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viernes, 18 de septiembre de 2020

Poetización de pasos de cebra en Ponferrada

 Quiero agradecer expresamente al amigo escritor Ruy Vega que tuviera la magnífica idea de poetizar algunos pasos de cebra de la ciudad de Ponferrada. Con la ayuda por supuesto del Ayuntamiento de la capital del Bierzo, en concreto de la Concejalía de Cultura liderada por Conchi, a quien recuerdo como profesora de Francés de la Escuela de Idiomas. Y también de varios autores y autoras de la tierra. 

A veces las ideas se quedan sólo en eso, en ideas, pero en otras ocasiones las ideas se materializan, como ha ocurrido esta vez. Y siente uno satisfacción de verse plasmado en uno de los pasos de cebra, justito enfrente de la antigua Sindical (Instituto Virgen de la Encina). Vaya aquí mi colaboración. 


Así que necesitamos a más gente como Ruy Vega, que además escribe con gran sensibilidad. Magníficas las cartas a su padre. Magnífico Ruy. Es probable que la sensibilidad, aparte de estar emparentada con el arte, lo esté con la bondad. Con la hospitalidad. 

Y Ruy Vega es un hombre bueno y sensible. No lo perdáis de vista. 

Como autor de ciencia ficción comienza a cosechar sus frutos. 

Y creo que pronto podremos leer un poemario suyo. 

Tiempo al tiempo.  



jueves, 17 de septiembre de 2020

La fragua literaria leonesa: Lidia Fernández Osuna (Lidia Fos)


LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Lidia Fos: "La literatura debe servir para expresar desde las más profundas reflexiones filosóficas hasta los más íntimos sentimientos"

La poeta y narradora Lidia Fos, autora de 'Céfiro', continúa con su blog  y está trabajando sobre un libro de relatos. La presentación de 'Céfiro' en la ciudad de León está prevista para el sábado 26 de septiembre junto al narrador Lorenzo Martínez y Manuel Cuenya como prologuista.

Lidia Fos
Lidia Fos. Foto: Manuel Cuenya
Manuel Cuenya | 17/09/2020 - 09:31h.

Autora del reciente poemario 'Céfiro', Lidia Fernández Osuna, más conocida en el mundo literario como Lidia Fos, es una poeta con una estupenda vena narrativa. Y una narradora con una magnífica vena poética. Con gran sensibilidad. Y una fina percepción de la realidad. Eso es lo que nos muestra no sólo en su ópera prima sino en todo lo que escribe, como es su blog personal.

Leonesa con orígenes bercianos, por vía materna, Lidia Fos es una enamorada de su ciudad natal, a la que califica como su fuerza, su ciudad-pueblo, donde ha crecido, en su opinión, al amor del frío y del carácter aguerrido de los leoneses. En la 'Capital del Invierno', como define la poeta Marga Merino a la capital leonesa. Tal vez el frío haya sido un factor decisivo a la hora de que se forje un carácter fabulador en el alma leonesa. Quizá por esto (y aun por otros motivos) se inventó el filandón al amor del brasero en noches invernales.

"Siendo niña gustaba mucho de ir a la Catedral de León para admirar su grandeza, sumirme en el misticismo y dejar volar la imaginación hasta la Edad Media y sus gentes, a las que no visualizaba tan distintas de mis paisanos", precisa Lidia, a quien la provincia leonesa le resulta fascinante, "llena de contrastes".

En especial siente admiración por el Bierzo, esa comarca singular donde tiene sus raíces, ese "vergel que bebe de las vecinas Galicia y Asturias haciendo de él un auténtico espacio mágico". Aunque también está fascinada con todos los lugares que ha podido recorrer de su provincia.

Una provincia, la leonesa, que estaba viviendo, según ella, una época dorada, antes de que llegara la pandemia del Covid, con el lanzamiento de autores noveles, "que, a través de diferentes espacios, habían ido encontrando su lugar".

En este sentido, le entusiasman las diferentes formas de expresarse de cada autor, tanto en verso libre como en prosa poética. Y destaca algunos encuentros literarios como 'Cuento cuentos contigo', que organiza el  poeta y fotógrafo argentino afincado en León Marcelo OBT. O bien L'Ékole Poetique, que coordina P. J. Chelmick, "poeta transgresor y muy activo en la vida cultural de la ciudad". Y por supuesto reseña la labor que realiza el todoterreno del Arte y de las Letras Ramiro Pinto, que fue el promotor del Ágora de la poesía, evento consolidado en el que Lidia Fos se inició públicamente como poeta.

"El Ágora es el escenario perfecto para acercarse a la poesía tanto como oyente entregado como para compartir versos y letras propias. Ha sido mi puerta para adentrarme en la vida cultural de la ciudad"

"El Ágora es el escenario perfecto para acercarse a la poesía tanto como oyente entregado como para compartir versos y letras propias. Ha sido mi puerta para adentrarme en la vida cultural de la ciudad de la mano de la poeta Carmen González Pinillas. En el Ágora he encontrado el lugar donde poder compartir mis emociones y conocer a autores fascinantes consagrados y noveles", señala Lidia, que estuvo el pasado mes de agosto en el Encuentro Literario de Noceda del Bierzo.

Cuenta que escribe desde que tiene memoria componiendo un diario con sus emociones y sentimientos. Que la lectura de 'Mujercitas', de May Alcott, fue reveladora para ella. Pues se identificaba con la protagonista "de una historia familiar entrañable en el marco de una guerra absurda, como lo son todas". No obstante, escribir/publicar un libro le parecía un sueño imposible, que ha logrado realizar. A veces los sueños se cumplen. Y este, por fortuna, se ha cumplido.

Apasionada de la lectura (imprescindible para poder escribir de un modo creativo/constructivo), le parece que leer es un ejercicio íntimo, infranqueable, que debe llegar al alma y provocar reacciones del tipo que sea, a saber, amor, odio, deseo, entre otras emociones. "Si no logra causar esas reacciones, son letras vacías... porque la literatura es el compendio de esas emociones. Y debe servir para expresar desde las más profundas reflexiones filosóficas hasta los más íntimos sentimientos".

Así entiende Lidia la literatura, entusiasta de poetas clásicos como Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, cuya poesía le atrae por su sencillez y a la vez profundidad. O bien Lorca, que era, a su juicio, absolutamente excepcional en todo lo que escribía, ya fuera poesía, teatro, narración, "un genio que se movía entre la ternura y la crudeza con una escritura extraordinaria".

Cree Lidia que la poesía se encuentra en la vida más cotidiana, expresada con emoción. "Es la belleza de lo cotidiano convertido en palabras. Debe ser comprensible, crear imágenes y emocionar", resalta la poeta y narradora leonesa, a quien le gusta el estilo sobrio y directo de la escritora estadounidense Pearl S. Buck así como el estilo, también directo, además de expresivo e intenso, de Gabriel García Márquez.

(Puedes seguir leyendo esta fragua en este enlace de ileon.com: 

https://www.ileon.com/cultura/111677/lidia-fos-la-literatura-debe-servir-para-expresar-desde-las-mas-profundas-reflexiones-filosoficas-hasta-los-mas-intimos-sentimientos)

sábado, 12 de septiembre de 2020

Érase una vez un personaje de cuento: Somiedo

Érase una vez una tierra hermosa, muy hermosa, como un personaje de cuento, un cuento que durmiera con serenidad a la sombra de un bosque prehistórico, con sus altas y frondosas montañas, sus hórreos y sus paneras, sus brañas y sus lagos. Y por supuesto con sus osos pardos, del color del techo (teito) de sus casas. 

Parque natural de Somiedo

Los osos, acaso amorosos, hibernaban durante los inviernos, algo fascinante, tal vez porque al soñador (se alquila para soñar) de este cuento también le gustaría  hibernar (sobre todo ahora que se nos vienen encima tantos virus, no sólo el Corona del Reino Mayor). Hibernaban para luego salir saludables al monte en busca de alimentos y luz solar, dispuestos como estaban a bailar una danza ancestral. La danza, siempre la danza. La danza es vida y la vida es danza (como ya apuntara el soñador en su pizarra escolar, que en algún momento, por arte de magia, debió de transformarse en tablet)


Hubo una vez un sueño. Y este sueño se cumplió. A veces los sueños, como los años, se cumplen. Hasta que dejan de hacerlo. Pero este sueño se cumplió en forma de Somiedo, en una Asturias remota y salvaje, parque natural y Reserva de la Biosfera, que sigue siendo una tierra hermosa, muy hermosa, como un personaje de cuento revestido de carne, hueso y alma. 

El sueño se cumplió hace años. Y ha vuelto a cumplirse recientemente, en este mes septembrino de cosechas y veranillos de San Miguel. Sin Encinas y sin Cristos. Al menos este año. Que el que viene -ya no será bisiesto-, las diosas y los dioses de los olimpos dirán. Algo tendrán que decir. Mientras, sigamos soñando, para que los sueños, al menos los buenos, se carnalicen. Y tomen espíritu de realidad. Con su sensual textura. Y el perfume embriagador de una naturaleza en estado puro. 

La Peral

 Los sueños, cuando son tan intensos, tan nítidos, a menudo se cumplen. O eso desea creer el soñador, este soñador que no puede dejar de soñar, ni siquiera en momentos de vigilia. 

Desde entonces (cumplido el sueño), los osos del color de los techos/teitos de las casas de este espacio llamado Somiedo asoman sus hocicos entre el verdor aromático de sus montañas, dejándose por instantes filmar o atisbar por unos seres, que, provistos del aparataje pertinente, ansían ver a animales tan bellos, bellos como toda la naturaleza esplendorosa que los rodea y les sirve como hábitat natural. Su gran casa. La Casa de su Ser. Son estos mismos osos quienes se adentran en Babia (llegando a estar en Babia, como los humanos), transitan por la tierra de la Omaña o por la comarca de Laciana y acaban coronando la mítica Sierra de Gistredo (el útero, la matria, nuestro Macondo, nuestra Región). Para bajar, entre otras labores (supone el soñador) a zamparle las colmenas a Senén o bien a Toño (Tónicas).

Pola de Somiedo

Y es que a los osos les encanta el dulzor de la vida. El sabor del brezo, del blanco y del rojo (Blanco, Rojo y Azul, como la trilogía del cineasta polaco Kieslowski). Tal vez la danza de las abejas. Una vez más, se impone la danza como motor vital. 

Son esos mismos osos (o sus parientes, sigue suponiendo el soñador de este cuento plasmado por escrito) quienes se aproximan a las cordilleras de Salientes, en el Bierzo Alto, como le contara al soñador otro personaje de cuento, Antonio Robles, que vive en la cabaña (hotel rural, si lo prefieren los lectores y lectrices) llamada Mil madreñas rojas, cuyo nombre evoca un cuento arábigo. Como las mil y una noches. Teniendo que imaginarse las novecientas noventa y ocho madreñas o galochas restantes, habida cuenta de que sólo nos reciben dos madreñas a la entrada de su casa. ¿O  quizá el cuento haya variado con el transcurrir de los años? 

A Antonio Robles, que es el sobrino nieto de un gran contador de historias, llamado Antoniorrobles, le gusta avistar osos en la tierra de Salientes. "A lo lejos, Salientes se abre como una aldea bereber. Esta es sólo una impresión, tal vez un espejismo en medio de una naturaleza esplendorosa. Atravieso puentes y corredoiras antes de alcanzar esta tierra aromatizada con lo astur-leonés, que mira hacia imponentes picos, y donde los osos pardos campan a sus anchas", escribe el soñador en sus Mapas afectivos"Y es que al soñador, además de soñar, le gusta contar, también por escrito. 

Asegura el paisanaje de la zona de Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, uno de los puntos de partida para treparse al legendario pico Catoute, en las estribaciones de la Sierra de Gistredo (el otro punto de partida es Salentinos, otro pueblo de cuento), que también ha llegado a toparse con algún oso pardo cual si estuviera en El Tío Perruca, que es otro cuento escrito (quizá también soñado) cuyas raíces siguen estando en esta tierra conocida como Bierzo Alto, en concreto en el valle de Bubín en Igüeña. 

El soñador no deja de soñar ni por un instante. Y de repente se ve sumido bajo una niebla espesa, la cual podría cortarse con un cuchillo jamonero (esto queda demasiado prosaico), tal vez con una navajina de Taramundi (que queda más exótico, Taramundi es territorio perteneciente a esa Asturias remota que linda con su hermana Galicia). Una niebla propia de una película de terror (qué exagerado) cual si se hubiera adentrado de lleno en el expresionismo alemán (al soñador no le apetece en este momento comenzar a dar explicaciones de qué es el expresionismo alemán, que se lo imagine nuestro público, por favor). 

Envuelto en una niebla, que no da para ver un burro a tres pasos (es lo que rememora el soñador que se decía en tiempos en su pueblo, cuando bajaba la niebla a las praderas que estaban a orillas del río), el soñador (en compañía de una soñadora) se lanza, palo en ristre, a conquistar (es un decir) los lagos de Saliencia. La niebla puede resultar bella, estéticamente atractiva, pero impide a los soñadores (qué magnética película de Bertolucci) ver más allá, penetrar, sin candil en mano, en las entrañas de las cosas, de los paisajes.


Y eso se les antoja un inconveniente. Los soñadores, tal vez con una imaginación desbordante, intuyen los lagos bajo paisajes en la niebla (como en la película de Angelopoulos). 

En un anterior cuento, el soñador logró descifrar los arcanos de los lagos de Saliencia, con sus contornos bien definidos y sus aguas, cada lago con sus matices, sus tonos y sus aromas (como el lago de la cueva, con su colorido y perfume ferruginosos). 

Y en este cuento, el soñador, que se muestra persistente, incluso cabezón (yendo incluso más allá de sus posibilidades, ya que no estaba del todo católico en lo físico) logró ver por instantes (siempre en compañía de la soñadora) uno de los lagos (tal vez el lago Ness, aunque sin monstruo que lo habitara). 

Fue un visto y no visto, porque aquella niebla, tupida, contundente y veloz (veloce, como dicen en bella Italia), volvió a cubrirlo todo en menos que canta un gallo. 


Aunque el soñador no crea en milagros, se hizo el milagro, permitiendo percibir uno de los lagos (el Calabazosa), brumoso y difuminado, como una estampa irreal cargada de poesía. La auténtica poesía, cree el soñador, debería brotar de las entrañas de la tierra. Y por supuesto de las entrañas de las personas. 

Lo que parece haber olvidado el soñador (ya que este es un cuento reciente) que la ruta por los lagos de Saliencia no es tan sencilla como la recordaba en su anterior cuento, de hace unos ocho años. Qué traidora es a veces la memoria. O qué viejuno se ha vuelto el soñador. Ocho años pesan, en todo caso.

Pola de Somiedo al fondo

Desde Pola de Somiedo los soñadores (qué lindo), después de una carretera en curvas, envueltos en la niebla (la niebla ya sobra) trepan cual ciclistas profesionales hasta el Alto de la Farrapona, que es frontera con la provincia de León. Lástima que para acceder a la Farrapona desde Torrestío (en el valle de San Emiliano, en Babia) se necesite un todoterreno, ya que se trata de una pista de terracería, como dirían en México. 

A decir verdad (eso cree el soñador) la ruta a los lagos de Saliencia es relativamente sencilla, sobre todo si se compara con la subida como las cabras y los chivos a aldea de Bulnes desde Poncebos en un día donde arrecia el calor y la sofoquina es intensa. Los soñadores pueden dar fe de este otro cuento en las Asturies de los Cabrales. 

Pola de Somied

El soñador se entretiene reflexionando (pues, además de soñar, le gusta pensar, incluso en las facturas de la luz y del agua, vulgar que es también, pues no resulta nada fácil ser sublime sin interrupción, como quisiera el poeta Baudelaire, el de las flores malditas) en que la bella Asturias luce tan verdosa acaso por su clima, tan singular y neblinoso, pues al otro lado del Puerto de Somiedo, ya en la Babia leonesa, el clima, al menos en este cuento reciente, se volvió azul y cálido como en un verano idílico. Tal que si el sueño se hubiera trastocado. O vuelto del revés.  

El soñador sigue creyendo que los ecosistemas pueden variar en pocos kilómetros. Donde en uno era todo luz, en el otro se torna todo sombrío. O neblinoso. En cuestión de segundos el clima se resuelve de un modo u otro resultando alucinatorio y aun delirante.

El soñador disfruta en el camping Lagos de Somiedo (con sus teitos o cabañas y su río y su paisaje), que se sitúa al lado de Valle del Lago, desde donde se puede excursionar hasta el lago del Valle. Todo se queda en valle. 

Zona de Valle del Lago

Y recuerda asimismo que en Pola de Somiedo (el centro urbano neurálgico de este territorio) también hay un camping y aun otros muchos alojamientos. Y por supuesto excelentes restaurantes donde echarse un bocado y una sidrina. 

"Os recomendamos la Casa Carión", les dicen unos excursionistas a los soñadores, lo que de algún modo acaba compensando el esfuerzo realizado bajo la niebla en la ruta a los lagos. Un cachopo enorme, que es un filetón relleno (de jamón o cecina, queso, entre otros nutrientes) hace las delicias de los soñadores, que se sienten en gloria. 

El sueño (en forma de viaje) continúa por las veredas del Puerto de Somiedo.

La Peral al fondo

A lo lejos, llama poderosamente la atención una aldea. Es La Peral. Los soñadores comienzan a tener apetito (en los sueños también se despierta el apetito). Y va siendo hora de almorzar. Qué mejor sitio que sentarse a los pies de La Peral, en una zona preparada para tal menester. Con mesas y hasta una fuente. Pero lo mejor aún está por llegar. "Hay que recorrer la aldea", se dicen los soñadores, con la idea de que, desde esa altura, La Peral se convertirá en un mirador perfecto. Algo llegan a contemplar. 
Teito en La Peral

Pero de repente la niebla espesa, que los acompaña casi en todo momento, se dispone a engrisar el panorama. Además de la niebla (que ya es todo un personaje del cuento, como el viento de Luvina, el cuento mágico del mexicano Rulfo), se topan con unas vacas, que sestean tumbadas con placidez en el prado. Y aun se encuentran con unas chicas, sonrientes ellas, que se dirigen a los soñadores. Es probable, casi seguro, que ellas sean unas soñadoras. "Está chulísimo", aciertan a decirles a los soñadores, pero cuando estos alcanzan el mirador, un mirador en toda regla, la niebla ya ha cubierto todo.

En La Peral

Sopla un viento casi gélido. Sólo en este punto la niebla, que cala los huesos de los soñadores, es capaz de invadirlo todo. Lo que no es obstáculo para seguir con la visita de la aldea La Peral (La Peralona, así le dicen a un sitio del útero de Gistredo), los soñadores vuelven a encontrarse con las chicas miradoras, que están en la terraza de una casa, ellas y un tipo con barbas, que parece todo un experto montañero. Se saludan (los soñadores con las chicas y el hombre de la barba), entablando una breve pero sustanciosa charla. Ellas han ido desde Avilés a visitarlo a él, que acaba contándoles a los soñadores que conoce el Bierzo. Incluso ha coronado el Catoute.
En La Peral

Ya decía el soñador que este chaval era un conocedor de las montañas y los picos. A los soñadores les hubiera gustado continuar con la plática. Pero deciden proseguir su camino. Y recorrer la aldea de La Peral, que luce como de otra época con sus teitos, sus construcciones ancestrales, que son como las pallozas ancaresas del Bierzo, en las que ya no viven los humanos, como les recuerdan a los soñadores unos paisanos del pueblo, que toman la fresca (es un decir) a la entrada de un teito. Tal vez sean los custodios del mismo (es otro decir). Los soñadores entablan otra breve charleta con los paisanines del pueblo. "¿Pero en este pueblo habrá bar, verdad?", preguntan los soñadores. "Bar y alojamiento", responde alguno de ellos, quizá el más joven de todos. 

Así que los soñadores se dirigen hacia el bar para refrescarse con una sidrina (en esta parte del pueblo no atiza la niebla, quién lo diría, siendo un sitio tan renacuajo). Y desde este punto, más o menos, sale una ruta de senderismo hasta Villar de Vildas, que es aldea remota a la que el soñador viajara hace años, en aquel viaje (cuento) en el que lograra ver con nitidez los lagos de Saliencia. 


Ya va siendo hora de despedirse del bar, del pueblo, y encaminarse hacia Babia, que queda bastante cerca, en espacio y en tiempo. Pero La Peral ha impactado a los soñadores, que deciden, desde ese mismo momento, que volverán a poner los pies en este lugar en cualquier momento. Tal vez ya de cara a la próxima primavera. La eternidad y un día. El tiempo. Siempre el tiempo. Todo es cuestión de tiempo. 

Con las mismas, los soñadores ponen rumbo hacia Babia. Y una vez en esta tierra deciden girar hacia su izquierda en dirección a La Cueta (a las mismísimas fuentes del Sil, las fuentes del Nilo, dice el soñador en un desliz lingüístico, o lingual, que más da). 

Pero esto ya daría para otro sueño. O bien para otro cuento. 

viernes, 11 de septiembre de 2020

La danza del viaje a través de la Galicia ancestral

Yo quiero verte danzar como los zíngaros del desierto... 

Yo quiero verte danzar. Voglio vederti danzare. 

Con un guiño musical al genial Battiato. 

Por eso, hagamos que la danza del viaje continúe. La danza tarahumara. El cine es danza. El arte es danza. La vida es danza. Dancemos. 

O Barqueiro

Qué no decaiga el viaje, los viajes, incluso los viajes al magma de nuestro interior. 

Los viajes psicodélicos. 

En realidad, uno siempre está viajando hacia sí mismo, acaso con el fin de comprenderse más y mejor. 

Viajar al fondo del ser. Viajar para ser. Y para estar. 

Este año, aunque no se celebró el Festival Internacional de música en Ortigueira (a resultas del Covid), quise acercarme igualmente a esta población marina, que ya me late (con su latido materno) afectiva. Es sin duda un mapa de los afectos, como queda reflejado en uno de mis libros: Mapas afectivos.

Y pude disfrutar, en afectuosa compañía, de esta tierra, de su playa de Morouzos, tan virginal ella, y hasta de su zona de acampada, que estaba serena como nunca antes la había sentido. Una maravilla.

Y volví al mesón Río Sor (como ya dijera en anterior post, el río Sor que es, además, un corto río costero que va a morir a la desembocadura de O Barqueiro, precioso pueblecito costero al que me referiré más adelante). Este mesón, con su terraza veraniega (fuente incluida) es como la casa de uno. Así la siento. Y así me la hace sentir su dueño, Orlando, que es un trabajador nato, un hostelero magnífico. 

Sobre Ortigueira y su festival he escrito en varias ocasiones. Y ahora sirve como punto de partida para visitar con templanza la zona, el entorno. 

Me aproximo al Cabo de Ortegal (con su faro, aquí me viene a la mente la soledad del farero, del amigo escritor ya fallecido Fermín López Costero, heredero del espíritu galaico del maestro Pereira y de otro gran narrador como lo fuera César Gavela, que acaba de decirnos adiós) y me entra la nostalgia. 

La gente se muere, antes de lo que creemos, nos morimos todos, casi casi sin darnos cuenta, cada día un poco más. 

Faro de Ortegal

Quizá el cabo de Ortegal, con su belleza prístina, sea un buen lugar para morir. O para arrojar las cenizas. Ahora me entra la vena romántica. 

A pesar de que el acceso hasta el Cabo de Ortegal resulta fácil, no me topé con demasiados turistas. Aleluya. En realidad, queda cerca de la población de Cariño (curioso nombrecito, será que aquí todo el mundo se ama). Además, el día de la visita lució espléndido, con un azul radiante. Y eso también se agradece. 

La punta dos Aguillons o Punta Gallada, donde figura el faro, se supone que es el punto cero donde se dan cita dos amantes marinas como el océano Atlántico, que mira hacia América (todo un sueño, siendo un rapacín soñaba con ese continente, al que iban a parar muchos nocedenses, entre ellos mi padre, o la vecina Isolina, y tantos otros), y el Cantábrico, nuestro mar norteño. Me sobrecogen sus acantilados.  

Cariño

En esta ocasión el viaje también transita (si tal puede decirse) por San Andrés de Teixido, que atrae al viajero como un imán asimismo por sus acantilados, de los más elevados de la Europa continental, a la altura de algunos de Noruega, por ejemplo. Ya se sabe, si no vas de vivo a Teixido, irás de morto. En mi caso, esta es la segunda vez que pongo los pies (espero que también el alma, el ánima) en Teixido, San Andrés, que es una aldea harto turística, lo que le acaba restando cierto encanto. Aunque si uno hace un ejercicio de abstracción (o bien de meditación trascendental, en plan budista), Teixido te transporta al Más Allá. Y uno acaba viendo a la Santa Compaña, la Güeste, ataviada con sus sábanas blancas portando sus cirios pascuales que iluminan la senda de los espíritus.  A través de las fragas de alguna sonrisa estival. Con el alma de Fiz de Cotovelo. Y aun otros muchos, que deambulan como muertos vivientes, la noche de los muertos vivientes, a través de la dimensión espacio-temporal de los bosques animados y las verdes praderas.

San Andrés de Teixido

 

San Andrés se presta para fabular. Cuna (la mano que mece la cuna) que es del realismo mágico, donde vivos y mortos conviven en saludable armonía. Y hasta juegan al tute en noches de blanco satén. 

Puede que hasta Teixido sea el origen mismo de nuestro Planeta. Con su arca de Noé. Y su diluvio universal. Con su Eva tentando a la serpiente. ¿O es al revés? Ay, dios, qué me he perdido el cuento. ¿Queréis que os cuente el cuento del gallo capón? 

Pudiera ser que Teixido (emparentado con San Andrés Mixquic, en México lindo) fuera el centro del universo. Y desplazara a la Estación de trenes de Perpiñán, como quisiera el genio Dalí, al que su método paranoico crítico le susurraba que el centro del universo (al menos de la Tierra) era la susodicha Estación de Perpiñán. 

Un almuercico enfrente de los acantilados da morte de Teixido es un orgasmo dulce y eterno que te sube las endorfinas a la azotea de la surrealidad. Qué no falte la cerveza, la birrita. 

Acantilados de Teixido-cavalo morto

Y una siestecica (qué mañico me estoy volviendo) tras el sol/sombra del legendario santuario de Teixido remata la faena que es un primor (esto del primor se decía antes mucho. Y parecía que hasta quedaba bien). 

Lástima que los caballos, abundantes en la zona (quizá sean espíritus reencarnados de personas que por la zona habitaran), parezcan enfermos, al menos alguno da la impresión de que no supiera qué hacer con su existencia. Está alicaído. Como parado cual si fuera un reloj muerto. Quizá fuera un Otro, un morto viviente. Un zombi. Pero cuántas pelis malas hemos visto. También. Porque buenas tampoco hay tantas. 

El verbo me va llevando por estos derroteros. Es el cochero que conduce esta carroza, acaso fúnebre (joder, no te pongas macabro, cabrón, no me seas güey), tirada por estos caballitos, que son puritita reencarnación (esto creo que ya lo había dicho). 

"Quiero ir a los caballitos del Cristo de Bembibre", le decía a mi padre, que a buen seguro estará dándose un voltión a la orilla de los acantilados de Teixido, echando la vista al horizonte curvado de las fabulaciones. En realidad, este guajín, en vez de pronunciar el Cristo como dios manda, decía algo así como el Quito (capital de Ecuador, el ecuador de nuestras emociones a flor de piel), pues no recortaba la dichosa erre siendo un infante sin realeza. Por cierto, este año tampoco hemos festejado ni la Encina, ni festejaremos el Cristo/Quito de la villa de Bembibre. Qué pena. 

Este viaje está siendo en verdad al interior. A las entrañas de la memoria. Que todo lo manda. Escribir de la memoria y sobre la memoria. Escribir con memoria. Recordar y soñar. Recordar y fantasear. Dejarse ir. Dejarse volar. Volar y contar. Y cantar. Y danzar. Como los derviches. Como los zíngaros del desierto.

Ortigueira

Lanzarse al mar en parapente. Desde los acantilados de Teixido (los más altos de la Europa continental, aseguran las lenguas, si exceptuamos Noruega, Dinamarca e Irlanda). Es sólo un sueño, tal vez soñado por Otro. Los Unos y los Otros. Volver a empezar. ¿Y qué queda de Cedeira, villa Cedeira, donde en tiempos se alojaban los músicos del Festival Internacional de Ortigueira? Tal vez se sigan alojando allí. Este año no, obvio es. Qué no hubo ni música ni músicos. Sólo el Gaitero que se erige en la explanada donde se celebra el mítico festival de Ortigueira, que ahora han reconvertido en aparcamiento. Con la música a otra parte. Y los cascabeles repartidos por el cuerpo. 

Hoy es día o noche de remembranzas. Fermín, César, se os echa en falta. Os recuerdo con afecto. Seguís vivos en la memoria. En la memoria colectiva. En vuestras obras. 

El recorrido físico, espacial de este viaje parece que se hubiera detenido en el tiempo. Deseo retomarlo. Pero me he quedado anclado al mar, a la mar, a la brisa que acaricia nuestras ilusiones. Como marinero que no quisiera regresar nunca más a tierra, a tierra firme. Nunca Máis. 

Faro de Estaca de Bares

Pero el trayecto continúa, la senda no se acaba. No se trunca. Y me lleva hacia Estaca de Bares, que es otro cabo para sentir la creación universal. Antes, para recrearse. Con la contemplación de sus olas. Y su viento. Ese viento que te cala los huesos. Y te hace alucinar. En realidad, esa conjunción de vientos universal donde se dan cita las aves migratorias de todo el Planeta. Con su faro. Y su vuelta a los orígenes. A los orígenes del mundo. 

Teixido y Estaca de Bares como puntos originarios. El centro, los centros de la creación/construcción de este mundo bello y vuelto del revés a partes iguales. 

O Barqueiro

Podría quedarme eternamente contemplando el mar, las mareas, las olas que vienen y van. Esas olas de amor. Comme la vague irrésolue, que nos cantan Gainsbourg y Birkin. Me entusiasma la canción Je t'aime. Je t'aime. À toi. Je vais, je vais et je viens... tu vas, tu vas et tu viens. Irse y venirse. 

Aún nos queda O Barqueiro, su ría, su puerto, esa aldea escalonada de pescadores, con sus casitas de cuento colorido, que es una belleza marina comestible, como los percebes y las ostras. Pero que en verano está atestada de turistas. Llena de ruido. Volveré, volveremos a O Barqueiro. A darnos un bautismo de satisfacción. En sus aguas cristalinas. En sus arenas del color amanecido del desierto. 

Viveiro

Y volveremos a Viveiro, que es como una Coruña en chiquito, con sus casas de galerías acristaladas, que tanto llaman la atención, para fumarnos la pipa del amor. Una vez más. Y saborear el pulpo a feira como si fuera también nuestra primera vez. 

Volveremos a ese Viveiro amurallado y medieval para saborear el licor de los tiempos, tal vez una crema de orujo. Y abrirnos de par en par a su ría. 

Sintamos el mundo como si fuera la primera vez. Tú y yo. 

Je vais, tu viens, tu vas, je viens. 

Como zíngaros del desierto.

jueves, 10 de septiembre de 2020

A la memoria del escritor amigo César Gavela

El fallecimiento del escritor César Gavela me ha dejado helado, me ha sacudido las entrañas porque, además de una persona aún joven, con mucha ilusión y ganas de vivir, estaba escribiendo mejor que nunca. "Aquí estoy, Manolo, luchando y escribiendo. Con buen humor y con ganas de ir por el Bierzo. Un gran abrazo", me escribe en el mes de junio. "Me alegro mucho, César. Siempre con buen humor. Esencial. Un gran abrazo", le respondo. A lo que él contesta: "El humor es imprescindible, como bien dices. Pero también lo son los buenos amigos, como tú. Un gran abrazo". Estas son para mí sus últimas palabras. Luego se hizo silencio, tanto por su parte como por la mía, entendiendo que, a pesar de la situación vírica, todo le iba bien. Pero la cruel realidad se impone una vez más. Por eso, como me recuerda el amigo Varela, que sentía gran afecto por César (todos lo sentíamos, en verdad) me dice que su fallecimiento es una gran pérdida. "Salud, Manuel. Carpe diem", agrega Varela. Salud, Miguel Varela, salud, mucha. Y Carpe Diem. Vivir el día a día, cada instante, como si fuera el último. Vivir para contarla o para contarlo. 


Ayer mismo volvía a ver, por enésima vez el Padrino II, que me resulta fascinante, y el personaje (Hyman  Roth) que interpreta el gran actor y maestro de actores Lee Strasberg dice: Lo único importante es la salud, la salud por encima del dinero, del éxito, del poder". Y así es, la salud, ay, es lo único importante.

César se nos ha ido en cuerpo, pero su espíritu permanecerá siempre, en sus palabras, en su obra literaria. En su sonrisa. En su humor. También en su generosidad. Jamás olvidaré un bellísimo y emocionante texto que me dedicara en Diario de León, donde él ejerciera otrora como columnista. Y también alguna colaboración en la revista La Curuja dedicada a nuestro paisano Pepe Álvarez de Paz. Porque César era buen amigo de los hermanos Álvarez de Paz (oriundos del útero de Gistredo), tanto de Pepe como de Venancio (quien también vive en Valencia). 

César era un narrador nato, un orador magnífico. Un tipo con excelente sentido del humor. Un genuino narrador del Noroeste, tocado por la luz del Mediterráneo (vivía en Valencia, aunque su corazón estaba siempre en el Bierzo).

César salió joven de su Bierzo natal, como tantos mozos de su generación, con su bagaje de mitos, sueños, melancolías, anhelos, esperanzas... instalándose en Valencia, desde donde sentía el Bierzo con cariño, con cercanía, porque su memoria, su memoria afectiva y literaria siempre lo llevaba a su tierra natal. 

Escribía con pasión, fascinado por la literatura, por la belleza de la sencillez expresiva, como un modo esencial de estar y ser en el mundo, mostrando su devoción por escritores como Pereira y Carnicer, Cunqueiro y Torga (de ahí tal vez su gusto por Portugal y su libro Braganza). Pero también estaba seducido por escritores como Rulfo, Gabo, Cortázar, Bioy Casares o Borges. 

"No escribo de vampiros o de templarios, tampoco novelas de género, o de sociología disfrazada de presunta literatura", me dijo en una entrevista este magnífico fabulador berciano, que hizo de la capital del Bierzo, su matria, todo un género literario. 

Siempre en nuestro corazón y en nuestra memoria afectiva, querido César. 

La fragua literaria leonesa: Edith Fernández

 Retomo las fraguas literarias en ileon.com después de dos meses de asueto. 

Vaya aquí esta dedicada a la poeta y cantante, poecantisa, Edith o Edita Fernández. 

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Edith Fernández: "La música es poesía y la poesía tiene música"

La cantante y poeta berciana Edith Fernández, autora del reciente poemario-cuaderno 'Entre la playa y tu espacio', está ahora con su próximo libro, que en realidad surgió antes que el anterior, y versará sobre Gritos (de mujer y otros), con ilustraciones de su hermana Susan.

Edith Fernández
Edith Fernández
Manuel Cuenya | 10/09/2020 - 09:55h.

...La vida es una puta con tacones

que te jode a cinco pesos el suspiro.

Te revienta los sesos con palabras de ternura

o te deja muerta en sus silencios

llenándote de dudas...

(Edith Fernández, 'Playa sin nombre', incluido en su poemario 'Entre la playa y tu espacio')

Nacida en El Puente de Domingo Flórez, en la raya con Galicia, Edith Fernández (o Edita, como ella misma se hace llamar) se lamenta de que a menudo en el Bierzo hagamos referencia a su pueblo como Puente Domingo Flórez, sin el artículo del inicio, ni la preposición del medio.

"No sé por qué han ido obviando su artículo y en ocasiones también su preposición", señala esta cantante y poeta,  'poecantisa', como ella misma se autodefine, para quien la poesía y la música es todo uno.

"Para mí la música y la poesía están relacionadas sí o sí. La música es poesía y la poesía tiene música. Puede sonar a balada o a rock duro, pero siempre suena", precisa Edith, la cual se atreve a decir que nació cantando gracias a la ayuda de su madre, que le enseñó a leer, contar y cantar. Lástima que luego las circunstancias, "y algún que otro profesor/a", se encargaron, según ella, de ir destrozando su autoestima.

"Recuerdo burlas por utilizar palabras demasiado correctas usando tenía seis añitos. El agarrarme del pelo y chocar mi cabeza contra la de otra alumna (he tardado 49 años en saber de los psicópatas integrados, ahora entiendo muchas cosas)", se expresa contundente Edith, que comenzó a escribir poemas con nueve años.

"En el colegio nos pusieron de tarea inventar un texto sobre la Virgen y yo hice un poema. La profesora, que se llamaba Alicia (no se me olvida) me castigó porque insistía en que le dijera de donde lo había copiado, hoy pienso que debió ser bastante bueno para llegar a eso", rememora con tristeza Edith, a quien, con once años interna en un colegio de León, le despareció (más bien le robaron) el cuaderno donde tenía todos sus poemas escritos desde los nueve a los once años. Y años más tarde permitió que una persona quemara sus novelas y su diario íntimo. "Pérdidas irrecuperables", apunta ella, para quien la poesía es sobre todo sentimiento, algo que nos toca dentro..., que os emociona.

"Un poema puede estar muy bien estructurado, rimado, medido, y no decirme nada. Puede ser de grandes nombres y dejarme fría y, ser de alguien desconocido, y llegarme al alma. La poesía es lo que me nace a veces sin pensar, ni saber qué significa, ni por qué. También pienso que, ahora, hay poesía por todas partes. No cualquier cosa es poesía, mas, se hace poesía de cualquier cosa y al final todo lo que masifica en demasía, termina desvirtuándose. Tampoco es eso, no todo vale", sostiene esta 'Poecantisa', que ha dedicado una buena parte de su vida a cantar (unos 35 años), faceta de la que gurda un gran recuerdo y cariño.

"Con la emoción en la mirada de muchas personas al pedirme un autógrafo (que sí, me han pedido muchos, como si fuera la otra Edith: La Piaf), que me hacían sentir tan especial", recuerda ella, que llegó a grabar algunos discos y temas como 'Quiero perderme en el Bierzo', que para muchas personas fue un himno durante este encierro/confinamiento en varios pueblos del Bierzo (cantado a las 20h), como lo fuera el 'Resistiré'.

"Un tema, 'Quiero perderme en el Bierzo' para la nostalgia, porque así me lo han hecho saber muchos bercianos alejados de nuestro País", añade esta entusiasta lectora de la "poesía que rasga, rompe, sangra". Y por ende de autores y autoras como Osho, Sharma, Gaarder, Goleman, Nietzsche, Punset, Casafont, Iñaki Piñuel, pero también de Marwan, Tena, Núñez López, Saray Alonso, Pizarnik, Vallejo, entre otros. O bien el premio Loewe de poesía Víctor Rodríguez Núñez, o quien Edith dice compartir una visión similar acerca de la literatura y de la poesía.

"El poeta cubano Víctor Rodríguez Núñez dice que la literatura sería un género poético y no al revés. Que la poesía existía antes incluso de que existiera la escritura. Recordemos a los trovadores y juglares. Por ello, es bastante triste que a los cantautores se les quiera relegar, desde el 'purismo', a otro plano, cuando su lírica está llena de poesía. Todo arte lleva poesía en su haber y, como para mí la poesía es sentimiento, me molesta ese descarte".

"Un poema puede estar muy bien estructurado, rimado, medido, y no decirme nada. Puede ser de grandes nombres y dejarme fría y, ser de alguien desconocido, y llegarme al alma... ahora, hay poesía por todas partes"

Asimismo, siendo una cría leyó a clásicos como Lorca, Alberti o Dámaso Alonso. No en vano, el presidente de CADELPO (casa del poeta peruano), José Guillermo Vargas, le recordó que su métrica es libre pero con rima innata, la cual hace recordar al cancionero lorquiano.


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