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martes, 30 de enero de 2018

La fragua literaria leonesa: Lea Vélez

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LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Lea Vélez: "La literatura es un método para guardar en una caja cosas que se desvanecen con el tiempo"

Manuel Cuenya | 30/01/2018 - 13:00h.

La narradora, periodista y guionista Lea Vélez, autora de 'El jardín de la memoria' y 'La Olivetti, la espía y el loro', entre otros libros, está en la actualidad con algo difícil. Como siempre.

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Narradora, periodista, dramaturga, exitosa guionista de cine y televisión, Lea Vélez tiene una mente prodigiosa. Con un extraordinario coeficiente intelectual. Es superdotada. También lo son sus dos hijos. A quienes dedica su libro 'Nuestra casa en el árbol' (Destino, 2017). Y lo era su marido George, fallecido por cáncer, a quien rememora en 'El jardín de la memoria' (Galaxia Gutenberg, 2014), tal vez su obra más emociónate. Y reflexiva, en la que encuentra su voz más profunda.
En este caso, su escritura funciona no sólo como catarsis sino como refugio, como una forma de salvación, una metáfora de la supervivencia contra el olvido, un modo de convertir en inmortal a su ser querido. Un libro sobre la muerte pero también sobre el amor, los grandes temas (casi únicos), como nos dijera el gran Rulfo, de la literatura, de la literatura con mayúsculas.
Además de relatarnos los últimos meses de la vida de su marido (también de su historia como pareja) en el otoño en que él le enseñó a vivir y ella le enseñó a morir, nos habla del drama de la familia de su compañero en Inglaterra. Y asimismo de un republicano español, Boix, que fotografió el horror de Mauthausen y testificó ante el tribunal de Núremberg.
"El jardín de la memoria guarda emociones. La literatura es un método para guardar en una caja con forma de libro cosas que se desvanecen con el tiempo. Ese libro es el lugar en el que guardé nuestro amor y al hacerlo, se creó belleza. Abrirlo me causa respeto. Tengo la sensación de que es como abrir una puerta a otra dimensión", apostilla su autora, que lo escribió con  la lucidez que procura asistir a la muerte de un ser amado.
En 'El jardín de la memoria' también aborda el tema del proceso creativo, de su propio proceso creativo, de cómo se va configurando  y estructurando la novela a partir de sus vivencias. Y, por ende, de cualquier otro creador.
En este sentido,  está convencida de que "la literatura es un mapa al interior del escritor, pero también al interior del lector y no tienen necesariamente por qué coincidir. Son viajes diferentes".
La literatura, en todo caso, sirve para millones de cosas, según ella, "tantas, que me sería imposible enumerarlas. Cada lector tiene cien utilidades distintas para un solo libro".
Para Lea Vélez no hay diferencia entre la vida y la obra, "aunque te inventes una trama de un señor con barba que viaja a Marte. Misteriosamente, en tu obra, metes cosas de ti que no sabes ni que son tuyas. La ficción es una expresión del alma y el alma no es literatura, es algo real que marca todas nuestras acciones", explica. Tal vez por esto, hay que devolver vida a la literatura, como quisiera Henry Miller, otro coloso de las letras, que le ha dejado huella emocional, porque "escribir novelas es sencillo –precisa–, lo difícil es escribir la vida y que resulte literaria". Como tan bien hiciera, por ejemplo, Anaïs Nin, otro de sus referentes.
Cabe recordar que Inglaterra es para ella otra parte de su mundo, "un mundo original, diferente", pues de allí era su marido. "Siempre miramos mejor aquello que no forma parte de nuestra infancia. Lo examinamos desde otro punto de vista... Soy como las grullas. Cuando en España aprieta el calor, me voy al norte y al fin del verano, bajo al sur. Además, mis hijos son medio ingleses y depende de mí que sigan teniendo al alcance sus raíces. Hay mucha belleza allí y es una especie de paradigma de lo idílico, por eso aparece en mis libros".
Supe de su existencia –lo reconozco– a través de 'La hora cultural', el estupendo programa del 'Canal 24 horas' de Televisión Española que presenta el también guionista y escritor Antonio Gárate.
"Siempre miramos mejor aquello que no forma parte de nuestra infancia. Lo examinamos desde otro punto de vista..."
Y luego la contacté a través de Facebook. Una maravilla, esta época de redes sociales, que nos permiten contactar con gente en todo el mundo. Aunque es cierto que "el cara a cara", de toda la vida, resulta siempre más estimulante y real que lo virtual.
A partir de ese momento me dispongo a saber qué ha hecho Lea en el ámbito profesional. Y descubro que, además de una escritora con proyección, es originaria de León.
León, las raíces literarias de Lea Vélez
"Mis padres son de León, aunque vinieron a Madrid en los años sesenta. En León están mis raíces literarias, pues en esta ciudad se inició la andadura cultural de mi padre, Carlos Vélez", me cuenta ella, que ha nacido en la capital del Reino, donde vive.
Descubro, asimismo, que el periodista Pacho Rodríguez, con quien tuviera el placer de compartir velada en Prada A Tope en Madrid, en noviembre del pasado año,  le dedica un artículo en 'Diario de León'. Con motivo de la publicación de su novela 'El jardín de la memoria'.
"En León... me bañé en el río de Carrizo, enseñé a nadar a niños y a mineros del Bierzo, en pueblos como Cacabelos, Torre del Bierzo o Noceda (mineros de humor excelente, por cierto, que por ser todo músculo se hundían hasta el fondo como piedras entre carcajadas)", rememora.
¡Oh, Noceda. Mi útero materno. No me lo puedo creer! A lo mejor hasta coincidimos en alguna ocasión. Pero no sabíamos el uno del otro. "Durante años fui monitora de natación y daba clases en distintos pueblos. Sobre todo en el Bierzo: Noceda, Bembibre, Toreno, Torre del Bierzo... pero en otros muchos sitios también. Villablino, Valencia de don Juan...", aclara Lea, que se siente leonesa, porque, cuando era pequeña, siempre pasaba sus vacaciones en León, visitando a sus amigos, a su abuela y a sus tíos, "que tienen un chalet en la urbanización Camino de Santiago, que está en Villadangos del Páramo, y allí nos juntábamos muchísimos chavales de la urba", puntualiza.

viernes, 26 de enero de 2018

Es cuestión de tiempo

Dedicado a ti, que sigues disfrutando de tu paso por la tierra. Con todo mi afecto y amistad. 


A medida que uno comienza ya a descender por la senda de la vida (superando la barrera del medio siglo), se hace consciente, de verdad, de que la vida va en serio. Como poetizara Gil de Biedma. "Pero ha pasado el tiempo/ y la verdad desagradable asoma: / envejecer, morir, /es el único argumento de la obra". De esta obra, sueño/pesadilla, que se abre ante nosotros, la queramos o no. 
O mejor dicho,  uno se da cuenta de que la muerte es la única certeza, la más cruel de todas. Y que la vida se pasa, en el mejor de los casos, que es mucho decir, como un suspiro. Entonces, a uno le entra temblequera. 
Como un suspiro, sí. Algo así llegó a decirme, hace algún tiempo, Tomás Nogaledo, que por fortuna ya ha superado los 95 años, quizá tenga 96 o 97.
O te haces fuerte (porque lo que no mata, encallece), y tiras para adelante, aún a sabiendas de que la farsa está servida, o la vida puede revelarse (y se revela por instantes) infame, despótica, terrible. Un absurdo kafkiano. 
Kafka era un tipo extremadamente lúcido. Un día te despiertas, y apareces convertido en cucaracha. O bien te detectan un cáncer, o cualquier putería que te pone, cuando menos, en guardia, ante ti mismo, ante el mundo, que dejas de comerte, para que sea el mundo, la tierra, quien comienza a roerte las entrañas. 
Lo supo bien Tito Monterroso, que intertextualizó el comienzo demoledor de La metamorfosis, en su microcuento dinosáurico. 
Tomás Nogaledo en el útero de Gistredo
A lo mejor el dinosaurio, el monstruo no era otro que un tumor letal de su chingada mamacita. No quiero ponerme trascendental ni lacrimoso, ni siquiera melodramaticón, pero, cuando uno recibe una noticia, como la que acaba de anunciarme un buen amigo, no sé en verdad como encajarla, cómo reaccionar, salvo que se me escape el lagrimón (sensiblero que es uno, quizá). Y comience, otra vez más, a reflexionar acerca de la vida y la muerte, de la pulsión vital (Eros) y la pulsión mortuoria (Tánatos o Thánatos). 
-¿Qué tal estás? -le pregunto, a sabiendas también de que lleva tiempo, mucho tiempo, arrastrando la jodida enfermedad, el puto cáncer, el monstruo, el dinosaurio, que tanto daño y dolor causa entre la población, nuestra población. 
-Estoy en las últimas, Manuel. Disfrutando de mi paso por la tierra -me dice. 
-Hostias. Joder... Te recuperarás -medio acierto a responder en mi desconcierto. Como si flotara en el espacio sideral de los agujeros negros intergalácticos. 
-Es cuestión de tiempo -remata él, cual si se tratara de una ficción dentro de una realidad. 
Puta madre de dios, que no existe (eso creo). Cómo puede ser tan injusta la vida. Me quedo como una mierda. Estoy hecho polvo. Polvo somos y en polvo nos convertimos. Ceniza. Nomás. 
"Es cuestión de tiempo", rumio, una y otra vez. El tiempo es la sangre, es nuestra sangre, lo que nos permite seguir en la contienda, en esta batalla diaria de la vida. 
Me gustaría estar rodeado de tiempo, antes que de espacio, aunque Miller, el gran Henry, nos dijera, en su Trópico de Cáncer, que los seres humanos... más que nada necesitan estar rodeados de suficiente espacio: de espacio más que de tiempo. 
El tiempo lo es todo. Sin tiempo, no hay espacio. No hay nada. ¿O sí? ¿Cuando se produjo la gran explosión universal había tiempo? ¿Había espacio? ¿Ambos? ¿Antes, durante...?
"Es cuestión de tiempo", se me queda clavada esta frase como un arponazo en el corazón, como una cornada en el corvejón del alma. 
Todo acaba siendo cuestión de tiempo. Eso creo. 
Cuando uno es joven y sano (con las ilusiones intactas) cree que el tiempo lo da dios (suponiendo que uno sea creyente) de balde. 
"-¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido", escribe el genio Rulfo en esa obra con sabor mortuorio que es Pedro Páramo. Esta cita me la envía una amiga. Algo que le agradezco. Y se me antoja (me late, que dicen en México) reveladora. Continúa así: "Pagué con eso la deuda de encontrar a mi hijo, que no fue, por decirlo así, sino una ilusión más; porque nunca tuve ningún hijo. Ahora que estoy muerta me he dado tiempo para pensar y enterarme de todo...". Volveré a releer esta obra con lupa. 
Cuando uno es joven y vigoroso el tiempo se muestra cuasi infinito. Pero cuando uno crece, el tiempo comienza a achicarse, a la velocidad de la luz. 
Hay un momento en el que el tiempo parece esfumarse, aunque uno haga cosas, o bien se quede parado como un reloj muerto. Todo es cuestión de tiempo. Y los humanos, pobrecitos, estamos siempre esperando... esperando qué... a qué, a quién... La espera como tortura. Por eso, lo mejor es no adelantarse a los acontecimientos, aunque el tema acabe en una crónica de una muerte anunciada (huelga recordar que el Nobel Gabito era discípulo aventajado de Rulfo). Y prefiero irme, venirme (también en el sentido mexica), volver, regresar al presente, al aquí y al ahora, a ese "disfrutando de mi paso por la tierra". 
Disfrutando mientras aún te queden, querido amigo (y nos queden) dos gotas de sangre en las venas. Y nos mantengamos en pie, con la lucidez que a veces procuran las situaciones límite, porque el saber produce dolor, y también ocurre (el otro día lo comentábamos en una clase con un médico, precisamente con un oncólogo del hospital de Ponferrada) que ante circunstancias límite uno se pasa ya al otro lado a través de un estado alucinatorio, incluso delirante, que nos permite abandonar la consabida lucidez o consciencia para, de esta guisa, poder soportar el sufrimiento, nuestro propio dolor. Un mecanismo defensivo que la también sabia naturaleza nos ofrece, pone a nuestra disposición. 
Hoy me siento fuera de mí, lo siento, aunque intento pensar en las cosas buenas, que también las hay, y muchas, pensar en este buen amigo, que sigue disfrutando de su paso por la tierra (quiero verlo y sentirlo desde este prisma), gente maravillosa, que está ahí (en el tiempo presente) aunque viva algo alejada en el espacio. Amigos y amigas, familiares, que siguen estando, por fortuna, porque uno no vive en una burbuja. Y nada de lo humano me es ajeno. 
También mi padre sigue estando, aunque sea en otra dimensión. 
Algún día lo sabré, lo sabremos. 
Yo aún no lo sé pero dentro de un tiempo (es cuestión de tiempo) también estaré muerto. 

miércoles, 24 de enero de 2018

La Navidad sigue vomitando misiles

Os dejo este texto, que escribiera para La palabra en la noche, la antología de relatos y poemas alegóricos de la Navidad que coordinara Mara Ramos, con la colaboración de varios autores/as. Y que se presentó en Sierra Pambley el 21 de diciembre de 2017. 

Entre muros y controles se alza Belén
como una alucinación rojiza y viscosa en medio de un secarral.
¿No sabes que la Navidad dejó de existir en el instante en que los humanos, tus prójimos, asesinaron a dios?
¿Adónde te encaminas, penitente? ¿No hueles el peligro? ¿De qué dios estás hablando?
Anda, da la vuelta, gira sobre tu cintura, ábrete camino
entre los espejismos, que se doran en la retina memorial de tus sueños.
Regresa raudo a tu morada, que es templo de otro tiempo, acaso de otro espacio, porque tu reino quizá no sea de este mundo.
Anda, levántate, una vez más, camina
bajo un cielo tocado por el dedo juguetón de algún profeta desvergonzado.
Y no dejes que el polvo penetre en tus poros, en tus venas.
Busca refugio, protégete del sol, vuelve sobre tus pasos, antes de que te encañonen,
y acaben fusilando tus ilusiones de creyente/descreído.
No dejes que el viento y la arenisca del desierto te corroan el alma.
Habla con tus semejantes, diles lo que sientes, que has venido desde la otra orilla,
para reencontrarte con su figura.
Envíales un WhatsApp, con tus credenciales y tu hemograma.

Diles que has derramado tu sangre por su salvación.
¿Acaso no has oído tanques de guerra y disparos en el monte de los olivos?
Al otro lado, tu Jerusalén milagrera te espera,
con brazos de fusiles y ojos ensangrentados,
es tu tierra de oro y plata, tu mundo colorido y especiado.
No te fíes, es el eco de tu sombra, que siembra metralla por doquier.
Es tu intestino, que se retuerce de dolor
en tardes de siesta indigesta
en mitad de un paisaje árido armado hasta los dientes.
Es Judea, sí, tu tierra prometida, aquella que acogiera en su vientre a Jesús.
Tu Jesús de carne y hueso, que continúa derramando su sangre
en el cáliz sagrado de su eterna agonía,
tu héroe resucitado de entre los muertos,
en el huerto de la abundancia
para gloria y sufrimiento de la Humanidad.
¡En qué se ha convertido la Humanidad, santo cielo!
¡Y en qué te has convertido tú! Mírate en tu propio espejismo

¿No atisbas un horizonte curvado de desilusiones?
Tu Humanidad se ha vuelto del revés,
como un calcetín sudado que roncara atrocidades
mientras se deshace creyendo en viles patrañas,
en perpetuo conflicto.
El conflicto-savia que nutre tus instintos de alimaña más allá de los confines del universo.
¿No sabes que la Navidad dejó de existir en el instante en que los humanos, tus prójimos, asesinaron a dios?
¿De qué dios estás hablando?
La historia de la infamia se repite
como una serpiente, con su color verde clorofila y su textura rugosa, que se enroscara a tu espíritu.
Te sientes asfixiado. Y la Navidad, tu Navidad de rostro sonriente, y mirada asombrada sigue vomitando misiles
sobre esta tierra de iluminados,
edén de engañifas y tumba de santos y beatas costureras,
mientras el mundo colesterol hamburguesa revienta su sentido de la vida,
su sinsentido,
su absurdo inabarcable, de juegos y juguetes.
Se repite la historia, con sus genocidios y holocaustos, con sus barbaridades a prueba de bombas,
como una serpiente que se enroscara a tu cuerpo y te clavara todo su veneno.
Te has quedado sin resuello, sin palabras
y el miedo ha paralizado tu mirada, que se deshiela en estos montes desérticos.
La Navidad, tu Navidad de Reyes Magos de Oriente, con su semblante arbolado, sus papás noëles y sus trineos polares, dejó de existir cuando descubriste la mentira
un día en que te asomaste al balcón de los sueños
para contemplar un horizonte rayado de nieve:
Aquel Belén de pastorcillos y musgo y agua era de cartón piedra.
Aquel Belén, que ahora redescubres entre muros y controles,
se te reveló como una alucinación rojiza y viscosa en medio de un secarral
La historia de la infamia se repite,
la Navidad se repite: cantinela de turrón y cava en el reino del colesterol hamburguesa.
Y tú, como Cristo, te has dejado clavar en la cruz.
¿En qué estarías pensando?
Lástima que tu padre, que en verdad era Dios, ya no esté para socorrerte.
Él te hubiera salvado del monte de los olivos, donde crecen arbustos ponzoñosos.
Él te hubiera dado un aliento de amor, como cuando eras un niño, y te arrullaba, con su voz cálida, como cuando aún creías en la Navidad: ese invento en el que sólo puede creer un pueblo entontecido.
Un pueblo al que tú, sediento y hambriento, perteneces. No lo olvides.
Tu reino no es de este mundo, tu Navidad tampoco.
Ese mundo de alambradas y muros y barrancos seguirá girando como una peonza, bailando una danza macabra.
Y tú, que no perteneces a este reino, ya no estarás para verlo.
Un mundo de barbarie y absurdo, a partes iguales,
Un mundo de caníbales y reyes columpiándose en una Navidad que seguirá vomitando misiles
bajo los cielos de esta tierra santa y salvaje.
La Navidad ha llegado, ya está aquí.


martes, 23 de enero de 2018

La fragua literaria leonesa: Gustavo Vega

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LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Gustavo Vega: "La mejor manera de aprender es enseñar"

Manuel Cuenya | 23/01/2018 - 13:39h.

El polifacético y dinámico artista Gustavo Vega Mansilla, autor de 'Un pez atravesó la luna', 'Poéticas visuales' o 'El placer de ser', entre otras obras, tiene entre manos el proyecto de recopilar y hacer una especie de biblioteca de su obra en diferentes idiomas y ofrecerla a través de Amazon. En realidad, tiene pendientes varios proyectos de libro. Y continúa creando obra, tanto visual como escrita.

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Gustavo Vega. Foto: Manuel Cuenya
...es la vida
     como una exclamación,
                      o un lloro, una carcajada,
                                                  una pregunta,     o luz,
                      un eructo divino
                                                 arrojado
                                      entre dos silencios eternales...
(Gustavo Vega, 'El placer de ser')
Artista polifacético reconocido internacionalmente, y uno de los más singulares poetas de la geografía española, Gustavo Vega es originario del Bierzo Alto, donde naciera o lo nacieran, concretamente en la localidad de Villaverde de los  Cestos, donde le han dedicado en 2010 una calle. Todo un lujo. No obstante, tengo la impresión de que es más conocido y reconocido fuera que dentro de su tierra. Algo que suele ocurrir con frecuencia.
En todo caso, El Bierzo y, más concretamente su pueblo natal, tiene para él un valor sentimental muy potente, "es un sentimiento o afecto, un orgullo, que se hunde en las propias raíces, en lo en-trañable". Y,  a pesar de que apenas viviera en El Bierzo, porque sus padres se trasladaron a la ciudad de León cuando él tenía dos años y tan sólo volviera esporádicamente mientras vivió su abuelo, conserva, de aquellas sus primeras vivencias, un recuerdo muy intenso.
"No quiero alardear de memoria porque sería ficticio, pero sí de acordarme, además con mucha intensidad, de aquellos mis primeros años, primeras luces, primeros descubrimientos... Hay gente que me dice que no puede ser, que ellos no se acuerdan más allá de los cuatro o cinco años, pues yo sí me acuerdo y mucho de mis primeros años, por citar sólo algún ejemplo, de experimentar con el movimiento de la cuna hasta caer y romper con la cabeza una antigua bacinilla de loza o, en otra ocasión, caer sobre una trampa que había en el suelo que daba acceso al piso de abajo y berrear para que me cogieran", rememora el autor de 'El placer de ser', cuya temática es la soledad y la ausencia, "un collage de creaciones..., a través de las cuales el autor expresa una actitud reflexiva, a la par que emotiva, ante la realidad", según su prologuista Balcells (catedrático de la Universidad de León).
También recuerda cómo en las mañanas se maravillaba con las misteriosos reflejos de los vasos que, de pronto, aparecían en la pared mientras desayunaba; los intensos colores de un cuadro religioso que había colgado en el dormitorio -los ropajes y lo celeste de su cielo, eran energía pura, eran los colores del cielo, según su abuelo-; "mi perro blanco que se lo comió el lobo a la puerta de casa -según mi abuela era un perrito faldero pequeño, yo lo recuerdo grande, tan grande que casi no podía subirme encima-; me impresionaba ver cómo se volvían azules y llenas de enigmas las montañas más lejanas; y, ya un poco más grande, mis primeros amigos, los castaños retorcidos y los lobos del miedo que decían que había entre ellos -aunque nunca salió ninguno-...  y las estrellas doradas sobre fondo azul pintadas en el entorno al retablo de la iglesia, y...".
Poéticos recuerdos de infancia, que Gustavo es capaz de verbalizar, como le ocurriera al gran Dalí, tal y como nos cuenta en 'Diario de un genio', o bien en sus memorias.
Ya en la ciudad de León, donde viviera y creciera, recuerda cómo su padre iba con frecuencia al Bierzo  y él lo acompañaba a veces.

"Seguí teniendo parientes en Bembibre, en Folgoso de la Ribera, de donde era mi padre, el primo Pepín en Villaverde -un personaje según todos- que dibujaba todo lo que veía y del que heredé el gusto por el dibujo, en Carracedo en cuyo monasterio dormía durante las fiestas y, de chaval, cazaba murciélagos..., en él vivían dos tías abuelas mías antes de ser museo, etc.".
En la ciudad de León, siendo un guajín, cazaba grillos justo debajo de lo que ahora es el MUSAC, "entonces eran nuestras Eras de Renueva, nuestra zona de seguridad frente a los envites de los chavales del Barrio de San Esteban, nuestros enemigos con los que, a la primera de cambio, nos comunicábamos a pedradas", apostilla.
"Cuando vi o veo Notre Dame de París, la catedral de Reims -la de los planos-, la catedral de Colonia... , no pude ni puedo verlos sin tomar como referente o compararlos con la catedral que tengo clavada en la memoria, nuestra Pulcra Leonina..."
En León comenzó la escuela en el barrio, después en los Maristas, a continuación entró en el Seminario, donde se iniciara en la Filosofía. Y acabaría,  examinándose por libre, consiguiendo el título de Magisterio mientras asistía a clases de pintura y hacía estudios de delineante...
De León se fue a los 20 años, primero a Roma, donde obtuvo una primera licenciatura en Filosofía, que después complementaría con sus estudios en Filosofía y Letras, en Barcelona, ciudad en la que ha podido desarrollar su carrera como poeta, artista visual y también como profesor.
León y Barcelona, centros de creación
Aunque en la actualidad, y desde hace años viva en la ciudad condal, León -la ciudad y la provincia- siempre ha sido y sigue siendo su referente, la lente a través de la que mira el mundo, según él.
"Cuando vi o veo Notre Dame de París, la catedral de Reims -la de los planos-, la catedral de Colonia..., y hasta los maravillosos templos excavados en la roca de Ajanta y Ellora, en Maharashtra, India, no pude ni puedo verlos sin tomar como referente o compararlos con la catedral que tengo clavada en la memoria, nuestra Pulcra Leonina... He vivido físicamente lejos de León, pero emotivamente nunca he marchado de León. Soy leonés, y berciano, y como tal me siento. He seguido empadronado en León y a León, a mi casa, vuelvo siempre que puedo, cada vez más frecuencia porque ahora me es más fácil".

viernes, 19 de enero de 2018

Sono cose della morte

A los seres queridos que ya se han ido, y a quienes siguen estando. Ti ringrazo davvero.

Sono cose della morte. Aunque a uno le gustaría que fueran cosas de la vida. Sono cose della vita, como el título de una canción exitosa de Eros Ramazzotti. 
El Eros debería prevalecer sobre el Tánatos. Pero todo apunta a que el Tánatos, guadaña en mano, vence cualquier batalla, incluso se alza como ganador en cualquier partida de ajedrez, como también nos mostrara el extraordinario Bergman en su película El séptimo sello. 
Qué grande el director sueco, quien nos dejara una obra artística de alto voltaje e indiscutible calidad. 
Ahí están sus Fresas salvajes, entre otras muchas, cuya secuencia inicial onírica nos mete de lleno en la muerte. 

Lamento que hoy esté mortuorio, cuando, a lo mejor, debería ponerme a bailar samba o reggaeton. Por ejemplo. La vida está impregnada de muerte, por desgracia para los pobres seres humanos que habitamos esta terra trema. 
Qué terrible cuando un rapacín (rapacina) descubre la farsa de la vida. Y comienza a darse cuenta de que la vida es finita, mortal, y en ocasiones (quizá no demasiadas) rosa. Bueno, para un guaje del tercer mundo el rosa ni existe en el mundo de los colores. 

Los Reyes Magos de Oriente, que acaban de pasar por las cumbres y valles floridos y fermosos del Bierzo, ni se detienen a entregar aguinaldos a los niños y niñas que viven al borde, en medio de la miseria. ¿Pero qué clase de Reis son esos? ¡Qué me lo cuenten! Como mucho les traen un montoncito de carbón. Se me ha ido la olla, perdón, que eso ocurrió en otros tiempos, cuando en el Bierzo, en la provincia leonesa, había minas y mineros y mineras, que dejaban sus pulmones en chamizos de mierda, literalmente. 

Pues sí, queridos y queridas, la vida se pasa como un suspiro, incluso aunque uno viviera cien años o algo más (luego todos calvos). La brevedad de la vida, de la que hablaba el sabio Séneca. Y algunos otros. Lo malo es que uno se entretiene haciendo otras cosas, mientras la vida pasa como un rayo, el rayo que no cesa, el rayo que nos acaba pulverizando. Eso es más o menos lo que dijera el genial beatle John Lennon, que murió joven a manos de un descerebrado. Qué jodido es morirse, pero qué duro es morirse cuando uno es aún joven, y aún tiene (debería tener) el futuro por delante. Como le ha ocurrido a Zaira Linares Ordás, periodista ponferradina, de la saga periodística Linares Ordás, a quien conocía. Todo el mundo conoce a esta familia en el Bierzo. Pues llevan toda una vida dedicada al periodismo radiofónico. Excuso decir que siento mucho su fallecimiento. Y quiero recordarla con su sonrisa y su vitalidad. Nunca olvidaré el día en que me entrevistara a propósito de Mapas afectivos. Toda mi gratitud para ti, Zaira, que, desde algún lugar, me estarás viendo, seguro. Eso quiero creer. Aunque en verdad no sea creyente, antes descreído. Quiero aferrarme al espíritu. Y hasta deseo autoengañarme en momentos como estos, acaso para soportar el sufrimiento que provoca la muerte de gente conocida, querida. Un saludo cariñoso para la familia de Zaira. Un gran abrazo para ti, Yolanda, su madre. Con todo mi afecto. Qué brutal debe ser cuando un hijo (en este caso una hija) se te va. 
En el útero de Gistredo, que a este paso de gigante se quedará sin población en menos que canta un gallo-reloj-despertador, ya van al menos dos fallecimientos este año, Eloy, el tío Eloy, como le decían/lo recuerdan algunos amigos. No en vano era su tío carnal. Y gran amigo de mi padre. 
A estas alturas, Eloy y mi padre ya estarán jugando a las cartas, o mejor dicho, estarán platicando, sentados en el banco de la casa de Ángela y Secundino Zabaleta, de la calle de Los Moros. 
El tío Eloy mirando hacia el horizonte desde Las Chanas, acaso buscando la mirada y complicidad de mi padre (que se nos fue antes que él). Y mi padre paseando, "dando una batida", por Rocilleiros, Ceruñales o La Forcada. Los recuerdos me estremecen. 
Eloy, después del fallecimiento de mi padre (eran casi de la quinta, Eloy un pelín más joven) pegó un bajón considerable. Se le veía apagado, huidizo, incluso. 
La otra fallecida, aún de cuerpo presente, es Olina la de Petite, la madre de César y Pepín, que también son vecinos del barrio de Vega de Noceda. Y amigos. 
Creo recordar que Olina también era quinta de mi padre. Quizá un poco mayor. No lo sé con seguridad. 
Olina, al igual que mi madre, ejerció como "auxiliar de enfermería" en el pueblo, aunque por su labor no recibieran remuneración. Quizá alguna compensación. Y suponemos que el afecto de la gente (al menos de quienes fueran atendidos). Aquellos eran otros tiempos. 
Aunque, la verdad sea dicha, seguimos igual, en la misma onda. La crisis continúa. Y determinadas labores siguen estando mal o malísimamente remuneradas. Y en ocasiones, demasiadas a menudo, ni remuneración tienen. Quienes se dedican a la cosa cultural saben perfectamente de lo que hablo. 
En medio de tanta muerte, quiero vivir el día a día, en el aquí y el ahora (aunque resulte harto difícil). 
Por el momento quiero seguir escuchando música italiana, saboreando cultura italiana. 

martes, 16 de enero de 2018

La fragua literaria leonesa: Carlos J. Taranilla de la Varga

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LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Carlos Taranilla: "Lamentablemente se han querido hacer pasar por rigurosas fantasías como la del Santo Grial"

M. Cuenya | 16/01/2018 - 10:22h.

El investigador, profesor y narrador Carlos J. Taranilla, autor de 'Historia de León para niños', entre otras obras, tiene en imprenta dos libros, uno, 'Historia de los mensajes secretos (Criptografía)', y otro sobre el santo Grial.

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Carlos Taranilla
Historiador del arte, investigador, profesor, narrador, Carlos J. Taranilla de la Varga es autor del reciente libro 'Historia de León para niños', cuyo prólogo corresponde al poeta Antonio Colinas: "El niño que va a leer llegará con la mirada limpia a estas páginas, a estos relatos que le conducen a algunos de los episodios y símbolos más nuestros, más leoneses".
Una obra narrada con sencillez, en lenguaje coloquial, en tono cercano y desenfadado, como dice el escritor Juan Pedro Aparicio, que lo leyó antes de que fuera publicado a través de la editorial andaluza Almuzara, que también ha editado 'Leyendas de los reinos de la meseta norte', de Juan Salvador Chico, a quien le hemos dedicado fragua.
"Un libro fundamental, 'Historia de León para niños', que recoge la asombrosa y apasionante historia de León. Las grandes figuras, pasajes y momentos históricos más relevantes que la forjaron", tal y como aparece en la portada.
Un volumen que puede ser interesante para niños de entre nueve y doce años, e incluso para quienes deseen adentrarse en nuestro pasado y presente de una forma amena, según el propio Carlos J. Taranilla, porque además "contiene actividades al final de cada capítulo (muy fáciles) para repasar y entretenerse con la historia leonesa", añade su creador, que obtuvo su licenciatura de Historia del Arte en la Universidad de Oviedo aunque comenzara sus estudios en el Colegio universitario de León.
"Salvo ocho años de la infancia que pasé en Pontevedra y dos de la juventud que estuve en Oviedo terminando la Carrera, lo que entonces no era posible en León, esta es mi ciudad de toda la vida, una ciudad llena de pasado y tesoro de arte, tamaño medio-bajo, ideal para vivir", aclara el autor de 'Breve Historia del Arte' (que prologa el escritor Eslava Galán), encantado de vivir en su ciudad natal, su lugar en el mundo, algo extraordinario, porque a menudo los creadores, los artistas tienen que irse a vivir fuera porque no acaban encontrando su hueco, su modo de realizarse como profesionales. Pero Carlos no sólo ha encontrado lo que deseaba sino que ha podido desarrollar su carrera de un modo fructífero porque ha escrito y publicado varios libros, siempre relacionados con la historia y el arte.
"Un libro fundamental, 'Historia de León para niños', que recoge la asombrosa y apasionante historia de León"
Su vocación por la investigación, por la escritura, surge a partir de la finalización de sus estudios universitarios, de modo que su formación le sirvió para lanzarse al apasionante mundo de los libros. No en vano, antes de impartir clases trabajó en la editorial Everest. En este sentido, cree que la investigación es importante a la hora de escribir, incluso en la llamada escritura creativa, "aunque no se exija el mismo rigor documental en la creación literaria que en la investigación es necesario no deformar la historia –matiza–, a pesar de ese nuevo género que se llama 'novela histórica', donde todo vale. Lo que no se puede hacer es presentar una obra como de investigación histórica cuando se está fantaseando con los datos históricos".
En cualquier caso, su objetivo es transmitir información rigurosa, conocimientos, de una manera asequible para todo tipo de público, además del propósito de aportar algunos contenidos inéditos.
Comunicar, en definitiva, en el caso de su alumnado, a través de la palabra. Y por escrito en sus libros, porque sus actividades como profesor y narrador son, en su opinión, complementarias.