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jueves, 30 de abril de 2020

En tiempos de confinamiento (o desescalada)

A estas alturas (nunca mejor dicho) ya no sabemos si estamos confinados en el pico (en el Catoute no se estaría nada mal, con vistas al universo, al Bierzo al menos), en la meseta... castellana o descendiendo la cumbre, desescalando cual ciclistas o biciclistas raudos y veloces (curioso término este de desescalar), porque, después de escalar por la escalera hacia al cielo (Escalera al cielo, Stairway to Heaven es un temazo de los Led Zeppelin), y tocar la bóveda de la capilla Sixtina con el dedo índice de la mano derecha (o la izquierda, a vuestra elección) volveremos a descender a los infiernos, perdón al valle, al llano, donde se cultiva la solidaridad, que es la ternura de los pueblos, como nos dijera la poeta y novelista nicaragüense Gioconda Belli, ay, la ternura, un bien tan poco cultivado.  
Lo que borda la ternura sobre los valles del Bierzo, lo que lentamente abolido aún palpita como un rubí en el melodioso pico de los pájaros, como declama el poeta Mestre en su Antífona de otoño en el valle del Bierzo. 
 Este Bierzo que es hoya-olla-refugio, nuestro lugar en el mundo, espacio tejido con la suavidad de los aromas en la rueca de las ilusiones. Perfumado con la sonrisa juvenil del sabor a manzana reineta una tarde abrileña, primaveral.
Una vez que hayamos desescalado todo lo que tengamos que desescalar, como si fuéramos Jesús Calleja en los Picos de Europa o en el Himalaya, regresaremos a nuestra supuesta normalidad, que ya no será la misma normalidad. O sí. Tiempo al tiempo. 
¿Qué es eso de la normalidad? ¿Acaso éramos o somos todos anormales? La Humanidad como especie no es que sea muy normal. Y cada individuo se va apañanddo nomás como puede y le dejan, que esa es otra, con sus cuitas y miserias, con sus lirios dorados y sus azucenas de satisfacción (qué floreado me he puesto). 
Cada individuo, como siempre, tendrá que salvar su culo como su dios o su diosa le dé a entender. Que en este corralón, hoy nublado, hay patadas y pa' todos. 
Hoy me he levantado con ganas de acostarme con las palabras, como le gustara al bueno de Cortázar.
Regresaremos a la normalidad. ¿Estamos al borde? Al borde de un ataque de nervios, por decirlo al estilo Almodóvar.  
Te veo subir, te veo bajar, hay una cosa que no puedes negar, estás al borde... estás al borde...Te veo perder, te veo ganar, hay una bomba lista para estallar...

Es la letra de una canción de la banda musical Ilegales, liderada por el fenómeno Jorge Martínez, que escuchaba con religiosidad en los años 80, cuando andaba de estudiante en la Universidad Ovetense, y en mis salidas nocturas de fin de semana solía ver a Jorge Martínez tomándose unas copas con sus cuates en un garito llamado la Santa Sebe (en la Vetusta de Clarín), que creo que ya no existe. 

Por cierto, hace tiempo que no visito la ciudad carbayona, donde viviera momentos ciertamente agradables, aunque nunca tuve la impresión de que esta ciudad, exótica... como de cuento de hadas, como dijera el cineasta Woody Allen (inmortalizado en una estatua, y al que tuviera la ocasión de saludar en el Hotel Reconquista de la capital astur), fuera mi ciudad preferida para vivir.
Entonces, uno era jovencito y deseaba conocer mundo, viajar más allá, aunque fuera desde el más acá. 
Del lado de allá, Del lado de acá y De otros lados. Una vez más sale a relucir Cortázar. En este caso la división en capítulos de Rayuela.
A estas alturas (desde el útero de Gistredo se ve todo con meridiana claridad, ya qusiera, ya) el confinamiento o desconfinamiento (depende cómo se aborde, y desde qué punto de vista) es pan comido, como quien dice, y la desescalada está a puntito de comenzar. 
Habrá que endurecer, eso sí, las piernas (el ejercicio físico y mental siempre es saludable, con regla, que donde no hay regla se pone ella, dice mi madre) para resistir (resistiré, resistiremos, dinámicamente hablando, que es el lema-canción de esta situación vírica) el envite de la bajada, del descenso al valle. Y una vez en la huerta (cultivemos los afectos como si fuera nuestro huerto particular, el patio de mi casa es particular...) podamos volver a re-conquistar  nuestra supuesta libertad (¿acaso la conquistamos alguna vez?), antes que nada la libertdad de pensamiento (bueno, pensar pensar hasta pensamos en los recibos del gas, de la luz... cuánto recibo... santo cielo... si hemos nacido sólo para pagar, para pagar hasta por respirar aire contaminado, mismamente como el payo el Porro, que todo lo paga este payo). 
Llegará un momento, ojo al dato, que pagaremos por respirar. Qué el oxígeno es enormemente valioso.
Hay un pulso entre el Poder y la libertad.  Eso es lo que está en juego hoy, nos dice Ramiro Pinto desde el balcón de su blog: https://ramiropinto.es/2020/04/29/coronavirus-sexualidad-voyeurismo/#more-18999
Habrá que armarse de valor, de coraje, para salir a la calle, embozados todos como astronautas (algo podrá decirnos Pedro Duque, que para eso es ministro y astronauta). Dejaremos nuestra condición de cibernautas (en realidad seguiremos enganchados y esclavizados a la Telepantalla) para volvernos astronautas en la ingravidez de este mundo vírico, que nos ha intoxicado sobre todo la mente, el cerebro. Intoxicaditos que estamos de tanto bulo, tanta propaganda, tanta fake news (ahora se dice así, para parecer más modernos), de tanta ponzoña como nos han metido en el cuerpo-alma, por unos y otros medios o conductos. 
La desescalada (término con el que no está de acuerdo la RAE) llegarará en breve, y para eso debemos estar bien preparados, bien armados (que la terminología guerrera también se está empleando a fondo en esta pandemia, ¡esto no es una guerra! pero las consecuencias serán, están siendo ya, desastrosas). 
Desde embalse de Luna

Cuenta también el polifacético Ramiro Pinto (gran impulsor del Ágora de León, entre otros eventos) que, en vez de emplear el término desescalada, lo lógico, tratándose de una epidemia, sería hablar de curación progresiva o disminución de contagios. Pero, como el lenguaje todo lo puede (en realidad, al menos en gran medida articulamos el pensamiento a través del lenguaje, o dicho de otro modo, el lenguaje es pensamiento), pues se emplea el lenguaje desde el Poder con los fines que se pretende. "Y las palabras nos deslizan sibilinamente de un tema sanitario a otro de organización social", añade Ramiro Pinto, que toma a los pensadores Michel Foucault y a Chomsky como referentes. 
"El lenguaje determina el saber", según el autor de Las palabras y las cosas: https://ramiropinto.es/2020/04/30/coronavirus-lenguaje/
Con lo cual el discurso desde el Poder está orientado a llevarnos hacia la desescalada del puerto que el sistema desea. Ni más ni menos. 
Todo bajo el control de la palabra, del lenguaje, que nos hace pensar de un modo uniforme, unidimensional, por decirlo a lo Marcuse. 
Proseguiremos confinados, encerrados, en verdad aislados en nuestras cavernas de prehistóricos posmodernos, alfabetizados o analfabetizados con la Telepantalla orwelliana, dopados a base de soma (¿os acordáis de Huxley y su Mundo feliz?), condicionamientos operantes y suculentas raciones de postverdad (¿ahora se dice así?). 
Proseguiremos encerrados (ya dije que hoy amaneció nublado, o sea, que es un buen día para acostarse con las palabras) con la mirada puesta en la desescalada. 
Átense los machos. O abróchense los cinturones, que el avión va a tomar pista. En Barajas. En el Prat. En la Virgen del Camino... Ah, no, que estábamos en una carrera ciclista, desescalando el puerto de Leitariegos. ¿O era otro puerto? Uf, vaya lío.
Qué comience el espectáculo, esto es, la carrera ciclista. 

miércoles, 29 de abril de 2020

La fragua literaria leonesa: Fermín Rodríguez Trabado


La fragua literaria leonesa

Fermín Rodríguez Trabado: “El Bierzo me parece una joya natural de la que a veces hay que alejarse para valorarla” 

 

El profesor y microrrelatista berciano Fermín R. Trabado, autor de 'Terceras personas', sigue trabajando, fiel a la narrativa breve, en una especie de 'alter ego' de 'Terceras personas', que tardará en ver la luz a resultas de la situación vírica que estamos viviendo, y porque suele emplear en la reescritura y en labores de revisión casi tanto tiempo como en la escritura misma.

Fermín Rodríguez Trabado
Fermín Rodríguez Trabado.
Manuel Cuenya | 29/04/2020 - 12:54h.
Originario de Sésamo (precioso nombre para fabular), Fermín Rodríguez Trabado es el autor de un libro de microrrelatos titulado 'Terceras personas', su ópera prima, deudora a todas luces de la narrativa del escritor cacabelense Fermín López Costero, tristemente fallecido en febrero de 2018, aunque a buen seguro nos estará sonriendo desde la otra orilla al tiempo que nos hace gestos narrativos con la precisión de un orfebre del lenguaje: https://www.ileon.com/cultura/077509/fermin-lopez-costero-prefiero-fiarlo-todo-a-la-imaginacion-intento-que-la-realidad-no-estropee-mis-planes.
Fermín R. Trabado, berciano como su tocayo López Costero, es asimismo heredero, como lo fuera el autor de 'Teatro de sombras', de la retranca de un grande del cuento. Me refiero al genial Antonio Pereira, que hablaba como escribía. Con una excelente agilidad mental y mucho humor.
"Para bien y para mal, supongo que esta hoya geológica en la que vivimos habrá tenido algo que ver en mi carácter, aunque solo sea por esa ironía medio gallega que tenemos los bercianos", afirma R. Trabado, para quien el Bierzo es paisaje, sangre y memoria.
"El Bierzo me parece una joya natural de la que a veces hay que alejarse para valorarla (o pasearla cuando hay tiempo y calma, como hizo Gil y Carrasco en su 'Bosquejo de un viaje a una provincia del interior'). Pero no dejan de apenarme el declive de estos años y ese pesimismo que se respira y que ahoga", explica el profesor Fermín al tiempo que rememora su infancia feliz en Vega de Espinareda, adonde se trasladara su familia después de vivir en Sésamo (localidad conocida por sus pinturas rupestres).
"Feliz tuve la infancia allí (o así la recuerdo, que la memoria es tramposa). Fue feliz aquel tiempo porque dinero había poco pero a mí y a mis hermanas nunca nos faltó lo necesario (es la suerte de unos padres que saben trabajar y hacer mucho con poco). Y recuerdo, claro, aquella casa del barrio de La Barraca (qué nombre tan lorquiano, ¿verdad?); su patio, su corral, su huerta, su desván, su fragua, las lecturas infantiles subido en el regazo del cerezo de la huerta... Y mucha bicicleta", recuerda Fermín, cuya vocación por la lectura le viene desde la infancia, pero su vocación creativa surgió no hace tanto tiempo.
"Aunque he escrito algo de poesía y de teatro, la 'llamada de lo literario' me viene a través del microrrelato... El congreso sobre el cuento que se celebró en Villafranca del Bierzo en 2017 fue el desencadenante de casi toda la micronarrativa que he escrito desde entonces. A veces uno no sabe si creer más en las causalidades o en las casualidades, pero lo cierto es que hoy para mí la escritura es alimento (espiritual, que esto no es fútbol), ya casi tan necesario como leer. Si fuera físico, quizá me acercaría al misterio a través de la cuántica; como no lo soy, lo hago a través de la literatura (no solo escribiendo, también leyendo)", expone, a sabiendas de que la literatura puede darnos, a su juicio, muchas cosas: conocimiento, entretenimiento, aliento psicológico y moral... En todo caso, cree que lo más valioso, "su valor añadido, que diría un cursi mercantilista", es la posibilidad de llegar donde la razón no llega y de explicar lo que la ciencia no explica, y eso es el misterio.
"No creo que la literatura sea mejor ni peor que la ciencia, sino que habitan universos diferentes (paralelos...). Quizá por eso tengo predilección por esos poetas que de cuando en vez conectan esas dos dimensiones a través de alguna puerta dimensional literaria; como Rafael Guillén en esa trilogía que culmina con 'La edades del frío', o Clara Janés en 'Orbes del sueño'. Por eso y porque pienso que en la ciencia más puntera (la tecnología es otra cosa) está el germen de la filosofía del siglo XXI. Además, creo que la literatura ha de estar siempre de guardia para evitar que la inteligencia artificial nos convierta en estúpidos sin retorno".

(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com:
https://www.ileon.com/cultura/107618/fermin-rodriguez-trabado-el-bierzo-me-parece-una-joya-natural-de-la-que-a-veces-hay-que-alejarse-para-valorarla)

Salud mental

Si no tenemos salud, no tenemos nada ni nada somos. Frase que se me antoja definitiva. Eso creo. Sobre todo en estos tiempos de crisis vírica, que se nos está yendo mucha gente cada día, en una carrera imparable, al menos por ahora, hacia la muerte. Esa dama de la guadaña que cercena nuestros sueños en el momento más inesperado.
¿Alguien se atreve a discutir esta frase con argumentos sólidos? 
Si es así, encantado de que alguien arroje luz sobre el mundo sombrío en que vivimos. Con algunas luces, supongo, en algunos puntos del Planeta. 
Ahora más que nunca necesitamos luz, luz solar, luz racional, luz pictórica, iluminación fílmica, iluminaciones al estilo Rimbaud, que embellezcan el rostro cadavérico de cada día. Esa luz que ilumine la caverna, nuestra caverna de osos en hivernación. De osos amorosos.
Alguien voló sobre el nido del cuco

Me dice el amigo Javier Sotuela, con sano humor, que él está tan a gusto en su cueva que ni le apetece salir. 
Qué maravilla, Javier, que te sientas en paz y en armonía con tu ser y tu paisaje gallego, tú que también eres berciano de adopción. Y tuviste la ocasión de bautizar a ese gran humorista que es Leo Harlem en Matarrosa del Sil. 
El humor, siempre el humor, como terapia a nuestros desvelos. 
Confieso (no lo hago delante del párroco de mi pueblo desde que era un rapaz) que, en cuanto ingresé en la Academia platónica, en realidad en la Academia del maestro Bueno, se me fue al traste la fe. Y me volví descreido, escéptico y hasta nihilista. 
Agnóstico y sin dioses. Ni santos de palo ni vírgenes de escayola. 
Aunque creo que sigo conservando una cierta espiritualidad, que me ayuda a continuar creyendo en la vida. Sólo sé que soy un ser espiritual, social y emocional.
Si no tenemos salud, nada somos, nadie somos, porque ahí reside nuestro motor vital, el que nos guía, el que nos hace superar obstáculos y hasta atarvesar muros, si ello fuera necesario. 
Nadie somos (ni siquiera sabemos quiénes somos) cuando se apodera de nosotros el Alzheimer, o una demencia senil avanzada, entre otras muchas enfermedades o desequilibrios que nos dejan para el arrastre. 
Me sugería el amigo Juan Carrete, que anda por ahí entrevistando a gente en su emisión de radio de San Miguel de las Dueñas (gracias, Juan, por la entrevista), que escribiera algo sobre los enfermos mentales. Gran tema, sin duda. Y sobre todo ahora, en esta situación convulsa, llena de miedos e incertidumbres, con un virus que nos ha trastornado, que sigue campando a sus anchas por el mundo, aunque la mayoría de las personas sigamos confinadas. 
Pronto veremos la luz, parece ser, aunque el virus corona seguirá en nuestras vidas por tiempo (y continuará mutando, el muy pendejo), hasta que no se encuentre el antídoto eficaz, que lo combata de un modo firme.
Si no tenemos salud física tampoco tendremos salud mental, psíquica, porque ambas están interrelacionadas. 
8Cuerpo-mente-alma es un todo.  
Mens sana in corpore sano, según Juvenal. 
Pedid un alma fuerte que carezca de miedo a la muerte. Porque el miedo, bien lo sabemos, no es buen consejero. Sobre todo el miedo irracional. El miedo nos paraliza. Nos mete malos pensamientos. Nos hace actuar de un modo poco o nada acertado. Como ya hemos dicho en otras ocasiones. Por eso debemos cuidarnos, protegernos, encontrar el equilibro, el justo medio, emocional, corporal, que nos permita conducirnos en plenitud por las veredas de este mundo. 
El virus corona, ya lo hemos apuntado, causa y causará, aparte de estragos varios en la economía y aun en otros aspectos de nuestras vidas, múltiples trastornos mentales, con desequilibrios en el sueño, en nuestro sueño diario
La ansiedad ya está haciendo mella en mucha gente. Y de la ansiedad a la depresión hay un pasito. Pasito a pasito. 
Y los suicidios (tema tabú) se multtiplicarán.  
¿Pero qué estarán pensando de todo esto los enfermos mentales, las enfermas de la psique? ¿Cómo les afectará, a sus ya afectadas vidas, el virus? ¿Lo verán como un Anticristo? El Anticristo de El día de la bestia. O el Anticristo de Nietzsche. O mismamente el de Lars Von Trier, que ha sido calificada como obra maestra de lo grotesco. 
¿Podrán volar del nido del cuco? Sobrecogedora sigue pareciéndome esta película dirigida por el genial Milos Forman (el director de Amadeus, Valmont o Los fantasmas de Goya) e interpretada por el loco Nicholson. Me refiero, claro está, a Alguien voló sobre el nido del cuco, que nos muestra un escalofriante manicomio. 
¿Qué pensarían acerca del coronavirus Antonin Artaud y Leopoldo María Panero? Dos grandes poetas que sufrieran trastornos mentales en forma de psicosis. 
Panero con sus poemas de la locura (colosales poemas audiovisuales son los que le dedica, a él y su familia, Chávarri, con El desencanto, y Ricardo Franco con Después de tantos años). 
Lepoldo María Panero en El desencanto

Por su parte, Artaud, con su locura a cuestas, le dedica algunos pasajes a la peste: "...Ya los muertos obstruyen las calles en pirámides ruinosas, y los animales mordisquean los bordes. El hedor sube en el aire como una llama. El amontonamiento de los muertos bloquea calles enteras. Entonces las casas se abren, y los pestíferos delirantes van aullando por las calles con el peso de visiones espantosas. Otros apestados, sin bubones, sin delirios, sin dolores, sin erupciones, se miran orgullosamente en los espejos, sintiendo que revientan de salud, y caen muertos con las bacías en la mano, llenos de desprecio por las otras víctimas...".
Todos en verdad somos algo locos. Y todos, en nuestra época, llevamos el estigma del loco que somos y no somos, por decirlo en palabras de Foucault, autor de Historia de la locura. Esa escisión (desgarramiento) en la que nos movemos entre el yo y el no yo, entre una realidad aparente o irrealidad y una realidad esencial.  
Sea como fuere, en la gente afectada por una patología mental, sobre todo en casos de psicopatologías graves como pueden ser las esquizofrenias o las psicosis, se dispararán sus niveles de ansiedad, de estrés. Y se acentuará la paranoia. 
Los delirios y alucinaciones (de todo tipo, ya sean visuales, auditivas o táctiles...) se incrementarán, viviendo un terrorífico escenario. 
Algo debería de saber acerca de la psicopatología, pues, aparte de haberla cursado como materia, tuve la ocasión de realizar cursos de doctorado en salud mental en la Universidad de Salamanca. Y luego en la Universidad de Borgoña  y aun en el hospital de la Chartreuse de Dijon (Francia), donde, como stagiaire, me familiaricé con la población psicótica y el arte terapia.

Qué tiempos aquellos de juventud, divino tesoro... Cuando quiero llorar, no lloro/ y a veces lloro sin querer.  
A veces lloramos sin querer, que es cuando se nos amontonan demasiados pensamientos contadictorios, cuando no logramos vislumbrar una salida al final del túnel. Y nos sentimos desbordados por lo que estamos viviendo. Por eso es tan importante mantenerse firmes (la vida firmeza), en equilibrio, con espíritu de templanza. Pero, como no somos realmente dueños de nosotros mismos, ni vivimos en una burbuja de ensueño (somos nosotros y nuestras circunstancias), nos resulta complicado en ocasiones mantener la calma. 
¿Cómo estarán, qué sentirán esos enfermos mentales a la intemperie, por ejemplo en una ciudad monstruo como Nueva York? ¿Qué sentirán aun en otras ciudades y lugares del mundo?
Por eso, la salud, la salud mental es tan importante, primordial en un ser humano, porque sin salud estamos perdidos, al raso de las adversidades y contratiempos. Quizá no haga falta estrujarse mucho la sesera para darse cuenta de esta verdad, que, por lo que sea, a veces la pasamos por alto, como si tener salud fuera algo normal, que nos viniera dada de balde. Por obra y gracia del Espíritu Santo. Amén. 
Sólo cuando la perdemos, cuando enfermamos, entonces nos damos cuenta de su valía. Y se nos viene el mundo encima como una apisonadora. 
Deberíamos ser más conscientes de nuestra salud, de todo lo que nos rodea. Deberíamos vivir más despiertos, más atentos. Deberíamos vivir de claridades y lo más despiertos posible, nos alertaba hace tiempo el gran filósofo Ortega, que además era un excelente literato. 
Ahora ando releyendo pasajes de El espectador, conformado por artículos y/o ensayos diversos de un gran valor.  
Después de esta cruda lección que nos está dando el virus, los gobiernos de todos los países deberían apostar por la salud, tambien por nuestra salud mental, que es la que nos permite vivir en paz, en equilibrio. Nuestra salud. Y la salud de la Naturaleza, a sabiendas de que el mal vírico proviene a buen seguro del maltrato que infringimos a nuestra Tierra, a los animales (no nos olvidemos de las vacas locas, la peste porcina, la gripe aviar...).
Con salud podemos disfrutar de la vida, de cada instante, de cualquier cosa. Y por ende podemos conseguir cosas, que en el fondo tampoco es lo que nos procura felicidad (hablo en nombre propio, claro).
En el fondo, un ser humano no necesita casi nada (muy poco, al menos este menda lerenda) para sobrevivir, incluso en este mundo consumista, hipercapitalizado, donde todo se compra y se vende, donde hasta los seres humanos somos moneda de cambio, qué terrible, incluso en este mundo vuelto del revés, explotado, saqueado, maltratado, un ser humano no necesita más que salud (física y mental, que es toda una, porque a menudo, casi siempre somatizamos lo psíquico) y afecto (querer y ser queridos). 
Conviene matizar que los psicópatas no necesitan afecto. Y la salud psíquica la tienen harto deteriorada.

Debemos ser conscientes de que nos han engañado con tantos asuntos. Pues nos han hipotecado para toda la vida (somos tan ingenuos que nosotros mismos nos hemos metido hasta las trancas en el barrizal). 
Nos han agarrado del narigón, como dicen en mi pueblo que se agarran a los xatos, para tenernos estabulados como a ganado, en este caso como a ganado parlante. 
Somos rebaño. Y hasta tenemos moral de rebaño. 
Somos esclavos de nuestro tiempo, esclavos de nuestras estrecheces, también mentales, habida cuenta de que no encontramos tiempo ni siquiera para descansar... para descansar en paz (demasiado insomnio y pastillamen, demasiados desvelos). 
Todas son prisas, todas son urgencias en un mundo en exceso apresurado, esquizofrénico.
Con salud, caminantes, se hace camino al andar. No olvidemos que ahora el corona nos está golpeando con fuerza pero tampoco debemos olvidarnos que la muerte convive con nosotros, aunque sea invisible como el virus, y nosotros seguimos muriendo de muchas otras enfermedades, esas que figuran en el subconsciente colectivo de la población.  

domingo, 26 de abril de 2020

El confinamiento y el trance espiritual

Después de leer algunos textos que publicara el amigo escritor y periodista Jose Luis Moreno-Ruiz hace años en la revista Interviú, acerca de sexo, drogas y santidad, me han entrado ganas de escribir sobre el confinamiento, en el que estamos, y el trance espiritual, habida cuenta de la interrelación que existen, al menos a priori, entre ambos. 
Es evidente que a través de un ayuno prolongado (en el Ramadán, practicado en esta época por los musulmanes, aunque ayunen, también sabemos que se meten buenos atracones cuando se pone el sol, con lo cual alivian sus posibles síntomas extáticos), o bien mediante la privación del sueño, de los sentidos, con el consumo de sustancias tóxicas o psico-activas se logra entrar en trance, como ocurre a menudo con los místicos españoles, por ejemplo, con San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, entre otros, cuyas experiencias entroncaban directamente con la excitación... también sexual, o bien con los sufíes, los derviches que giran como peonzas en su danza giróvaga, todos ellos alcanzando el puntín, ese estado de distorsión espacial y temporal, de alteración de la conciencia, mediante el cual son capaces de comunicarse con vírgenes, santos y dioses (primarios, secundarios y terciarios, por hacer uso de la terminología que emplea el maestro Gustavo Bueno en su Animal divino). 
Éxtasis de Santa Teresa. Bernini

Primarios en referencia a los animales o númenes representados en las cuevas prehistóricas como Altamira o las cuevas rupestres de Librán en el Bierzo (maravilloso el Manuscrito de los brujos del escritor y fotógrafo bembibrense Casimiro Martinferre); secundarios en relación a los animales proyectados en la bóveda celeste: la religión de los dioses hechos a imagen y semejanza de los animales; y terciarios, que son los dioses hechos a imagen y semejanza de los humanos, los dioses antropomorfos, entre los que se halla asimismo ese Dios único e incorpóreo, el dios de los filósofos, como dice Gustavo Bueno, acaso por boca del filósofo holandés de origen español sefardí Spinoza. 
Un dios que sería como la antesala del ateísmo. Ateo gracias a Dios, como escribe con socarronería el genio de Calanda, Luis Buñuel, en sus memorias tituladas Mi último suspiro, escritas con la ayuda de uno de sus guionistas, el francés Jean Claude Carrière. 
Decía/dice el filósofo Bueno (pues su espíritu sigue más vivo que nunca entre nosotros) que el interés por los extraterrestres (ahí está la inolvidable E.T. de Spielberg, además de programas de televisión, y libros, en su día, de J.J. Benítez) nos devuelve a la religión secundaria, a los dioses secundarios, que son similares a los démones griegos, de la Grecia clásica, de la mitología. 
Y en este sentido la Etología (materia que llegué a cursar en la facultad) sería como la Teología de nuestros días. Aunque los animales también hayan sido vistos tanto en el cine como en la literatura como auténticos demonios. Por ejemplo, Los pájaros de Hitchcock, o bien las ratas de La peste de Camus, que contagian a toda una ciudad, Orán, como ahora nos contagiamos en el Planeta entero con este virus del demoi o demonio.  

A decir verdad, la Etología, con Lorenz, Tinbergen y Von Frisch a la cabeza (Von Frisch, con su lenguaje de las abejas, me fascina), nos han ayudado a querer más y mejor a los animales (aparte de que uno sea un rapaz de pueblo habituado a convivir con los animales, o sea, un campesino).
Y sinceramente creo que algunos animales como el perro Pancho y la gatina Monina son más inteligentes y amorosos que muchos humanos. Así de claro. 
El director de El nombre de la rosa, el francés Jean Jacques Annaud, nos ha ofrecido asimismo otras dos magistrales películas como son En busca del fuego y El oso (un animal que también piensa y sueña, con sentimientos humanos).  
El confinamiento, es evidente, además de llevarme por estos derroteros, me ha hecho levitar, sacándome de la normalidad para adentrarme en la para-normalidad. Es lo que tiene este encierro. 
Por eso, alguna gente (incluso en programas televisivos de máxima audiencia, como el de Iker Jiménez) nos habla (con encierro y aun sin encierro) de experiencias paranormales, para-psicológicas, para para qué... que nada tienen que ver con la realidad objetiva, racional y científica. 
Tal vez por eso abunda mucho hablador y chamán de poca monta, incluso mucho adivino de medio pelo. 
Se juega en exceso, y aun de un modo peligroso, con tanta marrullería paranormal, contagiando y sobre todo intoxicando a las personas con mucha basura perniciosa. 
No resulta difícil, a tenor de lo que percibimos, embaucar a la población contándole milongas, experiencias paranormales o sobrenaturales, que en esencia tienen su base en la neurología, psicofisiología, neuropsiquiatría, psicopatología, en la bioquímica. Incluso el amor, qué me perdonen los adeptos al idealismo y romanticismo, tiene un sustrato bioquímico. Uno se enamora sobre todo por el olor y sabor de la otra persona. De ahí la importancia feromónica, la importancia de los olores, perfumes y sabores (luego, a partir de esa base se puede generar un constructo cognitivo, si lo abordamos desde esta perspectiva cognitiva, que también podríamos hacerlo desde una conductual). Y por supuesto uno se enamora de tal o cual comida, de tal o cual vino... por sus sabores y aromas.
Pues los seres humanos estamos constituidos por sustancias químicas o neurotransmisores, que son nuestras drogas endógenas, con sus correspondientes sustancias análogas en las drogas exógenas, empezando por el alcohol, que es droga con la que habitualmente confraternizamos, socializamos. https://cuenya.blogspot.com/2010/03/drogas-exogenas-y-endogenas.html
Artaud en La pasión de Juana de Arco de Dreyer

Tema apasionante este, las sustancias psicotrópicas, que he abordado en algunas ocasiones, también en su relación con los trastornos psíquicos, que llegué a impartir como cursos de extensión universitaria en diversas aulas de la Uned, en concreto en la zona noroeste de España (algo de mi etapa como estudiante en la Facultad de Psicología me habrá quedado, digo yo). 
Un buen pelotazo de alcohol también nos pone motorolos perdidos, como dicen en México, ese país en el que le rinden culto a drogas como el peyote o peyotl, que es un hongo alucinógeno, que nos pone en contacto con las divinidades, tal y como comprobara, por ejemplo, el gran Antonin Artaud (el poeta y dramaturgo del Teatro de la Crueldad, El teatro y su doble: https://cuenya.blogspot.com/2011/12/artaud-o-el-teatro-de-la-crueldad.html), que nos dejó su libro sobre los Tarahumara, que se asientan en el norte de México, precisamente en la Sierra Tarahumara. 
Tuve la ocasión de viajar por esta zona, durante mi estancia en los años 90 en el país azteca, y también pude contemplar extasiado su belleza natural (espectaculares las Barrancas del Cobre, que es un colosal cañón salvaje, el gran cañón del Colorado mexicano, bueno, el Colorado también pertenecía a México pero se lo afanaron los gringos), la belleza y colorido de sus gentes... en un viaje en tren, el Chepe, desde Chihuahua a los Mochis (Sinaloa). Memorable aquel viaje. 
Tarahumara. Foto: Cuenya

Aparte de los Tarahumara, también los huicholes mexicanos, asentados en Nayarit, Jalisco y Zacatecas, ceremonian con el peyote, esa alucinógeno divino, pues esta droga es toda una divinidad. 
Como se siga prolongando este estado de confinamiento, me da la impresión de que, quienes permanezcamos encerrados, podremos entrar en trance como los sufíes y místicos.
De momento, uno ya está preparándose para tal situación psicodélica. Mientras, sigo escuchando el concierto en Pompeya (Live at Pompeii) que diera el grupo Pink Floyd en este fascinante anfiteatro romano, cuyo líder en un inicio (duró poco, unos tres años con la banda) era Syd Barrett. Se dice que era adicto al LSD, el ácido lisérgico, que se sintetizó en laboratorio a partir del cornezuelo, el cornezuelo de centeno. Y que afecta al sistema serotoninérgico (la serotonina es otro neurotransmisor relacionado directamente con las emociones, con el sueño, incluso con los estados depresivos). Se sabe que el LSD le provocó algunos trastornos disociativos de la personalidad. O mismamente un trastorno de esquizofrenia. 
Tumba de Morrison en Père Lachaise. Foto: Cuenya

También el gurú Jim Morrison, que está enterrado en el cementerio parisino de Père Lachaise, era adicto al LSD y al peyote, además de a la maría y el alcohol. 
https://www.youtube.com/watch?v=BXqPNlng6uI
El líder de la legendaria banda The Doors, que toma su título de Las puertas de la percepción de Huxley sobre la mescalina (inspirado a su vez en una cita del poeta y pintor Blake), compuso la psicodélica y apocalíptica canción The end, que el cineasta Coppola emplea en su Apocalipsis Now. Y que Morrison escribe a partir de la conocida tragedia Edipo Rey de Sófocles, en la que Edipo mata, por azar, ¡el azar, ay, el azar!, a su padre y se acuesta con su madre, de ahí el conocido complejo de Edipo, que tan bien estudiara el doctor Freud, que era por lo demás un adicto a la cocaína, tan adictiva y consumida en la actualidad por la población, acaso porque procura efectos placenteros en quienes la consumen, droga que tiene su equivalente en otra sustancia química (neurotransmisor) llamada dopamina, que también genera efectos placenteros en quienes la toman. 
En el ciclismo se habla a menudo del dopaje. Pero ahora, con la crisis vírica, se suspenderán (o se aplazarán hasta nueva orden) los grandes campeonatos ciclistas. 
Con el ejercicio extremo, llevado al límite, como ocurre con las carreras maratón, y aun en esas subidas brutales a los puertos de montaña en el ciclismo profesional, se logra una levitación, un trance, no sé si místico, pero un éxtasis a fin de cuentas, porque en esas situaciones también se generan muchas endorfinas, que hacen que uno se eleve sobre el suelo y flote en el espacio. 
El confinamiento puede provocar y provoca trastornos del sueño, salvo que uno sea harto disciplinado, metódico. 
La falta de sueño puede desencadenar este éxtasis o trance espiritual (éxtasis o MDMA es también una potente droga) al que apuntaba ya desde el inicio, que encima da título a esta entrada.

sábado, 25 de abril de 2020

La vuelta al mundo en ochenta días



Después de escribir sobre La vuelta al día en ochenta mundos, mi subconsciente primaveral me lleva de un modo inevitable a La vuelta al mundo en ochenta días, esa obra de Julio Verne que leía con gran entusiasmo en mi época infantil. Que leía a través de aquellas joyas literarias juveniles, que tanto me gustaban. 
A decir verdad, las historias que más me enganchaban eran las de aventuras, las de viajes, y en eso Verne era o me parecía todo un maestro. 


Con  el transcurrir de los años ese gusto por la literatura de viajes se ha acrecentado, hasta el punto de escribir uno mismo también algunas historias de viajes y sobre viajes. Y por supuesto leer grandes libros de viajes, entre ellos, los de Julio Llamazares (gran escritor en el género, ahí están 
El río del olvido o Trás-os-montes, entre otros) o del memorable Juan Goytisolo (qué maravilla haber podido charlar con él en el café de France de Marrakech), que nos ha deleitado con libros de viajes como Aproximaciones a Gaudí en Capadocia (acerca de ciudades como El Cairo o Estambul, entre otros lugares en el mundo), o bien Campos de Níjar, sobre la Almería profunda de los años 60. 

Tampoco quiero olvidarme de nuestros paisanos Gil y Carrasco con su Diario de viaje, desde Madrid a Berlín, que es un fascinante recorrido por la Europa del siglo XIX, que me late como un Inter-Raíl de la época actual (sobre este asunto también llegué a escribir: https://www.ileon.com/cultura/055100/gil-y-carrasco-viajero-gotico-posmoderno) o bien el inolvidable Ramón Carnicer y su libro Donde las Hurdes se llaman Cabrera, que es un viaje a pie por la Cabrera, emocionante, contado con exquisita sensibilidad y elegante sentido del humor. 
Olvidaba mencionar el Viaje del Vierzo, de Valentín Carrera, que en tiempos de confinamiento ha sacado a la luz la lectura gratis de una serie de libros, con la generosidad y el beneplácito de sus autores y autoras, por supuesto (por ahí anda uno, por qué no decirlo: 
https://www.lanuevacronica.com/la-editorial-ebooksbierzo-abre-la-descarga-gratuita-de-sus-40-titulos).  
La literatura de viajes es la madre de la literatura, como en alguna ocasión nos ha dicho el autor de La lluvia amarilla, colosal poema narrativo sobre el último habitante de un pueblo perdido en el pirineo de Huesca, que bien podría ser cualquier pueblo remoto de la provincia de León, como Urdiales de Colinas (aldea a la que en tiempos mozos íbamos de excursión varios rapaces del útero de Gistredo), Los Montes (donde el director de Albares de la Ribera Chema Sarmiento rodara un maravilloso mediometraje de ficción), o Primout (aldea enclavada en las estribaciones de Gistredo, en la que el gran poeta Ángel González impartiera clase durante algunos meses de los años 40), entre otros pueblos. 


La literatura de viajes (El Quijote también es un prodigio de literatura de andanzas, de viajes y aventuras) como madre de la literatura. Y Julio Verne, no sólo con su vuelta al mundo en ochenta días, sino con otras muchas como Viaje al centro de la tierra, Viaje a la luna, Cinco semanas en globo o 20.000 leguas de viaje submarino, etcétera, como un maestro de este género, que en su caso también se convirtió en ciencia ficción, porque en su época, algunas de las cosas, que se le ocurrían, eran eso, ciencia ficción (por cierto, en el Bierzo tenemos a un gran autor, Ruy Vega, que escribe novelas de ciencia ficción, y además es un buen poeta, preciosas las cartas a su padre, que publica cada cierto tiempo en el diario La Nueva Crónica). 
La vuelta al mundo en ochenta días me fascina porque nos lleva de paseo, de la mano de Phileas Foog, que tiene un aire con el poeta Byron, y Passpartout o Picaporte. 

La vuelta al mundo de Verne emprende ruta en Londres para llevarnos de viaje a París (de pasada), recorriendo Italia hasta llegar al puerto de Brindisi. Y de ahi embarcar al canal de Suez, de Suez a Bombay, de Bombay a Calculta, de Calculta a Hong Kong, de Hong Kong a Yokohama, de Yokohama a San Francisco, de San Francisco a Nueva York, y de esta metrópoli mundial a Liverpool hasta finalmente arribar a capital inglesa. 
Nos lleva de viaje al menos por una parte de nuestro planeta, que ahora debe estar luciendo mejor rostro que nunca, en cuanto al esplendor de la Naturaleza, a raíz del confinamiento de una gran parte de la población mundial. 
Chistosita se me antoja la adaptación que de esta novela hiciera Anderson a la gran pantalla, con David Niven (Fogg) y Cantinflas (Passpartout) como personajes principales, aparte de los cameos de grandes actores y actrices como Buster Keaton, Frank Sinatra, Marlene Dietrich o Peter Lorre. 
Viajar, sobre todo ahora que no podemos a resultas de este maldito virus de mierda, es algo esencial, una genuina escuela de aprendizaje. 
Se aprende tanto o más viajando que leyendo, que ya es decir. Porque el viaje es vida, es la vida en estado puro, es confrontarse con la realidad, salir de la zona de confort para aventurarse o adentrarse en otros territorios y aun en otras lenguas. 

Viajar (otra cosa es hacer turismo, que tampoco está nada mal, y ahora lo sentimos más que nunca, aunque ese turismo en lata y masificado también mata la magia del viaje y atenta contra la sacralidad de los espacios, de los monumentos, de la Naturaleza) es una maravilla. Y debería convertirse en una materia esencial (no digo obligatoria, porque nada se debe imponer, moro por fuerza nunca buen cristiano, rezaba el refrán), al igual que tendrían que serlo la lectura, la escritura, el teatro... el arte en general, ese arte que imita la vida y además la trasciende. 
Viajar, aunque no sea a los confines del mundo, y aunque tampoco viajemos durante ochenta días seguidos, de un modo apresurado, como les ocurre a los personajes de la novela de Verne, que se lo toman casi casi como un desafío y una carrera maratón. 
Viajar sin prisas (la prisa mata y hasta remata, dicen los hermanos marroquíes), con deleite, contemplando no sólo los amaneceres sino los atardeceres, las puestas de sol, si las hubiere, de los lugares que visitamos, detener el paso, mirar, una vez más, sentarse en la terraza de un bar, en el banco de alguna plaza, contemplar el discurrir de las gentes, entrar en conversación con algún nativo o nativa, saborear cada cosa, cada mirada (que puede ser asimismo el lenguaje del tacto, hay miradas que acarician y sienten con placer y devoción), degustar cada instante cual si en ello nos fuera la vida, cada instante de gloria, paladear cada trozo de vivencia... 
Viajar para volver a mirar el mundo, con ojos nuevos o renovados, con esos cinco sentidos y aun más que nos procuran una suerte de éxtasis o levitación, elevándonos sobre el suelo hasta alcanzar las estrellas. 
Volveré a leer a Verne, con la mirada inocente de un rapaz que quisiera re-descubrir el mundo, este Planeta enhechizante en el que convivimos, nos siempre en amable armonía, unos cuantos millones de seres humanos, todos tan iguales en sentimientos y emociones básicas, todos tan distintos en tantas cosas, este mundo pluricultural y heterogéneo, con sus pros y sus contras, con sus personas bellas y sonrientes y también con sus individuos jodidos y perversos, que siembran el mal y la maldad. 


Volveré sobre Verne para continuar viajando, ahora con la imaginación y la fantasía de quien sabe que, en algún momento, todos podremos viajar en cuerpo-alma, como cuando el virus corona no se conocía ni por el forro de... Aprenderemos a convivir con este y otros virus. Y seguiremos volando, como las cigüeñas que se ven desde el balcón de mis ilusiones en el útero de Gistredo, hacia lugares adonde haya calor, el calor afectivo de nuestros deseos. 
 "Me gustaría venirme golondrina para agarrar y volar a los paíx adonde haiga calor", escribe el autor de La vuelta al día en ochenta mundos en el epígrafe a su novela/antinovela o contranovela Rayuela.

viernes, 24 de abril de 2020

La vuelta al día en ochenta mundos

En tiempos de confinamiento (ya hemos superado la cuarentena, me refiero a los cuarenta días de encierro), la lectura es salvífica. O cuando menos nos ayuda a sobrellevar esta situación, que, se mire por donde se quiera, incluso por el ojo surreal de la sinrazón, es un absurdo del copón bendito, porque insisto en que un puto virus no puede paralizar a todo un país, teniendo a la mayoría de la población de brazos cruzados. Por tanto, ya va siendo hora de soltar a la población al ruedo de las ilusiones, al menos a la población que no sea de riesgo y/o no esté infectada (pero para ello es imprescindible que todo el mundo se haga la prueba, para saber obviamente a qué atenernos). 
Estamos intoxicados de miedo y de ignorancia, factores claves, bien estudiados en la antropología (releamos a Marvin Harris, por ejemplo) para tener a la población sumida en el limbo de las musarañas y los gamusinos. 
Así que la lectura (sobre todo ensayística, filosófica, psicológica, sociológica...) es algo que puede salvarnos o ayudarnos a proseguir en el camino, en este camino de rosas espinadas (ayer diz que fue el día del libro, cuando en verdad todos los días del Señor, y de la Señora, deberían ser días de libro y de libros, que el ser humano no puede nutrirse sólo de un solo día ni de un solo libro). 
Y una de esas lecturas, aparte de la genial Rayuela, podría ser La vuelta al día en ochenta mundos, de Cortázar, un tipo que elevó lo cotidiano a la categoría de fantástico (a eso le llaman Realismo Mágico, tan presente y arraigado en la literatura gallega de Cunqueiro, Torrente Ballester, Fernández Flórez o el gran Valle Inclán, cuna que ha sido Galicia del Realismo Mágico).
Un escritor, Cortázar, que hizo malabares con las palabras (acostándose con ellas), jugando con el lenguaje de un modo sorprendente como hace con Las babas del diablo, entre otros muchos relatos. Relato, por cierto, que adaptó al cine el controvertido Antonioni, con su particular estilo, en una película que resulta en verdad interesante como lo es Blow Up, en la que despliega, en imágenes por supuesto, toda una reflexión filosófica acerca de las esencias y las apariencias, pues el cine, que trabaja fundamentalmente con imágenes (el cine es el lenguaje de las imágenes en movimiento), es una apariencia de la realidad. Tema apasionante, en el que no me adentraré en estos momentos. Pues quiero centrarme en La vuelta al día en ochenta mundos, y sobre todo en las vueltas y viajes que uno puede dar en un día, pues cada día es todo un mundo. 
La lectura de este libro de Cortázar, quien fuera traductor de Allan Poe, me lleva también a viajar, aunque sea con la imaginación. A volar a otros países adonde haiga calor, como nos dijera más o menos el autor argentino (que está enterrado en el mítico cementerio de Montparnasse), en su Rayuela
Tumba de Cortázar en Montparnasse, París
En realidad, su vuelta al día en ochenta mundos, que toma su inspiración, él mismo lo confiesa, en La vuelta al mundo en ochenta días, de su tocayo, su toca yo Julio Verne (lectura apasionante para estos momentos también, sobre todo para quienes nos entusiasman los viajes, incluso al final de la noche, por emplear una expresión a lo L. F. Céline) es un viaje alrededor de sí mismo, de sus obsesiones y sus gustos literarios, musicales (apasionado del jazz y la trompeta), artísticos, en definitiva. 
"A mi tocayo le debo el título de este libro y a Lester Young la libertad de alterarlo sin ofender la saga de Phileas Fogg", escribe el autor de Casa tomada (otra lectura sobre el encierro de dos hermanos, que tanto nos recuerda, con un aroma incestuoso, a La caída de la casa Usher, de Poe). 
Un libro, La vuelta al día..., en el que coexisten la palabra y la imagen, la imagen icónica, en el que se mezclan géneros, discursos verbales y no verbales (pictóricos, gráficos, fotográficos), textos diversos: ensayos (como el dedicado al cubano Lezama Lima y su Paradiso), citas, poemas, cuentos, consiguiendo embarcarnos en una aventura rumbo hacia un exótico país, que es sin duda su propio universo, con sus reflexiones acerca de la literatura, sus lecturas, sus autores preferidos..., en un diálogo permanente con los que él dio en llamar los cronopios (Historia de cronopios y de famas, otro libro suyo) como Charlie Parker o Louis Amstromg (músicos de jazz) o bien Gardel con su tango, además de los artistas Man Ray o Marcel Duchamp, entre otros muchos.  
Cabe recordar que los cronopios, según Cortázar, son seres ingenuos, idealistas, sensibles, nada convencionales, frente a los famas, que son rígidos, organizados y sentenciosos. Incluso nos habla de las esperanzas, que son simples, ignorantes y aburridas. Y es que Cortázar era "como un niño para tantas cosas" (él mismo lo dice), un niño que miraba con asombro el mundo, como ya apuntara, capaz de transformar lo cotidiano real en pura fantasía. "Un temperamento que no ha renunciado a la visión pueril como precio de la visión adulta, y esa yuxtaposición que hace al poeta y quizá al criminal, y también al cronopio y al humorista (cuestión de dosis diferentes, de acentuación aguda o esdrújula, de elecciones: ahora juego, ahora mato) se manifiesta en el sentimiento de no estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida y en las que somos a la vez araña y mosca", explica con lucidez Cortázar en su Vuelta al día... un tipo excéntrico, como él mismo reconoce, para quien vivir y escribir era una misma cosa. Qué maravilla. La escritura, no como algo al margen, sino como una prolongación natural de la vida. Vivir y escribir como si se tratara de un juego. 

"Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas... Esta especie de constante lúdica explica, sino justifica, mucho de lo que he escrito o he vivido", nos relata Cortázar, que desde muy pequeño asumió su condición de raro, diferente. Y que pronto descubriría los gatos, en los que podía imaginar su propia condición, y los libros donde la encontraba de lleno. 
Los gatos como símbolos de la libertad (ahí está monina, la bellísima gata de Lidia). 
Me encantan los gatos. Y las gatas. Son, además, los guardianes de los libros, como el título de un texto que escribiera hace años en Diario de Leon (y luego retomara e9n mi blog) a propósito de un viaje que hiciera al Monasterio de Yuso, en la Rioja.
Monina

https://cuenya.blogspot.com/2010/06/los-gatos-como-guardianes-de-los-libros.html 
"Soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos", añade Cortázar, que nos invita, en su viaje, a una constante reflexión acerca del mundo en que vivimos. Y de paso nos contagia (qué magnífico contagio) su vitalidad, su saber, su amor por el arte, en todas sus vertientes. Y con su fluidez narrativa nos lleva a otros mundos, al lado de acá y al lado de allá, incluso a otros lados, en un viaje constante por el mundo. Pues eso, viajemos al día en ochenta mundos. Y por supuesto viajemos al mundo en ochenta días. 
Desde el útero de Gistredo al centro de la Tierra, que al genio Dalí se le antojara (antojitos que tenía el niño de Figueras) la estación de trenes de Perpiñán.