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miércoles, 27 de marzo de 2019

La fragua literaria leonesa: Tirso Priscilo Vallecillos

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Tirso Priscilo Vallecillos: "La escritura es un juego y un reto conmigo mismo"

El narrador, poeta y profesor Tirso Priscilo Vallecillos, autor del poemario 'Viejos' (Huerga y Fierro, 2018), entre otros libros, tiene previsto publicar próximamente una novela titulada 'El discurso' a través de la editorial Baile del Sol, aparte de un nuevo poemario y un libro de aforismos.

Tirso Priscilo
Tirso Priscilo
Manuel Cuenya | 27/03/2019 - 10:33h.
A la memoria de:
Margarita, David Álvarez, África y Ángel, Sarita, Hilario y Mari.
Y de Arsenio Gil, Antonio Peña, Nides e Isaac, Antonio y Teresa,
padres de mis queridos amigos de Veguellina de Órbigo.
Los recuerdos son cristales esquivos:
nunca se sabe si los atraviesas
o si reflejan vida perpendicular
o vaho.
Recuerdos, tractores envueltos en niebla, barro, motores y luces...
Maestros y maestras, tenderos, oficinistas, artesanos,
señorines y señorinas haciendo pretérito.
Recuerdos varados en la plaza, en el casino, en el camping,
en las piscinas de Mata, en la azucarera...
O que descienden por el río
mientras rapazas lavan su pelo y jóvenes valientes
hunden sus cabezas en profundos pozos.
Recuerdos que transitan caminos, andenes
que comparten zancada, vagón
o el sillín de una vieja bicicleta
o la suntuosidad de una carroza en días de fiesta.
Recuerdos escasos como libélulas, mensajes en morse
fraguados a golpe de dominó
por las jóvenes manos de nuestros ancianos padres
desde las concurridas mesas del Bahía o la Cristy.
Recuerdos sabrosos como los caldos del Español
o las patatas de la churrería o las palmeras de la Amaya,
recuerdos con regusto a Comunión y a chapas, a cubata y panificadora...
Recuerdos que destrozan espaldas
al son de 'chorro pico tallo madera piquín',
que reptan en viernes lectivos bajo los sillones del cine Apolo
que esquivan balonazos estivales en las mesas de la plaza.
Recuerdos, caricias de ortiga y lengua de 'beso, verdad o atrevimiento'.
Hay algo que nos une en la oscuridad del olvido:
los recuerdos, esos 'puntos ciegos' de la mirada
espejos fractales cuyos destellos pueden verse a orillas del río
con los dedos arrugados los recordamos en el agua
provienen de una estrella herida de muerte que,
aferrada a nuestras vidas, se resiste a desaparecer.
(Tirso Priscilo Vallecillos, 'Recuerdos', poema incluido en su libro 'Viejos')
Que uno es de donde pace y no donde nace se cumple en el caso del escritor Tirso Priscilo Vallecillos, que, aunque nacido en Motril (Granada), se siente de Veguellina de Órbigo, porque este pueblo leonés es su infancia y, como mínimo, asegura él, todos los veranos de su vida.
"Allí tengo piso propio y cada vez aprovecho más los periodos de descanso para volver al pueblo: mis amigos de siempre, parte de mi familia, y todos y cada uno de mis yoes apostados en cualquier esquina... Veguellina es el reencuentro", afirma a la vez que reconoce que le molesta cuando toman su lugar de nacimiento, lugar del que se siente muy orgulloso, para definirlo.
"Me defino indiferentemente como andaluz-leonés o leonés-andaluz. Mi carácter presenta trazas de ambas formas de entender la vida, y como autor puedo decir lo mismo. Tan andaluz y tan leonés como cualquier otro. No se es de un lugar por accidente, se es de un lugar por convicción. Veguellina es mi pueblo. Es cierto que cuando digo 'mi pueblo' suelo referirme a Veguellina o a Motril dependiendo de la situación, del tema del que esté hablando, de si estoy en el sur o en el norte... De hecho, suelo confundir al que me escucha. Por mi acento, todo el mundo piensa que soy de León (la lengua de la adolescencia suele prevalecer a lo largo de la vida, eso dicen muchos tratados y yo lo corroboro)... Es cierto que cuando me distancié de León vi mi tierra con mucha más nitidez. Y me abruma lo que veo, la variedad y riqueza de la provincia en todas las categorías posibles, desde los entornos naturales a su gastronomía", expresa este Diplomado en Ciencias Humanas, filólogo, antropólogo y máster en Escritura Creativa, que vive en Sevilla, donde trabaja como profesor y asesor de formación en un centro de profesorado. Labores que combina con la escritura y la impartición de conferencias, cursos, talleres... algo que él denomina como 'teatro paranoia', siempre en torno al tema de la creatividad.

León y Andalucía, hermanadas

"Acabamos de organizar unas jornadas de literatura con escritores de primera línea y un día los invité a comer a casa un cocido. Por la tarde teníamos sesión de conferencias y una de las escritoras comenzó su conferencia diciendo algo así: "Me encanta Sevilla y sus cocidos de León". El caso es que soy tan leonés en León como en Andalucía y tan andaluz en Sevilla como en León", subraya Tirso Priscilo, que guarda muy buen recuerdo de la lectura de los cuentos de Josefina Aldecoa, sobre todo de su 'Historia de una maestra', "libro muy leído por muchos de los que nos dedicamos a la docencia por vocación", agrega el creador del libro de aforismos 'Homo pokémons' (Trea, 2017); al que le atraen todos los géneros. Y que disfruta al experimentar con los formatos, estructura y lenguaje.
"Veguellina es mi pueblo. Es cierto que cuando digo 'mi pueblo' suelo referirme a Veguellina o a Motril dependiendo de la situación, del tema del que esté hablando, de si estoy en el sur o en el norte... De hecho, suelo confundir al que me escucha"
Aparte de Josefina Aldecoa, ha leído a varios autores leoneses, entre ellos a Antonio Colinas, Victoriano Crémer... "aunque es Juan Carlos Mestre, al que he descubierto recientemente, el que más se acerca a mi gusto estético. La potencia de sus imágenes es incuestionable, son como bombas de racimo de lo sensorial. Gullón y Gamoneda me han acompañado en mi formación filológica... Ahora conozco a muchos autores con los que coincido en lecturas y festivales. Todos aportan algo interesante, pero mejor no los nombro, que no quiero olvidar nombres", apostilla el autor del poemario 'Viejos' (Huerga y Fierro, 2018), que tambiénconfiesa haber leído varias obras de Julio Llamazares, disfrutando mucho con su favorita,  'La lluvia amarilla'.  A este respecto dice que el tema de la despoblación de los pueblos del interior parece que se mantiene de actualidad.
"León siempre ha sido una provincia caracterizada por la dispersión geográfica, hecho que, unido a las fuerzas actuales de la economía, pone en peligro muchos municipios".

domingo, 24 de marzo de 2019

Por el Duero

El Duero (el Douro, como le llaman nuestros hermanos portugueses) es uno de los ríos más importantes de nuestra geografía. El más importante a buen seguro del Noroeste de la Península Ibérica, con un recorrido de cerca de 900 kilómetros, lo que nos da una idea de su relevancia. 
El Duero desde Miranda do Douro
Y lo mejor de todo es que este río, que nace en la serranía de la provincia de Soria, nos religa a españoles y a portugueses, porque discurre por Burgos (Peñaranda, Aranda...), Valladolid (Peñafiel, Pesquera, Tudela, Simancas, Tordesillas...),  Zamora (Toro, Fermoselle...) y Salamanca (Aldeadábila, La Fregeneda...) hasta adentrarse en Miranda do Douro, que es realmente tierra hermana incluso en su hablar (el mirandés está emparentado con el leonés), también en su sentir. 
Castelo de Miranda

Sólo el término Trás-os-Montes me hace soñar. ¿Qué habrá detrás de la sierra de Gistredo?, me preguntaba siendo un rapacín. 
Mi curiosidad sigue intacta, como cuando era un niño que se preguntaba qué había detrás de algo. ¿Qué hay detrás de una persona? ¿Qué hay al otro lado de la vida? ¿Qué hay? ¿Qué habrá detrás, una vez que alcance la cima de la cuesta de Carralacueva?, me preguntaba también. Pues aquel territorio parece marcar, delimitar mi pueblo por el lado este, donde están situadas las localidades de San Justo y Cananillas de San Justo. 
Fermoselle

Los ríos, como los lazos de amistad, nos unen, porque ellos no entienden, por fortuna, de fronteras. Y siguen su curso natural. 
Ni que decir tiene que me gusta el agua, los manantiales, las fuentes, los ríos y los lagos, el mar, todo aquello que fluye, porque el agua es vida. Y me entusiasma la vida. 
Barca d'Alva

Me gusta el fluir, los fluidos. Y el río Duero forma parte de este fluir, que es la vida. Un fluir unido asimismo al vino. Pues por donde discurre el Douro, tanto en España como en Portugal, el vino es esencial: ahí está toda la Ribera del Duero y el vino de Oporto, con sus grandes bodegas en Vila Nova de Gaia, en la otra orilla del río. 
La Congida

Mi útero de Gistredo, la Noceda en que me nacieran, es tierra abundante en manantiales, incluso curativas, y en veneros (hasta una ruta existe, la de Veneiro). 
Supongo que Noceda, que también es tierra de nogales y castaños, ha tenido mucho que ver en mi querencia por el agua. 
Presa de Saucelle en provincia de Salamanca
No es mi intención hacer un recorrido literario por este río, que tanta literatura nos ha dado, comenzando por el bueno de Antonio Machado, y terminando, por ejemplo, por Cuaderno del Duero, de Julio Llamazares, o bien Corazón de roble, de Ernesto Escapa. Sin olvidarnos de autores como Unamuno, Gerardo Diego, Miguel Torga o el Nobel Saramago, entre otros muchos. 

El asunto es que, a comienzos del año de 2012 (lo recuerdo porque aún conservo por fortuna fotos), me lancé a la aventura, no con la proeza de recorrerlo a nado, ni tan siquiera con la malévola idea de arrojarme a él para experimentar una muerte por ahogo, ironías y humor macabro aparte. 

Mi idea era la de conocer de primera mano, al menos una parte de su recorrido, con el objetivo de escribir algún libro para la editorial Everest. Pero aquella idea se truncó, se quedó sólo en eso, en un embrión, un esbozo, un proyecto, que nunca llegaría a ver la luz. Cosas que ocurren en la vida, me atrevería a decir que gran parte de las veces. 
Mirador de Penedo Durao

Dicen en mi pueblo (creo que es de dominio público) que todo aquello que no puedas hacer por ti mismo, date por jodido, así a la llana y sin rodeos. Y todo aquello en lo que no metas toda la carne en el asador, tampoco va a resultar nada fácil. A veces ni metiéndola toda. Me refiero a la carne. 
Pues eso, que ahora me da por recordar que algún día, enero de 2012, tuve la ocasión de darme un un garbeo por los Arribes (algunos escriben las Arribes) de tierras zamoranas, incluso salmantinas, adentrándome asimismo en localidades portuguesas como Miranda do Douro, Barca d'Alva o Freixo de Espada à Cinta. 
Freixo de Espada à Cinta

Recuerdo aquel viaje como un sueño, o una alucinación. Con el agua penetrándome, penetrando en mis ojos, deseosos de alcanzar de un solo vistazo todo el esplendor (o el fluir) que procura el Duero. 

Recuerdo en especial aquellas imágenes espectrales de La Congida, un día radiante de enero. Y el pueblo de Fermoselle (fermoso nombre) para un lugar con el encanto del empedrado de sus calles, donde el tiempo pareciera haberse detenido, y sus bodegas subterráneas. Conocida como capital de los Arribes del Duero, te hace sentir en paz. 

Recuerdo aquellos miradores hacia los cañones de los Arribes, que te quietan el hipo. Y la sensación de sobrevolarlos como un zopilote. 
Recuerdo aquellos paisajes impregnados de agua, con sus presas y sus embalses. Y la estampa de una mujerica a la sombra de un freixo o fresno con su espada al cinto como símbolo de la población portuguesa de Freixo. 
España y Portugal hermanados por un río, el Douro, que es una gran arteria de vida y vino, agua y emoción por la que podemos navegar cual si estuviéramos en un sueño. 
La desembocadura del Douro en Porto es también una alucinación poblada de belleza y amor. 


Roma, capital de plazas y fuentes


                       
           
                                                           Mi Vaticano es la tumba de John Keats.
Juan Carlos Mestre, La tumba de Keats.

                                El único verdadero viaje, el único baño de juventud sería el de no andar hacia nuevos paisajes, sino tener otros ojos.
                                  Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.

Escribir sobre Roma es como echarse una carrera, montado en bicicleta, sobre la cuerda floja y malabar de un circo. El gran circo romano, Circo Máximo, escaparate antiguo y moderno donde nos hemos visto reflejados tantas veces.
(Texto incluido en mi libro Viajes sin mapa, de 2008)

            Tanto se ha escrito sobre esta ciudad, que a uno le entra como pánico al intentar contar algo original sobre ella, lo cual que es un ejercicio de titanes o gladiadores. Sin embargo, siempre puede resultar estimulante y atrevido adentrarse en la Ciudad Eterna, tal vez con la mirada inocente de un niño que se asombrara de cuanto ve, escucha y degusta. A uno, en todo caso, le gusta escribir sobre aquello con lo que está o cree estar familiarizado, y Roma es una de esas ciudades en las que uno se siente como si estuviera en casa. Roma es, incluso en la actualidad, una ciudad hecha a escala humana, pintada con los colores terrosos de la piel, y el naranja tostado de la carne humana. Hay ciudades, como es el caso de la capital italiana, en la que nada más poner los pies, te sientes cautivado. Hay un aroma especial, natural, impregnado por la pasta, las pizzas y el café, un clima extraordinario y un colorido que te invitan a quedarte. A uno, dicho sea de paso, le gustaría quedarse a vivir en Roma una temporada.


            Desde que visitara esta ciudad en 1988, en un viaje iniciático por Italia,  he estado en ella varias veces. A lo mejor es cierto eso de que, quien arroja una moneda a la Fontana de Trevi, vuelve a Roma. En realidad, esto no deja de ser una superstición. Pues uno sólo cumplió con este ritual la primera vez. Luego uno ha vuelto a Roma sin haber lanzado la moneda a la fuente porque lo que se quiere de verdad a menudo se suele conseguir. Hubo un tiempo en que sentía devoción por Italia, y acostumbraba a viajar a este país todos los años. ¿Quién no se siente a gusto en un país hermano? Un país tan próximo en cultura, lengua, forma de ser y entender la realidad.  Ahora he vuelto a recuperar el gusto por este país, y esta ciudad de ciudades. Roma es como la mamá que uno siempre lleva presente en el corazón. “Roma, cuerpo de diosa litográfica y fuerte, ruina y mitología, temperatura de oro”, según Umbral.
El capitolio


           A uno le gusta Roma, incluso sin haber estado nunca en ella, como diría el mago Fellini acerca de Viena. Y aunque esto parezca una tontería, no lo es tanto habida cuenta de que Roma está presente en el subconsciente, allí donde van a parar las imágenes,  desde que uno era un niño. La Roma de Fellini, Pasolini, Rossellini, De Sica, Vacaciones en Roma de Wyler, y aun la mirada poética de Greenaway acerca de la arquitectura romana han calado hondo. Roma forma parte de nuestro imaginario colectivo. Cuando uno visita su foro, el Coliseo, el Capitolio, sus monumentos milenarios, su Vía Appia Antica siente como escalofríos. 
Loba capitolina

Es una emoción tan intensa que te ayuda a repensar tu realidad y la historia al completo. Mas no es sólo la Roma antigua, monumental, la Roma Imperial y Papal, la que logra estremecerte, sino la Roma que tienes ante tus ojos, la Roma que saboreas, las diferentes Romas que han quedado en pie para regocijo de oriundos y viajeros: Aurelia, San Pietro, Trastevere,  Ostiense, Tuscolana, Tiburtina, Termini. Cuando uno llega a la capital Imperial en tren desde el norte del país va adentrándose poco a poco en cada una de esas Romas hasta llegar a la legendaria y cinematográfica Estación Termini. Y es que Roma llegó a ser, además de capital mundial,  cargada de historia, la ciudad del cine, la Cinecittà de Europa. Desde que Fellini nos dijo adiós, Cinecittà ya no es ni su sombra. Pero aún así merece una visita, sobre todo para aquellos amantes del séptimo arte.

            Cinecittà

            Roma es en sí misma un gran plató de cine. Es probable que sea una de las ciudades más filmadas del mundo. Fellini llegó a reinventar Roma en algunas de sus magistrales películas como La dolce vita y la propia Roma. Anita Ekberg surgida como una loba o matrona capitolina de la Fontana de Trevi es una escena que ha quedado grabada en la retina de la memoria de cualquier cinéfilo. Y es que Roma tiene mucho de Mamma. Por otra parte, está la propia ciudad del cine (Cinecittà) a las afueras de la capital, en el sureste, a la que se puede llegar en metro. En esta grandiosa ciudad del cine rodó Fellini gran parte de sus películas, incluso construyó en plató la famosa Vía Vittorio Veneto, que sigue siendo una de las vías más animadas y lujosas de la ciudad.
            Para acceder a Cinecittà se necesita un permiso previo, aunque uno siempre tiene la posibilidad de darse una vuelta por los alrededores y echar algún vistazo al interior. Enfrente de Cinecittà está el antiguo Centro Sperimentale di Cinematografía, hoy Escuela Nacional de cine, donde se han formado grandes directores del cine italiano, y algunos prestigiosos del cine Latinoamericano como es el caso de Julio García Espinosa o Gutiérrez Alea, alias Titón. Incluso García Márquez, el premio Nobel, llegó a estudiar en este centro, que fundara el Duce.

            Calles, callejuelas, fuentes y plazas


            Roma, aunque sea una ciudad grande, está hecha para pasearla y recorrerla a pie o en vespa. Como vemos a Moretti en Caro Diario. A medida que uno la recorre se va encontrando con calles, callejuelas, fuentes y plazas únicas, porque Roma es sobre todo una ciudad de fuentes y plazas o de plazas-fuente. 
Fontana de Trevi

Roma es la ciudad del agua, y por supuesto del agua potable. No en vano tuvieron la ingeniosa idea de construir esa ciudad en lugar tan privilegiado, y a tan pocos kilómetros de la Playa de Ostia. En cualquier esquina, calle o plaza te topas con una o varias fuentes, y eso se agradece mucho, más que nada en verano, que suele atizar el sol. Roma es sin duda la capital de las fuentes y las plazas, algunas realmente hermosas y pintorescas: la fuente de los Cuatro Ríos en la Piazza Navona, la del Tritón en la plaza Barberini y, al pie de la Escalinata de la Trinidad del Monte, la Fuente de la Barca, obras del maestro Bernini, la de las Náyades en la República, la mítica Fontana de Trevi, las Cuatro Fuentes, que representan al Nilo, al Tíber, a Juno y a Diana.  O una sencilla y retirada que hay en el Trastevere, en Vía della Cisterna, que es una cuba de la que brota el agua.
Campo dei Fiori


            Uno siente especial predilección por Campo dei Fiori, donde por cierto hay dos fuentes, además de la imponente estatua de Giordano Bruno. Campo dei Fiori, sin llegar a ser un lugar muy visitado por turistas y viajeros, es una plaza popular, en la que montan un mercado de frutas, y donde uno puede saborear un excelente cappuccino en el café Magnolia al precio increíble de 0,90 céntimos. Por supuesto, uno debe tomarlo en barra, si no quiere que le encasqueten tres euros en terraza. La picaresca italiana está a la orden del día. La clave, como todo en esta vida, consiste en andar despierto. Aquí y allá. Y al lado de Campo dei Fiori está la Bruschetteria de la Via dei Giubbonari, en la que se comen deliciosas pizzas al taglio. La caprese, en particular, está muy buena. Tan buena como la rubiecita que te las corta y calienta en el horno. 
Panteón

Otra calle mítica y chic es la Vittorio Veneto, donde están algunos de los mejores bares y restaurantes de la ciudad. Esta es la vía por excelencia de La dolce vita, el dolce far niente, la calle en la que Fellini rodara algunas de sus mejores secuencias, la calle del Café París, cuya entrada está repleta de fotos del gran cineasta italiano. Hay incluso una placa, al lado del Café París, dedicada al maestro: “A Federico Fellini che fece di Via Veneto il teatro della dolce vita” (20 Gennaio 1995). También al cineasta le han dedicado el Largo Fellini, que está al final de Vía Veneto, en el límite con Villa Borghese.


            Villa Borghese es como el gran pulmón de la ciudad, un parque agradable, al que los romanos y algunos turistas van a estirar las piernas y oxigenar sus neuronas, a pasear en bici o en cochecitos de alquiler. Desde Villa Borghese se tienen magníficas panorámicas de la ciudad, sobre todo al atardecer, cuando se pone el sol.
Termas de Caracalla
            Otra vía asociada al cine y los cineastas es Porta San Sebastiano, que está al lado de las Termas de Caracalla. En esta vía están las casas de Alberto Sordi, Mastroianni, Roberto Benigni y Anna Magnani. “En la Casa de Sordi vive su hermana porque él no estaba casado”, agrega un señor. “Y esta es la casa de Mastroianni, cuando vivía con Catherine Deneuve”, señala con entusiasmo. “Y esta es la casa de Benigni, y la otra de la Magnani”. La vía di Porta San Sebastiano es idílica para vivir. Es como si de repente uno entrara en un bosque encantado, donde cantan las chicharras y silba el ruiseñor. La Vía Porta San Sebastiano se prolonga con la Vía Appia Antica. Si uno dispone de tiempo merece la pena darse un paseo a lo largo de esta Vía, aunque sólo sea hasta la tumba de Cecilia Metella.


            Uno no debe dejar de visitar, además de la Navona, las plazas del Panteón, Spagna y el  Popolo.
piazza Navona
            Desde que viera la película El vientre de un arquitecto de Greenaway el Panteón es como el símbolo supremo de Roma. Uno visita este monumento como quien se adentrara en otra dimensión.       
A Piazza Spagna uno va sobre todo a sentarse, en compañía de otros muchos turistas e italianos, en las Escalinatas de la Trinidad, a fumarse un cigarrillo, mientras contempla el vaivén de la muchedumbre, al tiempo que disfruta de un cielo azul despejado, comestible y protector. A uno se le antoja que el cielo de Roma siempre es azul. A esta plaza van los italianos a ligar con las guirufas, que se tienden al sol con los muslos al aire y unos escotes que provocan vértigo. En esta plaza también está la casa-museo de los poetas románticos Shelley  y Keats, lo cual que es otro motivo para darse un garbeo por la misma. Devotos, y aun fetichistas, de los poetas ingleses están de enhorabuena porque en esta casa-museo se pueden ver manuscritos, cartas, incluso mechones de la cabellera de Keats. Sabemos que los románticos ingleses, por lo general, se sentían muy atraídos por la capital italiana. El extraordinario clima de Roma atrae mucho a los turistas de los países nórdicos. Shelley y Keats están enterrados en el cementerio protestante de la ciudad.

            El cementerio protestante

            A la entrada del cementerio hay una placa con una inscripción que reza así: “Cimitero Acattolico per gli stranieri al testaccio. Protestant Cemetery”. Está ubicado cerca del metro Pirámide, en Vía Caio Cestio, número 6, al lado de la Pirámide Cestia, en el sur de la ciudad. No resulta complicado llegar a pie, aunque uno tenga que caminar desde Estación Termini. 

El cementerio es pequeño y acogedor, y desde donde está la tumba de John Keats se tienen vistas hermosas sobre la Pirámide. Al lado de Keats están los restos de su amigo y poeta Joseph Severn (fallecido en 1879). No lejos de éstas se pueden ver las tumbas de Percy Bysse Shelley y su hijo William. P. B. Shelley, quien fuera amigo de Byron, huyó a Roma con la que luego sería su mujer,  Mary W. Shelley, autora de Frankenstein. En este cementerio,  "el lugar más santo de Roma”, según Oscar Wilde, también está la tumba del hijo de Goethe y de Antonio Gramsci. Aunque no hay guía que te indique las tumbas no resulta complicado encontrarlas, porque están bien señalizadas, salvo la de Gramsci. Roma, como París, es también un gran cementerio o catacumba donde están enterrados insignes artistas e ilustres difuntos.

            Roma Termini

            Roma es una ciudad donde el alojamiento, ya sean hoteles, hostales o pensiones, no resulta barato al viajero, mochilero o turista de pocos posibles. Sin embargo, en los últimos años se ha ampliado la oferta con los hostels y los bed and breakfast. En los aledaños de Estación Termini uno puede encontrar varios de estos alojamientos. En concreto, en la Vía Palestro, número 49, hay varios hostels y bed and breakfast. Entre ellos está el Much More, cuyo gerente es Americo, un tipo simpático y amable, con quien uno ha tenido el placer de charlar. Es el Much More un alojamiento más que recomendable, no sólo porque es un sitio con precios razonables, sino porque es quizá uno de los hostales más limpios de cuantos haya visto, y la atención de Americo y una señora, que es como la encargada, hacen de este pequeño y acogedor hostal un hotel de primera. Hasta tienen la deferencia de servirte el desayuno en la habitación y a la hora que les digas. Un desayuno, por lo demás, excelente. En los alrededores de Estación Termini hay mucha vida día y noche. Es una zona animada. Ya se sabe que en torno a las estaciones de tren se mueve mucho el personal, y Termini es una estación enorme.             Justo enfrente de Termini, en la Vía Marsala, número 68, hay una Tavola Calda en la que se come bien y a precios asequibles.

            Trastevere


            Este es uno de los barrios más pintorescos de Roma, donde hay multitud de pequeños restaurantes o tavolas caldas, que sirven comida típica. Hay un ristorante, Rugantino, en la piazza Sonnino, que sirve comida para rechuparse los dedos: lasagna al forno, saltimbocca, etc. La última vez me sirvió una chica llamada Kicca, siciliana de Catania, con un rostro de ángel. Y eso hizo que la comida fuera aún mejor.
Piazza de Santa María in Trastevere
  El Trastevere conserva ese aspecto decadente, que lo vuelve romántico, íntimo. Aquí, más que en ningún otro lugar de Roma, uno se siente como en su pueblo, en su hogar. Este es el barrio donde vive o vivió el cineasta Bertolucci, así como nuestro gran poeta Rafael Alberti, quien se convirtió “en vecino de este barrio para cantarlo humildemente, graciosamente, rehuyendo la Roma monumental, amando sólo la antioficial, la más antigoethiana que pueda imaginarse: la Roma trasteverina de los artesanos, los muros rotos, pintarrajeados de inscripciones políticas o amorosas, la secreta, estática, nocturna y, de improviso, muda y solitaria: (¡Ah!, quien no ha visto esta parte del mundo/ no sabrá nunca para qué ha nacido), escribió Giuseppe Gioachino Belli con orgullo” (La arboleda perdida, 2, Tercer y Cuarto libros (1931-1987).

Oporto, siempre

Oporto o Porto, ciudad relativamente cercana a nuestra tierra del Bierzo, sigue fascinando al viajero, que se siente en un lugar familiar y a la vez impregnado de exotismo, también de decadencia aun en su centro histórico (con sus azulejos y sus tendales a claras vistas), incluso de olas poderosas en la desembocadura del Douro, en ese océano Atlántico que mira de frente a América. 

América, el gran mito, como lugar al que fueran a parar muchos emigrantes, sobre todo a principios y mediados del siglo XX. 
América como la tierra prometida para un sinfín de europeos, entre los que cabría incluir a los españoles. Y, entre estos, a los bercianos, incluso de Noceda. Como el gran Pachín. O mi bisabuelo Gabín en el Canal de Panamá. Y en Cuba, creo recordar. O bien mi padre en el Brasil. 

Por eso Oporto, como Lisboa, me hacen soñar con su mirada hacia el Nuevo Mundo, ese Oeste colmado de futuro. El Oeste es lo mejor. The west is the best. 
El Oeste y aun el Noroeste como espacios legendarios, que tocan nuestras venas. Y nos insuflan vida. Ese Noroeste literario del que nos hablara el maestro Pereira, ingenioso y entrañable narrador villafranquino. 
Y Oporto, que es un río de oro, regado con excelentes vinos, forma parte de nuestro imaginario, de nuestro espacio mítico. 

Ese río, que nace en la serranía soriana, sigue su curso por Burgos, Valladolid, Zamora y Salamanca (extraordinarios sus Arribes) en tierras españolas. Y continúa por el país vecino y hermano atravesando tierras trasmontanas hasta llegar a dar a la mar, que es ese lugar del que brotan los sueños y un universo fabuloso poblado por monstruos sagrados. 

Oporto o Porto es río y puerto y mar, con sus puentes, con sus fortalezas y palacios, con su anémona, con su luz melancólica y su aroma a pasado imperial, azulejado por el tiempo presente.
Oporto es una gran francesinha con regusto a comida casera. Y un sabor a café bailando en la lengua de los placeres en el Majestic, situado en la animada rúa Santa Catarina. 

El aroma a café, a buen café brasileiro, me trae recuerdos afectuosos.

En mis sueños sigo trepándome a un tranvía que me conduce al otro lado del mundo, cuya luminosidad colorea mi mirada.

Un tranvía que surca los mares, el océano Atlántico, con sus ritmos plateados, con su musicalidad añorada. 
Desde el mirador de la torre de los clérigos, Oporto se aparece como un tiempo carnal aderezado con la fluidez de los instantes placenteros. 

Desde Vila Nova de Gaia, con las estrellas de un firmamento enhiesto, Oporto me sabe a felicidad. 
Hay miradas que nunca se olvidan. Y hoteles, como el Yeatman, situado en una colina mirador, con su belleza lujosa, que tampoco se olvidan. O el Palacio de Freixo, que sigue atesorando el encanto de otra época, con su aristocrático perfil y sus jardines-terraza hacia el Douro. 

Hay tiempos que quedan para siempre en la retina de la memoria. 
La memoria de un Oporto ganado al mar.