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martes, 19 de julio de 2016

La fragua literaria leonesa: Sergio Jorge

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La Fragua Literaria Leonesa

Sergio Jorge: "León es una ciudad activa, sobre todo en el ámbito cultural"

Manuel Cuenya | 19/07/2016 - 13:50h.

El periodista y narrador Sergio Jorge, autor de 'Mis amigas follan', tiene desde hace años un proyecto con otra persona que ahora parece una utopía, casi un sueño, pero a buen seguro lo conseguirá.

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Sergio Jorge
Autor del libro 'Mis amigas follan', Sergio Jorge es un periodista y narrador salmantino, afincado en León, ciudad que le parece activa, "muy activa, en todos los ámbitos, más de lo que la gente piensa", señala él, que se muestra crítico con las instituciones, las cuales nos hacen pensar que la sociedad leonesa está parada, pero realmente son ellas las que están paradas. "Que nos quieran transmitir que León está de moda o que un gran activo para promocionar la ciudad es el Santo Grial es un engaño y un drama para el presente y el futuro. La provincia en conjunto tiene demasiada riqueza como para considerarla como un spot de temporada", manifiesta contundente Sergio.
León es, en su opinión, una ciudad activa sobre todo en el ámbito cultural, "con decenas de propuestas en todas las artes. Pero son las iniciativas menos difundidas, las menos conocidas, las que más me interesan", precisa Sergio, convencido de que lo mejor sale de pequeños bares, de artistas poco o nada conocidos, "porque solo algunas instituciones como el Musac o la Universidad se salen de la agenda, esa que trae al Melendi de turno o que quiere hacer pensar que León pasa gélidos inviernos culturales", añade el periodista de La Nueva Crónica, reivindicativo con la importancia que tienen las editoriales independientes en una ciudad como León, entre ellas Eolas o Mr. Griffin, que están apostando por autores como Avelino Fierro, Gabriel Quindós o la joven Silvia Abad Montoliú, entre algunos otros, habida cuenta de que "los grandes autores leoneses llegan fácilmente a todos".
"Que nos quieran transmitir que León está de moda o que un gran activo para promocionar la ciudad es el Santo Grial es un engaño y un drama para el presente y el futuro. La provincia en conjunto tiene demasiada riqueza como para considerarla como un spot de temporada"
Cuenta Sergio que a menudo compara León con Salamanca, algo inevitable, "hay gente que piensa que para presumir, pero no, es para hacer crítica constructiva. También valdría en el caso contrario, obviamente", despeja cualquier duda este narrador, cuya ciudad natal es su referencia, en todo, no sólo en lo familiar, sino en las decenas de amistades que allí tiene, que hiciera en sus calles y en su bares. Famosos son los bares salmantinos por su marcha, por su fiesta. "Pero Salamanca también tiene cosas que detesto, como no puede ser de otra forma", matiza Sergio, quien se considera un obrero del periodismo, algo que no quiere olvidar, aunque también sea cierto que "a veces utilizamos ladrillos caravista. Pero sobre todo tenemos que trabajar con esos horrorosos bloques de hormigón, que también son necesarios en esto de contar la realidad". Otro asunto es la literatura, que, en su opinión, hace maravillas con esos ladrillos caravista para imaginar lo que no se ve. "Quizá lo más difícil es emplear bien esos ladrillos que tan bien lucen en las fachadas, crear literatura para hacer periodismo, como vemos todos los días en la contraportada de La Nueva Crónica con Fulgencio Fernández y Mauricio Peña", sintetiza este periodista y narrador salmantino-leonés, que comenzó escribiendo 'Mis amigas follan' (atrayente título, sin duda) como una broma, que luego fue amenaza para acabar siendo venganza. Ellas, sus amigas, le contaban sus cosas, "con esa sutileza sin prepotencia que las caracteriza (justo al contrario que solemos hacer los hombres)", según Sergio, y al final aparecen retratadas en un libro que muestra sus interioridades. "Lo que más buscaba era ponerme en sus mentes y escribir las historias desde su punto de vista, pero sobre todo lo que pretendía es que todos nos identificáramos con alguna historia. Hay que superar los traumas de una u otra forma".
Salamanca como espacio literario
Escribe la periodista y narradora Patricia Cazón, a propósito del libro de Sergio Jorge, que "lo primero, el título. Fantástico. De esos que te empujan a leer si eres joven. Lo segundo, el epílogo, firmado por David Rubio, uno de mis grandes amigos y una de las personas que mejor escriben del mundo. Lo tercero, el ambiente, porque el escenario de este libro de Sergio Jorge (que compila sus artículos en el blog del mismo nombre Mis amigas follan, relatos desde el rencor) es la Salamanca universitaria en la que yo pasé, quizá, cuatro de los mejores años de mi vida". Esa Salamanca universitaria que a tantos nos ha enhechizado.
La ópera prima de Sergio Jorge, disponible para Kindle y en formato digital, está conformada por cincuenta relatos escritos con humor, cuyo prólogo está firmado por Isabel Herrera, compañera de periódico del autor, que nos advierte de que las mujeres, a diferencia de los hombres, practican la discreción, "comes veinte y cuentas una (historia)". Isabel herrera es, en palabras de Sergio, un ejemplo perfecto para cualquier periodista que quiera dedicarse a esto. "Es una trabajadora insaciable, es más exigente consigo misma que con los demás, por lo que te transmite su compromiso y su afán por superarse y, sobre todo, mantiene siempre un criterio y un sentido común envidiable. Y sin alharacas, que los periodistas somos muy ególatras, pero a ella jamás la verás presumir de sus victorias periodísticas", agrega.
(Puedes seguir leyendo esta fragua en ileon.com)

Y ella se fue

Relato publicado en La Nueva Crónica el pasado domingo, cuyo título es Y ella se fue, correspondiente a mi alumna Noemí Brañas. 

La autora de este relato, a través de la voz de un hombre, nos introduce en un mundo de pesadilla, donde no es todo lo que parece.


 Noemí Brañas

Aquel  era un día  gris, plomizo y oscuro como una gruta cavernosa. Caían del cielo unas gotas en ‘caracoladas’, que eran frías como el hielo  y que impactaban con la fuerza de miles de puños furiosos. Yo caminaba mojado hacia casa, porque mi paraguas hacía rato que se había volteado en  un intento infructuoso por repeler el viento. Helado y calado hasta los huesos, me esforzaba por caminar con mis fuerzas menguadas en medio de aquel caos. Después de hacer aquel recorrido, abrí la puerta del portal, subí  las escaleras, y entré en mi hogar. Me quité  la ropa mojada y me puse inmediatamente  mi suave y calentito pijama, además de mis cómodas y acolchadas pantuflas, mientras tanto los rayos, que veía a través de la cristalera del salón, seguían cayendo sin control. En medio de aquel festival de truenos, la soledad me atenazaba y  multiplicaba por mil aquella  sensación de aislamiento.

Maribel, mi mujer, no estaba en casa, la había llamado por teléfono aquella tarde para decirle que llegaría pronto después del trabajo, pero no había dado señales de vida y me pareció bastante raro. Me recliné en el sofá y me cubrí con una manta hasta la nariz, mientras leía  unas líneas, cuando de repente se fue la luz.  Como pude me acerqué hasta el interruptor  y lo accioné, ¡pero nada! Desanimado,  volví  a mi sofá…
“¿Era ya por la mañana?”, me hice esta pregunta de forma muy vaga mientras me levantaba. Pero mi mujer aún no había llegado a casa y, por más que veces que la llamaba, mis desvelos eran inútiles. Ella tenía el teléfono móvil apagado y no recibía mis llamadas.
Me vestí rápidamente y con gran nerviosismo me dirigí a mi trabajo. Fue una mañana dura, con el  jefe taladrándome la sien durante toda la jornada. Aproveché mi momento de descanso en el trabajo para salir a tomar algo a un bar cercano, pero, en lugar de  coger  la calle de la izquierda, como lo hacía de modo habitual, elegí  el camino de la derecha sin saber por qué. Doblé  la esquina y  me topé, en la oscuridad, con un hombrecillo que, agazapado, pedía monedas. Lo esquivé sin apenas prestarle atención y, al hacerlo, tuve que rebasar la acera y salirme un poco hacia el arcén pues el paso era muy estrecho.  En aquel momento un coche, a toda velocidad, estuvo a punto de atropellarme, pero me salvé aunque sí acabé tropezándome con el mendigo, que  me  gritó lleno de cólera: “¡seguro que tu sombra está maldita, animal!”.  En ese momento, no fui consciente de que aquellas palabras serían una premonición de lo que iba a ocurrir, como si en realidad aquel pobre hombre fuera un profeta iluminado.
Me levanté rápidamente, me disculpé con mendigo  y entré en el primer bar que encontré y, cuando  todavía  no me había  tomado mi café, recibí una llamada de mi mujer diciéndome que me abandonaba  por un viejo ligue de juventud, y sin más explicaciones me aconsejó  que me buscase  algún sitio donde dormir, que en breve me llegarían los papeles del divorcio. “¿Cómo he llegado a este escenario? No lo entiendo”, me preguntaba. Me veía viviendo en un sucio agujero mientras ella se llevaba nuestro perro, nuestra casa y todo lo demás.
Intenté contactar de nuevo con mi mujer, le dejé mensajes en su contestador de móvil, visité su puesto de trabajo y pregunté por ella.  Pero alguien me dijo que aquella mañana no había ido a trabajar. Regresé a la que todavía consideraba ‘nuestra’ casa, esperando encontrarla, pero todos mis intentos fueron en balde,  así  que contraté los servicios de un detective privado, quien, después de un tiempo de investigación, me informó de que mi mujer se relacionaba con el jefe de una banda mafiosa, que era imposible dar con su auténtico paradero.
De la noche, intentaba conciliar el sueño sin conseguirlo. No lograba apartar la premonición de aquel viejo, quien me pidiera unas monedas en la calle, y me gritara “que mi sombra estaba maldita”. Las palabras de aquel chalado se habían instalado en mí cómo una invitación a la perdición. Y, mientras  sentía escalofríos, me preguntaba si  yo tendría algún demonio metido en el cuerpo, que me procurara tanta desgracia en tan poco tiempo. Desesperado,  empecé a frecuentar los garitos de mala muerte en los que  se movía la banda mafiosa, con la esperanza de encontrar y aclarar la situación con mi mujer Maribel.
Continué con mi investigación, caminé en su búsqueda por unas calles desiertas, sentí que algo iría mal aunque intentara quitarme aquel augurio de la cabeza, de repente algo o alguien me estaba esperando entre la oscuridad. Sentí aquella  presencia. Apreté el paso. Aquel barrio no parecía nada recomendable. Aquellas casas sin luz, viejas y oscuras, presagiaban alguna desgracia, “mi sombra maldita”, recordé. Hasta que un tipo se abalanzó sobre mí. En realidad, no era uno sino tres aguerridos hombres quienes me agarraron, me inmovilizaron y me empujaron hacia al fondo de una furgoneta.
Recibí una monumental paliza, sentí que me habían roto, al menos, un par de costillas, me faltaba el aire. Maniatado y con una venda en los ojos, la furgoneta comenzó a viajar a toda velocidad hasta que se detuvo. Entonces, me hicieron bajar y caminar  a empujones. Alguien me quitó la venda y me  habló. Una potente luz me daba directamente en los ojos, que me resultaba muy molesta. No lograba reconocer los rostros desdibujados  de mis secuestradores, sólo sentía que me zarandeaban y que alguien gritaba mi nombre con insistencia: “Antonio, Antonio”. Sentí el corazón en la garganta, las sienes palpitándome, hasta que por fin, confundido y aterrado, reconocí, entre brumas, el rostro familiar de mi mujer, lo que me hizo lanzar un grito de alegría, que a ella le asustó. “¿Pero qué te ocurre, Antonio? Acabo de llegar a casa y no paras de gritar”, me dijo. En ese preciso instante, me di cuenta de que una potente luz, que me llegaba desde una lámpara, que habíamos colocado junto al sofá, me estaba iluminando el rostro de pleno. Un libro, con las hojas desparramadas, estaba tirado sobre la alfombra del salón. Entonces, recordé que había llegado a casa empapado a resultas de la tromba caída durante aquel día.


lunes, 18 de julio de 2016

Higuera

El pasado sábado, en La Nueva Crónica, este relato de mi alumna Marina Gay Ylla. 

Bajo la inspiración del maestro mexicano Rulfo, Marina Gay compone este relato, reinventando Comala o Luvina, que en este caso aparece con el nombre de Higuera, un espacio donde no hay nombres ni fechas y donde el aire produce quemazón en las arterias de los hombres que lo habitan.



Marina Gay Ylla

Allí, en Higuera donde todos los hombres, son mecidos por aquel, para llegar al punto medio del miedo. En Higuera, no hay nombres, ni fechas. Allí sólo hay rostros quemados, voluntades truncadas.  En Higuera, asusta la quietud y el movimiento, que de retorno obligado, te devuelve al mismo sitio.
          El camino hacia allí se hace árido, vírico como la ola de hiel que te atraviesa el pecho y se adueña de tu alma, de tu ser, de tu libertad. Cada paso, ancla bolas plomizas a tus pestañas y de tus uñas caen los restos dejando rastro de gotas negras, acaso de sangre, quizá no sea así, pues se disuelven en el aire como si jamás hubiesen existido; en el aire caliente.  Ese aire que produce quemazón en las arterias  y las retuerce como si quisiera escurrirlas hasta dejarlas secas.  Ese viento huracanado, cargado de lentitud y pausa exasperante,  que al  llegar apenas cesa en las cavidades de tu cuerpo, cuando comienza de nuevo el vendaval. Ese aire que te exprime, y con tal de no dejarte, no te deja ni llorar.
Aquel rostro que hablaba bebió un trago de aire y se hizo esperar:
Quizá quiera un trago de esto, o de aquello. Lo mismo da, ya es igual. Hacia donde se dirige no podrá hablar, no lo necesitará  pues no hallará ningún efecto. Quizá le esté asustando. Le diré cómo llegar. No habrá complicación en el trayecto, a Higuera se llega a través de una cuesta, y no tema pérdidas, el viento le empuja, el camino es solo de ida. Pues quien vuelve es papel mojado sobre el que resbala toda tinta. 
Se oía entonces un viento ulular a lo lejos,  una nana lejana con la que solo los adultos y algunos niños desgraciados duermen. Apretó los párpados como si quisiese tapar sus orejas. En lugar de eso, su labios se separaron:
Este es el viento que come el carmín, y deja los labios secos, arrugados. Y también la piel, dejando el músculo desnudo, raso. Es el viento que llamándote te atrae, es seco y pálido. No encontrará otra clase aquí, es el único que hay, lo único que hay.  Cuando camine, irá escuchando como entra, cual polizón en su mente y deseca sus ideas, sus ideales. 
               El olor a carbón seco, en Higuera, donde jamás ha habido mina ni comercio con él, se irá cobrando cada zancada, colándose por sus  ojos, por su respirar  y como si de una infección se tratase se extenderá como oleaje de sus manos a sus pies, necrosando  la verdad que haya creído poseer. Y echando a un mar de polvo los planes de futuro que pueda tener.

                En Higuera la mayor asfixia es no morir de esta. Es no doblegar la voluntad del viento que pelea con fuerza, rasgando las ropas, azotando el pecho. Inclinando tu cabeza hasta llegar a los pies para no salir jamás de ese círculo en el que el cielo cae y la tierra arde, como una bomba incendiaria del impacto.  Y cada noche se repite el mismo proceso  y cada día el viento arrecia y no trae consigo ni el rumor a salitre ni el sonido del mar.  Viaja solo, llega a Higuera y de allí nunca sale como un incomprendido galardonado con una camisa de fuerza,  que corre de un vértice a otro en la habitación de un psiquiátrico. No,  en Higuera no hay bocado. Sé que se lo estará preguntando. El viento repite y su reflujo es amargo, cargado de la nada que te devora por dentro.  En Higuera no hay...
Aquel hombre levantó  el brazo y lanzó  una piedra tan alto que se perdió en la distancia. Se oye un  quejido y un buitre cae muerto, presa de su propia cacería.
En Higuera no hay de estos, nadie puede devorarte tanto como para liberarte de la agonía. Es indigesta incluso para carroñeros. Por eso no se ve el vuelo del ave, ni se oye el aullido del lobo. Sólo se ve el vasto llano, plagado de una bruma sudorosa que corta hasta el aliento.
           Cuando llegué arriba, solo como me encontraba, en  la noche solo se encontraban sombras aun más negras que la propia oscuridad. Aquello me hizo recordar y me arrastre con el viento de cara. Pues dicen que a la cima, a Higuera se sube de rodillas, pero aquello no es verdad. De rodillas hallas a quién ha regresado a la puerta y con quien hablas antes de entrar. 
           Yo estuve allí y volví como me ves. Sin voluntad ni ambición. Puedo sentir el peso de los años que no he visto en mi espalda.  Y sin embargo no puedo moverme. Sigo esperando en la puerta  a quien debió venir conmigo, pues yo llegué muy pronto. Y advierto a quien viene por propia voluntad, que los ruidos, ese "clac, clac" que oye allá arriba, en la colina, no son cascos de caballos sino golpes del viento que cayendo sobre los huesos, los astilla, haciéndolos cenizas. Por ello, si continúa, no eche la vista atrás, no retroceda. Pues el viento le dará de cara, y resquebrajará sus rodillas, dejándolas inmóviles, secas.
Quien esto estaba escuchando, sacó su reloj de bolsillo de la chaqueta, lo miró y se dijo: “El tiempo apremia... Es el viento, que te empuja, camina hacia Higuera, donde los relojes se detienen y las esperas son eternas. El aire te reclama, abanico de hojas muertas”.