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domingo, 25 de octubre de 2020

Empacho

Aun a riesgo de empacharme, continúo releyendo La Náusea, al tiempo que escucho en Youtube un concierto de Jean Michel Jarre, que sigue enganchándome con su música. Muy francés todo. El existencialismo y Jarre. Para un domingo lluvioso, otoñal, no está mal. Encima con cambio de hora. Una hora menos de luz solar hoy, en este Poniente polícromo, en el que asoman las castañas en el valle de Noceda, en las zonas de Juan de villar y de Llateos. Mirando para Yateos. Ya, ya... 

Otoño nocedense. Foto: Cuenya













Ya es época de magostos. Aunque la gente, este año, ande de capa caída, tal vez roída por los ratones o las ratas, esas ratas de La Peste, de Camus, que tienen su equivalente en nuestro draculín coronavírico. 

La lectura de Drácula de Stoker y el visionado de la película homónima de Coppola se me antojan delicias turcas. Y me trasladan a Rumanía, a la Transilvania. Tras la Silva. Aún recuerdo con cariño mis viajes a Rumanía. Aunque Bucarest (Bucuresti) tampoco es que me entusiasmara. Otra cosa es la Transilvania: Brasov, Sighisoara, el castillo de Bran... O Constanza, en la costa del Mar Negro. Costinesti es un buen lugar para vacacionar. Para veranear. Dejemos volar la imaginación. Imaginemos sin cortapisas. Viajemos. Aunque sea nomás a través del espíritu. 

Después de todo, el Covid-19, o la Covid-19 (la Covi) proviene del murciélago, al menos eso nos cuentan. Y el murciélago está emparentado con Vlad Tepes, Vlad el Empalador, Dracul, que naciera en la ciudad transilvana de Sighisoara. De repente, sin querer (o queriéndolo, que el subconsciente tiene gran poder) me veo viajando de nuevo a Rumanía. ¿Pero no estaba en la France con La Náusea y con Jean Michel Jarre? 

Brasov. Foto: Cuenya

Por cierto, Camus y Sartre, aun siendo ambos existencialistas y paisanos, no se llevaban muy bien. Eso nos han dicho también las lenguas, no sabemos si las buenas o las malas. 

Pero yo había venido aquí, a este diario de bitácora, a hablaros, una vez más, de la Náusea, del empacho, del hartazgo que me produce el Corona, la corona de espinas... funeraria... Sigo escuchando lamentos fúnebres. Se nota, ay, que el otoño está calando hondo en los huesos, en la médula espinal. Y el lumbago hace acto de presencia. Como la Náusea. ¿Y la alegría, donde ha quedado aparcada la alegría de vivir? El oficio de vivir. Pobrecito Cesare Pavese. Tendré que releerlo. Porque en su día me dejó trastocado. Se necesitarían tantas horas, tantos meses, tantos años, tantas vidas, para poder leer y entender, para viajar y conocer, para vivir con plenitud. Eso sí, sin dolores, ni enfermedades. Sin malestar. De ningún tipo. 

"Lo que me asombra es sentirme tan triste y tan cansado", escribe Sartre. La tristeza y el cansancio se apoderan de uno. Tal vez esto sea debido al otoño, que afecta con la caída de las hojas de los árboles. Y su falta de luminosidad. Necesito un chute de endorfinas. Para sobrellevar el camino. Y la Covi, con su toque de queda, que tal vez sea un toque de ánimas (se aproximan Los Santos), nos está debilitando. 

Castillo de Bran. Foto: Cuenya

"... Hay que escoger: o vivir o contar", se plantea Sartre. He ahí el dilema. Vivir para contarla. Como hiciera el Nobel Gabo. Vivamos y contemos. La narración como una prolongación de la vida. Para que no chirríe. Ni la vida ni la narración. Contar a partir de lo que uno vive y siente. La vida es sagrada. Única. Irrepetible. Vivimos para morir. Pero también vivimos para contar. Y sentir. Para amar y ser amados. Lo mejor que puede ocurrirnos. 

"... Al contar la vida, todo cambia; sólo que es un cambio que nadie nota". Sartre me deja sin palabras. Todo cambia y todo permanece. Sólo permanece aquello que recordamos. O bien aquello que reconstruimos. Porque nuestra memoria, aun queriendo ser fiel a las vivencias, encaja los recuerdos como puede. Donde puede. Nuestra memoria dista mucho de ser infalible, incluso en casos en que uno pudiera tener memoria de elefante, como ocurre en el cuento Funes el memorioso, de Borges, cuyo protagonista es capaz de memorizar todo. De no olvidar nada. Aunque no tenga al parecer ni memoria afectiva. Ni capacidad de razonamiento. 

"He querido que los momentos de mi vida se sucedieran y ordenaran como los de una vida recordada", apunta Sartre a través de la voz de Antoine Roquentin, su alter ego pelirrojo.

"No necesito hacer frases. Escribo para poner en claro ciertas circunstancias. Desconfiar de la literatura. Hay que escribirlo todo al correr de la pluma, sin buscar las palabras", nos revela Sartre para quien la escritura sirve para aclarar su vida, sus circunstancias. La escritura como un modo de entenderse. Y entender qué está ocurriendo en su mundo entorno. 

"Mi cuerpo es lo único que poseo; un hombre solo, con su cuerpo, no puede detener los recuerdos; le pasan a través. No debería quejarme: sólo quise ser libre". Sólo poseemos un cuerpo, que tiene caducidad. Y no deberíamos malgastarlo. Aunque el paso del tiempo resulte nefasto. Estamos solos, solos con nuestra angustia a cuestas. También solos con nuestros sueños. Uno también aspira a ser libre. ¿Libertad o bienestar? La libertad guiando nuestra vida. 

"No hay que tener miedo". No deberíamos tener miedo. Pero tenemos miedo. A veces miedo irracional. Otras miedo racional. El miedo preside nuestras vidas. Ahora más que nunca estamos desarrollando un miedo atroz. A raíz del virus. De lo qué ocurrirá en nuestro Planeta. Con nosotros y nuestros seres queridos. Con nuestra sociedad. Con nuestro modo de vida. 

"Me levanto sobresaltado; si por lo menos pudiera dejar de pensar, ya sería mejor...Yo soy mi pensamiento, por eso no puedo detenerme. Existo porque pienso… y no puedo dejar de pensar ". Imposible dejar de pensar. Aunque sea en las facturas de la luz, del gas... del IBI (acaban de pasar la receta, santo cielo, todo en esta vida consiste en pagar...). Existo porque pienso. O quizá existo, luego pienso. La existencia prevalece sobre todo. Si no existiera, no podría pensar. Poner la mente en blanco. Tarea harto complicada. El mito de la mente en blanco. Ni siquiera con técnicas budistas. Aunque puedas practicar el budismo zen. La concentración. El amor. La paz interior. La libertad.

Tumbas de Sartre y Beauvoir.



Obsérvate. Medita. Sé paciente. Encuentra la serenidad. Un punto de equilibrio. Que nada te perturbe. 

"Tú sabes que ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera… Hasta hay un momento, al principio mismo; en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace". Querer es una hazaña, que amerita de energía, cierto. Acaso de una energía extraordinaria. Es necesaria esa energía para querer, para querer hacer el bien, para mostrarse bondadoso con el Otro (Otra). Y el punto de partida es quererse a uno mismo. De lo contrario, difícilmente se puede querer. De verdad. Se necesita mucha fe en uno mismo. Y por ende mucha fe en el Otro. Es imprescindible ponerse en el lugar del Otro. 

"La Náusea me concede una corta tregua. Pero sé que volverá; es mi estado normal. Sólo que hoy mi cuerpo está demasiado agotado para soportarla", escribió el pelirrojo Sartre, compañero que fuera de Simone de Beauvoir, ambos enterrados en el cementerio parisino de Montparnasse. La Náusea reaparece aun en los momentos más inesperados.  Y La tregua es una estupenda novela de Benedetti, concebida como un diario, al igual que La Náusea. Me gusta el formato diario.

El otoño, este otoño vírico, nos desanima. La tarde invita a quedarse en casa, al amor del brasero. Como si estuviera en un filandón hilando alguna que otra palabra. Aunque también me convendría salir a respirar algo de aire puro, que por estos lares del útero de Gistredo el virus parece estar a raya. Y el toque de queda o de ánimas será a las diez. 

Ánimas benditas, rezo. 

sábado, 24 de octubre de 2020

La Náusea

Releo La Náusea de Sartre en busca de inspiración. O tal vez de transpiración. Que la inspiración me pille manos al tema. Y lo primero que me encuentro es con esto: "Lo mejor sería escribir los acontecimientos mcotidianamente. Llevar un diario para comprenderlos. No dejar escapar los matices, los hechos menudos, aunque parezcan fruslerías, y sobre todo clasificarlos". Lo mejor sería escribirlo todo, manuscribirlo todo, como hiciera Umbral, que se pasó toda su vida trabajando con las palabras, con el fin de entenderse y entender por ende el mundo en que viviera. Con finos y certeros análisis de la realidad: política, social, económica, cultural. De nuestra España con eñe de coña. 

Lo mejor sería poner en orden lo que nos va sucediendo puntualmente cada día. Y así podríamos saber qué pensamos, qué sentimos... 

Releo La Náusea del estrábico pelirrojo, quien rechazara el Premio Nobel -eso cuentan las lenguas-, en busca tal vez de una identificación con su existencialismo. Sobre todo en estos momentos de vómito a resultas de la situación que estamos viviendo, que a buen seguro no es peor, ni de lejos, que lo fueran otras épocas pasadas. Como las que vivieran y aun sufrieran en sus propias carnes nuestros padres. Y aun nuestros abuelos. Acaso ningún tiempo pasado fue mejor. O sí. Pero somos nosotros ahora quienes vivimos estas circunstancias. Quienes damos fe de lo que nos ocurre. Que es una pandemia que nos está machacando. Como me verbaliza la mayoría de la gente con quien hablo. Que nos está pulverizando, en todos los sentidos. 

La tristeza se adueña de nosotros, cada día más separados, alejados en lo afectivo. Me lo recuerda el amigo Mario, que agradece, desde la Robla, las muestras de cariño. Cariño que todos agradecemos, ahora más que nunca. Los seres humanos necesitamos socializar, necesitamos afecto, amor, cariño, ternura. Y si no podemos tocarnos, abrazarnos, sentirnos, entonces, qué mierda de mundo hemos construido. ¿Acaso un virus de este calibre puede dinamitar nuestra afectividad? ¿Qué ocurrirá cuando nos meten en casa uno aún más potente?, me viene a decir otro buen amigo de infancia, José Manuel, el nieto de María, que superó el siglo. Y por fortuna ella no llegó a vivir este sindiós. 

Una pandemia que nos esta mermando, que está haciendo mella en nuestra psique. Por más que uno desee hacerse el valiente. De repente, se nos ha congelado el tiempo, también el ambiental, y se nos han achicado los espacios. El Planeta se ha vuelto más chiquito. Incluso diminuto, porque se han paralizado nuestros viajes alrededor del mundo. 

Viajar se ha convertido en una odisea. Demasiados controles y riesgos. Demasiadas fronteras. Demasiado miedo. Demasiada incertidumbre. El miedo y la incertidumbre como claves esenciales, acaso claves líricas, para entender qué nos está ocurriendo. 

Hace falta ser muy fuerte, en términos físicos y psíquicos, sobre todo psíquicos, para sobrellevar esta pesada carga, esta cruz. De repente, regreso a Cristo y su cruz a cuestas. Por la medina de Jerusalén. Que es un genuino espacio-polvorín, donde ni judíos ni palestinos se ponen de acuerdo en nada. Y andan a la gresca. Ni siquiera los paraliza la pandemia, que afecta a unos y a otras por igual. O no. No nos unen los afectos, como ya sabemos, sino que nos une el horror, el espanto, la enfermedad y la muerte. ¡El horror, el horror! 

Jerusalén. Foto: Cuenya

La muerte nos iguala. Eso parece. Aunque uno tenga dinero, mucho dinero, también acabará en el hoyo. Porque si los ricos de guita y poder no la espicharan, entonces ya sería el acabose. Aunque tampoco sé de qué mierdas vivirían si no existieran los esclavos, los pobres, los trabajadores, los obreros y campesinos, que son ellos quienes mueven de verdad o deberían mover el mundo. Uníos de una vez por todas, proletariado de la Tierra, y dad un golpe de timón a esta barbarie. 

Hoy me he levantado con la náusea. Aunque no sea un día peor que otros. Incluso es sábado. He descansado bien. Estoy a cubierto. He desayunado rico: café con leche con pan recién horneado untado en aceite de oliva extra. Nomás. Un lujo que aún podemos permitirnos. Y me espera una comida suculenta, un caldo berciano, que siempre me sienta de rechupete. Un manjar. Así que no debería asaltarme la náusea, y sin embargo se apodera de mí, aunque la reniegue, aunque procure alejarme de la misma.  

Es probable que el virus haya tomado el aspecto de náusea. Y sienta mareos, escalofríos en el alma. Me gustaría ser menos sensible, menos perceptivo. Me gustaría pasar de largo. Pero uno es como es es. Y eso no resulta nada fácil cambiarlo. Quizá habría que hacer oídos sordos, vista larga. Insensibilizarse. Autoengañarse. Hacerse el tontín. Y seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Como si nada pasara. Pero los medios de comunicación se encargan de chutarnos el virus en vena. Queramos o no. Ya ni siquiera quiero ver noticias, el parte televisivo. Algunas cadenas son atroces. Sensacionalistas. Mentirosas. Perversas. Otras nos lanzan misiles. Barrenan nuestras ilusiones. Los políticos, con sus prebendas y salarios sustanciosos, andan revueltos en el gallinero, mientras la sociedad está a sus expensas. A verlas venir. 

La náusea ha llegado para quedarse. Con o sin vacuna. Porque la náusea aparece y reaparece aun en los momentos más inesperados. Es la propia vida. El existir. Que conlleva consigo esta forma de estar, de ser, en el mundo. El ser y la nada. La nada que no podemos concebir, salvo que estemos ya fiambres. ¿Y antes de la nada había más nada? 

Prosigamos anotando, con cierta regularidad, lo que nos pasa. Lo que ocurre. Hagamos un diario de sensaciones, de impresiones, de emociones. Dejemos por escrito aquello que nos produce malestar. Incluso aquello que nos fascina. 

Las dos menos cuarto de la tarde. Siempre es demasiado tarde o demasiado temprano para lo que uno quiere hacer. Momento absurdo de la tarde. Algo así diría/dijo Sartre. Hoy nos cambian la hora. Bueno, mañana domingo retrasarán una hora sobre el horario vigente. A las tres de la madrugada serán las dos. Y ese cambio también nos afectará. Sobre todo a quienes no nos apasiona madrugar. Ni intenciones tenemos de madrugar. Salvo por imperativo legal. Y nos quedaremos con menos luz solar por la tarde. Y las noches serán extremadamente largas. Y depresivas. Sobre todo en este Noroeste, en este Bierzo olla/hoya, que aún resulta protector como un cielo sólido. 

"Sí, yo que tanto gusté de sentarme en Roma a orillas del Tíber; de bajar y remontar cien veces las Ramblas de Barcelona, a la noche..." estoy aquí, en mi pueblo, intentando poner orden y concierto a mis ideas, que también son vuestras.

Roma, a orillas del Tíber. Foto. Cuenya

"La Náusea se ha quedado allá, en la luz amarilla. Soy feliz, este frío es tan puro". Ojalá la náusea se hubiera quedado allá. Y fuera feliz en el frío. Pero me gusta el calor, sentarme bajo una palmera, a la sombra, tomándome un té a la menta mientras contemplo las dunas doradas del tiempo presente. Viajando hacia ese desierto donde aún es posible alcanzar el éxtasis. 

"Veo el porvenir. Está allí, en la calle, apenas más pálido que el presente". Ojalá lograra ver el porvenir, un futuro incierto que se abalanza como un briago hacia el charco de los espejismos. Un porvenir escuchimizado, con el rostro cadavérico de un expresionismo retorcido. He dejado de ver. He perdido mis dotes de adivino. También los adivinos profesionales han dejado de ver el futuro. Ni siquiera un futuro inmediato. Mientras, siguen jugando con futuribles. La profecía que se cumple a sí misma. Hay mucho charlatán largando verborrea en este patio de colegio. Resulta imposible creernos lo que nos dicen. Entre futurólogos y mandamases estamos en medio del caos. 

Prosigo releyendo a Sartre, lápiz en ristre, subrayando aquellos pasajes, aquellas frases que llaman mi atención. En realidad, toda la Náusea es un diario lleno de hallazgos interesantes. 

"Ese sol y ese cielo eran un engaño. Es la centésima vez que me dejo atrapar. Mis recuerdos son como las monedas en la bolsa del diablo: cuando uno la abre, sólo encuentra hojas secas". La realidad resulta a menudo engañosa. Y la ficción también. Se me antoja harto difícil creer en algo, en alguien, incluso en uno mismo. Ese sol y ese cielo tal vez podrían ser reales. Y bellos. Con la belleza conmovedora de un día feliz. 

"Para cien historias muertas quedan, sin embargo, una o dos historias vivas". Aferrémonos a las historias vivas. Aunque sólo una esté viva. Agarrémonos la vida. Con uñas y dientes. Es la única manera de seguir adelante.  

"Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte. Hacia esta muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente". Todo empieza y todo termina. Realidad al canto. Golpe de realidad. Me siento noqueado. Sartre me está vapuleando. Hacia la muerte nos conducimos. Queramos o no. Mientras, necesito un soplo de vida. 

Aparco la Náusea, al menos durante un tiempo, para degustar el caldo berciano, que me espera con su olor ancestral, con su sabor a lacón, costilla y chorizo. Con la textura suave de un repollo de la huerta. 

La vida continúa (y la náusea también) hasta que deje de hacerlo. 

Hoy me ha salido así.  Mañana dios dirá, si es que algo desea anunciarnos. 

 

jueves, 22 de octubre de 2020

La fragua literaria leonesa: Virginia Asensio

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Virginia Asensio: "El valle de Sabero representa el inicio de un amor poético por la naturaleza"

La novelista Virginia Asensio, autora de 'El silencio del guardián', ha aprovechado la cuarentena para escribir una nueva novela, una historia más íntima, contemporánea y madura que la anterior,  basada en su propia experiencia vital durante este último año.

Virginia Asensio.
La novelista Virginia Asensio, autora de ‘El silencio del guardián’.
Manuel Cuenya | 22/10/2020 - 10:00h.

Nacida en Madrid, la novelista Virgina Asensio vive desde que era una cría en la provincia de León, porque su madre es del valle de Sabero. Y su padre trabajó para la empresa Huelleras de esta población, donde se halla el Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León. Toda su infancia y adolescencia transcurrieron entre las localidades de Olleros y Sabero, cuenta ella. Y todos sus recuerdos de esa época están ligados a sus gentes y sus paisajes. Y a la familia, por supuesto.

"El valle de Sabero representa el inicio de un amor poético por la naturaleza. Se trata de una comarca que ha vivido durante muchos años del carbón. Allí la gente era consciente de que el sustento provenía de las entrañas de la tierra y eso forja un carácter especial y una relación de profundo respeto por el entorno", rememora con afecto Virginia, con especial entrega a su abuelo Licinio sentado bajo el tilo de su casa en Sahelices de Sabero, mirando cada día hacia la montaña que tenía justo enfrente y hacia la cruz, situada en su pico más alto. "Esa cruz fue colocada en 1950, en conmemoración  a unas misiones que tuvieron lugar en el valle durante la posguerra", añade.

(Puedes seguir leyendo esta fragua en este enlace en ileon.com: https://www.ileon.com/cultura/la_fragua_literaria_leonesa/112698/virginia-asensio-el-valle-de-sabero-representa-el-inicio-de-un-amor-poetico-por-la-naturaleza)


Un canto a la vida, hey

Un canto a la vida, hey. Así recuerdo que puse fin a una serie de textos sobre el maldito virus. Del corona y de quien lo inventó. Si es que a alguien se le ocurrió inventarlo o fabricarlo. Que esa duda no acaba de despejarse. O sí. Porque la comunidad científica asegura que surgió de un modo natural. Y tendremos que creerlo. Más vale creerlo -decían antaño- que ir a averiguarlo. 

No obstante, uno prefiere quedarse con la duda metódica, acaso como punto de partida filosófico. La reflexión ante todo. Y siempre la filosofía como camino hacia el conocimiento y auto-conocimiento. Que la creencia como tal y la fe no conducen a nada, al menos con enjundia, si no hay un respaldo razonable, científico, objetivo. Y en esas andamos, mientras el virus sigue campando a sus anchas como Pedro por su casa. O como un Drácula todopoderoso, con los colmillos afilados, chupando la sangre de la Humanidad, metido hasta la cocina en la casa de todos. 

Un canto a la vida, por favor, que la muerte ya nos acecha y persigue en todo momento, tras las sebes de los sueños y las ilusiones, que se truncan de un momento para otro. Tantos sueños truncados. La Muerte, impertérrita, se impone como una apisonadora, aplastando a unos y otras como si fuéramos hormiguitas. Pobrecinas hormiguitas. 

Me gustaría quedarme con la vida, siempre. Con la esperanza de que, en algún momento, podremos volver a vivir al menos con cierta normalidad, si es que existe la normalidad. O mejor dicho, como vivíamos antes de que nos atacará por sorpresa este corona espinoso, que nos tiene en vilo desde hace meses. Desde el invierno pasado, para más señas, que ya pronto nos meteremos en otro invierno-túnel sin luz. Y sin esperanzas. Miedo nos da. Como ese túnel existencialista, que nos hace vomitar y a la vez nos fascina en términos literarios, ese Túnel-obra que escribiera el físico argentino Ernesto Sábato. 


Que ya el otoño ha llegado con sus grisuras, sus astenias y sus olas y brotes y rebrotes en todo el Planeta, con su onda... expansiva, que no es capaz a pararla ni Cristo bendito, que en los cielos de alguna ficción estará. Y con una España contagiada hasta las cejas a la par que enfangada en mociones de censura absurdas a través de un partido atroz, Vox, que en una democracia real no debería tener cabida. Ah, sí, que la democracia es el poder del pueblo, y el pueblo también decide. Aunque a veces el pueblo no sepa ni mugir. El pueblo somos todos, semos unas y otros. Pero ya sabemos que unos son más iguales que otros. ¿Os acordáis de Orwell y su Rebelión en la granja

En mi humilde opinión, Vox no debería tener ni Vox ni voto, porque es una Vox extrema, extremista, que nos revuelve las tripas. Y en los extremos está el peligro. Las dictaduras, tanto de derechas como de izquierdas, nos han dado buenos quebraderos de cabeza. Y continuarán chingándonos. Lo adecuado, lo más sabio quizá, sería encontrar el justo medio, el equilibrio, que es lo que nos da serenidad, lo que nos procura salud, por supuesto mental. Todos los desequilibrios nos llevan a la locura, al desastre. 

Vivimos y sufrimos en una España de extremos y radicalismos. Nuestra historia nos lo confirma, con una guerra fratricida y una posguerra cuasi interminable. Aún siguen supurando las heridas de esta cruenta guerra entre hermanos y vecinos, no nos olvidemos.

Vivimos en una piel de toro o de vaca que no logra frenar los contagios. Oficialmente, ya superamos el millón. Aunque en esencia sean muchos más millones. Y miles de fallecidos. Además, de otros miles que han logrado superar el virus, pero que les quedan secuelas de todo tipo. Con lo cual el panorama resulta desolador. Y eso nos tira por los suelos, aunque sigamos cantándole a la vida. 

El Bierzo -concretamente el área perimetral de Ponferrada- también está en el punto de mira. Y aunque estaba cantado que sería la siguiente zona de la provincia de León en ser confinada -León capital ya lleva días confinada, y lo que te rondaré, morena-, de momento aún no han dado el toque de queda definitivo. Que llegará, a buen seguro. Para nuestra tristeza.  

Sabíamos o intuíamos que no sería nada fácil salir de esta encrucijada, de este túnel, pero, a medida que transcurre el tiempo, nos damos cuenta, cada día más, que esto, si sigue así, no sólo acabará afectando a nuestra salud, sino que acabará dinamitando todo nuestro horizonte de esperanzas. De esperanza en la vida. Porque si no la espichamos de coronavirus, moriremos de coronahambre -la hostelería, por ejemplo, quedará para el arrastre, habida cuenta de que el nuestro es un país fundamentalmente de servicios-. O de otro tipo de enfermedades. Porque somatizaremos todo este sin dios en forma vírica. ¿Acaso no se muere más gente en el mundo por otro tipo de virus, de enfermedades coronarias, de cáncer, por guerras, por hambruna... por calamidades varias? Es probable que, si no acabamos directamente en un cementerio -se acerca el Día de Difuntos- terminemos en un frenopático. Si es que aún quedan psiquiátricos que nos acojan. Que esa es otra. Porque los hospitales, del tipo que sean, acabarán colapsados. Ya lo están. Lamento ser tan explícito y realista. 


Los cuadros ansioso-depresivos se están desatando, amén de otras psicopatologías. Hasta uno se siente en un cuadro similar, aunque intente sobreponerme. Y tirar para adelante. 

El virus existe, es un hecho, que está poniendo patas arriba nuestras formas de vida. No vamos a ser negacionistas ante tamaña evidencia. Pero los gobiernos no deben olvidar que, con sus medidas, cada vez más restrictivas (en breve nos darán toque de queda, como en las guerras, y eso que llegué a escribir que esta no era una guerra, salvo por los muertos y muertas que nos está dejando), están pulverizando a la sociedad, que está aterrada, muerta de miedo. O sea, muerta en vida. A parecer, eso también es real, una parte de la sociedad, entre ella alguna juventud, se salta a la torera todas las normas y restricciones montando fiestas y botellones por doquier. Con los consiguientes contagios. Y así esto no tiene ni tendrá fin. Porque las vacunas, hasta que estén en marcha y sean eficaces, tardarán tiempo. Y alguna gente no querrá ni ponerse la vacuna. Quizá tampoco haya vacunas para todos. Al menos en una primera fase. 

El duro confinamiento, sufrido en una primera fase o fases, sirvió para acorralar el virus, para frenarlo. Pero tuvo, ha tenido y sigue teniendo sus consecuencias, en lo económico, lo social, lo cultural. Y por supuesto en la mente de cada individuo, que se resiente de un modo escalofriante.  

Otro confinamiento de ese calibre nos haría polvo, acabaría con nosotros. De un modo literal. Si no caemos por el coronavirus, acabaremos sucumbiendo ante cualquier otra enfermedad, del cuerpo, de la mente, que todo es una misma materia. Así que preparémonos para la batalla. Que se nos espera un otoño jodido. Y aun invierno atroz. Ni turrón, ni uvas pasas, ni nada. Hasta Papá Noël se quedará morriñoso en el Polo, a la intemperie, con sus regalos de Navidad metidos en el saco de las ilusiones perdidas.

Después de mi ultima entrada en este blog, Verano vírico, decidí no escribir más sobre esta situación. Y lo hice de un modo consciente e intencionado. Por salud mental, sobre todo. De modo que hago una elipsis, desde junio hasta ahora, que no llega a ser la elipsis que vemos al inicio de la película 2001, Odisea en el espacio (una elipsis que salta desde la prehistoria a la modernidad del siglo XX) pero que deja un espacio considerable, al menos para tomar un relax, un respiro, que me permitió salir a estirar las piernas y oxigenar la mente en la Naturaleza. Y de paso pude viajar por el Noroeste español, tan bello y familiar, lo que me procuró luz y energía, ánimo y placer, el placer de sentirme vivo a pesar de los pesares. Con ganas de vivir. Con ganas de sentir. De sentirlo todo de un modo intenso. 

Una válvula de escape o un caramelito que nos permitió el gobierno  (habida cuenta de que el nuestro es un país turístico, que vive del turismo) para que nos creyéramos por un tiempo el camelo. Y de paso nuestros mandamases también pudieran tomarse ese periodo vacacional en playas, tumbados al sol, el sol embotellado de este corralón ahora nublado.  Con nubarrones en el cielo encapotado de esta plaza globalizada. Y Globalizadora. 

¿Para qué nos ha servido la Globalización? Después de la tempestad, esperemos que llegue la calma, si aún seguimos en la senda, en la mar, para dar fe del cuento. Con final feliz, por fa. 

Un canto a la vida, hey. 

martes, 20 de octubre de 2020

La crueldad, por Susana de Paz

Doy paso a la serie de relatos que La Nueva Crónica ha publicado durante este verano, que corresponden a mi alumnado de escritura creativa, tanto en León como en el campus de Ponferrada, porque se trata de cursos de escritura de extensión universitaria, con créditos incluidos. 

Cursos orientados a la escritura de relatos más o menos breves, como podéis apreciar en la lectura de los mismos. 

Continuamos con la publicación de un relato de una alumna de León, Susana de Paz, titulado La crueldad

https://www.lanuevacronica.com/la-crueldad-2

Con la mirada inocente y tierna de una niña, la autora de este relato, a través de un estilo sencillo y reflexivo a la vez, nos adentra en un mundo rural donde los instintos primarios, incluso la crueldad, forman parte del mismo

(Manuel Cuenya, curso de escritura de la ULE)  

jueves, 15 de octubre de 2020

La fragua literaria leonesa: Esther Bajo

 

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Esther Bajo: “He hecho dos cosas con José Luis Estrada que eran pura utopía: crear un periódico y un partido político”

La periodista, poeta y profesora Esther Bajo, autora del poemario 'Duelo', está trabajando ahora en una novela basada en la vida de una mujer fusilada durante la Guerra Civil, así como en un libro de relatos que son, en realidad, anécdotas y experiencias personales.

Esther Bajo La fragua literaria leonesa
Esther Bajo.
Manuel Cuenya | 15/10/2020 - 10:24h.

"Así cuento el tiempo. Antes de ti. Después de ti./ Hubo un tiempo antes de que aparecieras, otro/ desde que desapareciste./ Como Cristo./ Pero lo único importante/ fue el tiempo contigo./ Tú y yo éramos dos y más./ Con mis afanes sudabas, con tus heridas sangraba/yo./ Ni dios quiso ser uno. Y era trino./ Sin ti/ soy sólo la unidad/ unidad sin arraigo./Tenía dos raíces/ y la que perdí hace tiempo./ Ahora tengo dos brotes que alimento con sal./ Después de ti. La magia/ acabó en tragedia./ Estoy desnuda en la nieve, plantada en el desierto./ Un río sin luna, un cielo vacío, la mar opaca./ Por qué. Por qué./Por qué..."

(Esther Bajo, 'Ocho meses después de ti', poema incluido en 'Duelo')

Nacida en un pueblo de la provincia de Valladolid, en concreto en Olmedo, donde su padre estaba destinado como jefe de silo (y el gran Lope de Vega inmortalizara en su conocida tragicomedia), la periodista, poeta y profesora Esther Bajo se vino a vivir, con cuatro o cinco años, a la capital de León.

En todo caso, su padre nació en Tierra de Campos (en Gordaliza del Pino) y su madre en Omaña (Trascastro de Luna). Aunque Esther no crea que el lugar de nacimiento influya directamente en nadie, sí reconoce en cambio que influyen los paisajes que pueblan la mirada, "los reales y los imaginarios"; así como influyen las vivencias, las propias y las ajenas.

"En mi forma de ver el mundo y de escribir me han influido las historias que me han contado mis padres y mis abuelos y las que he vivido en primera persona, no sólo en León, sino en todos los lugares en los que he estado como Oviedo, Valladolid, Burgos, Salamanca, Malta, Zenda o Macondo", recuerda Esther, que siente un cariño especial por León habida cuenta de que es el lugar en el que más tiempo ha vivido y además es el escenario en el que se han desarrollado algunos de los capítulos más importantes de su vida, según ella, con lo cual León ha ejercido una influencia muy importante también en su obra.

Como periodista, ha trabajado en diversos medios, comenzando su carrera profesional como corresponsal en León de Radio Nacional de España para posteriormente ejercer en medios escritos como 'Diario de León', 'La Crónica de León' (desde su primera etapa hasta la última), 'Diario 16', o 'Tribuna de Salamanca', entre algún otro.

"La etapa periodística más interesante la desarrollé en 'Diario 16 Burgos', bajo la dirección de mi compañero (de trabajo y de vida), José Luis Estrada", a quien le dedica íntegramente su reciente poemario 'Duelo', cuya lectura resulta sobrecogedora, desgarradora, ya que su autora nos habla desde las entrañas, nos transmite su propio dolor, el que sufriera por el fallecimiento de su compañero del alma, Estrada, quien también fuera periodista y llegara a dirigir 'La Crónica de León'.

"La poesía de Esther, en este libro, no es una bruma de sentimientos, sino una luz que hace visible lo que fue y es, a modo de un sueño que se hizo real, y perdura porque se agarra a él", escribe Ramiro Pinto a propósito de 'Duelo', que nos muestra el dolor por la ausencia de un ser amado, que permanece en el tiempo, porque es algo que nunca se llega a superar, aunque la mejor forma de hacerlo sea sin duda a través de las palabras, de las palabras impresas. Como hiciera asimismo el coloso Umbral con su 'Mortal y rosa' dedicado a la muerte de su pequeño hijo Pincho.

"... El camino eres tú./ Por ti transito./ Al final del trayecto/ estará en tu boca la palabra perdida, el/ verbo hecho carne, la carne herida, el aire/ del último aliento./ No daré un paso más./ En ti me quedo./ Prendida"

(Esther Bajo, 'La palabra perdida', poema incluido en 'Duelo')

(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com en este enlace: https://www.ileon.com/cultura/la_fragua_literaria_leonesa/112517/esther-bajo-he-hecho-dos-cosas-con-jose-luis-estrada-que-eran-pura-utopia-crear-un-periodico-y-un-partido-politico)

Otra forma de amar, por Francisco Pacios

 Doy paso a la serie de relatos que La Nueva Crónica ha publicado durante este verano, que corresponden a mi alumnado de escritura creativa, tanto en León como en el campus de Ponferrada, porque se trata de cursos de escritura de extensión universitaria, con créditos incluidos. 

Cursos orientados a la escritura de relatos más o menos breves, como podéis apreciar en la lectura de los mismos. 

Continuamos con la publicación de un relato de un alumno de Ponferrada, Francisco Pacios, titulado Otra forma de amar

https://www.lanuevacronica.com/otra-forma-de-amar

Nada es lo que parece. A partir de esta premisa, el autor construye un relato que nos adentra en la psicología de dos jóvenes estudiantes, que, amparados acaso en su idealismo, se juran amor eterno después de un encuentro impregnado de erotismo

(Manuel Cuenya, curso de escritura de la ULE)  


miércoles, 14 de octubre de 2020

Tebaida del Bierzo directa a las entrañas

La pandemia nos ha hecho ser conscientes de muchas cosas, entre ellas, que no hace falta irse lejos, a sitios supuestamente exóticos, para hallar belleza. Belleza y exotismo. Con sus saltos y cascadas de agua. A la vuelta de la esquina. Como quien dice, diciendo. O sin decir. Esto es sin explicitar. 

A lo largo de este verano he podido aproximarme más y mejor a la geografía del Noroeste español, lleno de encantos paisajísticos, gastronómicos..., espacios afectivos ya que forman parte de esos territorios que nos han configurado como personas. Al menos, eso creo. En la medida de mis posibilidades, he querido dejar constancia de ello a lo largo de las diferentes entradas que he ido haciendo en este blog, que es como un diario en versión moderna o posmoderna. Ahora parece que ya no se utilizara el término posmodernidad. 

También el otoño, el otoño de astenias y catarros -encima con coronavirus añadido, ¡de esta la coronamos!-, es estación teñida de colores, al menos este primer otoño, que aún resulta luminoso y apetecible, y cargada de vida. Cuando comiencen a caer las hojas de los árboles, entonces entonaremos otro cantar. Pero, por ahora, deberíamos aprovechar, disfrutar lo que podamos. Que ya llegará el otoño invernal con sus quejidos. Parezco todo un flamenquito, a mí que tampoco me entusiasma tal música, aunque si la escucho en directo se me pone la piel de gallina. Sobre todo si hablamos de Diego el Cigala, ay, sus lágrimas negras, o bien el gran Paco de Lucía o el granaíno Morente, el páter. 

Y luego llegarán las heladas y escarchas invernales, que nos dejarán aletargados. Sin ganas de salir de casa. Amorosadines al calor del brasero. Quien pueda permitirse tal lujo. Qué no es moco de pava. Un trocho más al forno o bien a la cocina económica... de leña, de leña y carbón. 

Decía que aún es buena época para salir a estirar las piernas a la Naturaleza. Y religarse con el aire puro. Hasta los sitios naturales no parece llegar por fortuna el maldito virus. 

Recientemente, muy recientemente, he estado en el valle del Silencio o Valle de Silencio, en la llamada Tebaida del Bierzo, en un recorrido la mar de lindo a orillas del río Oza, por las Valduezas, por los Montes. Y aun por Peñalba de Santiago, que está considerado uno de los pueblos más bonitos de España. Si bien, la Peñalba actual no es ni por asomo la Peñalba que conociera hace años. Siempre el tiempo sacando a relucir los trapos, incluso los trapos sucios. 

Esta de ahora es una Peña Alba relimpita recostada sobre una enorme peña blanca (de ahí su nombre). Como de mármol. Con su callejuelas empedradas, sus casas restauradas, su aire de aldea desarrollada, como de primer mundo, aunque también se respire el Medievo, como si el tiempo hubiera quedado suspendido en el aire. 

Peñalba, a pesar del mucho turisteo, invita a pasearla, recorrerla sin prisa, con deleite, con templanza. La prisa es mala consejera. Y amerita de un tiempecito, acaso para empaparse con sus efluvios espirituales. Pues se trata esta de una tierra de eremitas y anacoretas. Cerca de Peñalba está la cueva de San Genadio.

Y por supuesto Peñalba, con su iglesia mozárabe del siglo X y su arquitectura tradicional, con corredores y tejados de pizarra o losa, cautiva al visitante. Se mire por donde se quiera, Peñalba es un genuino cuadro pictórico. O bien muchos bellos cuadros. 

Aunque hace buen clima, comienza a soplar un aire serrano -Los Aquilianos nos vigilan desde su atalaya. Y el Morredero queda al ladito- que invita a adentrarse en la cantina. Así se llama el sitio de turno. Agradable. Como lo es el camarero que atiende. Una sopa de cocido, a esta hora, se me antoja algo delicioso. Y lo mejor de todo es una sesión cuasi psicoanalítica, sin diván pero con taburete de madera, entre una psicoanalista y su paciente. Es un decir. Al calor de un café con leche con unas gotas de crema de orujo. Una exquisitez. Disfrutemos del instante. Carpe diem. Eso nos ha enseñado la pandemia. A vivir el momento. El presente. El aquí y el ahora.

No obstante, ahorita mismo estoy reviviendo con alegría el pasado, aunque se trate de un pasado relativamente reciente. 

Siempre me ha sorprendido y me ha llamado poderosamente la atención lo de la Tebaida berciana. En cambio, lo de valle del o de Silencio no me sorprende habida cuenta de que imagino cómo el silencio, sólo interrumpido por los ruidos de la naturaleza, que son musicales, presidía esta tierra. Además, el arroyo del Silencio da nombre al valle.

Si buscamos Tebaida, en cualquier buscador, nos dice que se trata de una tierra del Alto Egipto, desértica, para más señas, caracterizada por ser lugar de santones. Y tal vez por esto alguien decidió llamarle a la nuestra la Tebaida porque, durante la Edad Media, surgieron muchos monasterios y santuarios. Con los consiguientes ermitaños, que se refugiaban en tales templos. Próximo a Peñalba también se alza el monasterio benedictino de Montes. 

En todo caso, el desierto egipcio, con su belleza, no tiene punto de comparación con el esplendor de auténtico vergel, con sus robles, sus nogales y sus robles centenarios o milenarios, que nos muestra nuestra Tebaida. A decir verdad, hace años tuve la ocasión de darme un garbeo -aquel era un viaje programado, enlatado- por ese Egipto desértico y eremitorio. Al que debería volver pero en plan viajero. Aunque dudo que ahora, con la pandemia y cómo se está poniendo el mundo de inseguridad, habrá que aparcarlo. Para un mejor momento. Y cuando las divinidades de Egipto lo designen. Pareciera que el destino se impusiera como una apisonadora. ¿Pero dónde está el libre albedrío? ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! Apurar, cielos, pretendo. De repente, me ha asaltado Calderón. 

¿Qué nos aporta la mecánica cuántica? Quizá tenga algún sentido imaginarnos el libre albedrío o libre elección. ¿Acaso podemos tomar decisiones o bien  nuestras decisiones ya están tomadas de antemano por el Suprasistema, que es como un Ente que todo lo vigila y lo controla?

La pandemia y la mecánica cuántica me han llevado, sin quererlo ni siquiera pretenderlo, por las sendas monjiles del Valle del Silencio. Recuperemos el silencio como punto de partida para volver a la filosofía. A la meditación. A la espiritualidad. 

Peñalba sigue resplandeciendo con su aura -Aura es por cierto una sobrecogedora novela de Carlos Fuentes-, con su luz alba. 

*El regreso a Ponferrada prosigue, en circularidad, atravesando la localidad de San Cristóbal de Valdueza, conocida por su tejo milenario, que está plantado al lado de la ermita.


Estrellado en la noche, por Alejandro Santos

Doy paso a la serie de relatos que La Nueva Crónica ha publicado durante este verano, que corresponden a mi alumnado de escritura creativa, tanto en León como en el campus de Ponferrada, porque se trata de cursos de escritura de extensión universitaria, con créditos incluidos. 

Cursos orientados a la escritura de relatos más o menos breves, como podéis apreciar en la lectura de los mismos. 

Continuamos con la publicación de un relato de un alumno de León, Alejandro Santos, titulado Estrellado en la noche.

https://www.lanuevacronica.com/estrellado-en-la-noche

Después de coquetear con el mundo de las drogas, el joven protagonista de este relato se replantea su vida intentando encontrar un sentido a la misma, ofreciéndonos un final impactante

(Manuel Cuenya, curso de escritura de la ULE)