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jueves, 9 de julio de 2020

Novecento

El fallecimiento de Morricone me ha hecho recordar la película Novecento, de Bertolucci (el controvertido director italiano de El último tango en París).
Novecento es una de las grandes películas de la Historia del cine, que me dejó huella la primera vez que la vi, hace ya un montón de años. Y que he vuelto a ver en algunas ocasiones más. 

El genio Morricone le pone banda sonora a este fresco histórico, a esta épica, poética y colosal película, tanto en metraje como en la calidad narrativa, pues ver esta cinta es acaso como leerse un manual de historia, que nos contara, que nos cuenta en verdad la lucha de clases entre el campesinado y la aristocracia-burguesía de principios de siglo XX en una Italia donde comienza a proliferar el terrible fantasma del fascismo, representado en el brutal y vomitivo Attila (que interpreta de un modo magistral el actor Sutherland). 
La película, aun siendo coral (en la que intervienen grandes estrellas, secundarios y figurantes) está básicamente sustentada en dos grandes pilares actorales como son De Niro (Alfredo, que simboliza al patrón, el terrateniente, el hacendado) y Depardieu (Olmo, que representa a los campesinos). Dos fenómenos de la interpretación, que nos cautivan con su presencia escénica. Dos polos opuestos que nacen y crecen juntos como amigos. Una pena que sus antagónicas clases sociales los lleven por los derroteros de una lucha encarnizada. 
Así somos por lo demás los seres humanos, qué terrible. 
Aparte de las secuencias costumbristas, digamos de faena campestre, como por ejemplo la siega, el ordeño de las vacas o la matanza del cerdo (impactante el contraste de la sangre en la nieve), entre otras (lo que me devuelve a cuadros naturalistas extraordinarios. Y por supuesto nos remite a otra obra maestra del cine como El árbol de los zuecos, de Olmi) sigo impresionado, cada vez que la veo, por dos secuencias demoledoras, a saber, una en la que vemos a Olmo y Alfredo compartiendo una prostituta epiléptica. Sobrecogedora. Y otra, aún más terrible, que logra producir un choque emocional en el espectador cuando "el camisa negra" Attila y su mujer Regina (Laura Betti) dan captura a un niño, con el que acaban de un modo monstruoso. Una escena que resulta vomitiva pero que nos avisa de los horrores, de los límites, sobrepasados de largo, a los que puede llegar el ser humano, al menos algunos seres-alimañas. 
Soberbias las interpretaciones, no sólo de los protagonistas/antagonistas De Niro y Depardieu, sino de todo el elenco actoral, en el que sobresalen grandes como Dominique Sanda, Stefanía Sandrelli, Burt Lancaster o el propio Sutherland, con su mirada desafiante y desquiciada.  
En cuanto a las localizaciones, aparte de Cinecittà (donde tanto le entusiasmara filmar al maestro Fellini), la mayor parte de secuencias están rodadas en la región de Emilia-Romagna, de donde era originario el director de El cielo protector (basada en la novela homónima de Bowles).
Me entusiasma la estética de la imagen de Novecento, con una iluminación/fotografía concebida en función de las diferentes estaciones del año. No en vano, es el maestro Storaro (uno de los mejores directores de fotografía del mundo) quien se encarga de esta labor. 
Aunque tenga una larga duración, la película no pierde interés en ningún momento, si bien su director se quejara de que el montaje final para exhibirse en salas de cine no acabara de convencerle. 
 

miércoles, 8 de julio de 2020

En tres tiempos

El pasado es la memoria que nos ayuda a vivir,  a saber quiénes somos y quizá hacia dónde vamos. 
En este mundo a la deriva. 
Lleno de miedos e incertidumbres.
Esclavizado a la ignorancia y el poder.
Sometido al dinero-basura. 

El futuro es la ilusión que nos permite seguir viviendo. 
En este mundo trastornado.
Lleno de angustias y depresiones.
Esclavizado a las clases sociales.
Sometido al imperio de la sin razón.
El presente es lo único que nos mantiene ligados y aun religados a la realidad, que es la que deberíamos vivir y sentir en cada instante, con fuerza, con entusiasmo, con amor, a pesar de las adversidades y contratiempos. 
En este mundo falsario.
Que revienta por la cañería de sus poros.
Esclavizado al tener. 
Sometido a la estupidez.
El presente es lo único que tenemos. Y nos hace ser. Como si cada instante fuera eterno. En una eternidad ficticia, suspendida en el aire. 
Nuestro presente es nuestra única razón de ser.
La vida es bella a pesar de los pesares. 

Cinema Paradiso

Se tu fossi nei miei occhi per un giorno 
Vedresti la bellezza che piena d'allegria 
Io trovo dentro gli occhi tuoi 
E nearo se magia o lealta

Ayer escribía una entrada sobre Morricone, el cine y la música, haciendo referencia a la banda sonora de la película Cinema Paradiso, que es todo un canto a la nostalgia, a la ternura, a la belleza mediterránea. Y también ayer mismo volvía a ver en la tele esa película de Tornatore que en su día nos dejara la emoción en la mirada y por ende lágrimas en los ojos. 

Un viaje al pasado, el del protagonista Totó, rememorando desde el presente con tristeza en la mirada toda su infancia y juventud en una aldea siciliana (película filmada en gran parte en escenarios naturales sicilianos, entre otros Cefalú y Palazzo Adriano, que se hace pasar por el inventado pueblo de Giancaldo). Me fascina Sicilia. Y ahora más que nunca me apetecería volver a esa isla. 
Cinema Paradiso e un viaje contado en tres partes: infancia, juventud y época adulta de Totó. 
Es lo que tiene en ocasiones el cine, que nos identificamos tanto con los personajes, que acabamos creyéndonos todo aquello que nos cuentan, aunque sepamos de antemano que se trata de una ficción, una ficción que podría haber sido real como la vida misma, en todo caso (es probable que el director Tornatore nos esté contando su propia autobiografía, aunque esté ficcionada). Porque el cine es una apariencia de realidad, una imagen más o menos fidedigna de la realidad. Una sucesión de imágenes en movimiento que nos dan la sensación de realidad, de estar viviendo un presente, que nos seduce y nos atrapa, como es el caso de Cinema Paradiso, película que cuenta con los ingredientes suficientes para paladearla, degustarla, como si fuera el mejor manjar, que lo es, porque la belleza, como nos dijera el surrealista Dalí, será comestible o no será. Y esta película es una belleza comestible, que nos habla del cine, del poder del cine, de su magia, de la capacidad que tiene también como medio de masas, de concentrar en torno a su luz a toda la población de una aldea. Y por tanto, la capacidad del cine para mostrarnos la vida, al menos una suerte de vida, para meternos de lleno en la pantalla y sentirnos, al menos por un tiempo, parte de lo que se nos está contando. 
Cinema paradiso, como su propio título indica, nos introduce en el mundo de las películas clásicas, en blanco y negro, en historias de amor, acaso románticas, como la propia historia de Totó adolescente con su amada Elena, un amor imposible, o mejor dicho, un amor finito, como todo en la vida. Porque también la vida es finita. 

Y por supuesto nos muestra todo un microcosmos a través de una galería de personajes que parecieran salidos de una película de Fellini (alguna escena me hace recordar a Amarcord, como alguna de los adolescentes excitados en el cine o bien alguna en la escuela, como cuando una feroz maestra interroga a uno de sus pupilos: ¿5x5?, pregunta la seño, a lo que el rapaz aturullado acaba respondiendo, con la inestimable ayuda de Totó, Navidad. Simplemente genial). 
También el cura censor, el loco de la plaza, las prostis en el camerino de la sala de cine... refuerzan esa idea de película fellinesca. 
Cinema Paradiso (que me traslada también al Cinema Paz de Bembibre) me hace recordar al cine del fallero Berlanga. 
Me conmueve sobre todo esa historia de amistad, de amor también, entre el veterano proyeccionista Alfredo (interpretado magistralmente por el actor francés Noiret) y el niño aprendiz Totó, que está divino. 

Una historia verdaderamente entrañable la que se estable entre ambos, pues el niño busca en Alfredo la figura de un padre que no ha tenido y Alfredo por su parte encuentra en Totó el hijo ansiado (me sobrecoge la secuencia de Alfredo y Totó en la bicicleta). 
Un padre que desea lo mejor de verdad para su hijo, que lo impulsa a salir de la caverna, que lo impulsa en definitiva a volar, a crecer. Que lo ama de verdad, sin ataduras, sin posesión, con auténtica libertad. Porque el amor puro es eso. Lo demás es algo tóxico. 
Por eso le dice, cuando es un adolescente, que se vaya del pueblecito donde viven (aldea ficticia en la maravillosa Sicilia) a Roma, la ciudad eterna, donde podrá labrarse un futuro provechoso. "¡Vete!, vete y no vuelvas nunca. Y si algún día te gana la nostalgia y regresas… No me busques... Busca algo que te guste y hazlo, ámalo como amabas de niño la cabina del Cinema Paradiso. Desde hoy, ya no quiero oírte hablar; ahora, quiero oír hablar de ti…", le dice contundente Alfredo a su amigo/hijo Totó. 
Memorable esta cinta de Tornatore.