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lunes, 16 de julio de 2018

Mundial de Fútbol

Cuando era un rapacín veía y disfrutaba con el fútbol como, imagino, todos los guajines de mi época y de mi útero gistredino. Entonces (y ahora también), el fútbol era opio para el pueblo. A falta de algún honguito alucinógeno, has o maría..., este deporte, que, con el transcurso del tiempo se ha convertido en un gran espectáculo de masas, tras el que se mueve y esconde muchísima guita (cifras astronómicas, en verdad), funciona de maravilla como una buena droga. Y un entretenimiento. 
Sí, es un pasatiempo agradable ver fútbol. Aunque debo confesar (ahora me da por confesarme) que no sigo ninguna liga, ni partidos de temporada, ni na, salvo, eso sí, me encanta ver un Mundial, que para mí sigue siendo sagrado. Manías que tiene uno, qué se le va a hacer. Quizá quedó eso grabado a fuego en la retina de mi infancia, la única matria/patria verdaderas. Y en la medida de mis posibilidades sigo los Mundiales de fútbol desde que tengo uso de razón. Y aun sin ella. Sin razón, digo, porque para ver fútbol tampoco hace falta mucha razón (acaso la logística la ponen los creadores y repartidores de juego, amén del Míster o entrenador, que los sitúa en el mapa del campo, hace el dibujo, que dicen ahora los comentaristas y entendidos en la materia). 
Me causa gracia eso del dibujo. Como si los entrenadores fueran dibujantes dalinianos. O tal que así. Y que digan reglamentado en vez de reglamentario... o lo que sea, que el lenguaje está para ser empleado. Y cada cual habla y dice como algún dios o diosa (si es que existieran, que tampoco es moco de pava) le ha dado a entender. 
Lo que sí se necesita poner en el fútbol es mucho sentimiento. El sentimiento siempre por delante, para que el burro o la burra de turno no se espante. Y ahí que algunos y algunas se desmadren, monten en cólera, se caigan desmayados y hasta besen a los de al lado, como hiciera el pibe Maradona, echen espumarajos por la boca y hasta intenten agredir a propios y extraños, entre ellos al árbitro, ese juez que a veces se va de madre o comete errores de bulto, o bien a algún jugador. 
El árbitro, algunos árbitros, ay, las arman gordas, con Var o sin Var. Al Bar o la cantina de turno tendrían que irse algunos a echarse unos quiebros. Porque el árbitro que le tocó a Croacia en la final de este año no anduvo muy atinado, incluso con el Var, y ahí que a la selección croata, extraordinaria, se le volteara el resultado. Y acabara perdiendo. Estoy convencido de ello, mal que les pese a algunos y algunas (ah, que no debería emplear ambos géneros, por aquello de la economía lingüística, o porque algunos ya engloba a algunas... quién sabe... ni la Real Academia es capaz a dilucidar tal embrollo lingual, o sí...) Creo que no hace falta ser muy espabilado para darse cuenta de lo que digo. Me refiero a que el árbitro la cagó, hablando mal. Eso no significa, claro está, que la France (a la que pronostiqué hace días, después de que cayera Brasil, que ganaría este Mundial) no mereciera alzarse con la Copa. 
Panorámica de París

En el fútbol, como en la vida misma, no siempre ganan los mejores, sino los que más potra tienen. Y por supuesto quienes gozan de privilegios, o sea, a quienes se la ponen a huevo, como dicen que se las ponían a Felipe II. Más o menos. Como se las ponen a los aristócratas, reyes y reinas incluidos, que disfrutan de privilegios que los demás ni los alcanzamos a imaginar, pobriños de nosotros. Pero esto daría para otro Mundial Social. 
En el fútbol, como en la vida misma (ya lo había escrito), el azar es fundamental. Ahora me viene a la mente esa extraordinaria peli del genio Woody Allen titulada Match Point, con una Scarlett Johansson que se sale de la pantalla, de lo carnal que se muestra, o bien nos mete a nosotros en la pantalla. Otro guiño al maestro Allen y su Rosa púrpura de El Cairo. 
Me hubiera gustado ver ganadora a Croacia (acaso porque me identifico con los pequeños, con los marginados, con los desheredados..., aunque los futbolistas croatas son enormes, véase nomás a Modric), entre otras razones o sinrazones porque Francia ya se hizo con el Mundial en 1998, año en que uno estuviera en París, o mejor dicho, trabajando a las órdenes del imperio Disney (por cierto, me confirmaron en Mojácar, cuando estuve la pasada Semana Santa, que Disney era originario de este bello y resplandeciente pueblo almeriense... cosas de leyenda, fantasía... quién sabe). Y recuerdo la fiestorra que se montó en la ciudad de la luz. Es como si Francia hubiera ganado la Tercera Guerra Mundial. Esa impresión me dio. 
La mestiza y aguerrida selección francesa es poderosa, sin duda (ahí está por ejemplo el joven atleta y goleador Mbappe o la estrella Griezmann), como lo fuera (aún más) la de Zidane en 1998. Así que al final logró llevarse la copa ante una selección de Croacia (recuerdo ahora que otro comentarista de este Mundial decía: Selección Colombia, en vez de Selección de Colombia, quizá me he perdido alguna clase lingüística) que propuso buen fútbol. Y que, sin el estropicio que le hiciera el árbitro de marras, acaso podría haber ganado la Gran Copa. 
Alemania y Brasil cayeron inexplicablemente (o explicablemente, por lo que he dicho o sugerido antes). Y España, que no tuvo suficiente empuje para encarar más y estar más fuerte en defensa (el portero, lo siento, a años luz del belga Curtois, aunque no debiera hacer comparaciones de mal gusto) se quedó en la estacada ante una anfitriona Rusia, que no ofreció nada de fútbol, pero sí una resistencia a prueba de bombas. 

Se cayeron dos de mis mitos de infancia y juventud: Alemania (idealizada por sus jugadores, entre ellos el magnífico Beckenbahuer, y quizá porque allí iban a parar muchos emigrantes nocedenses) y Brasil (por su descomunal juego, sus talentos, entre ellos Neymar, y también porque mi padre emigró a ese país carioca).
En este Mundial llegué a pensar desde un inicio (a veces me da por pensar, qué cosas, incluso en los recibos de la luz y del agua...), que la canarinha sería la campeona. Pero no acerté, porque ni soy el estrafalario vidente Rappel ni el fútbol es ninguna ciencia exacta, por fortuna. 



Ortigueira musical

El festival de Música de Ortigueira, que acaba de celebrar los 40 años de existencia, es una cita obligada, al menos para quienes amamos la música, quienes disfrutamos al son de las gaitas. 
El gaitero como símbolo de Ortigueira, la música como arte sublime que impregna con sus sones marinos las calles del pueblo, la música como el arte que tal vez más emociones me procura, ya sea esta música folk, gitana, clásica, new age...
Ortigueira

Ortigueira es una pequeña y coqueta población costera en la provincia de Coruña (Coruña a secas, como dicen os galegos, ni A Coruña ni La Coruña, ciudad por lo demás muy fermosa) que alberga a unos 90.000 visitantes llegado el festival. Visitantes que en su inmensa mayoría acampan, bajo un pinar, en la playa de Morouzos, pues el pueblo, como es lógico, no tiene capacidad hotelera. 

A decir verdad, este año, que además coincidió con el Resurrection Fest, que se celebra en la cercana localidad de Viveiro (y también con la semifinal y final del Mundial de Fútbol) me dio la impresión de que había menos gente que otros años en Ortigueira. 
Y la calidad de los grupos, de las pasadas ediciones, aún siendo buena, no llega a la altura de las bandas que actuaran a principios, mediados y aun a finales de los 2000. Véanse Capercaillie, Vartina, Gwendal, Kroke, La bottine souriante, Lian O'Flinn, Bela Fleck, Marta Sebestyen, Muzikas y Alexander Belenescu, Hedningarna, Taraf de Haiduks, Wolfstone, Phip Cunningham y Aly Bain, entre otros. Pero esta es sólo una opinión. Y cada cual opina según sus gustos y apreciaciones. 
Ría de Viveiro

Dicho sea de paso, tuve la ocasión de asomar el hocico a Viveiro, para darme un garbeo por la misma. Aunque en alguna otra ocasión ya había estado en este pueblo, que, al decir de un oriundo, ha crecido (creció, verbo más empleado por gallegos y bercianos) mucho y mal en los últimos treinta o cuarenta años, sobre todo achicando su preciosa ría para construir inmuebles. En el Resurrection Fest actuaban, entre otros muchos, Scorpions. 
Salvo algunos años, que no se hizo el festival (entre 1988 y 1994), imagino que por razones de financiación, este comenzó en 1978. 
Creo que la primera vez que oí que existía este festival de música Celta fue estando en Oviedo, principiando la Universidad, allá por 1985. Y me quedé con la coplica. Aunque, por razones varias, entre ellas el haber pasado tiempo fuera, incluso fuera de España, no me permitieron ir al festival hasta finales de los 90. Y a partir de esa fecha he ido religiosamente cada año en julio, el segundo finde, hasta la fecha actual, incluido este mismo año, naturalmente. Pues acabo de estar en el mismo. 
Digo religiosamente (aun sin ser religioso), habida cuenta de que se trata de un "santuario do folk mundial", de un peregrinaje cual si se tratara al santuario de Covadonga, la virgen de Lourdes o la virgen de Fátima. Aunque uno, dicho sea a la buena fe, prefiere otro tipo de vírgenes. 
Playa de Morouzos

El pueblo es en sí mismo bonito, con una playa, Morouzos, con mucho encanto, aunque el agua esté helada. Y casi siempre llueva, aunque sea verano. Por fortuna, este año no orvalló, aunque las nubes llegaran a amenazar en algún momento. 
Este año me entusiasmó la poderosa Pipe Band escocesa. Y aun otros grupos como el canadiense Yves Lambert Project, creado precisamente por el líder de La Bottine Souriante (a quien he podido escuchar en concierto, aparte de en Ortigueira, en Francia y Gales), el irlandés Kila o el polaco Beltaine.  
Pipe Band escocesa

Y, por supuesto, otro santuario cien por cien recomendable es el restaurante Río Sor, donde a uno lo tratan cual si estuviera en su propia casa. Y es que Galiza, sempre calidade, es grande en lo gastronómico, lo musical, lo literario, lo paisajístico... Y su sentir es el sentir berciano, incluso el de un berciano del Alto, de un berciano del útero de Gistredo, que también está tocado por la fibra astur-leonesa. 
Siempre nos quedará Ortigueira, con su brisa marina, que se transforma en música: nutriente espiritual, que nos ayuda a sentir más y mejor esta vida breve y efímera. 

miércoles, 11 de julio de 2018

El encuentro, por Andrés Flórez

Comenzamos con este relato, que forma parte de los talleres de escritura que imparto en la Universidad de León. Y que el periódico La Nueva Crónica, gracias a su director David Rubio, tiene la amabilidad de publicar a lo largo del verano. 
Se trata de El encuentro, de Andrés Fórez. 

Con una prosa sugerente, el autor logra adentrarnos en el erotismo a través de dos personajes, dos amantes que se encuentran en la ciudad de Salamanca, para dar rienda suelta a sus deseos y fantasías.

Os dejo el relato íntegro, para que podáis leerlo. 

Saúl, moreno, con sus 26 años y un envidiable cuerpo atlético, hacía cinco meses que había roto la relación con su novia y ahora sólo deseaba divertirse con  su trabajo, leer, hacer deporte y disfrutar en el gimnasio.

El primer día, que Saúl entró en aquel nuevo  gimnasio, se dirigió hacia su bicicleta elíptica y allí al lado estaba ella. Notó un vuelco en su corazón nada más verla. Aquella chica rebosaba belleza por todos los poros de su alma. Le resultaba difícil apartar la mirada de su porte elegante, de su figura esbelta y atractiva. Por su parte, ella también se había fijado en él, en que la estaba observando con minucioso detalle. Y esto no le desagradó, como solía ocurrirle en situaciones similares, sino que le pareció maravilloso.

A la salida del gimnasio, Saúl la invitó a tomar un refresco en un bar cercano y ella aceptó con agrado. Mantuvieron una amena conversación, congeniando en todo con naturalidad.

Aquello se convirtió, con el paso del tiempo, en un ritual. Ambos sentían el deseo y la necesidad de compartir, a la salida del gimnasio, momentos de charla interesantes. 

Las conversaciones, en un inicio de carácter cotidiano, fueron adquiriendo, poco a poco, un tono subido, picante, con continuas insinuaciones sexuales, sobre todo por parte de ella.

Vanesa, con 28 años, un largo cabello moreno, ojos castaños claros, una impresionante figura y una inteligente conversación, tenía entusiasmado a Saúl. Un día le soltó a bocajarro:

–El 30 de abril me gustaría tomarme el puente de Mayo y como ayer  me dijiste que tendrías que estar ese lunes en Salamanca, he pensado que podíamos pasar juntos esos dos días. Así me enseñas esa bonita ciudad de la que parece que estuvieras enamorado desde que estudiaras allí tu carrera.

–Sí. Claro. No sé –balbuceó Saúl–. No esperaba esta propuesta. Bueno, lo arreglaré y haremos como tú dices.

Por fin, llegó el día de su encuentro en Salamanca. Vanesa esperaba, con ilusión y ansiedad, a que llegase Saúl. Permanecía recostada en el sillón de la habitación del hotel.

Un intenso y agradable aroma impregnaba el ambiente. Ella se había puesto perfume en todo su cuerpo. También había comprado para esta ocasión un deslumbrante conjunto de ropa interior color salmón, que hacía juego con su piel morena. Vestida con pantalón corto, tras su amplia camisola se adivinaba un generoso escote.

Nada más entrar en la habitación, Saúl se quedó extasiado contemplando la impresionante imagen de Vanesa sobre el sillón. Su postura informal y sensual le hizo pensar que estaba ante la mujer más bella del universo. Se acercó despacio a ella, la cogió de la mano. Y  ambos se fundieron en un beso interminable. Sus lenguas se enredaron con ardor,  lo que les procuró un placer inmenso.  

Se deseaban como nunca. Y dieron rienda suelta a su deseo, juntando sus labios, besándose, acariciándose sin cesar.

Saúl se sentía muy excitado, pero deseaba tomárselo con calma, porque quería disfrutar con intensidad de aquel encuentro amoroso con Vanesa. Necesitaba controlarse, se dijo, y tratar de disfrutar mucho de su amada. Y a la vez deseaba hacerle disfrutar, porque esto le procuraba a él un gran placer.

Se acariciaron con gran delicadeza y sensualidad durante un buen rato, antes de que él la condujera hasta la cama, donde la invitó a acostarse. Colocándose de rodillas, Saúl comenzó a besarle los pies. Se entretuvo lamiendo cada uno de sus dedos a la vez que le provocaba cosquillas, que ella lograba a duras penas esquivar, porque le procuraba una agradable sensación.

Saúl gozaba recorriendo cada mínima porción del cuerpo de Vanesa. Escalaba su precioso cuerpo, del que admiraba cada centímetro que iba cubriendo de besos, mientras ella sentía una gran excitación. Cuando llegó a la mitad de sus muslos, ella se estremeció al sentir la humedad de su lengua. A ella se le había acelerado mucho su respiración, y temblaba de placer. Su piel era extremadamente suave. Por su parte, Saúl tenía el pene totalmente erecto, pero deseaba dilatar la penetración, que ella le estaba sugiriendo.

Él le quitó sus braguitas con suavidad. Y continuó recorriéndola con su lengua hasta alcanzar su sexo, que sintió humedecido y perfumado al acercar sus labios. Era el suyo un aroma fresco con sabor a Aloe Vera. Vanesa se estremeció y comenzó a gritar, de un modo suave, cuando él se puso a jugar con su clítoris. Pero, a medida que él continuaba besando y lamiendo su clítoris, ella gritó con más fuerza, de modo que su placer era acorde con el clímax que estaba alcanzando.

Entonces, le pidió que por favor la penetrase porque quería sentirlo dentro de ella. Saúl, aunque se resistía a su petición,  continuó recorriendo su escultórico cuerpo. Dejó multitud de besos en su ombligo, su vientre, sus brazos hasta alcanzar sus generosos pechos, de considerable tamaño y delicioso tacto aterciopelado. Se entretuvo saboreando sus pezones que, al contacto con su lengua, se erizaron y endurecieron. De sus pechos pasó a su  cuello, que besó y mimó con pasión, provocando en ella un enorme goce, a la vez que él se embriagaba con su aroma juvenil. Después de acariciarse ambos con entrega, se fundieron en un tierno beso, al que Vanesa puso fin empujando a Saúl hacia atrás. En ese instante, ella lo forzó a darse la vuelta, tomando ella el dominio de la situación. Ahora era ella quien deseaba devolverle todo el placer que él le acababa de procurar. Comenzó besando el empeine de sus pies, para continuar recorriendo sus piernas, sin prisa, con decisión. Él se sentía muy excitado. Y muy sensible a las caricias y los besos de ella. Le estaba costando mucho resistir, en actitud pasiva, aquella excitación. Vanesa tomó en su mano el órgano sexual de Saúl, para acto seguido llevárselo a su boca con extrema delicadeza. El ritmo de las caricias fue en aumento, aunque ambos deseaban retrasar el clímax, querían que aquello no se acabara nunca. Vanesa siguió recorriendo, de un modo sensual y tierno, el cuerpo de Saúl.  Continuó con suaves movimientos y continuos besos mientras le masajeaba su miembro. La penetración llegó de un modo natural. Y Vanesa creyó tocar el cielo cuando se sintió penetrada. Saúl la penetró una y otra vez hasta alcanzar el orgasmo. Vanesa ya había tenido varios orgasmos antes de que Saúl lograra finalizar.

Luego se quedaron inmóviles y relajados, en la misma posición en que habían culminado su acto amoroso, hasta que se durmieron plácidamente. Al despertar, se fundieron en  un largo y entrañable abrazo que les procuró una sensación de bienestar, que les incitó a volver a las andadas. Como si quisieran experimentar de nuevo su aventura. Deseaban que aquello no se terminase nunca.

Saúl, después de volver a amar a Vanesa con devoción, se quedó rendido y tirado, desnudo sobre la cama, con el aspecto de felicidad dibujado en su cara.  Vanesa lo miró con placer, sonrío y lo invitó a que se diera una ducha con ella. La abrazó por detrás y comenzó a acariciarla como si antes no lo hubiera hecho. Puso una abundante cantidad de gel en su mano y se dispuso a acariciarla a la vez que se frotaba en sus nalgas. Le acarició con avidez sus senos, su vientre, su entrepierna. Y acabó penetrándola por detrás.

Volvieron a la cama. Necesitaban reposar. Contemplarse. Mimarse. Conversar. Sólo querían vivir el presente. Habían perdido la noción del tiempo. Su tiempo era sólo el presente. Se sentían felices.