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sábado, 11 de agosto de 2018

La luz mágica de Fermín López Costero

Pues sí, queridos cuates, queridas cuatas, la luz mágica de nuestro querido y siempre recordado Fermín López Costero nos guió ayer tarde en Noceda,  en la casa de la cultura del útero de Gistredo, un sitio extraordinario (otrora la casa de Perullos, que ya tenía encanto), en un encuentro memorable. Así lo viví. Así lo sentí. 




Fermín nos envolvió, nos iluminó con sus palabras, con la magia de sus espíritu. Por fortuna, las personas no mueren hasta que alguien deja de recordarlas. 
El recuerdo mantiene viva la llama del espíritu. Y a Fermín, el gran escritor cacabelense, universal ya, lo seguimos recordando con cariño, con gran afecto, porque él fue y seguirá siendo una persona entrañable. En esta ocasión (siempre intento que salga lo mejor posible) creo que la elección de los participantes en este Noveno Encuentro literario fue acertada, buena, "muy lindo, todos gente buena", me recuerda el periodista, escritor, amigo y colega de tantas batallas Eduardo Keudell, que también asistió al evento. Y colaboró con un hermoso y filosófico texto, Emoción de censura, en este reciente número de la revista La Curuja, en el cual rendimos homenaje al "maestro", como nos dijera de Fermín la poeta berciana Loli Prieto, que, al igual que los demás convidados, nos emocionó con sus palabras y la lectura del poema Alas, incluido en su poemario La fatalidadque por cierto abre las páginas de de este número estival de La Curuja. Curiosa y mágica coincidencia que Loli Prieto también eligiera este poema antes de haber leído la revista. Me gustó mucho la intervención de todos/todas ante un público entregado, en el que estaban, entre otros, Jorge, el hijo de Fermín (al que no reconocí en un inicio, porque ya es todo un mozo, y uno lo recordaba siendo un niño), la madre de Jorge, María José Castellanos, compañera de instituto, de aula, a quien no veía desde hace más de treinta años (tampoco la reconocí, hasta que no me dijo que era ella) y la novia de Fermín, Isabel Bailez, que nos dijo unas palabras de agradecimiento, muy sentidas, antes de dar por finalizado el encuentro. 
Foto: Elba Casado


Además, estuvieron Paula Bailez, la hermana de Isabel, algunos amigos de Fermín, la poeta ponferradina Laura Manrique (que acompañaba a la poeta Marina Díez), la poeta y narradora Ana María Romero Yebra (gracias por tu libro colectivo, Almería de cine), junto con su marido el músico Jose,  buenas alumnas/os de escritura como Elba (gracias por las fotos), Ana y José Luis y aun de la Universidad de la Experiencia, como Trini..., familiares nuestros, amigos (Mingo/Raquel, Milín/Elena, Mar, José Manuel Nogaledo, Antonio Vega (editor de ileon), Benjamín y Pedro, Andrea, Nina, Presen, Elsita, Nanci Álvarez de Paz... gente del pueblo... Espero no olvidarme de nadie, cosa difícil). Eché en falta a algunos habituales, como los grandes amigos Javi y Ana, que aún no han podido venir de Bilbao, Ricardo... Emilio el de Mari Ángela y su mujer Marta, Flor Villagrá, Elena de Bilbao... y aun Auri, que tenía ganas de ver también a una de nuestras invitadas, Marina Díez (Marina Sope). Bueno, estuvo la gente que pudo. Y quienes en verdad desearon acompañarnos, lo cual siempre se agradece, el arropamiento, el calor. En el fondo, somos animales sociales, en el buen sentido digo lo de animales (monos vestidos). 
Y nos gusta el cariño de otros humanos/animales. 
El acto comenzó con unas palabras de bienvenida y otras de recuerdo al gran Fermín, con un nudo en la garganta por parte de este menda/maestro de ceremonia (si tal puede decirse) para a continuación dar lectura (algunos párrafos) de un texto que le dedico en este reciente número de La Curuja. 
Una vez introducido el encuentro, dimos paso al primer interviniente, el mayor de la tribu, el buen amigo y escritor Antonio Merayo (quien también ha organizado muchos encuentros, sobre todo en Gijón), el cual le dedicó palabras entrañables a Fermín. Y nos leyó incluso un poema suyo que no llegó a incluir en su poemario La fatalidad, pero que sí nos había adelantado -recordaba Antonio- en word a él y a uno mismo. 
Elba Casado

Después tomó la palabra Inés Diago, actriz portentosa, que nos sobrecogió con su interpretación, la interpretación de algunos textos del genio Lorca, quien preconizara su propia muerte, al igual que lo hiciera Fermín. 
Enorme Lorca, como poeta, cuya poesía es puro ritmo, musicalidad, y descomunal como dramaturgo: siento devoción por La casa de Bernarda Alba (que algún día espero adaptar), Yerma. Y también Bodas de sangre
En tercer lugar intervino la narradora Vanesa Díez, que nos metió a todos en el bolsillo leyéndonos un cuento hermoso, de creación propia, un cuento nada infantil, pues ella suele escribir para un público infantil, habida cuenta de que es maestra, maestra que estuvo a punto de impartir clases en el Bierzo (hasta pensó en alquilar una casa en Villar de las Traviesas). Pero al final se fue a Sabero. Y ahora trabaja y vive en la zona de Valporquero, donde da clases, escribe y organiza eventos varios. 
Después de Vanesa Díez (estupenda), dimos paso a Loli Prieto (gracias Loli por obsequiarme con tu reciente poemario, Poesía pendular del valle dormido, que leeré encantado). Y gracias por tu intervención y la lectura de alguno de tus poemas, recordándonos asimismo a Fermín, "el maestro", como tú le dices, persona sencilla, humilde, que también asistiera a una de las presentaciones de tu libro. Enérgica, valiente, transparente, te nos mostraste. 
La joven poeta Marina Díez (Marina Sope, porque sus orígenes están en Sopeña del Curueño, de donde también es originario el poeta Jesús Díez) nos recitó, con dulzura (ella es dulce, aunque el trasfondo de sus versos sea potente) algunos de sus poemas, incluso uno que le dedica a la Laguna del Ratón, situada en la zona de San Justo de Cabanillas, próxima a Noceda, que incluyéramos en La Curuja de verano del pasado año. 
Marina (también conocida en los ambientes literarios como Marina Mariposas), acaso porque en sus tres poemarios publicados hasta ahora nos habla del amor (de ahí el sobrenombre de Mariposas)/desamor) y también del maltrato que sufren las mujeres. Gracias por dar voz a los/las sin voz. Y por tu pasión por la poesía. 
Ruy Vega/César López, sobrino carnal del excelente periodista y narrador Gonzalo López Alba, quien también falleciera en febrero de este año, nos recordó con emoción a Fermín, su obra, aunque él no lo llegara a tratar. 
Ruy es un magnífico narrador y poeta (lee mucha poesía y eso se nota en lo que escribe), que está haciendo maravillosas críticas literarias en La Nueva Crónica y en la 8 Bierzo, la tele local, junto con la gran María de Miguel. 
También Ruy se dedica, en esta tele, a comentar películas. Gracias, amigo Ruy, por tu labor, por tu entusiasmo por el cine y la literatura, pasiones que compartimos, ya sabes. 
Y para finalizar el encuentro, el broche de oro lo puso Isabel Llanos, poeta y actriz leonesa (aunque ella vive en Barcelona), que nos cautivó con su interpretación, una vez más, aunque en esta ocasión Isabel estuviera más suavecita, pues el pasado año su interpretación estuvo impregnada de erotismo. Y al público le encantó. 
Cabe señalar que tanto Inés Diago como Isabel Llanos han estado recientemente haciendo un original espectáculo teatral en algunos pisos de la ciudad de León. Os deseo lo mejor. Y os doy mi enhorabuena. A ver si lográis traeros ese espectáculo a Ponferrada. 
Antes de dar por finiquitado el encuentro, con las palabras afectuosas de Isabel Bailez, el alumno de escritura José Luis Rodríguez Souto nos leyó una carta que le escribiera el maestro Antonio Pereira al maestro Fermín López Costero (de igual a igual). Y aun un relato, con su punto de humor y su final impactante, que escribiera Fermín, titulado Más allá del horizonte, introducido con una cita de Rulfo. Y cuyo protagonista es Severino Cubelos (repaso en el archivo curujero y veo, para mi sorpresa, que ese chistoso cuento, con su toque erótico también, está incluido en el número 10  de la Curuja, en su primera época. Fermín siempre presente). 
La tarde, bien emotiva, se prolongó hasta la medianoche (algo más) en el restaurante Las Fontaninas, al amor de una buena conversación y unas viandas exquisitas, como siempre. Gracias, Natalia y Miguel, por vuestra hospitalidad. Lástima que no pudieran quedarse todos los convidados. No obstante, disfrutamos quienes nos quedamos. Me alegró conoceros: Jesús y Eduardo. Hasta el próximo encuentro. 

viernes, 10 de agosto de 2018

La fragua literaria leonesa: Epi Rodríguez


LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Epigmenio Rodríguez: "Tengo una tendencia, más o menos 'natural' a expresarme con imágenes"




El narrador, cineasta, profesor y viajero Epi Rodríguez, autor de 'El color de las hayas' o 'El sol entre los rascacielos', se tomará ahora un respiro, después del estreno de su película 'Media hora (y un epílogo)', a la espera de ponerse con la tercera novela de su trilogía.

Epigmenio Rodríguez
Epigmenio Rodríguez. Foto: Manuel Cuenya
Manuel Cuenya | 24/07/2018 - 11:15h.
Apasionado de Julio Verne, Herman Melville, Camus, García Márquez, Yourcenar o David Lodge. Y por supuesto de la literatura de viajes, que es un género en sí mismo, y de autores de libros de viajes como George Borrow, Julio Llamazares, Kapuscinski, Bill Bryson o Ramón Carnicer, Epigmenio Rodríguez, más conocido como Epi, es un solvente narrador y cineasta, que recientemente nos ha ofrecido un largometraje, estrenado con gran éxito.
Se trata de 'Un epílogo (y media hora)'. Una película sacada adelante con escasos medios, con mucho talento y tesón, gracias a una campaña de 'crowdfunding', gracias también a la colaboración de todo un equipo técnico y artístico bajo la batuta de su guionista y director, Epi.
Señalar que la película cuenta, entre otros muchos, con la interpretación de Saturnino García, un gran actor, al que tuve la ocasión de invitar, hace años, a las llamadas Tardes de Cine que hacíamos en Bembibre. Y pude comprobar que es extraordinario. Asimismo, en el equipo técnico están el genio Juan Carlos Mostaza y el gran Pablo Vega (quienes fueran colegas en la ex Escuela de Cine de Ponferrada). Y en el elenco actoral vemos a Inés Diago, estupenda actriz teatral, que también da mucho juego interpretativo.
'Media hora (y un epílogo)', como su título indica, hace referencia a lo que les ocurre en media hora, a través de saltos en el tiempo y elementos que acaban encajando como piezas de un puzzle, a unos personajes que protagonizan un hecho inesperado "En treinta minutos se puede construir un mundo... y también acabar con él". Algo original, novedoso, arriesgado. "Un drama coral con ribetes de thriller cuya acción transcurre a lo largo de media hora y de noche". El manejo ingenioso del tiempo y del espacio (claves en el arte cinematográfico), así como el concepto de fatalidad y la noche son elementos de suma importancia en esta cinta, a la que le deseamos largo recorrido. Aunque, como bien nos cuenta su director, la película, al carecer de una distribución dentro de la industria, ha requerido el cien por cien de dedicación.
"La trilogía de la que ambas forman parte está inspirada en el último párrafo de 'Las ciudades invisibles', de Italo Calvino. Ése en el que habla de la existencia (y lo describe) del infierno de los vivos"
Harto difícil se nos antoja hacer cine en León. Y que éste tenga proyección. Ahí están los casos, por ejemplo, de Chema Sarmiento, con su 'Filandón', 'Los Montes', 'El Wólfram, la montaña negra', 'Viene una chica', o bien Gabriel Folgado (Beli) con sus 'Paisajes interiores' (documento imprescindible sobre la minería leonesa) o 'Ancestral Delicatessen' (acerca del mundo de las castañas), que sí han logrado, también a base de mucho talento, esfuerzo y dedicación, tener una proyección internacional, algo realmente magnífico.
Por fortuna, Epi, que ya había filmado 'Las becicletas' (y que a buen seguro seguirá filmando) aunque no resulte nada fácil, es un buen narrador. Y autor del libro de viajes 'León sin prisa' (que tanto hace recordar 'Viaje a la Alcarria', de Cela), un recorrido por nuestra provincia, con la mirada de un genuino viajero, gran conocedor de la tierra.
También Epi, nacido en el pequeño pueblo de Taranilla, "en un entorno rural, bastante remoto, de la montaña leonesa. Y en una época como aquélla, a principios de los cincuenta del pasado siglo", es el creador de las  novelas como 'El color de las hayas' y 'El sol entre los rascacielos', que forman parte de una trilogía, a la espera de que su autor nos obsequie con la tercera novela. En ello está.

Literatura y cine

Precisamente,  la novela 'El color de las hayas', concebida inicialmente como un guion de cine, está ambientada en la montaña leonesa. Y nos muestra la vida rural con todo lujo de detalles, desde el ordeño de las vacas hasta la feria de ganado, pasando por el pasaje de 'El tiro al plato' (en tiempos estampa festiva de los pueblos leoneses), con la mina como telón de fondo.
Teñida por todos los tonos, del amarillo al rojo (incluso al rojo sangre), nos muestra a unos personajes que conocen (y aún sufren) la dureza de la climatología, la crueldad de la vida en forma de silencio, porque éste, "sólo roto por el canto lejano de algún pájaro, lo invade todo".
Personajes que obedecen a sus instintos primarios y que están marcados por un destino trágico.
Escrita con una prosa limpia y directa, despojada de pomposidad, con diálogos bien construidos, creíbles, mantiene el pulso narrativo, con ciertas dosis de intriga, hasta el final. La lectura de esta novela nos ayuda a conocer más y mejor la condición humana.

(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com
https://www.ileon.com/cultura/088119/epigmenio-rodriguez-tengo-una-tendencia-mas-o-menos-natural-a-expresarme-con-imagenes)

jueves, 9 de agosto de 2018

La fragua literaria leonesa: Manuel Fuentes González

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Manuel Fuentes González: "Leer y viajar son dos deliciosas sustancias que ayudan a pensar"

El abogado, jurista, profesor, narrador y viajero Manuel Fuentes González, autor de 'Brisa de poniente', está en estos momentos dando forma a personajes e historias para una novela. Y, al mismo tiempo, también trabaja con ideas de cuento infantil.

Manuel Fuentes González. Foto: Manuel Cuenya
Manuel Fuentes González. Foto: Manuel Cuenya
Manuel Cuenya | 18/07/2018 - 17:31h.
"-Irte doce días en moto ocupándote de todos esos pequeños detalles, superar inconvenientes sin el amparo del 'paquete de vacaciones' a golpe de tarjeta de crédito y programa de agencia de viajes; sentir el viento acariciando la cara, la complicidad de la máquina como prolongación de tu cuerpo y la libertad por delante... cura, cura cualquier estrés y es un magnífico antidepresivo...
...
A diferencia del simple turista, el viajero tiene la capacidad para ver más allá y encontrar belleza detrás de las fachadas, de los rostros de las gentes que caminan apresurados por las calles, desarrollan su actividad laboral o se dejan llevar, sin prisas, en su tiempo de ocio...
...
Circulando a lomos de estas máquinas los paisajes adquieren  singulares formas, colores y aromas. Se agudiza la vista, afina el oído y estimula el tacto al tiempo que lees la carretera eligiendo la trazada, cambiando de marcha, acelerando y soltando embrague o sintiendo directamente en el cuerpo el viento, la lluvia o el sol"
(Manuel Fuentes González, 'Brisa de poniente')
Abogado del Estado, Jurista del Cuerpo Nacional de Policía, profesor colaborador de la Universidad de A Coruña, Manuel Fuentes González es asimismo autor de libros como 'Ecos de camino' y 'Brisa de poniente', ambas obras de carácter viajero, porque a su creador, que es motero, le entusiasma viajar, los viajes, porque un viaje se disfruta, en su opinión, tres veces: cuando se planifica, cuando se hace y cuando se recuerda. Y es sobre todo cuando se rememora el momento en que, como escritor, uno vuelve a gozar de forma intensa, "mucho más que lo puede hacer un turista con las fotos y recuerdos, e incluso un avezado viajero que ha tomado datos y vivido sensaciones más intensas".
Tanto es así que "leer y viajar son dos deliciosas sustancias que ayudan a pensar", afirma Fuentes González, quien nos recuerda que santo Tomás decía que viajar es como un libro abierto; "quien no viaja solo lee la primera página".
En este sentido, cree que la literatura de viajes, de la que él es devoto, ilustra, entretiene, nos enseña y nos invita, a través de la palabra escrita, a realizar una travesía literaria por experiencias, poblaciones y lugares con los que se han sentido seducido los narradores/as.
Reconoce que sus autores de referencia en la literatura de viajes son Javier Reverte y el leonés Julio Llamazares, que, según él, convierte en buena literatura cualquier simple viaje. Como ocurre, por ejemplo, con 'El río del olvido', del que Fuentes toma prestado un pasaje para su libro 'Brisa de poniente'
En todo caso, le gustan aquellas plumas, incluso menos conocidas, que disfrutan con el recuerdo y llevan de la mano a los lectores/as por caminos que nunca antes habían explorado.
Aparte de Javier Reverte y Llamazares, reconoce la huella que le dejara Julio Verne en su infancia. Y posteriormente clásicos como 'El Quijote' y las 'Novelas ejemplares' de Cervantes, o  bien el 'Lazarillo de Tormes'. En cuanto a autores más modernos, reivindica a Orwell, así como toda una pléyade de mujeres contemporáneas, entre ellas María Dueñas o Dolores Redondo, por ejemplo.
Podría sorprender a priori que un abogado o jurista se dedique a plasmar por escrito, en este caso sus vivencias viajeras. Pero aclara Fuentes que en el mundo policial y en el jurídico -las dos realidades con las que ha cohabitado-, se redactan informes, se relatan hechos, se exponen argumentos y, sobre todo, se observa mucho socialmente.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Estambul, espiritual y promiscua

Panorámica de Estambul desede la Torre Gálata

Espiritual y promiscua

Estambul invita a soñar con viajes lujosos y se ofrece al visitante cargada de sensaciones y sonidos

(Diario de León, 27/06/2010)
 


Es la segunda vez que aterrizo en Estambul, en el aeropuerto de Atatürk, de esta bella y monstruosa urbe, cuyas dimensiones resultan inabarcables, al menos para un viajero, salvo que éste se quede durante varios meses -como hicieran Flaubert, Gautier o Nerval-, y se dedique a recorrer palmo a palmo esta metrópolis, que a Juan Goytisolo se le antoja espacio-palimpsesto, babel de lenguas, Bizancio-Constantinopla fundada hace veintitantos siglos. Nada más llegar al aeropuerto -y pagar religiosamente el visado-, me encamino a algún punto de información para ver cómo puedo llegar al centro. Busco una oficina de turismo antes incluso de cambiar guita. «Desde aquí no hay autobuses, sí metro», me dice la chica de información, que me explica cómo puedo llegar al centro, y se sonríe, simpática, cuando le muestro mis viejas liras, ya inservibles. 


Ayasofya
Desde Atatürk (estación de Havalimani) se puede coger un metro, que te lleva hasta el centro histórico de Sultanahmet, donde están algunas de las maravillas turcas: Santa Sofía, la Mezquita Azul, el palacio de Topkapi, harén incluido, entre otras y otros de singular valor.
Elijo la calle Akbiyik para alojarme, a sabiendas de que en esta ciudad no resulta complicado encontrar dónde hospedarse porque cuenta con una gran infraestructura hotelera, creada sobre todo en estos últimos tiempos, debido a la masiva demanda de turistas, que manan de cualquier esquina. La Akbiyik Caddesi parece una calle americana de alguna ciudad californiana. Me hace recordar la Main Street del Reino Disney. Muy cambiada he visto esta megalópolis con respecto al 2001, año en que la visitara por primera vez. Ciudad en constante cambio, a la que han aseado y maquillado como una capital europea de altos vuelos por donde suelen transitar los turistas, véanse la animada y chic Istiklal Caddesi o la Divanyolu. Esta última parte desde Santa Sofía hasta la parada Çemberlitas, donde se encuentra un famoso hammam, que hace las delicias de cualquier viajero. 



Akbiyik Caddesi
Istiklal

Al personal le gusta pasear por la Istiklal Caddesi, una larga, espaciosa y occidentalizada calle peatonal, sólo interrumpida por un viejo y turístico tranvía, que de vez en cuando parece embestir a la muchedumbre. La Istiklal, con sus múltiples pasajes de estilo parisino, como el Atlas, el Çiçek Pasaji o Cité de Pera (repleta de bares-restaurantes, y justo al lado de un pintoresco mercado de pescado) me hacen recordar la histórica calle de Saint Denis o a alguna calle vienesa, con sus cafeterías y tiendas sofisticadas. En la Istiklal hay multitud de bares, cafeterías como Madrid y Barcelona, contiguas, restaurantes, delicias turcas, puestos de kebab, cines, tiendas de libros y discos -véase la estupenda Mephisto, que encima sirve café y té-. Otros sitios de la ciudad, en cambio, no gozan de tal glamur. No hay más que darse una vuelta por el barrio situado en la parte baja de la mezquita de la Süleymaniye Camii, donde se impone otra realidad, que me hace recordar la Alfama o la Mourería de Lisboa, con la ropa tendida en los exteriores de las casas de madera, harto inclinadas y ruinosas, como si fueran a derrumbarse, mientras los guajes corretean por entre el barro de las calles. O bien el comienzo, algo siniestro, de la Galip Dede en dirección al barrio de los Genoveses. Incluso hay una calleja, resguardada por tipos de dudosa catadura, que pretende ocultar el puterío a los extranjeros en una ciudad entre promiscua y conservadora. Sólo debes trepar unos metros por la Galip Dede en cuesta y algo decadente, hasta que comienza la algarabía de puestos, las vitamin shop y sus vendedores de zumos, etc., lo que me hace recordar la calle Calderería (la vieja, y aun la nueva) de Granada. 
Eminönü


De peregrinaje por la ciudad
 

Continúo mi peregrinaje por esta ciudad espiritual y promiscua, estimulante y frenética, entre dos mundos no siempre reconciliables, Oriente y Occidente, asentada sobre siete, como Roma, con sus bellas y evocadoras siluetas de minaretes y cúpulas, que parecen tocar los cielos... y sus muecines que resuenan en mis vísceras como llamadas de fe. Me acerco a la meca del Pierre Loti, que no era ningún santo, solo un novelista francés, cuya «ermita», situada en medio de un cementerio apacible y bucólico, en el barrio de Eyüp, se ha convertido en un café exitoso, con una terraza espectacular, en la que te puedes tomar un café turco, y desde la que se contemplan maravillosas panorámicas de «Istanbul», aunque me late que las mejores vistas de la ciudad se tienen desde lo alto de la Torre Gálata. 

                                                                    Desde la terraza del Pierre Loti
El café Loti es muy apreciado por los extranjeros, incluso por algunos bercianos, como Ovidio, el propietario del Bodegón ponferradino. Luego de la visita tomo un bus de regreso hasta Eminönü, otro lugar emblemático de la ciudad, desde donde se puede embarcar hacia la parte asiática (Üskudär), o bien dar un paseo por el Bósforo. 


Estambul no turístico
Eminönü es uno de los lugares más transitados -tanto por los estambulíes como por extranjeros-, donde hay muchos puestos de pescado, que invitan a degustar un sabroso bocadillo de pescado asado a la plancha.
                                 Torre Gálata
Suleymaniye desde el Puente Gálata

Cruzo el puente Gálata, en dirección a la famosa torre, la más antigua y bonita de Estambul, construida por los genoveses. La subida a la torre en ascensor cuesta diez liras turcas, pero merece mucho la pena, porque se puede atisbar toda la ciudad. 


Visita indispensable, aunque no se vaya a comprar nada se me hace el Gran bazar, «el reino de lo improbable- en él todo tiene cabida», según Goytisolo. Enorme y bien organizado, no me resulta tan cautivador como los zocos marrakchíes o la ancestral Medina de Fes-el-Bali.
Resulta inspirador recorrer la ciudad a pie, adentrarse sin rumbo fijo en sus entrañas, que desprenden un intenso aroma, pues se trata de una mágica y a la vez decadente ciudad, emplazada en un lugar de ensueño, a orillas del mar Mármara y el estrecho del Bósforo. La Capital de tres imperios invita a soñar con viajes lujosos en el Orient Express, de la mano de Ágata Christie, y con harenes en el Topkapi. 



Me dejo llevar por mi instinto y brujuleo hasta llegar al acueducto Valens, en el distrito de Fatih, como si de repente y bajo hipnosis estuviera mirando para Segovia, en busca quizá de otro Estambul. Cuando uno se siente en medio de calles y callejuelas atestadas hasta los topes, lo mejor es dejarse extraviar, mezclarse con el bullicio, detenerse a contemplar la algarabía: graciosos vendedores de helados, mozos tirando por carros o con la carga sobre la cabeza, mercachifles y vendedores de todo tipo, desde lotería -identificados con su gorro Milli Piyango- hasta roscas de pan, cacahuetes, churros bañados en miel o bocadillos de pescado, hasta maíces cocidos y castañas (kestane) asadas, con sus carromatos de color rojo, tramposillos limpiadores de zapatos, hombretones contemplando el vacío pausado de sus mentes, bien relajados, mientras toman su té o café (turco), juegan al backgammon (su juego preferido) o fuman tabaco dulce y afrutado en narguiles (otra de sus pasiones) o pescadores apretujados sobre el puente de Gálata, bajo el cual existe una gran variedad de restaurantes. 


En realidad, cualquier viaje a lugares conocidos resulta puro turisteo, tal vez porque ya no existen verdaderos viajeros, salvo que uno logre ver con otros ojos, como si mirara por primera y pudiera plasmarlo con lírica salvaje, como hace Pamuk en Estambul, ciudad y recuerdos, obra definitiva para quien quiera entender más y mejor esta ciudad «enorme, histórica y descuidada», en blanco y negro, con cierto sabor a amargura. Prosigo mi caminata por esta ciudad de bazares, donde todo se compra y se vende, rumbo al Mercado Egipcio o Bazar de las Especias (Misir Çarsisi), que es más coqueto que el Gran Bazar (Kapali Çarsi), y resulta más afectivo y cercano, incluso por el carisma de sus vendedores. En torno a este bazar «chico» se desarrolla una intensa vida comercial. Ya en la oscura noche de las almas, errabundas en busca de algún destino, regreso a la Akbiyik Caddesi por la siempre animada calle que recorre el tranvía en dirección a la plaza de Sultanahmet. Se trata de la calle Hüdavendigar, donde se halla el Orient Express, un elegante hotel próximo a la Estación de tren Sirkeci. Si bien el Estambul «pobre» -por tanto, no frecuentado por turistas- suele dormir temprano, por la Hüdavendigar se pasean los turistas día y noche en busca de restaurantes, algunos especializados en comida turca, donde resulta habitual ver a una mujer a la entrada haciendo tortitas. Antes de alcanzar la Akbiyik, me recreo en los obeliscos del hipódromo y sobre todo en las mezquitas, tanto la Azul -cuya belleza espiritual, hecha con seis minaretes, se me hace cautivadora- como Santa Sofía, a las que no me resisto a hacer unas cuantas fotos, como si quisiera capturar su alma, a través de simples imágenes. A menudo nos olvidamos los extranjeros -nos recuerda Pamuk- que lo que moldea una ciudad es tanto su apariencia exterior como el interior de sus casas y el paisaje de los espacios cerrados. 

Por el Bósforo
 
Amanece un nuevo y grisáceo día, y aunque amenaza lluvia, lo que inevitablemente deslucirá la belleza, siento una imperiosa necesidad de dar un paseo en barco por el Bósforo. Un día sin sol puede desbaratar hasta un paseo por este mar en movimiento. Sin embargo, las vistas sobre Estambul son hermosas desde el barco. Uno de los grandes placeres que ofrece esta ciudad «fantástica y antigua, pintoresca y remota», tanto de día como de noche.
El barco sale del puerto de Eminönü y va bordeando la ladera izquierda, esto es, la parte europea, pasando a la altura de Tophane, el Dolmabahçe Sarayi, el barrio de Besiktas y Ortakoy hasta cruzar el impresionante puente del Bósforo, que resulta de cierto parecido con el puente 25 de Abril de Lisboa y aun con el Lions Gate de Vancouver, entre otros. No en vano, Estambul y Vancouver aúnan tanto el sabor de Oriente como de Occidente, y ambas ciudades -de gran belleza paisajística- se encuentran rodeadas por mar. El regreso ladea la parte asiática, el barrio de Üsküdar y la Torre de Leandro, hasta el punto de partida. Con sol las cosas lucen de otro modo, y esta ciudad pierde encanto cuando sopla una brisa marina helada y el cielo se queda encapotado. «A luz do sol vale mais que os pensamentos de todos os filósofos e de todos os poetas», asegura Pessoa. La luz es todo, y si no que se lo pregunten a los pintores y fotógrafos. Después de esta breve aunque sustanciosa excursión, surcando el Bósforo, me dirijo al antiguo monasterio derviche de Gálata, que se halla al final de la Galip Dede Caddesi (1-185) antes de encarar la Istiklal, pero el edificio se anuncia, según un cartelito colocado en la puerta de entrada, cerrado por restauración. Lástima que haya tantos museos y monumentos en obras, lo que me permite entrar en una tienda de música, Lale Plak. Ver esta ciudad a través de sus sonidos, como hace Fatih Akin en uno de sus documentales, es sin duda una buena forma de adentrarse en sus esencias. Una gran diversidad musical como queda reflejada, por ejemplo, en Mercan Dede, Sezen Aksu, Omar Faruk, etc. 

Resulta estimulante asistir a un espectáculo de Derviches a ritmo sufí, verlos girar como peonzas, aunque su ceremonial actual esté pensado fundamentalmente para turistas, poco o nada familiarizados con su danza, conocida como sama o sema. «El valor iniciático del baile -se pregunta Juan Goytisolo- ¿no se desvanece quizá al prodigarse en espectáculo, un espectáculo exportable para uso de turistas?». Ataviados con túnicas blancas y sombreros rojos en forma de cono, inician su ritual con los brazos cruzados sobre el pecho, y a medida que entran en danza, comienzan a estirar sus brazos, mientras dan vueltas a una velocidad vertiginosa, en el sentido inverso al de las agujas de un reloj y según el ritmo musical impuesto, que sólo de mirarlos provoca mareos. Necesitan, supongo, una gran concentración y entrenamiento. Y sospecho que se procurarán elevadas dosis endorfínicas para alcanzar el éxtasis, gracias a la música de acompañamiento con flauta y tamboriles, y a su propio sistema de rotación. El espectáculo está asegurado en horario de tarde-noche, salvo los martes y jueves -”reservado a las danzarinas del vientre-” en Hodjapasha, un antiguo hammam turco reconvertido en sala de bailes.

El viaje llega a su fin, y antes de emprender rumbo al aeropuerto, me doy una vuelta por algunas calles de Sultanahmet, y por azar me topo con la tienda de Pedro. Por este pequeño bazar han pasado, como queda constancia en las fotografías colgadas de su pared central, nuestro presidente Zapatero -acompañado por su mujer Sonsoles-, Javier Sardá, Nuria Ber, Güiza o Marta Sánchez, entre otros. Pero lo más sorprendente es que la hija de Pedro está amadrinada por una berciana, Sara Ramón. Increíble. El regreso a Madrid se me antoja como una prolongación de Estambul. 
Plaza de Taksim

El país de la media luna, con estrella sobre fondo rojo, sigue fascinándome.

Filandón en Turienzo Castañero

Acaba de editarse el hasta ahora ultimo número de la revista La fuente de la risa, curioso título, que daría para todo un artículo, pues la risa, tan saludable (lo sabe bien nuestra amiga Mari Cruz García Rodera, toda una experta en Risoterapia, que organizará a mediados de este mes un encuentro/taller en su tierra natal, Folgoso de la Ribera) debería manar como el agua, acaso de las fuentes medicinales de Noceda del Bierzo, el útero gistredense.
Esas fuentes que cautivaron en su día al poeta y narrador Antonio Merayo, que está presente, junto con otros convidados/convidadas, en el Encuentro literario que celebraremos este viernes, dios mediante, que decía el cura de mi pueblo (él lo escribiría con mayúscula, supongo, me refiero a Dios). Ahora no sé si lo dice el nuevo y joven cura Agustín. Voy tan poco a misa, quiero decir nada, salvo para funerales y entierros de seres queridos. Y gente muy cercana. 
Dicho lo cual (que me enredo como una persiana) me apetece hacerme eco (esto quedo algo cursilón) de la revista que editan en la población berciana de Turienzo Castañero, con la que he tenido el placer de colaborar, gracias a su impulsora Rocío Fuentes (Rocy Tury), quien por cierto se larga un texto y aun un poema estupendo en este número de la revista. Rocy siempre está tirando del carro de la cultura en Turienzo, de todas esas magníficas actividades que organizan en esa tierra querida, que es asimismo punto de arranque para trepar al Redondal. Y si uno continúa el camino, puede allegarse a Matavenero, la alcoaldea internacional, un mapa afectivo sobre el que hemos hablado (queda bien el plural mayestático, ¿verdad?) en más de una ocasión. 
Vaya aquí el texto que escribiera, ilustrado con algunas fotinas. 



Turienzo Castañero o simplemente Turienzo (como se le conoce de un modo familiar) es pueblo por el que siento un cariño especial, habida cuenta de que he tenido la ocasión de visitarlo en varias ocasiones. Y casi siempre por motivos digamos culturales, lo cual que está muy bien.
No recuerdo con exactitud la primera vez que puse los pies en este espacio afectivo (acaso cuando era un rapacín), pero lo que sí recuerdo es que el Club Popular de Turienzo me invitó en 2015 a ejercer como mantenedor de su botillo. Y recientemente a su Filandón (en concreto en el mes de marzo de este mismo año, sobre el que hablaré más adelante).
Liberto con su chifla y tambor. Foto: Club Popular Turienzo
También recuerdo que en el 2012 proyectamos la película El Filandón, de Chema Sarmiento, en la casa de la cultura de esta población, que, como su propio nombre indica, hace referencia a un lugar elevado (de ahí el término Turienzo o Turgentium, en su ruta hacia el Redondal, desde donde se tienen espléndidas vistas sobre todo del Bierzo Alto), y Castañero, que nos hace pensar en un sitio poblado por castaños o castañares (castañales, decimos en la zona).
Liberto
 
Cabe destacar que El Filandón (1984) conserva aún hoy el delicioso aroma de un buen vino del Bierzo. Una película que congrega en torno a la ermita de la Campa de Colinas de Martín Moro Toledano a los escritores leoneses Mateo Díez (Los grajos del Sochantre), Pedro Trapiello (Láncara), Pereira (Las peras de Dios),  Merino (El desertor) y Julio Llamazares (Retrato de un bañista) para contarnos cinco historias fascinantes, "distintas para no tener la impresión de repetición, y no tan dispares como para que la sensación de unidad estilística no se resintiera", según su director, todas ellas hilvanadas con guiños al espectador, que les dan unidad y coherencia.
Foto; Club Popular de Turienzo
Huelga decir que el Bierzo es una comarca abundante en sotos de castañas, donde este fruto, fundamentalmente hecho al tambor o sobre la chapa de una cocina de carbón o leña, se me antoja un auténtico manjar. Y los magostos, llegado el mes de noviembre, son habituales en nuestro querido Bierzo.
Magostos que tan emparentados están, por cierto, con los filandones, pues en ambos se da una reunión de personas en torno a un fuego, al hogar o el llar, tal vez el fuego sagrado de las palabras (básicamente en el filandón), pues en el fiandón o hilandera la gente se reunía, después de cenar, a contar historias, leyendas… de lobos, de aparecidos, de seres del más allá… Puro Realismo Mágico. Cual si estuviéramos en un cuento del mexicano Rulfo o el Premio Nobel Gabriel García Márquez (Gabo). Y aun en un relato del escritor gallego Cunqueiro, a quien podríamos calificar como el inventor del llamado Realismo Mágico.
Tampoco debemos olvidar que el término filandón (en la actualidad Bien de Interés Cultural) se refiere a filar o hilar (véase asimismo el magnífico lienzo de Velázquez Las Hilanderas) porque las mujeres se dedicaban a hilar, mientras hilvanaban asimismo sus cuentos e historias. 
Filando en Turienzo. Foto: Mari Ángeles Cebrones
Ojalá nuestro filandón (o calecho), tan leonés (aunque también galaico y astur) acabe siendo reconocido por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Como fuera declarada, en el 2001, la Plaza de Djemáa-el-Fna de Marrakech (gracias al Premio Cervantes y extraordinario escritor Juan Goytisolo), donde cada noche, cual si nos adentráramos en Las mil y una noches, los cuentacuentos marroquíes se dedican a contar sus cuentos.
Y ojalá el Club Popular de Turienzo, gracias a la labor ejercida por Rocío Fuentes (Rocy), Vanesa Núñez o bien Ignacio, el actual presidente, entre otros, continúe haciendo botillos, carnavales, sardinadas o filandones, como el que  tuviera lugar el pasado mes de marzo, que resultó en verdad divertido, pues estuvo amenizado por la intervención de varias personas de la localidad (Liberto, por ejemplo, estuvo soberbio), que nos deleitaron con una obra de teatro, digamos improvisada. Y aun con la música de algunos estudiantes y/o profesores de la Escuela Municipal de Música de Bembibre.
Y uno tuvo la oportunidad de leer algunos párrafos de Duende leonés (un relato ambientado en Colinas del Campo), que forma parte de Trasmundo (libro editado por el Instituto de Estudios Bercianos y reeditado en digital a través de eBooksBierzo por el escritor, periodista, editor y cineasta Valentín Carrera).
Teatro, música y literatura… nos hechizaron en Turienzo Castañero, con una población numerosa y entregada. Y como no sólo de cultura vivimos los seres humanos, sino de los buenos alimentos que componen la gastronomía berciana, un plato de caldo (con sabor a unto) y un chorizo escaldado remataron una velada inolvidable. Así que ya estamos pensando en la siguiente.