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martes, 19 de septiembre de 2017

La fragua literaria leonesa: Mari Paz Martínez Alonso

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LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Mari Paz Martínez: "Poeta no es el que publica, sino el que escribe poesía"

Manuel Cuenya | 19/09/2017 - 17:25h.

La poeta y narradora Mari Paz Martínez Alonso, autora del poemario 'De musgo y piedra', sigue escribiendo mientras ofrece recitales músico-poéticos, en compañía de su amigo el cantautor madrileño Moncho Otero, a los amantes de la poesía.

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Mari Paz Martínez. Foto: Flor Méndez Villagrá
Se pudre con tufo a derroche este mundo
En un orbe de conciencia despeñada.
Se reparten en el infierno pan y mantas
Mientras juega Dios, en su oficina, a la petanca.
Pretendemos la quimera de una tierra diferente
Renunciando a este viejo globo por galbana,
Que evitamos cobardes, mirara de frente,
Sin enfrentar la ocasión de enjuagarle la cara.
Representamos el hacer de un pasado desairado,
Abrasador de verdes agros y arroyos cristalinos,
Ofensor de cielos claros y reinos arbolados;
Defensores ignorantes de algún sueño envenenado.
(Mari Paz Martínez Alonso, 'Este mundo', incluido en 'De musgo y piedra')
Autora del poemario 'De musgo y piedra', Mari Paz Martínez Alonso siente que su pueblo y la comarca maragata han sido el principio de su inspiración,  "con todo lo que eso representa, con sus cargas y sus reconocimientos, a veces en igual medida y otras visiblemente perturbadoras".
En cualquier caso, es el espacio donde se reencuentra y comparte sus experiencias, según ella, adonde regresan siempre algunas de las personas más importantes de su vida: sus amigos. "Este pequeño rincón del mundo, esta rancia comarca maragata es el lugar donde siento que mi corazón palpita con más fuerza, unas veces de alegría y otras de desasosiego, pero que me da cuanto necesito para continuar mis pasos", se expresa Mari Paz, cuyo poema 'Esta Tierra' ahonda en esta misma idea: "...me niego a cruzar la puerta/ Que me aleje de estas congojas", porque a buen seguro esta poeta maragata ha encontrado su lugar en el mundo en Santa Colomba de Somoza, donde vive. Y cuando se encuentra este lugar en el mundo, como es su caso, ya no se está dispuesto a abandonarlo, salvo de un modo temporal.
Editado por Marciano Sonoro, cuyos responsables son los artistas Jesús Palmero y Cristina Pimentel, 'De musgo y piedra' es, en palabras de su creadora, un poemario que nació de unas circunstancias muy especiales. "Este poemario nace a partir de una etapa personal muy dura en la que apartaba mis miedos plasmándolos sobre el papel", señala ella, que ha estructurado el libro en tres partes, en las que se muestran los pasos de su vida y los engranajes que la mueven.
Cuenta que la primera parte del poemario, 'Paisajes que me riman', habla de su pueblo, de la tierra maragata y también de esos lugares que le han tocado el corazón. En este apartado aborda la soledad y el abandono que sufren las zonas rurales. Asimismo, se centra en sus estaciones y sus gentes y también en ella misma, en su paisaje interior, aparte del lugar de dónde procede, como nos enseña en su poema 'mi singular paisaje':
"...Recordaré siempre de dónde procedo
Con todo lo digno y ruin en mi equipaje..."
La segunda parte del poemario, 'Los muros que nos apresan', nos invita a despertarnos,  a mirar a los ojos, de frente, nuestra realidad, que por momentos se revela cruel, a reflexionar acerca de lo que somos los seres humanos como raza, como colectivo, aunque también nos habla de sus propias frustraciones y errores.
"En la bilis se atesora
Un recelo exacerbado
Que me hiela la sangre
Y alimenta el naufragio
De un talento que
en vano me está esperando".
(De su poema 'Fracaso')
'Vida, muerte y otras cruzadas' es la tercera y última parte del poemario y la más íntima, en su opinión, en la que expresa sus sentimientos acerca de la amistad, del amor y de la muerte, la muerte como "sombra que acecha cercana durante toda la creación del poemario".
"Este pequeño rincón del mundo, esta rancia comarca maragata es el lugar donde siento que mi corazón palpita con más fuerza, unas veces de alegría y otras de desasosiego, pero que me da cuanto necesito para continuar mis pasos"
La muerte como gran tema, puesto que a todos y todas nos afecta, aunque alguna gente, qué curioso, pareciera vivir como si fuera eterna. "Escribo sobre la muerte, sobre su aceptación cuando los caminos se nos cierran y sobre luchar contra ella mientras aún está viva la llama de la esperanza. Hablo abiertamente del cáncer, enfermedad que sufro desde hace casi cinco años y de la violencia con la que me ha arrinconado obligándome a enfrentar las muertes de amigas en mí misma situación y a evaluar la mía propia en cada recaída. Por eso, escribo poemas como 'Mujer de las mil batallas', 'Versus recidiva' o 'Ex Nihilo'. Cierro el poemario aceptando un posible final que espero llegue dentro de muchos años con un poema titulado 'Cuando la muerte me toque':
...Cuando la muerte me toque
en mi lecho la estaré esperando
libre y vacía de adornos vanos,
me encontrará dócil, descansando.
Entonces,
enjugaré esa lágrima que me comprende
y la llevaré conmigo eternamente", escribe esta poeta y narradora, cuyos versos y relatos están concebidos con el propósito de saciar su creatividad, habida cuenta de que, a su juicio, la escritura es una muy buena herramienta para el desarrollo intelectual y el conocimiento personal, porque presta un espacio para el pensamiento reflexivo y es buena para buscar el conocimiento de uno mismo a diversos niveles.
La escritura como herramienta para el desarrollo intelectual y el crecimiento personal
"Como autora creo que ayuda a desarrollar la empatía, mejorar el lenguaje, la imaginación y la creatividad amén de mejorar la capacidad para ordenar una narración. Creo que los beneficios de entrenar la escritura creativa son ilimitados. Para los lectores resulta además un elemento de relajación y entretenimiento que ofrece una gran variedad de estilos y de textos de gran singularidad", apunta Mari Paz, que se muestra satisfecha de que Marciano Sonoro haya creído en su obra, al igual que lo ha hecho con otros autores de la comarca maragata, como es el caso de los artistas astorganos Javi Morán o Carlos Huerta, El Solito Trovador.
Ocurrió que siempre fui una frágil chiquilla
Viviendo otra vida a través del relato,
Oculta siempre tras las páginas de algún libro
Que capítulo a capítulo me han cobijado.
Eran mis héroes salidos de un cuento,
Aquellos que con su bondad campechana
Rescatan a la niña perdida del lobo
Que la acecha con amenazadora mirada.
Se recrea mi mundo a través de palabras
Que alimentan mi mente, de insaciable apetito.
Se aloja mi identidad en el párrafo escrito
entre palabras que bailan al son de mi prosa.
Y se evidencia que sólo leer me motiva
A descubrir nuevos mundos en este viaje.
Y me concede cada obra vivir otra vida
Eludiendo la mía cuando me falla el coraje.
Puede lastimarme hoy el mundo si quiere
Con su juego azaroso de caminos dispares
Que yo me siento a salvo en Macondo
Con su soledad de cien años vividos en una tarde.
(Mari Paz Martínez Alonso, 'A salvo en Macondo', incluido en 'De musgo y piedra')
"Somos en síntesis una pequeña gran familia de marcianos a los que también nos gusta colaborar de vez en cuando en los distintos proyectos que se van desarrollando. Jesús Palmero y Cristina Pimentel tienen un gran amor por la literatura y la música, así como por el arte en general que quieren expresar a través de su editorial mostrando los talentos que se encuentran, sobre todo, en la comarca y también fuera de ella. Me siento enormemente agradecida de que apostaran por mí y me permitieran, también a mí, hacerlo", aclara esta poeta, que está haciendo incursiones en el ámbito de la narrativa, sobre todo en el relato corto, algo que le parece difícil, porque le obliga "a sintetizar mucho la historia que se va a contar y la pone en peligro corriendo el riesgo de crear una historia demasiado plana o excesivamente enmarañada".
Reconoce que, cuando escribe narrativa, se apoya mucho en su faceta poética, con lo cual trata de llevar a la prosa algo que originariamente podría estar escrito en verso, manteniendo así la fuerza del relato. "Escuché decir una vez que un relato es bueno cuando se consigue atrapar al lector con las dos primeras líneas y no dejarlo ir en las dos últimas", sintetiza Mari Paz, quien se define como buena lectora y clásica en lo referente a la poesía, porque para poder escribir, según ella, "uno primero tiene que leer, activar las emociones derivadas de historias, poemas o cualquier otro tipo de obras".

lunes, 18 de septiembre de 2017

En la pasarela, por Fernando Fernández Sánchez

Ayer domingo La Nueva Crónica publicaba este original relato, cuya autoría corresponde a mi alumno Fernando Fernández Sánchez, que ha creído en la escritura desde el primer momento y ha trabajado siempre con ganas, con entusiasmo y mucho tesón, lo cual me entusiasma, así que te felicito, Fernando, no sólo por esta narración, que a buen seguro no dejará indiferente a quien se asome a la misma, sino por tanto trabajo bien hecho. Qué las musas y los musos te pillen, nos pillen trabajando, que la transpiración ya la ponemos nosotros. Mi agradecimiento a todo mi alumnado, que se han portado como auténticos jabatos y jabatas. Y por supuesto a La Nueva Crónica (en especial a David Rubio) por ponerlos en valor, por darles vida en sus páginas de verano. Hasta siempre. Qué continúe la escritura. 


Inspirado ‘En el bosque’, del japonés Akutagawa, Fernando Fernández Sánchez compone este relato poliédrico, con diversos puntos de vista y voces narrativas, que configuran esta historia criminal, en la que se contradicen las diferentes versiones que se dan del hecho acaecido en la pasarela del río Pormesga.

(Manuel Cuenya, Taller de Relatos de la Universidad de León)


Declaración de la acusada, MR, interrogada por la Jueza Instructora en el caso del asesinato de la Ministra de Zopencolandia

“-Sí, Señora Jueza, yo quise matarla. Pero no llegué a tiempo. Desafortunadamente, alguien se me adelantó. ¿Qué quién lo hizo? Yo no lo vi. Solamente le digo que la Ministra de Zopencolandia venía caminando por la pasarela que atraviesa el río Pormesga, y yo lo hacía en sentido contrario.
¿Si nos conocíamos? Sí, desde hacía tres años. Por ello, al cruzarnos nos detuvimos. Y le di a entender que, si no solucionaba la situación de abandono y persecución a la que sometía a mi hija OP en un breve plazo, mi intención era asesinarla. Ella, esbozando una forzada pero fingida sonrisa, me contestó que la decisión tomada era firme, y que no pensaba cambiarla.
La Ministra, fría, de espíritu rudo, cual sargento de infantería, pero firme en sus convicciones, siguió su marcha, no sin antes escuchar mis palabras de amenaza: «pues atente a las consecuencias». Y continué, la mía, en sentido contrario. ¿Si vi a alguien más por la pasarela? Pues, sí. Recuerdo que, al reanudar mi marcha, a paso muy rápido, pasaba un conocido drogadicto de la zona, que estaba frecuentando, como era su costumbre, los alrededores de la pasarela. Al cruzarnos, bajó su mirada. Pero yo observé que, en el bolsillo izquierdo de su raída chaqueta, llevaba un bulto, que intentaba disimular con su mano. Al llegar al final de la pasarela, y antes de atravesar la calzada, escuché, por detrás de mí, dos o tres sonidos secos, que no supe distinguir su origen. Y, sin echar la vista atrás, continué mi marcha, sin más. Su pregunta es fácil de responder. Para ser sincera, le diré que sí tenía ganas de acabar con la vida de la Ministra de Zopencolandia. Mi hija OP venía cumpliendo a la perfección las labores que le habían sido encomendadas. Pero esa mujer, altiva y segura de sí misma, a pesar de su baja estatura, rompió el contrato laboral de mi hija y firmó, para la misma función, otro equivalente a un chiquito nuevo. Y digo, lo de chiquito y nuevo, con ironía. Así pues, mi hija se quedó en la calle sin justificación alguna. Digamos, si acaso, por puro politiqueo.
Sin ser responsable de su muerte, hoy me siento feliz. Le aseguro que esa señora ahora donde está, está bien. Está donde siempre tuvo que estar. O la enterraban a ella o enterraban a mi hija OP. Aunque sea muy duro decirlo de esta forma, le aseguro que hablo con absoluta sinceridad. Sí, estoy muy alegre. En caso contrario estaría en mi casa, llorando por la muerte de mi hija. Y, eso, sería infinitamente peor”.


Declaración de OP, hija de la acusada MR

          “-O sea, Señora Jueza, se lo juro, no tengo ni idea de quién pudo haber sido el asesino de la súper famosa política. ¿Que qué hice ese día? Por fa, totalmente. Le digo. Ese día, mamá y yo sacamos el coche deportivo de papá, un Mercedes súper mega limpio. Y después de aparcarlo en un sitio cómodo y vigilado, nos dirigimos andando al centro. Una vez allí, le dije a mamá que yo me separaba de ella para pasar a la frutería, allí donde compro siempre. Se lo juro, tienen una fruta escogida, limpia y muy chachi. Minutos después nos reencontramos. Pero, ¡Santo Cielo! ¡Cómo venía! ¡Esa, no era mi mamá! Mi mamá, siempre va fenomenal. Como Usted misma puede, hoy, comprobar. En aquel momento, traía el ceño fruncido, los labios súper apretados y, casi temblando, me dijo: «toma este bolso, cielo. Deshazte de él cuanto antes».
          - ¡Jopé, mamá! ¿Qué te ha pasado?
          -No pierdas tiempo. Haz lo que te digo. ¡Ya!, luego, te espero en el parking -me contestó.
Arranqué sin rumbo fijo llevándome el bolso. Y unas calles después, se lo juro, me topé con mi amiga PL, que estaba charlando con un agente de la ORA. ¿Quién no los conoce, con su chaleco amarillo y con su maquinita dichosa? Estaban ambos apoyados sobre el capó de su coche. Entonces, se me ocurrió decirle:
          -Súper guapa, te dejo este bolso dentro de tu coche. Voy a la frute y luego lo recojo.
          -Vale. Nos vemos -respondió PL.
Nada más introducir el bolso en el coche y cerrar la puerta, volví de nuevo junto a mamá. Al llegar al parking, mamá se encontraba hablando con un hombre. Parecía policía. Al poco, llegaron otros tres agentes, que registrando el interior del coche se llevaron algunas prendas que allí había. Y, ¡súper fuerte!, con esos modos súper bruscos suyos nos dicen: «venga, venga, a Comisaría. Allí hablarán con el Comisario». Así fue lo ocurrido aquella tarde. ¿Que, Usted quiere que le diga cómo era ella? Jolines ¡Qué fuerte! Conmigo se portó cómo una mujer cruel. Aunque ya nos conocíamos, cuando pasó a ser mi jefa empezó mi mega calvario. Quizá, para limar diferencias, o para aliviar ciertas tensiones - ¡quién lo sabe!-, me invitó una tarde a su casa. Luego de charlar un rato se acercó a mí, y acercando su nariz a mi cuello y después de besarlo, va y me dice:
          - ¿Te apetece acostarte ahora conmigo?
          - O sea, ¡Qué fuerte! Cómprate un bosque y piérdete dentro de él -le contesté. 
Vista mi respuesta y mi cara de desagrado, me soltó, y a continuación me dijo:
          -Quédate. Hicimos fija tu plaza. Si accedes a mi proposición ganarás muchos puntos. Nada te pasará.
          -Ministra, ni estoy como un queso ni soy bombera. Así que no tengo manguera que apaguen tus fuegos. Búscate otra Barbie -le contesté.
O sea, Señora Jueza, debo decirle que, a partir de ese momento, comencé a sufrir y a penar. ¡Qué culpa ve Usted, Señoría, que tenga yo! Ella comenzó a acosarme de un modo atroz y cada día que pasaba era un sin vivir para mí. ¡Jope! Me pasaba todo el santo día yendo al váter a orinar. Desde entonces, no duermo, no salgo con nadie, no tengo ingresos, solamente vivo con lo que me da papá, y, lo peor, he adelgazado más de 25 kilos. El especialista me ha recetado un rosario de antidepresivos.
Cuando le expliqué a mamá el encuentro que tuve con la Ministra, puso el grito en el cielo. ¡Buena es mamá! Empezó a jurar y echar pestes contra ella y no paraba de hacerlo, incluso, después de razonarle cómo fue mi negativa. Mamá, desde entonces, lo ha tenido claro. Me decía: «Esa cabrona -con perdón, ¿qué feo verdad? – te ha retirado su confianza y roto tu contrato laboral al no acceder a sus proposiciones deshonestas». Sí, eso me dijo mamá.
O sea, Señora Jueza. Le confirmo su sospecha. Sí. Mamá y yo buscamos armas por Internet. Claro, sin decirle nada a papá. Pero eso sucedió en los primeros momentos de rabia. Pero llegó un momento en que lo vi como una locura. Traté, entonces, de convencerla para que se olvidara del tema. Yo, al menos, lo dejé. ¡Se lo juro por mi vida!

Declaración de PL, Policía Local de Zopencolandia, ante la misma jueza

“-Yo, Señora Jueza, estaba esperando a que abriese una tienda de manualidades, próxima al lugar por el cual la pasarela atraviesa el río Pormesga. Pasadas las cinco de la tarde apareció de repente mi amiga OP, quien me comentó que iba a la frutería, y que regresaría en poco tiempo. Yo, en ese momento, me encontraba hablando con un agente de la ORA, mientras mi coche permanecía situado a mis espaldas. Si alguien introdujo el bolso, que contenía la pistola con la que dispararon a la Ministra y que días más tarde localicé, yo no lo vi. Es más, en mi coche viajó una conocida mía que tampoco se percató de la existencia del bolso. Días más tarde, mientras buscaba unas monedas que se me habían caído entre los asientos, fue cuando encontré el bolso que yo misma había regalado, hacía pocos meses, a mi amiga OP.”

Declaración del testigo PJ, Policía Nacional jubilado, ante la misma jueza

“-Sí. Señora Jueza, La mujer que se sienta frente a Usted, fue la que vi utilizando la pistola para asesinar a la Ministra. Pues los hechos sucedieron como voy a contárselos. Ese día, mi mujer y yo nos cruzamos en la pasarela con la Ministra. Iba vestida como de fiesta, y sus zapatos eran de tacón de aguja. Mi mujer me comentó: «Esa debe de ser alguien importante del Ministerio, porque la he visto en la televisión». A pocos metros de ella, por detrás, la seguía otra mujer. Daba la sensación de ser su escolta. Iba vestida casi de incógnito. En un día primaveral, la supuesta escolta llevaba una parca de invierno color caqui, una gorra oscura de paño, un pañuelo moteado de lunares blancos sobre los hombros y un bolso negro en bandolera. Nada más dejar a ambas mujeres a nuestras espaldas, escuché un ruido seco, como un petardo. De forma instintiva mi mujer y yo nos giramos. La Ministra estaba cayendo hacia adelante, totalmente rígida. Ya en el suelo, la mujer con quien nos habíamos cruzado instantes antes, se agachó sobre la Ministra y, a unos cuatro o cinco centímetros de la cabeza de ésta, le efectuó tres disparos. Observé con claridad cómo la cabeza de la Ministra, que yacía boca abajo, rebotaba con claridad sobre el suelo. ¿Por qué me arriesgué a seguirla? Pues por la costumbre de mis años en activo. Mi mujer permaneció allí llamando al 112, a la vez que yo empecé a seguirla. Durante el tiempo que duró mi persecución nunca observé que tirase el arma, que llevaba siempre dentro del bolso, donde la introdujo cuando remató a la Ministra. En un momento dado, le perdí la pista. Unos cuatro minutos más tarde volví a encontrarme de frente con ella. Y, entonces y no tenía el bolso ni la gorra. Su parca, ahora, la había cambiado por una cazadora de color beige clarito, pero conservaba las gafas de sol y los zapatos bajos tipo manoletinas, lo que le facultaba dar pasitos cortos, pero con mucha velocidad.
No sabría decirle dónde había dejado el bolso. No pude verlo. Al escuchar una sirena de policía me giré para hacer señales, mientras tanto, ella aprovechó para esfumarse. Por fortuna, gracias a un hombre, que estaba sentado en la terraza de un bar, pude localizarla. Este hombre, con gafas de sol y una visera de color azul tejano, y que había visto la persecución, me hizo señales indicándome que la mujer estaba un coche deportivo tratando de esconder la parca y la gorra bajo el asiento. En esos momentos llegó el coche de la Policía. A los integrantes de la patrulla les indiqué que esa mujer del Mercedes deportivo era la que había efectuado los tres disparos en la pasarela.
Cuando los agentes le estaban pidiendo la documentación a la supuesta asesina, a la asesina, diría yo, llegó una chica joven, de treinta y tantos años, calculo yo, que alarmada con la situación que allí reinaba, preguntó qué es lo que ocurría. Se identificó. Dijo que era su hija, de la criminal, la hija de la criminal ya me entiende. Apenas unos minutos más tarde apareció un furgón policial, donde acabaron madre e hija.
Sí, Señora Jueza. También nos cruzamos con un farlopero a quien solemos ver a menudo por los alrededores. Iba con paso rápido, como si tuviese prisa por algo.”

Comparecencia del drogadicto señalado por la acusada MR y por el principal testigo PJ

“-O sea, ¿qué me culpan a mí de apiolar a esa jefa de la bofia? No le digo. A ver señoría, porque es Usted quien mete en el trullo a mis colegas, ¿no? Pues le digo que yo no fui. ¿Me explico? Le repito, yo no hice ná.
Vale, vale, si yo a Usted la respeto. Mis perdones… señora jueza.
¡Es que alucino! ¿Por qué creen que yo dejé unos perdigones en el cuerpo de la ministra? Por qué era ministra, ¿no? Pues le digo que no y que no. Yo no fui.
Claro que el menda pasaba ese día y a esa hora por la pasarela. Pero iba a buscar canela fina pa mi body. Ya estaba cerca, donde me dan mantecadabuten, cuando escuché dos o tres ruiditos. ¡Qué pasada! Me aupé un poco y… ¡joe!, señora jueza, ¡qué demasiao! Allí estaba la ministra esa, espatarrá en el suelo, con tol meollo al descubierto, digo yo.
¡Claro que había más gente! La piba, con quien me crucé, ya no estaba. Pero quedaba un guripa, que conozco y, a su lao, una mujer emperifollá demasié. Nadie más. O eso creo, pero no me haga mucho caso, que a veces se me va la pinza.
De veras, señora jueza. Ni tengo ni tuve jamás armas de fuego. Solamente camino con mi charrasca de muelle, por si tengo que afeitar a algún currito que me intente comer el coco. Se lo digo, a la buena, como lo siento, que yo malo no soy, sólo que la vida no me ha tratado muy bien y, ya sabe, tengo que buscarme la vida como puedo. Pero le aseguro, por los huesos de mi madre, que en paz esté, que yo no maté a la jefa de la pasma, que la verdad era una tía bajita, pero con huevos como un tío, ¡joder, que sí tenía huevos la pava de marras!
Y perdone, señora Jueza, que no me exprese como debiera, es que me piraba toas las clases en el cole pa’ irme de farra con los coleguillas que, como este menda, andábamos a la que se caía”.

Lo que narró el espíritu, escuchado en una cinta grabada, que la Policía encontró al rastrear el lugar del crimen 


“¿Qué? ¿Qué me sucede? No entiendo. Si me estoy desplomando. El suelo, qué alguien me aparte ese suelo, pero qué mierda es ésta, qué me está ocurriendo, por qué, por qué… por qué a mí, “Ministra, tú lo has querido”, joder, cómo que yo lo he querido, y ese aliento, qué fetidez, es un asco, no lo soporto, no puedo más, me vengo abajo, esto es un desastre, qué pasa, dónde está mi espalda, y ese agujero, qué duro está… el suelo… ay, mi espalda, no soporto ese agujero… corre sangre, sangre, horror, si estoy chorreando. Y ese suelo, cada vez más cerca…, qué alguien me lo aparte, mierda, no me oís, o es que estáis sordos... qué alguien me ayude, joder, ese suelo, la pasarela, me estoy mareando, no entiendo nada, qué alguien me ayude, acaso no me vais a ayudar, soy la ministra, y el resto no sois más que vasallos… asquerosos, “te vamos a mandar para el otro barrio”, qué voz es esa, quién eres tú, de dónde sales, se me nubla la vista. No entiendo… qué asco…"  

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Salamanca de cielo azul y luz dorada

Como si se tratara de un ritual, viajo a Salamanca en esta época de septiembre, con el regusto aún del verano y el horizonte luminoso, tal vez en busca de alguna quintaesencia que me haga vibrar (danzar), quizá simplemente para recrearme en otros tiempos, que, como las oscuras golondrinas de Bécquer, ya no volverán (sobre todo aquellas que aprendieron nuestros nombres) porque todo pasa, todo transcurre a la velocidad del rayo, el rayo que no cesa, el rayo verde que taladra la retina de mi memoria, de mi memoria afectiva. 
Ciudad-Tormes

El tiempo, ay, que no nos da tregua. Y camina, enroscado, por los acantilados de la vida/muerte. 
Me encanta la luz (he de confesarlo cual buen feligrés), la luminosidad, que es vida, fuente de energía. Y me entusiasman esos cielos despejados, azulísimos, que uno quisiera tocar, acariciar, como un pintor paladea sus cuadros con la paleta de sus colores.
Salamanca es cielo y luz, al menos en verano. Cielo azul y luz dorada, como las piedras de sus edificios. 
Salamanca es carne y alma, un mapa afectivo al que vuelvo una y otra vez, acaso con la esperanza de re-encontrarme con el estudiante que allí fui, porque en verdad uno nunca ha dejado de ser estudiante. Al decir esto, es inevitable que me asalte Espronceda, quien fuera amigo y valedor del escritor berciano Gil y Carrasco, con sus versos: 
"En Salamanca famoso/ por su vida y buen talante, / al atrevido estudiante/ le señalan entre mil;/ fuero le da su osadía,/ le disculpa su riqueza,/ su generosa nobleza,/ su hermosura varonil".
Salamanca me acogió en mi época estudiantil (ya en mi última etapa, o por mejor decir, en mi época post-licenciatura). Y la disfruté mucho. 
Allí conocí y entablé buena amistad con alguna gente, entre otros con Agustín de Burgos y Abel Brieva, con quienes he seguido, incluso en la distancia, manteniendo algún contacto. 
Esculturas de Venancio Blanco
Agustín vive ahora en su tierra oropesana de Toledo. Y Abel anda por Leiden, en Holanda, después de haber vivido en Alemania, en Newcastle (creo recordar) y aun en la localidad galesa de Aberystwyth, que tuve la ocasión de visitar en el año de 2002. Un sitio estupendo para perderse durante unas semanas en verano, que es para uno la estación más lírica del año, allí y acá. 
Como lo es en Salamanca, donde a principios de este mes celebran sus fiestas y ferias, taurinos y charras que son ellos y ellas. Un motivo, como cualquier otro, para acercarse a esta ciudad, por la que siento tanto afecto. 
En esta ocasión los conciertos, que sí estuvieron bien en la plaza mayor (una belleza apetitosa y hasta comestible), no fueron lo más importante del viaje, sino quedar con uno de los grandes poetas de la ciudad. 

...Sé que el amor y la saliva
son una misma cosa entre
los colmillos filosos.
Sé que la lengua y los insectos
usan yesca aun en verano...
 (Vicente Rodríguez Manchado, 'Bajo otra luz, la última')


Hablo, cómo no, de Vicente Rodríguez Manchado, con quien había entablado algún contacto a través de las redes hace tiempo. Pero que, en un inicio, no estaba previsto que fuera a ver. Me alegra, en todo caso, que hayamos coincidido, que nos hayamos visto, que hayamos, creo también, congeniado. 
Casino de Salamanca
Vicente ejerció sin duda como un excelente cicerone y me re-descubrió la ciudad, al menos una parte de la ciudad, adentrándome en lugares como el casino (maravilloso espacio) o bien en el jardín y el museo dedicado al gran artista Venancio Blanco, a quien Vicente tuvo la ocasión de saludar en el casino. 
Agradezco a Vicente su hospitalidad, su cercanía, su verbo, tan lleno de sabiduría, de poesía, porque él es un poeta con mayúsculas, un poeta que lo sería, siempre, incluso aunque no publicara, lo que no es su caso, porque no sólo ha escrito y escribe bien sino que ha sido premiado y publicado. 
De la mano de Vicente (habida cuenta de que daba un recital en uno de los bares salmantinos, el Serendípity, para más señas) tuve la oportunidad de conocer a algunos amigos suyos como Mari Ángeles (rapsoda), Maribel (artista) y Fernando (catedrático de la Universidad de Salamanca y poeta). 
Vicente en recital
Las charlas con Vicente, al amor de unas cervezas o unos vinos (los pinchos que no falten), fueron instructivas y estimulantes. Me gustó sobre todo la terraza de El Quijote, un huerto epicúreo poblado por pajaritos en el que puede conversarse sin ruidos. Tuve la sensación de que ya nos hubiéramos conocido en otra época. 
Vicente tuvo el privilegio de conocer al maestro Torrente Ballester, pues el escritor gallego, afincado en Salamanca, llegó a darle clase en el Instituto Torres Villarroel, creo recordar, donde Vicente estudiara el Bachiller. 
Era, según él, un profesor atípico, asistemático (como no podía ser de otro modo) pero excelente. Lo que más le gustaba de su clase era cuando contaba anécdotas acerca, por ejemplo, de Valle-Inclán. 
Las anécdotas eran la esencia de sus clases. Por desgracia, a la mayoría de estudiantes no les interesaban, salvo a él y cuatro más. Con el paso de los años, llegó a tener cierto trato con Don Gonzalo, el autor de 'Los gozos y las sombras' y 'La saga/fuga de JB', que es puro realismo mágico, con ese territorio mítico de Castroforte del Baralla donde desaparece la reliquia del Cuerpo Santo. 
Recuerdo haber visto, una vez, a Torrente Ballester en el café Moderno de la ciudad a orillas del Tormes. El Moderno, donde trabajara de camarero durante una temporada el amigo Agustín, era un sitio estupendo para tomarse cafés-bombón. Y tomarse una cerveza en noches de blanco satén. Ahora que me da por repensarlo, los bares en Salamanca, que suelen estar hechos con esmero, son toda una institución. Y atraen mucho a los estudiantes de toda España y aun de otros puntos de la geografía internacional. 
Vicente es un enamorado de su ciudad, que conoce bien y en profundidad, aunque por momentos le gustaría irse a vivir a otro lugar, como la ciudad de León, que lo tiene seducido, porque esta ciudad, en su opinión, dispone de más espacios verdes que Salamanca. Y a Vicente le gusta el verdor, los espacios donde sentarse a escribir, como es el caso del jardín poblado de esculturas de Venancio Blanco, un lugar muy bello desde el que se tienen buenas vistas a la catedral.
Vicente, ahora que nos hemos conocido, estaremos en contacto. Además, tenemos amigos y amigas en común. Como tú mismo me dijeras. 
Qué bueno.