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martes, 29 de julio de 2014

La fragua literaria leonesa: Emma S. Varela


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La Fragua Literatia Leonesa

Emma S. Varela: "Me encanta León, su gente, su historia y sus leyendas"

Por Manuel Cuenya | 29/07/2014

La narradora y animadora Emma S. Varela, autora de 'Leonino, la leyenda del topo de la Catedral de León', está ahora con un proyecto igual de bonito que complicado: escribir e ilustrar su propio cuento.

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Emma S. Varela. Foto: Manuel Cuenya
Aunque nacida en Salamanca, bien pequeñita se trasladó (o mejor dicho la trasladaron) a León, donde vive Emma S. Varela, también conocida como Emma Ilusioneta en el mundo del espectáculo. "Si mi madre me hubiera dado a elegir, habría nacido en León. Soy Leonesa, más allá de lo que ponga mi DNI. Me encanta la tranquilidad que tiene, el poder llegar a cualquier sitio en media hora y por supuesto su gente, su historia y sus leyendas". Así de rotunda se expresa esta animadora y contadora, que ha publicado algunos libros infantiles bajo el sello editorial Lobo Sapiens. Reconoce que, si bien  la temática de sus obras publicadas es leonesa, procura construir escenarios y personajes universales, aptos para cualquier niño o niña que no sea de esta tierra e incluir toques reconocibles de la zona, como cecina y nicanores, la catedral y el santuario de la Virgen del Camino, o algún diminutivo terminado en 'in'.
"Para escribir no sólo hay que tener algo que decir, sino saberlo decir del mejor modo posible. Además, para escribir literatura se requiere un talento especial y pericia para usar las palabras y transmitir más que su significado".
Está convencida, asimismo, de que la provincia de León ha dado y sigue dando tan buenos narradores y poetas por su clima. "Igual que Andalucía es tierra de cante y baile, León es una tierra de filandones y calechos, el reunirse tras la cena, junto al calor y contar historias, me parece una tradición mágica y, aunque en los últimos años parece que se valora más, creo que aún queda mucho por difundir y proteger esta tradición oral tan nuestra".
La autora de la exitosa 'Leonino, la leyenda del topo de la Catedral de León', a quien tengo el gusto de conocer a través de un curso de composición de relatos, me parece una narradora nata, con chispa e ingenio, capaz de componer relatos no sólo para una población infantil, su especialidad, sino también para adultos. No obstante, ella se siente muy a gusto con los niños y niñas (no en vano es educadora infantil). "Me gustan más los niños que los adultos. Y creo que se merecen una literatura de calidad", aclara Emma, convencida de que su faceta como narradora oral o contadora de cuentos es el mejor trabajo del mundo. "Los niños disfrutan y yo más. Tienen la capacidad de transmitirte instantáneamente si algo les gusta, si les emociona, si les divierte... o todo lo contrario. En mis cuenta cuentos participan constantemente, y podría contar mil historias sobre respuestas e interpretaciones originales que a mí nunca se me habrían ocurrido. En ese sentido, la gratificación, es mucho más inmediata que el proceso creativo de un libro".
Hace unos pocos meses, en concreto en mayo, la veíamos en el Teatro Bergidum con un espectáculo infantil emocionante sobre "Cuentos musicales de los Hermanos Grimm". Acompañada del cuentacuentos y escritor de literatura infantil Manuel Ferrero, y de 'Los músicos de Bremen', nos deleitó con su natural interpretación.

sábado, 26 de julio de 2014

Noceda del Bierzo, ese rincón embriagador


(Relato publicado inicialmente en julio de 1997, en Diario de León, y ahora en la Curuja aparte de este espacio bloguero)

El último domingo de este mes de julio (o sea mañana mismo), con la organización del CIT y la colaboración de las Asociación Las Rapinas, se celebrará la tradicional ruta a las fuentes curativas de Noceda del Bierzo.

Volveremos a ti: Noceda del Bierzo, tierra agraciada y mil veces paradisíaca, si no fuera porque el término paraíso ha perdido su significado primero, al ser aplicado indiscriminadamente a múltiples cosas.
Volveremos a ti: a saciar la sed en tus fuentes, a degustarte, toda tú, desde el Mirador de las Peñas de La Gualta, y comprobaremos, una vez más, que tú eres nuestro útero…

El día se despereza amilanado, mustio, desabrido, y presto se tornará lluvioso, pero los excursionistas van, pedestremente, en busca de agua –del agua ansiada-, y no se sienten intimidados ni por los nubarrones pintados en el cielo ni por el orvallo que comienza a caer. El agua como matriz a la que regresarán. Siempre el agua: terapéutica, quizá.

            En la ruta de las fuentes curativas
Comienzan visitando la fuente del Rubio, a la cual acceden desde un lugar llamado El Mouro –apacible y bucólico lugar-, por un sendero que se eleva en zigzag, entre robles (fuyacos, decimos en la zona), escobas silvestres y brezos.
En una placa, colocada en este fuente, los excursionistas leen: propiedades oligominerales, bicarbonatada sódica”.
Desde la fuente del Rubio divisan, al norte, el mirador de La Gualta, riscoso, como un castillo romántico, gaélico, tal vez, nimbado en misterioso color aluminio. El mirador se perfila como un coche antiguo, museal, “estilo Tiburón”, dice la excursionista. Al sur atisban una parte de Noceda: los barrios de Río y San Pedro, y al fondo entrevén la cola o cabeza (barrio de Vega) de una culebra majestuosa tendida en un lecho esmeralda. La impresionante sierra de La Guiana raya le horizonte.
Si los viandantes se sintieran extraviados, siempre podrían contar con el re-curso del río: “Síganlo y terminarán alcanzando y aun tocando la Sixtina: el mirador y la catarata de La Gualta (agua alta).
Catarata La Gualta

Después de visitar  la fuente del Rubio, se adentran ilusionados en un bosque, mitad cuento de Perrault, mitad sueño fílmico, penetrando cual caperucitos y caperucitas, con caperuzas, en el bosque animado de la abuelita: La Grand-Maman Noceda del Bierzo, sin lobos feroces –los caminantes, al menos, no los ven-, sin cestita, pero con un morralito provisto de bocatas de jamón serrano, cámaras fotográficas y un bloc de notas, dejándose contar un cuento de náyades arrulladoras y cantarinas, mientras beben agua del río Noceda, empinando el codo con agua fresca y cristalina, virginal y copiosa, siguiendo el ya empinado curso del río, mirando al norte, cubierto de líquenes, sintiendo el agua como principio vital y acercamiento al espacio amniótico, sintiéndose peces llamados Agua, en el agua, bajo la lluvia, que arrecia cada vez con más fuerza, embriagándose de verdor exuberante, variopinto de especies, floral, antiestrés, atraídos y cautivados por la belleza paisajística: arropados entre nogales –Noceda o Nogaleda-, castaños, olmos, en medio de una silva de helechos, embelesados por el chorro de agua que cae a plomo, entre peñascos, desde unos treinta metros de altura, quizá sean veinte: la catarata de La Gualta, hela ahí, que a alguno le hace pensar en un anuncio publicitario: fragancia Fa o Heno de Noceda, seducidos y borrachos al fin de verde fragancia, orquestada por el trino de algún pajarito y el murmullo musical y deliciosamente minimalista del agua, que salta, que discurre por el río, que fluye y mana y tonifica y estimula a los visitantes, amantes de lo natural, trasladados a un edén hedonista, ebrios de belleza: la única protesta que merece la pena en este… mundo. Embriagados para no ser esclavos del tiempo, como escribiera Baudelaire, porque para ellos el tiempo se expande y condensa a gusto y gana, a su gusto, a su antojo de itinerario, degustadores, catadores de agua saludable y medicinal, Denominación de Origen.
Recorrido que realizan sin prisas –continúa lloviendo-, deteniéndose a observar arbustos, plantas vistosas y alucinógenas: azaya, espliego, romero; raíces curativas y purificadoras –la genciana, por ejemplo-, cogiendo hojas de acebo, sintiéndose libres en el bosque… animados, saboreando cada instante, cada efluvio alucinógeno, con placer y entrega, con veneración casi. Sorbiendo cada momento: maravillosa y paradójicamente atemporal. Carpe Diem.
Los excursionistas trepan hasta lo alto del mirador, al filo de lo posible, sí, pero sabiéndose en buena condición física, sintiéndose ellos mismos miradores, porque “ser mirador es la única facultad verdadera y aérea”, recuerda alguno. Antes de coronar le mirador de La Gualta se topan con una cueva que a buen seguro sirvió como guarida a refugiados durante la Guerra Civil.
-No es necesario viajar a países exóticos y lejanos –exclama uno-, ni siquiera a la Sierra Tarahumara, para empaparse de belleza, la tenemos a la puerta de casa.
-Aquí ya nos estamos empapando –replica otro, no sin una pizca de sorna.
Los caminantes se quedan contemplando, sugestionados, el valle de Noceda: el regazo perfumado, hermoso y sublime sin interrupción, de la abuelita, la Gran Mamá, con los ojos que ella les dio, con el mirar con que ella les obsequió, “como una inmensa corola de genciana”, escribió la poeta nocedense Felisa Rodríguez.
Después de tomar fotos al entorno, suben al mismo grumo del mirador, cortan jistra o gistra aromática, medicinal, y comienzan a senderear, ya en descenso, hacia las fuentes del Azufre y de la Salud, que (se) localizan cerca de la reguera de La Fragua –en el sesteadero de las Regueras-, a media hora de camino desde el mirador de La Gualta.
Los excursionistas llegan a las fuentes sin dificultades. No obstante, reconocen que, para alguien que desconozca la zona, le resultaría harto complicado encontrarlas. Aunque hay algunas señales en algunos puntos de la llamada ‘Ruta de las fuentes’, no indican con claridad el acceso a éstas últimas.
Una vez que llegan a la Reguera La Fragua –viniendo desde el mirador-, los visitantes giran a la derecha  y toman un desfigurado senderuelo, entre robles y helechos, hasta toparse con una señalización: a la izquierda, la fuente del Azufre, y a la derecha la fuente la Salud. Ambas próximas, una de otra.

 Cascada del Azufre

La fuente del Azufre está en un paraje selvático –ornamentado con una cascada-, ferruginoso. El agua bicarbonatada mixta de la fuente tiñe y salpica de color rojizo a los excursionistas, que aún se sienten embriagados de pureza, empapados de agua, con un apetito voraz, que abre sus fauces para devorar belleza, porque la belleza será comestible o no será belleza.
Azufrados a la postre, los caminantes ensayan la posibilidad de mejorar su salud en otra fuente: santuario que los bendice como si talmente hubieran acudido en peregrinación a Lourdes.

Fuente La Salud

El manantial de la Doncella brota a chorros, clorurados y salutíferos, por entre un manto de musgo, que llegan a hipnotizar, luego de tanta pureza, a los viandantes, sulfatados de agua, remojados, empipados y humedecidos, con la alegría en el cuerpo y sintiéndose un poco más puros y sanos, alejados del estrés y la polución, respirando oxígeno a más de mil metros de altura sobre el nivel del mar.
Durante el regreso a casa se despuntan en el cielo los primeros rayos, al sur centellea una luz gris de crepúsculo vespertino y canta el cuclillo: cucú… En realidad, no ha dejado de orvallar durante toda la caminata, las cataratas entonan su cántico al cielo, océano embravecido, y la tormenta acaba cayendo a raudales sobre los excursionistas, que se calan hasta los tuétanos, antes de alcanzar Chanos. Sin duda, acaban encontrando lo que buscaban: agua de mayo en las fuentes curativas de Noceda del Bierzo.




jueves, 24 de julio de 2014

Londres

Acabo de estar en Londres después de casi veinte años, en realidad no tanto porque he pasado por la capital británica, al menos en dos ocasiones más, para ir a Gales y también para viajar a Escocia.

Este Londres se me antoja espléndido, incluso bajo una luz mortecina y un cielo algodonoso marcado por la Torre del Reloj, punto de encuentro de algunos pícaros dispuestos a embaucar, con sus mañanas, a turistas despistados, que acaban dejándose fotografiar con ellos a cambio, claro está, de dinero. Una ciudad de dimensiones colosales -un Distrito Federal a la europea-, que nunca se agota por más veces que uno la visite. Convendría, como toda megalópolis, recorrerla palmo a palmo durante semanas, meses y aun años, como se supone que la conocía el detective Sherlock Holmes, cuya casa museo puede visitarse en el número 221b de la Baker Street, al lado del Regent’s Park. Habría que vivir, en todo su esplendor, esta ciudad adonde siguen yendo a parar muchos españoles y españolas en busca de otras posibilidades laborales, inexistentes en nuestro país. Sobre este tema me habló Paula, una chica paraguaya con nacionalidad española y familia en Coruña, con quien coincidí en el avión de regreso a España. Aparte de contarme que ella había encontrado un buen puesto de trabajo en Londres, donde vive desde hace tres años, me habló de sitios que no llegué  a visitar, ni siquiera sabía que existieran, lo cual podría ser motivo de un próximo viaje.

         Me sorprendió ver cantidad de bares de tapas españolas y locales con los jamones ibéricos colgando de sus techos, y sobre todo muchos bancos Santander en diferentes barrios, incluso en el colorido y bohemio barrio de Camden Town. El imperio de Botín (donde uno paga sus facturas) ha colonizado el segundo centro financiero más importante del mundo. Por cierto, desde la Tower Bridge se tienen fantásticas vistas de la ‘City’. 
Me gustó volver a pasear por el Soho, donde viviera Karl Marx, esas calles con sabor y aroma chinos, la siempre animada Leicester Square, donde hay una estatua de Shakespeare (la de Chaplin debieron cargársela), los mercados de Covent Garden (donde se sirven paellas) y de Leadenhall (sobre todo la Lamb Tavern, impregnada con el espíritu de Dickens). 

El autor de ‘Oliver Twist’, cuya casa-museo también pude visitar, centró mi mirada en esas características chimeneas que coronan muchos edificios londinenses y me devolvió a aquel Londres fabril de la revolución industrial mientras degusté una pinta de Guinness en el histórico pub Lamb & Flag, uno de los favoritos del creador de ‘The Pickwick Papers’.