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miércoles, 16 de enero de 2019

La Jemaa el Fna sin Juan Goytisolo


Sin la presencia del gran Juan Goytisolo, la Xemaa o Jemaa el Fna ya no es lo mismo, aunque siga estando poblada de juglares y buscavidas en un intento por sobrevivir a la intemperie de las estrellas. 

Si es que la vida, en lo esencial, sigue igual que hace siglos. Los poderosos frente a los débiles. Los que mandan y atizan estopa y quienes están a verlas venir. Y encima aguantan como pueden los golpes que les asestan. Qué crueldad. ¿Por qué no vivimos en un mundo más igualitario, más fraterno, más solidario, donde todos nos ayudemos? En el fondo todos navegamos en el mismo barco, pero hay clases.
Y el clasismo es algo horrible. Unos pocos tan ricos riquísimos, con el privilegio del poder y el dinero [a menudo van de la mano] y otros muchos tan estrellados. Qué mal repartida esta la tierra en este Planeta Tierra. De momento, es lo que tenemos, al menos hasta que no sea posible habitar otro planeta.
La Jemaa, sobre la que tanto y tan bien escribiera el maestro Goytisolo, que hablaba un perfecto árabe en su dialecto marroquí, es un universo en sí mismo, un teatro al aire libre, el gran teatro de la vida, donde todo se compra y se vende (no olvidemos que vivimos en un mundo mercantilista, acá y acullá, no nos engañemos).
Un universo colorido y pintoresco, sensorial por todos los poros de sus entrañas, donde se mezcla la modernidad y lo medieval (ahí continúan los juglares y vendedores de sueños e ilusiones en forma de cuentos, los cuentos de las mil y una noches, arábigas en su sensualidad), donde conviven propios y extraños, turistas y oriundos. Uno no se cansa de visitar y pasear a lo largo y ancho de la Jemaa, de leer en sus páginas historias engatusadoras. 

Ahora que Goytisolo nos ha dejado, el mítico café de France parece otro, un café huérfano, aunque siempre atestado de turistas y viajeros, que se trepan a sus terrazas en busca de esa estampa que quedará grabada en las retinas de sus memorias afectivas. Allí, en el café de France, hace ya unos añitos, llegué a conversar con el gran escritor. Y es un recuerdo que siempre estará conmigo. 

Son muchas las terrazas-miradores que existen en extraordinaria plaza de la ciudad roja, entre ellas Argana o L'adresse, pero las del café de France tienen la huella de uno de nuestros mejores escritores en lengua castellana, ahora enterrado en el cementerio de Larache, junto a su amigo Jean Genet (el autor de Diario de un ladrón). Algún día tendré que visitar su tumba. Mientras, seguiré rememorando bellos momentos en Al Magrib. 

martes, 15 de enero de 2019

Retorno a Al Magrib

Con la inspiración que procura un cielo azul, protector, y una luz que contagia energía y vitalidad. Siempre en busca de luz y salud. Qué prevalezca el Eros sobre el Tánatos en este mundo lleno de desheredados.
La Kutubía, símbolo por excelencia de la ciudad de Marrakech, como faro de orientación en este oasis, que hace las delicias de quienes atesoran poder y dinero. Y también de aquellos que vacacionamos por un tiempecito. Un destino extraordinario en estación invernal, aunque por las noches baje considerablemente la temperatura ambiental con respecto al día. 


Marrakech luce espléndida y aseadita en su parte nueva, moderna, con espectaculares avenidas y mansiones y hoteles de quitarle a uno el hipo. O lo que se tercie. Ahí sigue en pie la Mamounia, entre otros muchos.
Puro exotismo palmeral y naranjil, en una eterna primavera, que nutre nuestro ánimo, cual si en un jardín de las delicias estuviéramos, lo que contrasta de un modo bestial con ese modo de vita tan tribal, medieval, en la medina, en la ciudad antigua, atestada de zocos, vendedores de todo tipo, guajes que corretean con sus bicicletas por las estrechas y embarradas calles, paisanos que tiran de sus carromatos, burros abarrotados... un microcosmos en sí mismo. Un mundo como de otro tiempo. 

lunes, 14 de enero de 2019

Juan Cueto nos dice adiós

Me entero, a través del buen amigo Javi, del fallecimiento del maestro Juan Cueto, al que llegué a conocer en mi etapa ovetense, hace ya muchos años, cuando uno intentaba foguearse con la filosofía. Cómo pasa el tiempo, madre santísima. Y qué breve es la vida para todos. No me canso de decirlo, pero es que la vida se pasa como un suspiro. Ni se entera uno de la vaina. Y eso da mucha pena, pena que transcurra tan rápido, pena que se nos muera la gente querida, los paisanos, los maestros como lo fuera Cueto, un astur de hondo saber y miras largas, un visionario, y un buen analista de la sociedad contemporánea española. 
Juan Cueto. Imagen de archivo

Su libro 'Pasiones catódicas' es como una Biblia de la televisión, de la España de la década de los 80, que tan bien nos muestra este especialista en comunicación y nuevas tecnologías. Y por supuesto un buen conocedor de la filosofía, discípulo que fuera también del maestro Gustavo Bueno (monumental pensador, uno de los más grandes filósofos, quizá el mejor, de todos los tiempos de nuestra España de pandereta y olé). 
Lástima que la mayoría de la gente (cabestril, sin duda) sólo se quede con la figura de Bueno (la mayoría ni sabe quién era/es) como alguien que, cual buen ateo y materialista gnoseológico, renegaba de dios. Y es que en este país nos quedamos sobre todo con la chirigota, con la menudencia, con lo superfluo y apariencial, antes que con lo esencial. Así nos luce la pelambrera. Y el sistema filosófico de Gustavo Bueno es muy potente. Ahí está, entre algunos otros, su discípulo Pablo Huerga Melcón, que es además leonés, buena persona y excelente pensador. 
"Yo nací con la infamia... yo nací con la tele... soy, por consiguiente, hermano cultural de los telefilmes, los magazines, los concursos... no sólo nací con la infamia y encima jamás hice apostasía de la religión catódica, el nuevo opio del pueblo... y, por si fuera poco, dediqué la mitad de mi vida a mantener tratos diarios, íntimos y pasionales con el invento infernal...", escribe Cueto.