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domingo, 20 de enero de 2019

País de las mil y una kasbahs

País de las mil y una kasbahs, como las mil y una noches al calor del fuego sagrado de una lengua que nos hermana con nuestras alcazabas en un vinculo estrecho y familiar, país del adobe y los palmerales. Espacio donde lo tribal se vuelve real y tangible. Sensorialidad por todos los poros de su alma.
País de las mil y una kasbahs y aldeas bereberes que nos invitaran a soñar despiertos con un cielo poblado de estrellas iluminando la senda de la vida. 
Las aldeas bereberes brotan de la tierra como palmeras en un oasis de sueño y fantasía. Las aldeas bereberes, construidas con adobe, son como camaleones que se mimetizaran con su propia tierra. Y el tiempo parece haberse detenido en un espacio vestido con el color de la carne.
Ouarzazate, la llamada puerta del desierto -aunque el Sáhara de dunas aún quede a algunas horas de viaje-, es el punto de partida asimismo hacia la ruta de las mil kasbahs, comenzando por la alcazaba Taourirt, construida también en adobe, con torres almenadas, como un castillo ensoñado de infancia y un hermoso escenario de cine, al igual que lo son los Atlas Studios, a las afueras de la ciudad de Ouarzazate (un lugar perfecto para relajarse, para descansar). 
En este templo de la cinematografía universal aún pueden visitarse decorados de Gladiador, Kundun o Cleopatra, entre otros muchos. Merece la pena darse un recorrido por estos Studios (la Cinecittà marroquí). 
Un baño de luz y azul comestible me introducen de lleno, por la puerta de los sueños, en el mundo del cine. Enfrente de la Kasbah Taourirt también nos recibe el museo del cine. 
La belleza, como los tajines, será comestible o no será nada. Que esa luz radiante del sur marroquí nos siga nutriendo.

viernes, 18 de enero de 2019

Ait Ben Haddou, una kasbah de otro tiempo

Ait Ben Haddou, una kasbah, en realidad un Ksar (casar, término que existe en castellano, poblado de vocablos árabes) de otro tiempo en un espacio cinematográfico donde se han filmado escenas de películas archiconocidas como Gladiador, Lawrence de Arabia, Kundun o la serie Juego de tronos, entre otras muchas.
Así reza (pueblo cinematográfico) en un cartel que figura a la entrada de la kasbah (alcazaba). Y hasta algún guía podría explicártelo. En los últimos tiempos han proliferado los turistas en esta zona. Y eso acaba rompiendo la magia. Aun así merece la pena acercarse, darse un garbeo, recorrer el entorno con tranquilidad, pues ya sabemos -nos lo recuerda un dicho marroquí-, que "la prisa mata y hasta remata". Por eso en el llamado primer mundo estamos todos medio infartados. Con la presión arterial por las nubes. 
A pesar del turisteo andante (confieso que no me hacen gracia las manadas, los rebaños de gente, que caminan con sentido gregario por las veredas de la vida) vuelvo a reencontrarme con una suerte de templanza bajo un azul celeste, con el Atlas nevado al fondo (el Atlas es símbolo de universo), enraizado en la tierra arcillosa, que me devuelve a mi matria. Si bien este espacio también podría ejercer como matria/patria. 

Ait Ben Haddou, a pocos kilómetros de la ciudad de Ouarzazate (otro espacio de cine, como veremos en el siguiente texto), me entusiasma porque es un espacio de ensueño, como de cuento de las mil y una noches. Un lugar que engancha e invita a visitarlo una y mil veces. He tenido las ganas y/o la suerte de visitarlo en varias ocasiones. 
El contraste de colores me hace levitar. Me sitúa en un más allá, que paladeo como una sabrosa comida desde el más acá (aunque a uno le guste volar, levitar, como un derviche, también es conveniente pisar sobre suelo firme). Y esta es una tierra para quedarse contemplándola, acaso en busca de una felicidad inexistente. Aquí uno puede encontrar una suerte de espiritualidad, en el silencio, en el azul celeste, en el color arcilloso de la tierra, del adobe con que está construida esta fortaleza, en el verde esperanza de su vegetación, en el fluir de sus aguas, cuyo río, el oued Ounila, al menos en invierno, hace que uno tenga que cruzar un puentecito, o mejor dicho, algo que podría parecerse a un puente improvisado con sacos terreros, cual si estuviera paseando por la zona de Rocilleiros, por ejemplo, en mi útero gistredense, a su paso por la reguera, que en temporada de lluvias baja crecidita. 
Este, Ait Ben Haddou, es sin duda uno de mis sitios preferidos (Patrimonio de la Humanidad), como un santuario al que peregrinara en busca de ese sentido de la vida, que en ocasiones se resuelve en un sin sentido. A veces me da por pensar (ahora, que ya he regresado del viaje a Al Magrib) que podría vivir como un berebere. No se necesita en verdad mucho para sobrevivir. Nos han engañado metiéndonos en la testa, en nuestro mundo hipercapitalizado, mercantilista, que necesitamos cosas y más cosas, cuando lo que necesitamos, nomás, es un poco de comida (no mucha, que luego todo son colesteroles, incluso mentales, subidas de tensión arterial, obesidades...), serenidad, equilibro (mental y físico, que todo es uno) y el calor ambiental (a ser posible también afectivo, creo que esencial) que procura una tierra como esta, donde aún existe la hospitalidad (aunque los occidentales tengamos acaso una imagen distorsionada de esta parte del mundo). 
Situado en una colina, este ksar o kasbah goza de unas vistas espléndidas. De repente, es como si uno tocara el cielo con la punta de los dedos. Y aun el Atlas, que mira hacia el infinito, con su rostro de nieve (la memoria de la nieve). Y ese palmeral que nos sitúa, una vez más, en un territorio exótico, como de otro tiempo. 

jueves, 17 de enero de 2019

El Oriente, con sus aguinaldos

Pues sí, el Oriente, con sus aguinaldos navideños, me esperó y me acogió con hospitalidad, algo que agradezco enormemente.
Eso sí, me recibió con los brazos abiertos y de par en par, trepado como un rey mago en un dromedario en busca de la media luna y un sol bautismal, revelador. Aquel día me sentí grande, debo confesarlo cual buen feligrés. Como un niño grande, que disfrutara de sus juguetes, como cuando mis padres me los dejaban en el corredor de la casa paterna/materna, en el útero de Gistredo, donde aún se escuchan los aullidos de los lobos, sobrecogedor sonido, y los osos siguen campando por la serranía, en un espacio que se me antoja bucólico, acaso por memoria afectiva. 
De pequeño, como un rapacín que tuviera todo el futuro por delante, soñaba con los Magos de Oriente, que hasta veía venir por los pagos de Labaniego, con el carbón reluciente de lo idealizado. Entonces la vida era dulce y rosa como un turrón navideño. Ahora que lo pienso mejor: quizá el turrón no fuera rosa sino del color con que se incendian las dunas de Merzouga antes de ponerse el sol, ese desierto, ese Sáhara que me hipnotiza y me procura paz, serenidad, mientras, el mundo sigue girando en un viaje hacia las estrellas.

En aquella época de infancia (acaso la única matria/patria verdadera), la vida era eterna. Al igual que mis padres, que lo era toda mi familia así como mis seres queridos. Luego, con el transcurrir del tiempo, uno crece, se hace adulto. Y ya nada es igual. Aunque la vida siga siendo sagrada, única e irrepetible. Pero uno tiene el sentimiento, visto lo visto, que el mundo, aquí y allá, continúa siendo terrible. No sé a ciencia cierta si más o menos que hace siglos. Pero es cruel y bárbaro en muchas ocasiones. 
Desde Al Magrib, con sus cielos azules y despejados, la vida parece más luminosa pero no os lo creáis. Es sólo una ilusión. Ojalá pudiéramos vivir de ilusiones en un mundo mas amable y amoroso.