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sábado, 8 de diciembre de 2018

El ángel exterminador de Buñuel

Él ángel exterminador, de Buñuel, es una de esas películas que no puede dejarte indiferente. Te invito a verla si aún no la has visto. Y a reverla si hace tiempo que la viste. 
El próximo martes nosotros, en el Campus de Ponferrada, tendremos la ocasión de volver a verla, análisis incluido, porque la hemos programado (lo dejo en plural mayestático, que le da como más prestancia al tema) para el alumnado de la Universidad de la Experiencia. 
En todo caso, esta cinta filmada en 1962 te dejará pensativo, con ganas de penetrar, linterna en mano, aún más en su interior (en realidad en nuestro interior), en los vericuetos de su magma volcánico, de su ADN explosivo, transgresor, porque su director lo que hace, siempre con maestría, con ingenio y buenas dosis de surrealismo/hiperrealismo, es enjaularnos como a monitos (Un Gran Hermano televisivo, pero como fuerza y belleza narrativas), para experimentar con nuestro instinto de supervivencia, con nuestro instinto más salvaje, ante una situación adversa, incluso límite: como es el no poder abandonar una casa, una mansión.
¡Qué alguien nos saque de este encierro de toros y vacas encelados! Ahora me viene a la mente también La cabina de Mercero, de la que su prota no logra escapar. Ya se sabe: escapas o ahí que te pudres.
La razón, por la que no pueden salir de la casa, la desconocemos, lo cual le añade misterio al misterio. 
El grupo de burguesitos, que se queda atrapado en la casa, la casa maldita, no es capaz de salir, incluso pudiendo hacerlo. Da la impresión de que no hubiera nada que se lo impidiera. Y, sin embargo... Por ahí sobrevuela quizá algún zopilote (lo digo porque está rodada en México) con el miedo a la libertad en el pico. 
A menudo nuestros propios miedos y carencias (de todo tipo) nos impiden ir más allá, nos impiden saltar muros, elevarnos por encima de nuestras propias miserias, incluso por encima del bien y del mal (por decirlo en términos nietzscheanos). El miedo nos paraliza. Nos impide pensar y actuar con claridad y lo más despiertos posible. 
El bíblico título de El ángel exterminador (también me hace recordar una canción de Jorge Martínez de Ilegales) iba a ser en un inicio Los náufragos de la calle Providencia. Lo cual tampoco está nada mal. Pues acabamos viendo a unos náufragos, a la deriva, en el turbulento océano de una mansión, condenados a una "horrible eternidad". Pensándolo bien, vivir poco es una gran putada, pero vivir una eternidad es una colosal condena.  
Con esta singular película, Buñuel nos invita a reflexionar, de un modo inevitable, en nuestro lado más oscuro como trastorno disociativo de la identidad, en nuestro Hyde, como reverso de Jekyll (por decirlo en términos stevensonianos), en nuestra maldad (que tan bien ha estudiado y nos ha mostrado en sus ensayos el médico y psicoanalista Luis Salvador López-Herrero), en nuestra brutalidad instintiva, que aflora, casi siempre, siempre, ante circunstancias adversas (porque somos nosotros y nuestras circunstancias), y en este caso ante la imposibilidad de poder abandonar una triste morada (la caída de la casa Usher). 
Todo resulta placentero, todos los burguesitos (y burguesitas) reunidos en la casa se comportan según sugieren los cánones y normas propios de su civilizada clase. Pero cuando la cosa se pone fea, a resultas de no poder abandonar la casa, la gente, antes educada y con buenos modales, se torna incivilizada, bárbara, casi caníbal. De fiesta todos somos guays, reza algún dicho. Pero el asunto es vernos las caras en otras lides, más comprometidas y comprometedoras. Y es entonces cuando aflora el verdadero rostro de cada individuo. Y Buñuel nos lo enseña como nadie, con los dientes afilados y las garras prestas para la contienda, con una puesta en escena cuasi delirante, alucinatoria, "surrealista", dicen los críticos de cine, acaso porque gran parte de su cine, casi todo su cine, comenzando por Un perro andaluz y acabando en El discreto encanto de la burguesía (que es su antepenúltima peli, en la que retoma, en algún sentido, El ángel exterminador) se adscribe al surrealismo. En el caso de El discreto encanto... la frustración o imposibilidad de que un grupo de burguesitos puedan juntarse para comer juntos. Hoy, con las agendas tan apretadas y la modernidad líquida (el tiempo apresurado y escurridizo), resulta más fácil quedar a través del Face que en vivo y en directo. 
Buñuel era un visionario, una mente preclara y puro surrealismo en ese su afán por penetrar en el interior del ser humano, en ese su deseo por sumergirse en el subconsciente, donde hacen su aparición los fantasmas, incluso los fantasmas de la no libertad (El fantasma de la libertad es otra de sus interesantes películas. "El azar todo lo gobierna"). 
El fin del cine no es otro que adentrarse en el subconsciente humano. Algo así decía no sólo Don Luis Buñuel sino el colosal Bergman (“cuando la película no es un documento, es un sueño...), el surrealista Artaud (al que citaba en anterior post. Interesante su libro titulado El cine) y algunos más como Fellini. 

Una puesta en escena, la de El ángel exterminador, que su director hubiera querido más sofisticada, pues llegó a decir que, de haber podido, la habría rodado en París o en Londres, con mejores actores y actrices, con mejor escenografía. Y más medios técnicos en general. Bueno, la actriz fetiche Silvia Pinal -todo un icono sensual en su papel de demonio que tienta a Simón del desierto-, está bastante bien. Y como Viridiana está estupenda. A uno al menos le gusta esta intérprete. Acabo de enterarme de su fallecimiento. Pobrecita. Lo siento mucho. 
En cuanto al montaje, las repeticiones que vemos en el film, con sus variaciones, no son errores técnicos, sino que resultan intencionadas. A Buñuel le encantaban estas cosas. Como que un mismo personaje fuera interpretado por dos actrices, como ocurre en Ese oscuro objeto del deseo (Eros, una vez más), con Ángela Molina y Carol Bouquet. 
El ángel exterminador, que también tiene algo de A puerta cerrada (Huis Clos) de Sartre (los personajes de esta obra teatral de 1944 son sus propios verdugos o torturadores) y mucho simbolismo (como las ovejas, el oso...), nos mantiene con los ojos bien abiertos. Con todos los sentidos alerta. Encantado de revisitar esta obra maestra del genio de Calanda. Hasta la próxima. 

viernes, 7 de diciembre de 2018

Los olvidados de Buñuel o el cine de la crueldad

Buñuel es uno de los personajes más fascinantes del siglo XX. Junto a Dalí y Lorca, a los que Agustín Sánchez Vidal les dedica algunos estudios, entre ellos Buñuel, Lorca, Dalí: el enigma sin fin, la figura de Buñuel, y por ende su obra cinematográfica, me resulta magnífica. Además, el aragonés universal de Calanda cuenta también con una sustanciosa obra literaria, que Sánchez Vidal ha rescatado del olvido, creo que poco conocida (no hablo de sus guiones cinematográficos, sino de sus relatos y poemas como El arcoiris y la cataplasma, Una jirafa o La agradable consigna de Santa Huesca...). 
"Hubiera dado todo gustoso a cambio de poder ser escritor. Es lo que realmente me hubiera gustado ser. Porque el mundo del cine es muy agobiante, hace falta mucha gente para hacer una película...", escribe Buñuel. 
Mi último suspiro es un libro de memorias excelente (lo recomiendo encarecidamente, sobre todo para quienes deseen familiarizarse con su persona), que escribiera con la ayuda de Jean Claude Carrière, uno de sus guionistas colaboradores. Y es que este genial cineasta me ha dejado una profunda huella. He de decir que me gusta todo su cine, incluso sus películas menores, fundamentalmente de su etapa mexicana. Y he podido visionar casi todas sus cintas, desde Un perro andaluz y La edad de oro, pasando por Las Hurdes, tierra sin pan, Viridiana, Tristana, Los olvidados (sobre la que me centraré luego), Nazarín, Simón del desierto, El ángel exterminador (obra maestra), Él (sobrecogedora), Belle de jour o El discreto encanto de la burguesía, entre algunas más. 
Los olvidados

Buñuel, como uno mismo, también vivió en Francia (casado con Jeanne Rucar, quien llegara a decir de él en sus memorias que era un marido machista y celoso, aunque protector) y en México, países en los que pudo desarrollar su carrera como director de cine. 
A pesar de lo que se cuenta de él, de su carácter tosco, Buñuel era un ser sensible y comprometido con la sociedad de su tiempo, siempre generoso con sus compatriotas, con sus paisanos. Y un tipo realmente ingenioso, que tuvo la fortuna de vivir, como él mismo diría, la Edad Media en Aragón y la modernidad, ya en Francia, incluso en la Residencia de Estudiantes de Madrid (clave en su formación), y por supuesto en Estados Unidos, donde también intentó dedicarse al cine. Y en México, país al que fueran a parar muchos de los intelectuales perseguidos por el franquismo asesino, rebotados de una Guerra Incivil cruenta, sanguinaria. Y de una posguerra no menos mezquina. 
El propio Buñuel cuenta que lo habrían fusilado de haberlo pillado en España cuando estalló toda la sangría.
El pobrecito de Lorca (otro tipo genial, tanto en la poesía como en el teatro) no gozó de igual suerte que su amigo Buñuel. Y los cabrones se lo cargaron sin ningún miramiento. 
También sabemos que Buñuel fue a parar a México, aunque en un inicio renegara de ese país. Y allí hizo una carrera cinematográfica extraordinaria, rodando grandes películas como Los olvidados, Él o El ángel exterminador. 
Los olvidados (1950) forma parte de mis preferidas, la cual tendremos la ocasión de rever, revisitar el próximo lunes en el Campus de Ponferrada como parte de una clase orientada al alumnado de la Universidad de la Experiencia. 
Los olvidados o el cine de la crueldad, como el teatro de la crueldad del impactante Antonin Artaud, quien, además de gran dramaturgo, fuera poeta, guionista y actor de cine. Y un enamorado de México, ese país surrealista, al que tanto Buñuel como el propio Artaud (Mensajes revolucionarios. Y Los tarahumaras) supieron sacarle mucho partido. 
Nombrada Memoria del Mundo por la Unesco (casi nada), Los olvidados es una una historia dramática, trágica, que, bajo una estética neorrealista, nos introduce en los bajos fondos de la Ciudad de México, una de las más superpobladas en la actualidad de la Tierra, con más de 20 millones de habitantes, sin incluir muchos que no están ni censados. 
Los olvidados en alusión a aquellos seres marginales, pobres, abandonados a su desgracia, como le ocurre a Ojitos con el ciego cabrón (que tanto nos hace rememorar la historia de El Lazarillo de Tormes), el niño Pedro (del que reniega su madre, que a su vez es renegada por su esposo), el cruel Jaibo, que también es otro ser desamparado; Meche, la niña de la que el ciego intenta aprovecharse, abusar, o un curioso tipo, mutilado, que se desplaza sobre un carrito con ruedas (estampa que llegué a ver en los 90 en el Zócalo de la Ciudad de México). 
En el Zócalo de Ciudad de México. Foto: Cuenya
Con la colaboración del todoterreno Max Aub (uno de los grandes microrrelatistas de la Historia de la Literatura. Y biógrafo del genio de Calanda), Buñuel trenza una historia entre el realismo crudo y el surrealismo más sugestivo (con secuencias oníricas portentosas), donde Eros y Tánatos se funden, una vez más, en una pesadilla real como la vida misma. 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

La fragua literaria leonesa: Pedro Ramos Josa

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Ramos Josa: “Pensar menos y actuar más. Así construyes una sociedad de ignorantes indefensos ante sus tropelías”

El ensayista e investigador bembibrense Pedro F.R. Josa, autor de 'Democracia para idiotas', volverá a escribir a buen seguro sobre Estados Unidos, aunque también le gustaría escribir ficción.


Pedro Ramos Josa
Manuel Cuenya | 05/12/2018 - 13:25h.
Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología en la UNED y profesor de Criminología en la Universidad Europea Miguel de Cervantes de Valladolid, Pedro F.R. Josa es  autor de libros como 'La gran revolución americana' (Encuentros, 2015), su ópera prima, fruto en gran parte de su tesis doctoral. Y ahora el reciente 'Democracia para idiotas' (Sekotia, 2018), cuyo título resulta en sí mismo impactante.
Un ensayo sobre la democracia y sobre el Estado que no deja indiferente a nadie pues arroja luz sobre este mundo sombrío y confuso, complejo y líquido, en el que prima la sinrazón sobre la razón, en el que el Gran Hermano orwelliano lo tiene todo bajo control, "ya sea mediante la nacionalización o la privatización", en el que "la democracia aparece hoy como algo desconcertante, generador de ilusiones imposibles y frustraciones peligrosas", según el prologuista José María Marco. Por eso la democracia, tal como la entendemos en la actualidad, no garantiza en absoluto la libertad del ser humano, antes al contrario. Como mucho podría garantizar la igualdad, lo cual también sería discutible. El propio Orwell, en esa clarividente fábula sobre la corrupción y el poder titulada 'Rebelión en la granja', dejó escrito: "Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros". ¿La igualdad por arriba o la igualdad por abajo?, se plantea Josa. La igualdad por abajo sería la que han aplicado/aplican los regímenes comunistas. "En ambos casos la víctima principal es la libertad individual".
Sea como fuere, nuestra democracia, frente a la democracia clásica ateniense de Pericles, no está concebida para el bien común, general, el interés colectivo compartido, para la res pública, en definitiva, como cabría esperar, sino para 'idiotas' en el sentido etimológico de la palabra ('idiotes' que miran sólo para su propio ombligo, que piensan sólo en sí mismos, sin importarles en absoluto el pueblo), para una sociedad entontecida, tal y como nos cuenta su autor.
"Ser hoy de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral", sentencia el filósofo Ortega y Gasset, que Pedro Josa recoge en su 'Democracia para idiotas'. Algo parecido llegó a escribir Josep Pla en su 'Cuaderno gris': "Piensa que, en este país, lo que se parece más a un hombre de izquierdas es un hombre de derechas. Son iguales, intercambiables, han mamado la misma leche... Esta división es inservible... Hay una división mucho más profunda... La que se establece entre personas inteligentes y puros idiotas, entre buenas personas y malnacidos...".
Conviene recordar –como hace Pedro Josa– que la democracia ateniense era sexista, machista, excluyente. Entre otros, el gran Sócrates (que creía en "el gobierno de la aptitud sobre la ignorancia y la superstición") fue condenado a muerte. "La mediocridad de la plebe nunca perdona la superioridad intelectual manifiesta", escribe. Con lo cual, la democracia ateniense tampoco es que fuera la panacea.
"La finalidad de este libro –en opinión de su autor– no es conseguir adeptos, sino hacer pensar, dudar, sentir y avanzar". Se trata de un volumen que nos ayuda a reflexionar, no sólo acerca de la política (democracia representativa/directa, "la democracia directa acaba siendo todo menos democracia") sino de la sociedad en que vivimos, una sociedad débil, como su propio pensamiento. Y para que funcione una democracia, a su juicio, tendría que darse un equilibrio entre un Estado fuerte y una sociedad fuerte.
"Es común quejarnos de que no existen ya políticos de la talla de antaño, cuando en verdad el sistema ya hace tiempo que no los necesita... sólo requiere de buenos y fríos administradores"

La democracia en la historia

En 'Democracia para idiotas' hace un repaso por la democracia ateniense, la Revolución Norteamericana, la Revolución Francesa (que, además de convertirse en una dictadura del terror en su momento, acaba con el derecho divino de la monarquía y redacta la Declaración de derechos del hombre y de la mujer) hasta la fecha actual, donde quien manda (hablamos del modelo Occidental democrático) es el Gran Estado, El Estado del bienestar, que es artificial e intervencionista. Y no necesita de la democracia para lograr legitimidad. "Es común quejarnos de que no existen ya políticos de la talla de antaño, cuando en verdad el sistema ya hace tiempo que no los necesita... sólo requiere de buenos y fríos administradores", apunta.