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miércoles, 14 de octubre de 2020

Tebaida del Bierzo directa a las entrañas

La pandemia nos ha hecho ser conscientes de muchas cosas, entre ellas, que no hace falta irse lejos, a sitios supuestamente exóticos, para hallar belleza. Belleza y exotismo. Con sus saltos y cascadas de agua. A la vuelta de la esquina. Como quien dice, diciendo. O sin decir. Esto es sin explicitar. 

A lo largo de este verano he podido aproximarme más y mejor a la geografía del Noroeste español, lleno de encantos paisajísticos, gastronómicos..., espacios afectivos ya que forman parte de esos territorios que nos han configurado como personas. Al menos, eso creo. En la medida de mis posibilidades, he querido dejar constancia de ello a lo largo de las diferentes entradas que he ido haciendo en este blog, que es como un diario en versión moderna o posmoderna. Ahora parece que ya no se utilizara el término posmodernidad. 

También el otoño, el otoño de astenias y catarros -encima con coronavirus añadido, ¡de esta la coronamos!-, es estación teñida de colores, al menos este primer otoño, que aún resulta luminoso y apetecible, y cargada de vida. Cuando comiencen a caer las hojas de los árboles, entonces entonaremos otro cantar. Pero, por ahora, deberíamos aprovechar, disfrutar lo que podamos. Que ya llegará el otoño invernal con sus quejidos. Parezco todo un flamenquito, a mí que tampoco me entusiasma tal música, aunque si la escucho en directo se me pone la piel de gallina. Sobre todo si hablamos de Diego el Cigala, ay, sus lágrimas negras, o bien el gran Paco de Lucía o el granaíno Morente, el páter. 

Y luego llegarán las heladas y escarchas invernales, que nos dejarán aletargados. Sin ganas de salir de casa. Amorosadines al calor del brasero. Quien pueda permitirse tal lujo. Qué no es moco de pava. Un trocho más al forno o bien a la cocina económica... de leña, de leña y carbón. 

Decía que aún es buena época para salir a estirar las piernas a la Naturaleza. Y religarse con el aire puro. Hasta los sitios naturales no parece llegar por fortuna el maldito virus. 

Recientemente, muy recientemente, he estado en el valle del Silencio o Valle de Silencio, en la llamada Tebaida del Bierzo, en un recorrido la mar de lindo a orillas del río Oza, por las Valduezas, por los Montes. Y aun por Peñalba de Santiago, que está considerado uno de los pueblos más bonitos de España. Si bien, la Peñalba actual no es ni por asomo la Peñalba que conociera hace años. Siempre el tiempo sacando a relucir los trapos, incluso los trapos sucios. 

Esta de ahora es una Peña Alba relimpita recostada sobre una enorme peña blanca (de ahí su nombre). Como de mármol. Con su callejuelas empedradas, sus casas restauradas, su aire de aldea desarrollada, como de primer mundo, aunque también se respire el Medievo, como si el tiempo hubiera quedado suspendido en el aire. 

Peñalba, a pesar del mucho turisteo, invita a pasearla, recorrerla sin prisa, con deleite, con templanza. La prisa es mala consejera. Y amerita de un tiempecito, acaso para empaparse con sus efluvios espirituales. Pues se trata esta de una tierra de eremitas y anacoretas. Cerca de Peñalba está la cueva de San Genadio.

Y por supuesto Peñalba, con su iglesia mozárabe del siglo X y su arquitectura tradicional, con corredores y tejados de pizarra o losa, cautiva al visitante. Se mire por donde se quiera, Peñalba es un genuino cuadro pictórico. O bien muchos bellos cuadros. 

Aunque hace buen clima, comienza a soplar un aire serrano -Los Aquilianos nos vigilan desde su atalaya. Y el Morredero queda al ladito- que invita a adentrarse en la cantina. Así se llama el sitio de turno. Agradable. Como lo es el camarero que atiende. Una sopa de cocido, a esta hora, se me antoja algo delicioso. Y lo mejor de todo es una sesión cuasi psicoanalítica, sin diván pero con taburete de madera, entre una psicoanalista y su paciente. Es un decir. Al calor de un café con leche con unas gotas de crema de orujo. Una exquisitez. Disfrutemos del instante. Carpe diem. Eso nos ha enseñado la pandemia. A vivir el momento. El presente. El aquí y el ahora.

No obstante, ahorita mismo estoy reviviendo con alegría el pasado, aunque se trate de un pasado relativamente reciente. 

Siempre me ha sorprendido y me ha llamado poderosamente la atención lo de la Tebaida berciana. En cambio, lo de valle del o de Silencio no me sorprende habida cuenta de que imagino cómo el silencio, sólo interrumpido por los ruidos de la naturaleza, que son musicales, presidía esta tierra. Además, el arroyo del Silencio da nombre al valle.

Si buscamos Tebaida, en cualquier buscador, nos dice que se trata de una tierra del Alto Egipto, desértica, para más señas, caracterizada por ser lugar de santones. Y tal vez por esto alguien decidió llamarle a la nuestra la Tebaida porque, durante la Edad Media, surgieron muchos monasterios y santuarios. Con los consiguientes ermitaños, que se refugiaban en tales templos. Próximo a Peñalba también se alza el monasterio benedictino de Montes. 

En todo caso, el desierto egipcio, con su belleza, no tiene punto de comparación con el esplendor de auténtico vergel, con sus robles, sus nogales y sus robles centenarios o milenarios, que nos muestra nuestra Tebaida. A decir verdad, hace años tuve la ocasión de darme un garbeo -aquel era un viaje programado, enlatado- por ese Egipto desértico y eremitorio. Al que debería volver pero en plan viajero. Aunque dudo que ahora, con la pandemia y cómo se está poniendo el mundo de inseguridad, habrá que aparcarlo. Para un mejor momento. Y cuando las divinidades de Egipto lo designen. Pareciera que el destino se impusiera como una apisonadora. ¿Pero dónde está el libre albedrío? ¡Ay mísero de mí, y ay, infelice! Apurar, cielos, pretendo. De repente, me ha asaltado Calderón. 

¿Qué nos aporta la mecánica cuántica? Quizá tenga algún sentido imaginarnos el libre albedrío o libre elección. ¿Acaso podemos tomar decisiones o bien  nuestras decisiones ya están tomadas de antemano por el Suprasistema, que es como un Ente que todo lo vigila y lo controla?

La pandemia y la mecánica cuántica me han llevado, sin quererlo ni siquiera pretenderlo, por las sendas monjiles del Valle del Silencio. Recuperemos el silencio como punto de partida para volver a la filosofía. A la meditación. A la espiritualidad. 

Peñalba sigue resplandeciendo con su aura -Aura es por cierto una sobrecogedora novela de Carlos Fuentes-, con su luz alba. 

*El regreso a Ponferrada prosigue, en circularidad, atravesando la localidad de San Cristóbal de Valdueza, conocida por su tejo milenario, que está plantado al lado de la ermita.


3 comentarios:

  1. Lugar de silencio, lugar de eremitas, lugar mágico. Todo el valle es una belleza. Ahora tus palabras me han hecho volver a visitar ese lugar donde estuve recientemente. Silencio de silencios y silencio de palabras. El tuyo es un silencio de palabras... Hermoso lugar y hermosas palabras...

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  2. Qué maravilla de imágenes por esos parajes del Valle del Silencio, Tebaida y sus inmediaciones para terminar en la cumbre de lo bonito como es Peñalba de Santiago. Un recorrido que a todo berciano nos trae recuerdos entrañables y maravillosos por la cercanía y el disfruete de las visitas. Bonitas palabras de descripción Manuel. Un abrazo!

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  3. Hermosos lugares y hermosos recuerdos, que dejan huella. Si quisiera alejarme del mundanal ruido, ya sé dónde ir. Y con quien.

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