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miércoles, 27 de mayo de 2020

La fragua literaria leonesa: Melchor Riol

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Melchor Riol: “En mi vida, la mina me ha influido de forma considerable”

El novelista Melchor Riol, autor de la reciente 'La vida tiene que seguir', entre otras, está precisamente con la promoción de esta novela, que en cuestión de días estará ya lista en Amazon.

Melchor Riol
Melchor Riol.
Manuel Cuenya | 27/05/2020 - 10:10h.
Cuando Alicia estaba convencida de que el siguiente objetivo de esa lengua humedecida iba a ser su sexo, un giro brusco la dejó con las ganas. Su boca se desvió hacia el interior del muslo, algo que hizo que ella entreabriese más aún las piernas. Al mismo tiempo que sus manos recorrían suavemente el contorno de las caderas, su boca se deslizaba mordisqueando el interior de dicho muslo hasta la articulación de la rodilla, para de nuevo volver a subir.
Según se acercaba, el aroma que percibía lo excitaba cada vez más. Esta vez no lo esquivó. En esta ocasión, cuando su boca se centró en su sexo, el gemido que emitió Alicia en ese momento alcanzó niveles de grito, acelerando el ritmo de su jadeante respiración.
(Melchor Riol, fragmento de 'Un deseo con nombre de mujer')
Autor de la reciente 'La vida tiene que seguir', entre otras novelas, Melchor Riol nació en Avilés (Asturias), aunque de rebote, como él mismo señala, porque a su padre, que es de Valderas, lo destinaron a trabajar en Ensidesa. En todo caso, los veranos, desde que era un niño, los pasa en el pueblo de su madre, que es de Valdelugueros.
"Soy asturiano de nacimiento y leonés de sangre", aclara Melchor, que dice tener poco deje asturiano porque él siempre ha hablado castellano y su narrativa es en castellano. Asimismo, reconoce que la gente de León es su gran fuente de inspiración, además de la mina, habida cuenta de que trabajó como electromecánico en diversas minas durante años hasta su jubilación a resultas de un accidente laboral en el pozo Nicolasa, cuya experiencia traumática le sirvió para componer su novela 'Los tres álamos', en la que relata el fallecimiento de catorce mineros.
El que trabaja en la mina desde guaje, es como el que lleva en prisión gran parte de su vida y le dejan en libertad bajo palabra. Al principio se excita, y luego no sabe vivir en el mundo exterior. Así que comete otro crimen, para que vuelvan a encerrarle. La institución puede ser restrictiva o insatisfactoria, pero él ya la conoce, y para él es segura.
(Melchor Riol, fragmento de 'Los tres álamos')
"Mi arranque literario surgió a raíz del accidente de los catorce mineros que se mataron en el pozo Nicolasa en Asturias... ver cómo se mataban de manera tan trágica esos compañeros me motivó para escribir mi primera novela 'Los tres álamos'",  rememora Melchor, el cual continuó su periplo novelesco con 'La forja de un minero'. Y en este sentido la mina le ha servido para plasmar por escrito, con realismo aunque también con elementos de ficción, sus dos primeras novelas.
"En mi vida, la mina ha influido de forma considerable, pues pasar de ser militar de carrera en Madrid a verme metido en las entrañas de la tierra a 600 metros de profundidad es algo que te marca, pero poco a poco te vas haciendo a ella y en mi caso le acabé sacando mucho rendimiento literario", apunta Melchor cuya vocación literaria se remonta a su juventud, cuando se hallaba en la capital de España estudiando y se presentó a un concurso organizado por la Comunidad de Madrid y ganó un premio con un relato en la modalidad de novela corta.
"Mi arranque literario surgió a raíz del accidente de los catorce mineros que se mataron en el pozo Nicolasa en Asturias... ver cómo se mataban de manera tan trágica esos compañeros me motivó para escribir mi primera novela 'Los tres álamos'"
"Desde muy pequeño destacaba por mi imaginación, por la facilidad que entre mis amigos tenía para inventarme historias, que solía contarles cuando nos íbamos de acampada", precisa el creador de obras como 'El eslabón de la cadena' sobre los prolegómenos de la Guerra Civil en Asturias con una historia de amistad, incertidumbre y lucha por ideales.  'La noche de los gamusinos' sobre las aventuras de una pandilla de amigos, o bien una novela erótica 'Un deseo con nombre de mujer' acerca de la relación de un joven con dos mujeres, Alicia y Lía. Algo de lo que se siente orgulloso Melchor, el hecho de haber podido plasmar distintos registros.
Hay momentos importantes a lo largo de la vida, que te marcan y en los que te das cuenta de que nada volverá a ser igual, a partir de ahí, cuentas el tiempo, por lo que todo se convierte en un antes y un después.
Todos sufrimos pruebas, aunque éstas, nunca se producen ni en la forma ni en el instante que hubiéramos querido. Deseamos ver las cosas claras, pero al igual que cuando cae la niebla, todas las figuras van haciéndose cada vez menos visibles hasta que acaban por desaparecer, así sientes como tu mente acaba por convertirse en un paisaje absorbido por la espesa niebla.
(Melchor Riol, fragmento de 'El eslabón de la cadena')
Cree Melchor Riol que se fomenta más la literatura en León que en Asturias, al menos en lo que a su obra se refiere, pues a él se le conoce más en León como novelista debido a la gran cantidad de charlas que le han propuesto con respecto a la mina y la literatura, tema que da mucho juego, sin duda. Se siente satisfecho con los responsables culturales que le han dado un  buen impulso para que se conozcan sus obras.

lunes, 25 de mayo de 2020

Las voces del silencio

La mujer cuyo corazón es azul y te alimenta sin
descanso,
ésa es tu madre dentro de la ira;
la mujer que no olvida y está desnuda en el silencio,
ésa fue música en tus ojos.

           (Gamoneda, Libro del frío)

Ante tanto ruido informativo, no hay mejor que buscar el silencio, incluso hacer silencio como un monje recluido en sus aposentos. Acaso como un budista tibetano. O bien como un derviche sufí que entroncara con la mística de San Juan de la Cruz. 
La ciudad marroquí de Fez, Fès-el-Bali (Fez la antigua, que es un laberinto de calles y callejuelas extraordinario) como primera universidad del mundo, magnífico centro de saber académico, del saber sufí. 
Fez el Bali

La ciudad de Fez, con su barrio andaluz, como refugio de emigrantes andalusíes, entre ellos el poeta, filósofo y viajero Ibn Arabi, nacido en la Murcia musulmana del siglo XII.  

"De lo que no se puede hablar hay que callar", nos dijo el filósofo Wittgenstein en su Tractatus. 
"Mejor habla, señor, quien mejor calla", escribe Calderón de la Barca en La vida es sueño.
El gran valor del silencio, guardar silencio, es no decir siempre todo lo que se sabe aunque sería deseable saber lo que se dice. 
"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio", reza un proverbio hindú. 
Si con una sola palabra puedes decirlo, no emplees más (economía narrativa y precisión lingüística al canto), si a través de un gesto, o una mirada, puedes hacerte entender, no utilices palabras. Y si puedes comunicarte con el silencio, quédate con éste. 
El silencio frente a lo que no puede decirse sería como una suerte de lenguaje sugerente, intuitivo, capaz de adentrarse en otra dimensión. 
Hacer silencio como un monje es además un gesto de respeto y valentía, que nos ayuda a auto-controlarnos. A poder reflexionar mejor. A tener algo más de claridad mental. Y a no soltar por ende lo primero que se nos viene a la mollera. Acaso nos hace parecer más comedidos, más equilibrados, tal vez más sabios. 
El silencio es un excelente medio para ponerle freno a una discusión absurda que sólo conduce a más absurdo. 
A menudo las discusiones acaloradas acaban como el rosario de la Aurora. 
Ante tal desmán, lo mejor es guardar silencio, aunque se diga que el que calla, otorga. 
Por la boca muere el pez, tanto más hables, más jodido estarás, lo cual es aplicable a la escritura, cuanto más escribas más prisionero estarás de tus palabras. 
En todo caso, mejor estar en silencio que hablar por hablar repitiendo como un loro las mismas palabras gastadas, los mismos tópicos, la misma retahíla... que no conducen sino a un bucle, a un callejón sin salida. 
El silencio, practicar el silencio, puede convertirse en un excelente ejercicio poético, dando rienda suelta a la mirada acariciadora, al tacto visual y cognoscitivo, habida cuenta de que la inteligencia está en las manos, como nos dijera el filósofo Anaxágoras. 
Cuenta mi ex profesor, el filósofo Manuel Fernández Lorenzo en un artículo titulado La mano que piensa, que Heidegger en su libro Ser y Tiempo vuelve a poner en primer plano filosófico la importancia de la mano. 
"Para Heidegger, la comprensión del mundo es antes manual que puramente mental. Es antes pre-comprendido el mundo en tanto que nos manejamos inconscientemente en él, que cuando posteriormente nos lo representamos conscientemente en nuestra mente por medio de imágenes cerebrales. Por ello el tacto debe preceder a la vista en la génesis de nuestra posición en el mundo. El mundo como lo dado a mano debe preceder al mundo entendido como lo dado ante los ojos”, expone Fernández Lorenzo, de quien guardo un muy buen recuerdo.

El silencio místico, el silencio eremítico, el silencio introspectivo es un modo de estar y ser el mundo, que nos invita a religarnos más y mejor con nosotros mismos. 
Con tanto voceras en el púlpito, no somos capaces a desentrañar la verdad de la mentira. 
La saturación informativa, el ruido, nos impide ver el bosque. Y por supuesto impide que hallemos la serenidad, porque todo ruido acaba estresando, provocando ansiedad, desconcierto. 
Por eso, ahora más que nunca, es conveniente recuperar el silencio, tan importante, tan esencial como bálsamo, imprescindible a la hora de poner en equilibrio la mente, que nos permita pensar con claridad, razonar y sentir de una manera saludable. 
Sentirse a gusto en silencio con uno mismo, sin necesidad de otras voces, sólo con nuestras voces del silencio (Las voces de Marrakech, como aquel bello y sugerente libro de Canetti). 
A decir verdad, nunca me ha gustado el ruido. Ni la gritería. Me destempla. Me perturba. Y creo que acaba dinamitando la psique a cualquiera. 
Me pone de los nervios cada vez que en la teletonta se enzarzan a los gritos esos llamados tertulianos que pareciera que hubieran salido, ansiosos perdidos, de algún frenopático. 
Pobres recluidos en los psiquiátricos. Qué pena. Cuando en realidad hay más tarados fuera que dentro. Lo mismo que hay más delincuentes fuera que dentro. 
Hay programas de televisión que deberían estar prohibidos, porque sólo logran meternos ruido y basura en el cuerpo. 
Hay gentes a las que debieran ponerles un bozal. La mascarilla se queda corta. 
El silencio es terapéutico. Psicoanalítico. Y nos permite descongestionarnos. Curarnos. Desconectarnos de una realidad esquizoide. Aunque cabe recordar también que el silencio a menudo se asocia con la soledad (convendría diferenciar la soledad impuesta de la soledad deseada, tan creativa por lo demás). Y hasta con la muerte. 
"Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos", escribe Julio Llamazares en la sobrecogedora Lluvia amarilla
El aullido del silencio recorre toda la novela del narrador, poeta y viajero leonés. 
El silencio absoluto tal vez sería el no estar o estar en otro mundo. En un trance místico, donde sólo se escuchan las voces del silencio. 
Los ruidos de la naturaleza, aunque pudiera parecer paradójico, también forman parte de mi ideal de silencio. 
Me resulta sobrecogedor pararme a escuchar la naturaleza, cómo respira, cómo nos envuelve con sus voces del silencio, que no son otras que el dulce piar de los pájaros, la musicalidad de los grillos, el croar de las ranas, el bullir de la vida, una banda sonora de película.
Imagen de Koyaanisqatsi



El silencio es un remanso de paz en medio de una jungla de asfalto repleta de decibelios. 
Aquí me viene a la mente Koyaanisqatsi, 
documental experimental de los ochenta dirigido por Reggio en el que se nos muestran impactantes imágenes, acompañadas de la música de mi querido Philip Glass, acerca de los estragos que la modernidad causa en el medio ambiente. 
No sólo en la vida sino en el arte, el silencio nos ayuda a entender mejor el mundo en que vivimos. 
El silencio por ejemplo en la música. El silencio de las notas. El silencio de una semicorchea que equivale a dos silencios de fusa, o el silencio de fusa que equivale a dos silencios de semifusa. Si no hubiera silencios, ni siquiera podría respirar quien interpretara una canción. 
Conocida es la broma de mal gusto que hiciera el instrumentista americano John Cage con su composición al silencio, no tocando ni una sola nota durante algunos conciertos mundiales.  

O bien el silencio en la pintura, en la poesía, en el teatro y en el cine. 
El silencio vivo en la pintura, porque el arte debe contener vida, ser vida. El silencio en los cuadros de Hopper o bien de Vermeer de Delft (cuyos cuadros son modelo de inspiración para el cineasta Greenaway en una película titulada ZOO). 
Hopper y Vermeer son en el fondo artistas cinematográficos. 
La poética de lo inefable. La poética del silencio en grandes poetas como Valente. 
En el teatro es imprescindible el silencio, los silencios, para dejar que tanto intérpretes como espectadores se tomen un respiro. Y dejen respiran el texto, la interpretación, para que podamos asimilar lo que allí se está contando, diciendo. 
A menudo el texto, valga por delante, es un pretexto. 
En el teatro también se escucha el silencio, según el dramaturgo Juan Mayorga. 
ZOO, de Greenaway
Lo mismo ocurre en el cine, donde el silencio forma parte de la banda sonora. El silencio narrativo. 
La mímica universal del genio Chaplin, entre otros cómicos, está hecha de silencios. Y nos cuenta, con emoción, verdad y belleza, el drama humano. Siempre con humor. 
Y hasta un cineasta como Bergman, cuyas películas son auténticos tratados de filosofía y psicología, abordan el tema del silencio con una maravillosa carga significativa. Incluso dedica toda una película al silencio. Y aun otras cintas de este director sueco, como Persona, están 
compuestas con silencios. 
El cine de Antonioni también se caracteriza por el manejo de esos silencios (tiempos muertos). O el de su heredero Theo Angelopoulos, con su poética del silencio y la niebla. 
Y aun El espíritu de la colmena de Erice. Otro ejemplo del sabio empleo, a mi entender, de los silencios. 
El espíritu de la colmena
Así que tanto en la vida como en el arte (el arte que imita la vida y viceversa) hagamos caso al silencio, a los silencios. 
Escuchemos la respiración armoniosa de la Naturaleza. Y escuchémonos a nosotros mismos. 
Tampoco quiero olvidarme de mi adorada París, Texas, de Wenders (cuya estética de las imágenes remite a los cuadros del pintor Hopper), en la que el silencio inicial del personaje protagonista, a quien vemos deambulando a través del desierto, recupera al final la palabra, la palabra portadora de sentido, la palabra curativa, fundamental para entender su historia, para comprender incluso la película entera, mientras su mujer, interpretada por la conmovedora Kinski, lo escucha en silencio en una memorable secuencia en un peep show como si estuviéramos presenciando una sesión psicoanalítica.
Escuchemos nuestro silencio como latido universal. 

domingo, 24 de mayo de 2020

Muerte en Venecia

 "... La belleza, Fedón, nótalo bien, sólo la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu... has de saber que nosotros, los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía..."
(Thomas Mann, Muerte en Venecia)

Aunque el título no invite a su lectura ni a su visionado, sobre todo en estos momentos de crisis, rodeados como estamos de virus y muerte (por fortuna, en el útero de Gistredo vivimos de espaldas al virus, no así a la muerte, que sigue segando vidas, como en todo el mundo), Muerte en Venecia es una obra inolvidable, no sólo como novela, sino como película. 

Una vez más, no caben las comparaciones entre la narrativa literaria y la narrativa audiovisual. 
¿Qué es mejor, la novela de Thomas Mann o la película de Visconti? 
¿Una imagen vale más que mil palabras o una palabra vale más que mil imágenes? 
Pues depende de quién sean las imágenes y de quién sean las palabras. 
Mann es un maestro de las palabras y Visconti un maestro de las imágenes, que además acompaña con la banda sonora de Mahler, Gustav,  en concreto el adagietto de la Quinta Sinfonía, que el genial compositor regaló a su musa Alma como declaración de amor. Un adagietto tocado con la varita mágica de lo emocional. 
https://www.youtube.com/watch?v=G0SgSIBBYJM
Precisamente en Gustav Mahler se inspira en cierto modo el  protagonista de la novela y de la película: Gustav von Aschenbach, que en la novela es un escritor y en la película es un músico. 
Digo que Aschenbach se inspira en cierto sentido en Mahler porque el personaje principal también es un poco el álter ego de Thomas Mann.
Un artista, en definitiva, que aspira a encontrar la belleza, ya en su decadencia, lo que es un motivo para reflexionar acerca de esa belleza inalcanzable, esa belleza platónica simbolizada en un joven Tadzio. No en vano, Mann era homosexual (según él mismo confiesa en sus diarios). Y el aristócrata y cineasta Visconti, quien adaptara la obra al cine, también era homosexual. 
Al parecer, a Visconti le hubiera gustado que el papel de Tadzio lo interpretara el entonces joven Miguel Bosé, pero su padre, el torero Luis Miguel Dominguín se opuso. 
Ambas obras, tanto la novela como la película, son igualmente interesantes, habida cuenta de que la novela emplea la palabra para sumergirnos en esa ciudad de los canales decadente, sobre la que se cierne, por cierto, la epidemia de cólera. 

Muerte en Venecia es en todo caso un motivo para viajar a la bella Italia en busca tal vez de ese estremecimiento que uno siente cuando se adentra por primera vez en una góndola, que es como un ataúd, según el propio Mann, algo que uno mismo experimentó la primera vez (la primera y la única) que viajó en este singular medio de transporte a través de los canales. Al menos una vez en la vida conviene montarse en una góndola, con esa negrura que "evoca aventuras silenciosas y arriesgadas, la noche sombría, el ataúd y el último viaje silencioso". 
Hace años que no visito esta ciudad de las máscaras. El pasado verano estuve a punto de visitarla. Pero al final me fui con la amiga Álida a Bassano del Grappa, que es como una Florencia desconocida (al menos para los extranjeros), en la existe un museo dedicado al escritor Hemingway a las afueras de la ciudad. 
https://cuenya.blogspot.com/2019/07/de-las-dolomitas-del-friuli-bassano-del.html
En mi próxima visita a Italia (país por el que siento devoción) espero ir a Venecia.