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miércoles, 27 de abril de 2016

Mil madreñas rojas

VIAJES

'Mil madreñas rojas' 

Manuel Cuenya | 21/04/2016 - 18:12h.

http://www.ileon.com/cultura/061752/mil-madrenas-rojas 

(Recupero este texto sobre mi reciente viaje a Marruecos por la ruta de las mil kasbahs, instantes de felicidad que, transcurridos unos días, se trocarían en puro dolor a resultas del fallecimiento, siempre inesperado e sobrecogedor, de mi padre. Ese mismo día, 21 de abril, justo después de impartir mis clases en León, recibía el terrible golpe. "Estaba leyéndolo cuando me enteré de la pérdida. Sentí paz. Parecía que preparaste el escenario para él. Como si él ya te protegiera desde el cielo. Abrazándote con la mirada", me ha escrito una persona. Conmovedor).



'Mil kasbahs' como mil madreñas rojas o mil madreñas rojas como mil y una noches sensuales por el sureste marroquí. Partiendo del ksar (casar en castellano) de Aït Ben Haddou, donde se han rodado, ente otras muchas películas, 'Gladiator' de Ridley Scott, haciendo escala en la kasbah Taourirt, ubicada en la ciudad cinematográfica de Ouarzazate, para proseguir rumbo a los valles del Dades y del Todra.
Una ensoñación azul comestible, un viaje para el recuerdo, que me ha dejado un sabor exquisito, como un 'tajine' de poulet au citron. El aroma humeante de los afectos, los sonidos hipnóticos de una velada al amor de los timbales, en compañía de unos bereberes, como el bueno de Rachid, entre otros, que se me antojan cercanos, gente entrañable con la que uno acaba compartiendo memoria, esa memoria afectiva, que es lo único que merece la pena en este mundo.

Recuerdo que fue Antonio Robles, el propietario de Mil madreñas rojas en la población berciana de Salientes y sobrino nieto del que recibiera una mención especial en el Premio Nacional de Literatura de 1932, Antoniorrobles, quien me hablara de la 'kasbah Itran' en el valle de las rosas, una zona de Marruecos donde abundan las alcazabas y donde crecen las rosas primaverales, una tierra que tiene ciertas similitudes con el cañón del Colorado, entre otros lugares de la Tierra. Y es que cuando viajamos por el mundo adelante acabamos redescubriendo que, en esencia, nos encontramos con paisajes familiares, aunque estos estén teñidos con otros colores, paisajes, en todo caso, que a uno lo devuelven a su útero, a su matria, porque tengo la impresión de que Salientes y el valle de las rosas estuvieran religados. O ese es al menos mi deseo.

Gargantas del Todra.
Es probable que uno viaje para acabar encontrándose consigo mismo, o para darse cuenta de que, en el fondo, los seres humanos, aquí y allá, no somos tan diferentes como a primera vista pudiera parecer, antes al contrario, nos unen los mismos sentimientos, idénticas emociones, por eso me produce una inmensa tristeza cuando me topo con gente que se aferra a la xenofobia, el clasismo, el miedo al otro, a lo que entiende como diferente. Por eso me entusiasma viajar, viajar a ser posible con los cinco sentidos, de modo que me ayude a confrontarme con la propia realidad y por ende con otras suertes de realidades, de vivencias.
En mi reciente viaje por el vecino país marroquí, "mi segunda casa", como me dijera el amigo Enrique, he experimentado una sensación que me ha ayudado a conocerme más y mejor. Eso creo.
Me ha permitido reflexionar acerca de lo humano, incluso de lo divino (esos dioses y diosas que inventamos para hacer acaso más llevadera esta vida mortal y rosa) y me ha procurado emociones intensas. Desde la kasbah mirador Itran, enclavada en Kelaa M'Gouna, me dejo arrullar por el silencio nocturno, sólo interrumpido por el croar de las ranas, y la protección de un cielo estrellado como sólo he llegado a percibir en las estivales noches en Noceda del Bierzo. La temperatura ambiental es excelente. La temperatura afectiva me estremece. Por fortuna, este viaje continúa no sólo por la llamada ruta de las mil kasbahs sino por las espectaculares gargantas del Dades y del Todra para finalizar en el mar de dunas de Merzouga, donde contemplo, hipnotizado, un firmamento que me abraza con su mirada.

Merzouga, en pleno desierto.

Kasbah Kela M'Gouna.








 

martes, 26 de abril de 2016

La fragua literaria leonesa: Ruth Miguel Franco

La Fragua Literaria Leonesa

Ruth Miguel Franco: "Todo marca, pero nada es definitivo"

Manuel Cuenya | 26/04/2016 - 11:18h.

La profesora, investigadora y poeta Ruth Miguel Franco, autora de 'La muerte y los hermanos', está ahora preparando varias ediciones críticas de textos latinos, además de trabajar en un corpus de textos documentales de diversas procedencias. Asimismo, tiene un libro de poemas o, más bien, una mórula de libro de poemas.



Ruth Miguel Franco

EL globo que me ataste a la muñeca
padre, voló hasta el cielo
me quedó la conciencia del peso de mi mano
de leyes más fuertes que los nudos
como un dolor de huidas ajenas.
Y los otros niños miraron sus globos
aliviados y los otros padres
miraron a sus hijos. Nada les pesaba.
Tú y yo, padre, las manos vacías,
miramos al cielo.
('Domingo 2 (paseo)', 'La muerte y los hermanos', Ruth Miguel Franco)

Doctora en Filología Latina y Licenciada en Filología Clásica y Filología Románica por la Universidad de Salamanca, Ruth Miguel Franco es una poeta leonesa, que en la actualidad imparte clases en la Universidad de las Islas Baleares, donde desarrolla toda su labor investigadora y docente. Ha publicado diversos artículos en revistas como 'La sombra del Membrillo', 'Cuadernos de Valverde', 'Letralia' o 'Los Noveles'. Y ha sido incluida en diversas antologías, entre otras: 'Cuento y poesía juveniles: León 1979-1996 (Madrid, Cátedra, 1997), 'Voces nuevas (XXIII Selección) (Madrid, Torremozas, 2010) o 'La voz + joven' (Caja Madrid, 2010). También ha traducido poemas y ensayos y ha editado diversos textos y documentos de carácter filológico, que sin duda son importantes para los especialistas de la lengua y la literatura. "Considero importante todo lo que sea sacar a la luz información nueva y ponerla a disposición de otros estudiosos. Es la labor base del filólogo, pero a la vez la menos vistosa: buscar, transcribir, editar", señala Ruth, quien recibiera un accésit del prestigioso Premio Adonáis en el 2011 por su poemario 'La muerte y los hermanos' (Rialp, 2012), lo que le sirvió para darse a conocer como poeta, porque, en su opinión, no cree que le hubiese resultado tan fácil publicar un poemario sin haber ganado este accésit. "Y, aunque hubiese llegado a publicarlo, nunca habría tenido la difusión que este tuvo", matiza Ruth, a quien le gusta leer y escribir, "con y sin premios. Pero con premios es mejor, naturalmente", apostilla ella, que entiende la poesía, al menos la suya, como algo suave y acogedor. Y en lo referente a su poemario recuerda que se esforzó en su estructura y ritmo global, "el camino hacia la comodidad en la expresión", dando lugar a un libro revelador y sugerente, original en su composición.

QUÉ rápida es la muerte si es pequeño
el cuerpo que se lleva.
Qué rápida es la vida.
Sin ti
no hay nada que me aparte del peso y de la ausencia
no hay nada que me una
al peso y al recuerdo. Sin ti todo es ligero.
Tu cadáver era diminuto.
Cabía entre los brazos de cualquiera.
Qué rápida y pequeña fue tu muerte.
El cuerpo que tomó
lo que nos deja.
('La muerte y los hermanos', Ruth Miguel Franco)

Poesía versus investigación

"Creo que es más fácil escribir cuando pasas semanas sin establecer contacto visual con nadie. La soledad, el aburrimiento y la falta de público (y, con ella, la falta de vergüenza) ayudan a escribir"

Aunque cree que su condición y labor como filóloga le ha impulsado a leer libros que de otro modo no habría leído, y por supuesto que le ha influido en su capacidad de trabajo y concentración, en general está convencida de que su faceta como investigadora y como poeta son formas de pensar opuestas, "la investigación y la poesía requieren dos cerebros desconectados", aclara ella, consciente de que el poeta funcionario es un mito, "a no ser que se trate de un funcionario decimonónico, con manguitos y visera, copiando a mano extensos libros de cuentas", precisa con humor. "El tiempo y la energía que se dedica a la docencia y a la investigación normalmente se roba a otros menesteres", resume esta investigadora, profesora y poeta, que también llegó a impartir clases en Italia durante su estancia en ese país, lo que, según ella, le resultó muy terapéutico para su pluma, a resultas del extrañamiento de la lengua, la falta del más elemental contacto humano y sus experiencias estéticas. "Cuando sabes que te vas a ir, pierdes la vergüenza. Haces lo que te da la gana. No estoy hablando de libertad, sino de sacar los pies de las alforjas. Creo que es más fácil escribir cuando pasas semanas sin establecer contacto visual con nadie. La soledad, el aburrimiento y la falta de público (y, con ella, la falta de vergüenza) ayudan a escribir", especifica Ruth, que ha estado y vivido en muchos lugares, siempre de uno lado para otro, salvo en estos momentos: la primera vez que vive más de dos años seguidos en la misma ciudad, lejos de su tierra leonesa, desde donde la ve pequeñita, porque "las cosas desde la distancia se ven pequeñitas", aunque diga que no es mucho de sentir. "Sí es cierto que me identifico más con las blasfemias y los dichos leoneses. Además, he vivido y vivo cada día grandes choques culturales en el Mediterráneo. Tampoco es que el carácter leonés sea precisamente llevadero, pero lo de uno siempre es mejor", señala esta poeta, cuya familia es leonesa al completo, "no hay nadie de fuera desde que se conserva memoria de los apellidos, exceptuando, quizá algún hijo de maestros nacido en Asturias o Valladolid por casualidad".

sábado, 23 de abril de 2016

Me enseñaste a volar



Ahora ya es tarde para decir lo que sentía por ti, ahora ya es tarde para decirte lo mucho que te quería tu hijo, porque te has ido, así de repente, como nunca nadie hubiera sospechado, al menos quienes te conocíamos. Mis hermanas, tus hijas, te adoraban y tú lo sabías, pero eso no fue suficiente para mantenerte, al menos un tiempo más con nosotros, porque tú nos lo diste todo, tú diste todo por tu familia (el hombre más trabajador y afectuoso), también mi madre, tu mujer (a quien adorabas, lo sé bien) estaba ahí, te cuidaba (“a limpia y buena cocinera no hay quien la gane”, eso acostumbrabas a decirle, a decirme), pero algo se te pasó por la cabeza (qué se te pasaría), te dio un mal aire, y decidiste que la vida, que tu vida ya no merecía la pena ser vivida, qué terrible, ahora nos queda y nos quedará un vacío y una tristeza inmensa, que revientan como una granada en nuestro cerebro, incluso el remordimiento de no haber podido hacer nada más por ti, por evitar lo tal vez inevitable, por quitarte de encima las malas tentaciones, de cuidarte y mimarte aún más y mejor. Quizá nunca sea suficiente el amor y el cariño que un hijo le da a su padre. Tú lo diste todo y más. A lo mejor deberíamos habértelo dicho cada día, cada minuto, para que supieras lo especial que eras para nosotros. Aunque creo, sinceramente, que sí lo sabías. “Donde está mamá”, me preguntabas con ternura cada vez que ella se ausentaba, aunque sólo fuera un momento. Mi madre para ti era sagrada. Le tenías devoción. Ahora ella te extrañará mucho, te echaremos en falta, no sólo la familia, sino los vecinos. Ha habido un corte. A partir de ahora ya nada será igual.
La vida es una puta ironía (y ahí es donde me revienta el cerebro) porque tuviste accidentes jodidos, trallazos varios, de los cuales te salvaste, en alguna ocasión por los pelos, y ahora, que ibas tirando (dentro de los desgastes y achaques propios de la edad avanzada, este año cumplirías 88, y lo festejaríamos por todo lo alto, al igual que la boda de tu nieta Vanina, como tú le decías), elegiste la más cruel y dañina de las muertes. Joder, en qué estarías cavilando, qué se te pasó en esos momentos por la cabeza. Creías que quitándote de en medio sería más fácil, pues no, nos hemos quedado rotos, sin aliento, se nos ha helado la sangre, sobre a todo a Cini y a Mari, tus hijas del alma, que te encontraron allí. Qué bestial. Como para quedarse tiesas ellas también del susto.  Dejaste tu reloj de pulsera y tu navajina querida en la cocina. Objetos que conservaré, conservaremos, te lo prometo, como oro en paño. Ese será nuestro oro afectivo. Ese y tantos buenos recuerdos que pervivirán para siempre en nosotros. A mamá le preguntaste varias veces a qué hora iría a su gimnasia. Al parecer, habías hecho una planificación. Hostias benditas.  
Cierto es que la muerte se me antoja siempre mierda pero no te merecías esta muerte, de ningún modo, tú no te la merecías, y ahí es donde me siento impotente, descorazonado, falto de fuerza.
Al menos pude darte un beso de despedida el miércoles, antes de emprender rumbo hacia Albares, ese fue mi último contacto contigo, pero eso no me sirve de consuelo, ni me servirá, nada me consuela ante tamaña pérdida, tu pérdida irreparable. Me siento desgarrado, herido. Mi alma sangra, mi ser se estremece. No logro entender este absurdo en el que por instantes se convierte la vida,  una vida que se tiñe de muerte, una muerte salvaje, atroz, que cercena mis entrañas.
Hay días que mejor sería arrancarlos del calendario. Y este es un día para hacer desaparecer de la faz de la tierra. Este tiempo me está atormentando. Y no me permite descansar. Es un tiempo que se me enrosca al cuello, ahogando mi respiración. Me gustaría creer que es tan sólo una pesadilla, de la que acabaré despertando. Me gustaría creer que este mal sueño llegará a su fin cuando amanezca. Pero me temo que esto no será así, sino que la angustia, el desconcierto, continuarán. Y seguirán haciendo mella. Me gustaría creer en otra vida, más allá de la muerte, pero no le encuentro sentido a otra vida, ni siquiera a ésta. No creo en dioses, tampoco creo en la salvación eterna, ni siquiera en ninguna salvación, y eso me trastoca aún más, porque la vida es finita, y tu vida ha llegado a su fin. Y eso me resulta cuasi imposible de asimilar, digerir. Ahora estoy sufriendo el primer tragantón, pero sé que no será el único, por desgracia, porque esto no se alivia ni se aliviará por más años que transcurran. Hoy sí siento que el mundo tiembla, que mis ojos, abatidos y vidriosos, miran la realidad de otro modo. Lloro por dentro, lloro por fuera, siento mis lágrimas correr como ríos que van a parar a la mar, que es el morir, hoy me muero un poco (o un mucho) yo también, hoy me siento muerto, como tú, que sentías devoción por tu único hijo varón.  No tiene ningún sentido que hayas decidido poner fin a tu vida así. No lo tiene. Por más y más vueltas que le doy a todo esto.
A menudo uno se preocupa por memeces, cosas a las que les damos una importancia excesiva, pero, ay, cuando ocurre algo que es de verdad terrible (también incomprensible), porque es entonces cuando uno toca fondo. Y yo tengo la impresión de haber tocado el fondo.  
No quiero derrumbarme, caer en el precipicio, pero este es un golpe durísimo, que no logro encajar, esta es una cornada brutal en todo el ADN de mi alma. Sólo lo sabe el que lo sufre en sus carnes.
A partir de ahora, lo sé, ya nada será como antes. Ya nada será igual. La vida continúa, se dice, sí, como una cantinela a la que tampoco encuentro sentido. La vida continuará, pero la tuya se paró. Se detuvo para siempre jamás. Y eso no puedo ni podemos remediarlo. Ya no podemos. Y es ahí donde nos damos de cabezazos contra muros construidos a prueba de bombas. Nunca uno está del todo preparado, por más que lo intente, para afrontar la pérdida de un ser querido, y en este caso aún menos, porque se trata de la pérdida de una figura entrañable (sobre todo cuando hablo de alguien como tú, un padre ejemplar, modélico, entregado en cuerpo y alma a tu familia).
Tú, con tus sabios consejos, con tu tesón, me enseñaste a caminar por el mundo, me mostraste el mapamundi de los afectos y las ensoñaciones. Me enseñaste a volar. Y ahora siento que me faltan alas. Algún día puede que vuelva a volar pero por ahora no puedo. Mi alma sangra. Mi ser se estremece. Me siento muerto como tú, papá.