera parada obligatoria, antes de alcanzar Somiedo, se me antoja el Puente de las Palomas, que se sitúa a dos kilómetros antes de arribar a Piedrafita de Babia (el nombre de Piedrafita de Babia también invita a soñar). 
El Puente de las Palomas (sobre el río Sil) es por lo demás el límite entre Laciana y Babia. Se trata de una impactante hoz o garganta profunda, que a los amantes del puenting les encantaría. Qué peligro y qué locura el puenting.  
La ruta continúa, atravesando bellos paisajes en los que pueden apreciarse circos glaciares, hasta llegar a Pola (Puebla) de Somiedo, donde uno puede alojarse.
De hecho, en mi viaje tuve la ocasión de alojarme en esta población, en la que andaba el gran Jesús Calleja, o eso dijeron los lugareños, aunque no llegara a verlo. Una aldea, capital del concejo de Somiedo, situada entre grandes peñas calizas, donde existe la casa del oso.
Desde este punto uno puede acercarse a los lagos de Saliencia, de origen glaciar, que me cautivaron a primera vista. Y me hicieron fantasear con Escocia (siempre echando a volar la imaginación). 
Escocia es país que pude visitar también hace años, cerca de veinte, creo recordar. Y me dejó fascinado. Nunca olvidaré la población de Fort William, con su lago mágico/majico (que diría un maño o maña) lago o loch Linnhe.
Parque natural de Somiedo
En agosto, que fue cuando allí viajé, resulta complicado encontrar alojamiento. A punto estuve de quedarme al sereno, si no fuera por un tipo que acabó alojándome en su hostel (aunque estuviera hasta la bandera) aclarándome, generoso él, que en Escocia no se deja a nadie tirado en la calle. Y menos a un pobre españolito. A buen seguro debió de verme cara de flipadín. 

Al lado de uno de los lagos, creo que era el de la cueva, existe una antigua mina de hierro. La zona es abundante en este mineral. Aún quedan túneles como reliquia. Inolvidable asimismo el Alto de la Farrapona. 

La visita a Somiedo se hubiera quedado coja de no haber visitado Villar de Vildas, la tierra de mi exalumno de la Universidad de la Experiencia y de teatro Manuel, mi tocayo. 
Villar de Vildas, situado en el valle del Pigüeña, es una aldea enclavada en un paraje de un enorme valor paisajístico, donde puede entonarse el cuerpo con un pote o una fabadona (no apta para estómagos frágiles).
Villar de Vildas
Desde Villar de Vildas también puede excursionarse hasta La Pornacal, que tal vez sea la braña más grande que se conserva aún en Somiedo, que es como un oasis abundante en agua y pastos en medio del monte. 

Me sorprendió gratamente el término de Pigüeña, cuyo nombre me hace recordar Igüeña en el Bierzo Alto. A unos treinta kilómetros de Villar de Vildas también existe otra población llamada Noceda (como el nombre de mi pueblo). 
Del Bierzo a las Asturies y de las Asturies al Bierzo. 
Hermanados para siempre.  

De Beceña-Cangas de Onís a Riaño

La belleza verde de Beceña queda atrás para volver a Cangas de Onís, pararnos frente al mítico puente medieval, con su cruz y su alfa y omega, y hacer unas fotinas, como turistas amaestrados, antes de emprender rumbo a tierras leonesas por la carretera que discurre paralela al río Sella encarando el desfiladero de los Beyos (al parecer el término Beyo hace referencia a desfiladero, hoz o garganta).
Puentón en Cangas

En esta ocasión no habrá visita ni a Covadonga (pero al menos que mi madre tenga un imán en forma de santina, esto es, de virgen de Covadonga, aunque sea comprado en Cangas) ni a los lagos (al parecer en estos tiempos hay restricciones para subir a los lagos, que son de una gran belleza, aunque los de Saliencia, en Somiedo, también tengan mucho encanto. La próxima entrada se la dedicaré, por supuesto, a Somiedo y sus lagos de Saliencia).  


Desfiladero de Los Beyos
El desfiladero de los Beyos es un imponente y escarpado cañón fluvial, que corresponde tanto al Principado de Asturias como a la provincia de León. Se me antoja incluso más hermoso que el desfiladero de la Hermida. O al menos esa fue mi percepción al respecto, aunque quizá hubiera necesitado detenerme más y mejor a contemplar su rostro. Siempre se necesita tiempo (el oro, la sangre) para poder sentir y contar. 
montaña piramidal en Oseja

Estas hoces o desfiladero nos llevan directamente hasta Oseja de Sajambre, que podría pasar por un pueblo astur, donde nos hidratamos con cerveza (si tal cosa puede decirse), está a tiro de piedra. 
Oseja (curioso nombre, tal vez en referencia a los osos que por allí pululan) se halla dentro del Parque Nacional de Picos de Europa en un valle de alta montaña (con un cono rocoso o montaña en forma piramidal colocada en el centro, que resulta muy llamativa, ya en la distancia). 
En el propio municipio de Oseja se encuentra asimismo la fuente del infierno, donde tiene su nacencia el río Sella, que algunos consideran astur, porque Asturias, una vez más, ha sabido proyectarse, proyectar su imagen paradisíaca. 
En esto los astures nos sacan ventaja. No hay más que arrojar la vista a su territorio, en cualquier lado hay chiringuitos, algún punto de información, de cara al turismo, a sus visitantes. En cambio, la provincia de León está dejada de la mano del Señor (y de la Señora). Resulta harto sorprendente que de la parte astur del desfiladero de los Beyos haya animación. En cambio, de la parte leonesa sólo se percibe silencio (que, visto así tampoco es mala cosa, que se preserve el encanto de la naturaleza, sin nadie, sin ningún humano que lo perturbe). 
Iglesia de Oseja

El bajada del río Sella es conocido en todo el mundo porque se trata de un descenso internacional de piragüistas desde Arriondas a Ribadesella. Este descenso, que uno también ha hecho como turista en más de una ocasión desde Arriondas, es algo que uno debería hacer al menos una vez en la vida, aunque vuelque la piragua/canoa y uno tenga que salir a flote como puede. Como me ocurriera hace años con un grupo de Erasmus. Pero esto daría para otra entrada. 
Puerto del Pontón
La ruta continúa por el puerto de Pontón, con sus espectaculares paisajes (es en verdad todo un espectáculo contemplar, regodearse en estas montañas, en el verdor de sus entrañas), que nos llevará directamente hasta Riaño, ese Riaño con el que comenzamos este periplo a través de las tres hermanas y/o enamoradas tierras que son León, Asturias y Cantabria (también Galicia, aunque en este caso no ha sido incluida en el viaje). 
El viejo Riaño ya no existe, lamento haberlo visto, creo recordar, en una sola ocasión. Y su imagen se ha difuminado en mi memoria.
Riaño
Y ahora nos queda este nuevo Riaño que, como pueblo, ya no tiene gran encanto, pero sí lo sigue teniendo el entorno, el enclave, con ese embalse/lago artificial que nos invita a soñar con alguna época romántica (a nuestro paisano Gil y Carrasco quizá le hubiera entusiasmado, como le entusiasmara el lago de Carucedo) o bien posromántica. 

Sea como fuere, el viajero (en entrañable compañía) repone fuerzas a orillas del embalse con algunas viandas y bebida antes de poner rumbo a la ciudad de León, la bella desconocida. Creo que la provincia de León al completo es una bella desconocida. 

lunes, 20 de julio de 2020

De Bulnes-Poncebos a Cangas de Onís

El viaje continúa, desde Poncebos, destino Cangas de Onís cruzando el concejo de Cabrales. Sin prisas, como se debe viajar, hacemos un alto en el camino, en Arenas de Cabrales, para echarnos una sidrina entre pecho y espalda. 
Una sidrina siempre viene bien para refrescar. Además, es una bebida saludable, aunque si uno se toma varias acaba tambaleándose. 
Beceña

En realidad, el trayecto hasta Cangas se hace corto. No hay muchos kilómetros. Antes de llegar a Cangas, a la derecha, hay un cartel indicativo de Beceña (a 1,5 kilómetros). 
En Beceña tiene morada Mercedes del Valle, astur-berciana nacida precisamente en esta aldea, que estuvo casada con Emilio, alias Relojero, un nocedense, emigrante en Alemania, durante algunos años.  
Emilio era gran amigo de mi padre. Y el tío carnal de un buen amigo, José Manuel, que vive en el País Vasco. Al que no veo desde hace tiempo. 

Aunque he avisado previamente a Mercedes de mi viaje por las Asturies, está ya decidido acercarse a Cangas de Onís. No obstante, hemos quedado en vernos al día siguiente, aunque sólo sea para saludarnos. 
Me hace ilusión volver a ver a esta mujer después de tanto tiempo. Además, ella tuvo muy buen trato con mi madre mientras veraneaba en Noceda del Bierzo. 
Después de pernoctar en Cangas de Onís, que es pueblo en el que he estado en varias ocasiones (en una de ellas para impartir un curso de la Uned, del campus del Noroeste), quedamos en vernos directamente en su pueblo de Beceña, en el que nunca antes había estado. Y, la verdad, me apetecía conocer. 
Mercedes como escanciadora

La sorpresa mayúscula es que esta aldea es un excelente mirador a los Picos, de una parte, y a la costa, de otra. Una aldea poblada de hórreos, hasta Mercedes tiene el suyo, en medio de una campiña exultantemente verde. Con ese verdor que dan ganas de comérselo como si uno fuera un rumiante más. 
Mercedes, tras su mascarilla, nos recibe encantada. 
Sin embargo, en cuanto transcurre un algo de tiempo decidimos que podemos charlar mejor sin ningún tipo de atadura, sin ningún bozal. Después de todo estamos en medio de la Naturaleza y a priori no parecemos infectados (al menos por ahora, toquemos madera). 
Como buena cicerone, conocedora de su entorno, nos invita a dar un paseo por el pueblo y alrededores (incluso nos enseña un hotel con todas las de la ley, donde no parece haber nadie alojado, un balcón privilegiado, con piscina incluida). El paseo lo hacemos en compañía de Tristán, un perrito despierto y mimosón. 

Regresamos a su casa (no sin antes saludar a su cuñado, el marido de su hermana Rosi, creo recordar, que está con faena campestre). Este buen hombre me pregunta incluso si prefiero León o Asturias. A lo cual le respondo que Asturias. ¿Qué voy a decirle estando en su tierra?
Mercedes nos invita a tomar unas sidrinas caseras, que están buenísimas, con cierto sabor dulce, mientras picamos queso y embutido. Una maravilla. 
Mercedes ejerce de anfitriona escanciando con elegante estilo la sidra. 
Entre culín y culín, charlamos amistosamente. Entonces, se incorpora su hermana Rosi a la conversación. Y sale a relucir también la cruenta Guerra Incivil, ya que un tío carnal suyo fue fusilado en torno a 1938 por considerarlo contrario al nacional-catolicismo, a pesar de que este inteligente joven, Antero Peláez, no había cometido ninguna fechoría. Qué terribles la Guerra y la posguerra. 
Rosi nos muestra un par de cartas que escribiera el veinteañero Antero a su familia para despedirse de la misma, pues sabía que lo condenarían a muerte, lo que resulta sobrecogedor. Entonces, se nos humedecen los ojos. 
Las hermanas del Valle Peláez, Mercedes y Rosi, nos tratan con familiaridad. Y hasta nos emplazan a tomarnos una fabada casera en otra ocasión. Me encanta esta generosidad. Así que volveremos a Beceña, esperamos que cuando el virus haya dejado de existir. O podamos combatirlo de un modo eficaz con fármacos.
Nos despedimos con un abrazo de cariño. 
Hasta la próxima. 

domingo, 19 de julio de 2020

De Llanes a Bulnes

Religarse con la naturaleza es un modo de reencontrarse con uno mismo, con tu yo interior, aventurarse en la alta montaña es como tocar el cielo, saberse más cerca de lo espiritual (M. Cuenya)

El Oriente asturiano es fascinante. De la costa del concejo de Llanes emprendo ruta hacia los Picos, en este caso hacia Bulnes.
Es realmente hermosa esta carretera, que atraviesa el concejo de Cabrales (conocido y sabroso es su queso azul, que tendría su equivalente en el queso leonés de Valdeón). Una vez más a leoneses y astures nos une la gastronomía, aparte de los legendarios Picos de Europa. 
Del mar, que es espacio hipnótico, me dirijo (en extraordinaria compañía) a las grandes montañas para sentir también la llamada salvaje de la Naturaleza. 
A pesar de haber viajado y aun vivido en las Asturies, es la primera vez que pongo los pies (espero que también el alma) en Bulnes. 
A menudo uno viaja por otros países (el pasado verano por la Italia del norte, con sus dolomitas) pero no repara en las bellezas que uno tiene a la mano. 

Antes de arribar a Poncebos, que es el punto de partida para alcanzar la remota aldea de Bulnes, me recreo en la contemplación del paisaje, que me resulta sobrecogedor, haciendo un alto en un mirador para arrojar un vistazo al Pico Urriellu (el Naranjo de Bulnes), de una belleza blanca inmaculada, que pone los dientes largos a cualquier escalador. Se me antoja que el Urriellu, a pesar de que no tiene una gran altitud, sería como nuestro Everest.  
Caminata hacia Bulnes

Poncebos, en concreto el puente de Poncebos, es el lugar al que uno debe llegar para, desde ahí, caminar hacia la aldea de Bulnes (en realidad, existe Bulnes de abajo y Bulnes de arriba). También en ese punto existe un funicular subterráneo que te planta en la población de Bulnes en un santiamén, en un cuarto de hora aproximadamente, aunque el precio sea realmente caro para visitantes (los oriundos no pagan nada, creo). 
Desde Poncebos, por donde discurre el río Cares (que como sabemos nace en la provincia de León), también puede emprenderse ruta de senderismo hasta Caín o incluso hasta Posada de Valdeón. 
Hace años, muchos, tuve la ocasión de hacer, con unos amigos del útero, una caminata desde Posada de Valdeón a Caín. Que me gustaría volver a hacer en algún momento. Incluso estaría bien caminar de Posada de Valdeón hasta Poncebos, aunque sea una tirada larga. 

Estando en Poncebos creo que merece la pena treparse por un sendero cabrero hasta la aldea de Bulnes. Y aunque aseguran (las lenguas atrevidas) que la ruta puede hacerse en una hora y media, lo cierto es que este peregrino (acaso necesitaría un entrenamiento previo) empleó el doble (incluso más) para allegarse a Bulnes. A pesar del esfuerzo, la sofoquina y hasta un enfriamiento de vejiga (todo hay que decirlo, aunque no sería necesario desvelar tanta intimidad, después de todo uno se muestra tal y como es en la escritura, dime qué escribes y cómo escribes y te diré quien eres) logré, logramos llegar a Bulnes. 

"Tendrán que darnos el premio o reconocimiento a los burrines", le digo a mi amiga, la cual se sonríe, porque tengo por seguro que, salvo gente preparada, nadie logra subir a Bulnes (la aldea) en hora y media. A lo largo del recorrido por un sendero pedregoso,  resbaladizo (resbaloso) y empinado nos topamos con otros excursionistas, tanto hacia arriba como en descenso, y todos toditos todas aseguran que la subida es jodida (y la bajada idem de lienzo). Con lo cual, "los burrines" hacen lo que pueden, logrando eso sí alcanzar la meta y reponer fuerzas en un bar (Guillermina, para más señas) que regenta un paisano algo desganado (será porque atiza el sol, será porque él es básicamente así). 
Le pedimos con urgencia bebida, agua, aquarius... y algo de zampar. Pero el tipo dice que tiene cerrada la cocina. Bebida sí nos sirve, al menos. Es hora de siesta. Nos ha jodido. Cómo que tiene cerrada la cocina, acaso este señor es rico. O prefiere dejar a estos probrinos peregrinos fuera de juego. Quizá no debería ofrecerles algo. O bien nos dejará sucumbir, exhaustos como andamos. Cada vez que ocurre algo así en nuestra España ("tenemos la cocina cerrada, entre otras sentencias de no muy buen gusto"), siempre me da por pensar en países como Marruecos, por ejemplo, donde a todas horas encuentras comida y lo que haga falta. Incluso me hace rememorar el valle del Ourika, donde nada más aterrizas ya te están ofreciendo de todo. Y eso se agradece, aunque a veces los españolitos de turno tengamos la impresión de que nos atosigan. Pero mejor que te ofrezcan, también, que te ignoren como a una rata. 

Con la fame que se nos ha despertado a resultas del esfuerzo realizado, parece que el buen señor de la Guillermina va a dejarnos sin yantar. Estamos sedientos. Y conviene hidratarse bien. Al final, el hombre del bar se compadece y nos dice si queremos queso de Cabrales. Claro, que no se hable más. Y una sidrina también, por favor. Queda declarada la sidra escanciada como la mejor bebida del mundo. Aunque resulte exagerado decirlo así. 
El queso y las bebidas saben a gloria bendita. Auténticos manjares cuando la sed y el apetito se desbocan como potrancos por las praderas del valle. 

Aún queda subirse al mirador para avistar el Pico Urriello, pues desde la aldea (Bulnes de abajo) no se logra ver. Las fuerzas, a pesar del descanso y la ingestión de bebida y alimentos, son pocas, están muy mermadas. Pero un último esfuerzo merecerá la pena. Un último esfuerzo si no queréis que os cuelguen el sambenito de burrines. Bueno, creo que ya os lo habían colgado. 
Las gallinas campan a sus anchas por el pueblo. Y los gatines también, que se acercan tranquilos y confiados en busca de mimos. Si es que los animales lo que necesitan, como los seres humanos, es algo de afecto, de amor. Y lo demás es cuento. 
Bulnes me hace recordar, de un modo inevitable, a Primout (incluso a Urdiales de Colinas, aunque las casas de las poblaciones del Bierzo estén cubiertas con pizarra, con losa, y Bulnes esté con teja), con su riachuelo por en medio del pueblo.
Lástima que ni a Urdiales ni a Primout llegue ningún funicular. Pero es que el Bierzo (conviene decirlo, mal que les pese a muchos) juega en otra categoría, sin duda inferior a la astur. Y hasta me atrevería a decir que León como provincia nunca se ha sabido proyectar en el exterior, algo que sí ha sabido hacer Asturias patria querida. 
Recuerdo que un compañero de piso que tuviera en Oviedo, en mi época como estudiante universitario, decía que en León no había montañas (¿Y qué me dices de los Ancares, de los Picos... de la Sierra de Gistredo... de otras muchas sierras...?) Y eso que su padre, creo recordar, era de Tierra de Campos. Y él veraneaba en alguna población de esta Tierra. Quizá creía que la provincia de León, sin conocer lo más mínimo, era toda Tierra de Campos (la tierra mal bautizada de la que nos hablara de un modo magistral el ya fallecido Jesús Torbado). Si es que burrines haylos por doquier. A este rapaz, estudiante en tiempos de Filología Hispánica, habría que darle el premio al Burrín Mayor. 
Aun en época de verano (después de tanto dance que te friega), el tiempo empieza a echarse encima (salvo que alguien tenga la generosidad de acoger a los peregrinos en su morada para pernoctar). Con lo cual el descenso hacia Poncebos tendrá que ser (no hay alternativa) en el funicular subterráneo, porque mucho me temo que en la bajada a pie, a resultas del cansancio y la hora que es, se tardará casi tanto como en la subida. Si se hace de noche, entonces date por jodido. 

Sin más rodeos tomamos el funicular con el destemple propio de adentrarnos en el subterráneo, que en un cuarto de hora aproximadamente nos deposita en el punto de partida, enfrente del hotel Poncebos para ser más precisos (así le hacemos publi a este alojamiento, aunque uno no tenga ninguna necesidad de hacerlo). 
La experiencia de subida a Bulnes quedará grabada a fuego en nuestra memoria afectiva por los siglos de los siglos.