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lunes, 24 de septiembre de 2018

Ya no puedo más, por Paco Pacios

Impactante resulta este relato cuyo autor, a través de un narrador omnisciente, y también mediante las voces de los protagonistas de la historia, nos introduce en una sociedad desquiciada, donde la realidad no siempre es la que se nos muestra a primera vista

Manuel Cuenya



(Taller de composición de relatos de la Universidad de León)



Os dejo aquí este relato de nuestro alumno Paco Pacios. 
Enhorabuena Paco por tu relato atrevido, en verdad arriesgado.
Te esperamos en el próximo curso que esperamos dar comienzo en noviembre. 
Mi agradecimiento a La Nueva Crónica (en especial a su director, David Rubio, por publicar esta serie de relatos a lo largo del verano). Este se ha publicado el 9 de septiembre. 

En los próximos días iremos publicando en este blog el resto de relatos aparecidos en La Nueva Crónica. Mi gratitud también a mi alumnado. Salud. 

sábado, 22 de septiembre de 2018

Málaga, la cuna de Picasso

Viajé por primera vez -en realidad, única hasta ahora- a Málaga a finales del 2016 (un año que, a partir del 21 de abril, se me quedó atragantado a raíz del fallecimiento de mi padre). 

Viajé a Málaga (Malaqa o Malaq, una de las ciudades más antiguas de Europa) en mis vacaciones de Navidad. Para ser más preciso. Y me llevé una agradable sorpresa, al encontrarme con una ciudad atrayente y sensualmente arábiga (Andalucía entera nos muestra su lado árabe. Y eso me entusiasma, porque uno también lleva sangre árabe en sus venas. Casi seguro). 
Panorámica de la ciudad

La fenicia Málaga se alza moruna en su alcazaba (con su Generalife de estilo granadino) y exótica en su vegetación. Y por supuesto marina. 
A medida que uno crece descubre, con satisfacción, que aún siendo de montaña, de la sierra del Alto Bierzo (me nacieron en el útero de Gistredo, un uno de agosto del 67), me apasiona el mar. O mejor dicho, me hipnotiza el mar, acaso porque mi padre también viajó al Brasil en los cincuenta del pasado siglo enrolado en un barco durante casi un mes, que duró la travesía desde el puerto de Vigo (quizá por eso también me apasiona la ciudad donde surgieran grupos musicales como Siniestro Total o Golpes Bajos). 
Picasso

Entonces, los viajes eran auténticos. Y viajar en barco era toda una aventura. La primera vez que me asomé al mar era aún chiquito. Y no fue al mar gallego ni astur sino al vasco. Eso creo recordar. Porque allí vivían dos de mis hermanas, las mayores: Merce y Marisa. Suerte que tiene uno. "Suertudo", me decían en México durante mi estancia en el país azteca. Algo que me recuerda una amiga extraordinaria. A lo mejor es cierto, que soy un rapaz con suerte. Lo de rapaz lo digo con afán de quitarme años de encima, quede clarín clarete. Cómo me enrollo, madonna mía. 
Alcazaba

A lo que iba, que el mar es algo que me apasiona. No en vano, Holanda es, de lo que conozco, uno de mis países preferidos, tal vez porque está ganado al mar. Es puro mar. Y la verde y morada Málaga sabe a alga marina. 
Viajar es algo esencial -lo he llegado a decir por activa y por pasiva-. Y lo es porque de este modo se conocen los lugares. Por mucho que te cuenten, que te digan, que veas incluso a través de la televisión, del cine, incluso vía Internet, nada es comparable a viajar in situ, al meollo del cogollo, recorrer con tus sentidos, siempre abiertos, los sitios, asomarse a los acantilados de la hiperrealidad (me encanta el hiperrealismo de Antonio López). 
El Cenachero

Es entonces cuando sientes verdaderamente, cuando logras captar olores y aromas, incluso hedores. Y de paso puedes sumergirte en los fondos, también marinos, tocando realidad, tocando pelo, como dicen en el argot taurino (estupenda la plaza de toros malagueña, estampa que recuerdo haber visto en algún libro siendo un chavalín, que me quedó grabada en la retina de la memoria), al menos una suerte de realidad, escuchando el vaivén de las olas (que vienen y van, como en la canción de Serge Gainsbourg) y el acento peculiar de los malagueños (y las malagueñas), que siempre te alegran el oído. 
Andersen

No me imaginaba una ciudad con tanto encanto, sobre todo por su magnífico clima, que en diciembre se agradece. Y mucho. Para quien vive en las brumas del Bierzo aún más. No obstante, las noches decembrinas son algo frescas. Conviene abrigarse. 
En verdad, si he de ser sincero al cien por cien, Málaga me cautivó por ser la cuna del genio Picasso, aunque este colosal artista fuera un ciudadano universal, que viviera y desarrollara su infinita creatividad en otros lugares, como en A Coruña (sobre esto volveré) y por supuesto en Barcelona y París. También en Madrid. Como sabe muy bien la artista/fotógrafa Cecilia Orueta, que acaba de publicar un libro (ganas de ojearlo y leerlo, Cecilia) titulado Los paisajes españoles de Picasso. Con textos, entre otros, del gran Julio Llamazares, su compañero.  
Teatro romano, al fondo la Alcazaba

Al final, Málaga me devuelve, de un modo cuasi inevitable, al exotismo de A Coruña, pues ésta es también una ciudad llena de singularidad palmeral y de mar, exotismo en sus jardines como Méndez Núñez o el de San Carlos. Y mar que la rodea cual si fuera casi una isla, en realidad una península.  
En tiempos remotos, A Coruña estaba conformada por dos islas. Una ciudad que no sólo mira el mar, sino que es mar toda ella. Mar que nos lleva a otro mundo, el Nuevo Mundo. 
Coruña también podría ser una ciudad hispanoamericana, en el fondo lo es.
Puerto de Málaga
Como una prolongación natural de Buenos Aires, con el charco de por medio, claro está. 

Y Málaga despertó en mí este sentir. Norte y sur unidos por la magia de Picasso, que vivió en la capital gallega cuando era un niño. Llegó con diez años. Y estuvo allí desde 1891 hasta 1895. Un periodo de cuatro años, corto pero fructífero. Pues el creador de El Guernica (que viera por primera vez en el Casón del Buen Retiro de Madrid, siendo un adolescente) se formó en la Escuela de Artes y Oficios de esta ciudad gallega. 
Calle Larios
Quienes así lo deseen pueden visitar su casa-museo en A Coruña, que si mal no recuerdo se halla enfrente de la franquicia Prada A Tope. 

A Picasso se le antojaba que el faro-símbolo por excelencia de Coruña era la Torre de Caramelo (Torre de Hércules). Una chuche para comérsela. Porque la belleza será comestible o no será. Como dijera otro genio, en este caso Dalí. 
En Málaga también es posible visitar el museo casa natal de Picasso (monumento histórico artístico de interés nacional). Y una estatua suya, en la plaza de la Merced, donde se ubica asimismo su casa natal.  
Málaga, incluso sus restaurantes, llevan el sello estampado de su figura. 
Nazareno en calle Larios

Aparte de Picasso, me chocó encontrarme con una estatua de Hans Christian Andersen, sentado en un banco bajo una palmera, en la Alameda de la ciudad. El danés Andersen es el autor de cuentos tan famosos como La sirenita, emblema por lo demás de la bellísima ciudad de Copenhague (sobre la que podría hablar en otro momento, habida cuenta de que he podido visitarla en dos ocasiones. Me flipó, todo hay que decirlo, el barrio bohemio, alternativo, de Christianía). 
El viajero Andersen ("viajar es vivir", decía) relata, en su Viaje por España a mediados del siglo XIX, que se quedó prendado de la ciudad de Málaga, donde se sintió muy feliz, deslumbrado por su luz (la luz mediterránea es puritita inspiración artística), su mar y sus gentes, sobre todo las mujeres, que le parecieron bonitas -no era tonto el pibe, aunque a este intrépido viajero y contador de cuentos de hadas también le chiflaban al parecer los hombres-, "con llameantes ojos... agitando con gracia innata los relumbrantes abanicos de lentejuelas".
El Pimpi
Un topicazo tal vez, que en esa época no lo era tanto. O no lo era, en absoluto. Y menos para un danés que se asomaba a un país, mitad europeo, mitad africano. ¿Cómo sería Dinamarca en ese tiempo?
Otra escultura curiosa, que acapara la atención del visitante, es El Cenachero o vendedor callejero de pescado. El pescaíto frito como plato típico de la Costa del Sol, de Andalucía al completo. 
Y por supuesto me gustó visitar su Teatro romano y pasearme por sus calles, curiosa y ornamentada en Navidad, con sus estrellitas, la Marqués de Larios. Y hasta pudiera creerse que estábamos en Semana Santa, habida cuenta de algún tipo que se paseara por allí con la cruz al hombro como un nazareno. Y llamativo el museo Pompidou (cual si estuviéramos en París), un cubo multicolor con obras en su interior de Frida Khalo, Max Ernst, De Chirico, Marc Chagall o Miró. 
Pompidou en Málaga

Treparme al castillo de Gibralfaro (la fortaleza más inexpugnable de la Península Ibérica) fue una caminata saludable, estimulante. Y visitar la alcazaba -me encantan las kasbahs (Aït Ben Haddou me tiene literalmente enamorado)- fue toda una experiencia religiosa, mística, espiritual. También recomiendo subirse a la terraza del hotel Málaga Palacio, cuyas vistas son magníficas. En esencia, la espiritualidad brotó en la altura (o por la altura), con las encefalinas y endorfinas subidas a la azotea del firmamento, oteando el horizonte, quedándome mirando, en un estado de entontecida felicidad, el azul celeste, el azul de su bahía (la bahía del Pajariel, como diría Suárez-Roca, respecto a Ponferrada), la vegetación exuberante y naranjil. Y el color blanco que tiñe la ciudad.  
Panorámica desde Alcazaba

Agradezco a Olga (gran amiga de una de mis hermanas, Marisa) que, con su hospitalidad, me acercara más y mejor la ciudad. Y disfrutara con ella de un momento único e irrepetible, tomándonos algún cafecito (en la Taberna del Obispo) y aun algún finito en bodegas el Pimpi (personaje popular que se encargaba de ayudar a los pasajeros que llegaban al puerto de la ciudad), que cuenta con retratos de Picasso y Lorca. Por ejemplo. Pues por esta bodega, con una gran solera, han pasado personajes ilustres del arte, la política... entre otros, la Duquesa de Alba, la familia Picasso, Carmen Thyssen (en la ciudad también hay un museo con su nombre) o el actor y director de cine Antonio Banderas, que es originario de la capital.
"El Pimpi es la capilla Sixtina de Málaga", según el oriundo poeta, narrador y columnista Manuel Alcántara, a quien leía con entusiasmo hace años. Un excelente columnista, del que todos deberíamos aprender. ¿Qué será de él? Tendré que volver a Málaga para informarme. Olga, ¿estás dispuesta a hacer de cicerone. Y descubrirme lo que de judía tiene la ciudad de Málaga?
Esta entrada me dará pie para volver, en otro momento, sobre Coruña, Vigo, Barcelona, Madrid, Copenhague, París incluso, y hasta Buenos Aires, ciudades que he podido visitar (algunas en más de una ocasión). Y aun vivir en la capital del Reino y la capital francesa. 

viernes, 21 de septiembre de 2018

La añoranza como manantial creativo

La nostalgia, la morriña, la saudade, la añoranza (que podrían ser términos cuasi similares en su significado, aunque con matices) no me abandona, ni a sol ni a sombra. Es una constante en mi persona. Eso creo. Una constante que me nutre, que alimenta mis neuronas. Y me ayuda, paradójicamente, a sobrevivir, a soportar el absurdo de la vida, la farsa de la vida.  La vida es una farsa. ¿Lo sabéis, verdad? Pero es la única que tenemos. Por eso debemos aprovecharla, exprimirla acaso en el lagar de los aromáticos caldos. Qué buenos recuerdos, el lagar de Teresín, que era el abuelo de grandes cuates. Me está entrando, ay, también la vena existencialista, sartreana. Ese absurdo que tan bien plasmara Camus en El extranjero. O el propio estrábico Sartre en La náusea. Con la náusea siempre al hombro. 

Por cierto, que el TAC con contraste que me hicieran recientemente en el hospi (para mi asunto de linfocitosis, vaya palabrejo) no me produjo náuseas. Por fortuna. 
De modo excepcional un TAC (átate bien los machos) podría producir hasta un paro cardíaco. Joder, si es que vivimos de milagro. La vida es un milagro (un milagro gracias al azar cuántico). 
Panorámica de Noceda del Bierzo. Foto Cuenya
Sólo sentí un ligero mareo, que se prolongó durante unas horas. Disculpad que muestre mis debilidades. O mis miserias. Quizá esto debería ocultarlo. Que en esta sociedad/suciedad lo que se lleva es el guay del Paraguay. Y afanar lo que se puede. Trajeado y encorbatado, para lucir mejor. Incluso plagiando a troche y moche. Inventándose títulos académicos, másteres... y todas esas ridiculeces. ¿Acaso el CV no es un ridículum vitale, RV, o sea? Pues para el personal de a pie el CV (se me hace el water o váter closet del revés) no sirve más que limpiarse el sudor... de la frente. O lo que se tercie. Ya puestos a limpiar jugos y líquidos. Por más méritos que uno ponga en el mismo, el ridículum se queda en una cosa ridícula, inútil, ñaque. Pero bueno, hoy me permito esa licencia, estas licencias, que para eso uno es ya mayorcito. 
Qué maravilla ser jovencito, saludable, fortachón. A veces me da por soñar (despierto) que sigo siendo un joven con las ilusiones aún intactas, con todo el mundo por delante. Pero se trata sólo de un sueño. Una ilusión. Un espejismo. O una mera ingenuidad. 
Ahora sé -en realidad ya lo sabía- que no ha sido sólo la nostalgia post-vacacional la que se ha apoderado de mi ser, cual si se tratara de un Horla a lo Maupassant, sino la nostalgia del paso inexorable del tiempo (qué alguien lo detenga, por favor), el paso asesino del tiempo, que corre veloz, con velocidad supersónica, por los montes y los valles de mi mundo entorno. O algo tal que así. 

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
  contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
  tan callando;
  cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
  da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
  fue mejor.


(Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre)

Hoy precisamente he dado un paseo vespinero por algunas de las sendas que recorriera en mi infancia y juventud en Noceda del Bierzo. Y me ha erizado los huesitos de la nostalgia. De repente, quisiera regresar a aquel tiempo feliz, a aquella época dorada (que quizá no fuera tal, o sí, pero que recuerdo con mucho cariño, por entonces no me sentía huérfano, porque mi padre estaba en su plenitud. Por fortuna, mi madre aún vive. Y deseo que viva muchos años).
Fuente del Azufre (Noceda). Foto: Cuenya

Uno se siente impotente ante el tiempo, su paso despiadado. Imposible detenerlo. Ni adelantarlo ni atrasarlo. Salvo cuando nos imponen, desde las esferas europeas, adelantar o retrasar nuestros relojes artificiales. Qué esto sí que es un artificio. ¿También este año nos obligarán a retrasar el reloj en octubre? Qué lástima que se nos haya ido el verano. Me gustaría vivir siempre en verano, la estación sin duda más lírica y creativa del año. En vez de creativa diré constructiva, que queda más terrenal y auténtica. Y ahora se nos viene el otoño, con sus catarros y su halitosis griposa. Y esas neblinas descorazonadoras. Y ese día de muertitos y ánimas en pena (pero no adelantemos acontecimientos), que nos recuerda nuestra existencia mortal. Mortal y rosa, como quisiera Umbral, para transformar su inmenso dolor, por el fallecimiento de su hijo Pincho, en literatura en estado puro, en estado de gloria. El arte como un modo amable de encarar este mundo grosero. Sublimar el dolor, el sufrimiento en poética, en belleza. 
Me gusta el verano, ya lo había dicho. Se nota, ¿verdad? Y también me gusta la primavera, sobre todo en el bosque berciano. La explosión de vida. De colores. De aromas. De sonidos. Por su parte, me desanima el otoño. Aunque el otoño en el Bierzo tenga el color de las manzanas. La manzana de la gravitación universal. El impresionismo pictórico de lo bello. El color y el aroma de los pimientos asados en la chapa de la cocina.
Panorámica de Noceda, con el castro de Valdequiso en término medio a la derecha. Foto Cuenya
La textura de los tomates. Las castañas y las nueces como símbolos emblemáticos de la tierra. El recuerdo delicioso de la vendimia. Cuando en el Bierzo Alto, en concreto en el útero de Gistredo, vendimiábamos en La Solana y en la (H)idrera. Ya a comienzos de octubre. Pues en esta parte alta y serrana del Bierzo la uva tardaba en madurar. 

La nostalgia me lleva, de un modo inevitable, a recordar. A empaparme de recuerdos. Pero hoy no quiero lagrimear. Sólo sonreír, por seguir en la vida, por haber vivido tantas cosas buenas, también, por haber podido conocer a personas maravillosas. Te apareciste un buen día en la senda de la vida como un milagro. Para ti, que eres vida y sonrisa, sensibilidad y cariño. Por sentirme aún con ganas. Dispuesto a continuar el Camino. Hasta abrazar incluso al Apóstol Santiago. 
Apóstol Santiago. Foto: Cuenya
Al invierno prefiero no asomar el hocico aún. Ya llegará, antes de lo que deseemos, con sus nieves (hermosas en los picos, sí) y sus días faltos de luminosidad. Y sus frías/congeladas temperaturas. 
El tiempo, en este caso cíclico, nos preside y domina. Nos tiene literalmente agarrados. ¿Acaso siempre ha habido/hubo tiempo? ¿Y vida? Lo que me preocupa, cada día más, es la finitud, lo efímero que resulta un ser humano, en un universo inconcebible para ninguna mente humana, por muy científica que esta sea. ¿Un universo? ¿Varios? ¿Miles? ¿Millones? Qué importa. Si uno, ya pasado el ecuador -qué cursilón me ha quedado, qué Ecuador ni qué ocho cuartos-, se da cuenta de lo poco que es la vida (no dejo de pensar en Jorge Manrique y las coplas a la muerte de su padre). Uno, atravesada ya la raya de la cincuentena, se da cuenta (no quiero hacerme el menso ni el pelotudo, no más de lo habitual, al menos), que la vida se escurre, se nos va por los cauces que van a dar a la mar, que es la muerte, con su rostro cadavérico, guadaña en ristre. Los muertos que seremos. La muerte no perdona ni a ricos ni a pobres. Por fortuna para los pobres. Algún día puede que los ricos dejen de morirse. Y entonces será el circo máximo. ¿Os imagináis este escenario?  
Algún día la vida se nos irá y ya no volverá, ni si quiera como oscura golondrina su nido a colgar. Por cierto, en mi época infantil veía muchas golondrinas. Y muchos nidos de golondrinas. Ahora ya no. Hasta las golondrinas están desapareciendo de la faz de la tierra. O de mi tierra. 
Bécquer era un romántico, de rimas y leyendas, y uno también es un romántico. Y un nostálgico. Ya sé que no resulta del todo conveniente vivir en el pasado, porque el pasado pasado está, pasado es (perdón, por tanto pleonasmo), mientras que el futuro resulta incierto, y aun inexistente para quien no llega a él. El futuro, incluso el inmediato, se nos escurre también.
Hacia las cumbres de Gistredo. Foto Cuenya
Y el presente se esfuma. Quiero apresarlo, vivirlo con intensidad. Cómo lograrlo. Cómo conseguir vivirlo en plenitud. Cómo gestionar el tiempo, los costes del tiempo. 
Cómo gestionar las emociones. 
A determinada edad (ya estoy en ella) uno se da cuenta (no quiero hacerme el güey, no más de lo habitual), uno es consciente (con la consciencia que da la edad, o la vida, o lo que sea) de la brevedad de la vida, por más años que uno viva. Además, no se trata de vivir mucho, que siempre es poco, sino de vivir bien (qué es vivir bien), con calidad, con lucidez, en plena forma. ¿Vivir bien es vivir en paz, en armonía con tus semejantes? ¿Vivir bien es disfrutar a tope (eso diría Prada) de los placeres de la vida? ¿Y cuáles son los placeres? Cada cual a su bola. Vivir bien podría ser, al menos, vivir en forma, física y psíquica. Esto requeriría de todo un ensayo. 
En todo caso, de qué sirviría vivir postrado, ido, atontonado, fuera del mundo (aunque éste no sea ningún mundo de color rosa, antes al contrario, no hay dios por donde cogerlo).
Por ahora, seguiremos viviendo (eso deseamos) con la nostalgia como guía, como faro capaz de conducirnos en la niebla, en medio de un mar de espejismos. Qué continúe la vida mientras redoblamos el tambor de las ilusiones.