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domingo, 13 de agosto de 2017

El sabor del pueblo, por José Luis Rodríguez Souto

Con un estilo ágil y desenfadado, con una prosa sensorial, impregnada de ironía y aromas frutales, José Luis Rodríguez Souto nos ofrece este relato, que tanto nos hace recordar al maestro Pereira y sus peras de Dios. (Manuel Cuenya)

Enhorabuena, José Luis, por este relato pereiriano, que publicara la Nueva Crónica el pasado domingo 6 de agosto. Y que forma parte de los cursos de escritura que imparto en la ULE.
Pereira era un genio de la palabra oral y escrita. Uno de nuestros mejores cuentistas. Y acaso el mejor orador de cuantos he tenido la ocasión de escuchar. Nos dejaba boquiabiertos. Tal era su maestría. 

            No me gustaba nada venir a casa en esa época, con los exámenes finales a la vuelta de la esquina, todo el tiempo era poco para estudiar. Encima, cada vez que regresaba a la universidad, los compañeros decían que traía olor a pueblo. Y yo, con la timidez a cuestas, las manos ásperas, los riñones doloridos y la espalda agarrotada, aún tenía que aguantar sus burlas. Pero cualquiera resistía la cantinela de mi madre, que si ellos se sacrificaban para que yo estudiase, que si tenía que echar una mano, que no valía cualquiera para esas tareas, duras pero delicadas, y mucho menos podían permitirse pagar jornaleros. Así que cuando no era la vendimia, eran las castañas, y cuando no tocaba la matanza, era el momento de las peras o las manzanas. En este viaje había que recoger las cerezas.
            Así que allí estaba, mirando a lo lejos las luces del hermoso valle oscurecido, con el cinturón de montañas cortando el cielo en sombras del ocaso, las chimeneas de la central humeantes, y mucho más allá, en la ladera suroeste, los brillos de las casas de mi pueblo. Me veía ya entre las ramas de los árboles, escuchando las recomendaciones y anécdotas de todos los años: “Deben cogerse con el rabo, sin golpearlas, venga no os durmáis a la sombra, que la maduración no espera, ojo con los cerezos, son muy traicioneros, la señora del señor tal se rompió la pierna hace dos años, y el niño de fulanita se quedó tonto por un mal golpe al quebrarse la rama”.

            Cuando el tren se detuvo en la estación, me alegró ver a mi primo el ingeniero en el andén. Parece que tenía unos días libres y se había escapado de la frialdad de Londres. Además, estaba acompañado por una chica rubia tan alta como él, robusta, de piel muy blanca y figura espectacular, que reía todo el rato, quizá para compensar sus dificultades con el idioma. Me la presentó como una compañera de trabajo, que había venido a probar in situ las deliciosas cerezas del Bierzo. “Mal se me tiene que dar, primo”, me dijo, mientras me guiñaba un ojo con una pícara sonrisa.
            Desde luego, el largo fin de semana, dedicado a recoger el fruto, fue cansado, pero de aburrido no tuvo nada. Veía todo el tiempo a mi primo ayudando a la inglesa a subirse a los árboles al tiempo que la sujetaba por las caderas, los muslos, los glúteos o por donde se terciase, con toda la buena intención, como es lógico, para que no se cayera. Más de una reprimenda se ganó por parte de mi tía, que le decía que dejase de una vez de enredar y atendiese a lo que estaba. A lo que él, tan fresco, como siempre ha sido, contestaba: “ya, ya, si ya atiendo a lo que estoy”.
            Cuando se terminaba la jornada, recorríamos con la chica algunos de nuestros lugares mágicos y secretos, el castaño hueco donde desde niños guardábamos los tesoros, el remanso del río donde aprendimos a nadar, la fuente en la que lavábamos las heridas, el mirador desde el que se contemplaba el rico valle, las sendas que recorrían los buscadores del wólfram hacia las peñas escarpadas en busca de fortuna, el torreón de piedra , testigo glorioso del paso del tiempo, y aun algunos sitos más, para terminar exhaustos y felices riendo en el desván, escuchando música y saboreando las cerezas frescas, dulces y carnosas, que empapaban nuestra boca de placer y deseo. Mi primo le colgaba pendientes con los ramilletes de cerezas y, más que atrevido, le tiznaba las mejillas con la sangre de la pulpa abierta, mostrándole luego su imagen encendida en el espejo enmarcado en telarañas y madera labrada.  El ambiente del ático alcanzó su máximo punto de calor, cuando mi primo propuso el inocente juego de dar a la inglesa una cereza, y que depositara el hueso de sus labios a los nuestros, previo acierto del número de cerezas, entre una y dos, que escondía en su mano.
            Después de unos minutos, mi primo me envió, no sé si porque le había ganado unas cuantas veces o por dar un paso más en su conquista, a la despensa a buscar un tarro de cerezas en aguardiente. Cuando volví arriba -ya la luz del día escaseaba y las sombras comenzaban a invadir el desván-, ellos continuaban jugando al juego del hueso, y claro, ahora ganaba siempre él. Nos costó lo nuestro abrir el tarro, tiempo que la inglesa esperó paciente con los ojos cerrados como le habíamos propuesto, para resaltar la sorpresa y el sabor de las cerezas en orujo. Cuando mi primo puso la fruta en su boca, emitió un chillido de gusto y extrañeza, asimilando la explosión de sabor agridulce y el picor del alcohol, que le provocaba una risa alborozada, a la vez que el orujo envejecido se escurría por sus labios hasta la barbilla, que mi primo se apresuraba, delicado y atento,  a limpiar, primero con sus dedos, y después, según me contó y no pude ver, ya que me mandó abajo a esperar la cena, con sus propios labios. A cenar desde luego no aparecieron, me vi obligado a disculparlos ante los demás: “Se habrán ido a dormir, los pobres estaban muy cansados”, me atreví a improvisar.
            En la mañana del lunes, muy temprano, en el trayecto hasta la estación, mi primo me fue contando las propiedades increíbles de las cerezas, y no digamos ya si son en aguardiente, con efectos milagrosos en artes amatorias. No hacía falta que me convenciese mucho, como buen estudiante de ciencia, siempre me ceñía a las pruebas empíricas, basándome en las experiencias, y las que había tenido eran más que comprobadas, por lo cual, ya iba yo bien provisto de una caja de cerezas frescas cuidadosamente embaladas, y, cómo no, con un par de tarros  en conserva, que probaría, en cuanto quedase para estudiar, con la compañera de la capital que tanto me gustaba.


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