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domingo, 31 de mayo de 2020

Grande, Sábato

Recupero este texto, con algunos retoques, porque Sabato o Sábato nos dejó en 2011, a punto de cumplir el siglo. Desde hacía tiempo el escritor permanecía recluido en su "monacato".

Sábato, que logró algunos premios sustanciosos como el Cervantes, fue uno de los candidados al Nobel de Literatura. Lástima que no se lo otorgaran a este superviviente de la gran generación literaria argentina, entre los que estaban Borges, Bioy Casares y Cortázar. 
Vaya cuarteto.
Cuando leí El Túnel me quedé conmocionado. 
Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne. 
Un inicio definitivo, que me eriza las entrañas, como cuando el protagonista de American Beauty nos dice, más o menos: Yo aún no lo sé, pero dentro de un año estaré muerto. Se me ponen los pelos parados.

El túnel, tan emparentado con El extranjero, de Camus, nos adentra en los bajos fondos humanos, en los subsuelos, como también quiso el maestro Dostoievski. Puro existencialismo, de la mejor y más grande factura. "...había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío..."
Aparte de su faceta como físico, novelista, y militante comunista, Sábato es un magnífico ensayista, y prueba de ello es su El escritor y sus fantasmas, que conviene leer o releer. Algunos fragmentos de esta obra me resultan ciertamente actuales, aunque el libro lo escribiera en los años sesenta. 
Dice así: “El pueblo de hoy no es esa fresca y virginal fuente de toda sabiduría y de toda belleza que imaginan ciertos estéticos del populismo, sino el alumnado de una pésima universidad, envenenado por el folletín de la historieta o la fotonovela, por un cine para oficinistas y por una retórica para chicas semianalfabetas y cursis”.
El pueblo, al parecer, no siempre tiene la razón, como se decía antaño. Ni tampoco es una fuente de sabiduría, según el refranero popular. 
Hoy el pueblo ha sucumbido a las tentaciones mediáticas. Tampoco sabemos si es la universidad la que falla o son los alumnos quienes no tienen inquietudes o ni siquiera han tenido la ocasión de recibir una formación crítica y constructiva en la escuela. 
Algo está, en todo caso, fallando en la enseñanza. Que el alumnado, así como sus papás, está envenenado por las fotonovelas, culebrones y programas asquerosos de televisión es un hecho bien real.
El cine, por su parte, también ha dejado de ser arte para convertirse en mercadería apta para burócratas bien cebados, y sin mayores preocupaciones, salvo las de salir a tomar copas y ramonear un fin de semana cualquiera. 
En cuanto a las chicas semianalfabetas y cursis, y los chicos horteras y apijotados, sólo hay que acercarse a Operación Triunfo, a los triunfitos, o a ese pastel que ha sido el Gran Hermano, encierro de monos y monas dispuestos a flagelarse y enmierdarnos con sus delirios, obscenidades y alucinaciones. Y así en este plan bárbaro y abusado. 
La fauna está al completo: A decir verdad ya perdí la cuenta de los grandes hermanos y hermanitas... de la "caguidad".
Debí quedar, nomás, en  la rapacina aquella, a la que llaman Indhira, cuya ejemplaridad era todo un modelo a "descaminar". O ese Arturito de la mesa cuadrada, o la vieja gallega, o su hija pepona, entre otros especímenes. 
La pijería andante. Como aquella bobalicona llamada Fresita, que concursó hace tiempo, bastante inútil a tenor de lo visto en alguna escena televisiva, una escena o secuencia digna de ser filmada por Luis Buñuel. 
Me refiero a esa en que la Fresita, la pijolondia de marras, se queda atrapada en la puerta, en su torpe intento por ahuyentar a una vaca. Jopé, tengo miedo
Cuánta pose y floritura. 
También Buñuel filmó a una vaca encima de la cama de una alcoba en La edad de oro. Pero esto son imágenes mayores. “Vaca pa’lantre, me cagüen la re... que te parió”, diría sin duda algún paisano, vecino, curtido en faenas varias, instruido sobre todo en ganado vacuno. 
Es probable que la Fresita de las pelotas, y aun otros niñatos con cuento, no hayan lidiado nunca con una vaca. Y no digamos con un verraco.  
A buen seguro esta chavalina era la primera vez que se enfrentaba con una vaca de carne y hueso, y lo más que viera en su vida, hecha de asepsia y descafeinado sin sentido, fuera la Vaca que ríe, que se ríe, claro está, de su jeta de niña tontuela. 
Creo que me estoy pasando de roscón. Y además yo había venido a hablaros de Sábato. Fresa o fresita se les dice en Méjico lindo y añorado a las chamaquitas que acá llamamos pijillas. 
Lo de fresita, pues, le va como anillo al dedo. Pero regresemos a Sábato.
Un escritor de su talla puede dar mucho de sí. Conviene, en cualquier caso, no desaprovechar su sabiduría y su buen hacer. El pueblo ya no es lo que era. Eso se oye a menudo. Incluso los pueblos ya no son los que eran. 
La tan cantada solidaridad de la que se hacía gala en los pueblos ha dejado paso a una individualidad corrosiva y malvada. Y el pueblo, en su globalidad, se ha vuelto harto prepotente. Se ha impuesto el poder de las masas, la vulgaridad, que diría Ortega y Gasset. Por eso, de vez en cuando, es conveniente acercarse a los grandes pensadores, leer ensayos que nos ayuden a entender la realidad. Sólo así seremos capaces de entender el mundo en que vivimos. Sólo así podremos acercarnos a la realidad o irrealidad de la que están hechos nuestros sueños e ilusiones, la sub-realidad (surrealismo) que asimismo influyó en el autor argentino, mientras vivió en París como científico.
Me da la impresión de que el pueblo español, quijotesco y catolicón, nunca ha sido un pueblo muy asentado en el principio de la realidad. Somos extremadamente idealistas. Algo fantasmones. Construimos castillos en el aire. Y vivimos de apariencias, que no de claridades y certezas. Quiero luz, claridad. Pues la oscuridad me confunde. Pero esto podría dar para otra opinión. De momento continúo con El escritor y sus fantasmas, de Sábato, cuya lectura y aun relectura me tiene absorbido. Y no es para menos, pues en este libro uno encuentra algunas esencias con las que perfumar su espíritu. 
“Acaso el pueblo, tal como existía en las primitivas comunidades, tenía el sentido profundo y verdadero del amor y la muerte, de la piedad y el heroísmo... Cuando el pueblo estaba aún entrañablemente unido a los hechos esenciales de la existencia: al nacimiento y la muerte, a la salida y puesta de sol, a las cosechas y al comienzo de la adolescencia, al sexo y el sueño. Pero ahora ¿qué es, realmente, el pueblo?”. 
El pueblo se ha convertido en un Gran Hermano que nos vigila. Todos vigilantes y vigilados. Atrapados en un mismo universo asfixiante en el que sólo vemos programas y programillas de cotilleo, cuando canta el gallo, en horas de siesta, a todas horas del día y la noche...
Lo que cuenta Sábato en su ensayo, que por otra parte deberían leer aquellos y aquellas que aspiran de algún modo a convertirse en escritoras, escribidores o simplemente en escritorzuelos, es tan efectivo como que pareciera escrito para esta época mediocre e infame que vivimos.
La mediocridad es algo que nos caracteriza, pero la infamia ya ha alcanzado la cima de la gloria. Cuanto más infame te muestres, más alto puedes llegar en la escala de la popularidad. 
Las belenes, aídas, jorgejavieres... y no sé cuantos más seres están alimentando la carnaza. Carnaza por el tubo catódico y la cañería oxidada de una realidad que es ya ficción, impostura, artificio... 
«Afuera el mundo es un espanto y no vale la pena enterarse de nada», dijo el desencantado escritor argentino en una de sus últimas entrevistas, tal como recogiera Carlos Fidalgo en una de sus columnas del Diario de León.
Al pueblo parece gustarle lo grotesco y lo ramplón, siempre que esté aderezado, eso sí, con ciertas dosis de morbo. Mientras, el mundo seguirá girando en el túnel de los desamores y desencuentros, que a veces se tornan en amores y encuentros, lo cual se me antoja extraordinario y me hace levitar de pura emoción. 
Por fortuna, todavía nos queda el espíritu impreso de Sábato.

Vistoso y olfativo


Continúo con la serie de cuadros de la pintora Cristina Masa, a los que les pusiera texto. 
Aunque ya sabemos que la pintura por sí misma no necesita de palabras. 

Vistoso y olfativo se nos abre el bosque como un horizonte de fantasía, cuyos efluvios aromáticos nos embriagan en un día soleado.
Cuadro de Cristina Masa Solís
Texto: M. Cuenya
El olor de los colores nos introduce en un sueño, en un viaje hacia el interior del florecimiento de la vida. A través de una senda que aspira a elevarse hacia el infinito. En busca tal vez de una campiña pintada por Van Gogh. 
El genio holandés insuflando energía en el genio astur-leonés de Masa Solís, que nos devuelve la vida. Y la belleza, esa belleza que engendra amor por la Naturaleza, por el Arte.

viernes, 29 de mayo de 2020

El puente

Os dejo aquí este breve texto compuesto a propósito de este cuadro de la pintora astur-leonesa Cristina Masa. Espero que os guste. Un texto que junto a otros textos y cuadros conformaron una exposición que pudo verse hace un tiempo en el Palacio don Gutierre de la ciudad de León. 
Iré publicando cuadros y textos a lo largo de los próximos días. 
Salud en tiempos de desescalada coronavírica. 
https://cuenya.blogspot.com/2019/06/cristina-masa-solis-o-el-arte-que-brota.html

Nos adentramos en lo ancestral, pintado con la destreza de quien maneja con maestría el pincel. Y sabe mezclar los colores de la naturaleza en fusión con materiales nobles, como la piedra y la teja.
Sentimos el fluir del agua a nuestro paso por ese puente inmemorial, amasado con la textura de los tiempos. Y el amor por la belleza en su estado puro.
Remanso de paz, lugar mágico para zambullirse en su río. Y volver a soñar con una época que fue. Que aún podría ser. No hay más que dejarse arrullar por esta imagen maravillosa.

miércoles, 27 de mayo de 2020

La fragua literaria leonesa: Melchor Riol

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Melchor Riol: “En mi vida, la mina me ha influido de forma considerable”

El novelista Melchor Riol, autor de la reciente 'La vida tiene que seguir', entre otras, está precisamente con la promoción de esta novela, que en cuestión de días estará ya lista en Amazon.

Melchor Riol
Melchor Riol.
Manuel Cuenya | 27/05/2020 - 10:10h.
Cuando Alicia estaba convencida de que el siguiente objetivo de esa lengua humedecida iba a ser su sexo, un giro brusco la dejó con las ganas. Su boca se desvió hacia el interior del muslo, algo que hizo que ella entreabriese más aún las piernas. Al mismo tiempo que sus manos recorrían suavemente el contorno de las caderas, su boca se deslizaba mordisqueando el interior de dicho muslo hasta la articulación de la rodilla, para de nuevo volver a subir.
Según se acercaba, el aroma que percibía lo excitaba cada vez más. Esta vez no lo esquivó. En esta ocasión, cuando su boca se centró en su sexo, el gemido que emitió Alicia en ese momento alcanzó niveles de grito, acelerando el ritmo de su jadeante respiración.
(Melchor Riol, fragmento de 'Un deseo con nombre de mujer')
Autor de la reciente 'La vida tiene que seguir', entre otras novelas, Melchor Riol nació en Avilés (Asturias), aunque de rebote, como él mismo señala, porque a su padre, que es de Valderas, lo destinaron a trabajar en Ensidesa. En todo caso, los veranos, desde que era un niño, los pasa en el pueblo de su madre, que es de Valdelugueros.
"Soy asturiano de nacimiento y leonés de sangre", aclara Melchor, que dice tener poco deje asturiano porque él siempre ha hablado castellano y su narrativa es en castellano. Asimismo, reconoce que la gente de León es su gran fuente de inspiración, además de la mina, habida cuenta de que trabajó como electromecánico en diversas minas durante años hasta su jubilación a resultas de un accidente laboral en el pozo Nicolasa, cuya experiencia traumática le sirvió para componer su novela 'Los tres álamos', en la que relata el fallecimiento de catorce mineros.
El que trabaja en la mina desde guaje, es como el que lleva en prisión gran parte de su vida y le dejan en libertad bajo palabra. Al principio se excita, y luego no sabe vivir en el mundo exterior. Así que comete otro crimen, para que vuelvan a encerrarle. La institución puede ser restrictiva o insatisfactoria, pero él ya la conoce, y para él es segura.
(Melchor Riol, fragmento de 'Los tres álamos')
"Mi arranque literario surgió a raíz del accidente de los catorce mineros que se mataron en el pozo Nicolasa en Asturias... ver cómo se mataban de manera tan trágica esos compañeros me motivó para escribir mi primera novela 'Los tres álamos'",  rememora Melchor, el cual continuó su periplo novelesco con 'La forja de un minero'. Y en este sentido la mina le ha servido para plasmar por escrito, con realismo aunque también con elementos de ficción, sus dos primeras novelas.
"En mi vida, la mina ha influido de forma considerable, pues pasar de ser militar de carrera en Madrid a verme metido en las entrañas de la tierra a 600 metros de profundidad es algo que te marca, pero poco a poco te vas haciendo a ella y en mi caso le acabé sacando mucho rendimiento literario", apunta Melchor cuya vocación literaria se remonta a su juventud, cuando se hallaba en la capital de España estudiando y se presentó a un concurso organizado por la Comunidad de Madrid y ganó un premio con un relato en la modalidad de novela corta.
"Mi arranque literario surgió a raíz del accidente de los catorce mineros que se mataron en el pozo Nicolasa en Asturias... ver cómo se mataban de manera tan trágica esos compañeros me motivó para escribir mi primera novela 'Los tres álamos'"
"Desde muy pequeño destacaba por mi imaginación, por la facilidad que entre mis amigos tenía para inventarme historias, que solía contarles cuando nos íbamos de acampada", precisa el creador de obras como 'El eslabón de la cadena' sobre los prolegómenos de la Guerra Civil en Asturias con una historia de amistad, incertidumbre y lucha por ideales.  'La noche de los gamusinos' sobre las aventuras de una pandilla de amigos, o bien una novela erótica 'Un deseo con nombre de mujer' acerca de la relación de un joven con dos mujeres, Alicia y Lía. Algo de lo que se siente orgulloso Melchor, el hecho de haber podido plasmar distintos registros.
Hay momentos importantes a lo largo de la vida, que te marcan y en los que te das cuenta de que nada volverá a ser igual, a partir de ahí, cuentas el tiempo, por lo que todo se convierte en un antes y un después.
Todos sufrimos pruebas, aunque éstas, nunca se producen ni en la forma ni en el instante que hubiéramos querido. Deseamos ver las cosas claras, pero al igual que cuando cae la niebla, todas las figuras van haciéndose cada vez menos visibles hasta que acaban por desaparecer, así sientes como tu mente acaba por convertirse en un paisaje absorbido por la espesa niebla.
(Melchor Riol, fragmento de 'El eslabón de la cadena')
Cree Melchor Riol que se fomenta más la literatura en León que en Asturias, al menos en lo que a su obra se refiere, pues a él se le conoce más en León como novelista debido a la gran cantidad de charlas que le han propuesto con respecto a la mina y la literatura, tema que da mucho juego, sin duda. Se siente satisfecho con los responsables culturales que le han dado un  buen impulso para que se conozcan sus obras.

lunes, 25 de mayo de 2020

Las voces del silencio

La mujer cuyo corazón es azul y te alimenta sin
descanso,
ésa es tu madre dentro de la ira;
la mujer que no olvida y está desnuda en el silencio,
ésa fue música en tus ojos.

           (Gamoneda, Libro del frío)

Ante tanto ruido informativo, no hay mejor que buscar el silencio, incluso hacer silencio como un monje recluido en sus aposentos. Acaso como un budista tibetano. O bien como un derviche sufí que entroncara con la mística de San Juan de la Cruz. 
La ciudad marroquí de Fez, Fès-el-Bali (Fez la antigua, que es un laberinto de calles y callejuelas extraordinario) como primera universidad del mundo, magnífico centro de saber académico, del saber sufí. 
Fez el Bali

La ciudad de Fez, con su barrio andaluz, como refugio de emigrantes andalusíes, entre ellos el poeta, filósofo y viajero Ibn Arabi, nacido en la Murcia musulmana del siglo XII.  

"De lo que no se puede hablar hay que callar", nos dijo el filósofo Wittgenstein en su Tractatus. 
"Mejor habla, señor, quien mejor calla", escribe Calderón de la Barca en La vida es sueño.
El gran valor del silencio, guardar silencio, es no decir siempre todo lo que se sabe aunque sería deseable saber lo que se dice. 
"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio", reza un proverbio hindú. 
Si con una sola palabra puedes decirlo, no emplees más (economía narrativa y precisión lingüística al canto), si a través de un gesto, o una mirada, puedes hacerte entender, no utilices palabras. Y si puedes comunicarte con el silencio, quédate con éste. 
El silencio frente a lo que no puede decirse sería como una suerte de lenguaje sugerente, intuitivo, capaz de adentrarse en otra dimensión. 
Hacer silencio como un monje es además un gesto de respeto y valentía, que nos ayuda a auto-controlarnos. A poder reflexionar mejor. A tener algo más de claridad mental. Y a no soltar por ende lo primero que se nos viene a la mollera. Acaso nos hace parecer más comedidos, más equilibrados, tal vez más sabios. 
El silencio es un excelente medio para ponerle freno a una discusión absurda que sólo conduce a más absurdo. 
A menudo las discusiones acaloradas acaban como el rosario de la Aurora. 
Ante tal desmán, lo mejor es guardar silencio, aunque se diga que el que calla, otorga. 
Por la boca muere el pez, tanto más hables, más jodido estarás, lo cual es aplicable a la escritura, cuanto más escribas más prisionero estarás de tus palabras. 
En todo caso, mejor estar en silencio que hablar por hablar repitiendo como un loro las mismas palabras gastadas, los mismos tópicos, la misma retahíla... que no conducen sino a un bucle, a un callejón sin salida. 
El silencio, practicar el silencio, puede convertirse en un excelente ejercicio poético, dando rienda suelta a la mirada acariciadora, al tacto visual y cognoscitivo, habida cuenta de que la inteligencia está en las manos, como nos dijera el filósofo Anaxágoras. 
Cuenta mi ex profesor, el filósofo Manuel Fernández Lorenzo en un artículo titulado La mano que piensa, que Heidegger en su libro Ser y Tiempo vuelve a poner en primer plano filosófico la importancia de la mano. 
"Para Heidegger, la comprensión del mundo es antes manual que puramente mental. Es antes pre-comprendido el mundo en tanto que nos manejamos inconscientemente en él, que cuando posteriormente nos lo representamos conscientemente en nuestra mente por medio de imágenes cerebrales. Por ello el tacto debe preceder a la vista en la génesis de nuestra posición en el mundo. El mundo como lo dado a mano debe preceder al mundo entendido como lo dado ante los ojos”, expone Fernández Lorenzo, de quien guardo un muy buen recuerdo.

El silencio místico, el silencio eremítico, el silencio introspectivo es un modo de estar y ser el mundo, que nos invita a religarnos más y mejor con nosotros mismos. 
Con tanto voceras en el púlpito, no somos capaces a desentrañar la verdad de la mentira. 
La saturación informativa, el ruido, nos impide ver el bosque. Y por supuesto impide que hallemos la serenidad, porque todo ruido acaba estresando, provocando ansiedad, desconcierto. 
Por eso, ahora más que nunca, es conveniente recuperar el silencio, tan importante, tan esencial como bálsamo, imprescindible a la hora de poner en equilibrio la mente, que nos permita pensar con claridad, razonar y sentir de una manera saludable. 
Sentirse a gusto en silencio con uno mismo, sin necesidad de otras voces, sólo con nuestras voces del silencio (Las voces de Marrakech, como aquel bello y sugerente libro de Canetti). 
A decir verdad, nunca me ha gustado el ruido. Ni la gritería. Me destempla. Me perturba. Y creo que acaba dinamitando la psique a cualquiera. 
Me pone de los nervios cada vez que en la teletonta se enzarzan a los gritos esos llamados tertulianos que pareciera que hubieran salido, ansiosos perdidos, de algún frenopático. 
Pobres recluidos en los psiquiátricos. Qué pena. Cuando en realidad hay más tarados fuera que dentro. Lo mismo que hay más delincuentes fuera que dentro. 
Hay programas de televisión que deberían estar prohibidos, porque sólo logran meternos ruido y basura en el cuerpo. 
Hay gentes a las que debieran ponerles un bozal. La mascarilla se queda corta. 
El silencio es terapéutico. Psicoanalítico. Y nos permite descongestionarnos. Curarnos. Desconectarnos de una realidad esquizoide. Aunque cabe recordar también que el silencio a menudo se asocia con la soledad (convendría diferenciar la soledad impuesta de la soledad deseada, tan creativa por lo demás). Y hasta con la muerte. 
"Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos", escribe Julio Llamazares en la sobrecogedora Lluvia amarilla
El aullido del silencio recorre toda la novela del narrador, poeta y viajero leonés. 
El silencio absoluto tal vez sería el no estar o estar en otro mundo. En un trance místico, donde sólo se escuchan las voces del silencio. 
Los ruidos de la naturaleza, aunque pudiera parecer paradójico, también forman parte de mi ideal de silencio. 
Me resulta sobrecogedor pararme a escuchar la naturaleza, cómo respira, cómo nos envuelve con sus voces del silencio, que no son otras que el dulce piar de los pájaros, la musicalidad de los grillos, el croar de las ranas, el bullir de la vida, una banda sonora de película.
Imagen de Koyaanisqatsi



El silencio es un remanso de paz en medio de una jungla de asfalto repleta de decibelios. 
Aquí me viene a la mente Koyaanisqatsi, 
documental experimental de los ochenta dirigido por Reggio en el que se nos muestran impactantes imágenes, acompañadas de la música de mi querido Philip Glass, acerca de los estragos que la modernidad causa en el medio ambiente. 
No sólo en la vida sino en el arte, el silencio nos ayuda a entender mejor el mundo en que vivimos. 
El silencio por ejemplo en la música. El silencio de las notas. El silencio de una semicorchea que equivale a dos silencios de fusa, o el silencio de fusa que equivale a dos silencios de semifusa. Si no hubiera silencios, ni siquiera podría respirar quien interpretara una canción. 
Conocida es la broma de mal gusto que hiciera el instrumentista americano John Cage con su composición al silencio, no tocando ni una sola nota durante algunos conciertos mundiales.  

O bien el silencio en la pintura, en la poesía, en el teatro y en el cine. 
El silencio vivo en la pintura, porque el arte debe contener vida, ser vida. El silencio en los cuadros de Hopper o bien de Vermeer de Delft (cuyos cuadros son modelo de inspiración para el cineasta Greenaway en una película titulada ZOO). 
Hopper y Vermeer son en el fondo artistas cinematográficos. 
La poética de lo inefable. La poética del silencio en grandes poetas como Valente. 
En el teatro es imprescindible el silencio, los silencios, para dejar que tanto intérpretes como espectadores se tomen un respiro. Y dejen respiran el texto, la interpretación, para que podamos asimilar lo que allí se está contando, diciendo. 
A menudo el texto, valga por delante, es un pretexto. 
En el teatro también se escucha el silencio, según el dramaturgo Juan Mayorga. 
ZOO, de Greenaway
Lo mismo ocurre en el cine, donde el silencio forma parte de la banda sonora. El silencio narrativo. 
La mímica universal del genio Chaplin, entre otros cómicos, está hecha de silencios. Y nos cuenta, con emoción, verdad y belleza, el drama humano. Siempre con humor. 
Y hasta un cineasta como Bergman, cuyas películas son auténticos tratados de filosofía y psicología, abordan el tema del silencio con una maravillosa carga significativa. Incluso dedica toda una película al silencio. Y aun otras cintas de este director sueco, como Persona, están 
compuestas con silencios. 
El cine de Antonioni también se caracteriza por el manejo de esos silencios (tiempos muertos). O el de su heredero Theo Angelopoulos, con su poética del silencio y la niebla. 
Y aun El espíritu de la colmena de Erice. Otro ejemplo del sabio empleo, a mi entender, de los silencios. 
El espíritu de la colmena
Así que tanto en la vida como en el arte (el arte que imita la vida y viceversa) hagamos caso al silencio, a los silencios. 
Escuchemos la respiración armoniosa de la Naturaleza. Y escuchémonos a nosotros mismos. 
Tampoco quiero olvidarme de mi adorada París, Texas, de Wenders (cuya estética de las imágenes remite a los cuadros del pintor Hopper), en la que el silencio inicial del personaje protagonista, a quien vemos deambulando a través del desierto, recupera al final la palabra, la palabra portadora de sentido, la palabra curativa, fundamental para entender su historia, para comprender incluso la película entera, mientras su mujer, interpretada por la conmovedora Kinski, lo escucha en silencio en una memorable secuencia en un peep show como si estuviéramos presenciando una sesión psicoanalítica.
Escuchemos nuestro silencio como latido universal. 

domingo, 24 de mayo de 2020

Muerte en Venecia

 "... La belleza, Fedón, nótalo bien, sólo la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu... has de saber que nosotros, los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía..."
(Thomas Mann, Muerte en Venecia)

Aunque el título no invite a su lectura ni a su visionado, sobre todo en estos momentos de crisis, rodeados como estamos de virus y muerte (por fortuna, en el útero de Gistredo vivimos de espaldas al virus, no así a la muerte, que sigue segando vidas, como en todo el mundo), Muerte en Venecia es una obra inolvidable, no sólo como novela, sino como película. 

Una vez más, no caben las comparaciones entre la narrativa literaria y la narrativa audiovisual. 
¿Qué es mejor, la novela de Thomas Mann o la película de Visconti? 
¿Una imagen vale más que mil palabras o una palabra vale más que mil imágenes? 
Pues depende de quién sean las imágenes y de quién sean las palabras. 
Mann es un maestro de las palabras y Visconti un maestro de las imágenes, que además acompaña con la banda sonora de Mahler, Gustav,  en concreto el adagietto de la Quinta Sinfonía, que el genial compositor regaló a su musa Alma como declaración de amor. Un adagietto tocado con la varita mágica de lo emocional. 
https://www.youtube.com/watch?v=G0SgSIBBYJM
Precisamente en Gustav Mahler se inspira en cierto modo el  protagonista de la novela y de la película: Gustav von Aschenbach, que en la novela es un escritor y en la película es un músico. 
Digo que Aschenbach se inspira en cierto sentido en Mahler porque el personaje principal también es un poco el álter ego de Thomas Mann.
Un artista, en definitiva, que aspira a encontrar la belleza, ya en su decadencia, lo que es un motivo para reflexionar acerca de esa belleza inalcanzable, esa belleza platónica simbolizada en un joven Tadzio. No en vano, Mann era homosexual (según él mismo confiesa en sus diarios). Y el aristócrata y cineasta Visconti, quien adaptara la obra al cine, también era homosexual. 
Al parecer, a Visconti le hubiera gustado que el papel de Tadzio lo interpretara el entonces joven Miguel Bosé, pero su padre, el torero Luis Miguel Dominguín se opuso. 
Ambas obras, tanto la novela como la película, son igualmente interesantes, habida cuenta de que la novela emplea la palabra para sumergirnos en esa ciudad de los canales decadente, sobre la que se cierne, por cierto, la epidemia de cólera. 

Muerte en Venecia es en todo caso un motivo para viajar a la bella Italia en busca tal vez de ese estremecimiento que uno siente cuando se adentra por primera vez en una góndola, que es como un ataúd, según el propio Mann, algo que uno mismo experimentó la primera vez (la primera y la única) que viajó en este singular medio de transporte a través de los canales. Al menos una vez en la vida conviene montarse en una góndola, con esa negrura que "evoca aventuras silenciosas y arriesgadas, la noche sombría, el ataúd y el último viaje silencioso". 
Hace años que no visito esta ciudad de las máscaras. El pasado verano estuve a punto de visitarla. Pero al final me fui con la amiga Álida a Bassano del Grappa, que es como una Florencia desconocida (al menos para los extranjeros), en la existe un museo dedicado al escritor Hemingway a las afueras de la ciudad. 
https://cuenya.blogspot.com/2019/07/de-las-dolomitas-del-friuli-bassano-del.html
En mi próxima visita a Italia (país por el que siento devoción) espero ir a Venecia. 

viernes, 22 de mayo de 2020

La imbecilidad

Cada día estoy más convencido de la imbecilidad de la especie humana, de la especie humano-animal. 
Imbécil y cruel. 
Sobre la crueldad, no hay más que arrojar la vista atrás al Holocausto Caníbal, y a las muchísimas aberraciones que se han cometido y se siguen cometiendo en toda la Tierra. 
Sí, ya sé que uno también pertenece al rebaño, y asumo lo que me corresponde (que cada cual aguante su cirio pascual). 
En una época como esta, en la que un virus de mierda nos ha puesto patas arriba, se nota aún más la imbecilidad en las gentes, porque, ante las adversidades, aflora el lado más estúpido y perverso del ser humano. Y quizá también el lado más amable. 
Jekyll y Hyde nos acompañan. 
Pero, por ahora, a tenor de lo que se nos muestra a través de las redes -de la Red-, y de la teletonta (vivimos una realidad virtual, una realidad paralela), percibimos ese tufo a imbecilidad que se traduce en discusiones absurdas, de besugo, enzarzamientos ridículos, salidas de tono por soleares y por doquier. Y todo tipo de boutades. O mejor dicho, todo tipo de botaratadas. Como esas caravanas por la jungla urbana que propone un iluminado. Cuánto iluminado. 
Atención, que las crisis económicas, financieras, acaban convirtiéndose en monstruosas y ensalzando figuras catastróficas para la Humanidad. No nos olvidemos de los Hitler, Mussolini, Stalin...
Y así en este plan de planes, no sólo en el plano político, que también, pues nuestros políticos y políticas son un calco de nuestra sociedad, de nuestra sociedad basura, porque los políticos no nacen ni surgen por generación espontánea sino que salen (acaso brotan como las lechugas) de un contexto bien específico, que nuestra sociedad se ha encargado de cultivar y abonar como es necesario. 
Qué nadie se engañe ni quiera engañarnos. 
Y si a un tonto o una tonta lo colocan en la poltrona, entonces podemos darnos por jodidos. 
En la esfera que se tercie. 
No hay nada peor que un imbécil con poder. 
Aléjate de un piojo resucitado, decían en mi pueblo. 
Aléjate de cualquier piojo parasitil. 
Lo peor del asunto es que pululan por doquier muchos imbéciles con poder, del tipo que sea, y no suele ser la gente con aptitud y actitud quien detenta poder, quizá porque la gente capaz, la gente sabia de verdad es humilde (no se puede ser sabio sin ser humilde, de lo contrario uno se estancaría en el aprendizaje diario) y encima las personas sabias creen que no saben tanto (gracias Ana Isabel Blanco por recordármelo) algo lógico por lo demás, porque por más vidas que viéramos no lograríamos saber lo que quisiéramos. 
En cambio, los imbéciles se creen que lo saben todo. Con dos pelotas. Son unos tolosá. Unos babayos de mil pares. Qué peligro, che. 
Si quieres saber como es fulanito, dale un carguito, que te la hará mocha. Y te la meterá doblada hasta el mango.
¡Mangos!, se dice o se decía (ya ni me acuerdo de jugar a los naipes) cuando en el tute subastado (la subasta) alguien perdía la mano, esto es, la partida. 
La imbecilidad es la tónica general (qué me sirvan una pero bien fresquita, con varios yelos/hielos a ser posible) de nuestro día a día. 
Una viñeta, que he visto en el muro de facebook de Antonio Serrano (quien por cierto es el hermano de la poeta y profesora amiga Violeta Serrano), me ha dejado claro que en España, nuestra España con eñe de coña, ya nos matamos nosotros solos, no hacen falta virus ni coronavirus ni otras gaitadas. 
En nuestro país de paisitos, en nuestro Reino de taifas (división del califato de Córdoba, un homenaje al califa Anguita), ya nos atizamos nosotros bien. 
Somos tan envidiosos y cainitas, que no hace falta algo exterior para tirarnos los trastos a la cabeza. 
Cabestrines que somos.
Bah, con España ni os molestéis... Aquí ya se matan ellos, así reza la viñeta de marras en la parte alta. Y en la mediana aparece: franquista, rojo, indepe, feminazi, podemita, facha, etarra. 

Vaya escenario se nos ofrece. Cada cual hijo de su padre y de su madre, aunque quizá habría que decir de su padrastro y su madrastra. O hijastro de su padrastro...
"Adiós, Madrastra inmunda, país de siervos y señores...", escribió el premio Cervantes Juan Goytisolo en su Reivindicación del conde Don Julián, libro que, como él mismo me dijera a principios del 2000, tal vez nadie se atrevería a publicar en ese tiempo, porque la libertad de pensamiento y por ende de expresión manca y mucho.  
Pensar por uno mismo y poner en cuestionamiento todo, con la duda metódica por sistema, no resulta tarea nada fácil, sobre todo si tenemos en cuenta la imbecilidad, a la que habría que sumar la infantilización de la sociedad. 
Ya sabemos, como nos dijera el doctor Freud, que los niños no son almitas de la caridad sino unos perversos polimorfos, sobre todo quienes están educados (si tal puede decirse, que es mucho decir) bajo el sistema del todo vale y da igual ocho que ochenta. 

Esa derrota del pensamiento que nos anunciara el filósofo francés Finkielkraut ya en la década de los ochenta, el pensamiento débil (o debilidad del pensamiento) de la posmodernidad. 
El pensador galo nos muestra una sociedad a la que le da igual un cómic que una novela de Nabokov, un slogan publicitario que un poema de René Char,  un videoclip que una ópera de Verdi.
Se habla de una cultura (la cultura zombi) en la que el pensamiento está ausente. 
"En España tenemos el cerebro hecho polvo", nos llegó a decir el maestro Gustavo Bueno antes de morir. 
A cualquier cosa se le dice cultura, el mito de la cultura. Ahora vivimos en una cultura macarra. Y cada uno dice lo que le da la gana y no sabe lo que dice, todo el mundo es filósofo ahora, según el filósofo Bueno. Así nos luce la pelambrera. 
"¿Qué coño es el pueblo? Habló el pueblo y dijo mu. El pueblo es una fantasía completamente metafísica. El conjunto de los ciudadanos no es el pueblo", sostiene Bueno. 
"La socialdemocracia eran los nazis... La Transición fue una continuación del Plan Marshall, como Europa fue una invención del Plan Marshall", se despacha a gusto el filósofo. 
"Nadie sabe qué es Europa... Europa es una biocenosis y su Historia no deja un solo mes sin una guerra", apostilla. Esa Europa de guerras mundiales y campos de exterminio. Terrible. 
Ahora, más que nunca, no sabemos en qué Europa vivimos ni para qué sirve Europa. 

Y en España siempre estamos partiendo de cero, constantemente descubriendo la pólvora, es un decir. 
Enzarzados, decía, en discusiones absurdas.  
Con un grado de imbecilidad superlativo, aderezada esta por situaciones rocambolescas, gestos retorcidos, personajes sacados de las Luces de Bohemia de Valle, compartimentos estancos, puro cinismo, pura maldad, falta de tacto, gregarismo, incultura, enchufismo y cacicadas varias y variopintas por parte del poder. 
Un espectáculo bochornoso, tanto el político como el social. Con una telebasura espantosa. 

Entiéndase que la imbecilidad, lejos de ser un insulto, es una constatación harto objetiva. Y que esta, como el coronavirus de los cataplines, es altamente contagiosa. Y letal, también.