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lunes, 14 de agosto de 2017

Verano mortuorio

Jeanne Moreau
El verano, que es acaso la estación más lírica y festiva, la más luminosa y apetecible (al menos en nuestra Europa de contrastes), también enseña sus colmillos afilados, con su hoz al hombro, para ensañarse con quien se le ponga a tiro. Todos y todas estamos en el mismo barco a la deriva, aunque nos hagamos los mensitos. Y empleemos la falsa conciencia, el autoengaño, para creernos inmortales, eternos. Si sólo estamos un ratín en esta vida, y en muchas ocasiones 'peliados' (que dicen en Hispanoamérica) con el vecindario. Cómo somos los humanos. Pues eso, que también en época estival se nos muere la gente, porque la dama de la guadaña ('gadaña', nos gusta decir en mi pueblo) no tiene miramientos. Y atiza estopa a diestro y siniestro. La muerte siempre a nuestros lomos, cabalgándonos cual jineta jodida. Siempre la dichosa parca dándonos la lata, acá y allá, porque esta cabrona no entiende de fronteras ni ningún tipo de lindes, los muros y obstáculos los ponemos nosotros, pobres diablos, porque cuando el demonio no tiene que hacer espanta las moscas, o escarba las uñas, que sucias debe tener. 
El verano, que es quizá la estación más hermosa (al menos para este penitente), se revela igual de mortuoria que el resto de estaciones, aunque desde que mi padre nos dejara, en el mes de abril del pasado año, también la primavera está teñida por el color negro de la muerte. Y no digamos el otoño, cuando caen las hojas (les feuilles mortes, de Prévert, interpretada por Montand) y los ánimos de las personas, cuando la depre hace mella en nuestros corazones. En cuanto al invierno, sólo el frío, a veces polar, nos deja para el arrastre, 'escarabándonos el pellello'. 
Hoy mismo es el funeral en Noceda por José, el abuelo de Maika, que a buen seguro no aguantó el golpe de su hija, quien también nos abandonara, joven, el pasado año. 
Un año que jamás olvidaré, porque si en éste han fallecido muchos paisanos y paisanas, amén de varios personajes mediáticos, el pasado fue fatídico para uno. Como una pesadilla-culebra que se enroscara y me impidiera respirar. 
Lo siento, Maika. Tu madre y tu abuelo te guiarán, serán tu luz, estarán contigo en espíritu. Te lo dice un no creyente en dioses ni en diosas, al menos tal y como nos han contado. Pero sí debemos aferrarnos a algo, al alma de quienes hemos conocido, con quienes hemos compartido momentos inolvidables, aquellas personas que nos han querido y a quienes queremos. 
Lo único que nos queda, estoy convencido, son los afectos. Lo demás, no sirve para nada. 
A finales de julio nos decía adiós el polifacético Sam Shepard, cuya obra es amplia y sustanciosa. Ahí quedan, entre otros, los guiones de la contracultural 'Zabriskie point', de Antonioni (grabados tengo algunos fragmentos, con la banda sonora de fondo de Pink Floyd. Y esos paisajes del Valle de la Muerte, en California, uno de los lugares, en verano, más calurosos del mundo), y sobre todo 'París, Texas', de Wenders, una peli por la que siento auténtica devoción, que he tenido la ocasión de ver y rever, incluso que he compartido, al menos algunas secuencias, como el inicio, o bien la archiconocida escena del pep show, con alumnado. 
Nastassja Kinski, en su rol de mujer apaleada por la vida, se nos muestra como una actriz fuera de serie, con una interpretación que nos arranca el alma. 
También la gran actriz Jeanne Moreau, a quien recuerdo, entre otras, por 'Le journal d'une femme de chmabre', de Buñuel o 'Jules et Jim', de Truffaut, se nos ha muerto. Mi amiga Catherine la recuerda sobre todo por la canción 'Le Tourbillon de la vie', incluida en 'Jules et Jim'.  
Martín Patino en la ciudad de Salamanca

Amiga de grandes como Cocteau, Genet, Henry Miller, Anaïs Nin, Duras, entre otros y otras, Jeanne Moreau fue icono de la Nouvelle Vague o Nueva Ola francesa (compañera también del cineasta Louis Malle, ahí están 'Ascensor para el cadalso' o 'Les amants'), y, al decir de Orson Welles, "la mejor actriz del mundo". Pues también trabajó con el colosal Welles en películas como 'Campanadas a medianoche' o 'El proceso' (basada en la obra homónima de Kafka, otro genio). 
Y ayer mismo nos enterábamos de la muerte de nuestro paisano José, el abuelo de Maika, y del cineasta Martín Patino, con quien tuviera la ocasión de cruzarme un buen día en Salamanca, su provincia de nacimiento. Me quedo sobre todo con su documental 'Queridísimos verdugos', rodado antes de la muerte del Generalísimo, cuando aún existía la pena de muerte en España y los verdugos ajusticiaban a sus reos con absoluta frialdad. Brutal. Como para ponérsele a uno todo los pelos parados. Y así seguimos, con la muerte a cuestas. Vaya cruz la nuestra. 

*Me olvidaba de la actriz Terele Pávez, que nos cautivó con su papel como La Régula en 'Los santos inocentes', de Mario Camus (basada en la magnífica novela de Delibes). Y su papel de La Celestina, extraordinario.   

Alucinación, por Paco Pacios

Enhorabuena, Paco, por este relato publicado ayer domingo día 13 en La Nueva Crónica, que forma parte de los cursos de escritura que tengo a bien impartir en la ULE.
Un relato en el que se intuye, al inicio, esa ruta del útero de Gistredo, que me ilusiona. Y luego bascula hacia otra realidad o irrealidad, alucinada por su prota. El universo de los trastornos, en el que a decir verdad nos hallamos todos los seres humanos (aunque algunos y algunas no lo crean) da mucho juego. Y tú has sabido sacarles partido. Pues es, a seguir jugando... con las palabras en esta cancha de la vida, que por instantes se nos revela absurda.                 


Tras una apariencia inicial de cuento de hadas, Francisco Pacios nos va adentrando en la mente de un ser que ve lo que otros son incapaces de ver y sentir. Un relato escrito con sensibilidad, que nos ayuda a reflexionar acerca de la condición humana y ese mundo de los trastornos, en el que podemos hallarnos todas las personas, incluido el protagonista de esta historia.  
(Manuel Cuenya)

Caminaba una fresca mañana por una zona boscosa, siguiendo la ruta de una senda, bien trazada por su uso frecuente, que me alejaba del pueblo en busca de soledad. Era temprano, pero el sol ya comenzaba a filtrarse entre las hojas de los frondosos árboles, invadiendo la intimidad del lugar, medio selvático, tal era la cantidad de castaños, carballos, retamas, etc., que allí se prodigaban. Los pajarillos entonaban sus alegres trinos con la llegada de la luz y el calor.
Me sentí tan a gusto, por una parte disfrutando del entorno, inspirando con fuerza  para llenar mis pulmones de un aire puro y limpio, que, al rozar mi pituitaria, dejaba que se  impregnase con una mezcla de distintos aromas: húmedos, por la proximidad del río; dulces, por las numerosas flores silvestres; y acres, provenientes de la propia tierra. Y por otra, porque el calor resultaba tan agradable a aquella hora, que decidí hacer un alto en el camino. Me senté sobre una gruesa raíz superficial, y recliné mi espalda contra el tronco de un enorme castaño, que por su tamaño debía de ser milenario. El sol acariciaba mi cara, produciéndome una agradable sensación, y  hasta algo de sopor. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero me sobresalté al escuchar cómo una voz femenina, y sumamente delicada, se dirigía a mí.
Sorprendido, pues no había escuchado paso alguno, respondí instintivamente a su saludo, a la vez que dirigía mi mirada, ahora sí, a mi interlocutora, aparecida de la nada. Era una joven bellísima, virginal. Tenía los cabellos rubios, cuidados y peinaba media melena. Sus ojos eran claros, entornados, quizá debido a la claridad del sol, también me parecieron escudriñadores y enigmáticos. Su nariz estaba muy bien perfilada. Y sus labios carmesí, esbozaban una tierna sonrisa. Vestía una especie de túnica, de un blanco resplandeciente, que le cubría un cuerpo delgado y esbelto. Por momentos, me pareció que me hubiera adentrado en un cuento de hadas, siendo ésta la más hermosa de todas ellas.
¿Va camino de las fuentes medicinales? —me preguntó. Y sin darme tiempo a replicarle me advirtió: Pues tenga mucho cuidado para no caerse, porque hay un trecho muy empinado y resbaladizo.
Gracias —acerté a decirle a pesar de mi embobamiento.
Acto seguido, continuó su marcha, caminando con tal gracia que daba la impresión de flotar en el aire, dando pasos cortos, ligeros, moviéndose,  con tal elegancia, que parecía una bailarina. A su paso, el ambiente quedaba impregnado con un delicioso perfume de amapolas que, por momentos, me transportó a los agostados campos de Castilla durante el verano.

Me quedé tan enfrascado mirando cómo se alejaba, que no sé cuánto tiempo permanecí inmóvil, hasta que desapareció, esfumándose en un recodo de la senda.
Cuando logré salir de mi arrobo, me incorporé y continué mi camino, preguntándome si aquello sería fruto de mi imaginación. Lo cierto es que su  imagen rondó mi imaginación durante años, sintiendo vivos deseos de un reencuentro con ella. Invadía  mis pensamientos continuamente durante el  día, y era la protagonista de mis sueños cada noche.
Hice muchísimas veces el mismo recorrido hacia aquellas “fuentes”, haciendo coincidir incluso el horario, pero no fue posible hallarla. Llegué a intentarlo a diario. Tal era el poder de aquel recuerdo, que se convirtió en obsesivo. Mi mujer, a la que había descuidado bastante, tras advertirme que si no cambiaba se alejaría de, un buen día lo llevó a cabo iniciando una relación con otro individuo. Pero no me inquietó en absoluto. Mi preocupación era otra.
Dejé de asistir al trabajo, y si lo hacía, permanecía sentado, pero completamente ausente. No tardaron en despedirme, porque los mandamases pretendían que me olvidara de mi ilusión y me ocupase del trabajo. ¡Pobres idiotas!, nadie era capaz de comprenderme.
Cuando el tiempo parecía mitigar algo mi sentimiento, un día, que me encontraba deambulando nervioso por unos pasillos interminables -no sabía muy bien qué hacía allí-, divisé a lo lejos, caminando hacia donde yo me encontraba, una mujer esbelta y delgada, enfundada en un  pantalón blanco, a juego con una chaquetilla y unos zuecos del mismo color. La blancura personificada. Caminaba con paso corto y ágil, como si sus pies no rozasen el suelo, con la delicadeza de una bailarina. Conforme se aproximaba a mí, fui descubriendo otros detalles. Sus cabellos rubios estaban muy cuidados, y peinaba media melena. Sus ojos eran claros, entornados, escudriñadores, y  enigmáticos. Su nariz estaba muy bien perfilada. Y sus labios carmesí esbozaban una tierna sonrisa.
Era ella, la misma joven que había ocupado mi corazón durante años. Entonces, algo se reavivó en mi interior con fuerza. Decidido, pero con sumo cuidado para que no se sintiera ofendida,  me dirigí a ella:
Señorita, disculpe. Yo, la he soñado desde hace años como el ser más bello de la tierra.
—Buenos días, señor —me contestó con voz muy suave, a la vez que, sin detenerse, continuaba su camino, con la  misma elegancia que había llegado, desapareciendo al fondo del pasillo, de igual modo que lo había hecho en el encuentro anterior.
A su paso, el ambiente se impregnaba de un delicioso perfume a amapolas que, por momentos, hizo que me sintiera en medio de los agostados campos de Castilla en verano.
Inmóvil, permanecí mirando hacia ningún lugar, -no sé cuánto tiempo permanecí así-, hablando conmigo mismo.
Los mismos cabellos, los mismos ojos, la misma nariz, los mismos labios, la misma voz, el mismo caminar…, el mismo perfume…”.
De pronto, sentí la necesidad de correr en su búsqueda. Lo hice por aquel pasillo, pero no la vi. Recorrí otro pasillo, y otro…, y otro…, con resultado negativo. Busqué y rebusqué frenéticamente, apartando a la gente, mirando cara por cara, pero todo fue en vano. Creo que recorrí todo el edificio de arriba abajo, sin dejar rincón alguno sin comprobar, ni persona por observar,  en mi afán de dar con ella. Todo el mundo me miraba con cara extraña.
Cuando sofocado, estaba en la planta baja, al lado de la puerta de salida, con intención de buscar por los alrededores, a sabiendas de que no podía estar muy lejos, unos brazos vigorosos me agarraron impidiéndome moverme. En volandas me llevaron del lugar, haciendo caso omiso de mis quejas. Eran dos hombres vestidos de blanco, con aspecto de gorilas, así eran de corpulentos, que me decían, casi voceando y de un modo repetido:
No puedes salir, lo tienes prohibido ¡Suéltenme, se lo suplico, tengo que encontrarla! —les imploraba.
Tras un largo recorrido, me introdujeron en un cuarto completamente cerrado y con las paredes acolchadas, mientras cerraban la puerta, una puerta sin manilla por dentro.
—¡Ya está bien de fugas, así no te escaparás de nuevo —me gritaban aquellos seres.
Cuando comprobé que se habían marchado, aturdido y asustado, traté de incorporarme pero no pude, apenas conseguía moverme, sin saber por qué.
Esos gorilas me pusieron, encima de mi fino traje blanco a rayas, una chaqueta, pero del revés. Me la abrocharon por detrás. Ahora no puedo mover los brazos. ¡Serán imbéciles! ¡Abran la puerta, estoy mal vestido y así no voy presentable si ella aparece…! — grité con furia.
 Con gran dificultad, reptando, conseguí apoyar mi frente en un lateral y logré, a duras penas, incorporarme. “Al menos ahora podré utilizar mis piernas para llamar”. Pateé con fuerza la zona donde suponía que estaba la puerta hasta  sentir un dolor atroz en los dedos de mis pies. Nadie parecía escucharme. Traté de liberar mis brazos de aquella chaqueta que tenía puesta del revés, pero fue inútil. Me dolía todo el cuerpo por el esfuerzo realizado. Estaba desesperado. Quería llorar.
“Tengo que salir de aquí. He de dar con ella. Tengo que salir… No puedo perder más tiempo… No puedo permitir que desaparezca de nuevo…  Tengo que salir como sea. ¡La ventana, colocadme otra vez la ventana! ¡Sois unos malnacidos…! Ahora me acurrucaré en este rincón. Esperaré en silencio. En cuanto se abra de nuevo la ventana, saltaré a la calle antes de que me la vuelvan a tapiar… ¡Tengo que encontrarla! ¡Tengo que encontrarla!...”.


domingo, 13 de agosto de 2017

El sabor del pueblo, por José Luis Rodríguez Souto

Con un estilo ágil y desenfadado, con una prosa sensorial, impregnada de ironía y aromas frutales, José Luis Rodríguez Souto nos ofrece este relato, que tanto nos hace recordar al maestro Pereira y sus peras de Dios. (Manuel Cuenya)

Enhorabuena, José Luis, por este relato pereiriano, que publicara la Nueva Crónica el pasado domingo 6 de agosto. Y que forma parte de los cursos de escritura que imparto en la ULE.
Pereira era un genio de la palabra oral y escrita. Uno de nuestros mejores cuentistas. Y acaso el mejor orador de cuantos he tenido la ocasión de escuchar. Nos dejaba boquiabiertos. Tal era su maestría. 

            No me gustaba nada venir a casa en esa época, con los exámenes finales a la vuelta de la esquina, todo el tiempo era poco para estudiar. Encima, cada vez que regresaba a la universidad, los compañeros decían que traía olor a pueblo. Y yo, con la timidez a cuestas, las manos ásperas, los riñones doloridos y la espalda agarrotada, aún tenía que aguantar sus burlas. Pero cualquiera resistía la cantinela de mi madre, que si ellos se sacrificaban para que yo estudiase, que si tenía que echar una mano, que no valía cualquiera para esas tareas, duras pero delicadas, y mucho menos podían permitirse pagar jornaleros. Así que cuando no era la vendimia, eran las castañas, y cuando no tocaba la matanza, era el momento de las peras o las manzanas. En este viaje había que recoger las cerezas.
            Así que allí estaba, mirando a lo lejos las luces del hermoso valle oscurecido, con el cinturón de montañas cortando el cielo en sombras del ocaso, las chimeneas de la central humeantes, y mucho más allá, en la ladera suroeste, los brillos de las casas de mi pueblo. Me veía ya entre las ramas de los árboles, escuchando las recomendaciones y anécdotas de todos los años: “Deben cogerse con el rabo, sin golpearlas, venga no os durmáis a la sombra, que la maduración no espera, ojo con los cerezos, son muy traicioneros, la señora del señor tal se rompió la pierna hace dos años, y el niño de fulanita se quedó tonto por un mal golpe al quebrarse la rama”.

            Cuando el tren se detuvo en la estación, me alegró ver a mi primo el ingeniero en el andén. Parece que tenía unos días libres y se había escapado de la frialdad de Londres. Además, estaba acompañado por una chica rubia tan alta como él, robusta, de piel muy blanca y figura espectacular, que reía todo el rato, quizá para compensar sus dificultades con el idioma. Me la presentó como una compañera de trabajo, que había venido a probar in situ las deliciosas cerezas del Bierzo. “Mal se me tiene que dar, primo”, me dijo, mientras me guiñaba un ojo con una pícara sonrisa.
            Desde luego, el largo fin de semana, dedicado a recoger el fruto, fue cansado, pero de aburrido no tuvo nada. Veía todo el tiempo a mi primo ayudando a la inglesa a subirse a los árboles al tiempo que la sujetaba por las caderas, los muslos, los glúteos o por donde se terciase, con toda la buena intención, como es lógico, para que no se cayera. Más de una reprimenda se ganó por parte de mi tía, que le decía que dejase de una vez de enredar y atendiese a lo que estaba. A lo que él, tan fresco, como siempre ha sido, contestaba: “ya, ya, si ya atiendo a lo que estoy”.
            Cuando se terminaba la jornada, recorríamos con la chica algunos de nuestros lugares mágicos y secretos, el castaño hueco donde desde niños guardábamos los tesoros, el remanso del río donde aprendimos a nadar, la fuente en la que lavábamos las heridas, el mirador desde el que se contemplaba el rico valle, las sendas que recorrían los buscadores del wólfram hacia las peñas escarpadas en busca de fortuna, el torreón de piedra , testigo glorioso del paso del tiempo, y aun algunos sitos más, para terminar exhaustos y felices riendo en el desván, escuchando música y saboreando las cerezas frescas, dulces y carnosas, que empapaban nuestra boca de placer y deseo. Mi primo le colgaba pendientes con los ramilletes de cerezas y, más que atrevido, le tiznaba las mejillas con la sangre de la pulpa abierta, mostrándole luego su imagen encendida en el espejo enmarcado en telarañas y madera labrada.  El ambiente del ático alcanzó su máximo punto de calor, cuando mi primo propuso el inocente juego de dar a la inglesa una cereza, y que depositara el hueso de sus labios a los nuestros, previo acierto del número de cerezas, entre una y dos, que escondía en su mano.
            Después de unos minutos, mi primo me envió, no sé si porque le había ganado unas cuantas veces o por dar un paso más en su conquista, a la despensa a buscar un tarro de cerezas en aguardiente. Cuando volví arriba -ya la luz del día escaseaba y las sombras comenzaban a invadir el desván-, ellos continuaban jugando al juego del hueso, y claro, ahora ganaba siempre él. Nos costó lo nuestro abrir el tarro, tiempo que la inglesa esperó paciente con los ojos cerrados como le habíamos propuesto, para resaltar la sorpresa y el sabor de las cerezas en orujo. Cuando mi primo puso la fruta en su boca, emitió un chillido de gusto y extrañeza, asimilando la explosión de sabor agridulce y el picor del alcohol, que le provocaba una risa alborozada, a la vez que el orujo envejecido se escurría por sus labios hasta la barbilla, que mi primo se apresuraba, delicado y atento,  a limpiar, primero con sus dedos, y después, según me contó y no pude ver, ya que me mandó abajo a esperar la cena, con sus propios labios. A cenar desde luego no aparecieron, me vi obligado a disculparlos ante los demás: “Se habrán ido a dormir, los pobres estaban muy cansados”, me atreví a improvisar.
            En la mañana del lunes, muy temprano, en el trayecto hasta la estación, mi primo me fue contando las propiedades increíbles de las cerezas, y no digamos ya si son en aguardiente, con efectos milagrosos en artes amatorias. No hacía falta que me convenciese mucho, como buen estudiante de ciencia, siempre me ceñía a las pruebas empíricas, basándome en las experiencias, y las que había tenido eran más que comprobadas, por lo cual, ya iba yo bien provisto de una caja de cerezas frescas cuidadosamente embaladas, y, cómo no, con un par de tarros  en conserva, que probaría, en cuanto quedase para estudiar, con la compañera de la capital que tanto me gustaba.


sábado, 12 de agosto de 2017

Ayer, en Noceda del Bierzo

Ayer, a la tarde, nos reunimos al amor sagrado de las palabras un buen puñado de personas, para celebrar el octavo encuentro literario en el útero de Gistredo. 
Siempre resulta agradable reunirse con gente para compartir palabras, incluso memoria afectiva. Al menos quienes creemos en esto de la escritura, la escritura como salvación de los males que asolan y aquejan a la Humanidad. Bueno, no hace falta ser tan pretenciosos. Basta con que la escritura cumpla su función comunicativa, catártica, terapéutica, al menos para uno mismo. Y lo importante es reunirse, charlar de lo humano, demasiado humano, conocerse, al menos un poco, mostrar nuestros sentimientos y emociones, que suelen aflorar cuando uno escribe, porque a través de la escritura nos mostramos, incluso más de lo que creemos, porque la escritura es un reflejo, harto fiel, de lo que somos, de quienes somos. 
Participantes y amigos/as en Noceda, con el fondo de Gistredo

En un mundo capitalista, donde todo lo manda el dinero, y la producción -pues somos meras marionetas, puros numeritos, de un engranaje perverso-, la poesía, la literatura en general, cumple una función importante, al menos nos ayuda a imaginar, soñar, creer en otro mundo, que quizá sea posible, aunque dentro de éste, para dejarse ir, incluso contracorriente, la literatura como ese lugar al que no van a parar quienes están atados de pies y manos, los miedosos y los cobardes, en extremo apegados a lo convencional, a las normas establecidas, a lo cotidiano vulgar. Qué pena. 
Isabel Llanos y Daniel H. López Abella 

Aunque debemos ser conscientes de que en el mundo llamado Tierra, siendo en verdad generosos, la mayoría de la población subsiste como puede. Y el analfabetismo y sobre todo la ignorancia son altísimos, pues ya se encarga el suprasistema, el Gran Hermano que nos vigila, de que esto sea así, para que el personal no se mueva, no piense, no analice, no desarrolle un pensamiento crítico, analítico. Y por esa vía no tienen cabida ni la poesía, que puede ser reveladora, ni la filosofía... ni nada que nos invite a reflexionar, incluso a poner en cuestionamiento el mundo en que vivimos, que está diseñado para explotar, sacarles bien el unto, a los pobres seres humanos, demasiado animales. 

Por eso, aunque seamos ingenuos y utópicos, creemos que unos chutes psicodélicos de poesía, de narrativa, de amor y afecto, nos vienen bien de cuando en cuando. En realidad, las palabras literarias y los afectos debieran prevaler sobre todo y en todo momento. 
Ayer fue una tarde amable, con la intervención de varios autores y autoras, que pusieron sus granitos de arena en el oasis nocedense, todos ellos y todas ellas con sus propios estilos, lo cual agradezco. Y por supuesto con el arropamiento de familiares, amigos y amigas, entre ellos y ellas, Javi, Ana, Ricardo, Elena, Pili, Nina, Mingo, Auri, Venancio de Paz y Venancio Álvarez, Chente, Eladia, Emilio, Marta... Flor Méndez Villagrá, el escritor y periodista Eduardo Keudell..., o bien alumnos y alumnas de los cursos de escritura como Consilii, Elba y José Luis. Y luego la velada en amor y compañía, cenando y charlando en un entorno montañoso y verde, como lo es Noceda, y en concreto en Las Fontaninas. Gracias Miguel y Natalia por vuestra hospitalidad.  
Público asistente
Pues lo dicho, intentaremos seguir luchando por hacer visible y poner en valor la literatura en el útero de Gistredo, ese territorio legendario, seguiremos batallando por conectarnos con lo astral, la metafísica,  a través de la mirada y el aroma de las palabras, que adquieren forma y consistencia, que dicen y nutren con sus frutos comestibles, porque la belleza literaria será comestible o no será nada. 
El próximo año, si aún nos quedan dos gotas de sangre en las venas (y estamos en este mundo), seguiremos apostando por la poesía y la narrativa. Hasta siempre. 

jueves, 10 de agosto de 2017

Octavo Encuentro Literario en Noceda del Bierzo

Cual si se tratara del octavo pasajero, de Scott, conocido también como Alien, celebraremos el Octavo Encuentro Literario en Noceda del Bierzo, el útero de Gistredo, territorio que a uno le late legendario, como la Comala de Rulfo o el Macondo de Gabo. 

El útero de Gistredo, con sus fuentes elixir de vida, acogerá en su seno o en su vientre de ballena varada a orillas del río Noceda a ocho narradores y poetas como ocho soles. 
El ocho, en este caso, como número cabalístico, número de la suerte, acaso como el siete lo es para los judíos de la Torá. 
Resulta inevitable que me afloren los recuerdos, aún recientes, del viaje a Israel, ese Estado jovencísimo, que está en permanente conflicto, a resultas de la Tierra Santa, la Tierra Prometida, el oro y el moro de la Santidad. 
Como me recuerda el gran Luis-Salvador López Herrero el conflicto es lo más genuinamente humano. "Así es, así ha sido y así será. Y alguien tiene que contarlo como siempre", añade el psicoanalista y filósofo Luis- Salvador, al que no le falta razón.  

El conflicto, por lo demás, hace que un relato sea relato. Sin conflicto no existe el relato. Así que nuestras invitadas narradoras y poetas (en su mayoría mujeres) y nuestros invitados narradores y poetas nos ofrecerán a buen seguro un estupendo recital, una tarde amena, que nos ayudará a religarnos, una vez más, con las palabras, con las palabras hechas carne y alma, porque la narrativa y la poesía consisten en eso, en darle vida a las palabras, convertirlas en seres vivos, que sientan y respiren. Y nosotros sentiremos y respiraremos en Noceda, la región más transparente del aire, como dijera el magnífico escritor Carlos Fuentes de su país, México. 
Como responsable de este evento, que cuenta con la plataforma/asociación Colectivo la Iguiada, la colaboración del Ayuntamiento de Noceda y la comisión de fiestas, agradezco a nuestros autores y autoras participantes que tengan a bien desplazarse, casi todos y todas, desde la ciudad de León (salvo el intrépido Alfredo Fuertes, que vendrá desde Santiago de Compostela, que esto ya es de nota) para allegarse cual peregrinos y peregrinas de la modernidad a la tierra que me ha visto nacer y crecer, tierra que siempre está en mi pensamiento y en mi boca, porque, de un modo inevitable, uno está marcado a fuego por su lugar de origen. 
La patria (o la matria) es, como dijera el poeta Rilke, la infancia, "la única patria feliz, sin territorio, es la conformada por los niños", donde se fragua el individuo con esas primeras experiencias vitales, que son esenciales y a menudo definitivas. 
El Mouro-Noceda



En esta ocasión y este año participarán las 'gemelar' Laly y Gelines del Blanco Tejerina, originarias de Las Muñecas (curioso nombre el de su pueblo), unas chicas con gran talento para la escritura, que lograrán contagiarnos su vena y su entusiasmo (no paran de ganar premios literarios), Mercedes G. Rojo, que vendrá, según ella, desde Astorga, donde ejerciera como concejala de cultura... hace un tiempo. A Mercedes la conozco desde hace años, a finales del 90, creo recordar, cuando un amigo común, Jose Serviocio, montara su empresa de Animación sociocultural en León. A Mercedes la he entrevistado: http://www.ileon.com/cultura/063961/mercedes-g-rojo-no-siempre-los-mejores-son-los-que-mas-trascendencia-publica-tienen, hemos compartido algunos saraos literarios... y conté con su apoyo cuando uno impartía clases de teatro en Austúrica Agusta. Habrá que volver a la cancha, ¿verdad, Mercedes? Por lo demás, tiene a sus primas Rojo en Noceda, bueno, ellas viven fuera pero tienen casa y ancestros (incluso veranean o vacacionan) en nuestro pueblo-villa del Bierzo Alto. También nos visitarán la joven promesa de la poesía Clara Antúnez (hay que apoyar a nuestros jóvenes talentos, y ella tiene mucha fuerza y talento), la polifacética Isabel Llanos, que nos cautivará con su puesta en escena, habida cuenta de sus dotes no sólo como poeta sino como actriz, conocida sobre todo en el ámbito catalán, donde trabaja en la actualidad, o bien la profesora, narradora y poeta María José Prieto, a quien tuve la ocasión de entrevistar no hace mucho para 'La fragua literaria leonesa' en ileon.com: http://www.ileon.com/cultura/075459/maria-jose-prieto-es-mejor-reir-que-llorar-y-creer-por-otra-parte-en-un-futuro-esperanzador
La lectura de su 'Había una vez un instituto', aparte de un libro instructivo, que nos hace entender más y mejor el mundo de la docencia en secundaria, me pareció una delicia por el humor con el que está escrito. 
Y para finalizar este recorrido, contaremos con la presencia de Alfredo Fuertes (natural de Abelgas, "mechendero militante hasta la médula", así le gusta presentarse a él mismo: http://www.ileon.com/cultura/057345/alfredo-e-fuertes-soy-un-mechendero-militante-hasta-la-medula), que está teniendo una gran proyección con 'El sobrino del cura', un volumen voluminoso, con jugo, que gusta mucho a sus lectores y lectoras. Tuve la ocasión de presentar su obra en el Museo de la Radio de Ponferrada. Y desde entonces tengo la impresión de que nos conociéramos de toda la vida. Alfredo está rematando ya la segunda parte. Enhorabuena. 
No me olvido de Daniel Higinio López Abella, a quien conozco desde hace poco tiempo (a Daniel también he tenido la ocasión de entrevistarlo: http://www.ileon.com/cultura/068464/lopez-abella-me-queda-mucho-por-aprender-de-los-grandes-maestros). 
Coincidí con él en una comida en el restaurante Lucinio de Santiago Millas (una comida organizada por la Federación y la Asociación del alumnado de la Universidad de la Experiencia) y a partir de entonces hemos hecho buenas migas. El cocido en Santiago Millas exquisito, pero la conversación con Daniel fue lo mejor. 
Extraordinario conversador y buen contador de historias, Daniel Higinio tiene una vida apasionante, literaria, que ahora está plasmando en papel. En realidad, ya lleva una trayectoria porque ha publicado dos novelas. 
Originario de Los Ancares leoneses, ha vivido en diversos países como Brasil o Estados Unidos, entre otros, y en los setenta del pasado siglo ejerció como ingeniero de minas en la zona de Arlanza, nuestra tierra, donde nuestros paisanos y familiares quemarán sus pulmones, su salud. 
Daniel nos contará alguna historia de la minería, que de seguro nos escalofriará el alma. 

Pues eso, mañana viernes día 11 tenemos cita en las antiguas escuelas del barrio de Vega. A las 19h30. Que nadie (naide) falte. Pasaremos lista. 
*Mi gratitud para quienes se han hecho eco de este encuentro, entre ellos, ileon.com, El Buscador, bembibredigital, elbierzodigital, Diario de León, Tam Tam Press... Si me queda alguno en el tintero, disculpadme, no es por falta de voluntad, sino por puro desconocimiento. 
https://tamtampress.es/2017/08/10/encuentro-literario-en-noceda-del-bierzo/
http://www.ileon.com/cultura/076837/noceda-del-bierzo-celebra-su-viii-encuentro-literario
http://www.periodicoelbuscador.com/viii-encuentro-literario-noceda-del-bierzo
http://www.periodicoelbuscador.com/vi-encuentro-literario-en-noceda-del-bierzo
http://www.bembibredigital.com/culturayespectaculos/11272-viii-encuentro-literario-en-noceda-del-bierzo





Diario, miércoles 24 de febrero de 1999

Miércoles 24 de febrero de 1999

Muy poco que decir desde este cosmos de encierro y oposición. Mi estimulación está mermada y mi ánimo abatido. Escucho a Kepa Junquera. Es un virtuoso de la acordeón o trikitixa. Me entusiasma. 
Por instantes, me da la impresión de rozar los bordes del absurdo. La vida se revela absurda, kafkiana. 
Aquí, apoltronado, sabedor de lo que se guisa por otros pagos. Deseoso de largarme a París o a Ámsterdam, en busca de vida, en busca de un puerto que me abastezca. Supero ya los treinta años y tengo la impresión de no haber hecho nada interesante. A lo mejor es sólo una impresión. Ojalá. 
Duermo, respiro, como... a veces siento... con las entrañas. 
He conocido, por pura casualidad, a S, bonito nombre para una damisela rubensiana, apetitosa, robusta y maciza. Es una chavala dulce y joven. Esa es su apariencia. Estaría bien penetrar en su interior. Bueno, esto ha quedado como explícito. En realidad, quería decir que no sólo de apariencias vive el ser humano-animal. Y a uno le gustaría conocer su fondo.
Con ella me siento como si fuera mi novia, suponiendo que la tuviera.  Además, el novio de S aún no se ha enterado de las vainas de su chica. Tal vez no tenga novio. O sí. Mejor así. De lo contrario, se ensañaría con ella, y acabaría dejándola tirada.  
La Geode-París
S es como una virgen a quien se adora por lo que tiene de sobrenatural. Ella es sobrenatural.  Los párpados de sus ojos son como una bendición del cielo. Quizá sea una brujilla en aquelarre. Y aún no me he dado cuenta. 
Quizá haya entrado en deliro, uno mismo. El amor mueve el mundo. O no. El sexo mueve el universo. El sexo (la petite morte, esto es el orgasmo) es primo hermano de la muerte, y en ocasiones hermanastro del Sida. Qué peligro, che. 
Un día S dejó que entrara en su Reino, en su cuento, en su cunto. Y permanecí sentado en su relato-sofá-cama. Cuadro Mae West. Otros días S se subía en un globo y miraba el mundo con satisfacción. Con ojitos de levitación. S parecía irreal vista a contraluz. Y su mundo era jugoso. A veces juguetón y verbenero. Tal vez ensoñador.
Me haces levitar, S.  Espero no perderme en los laberintos grotescos de la locura. Y que no se me suba la simiente al cerebelo. Que mi sistema límbico se ponga a bailar un samba rítmico, sensual (valga la redundancia). A la vez que manda órdenes de riego (me refiero al sistema límbico) a mi huerto epicúreo, ese que cultivo con esmero, en el que duermo plácidas siestas.  
Seguiré manuscribiendo el tiempo, la vida, que discurre por montes y prados teñidos con la paleta de las pasiones.  

miércoles, 9 de agosto de 2017

Diario, 23 de febrero de 1999

 Ha llegado la hora de darle luz a este Diario, que comenzara en el 1996, pero en aquel tiempo escribía a mano. Y me da pereza ahora pasarlo todo a cristiano. En todo caso, algunas cosas seguirán quedando en el baúl, y otras procuraré re-elaborarlas, darles un nuevo vuelo, aunque sólo sea algo, porque un Diario siempre compromete, resulta revelador, al menos acerca de uno. Y así en este plan de planes. Pues vaya aquí:


23 de febrero de 1999

Ha llegado la hora de comulgar con mis recuerdos. Hacía mucho tiempo que no sobaba las palabras del diario. Hace un año que abandoné este hábito de teclear el ordenador todos los días.  
Escribir un diario íntimo es una necesidad de refrescar la memoria el día a día, saber qué está ocurriendo en el entorno, cómo se vive, en mi caso arropado en el útero materno, con la nieve en la punta de mis montes y delirios. Escribir para matar el tiempo. Escribir como quien juntara letras con el noble fin de que en algún momento sirvieran para algo. Qué ingenuidad.  Al menos que sirvan para uno. Siempre pensando en el futuro. Un futuro inexistente. Siempre prisionero, enclaustrado, como viviera el marqués de Sade, esclavo del tiempo, tal como sintiera Baudelaire, poeta de modernidades.  
Tumba de Baudelaire en Montparnasse
Esclavo de un más allá que se pierde en la lejanía de las promesas. El aquí y el ahora tendrán que ser exprimidos como naranja en el lagar del lenguaje,  hasta la última gota. 
En realidad, deberíamos someter el aquí y el ahora al lagar de los mostos afrutados, para así poder prensar las uvas que florecen en los sarmientos del presente, un presente que tocamos en toda  su plenitud. 
Es difícil vivir, sin ataduras, sin complejos, sin remordimientos. Es fácil vivir como un vegetal. Pero resulta jodido tener que plantearse esta existencia como algo finito. La finitud me atormenta. El día menos pensado dejaré de existir, y eso me parece una putada. Tengo miedo a morir. No quiero morir. ¡NO quiero! 
Aunque la vida a veces sea tormentosa, quiero continuar esta andadura utópica hacia no se sabe dónde. No quiero pudrirme. No quiero que me entierren y los gusanos se apoderen de mis huesos y mis carnes. Tampoco quiero ser incinerado en un horno cual si fuera churrasco argentino. Necesito sacar a la luz lo que me preocupa. 
Hoy ha sido un día como cualquier otro, sin nada especial que anotar, al menos por ahora: escucho Radio 3, que es la radio de la modernidad y la transición a la democracia. Escucho la voz sensual de Pilar Arzak, que me invita a volar cual pajarito en busca de otros horizontes. Estudiar una opo no me hace feliz. Es una gran cabronada. 
El ser humano es más estúpido de lo que algunos creen. Nos pasamos la vida dándole vueltas al coco, pensando en un futuro aún no recorrido, complicándonos con gilipolleces varias, mientras deberíamos vivir a todo dar. 
Rimabaud

Necesitaría ser un rentista, como lo fuera el poeta Baudelaire, o el propio Rimbaud, que se dedicó a vivir y viajar, después de abandonar la poesía. Aunque un poeta de verdad, como lo fuera él, nunca abandona la poesía, aunque deje de escribir. Ser poeta es un modo de estar en el mundo, y de ser, por supuesto. NO estaría mal que pudiera largarme a la Polinesia. Me gustaría recorrer el mundo. Ser un aventurero. Así tendría mucho que decir y contar. Al menos, viviría de un modo más intenso, al menos como lo estoy haciendo ahora. Quiero volar. 
Tengo moquera y los ojos como un lago lacrimoso. Vaya estado. Me echaré al monte y venga, dale que te pego.

En la bañera, por Noemí González Campillo

Os dejo este relato perteneciente a los cursos de escritura que imparto en la ULE. Fue publicado el 23 de julio en La Nueva Crónica, cuya autora es Noemí González Campillo. Enhorabuena, Noemí.

                                            
A través de un monólogo interior, Noemí González Campillo se mete en la piel de un ludópata, para contarnos esta historia turbadora, con un final conmovedor.

(Manuel Cuenya)



  El color blanco de las bañeras siempre me ha gustado: me paraliza, me resetea la cabeza. Cuando me bloqueo, no doy paseos por una habitación como un león enjaulado o me tiro en una butaca; voy directo a la bañera y me tumbo dentro de ella tal como vaya vestido. Su maravilloso y aséptico frío me pone la cabeza en orden, además me asegura que nadie vaya a molestarme. Es donde siempre consigo encontrar la solución a un problema. 


Tras unos minutos, metido en esta puta bañera de diseño, vuelvo a mirar hacia la habitación para corroborar que nada ha cambiado: el calendario que custodia el cabecero de mi cama, malogrando cruelmente las dulces propiedades de un atrapasueños, sigue confirmando mi dolor. Cada día tiene marcada una equis, siempre grabada con este cuchillo que tengo a mi lado. Las hojas de papel perforadas me contemplan: las ataqué con tanta fuerza que no sé cómo no se han desparramado por el suelo. Creí que no aguantarían mis cortes, pero pueden más que yo: no se han caído ni se han inmutado… tienen la ventaja de no sentir nada. Minutos atrás dejé marcado el día de hoy: hace ya un año desde que Sofía se fue. Olvidé cerrar la ventana; no importa, nadie me podrá verme. No quiero interrupciones.

Compré por entonces un equipo de cromoterapia para el cuarto de baño. Ya he probado las cualidades de varios colores: azul, verde, morado, amarillo… Ningún resultado. Hoy me decido por el rojo. Con este color todo será distinto; conseguiré desprenderme por fin de la mortificante idea de que nunca más volveré a ver a Sofía.

Era… tan agradable, tan discreta... La persona más silenciosa que he conocido, hasta cuando se levantaba y se vestía por las mañanas. Casi siempre estaba escuchándome, y yo era realmente hablador. Su forma de tocar y de acariciar era muy tranquilizadora y poderosa; me creaba una dependencia brutal, una protección que sólo ella sabía transmitirme. Era la única persona que siempre estaba conmigo y me equilibraba en todos los aspectos, salvo en el juego. Cuando yo volvía a casa habiendo perdido hasta el último céntimo, su silencio se volvía durante horas duro y frío como el hierro, hasta que de pronto me regalaba alguna frase del estilo “¿Has comido algo?”. A veces parecía derrumbarse, y después volvía a situarse por encima de todo, incluso de mí. En realidad nunca tuve problema en reconocer mi ludopatía, pero tampoco quería dejar de jugar. Hasta hace un año.

Estos 140 metros cuadrados de apartamento me asfixian hasta un punto inimaginable. Qué prisa me di en comprarlo al quedarme solo. Con qué rapidez empecé a infestarlo día y noche de gente; casi no recuerdo ninguno de aquellos nombres. Y la cantidad de coños que se han restregado por aquí… Todos iguales. Me he bebido y follado todo el dinero con una masa de desconocidos, y continúo como el hielo. Estoy empezando a tener frío: debería poner el agua más caliente.

Me he empeñado en probar todo tipo de melodías y terapias musicales. Incluso contraté un montón de actuaciones en directo para dejar de oír el “¡Rrrrrrrr!” de las cartas de aquel maldito croupier barajándolas con la habilidad de un mago, quien casi parecía saber que iba a cambiar mi vida. Todos los jugadores esperábamos emocionados las figuras que iban a salir; algunos sudábamos desesperados, hasta que me declararon ganador. El borde de la bañera está salpicado. Las gotas que la ducha escupe en mi cara, me recuerdan que también he sido el perdedor. “Rrrrrrrrrrrrrrrrrrr…”.

Hace ya un año… Al ganar dos millones de euros aquella tarde, creí que Sofía se rendiría a mis pies, que volveríamos a empezar saldando todas nuestras deudas y que yo podría seguir jugando lo que quisiera: acababa de conseguir un buen margen como para no perderlo todo de nuevo. Saliendo del casino, lo primero que hice fue comprar esta bañera de lujo, con las patas doradas, igual que veía mi vida en aquel momento. Era un regalo para festejar el gran cambio que se avecinaba. Pedí que llevaran la bañera a casa enseguida y aparecí con ella, pero la sorpresa fue mía al ver cómo la mujer, que había sufrido tanto por mí estando juntos, tenía las maletas hechas. Su rostro, más hinchado y más rojo que nunca, parecía que jamás fuera a recuperarse. Sus lágrimas brillaban y se fundían forjando un puñal de plata que se clavó en mi garganta: ella sabía que venía del casino. De pronto, el puñal apuntó a mis ojos con un terror que nunca me había atravesado. Comprendí que se le habían agotado las palabras para mí mientras negaba lentamente con la cabeza; entonces escapó corriendo por la puerta. Le grité por el pasillo la cantidad tan tremenda que acababa de ganar, pero no sirvió de nada. Su velocidad en la huida aumentaba, o eso me hicieron sentir las cuatro botellas de champán que me había metido en el casino. Al llegar a la calle, tropezando con mis propias piernas a cada paso, me frenó la desconcertante quietud del cuerpo de Sofía, tendido en una posición muy extraña sobre la carretera. No pude comprender lo que había pasado hasta que me acerqué a sus ojos, en los que empecé a ahogarme en una oscuridad sin fondo, y entonces sólo fui capaz de vomitar chorros dorados de champán que adornaban la calzada mientras mi mente mataba a golpes al conductor que acababa de atropellarla. Lo único dorado que queda en mi vida son las patas de esta bañera. Ya casi está llena. Cerraré el grifo e iré dejando caer los brazos; la cromoterapia roja parece funcionar.

Sofía, te fuiste pensando que no podías combatir lo único que pudrió lo nuestro, mi vicio por el juego. Aún siento que fueras a aparecer como un fantasma para seguir castigándome desde que te eché de este mundo, y ya no quiero evitar el silencio que tanto me recuerda a ti. De las muñecas a los codos: mi mirada se desliza por estas dos líneas rojas y hacen que me pregunte hasta dónde habríamos llegado juntos.

El reloj de la habitación parece haberse detenido; no lo oigo. Tampoco escucho ya a aquel maldito croupier con sus cartas. Estoy agotado. Tengo mucho sueño. Todo se nubla... Se me cierran los ojos... Me voy… Me…