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miércoles, 27 de mayo de 2020

La fragua literaria leonesa: Melchor Riol

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Melchor Riol: “En mi vida, la mina me ha influido de forma considerable”

El novelista Melchor Riol, autor de la reciente 'La vida tiene que seguir', entre otras, está precisamente con la promoción de esta novela, que en cuestión de días estará ya lista en Amazon.

Melchor Riol
Melchor Riol.
Manuel Cuenya | 27/05/2020 - 10:10h.
Cuando Alicia estaba convencida de que el siguiente objetivo de esa lengua humedecida iba a ser su sexo, un giro brusco la dejó con las ganas. Su boca se desvió hacia el interior del muslo, algo que hizo que ella entreabriese más aún las piernas. Al mismo tiempo que sus manos recorrían suavemente el contorno de las caderas, su boca se deslizaba mordisqueando el interior de dicho muslo hasta la articulación de la rodilla, para de nuevo volver a subir.
Según se acercaba, el aroma que percibía lo excitaba cada vez más. Esta vez no lo esquivó. En esta ocasión, cuando su boca se centró en su sexo, el gemido que emitió Alicia en ese momento alcanzó niveles de grito, acelerando el ritmo de su jadeante respiración.
(Melchor Riol, fragmento de 'Un deseo con nombre de mujer')
Autor de la reciente 'La vida tiene que seguir', entre otras novelas, Melchor Riol nació en Avilés (Asturias), aunque de rebote, como él mismo señala, porque a su padre, que es de Valderas, lo destinaron a trabajar en Ensidesa. En todo caso, los veranos, desde que era un niño, los pasa en el pueblo de su madre, que es de Valdelugueros.
"Soy asturiano de nacimiento y leonés de sangre", aclara Melchor, que dice tener poco deje asturiano porque él siempre ha hablado castellano y su narrativa es en castellano. Asimismo, reconoce que la gente de León es su gran fuente de inspiración, además de la mina, habida cuenta de que trabajó como electromecánico en diversas minas durante años hasta su jubilación a resultas de un accidente laboral en el pozo Nicolasa, cuya experiencia traumática le sirvió para componer su novela 'Los tres álamos', en la que relata el fallecimiento de catorce mineros.
El que trabaja en la mina desde guaje, es como el que lleva en prisión gran parte de su vida y le dejan en libertad bajo palabra. Al principio se excita, y luego no sabe vivir en el mundo exterior. Así que comete otro crimen, para que vuelvan a encerrarle. La institución puede ser restrictiva o insatisfactoria, pero él ya la conoce, y para él es segura.
(Melchor Riol, fragmento de 'Los tres álamos')
"Mi arranque literario surgió a raíz del accidente de los catorce mineros que se mataron en el pozo Nicolasa en Asturias... ver cómo se mataban de manera tan trágica esos compañeros me motivó para escribir mi primera novela 'Los tres álamos'",  rememora Melchor, el cual continuó su periplo novelesco con 'La forja de un minero'. Y en este sentido la mina le ha servido para plasmar por escrito, con realismo aunque también con elementos de ficción, sus dos primeras novelas.
"En mi vida, la mina ha influido de forma considerable, pues pasar de ser militar de carrera en Madrid a verme metido en las entrañas de la tierra a 600 metros de profundidad es algo que te marca, pero poco a poco te vas haciendo a ella y en mi caso le acabé sacando mucho rendimiento literario", apunta Melchor cuya vocación literaria se remonta a su juventud, cuando se hallaba en la capital de España estudiando y se presentó a un concurso organizado por la Comunidad de Madrid y ganó un premio con un relato en la modalidad de novela corta.
"Mi arranque literario surgió a raíz del accidente de los catorce mineros que se mataron en el pozo Nicolasa en Asturias... ver cómo se mataban de manera tan trágica esos compañeros me motivó para escribir mi primera novela 'Los tres álamos'"
"Desde muy pequeño destacaba por mi imaginación, por la facilidad que entre mis amigos tenía para inventarme historias, que solía contarles cuando nos íbamos de acampada", precisa el creador de obras como 'El eslabón de la cadena' sobre los prolegómenos de la Guerra Civil en Asturias con una historia de amistad, incertidumbre y lucha por ideales.  'La noche de los gamusinos' sobre las aventuras de una pandilla de amigos, o bien una novela erótica 'Un deseo con nombre de mujer' acerca de la relación de un joven con dos mujeres, Alicia y Lía. Algo de lo que se siente orgulloso Melchor, el hecho de haber podido plasmar distintos registros.
Hay momentos importantes a lo largo de la vida, que te marcan y en los que te das cuenta de que nada volverá a ser igual, a partir de ahí, cuentas el tiempo, por lo que todo se convierte en un antes y un después.
Todos sufrimos pruebas, aunque éstas, nunca se producen ni en la forma ni en el instante que hubiéramos querido. Deseamos ver las cosas claras, pero al igual que cuando cae la niebla, todas las figuras van haciéndose cada vez menos visibles hasta que acaban por desaparecer, así sientes como tu mente acaba por convertirse en un paisaje absorbido por la espesa niebla.
(Melchor Riol, fragmento de 'El eslabón de la cadena')
Cree Melchor Riol que se fomenta más la literatura en León que en Asturias, al menos en lo que a su obra se refiere, pues a él se le conoce más en León como novelista debido a la gran cantidad de charlas que le han propuesto con respecto a la mina y la literatura, tema que da mucho juego, sin duda. Se siente satisfecho con los responsables culturales que le han dado un  buen impulso para que se conozcan sus obras.

lunes, 25 de mayo de 2020

Las voces del silencio

La mujer cuyo corazón es azul y te alimenta sin
descanso,
ésa es tu madre dentro de la ira;
la mujer que no olvida y está desnuda en el silencio,
ésa fue música en tus ojos.

           (Gamoneda, Libro del frío)

Ante tanto ruido informativo, no hay mejor que buscar el silencio, incluso hacer silencio como un monje recluido en sus aposentos. Acaso como un budista tibetano. O bien como un derviche sufí que entroncara con la mística de San Juan de la Cruz. 
La ciudad marroquí de Fez, Fès-el-Bali (Fez la antigua, que es un laberinto de calles y callejuelas extraordinario) como primera universidad del mundo, magnífico centro de saber académico, del saber sufí. 
Fez el Bali

La ciudad de Fez, con su barrio andaluz, como refugio de emigrantes andalusíes, entre ellos el poeta, filósofo y viajero Ibn Arabi, nacido en la Murcia musulmana del siglo XII.  

"De lo que no se puede hablar hay que callar", nos dijo el filósofo Wittgenstein en su Tractatus. 
"Mejor habla, señor, quien mejor calla", escribe Calderón de la Barca en La vida es sueño.
El gran valor del silencio, guardar silencio, es no decir siempre todo lo que se sabe aunque sería deseable saber lo que se dice. 
"Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio", reza un proverbio hindú. 
Si con una sola palabra puedes decirlo, no emplees más (economía narrativa y precisión lingüística al canto), si a través de un gesto, o una mirada, puedes hacerte entender, no utilices palabras. Y si puedes comunicarte con el silencio, quédate con éste. 
El silencio frente a lo que no puede decirse sería como una suerte de lenguaje sugerente, intuitivo, capaz de adentrarse en otra dimensión. 
Hacer silencio como un monje es además un gesto de respeto y valentía, que nos ayuda a auto-controlarnos. A poder reflexionar mejor. A tener algo más de claridad mental. Y a no soltar por ende lo primero que se nos viene a la mollera. Acaso nos hace parecer más comedidos, más equilibrados, tal vez más sabios. 
El silencio es un excelente medio para ponerle freno a una discusión absurda que sólo conduce a más absurdo. 
A menudo las discusiones acaloradas acaban como el rosario de la Aurora. 
Ante tal desmán, lo mejor es guardar silencio, aunque se diga que el que calla, otorga. 
Por la boca muere el pez, tanto más hables, más jodido estarás, lo cual es aplicable a la escritura, cuanto más escribas más prisionero estarás de tus palabras. 
En todo caso, mejor estar en silencio que hablar por hablar repitiendo como un loro las mismas palabras gastadas, los mismos tópicos, la misma retahíla... que no conducen sino a un bucle, a un callejón sin salida. 
El silencio, practicar el silencio, puede convertirse en un excelente ejercicio poético, dando rienda suelta a la mirada acariciadora, al tacto visual y cognoscitivo, habida cuenta de que la inteligencia está en las manos, como nos dijera el filósofo Anaxágoras. 
Cuenta mi ex profesor, el filósofo Manuel Fernández Lorenzo en un artículo titulado La mano que piensa, que Heidegger en su libro Ser y Tiempo vuelve a poner en primer plano filosófico la importancia de la mano. 
"Para Heidegger, la comprensión del mundo es antes manual que puramente mental. Es antes pre-comprendido el mundo en tanto que nos manejamos inconscientemente en él, que cuando posteriormente nos lo representamos conscientemente en nuestra mente por medio de imágenes cerebrales. Por ello el tacto debe preceder a la vista en la génesis de nuestra posición en el mundo. El mundo como lo dado a mano debe preceder al mundo entendido como lo dado ante los ojos”, expone Fernández Lorenzo, de quien guardo un muy buen recuerdo.

El silencio místico, el silencio eremítico, el silencio introspectivo es un modo de estar y ser el mundo, que nos invita a religarnos más y mejor con nosotros mismos. 
Con tanto voceras en el púlpito, no somos capaces a desentrañar la verdad de la mentira. 
La saturación informativa, el ruido, nos impide ver el bosque. Y por supuesto impide que hallemos la serenidad, porque todo ruido acaba estresando, provocando ansiedad, desconcierto. 
Por eso, ahora más que nunca, es conveniente recuperar el silencio, tan importante, tan esencial como bálsamo, imprescindible a la hora de poner en equilibrio la mente, que nos permita pensar con claridad, razonar y sentir de una manera saludable. 
Sentirse a gusto en silencio con uno mismo, sin necesidad de otras voces, sólo con nuestras voces del silencio (Las voces de Marrakech, como aquel bello y sugerente libro de Canetti). 
A decir verdad, nunca me ha gustado el ruido. Ni la gritería. Me destempla. Me perturba. Y creo que acaba dinamitando la psique a cualquiera. 
Me pone de los nervios cada vez que en la teletonta se enzarzan a los gritos esos llamados tertulianos que pareciera que hubieran salido, ansiosos perdidos, de algún frenopático. 
Pobres recluidos en los psiquiátricos. Qué pena. Cuando en realidad hay más tarados fuera que dentro. Lo mismo que hay más delincuentes fuera que dentro. 
Hay programas de televisión que deberían estar prohibidos, porque sólo logran meternos ruido y basura en el cuerpo. 
Hay gentes a las que debieran ponerles un bozal. La mascarilla se queda corta. 
El silencio es terapéutico. Psicoanalítico. Y nos permite descongestionarnos. Curarnos. Desconectarnos de una realidad esquizoide. Aunque cabe recordar también que el silencio a menudo se asocia con la soledad (convendría diferenciar la soledad impuesta de la soledad deseada, tan creativa por lo demás). Y hasta con la muerte. 
"Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos", escribe Julio Llamazares en la sobrecogedora Lluvia amarilla
El aullido del silencio recorre toda la novela del narrador, poeta y viajero leonés. 
El silencio absoluto tal vez sería el no estar o estar en otro mundo. En un trance místico, donde sólo se escuchan las voces del silencio. 
Los ruidos de la naturaleza, aunque pudiera parecer paradójico, también forman parte de mi ideal de silencio. 
Me resulta sobrecogedor pararme a escuchar la naturaleza, cómo respira, cómo nos envuelve con sus voces del silencio, que no son otras que el dulce piar de los pájaros, la musicalidad de los grillos, el croar de las ranas, el bullir de la vida, una banda sonora de película.
Imagen de Koyaanisqatsi



El silencio es un remanso de paz en medio de una jungla de asfalto repleta de decibelios. 
Aquí me viene a la mente Koyaanisqatsi, 
documental experimental de los ochenta dirigido por Reggio en el que se nos muestran impactantes imágenes, acompañadas de la música de mi querido Philip Glass, acerca de los estragos que la modernidad causa en el medio ambiente. 
No sólo en la vida sino en el arte, el silencio nos ayuda a entender mejor el mundo en que vivimos. 
El silencio por ejemplo en la música. El silencio de las notas. El silencio de una semicorchea que equivale a dos silencios de fusa, o el silencio de fusa que equivale a dos silencios de semifusa. Si no hubiera silencios, ni siquiera podría respirar quien interpretara una canción. 
Conocida es la broma de mal gusto que hiciera el instrumentista americano John Cage con su composición al silencio, no tocando ni una sola nota durante algunos conciertos mundiales.  

O bien el silencio en la pintura, en la poesía, en el teatro y en el cine. 
El silencio vivo en la pintura, porque el arte debe contener vida, ser vida. El silencio en los cuadros de Hopper o bien de Vermeer de Delft (cuyos cuadros son modelo de inspiración para el cineasta Greenaway en una película titulada ZOO). 
Hopper y Vermeer son en el fondo artistas cinematográficos. 
La poética de lo inefable. La poética del silencio en grandes poetas como Valente. 
En el teatro es imprescindible el silencio, los silencios, para dejar que tanto intérpretes como espectadores se tomen un respiro. Y dejen respiran el texto, la interpretación, para que podamos asimilar lo que allí se está contando, diciendo. 
A menudo el texto, valga por delante, es un pretexto. 
En el teatro también se escucha el silencio, según el dramaturgo Juan Mayorga. 
ZOO, de Greenaway
Lo mismo ocurre en el cine, donde el silencio forma parte de la banda sonora. El silencio narrativo. 
La mímica universal del genio Chaplin, entre otros cómicos, está hecha de silencios. Y nos cuenta, con emoción, verdad y belleza, el drama humano. Siempre con humor. 
Y hasta un cineasta como Bergman, cuyas películas son auténticos tratados de filosofía y psicología, abordan el tema del silencio con una maravillosa carga significativa. Incluso dedica toda una película al silencio. Y aun otras cintas de este director sueco, como Persona, están 
compuestas con silencios. 
El cine de Antonioni también se caracteriza por el manejo de esos silencios (tiempos muertos). O el de su heredero Theo Angelopoulos, con su poética del silencio y la niebla. 
Y aun El espíritu de la colmena de Erice. Otro ejemplo del sabio empleo, a mi entender, de los silencios. 
El espíritu de la colmena
Así que tanto en la vida como en el arte (el arte que imita la vida y viceversa) hagamos caso al silencio, a los silencios. 
Escuchemos la respiración armoniosa de la Naturaleza. Y escuchémonos a nosotros mismos. 
Tampoco quiero olvidarme de mi adorada París, Texas, de Wenders (cuya estética de las imágenes remite a los cuadros del pintor Hopper), en la que el silencio inicial del personaje protagonista, a quien vemos deambulando a través del desierto, recupera al final la palabra, la palabra portadora de sentido, la palabra curativa, fundamental para entender su historia, para comprender incluso la película entera, mientras su mujer, interpretada por la conmovedora Kinski, lo escucha en silencio en una memorable secuencia en un peep show como si estuviéramos presenciando una sesión psicoanalítica.
Escuchemos nuestro silencio como latido universal. 

domingo, 24 de mayo de 2020

Muerte en Venecia

 "... La belleza, Fedón, nótalo bien, sólo la belleza es al mismo tiempo divina y perceptible. Por eso es el camino de lo sensible, el camino que lleva al artista hacia el espíritu... has de saber que nosotros, los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía..."
(Thomas Mann, Muerte en Venecia)

Aunque el título no invite a su lectura ni a su visionado, sobre todo en estos momentos de crisis, rodeados como estamos de virus y muerte (por fortuna, en el útero de Gistredo vivimos de espaldas al virus, no así a la muerte, que sigue segando vidas, como en todo el mundo), Muerte en Venecia es una obra inolvidable, no sólo como novela, sino como película. 

Una vez más, no caben las comparaciones entre la narrativa literaria y la narrativa audiovisual. 
¿Qué es mejor, la novela de Thomas Mann o la película de Visconti? 
¿Una imagen vale más que mil palabras o una palabra vale más que mil imágenes? 
Pues depende de quién sean las imágenes y de quién sean las palabras. 
Mann es un maestro de las palabras y Visconti un maestro de las imágenes, que además acompaña con la banda sonora de Mahler, Gustav,  en concreto el adagietto de la Quinta Sinfonía, que el genial compositor regaló a su musa Alma como declaración de amor. Un adagietto tocado con la varita mágica de lo emocional. 
https://www.youtube.com/watch?v=G0SgSIBBYJM
Precisamente en Gustav Mahler se inspira en cierto modo el  protagonista de la novela y de la película: Gustav von Aschenbach, que en la novela es un escritor y en la película es un músico. 
Digo que Aschenbach se inspira en cierto sentido en Mahler porque el personaje principal también es un poco el álter ego de Thomas Mann.
Un artista, en definitiva, que aspira a encontrar la belleza, ya en su decadencia, lo que es un motivo para reflexionar acerca de esa belleza inalcanzable, esa belleza platónica simbolizada en un joven Tadzio. No en vano, Mann era homosexual (según él mismo confiesa en sus diarios). Y el aristócrata y cineasta Visconti, quien adaptara la obra al cine, también era homosexual. 
Al parecer, a Visconti le hubiera gustado que el papel de Tadzio lo interpretara el entonces joven Miguel Bosé, pero su padre, el torero Luis Miguel Dominguín se opuso. 
Ambas obras, tanto la novela como la película, son igualmente interesantes, habida cuenta de que la novela emplea la palabra para sumergirnos en esa ciudad de los canales decadente, sobre la que se cierne, por cierto, la epidemia de cólera. 

Muerte en Venecia es en todo caso un motivo para viajar a la bella Italia en busca tal vez de ese estremecimiento que uno siente cuando se adentra por primera vez en una góndola, que es como un ataúd, según el propio Mann, algo que uno mismo experimentó la primera vez (la primera y la única) que viajó en este singular medio de transporte a través de los canales. Al menos una vez en la vida conviene montarse en una góndola, con esa negrura que "evoca aventuras silenciosas y arriesgadas, la noche sombría, el ataúd y el último viaje silencioso". 
Hace años que no visito esta ciudad de las máscaras. El pasado verano estuve a punto de visitarla. Pero al final me fui con la amiga Álida a Bassano del Grappa, que es como una Florencia desconocida (al menos para los extranjeros), en la existe un museo dedicado al escritor Hemingway a las afueras de la ciudad. 
https://cuenya.blogspot.com/2019/07/de-las-dolomitas-del-friuli-bassano-del.html
En mi próxima visita a Italia (país por el que siento devoción) espero ir a Venecia. 

viernes, 22 de mayo de 2020

La imbecilidad

Cada día estoy más convencido de la imbecilidad de la especie humana, de la especie humano-animal. 
Imbécil y cruel. 
Sobre la crueldad, no hay más que arrojar la vista atrás al Holocausto Caníbal, y a las muchísimas aberraciones que se han cometido y se siguen cometiendo en toda la Tierra. 
Sí, ya sé que uno también pertenece al rebaño, y asumo lo que me corresponde (que cada cual aguante su cirio pascual). 
En una época como esta, en la que un virus de mierda nos ha puesto patas arriba, se nota aún más la imbecilidad en las gentes, porque, ante las adversidades, aflora el lado más estúpido y perverso del ser humano. Y quizá también el lado más amable. 
Jekyll y Hyde nos acompañan. 
Pero, por ahora, a tenor de lo que se nos muestra a través de las redes -de la Red-, y de la teletonta (vivimos una realidad virtual, una realidad paralela), percibimos ese tufo a imbecilidad que se traduce en discusiones absurdas, de besugo, enzarzamientos ridículos, salidas de tono por soleares y por doquier. Y todo tipo de boutades. O mejor dicho, todo tipo de botaratadas. Como esas caravanas por la jungla urbana que propone un iluminado. Cuánto iluminado. 
Atención, que las crisis económicas, financieras, acaban convirtiéndose en monstruosas y ensalzando figuras catastróficas para la Humanidad. No nos olvidemos de los Hitler, Mussolini, Stalin...
Y así en este plan de planes, no sólo en el plano político, que también, pues nuestros políticos y políticas son un calco de nuestra sociedad, de nuestra sociedad basura, porque los políticos no nacen ni surgen por generación espontánea sino que salen (acaso brotan como las lechugas) de un contexto bien específico, que nuestra sociedad se ha encargado de cultivar y abonar como es necesario. 
Qué nadie se engañe ni quiera engañarnos. 
Y si a un tonto o una tonta lo colocan en la poltrona, entonces podemos darnos por jodidos. 
En la esfera que se tercie. 
No hay nada peor que un imbécil con poder. 
Aléjate de un piojo resucitado, decían en mi pueblo. 
Aléjate de cualquier piojo parasitil. 
Lo peor del asunto es que pululan por doquier muchos imbéciles con poder, del tipo que sea, y no suele ser la gente con aptitud y actitud quien detenta poder, quizá porque la gente capaz, la gente sabia de verdad es humilde (no se puede ser sabio sin ser humilde, de lo contrario uno se estancaría en el aprendizaje diario) y encima las personas sabias creen que no saben tanto (gracias Ana Isabel Blanco por recordármelo) algo lógico por lo demás, porque por más vidas que viéramos no lograríamos saber lo que quisiéramos. 
En cambio, los imbéciles se creen que lo saben todo. Con dos pelotas. Son unos tolosá. Unos babayos de mil pares. Qué peligro, che. 
Si quieres saber como es fulanito, dale un carguito, que te la hará mocha. Y te la meterá doblada hasta el mango.
¡Mangos!, se dice o se decía (ya ni me acuerdo de jugar a los naipes) cuando en el tute subastado (la subasta) alguien perdía la mano, esto es, la partida. 
La imbecilidad es la tónica general (qué me sirvan una pero bien fresquita, con varios yelos/hielos a ser posible) de nuestro día a día. 
Una viñeta, que he visto en el muro de facebook de Antonio Serrano (quien por cierto es el hermano de la poeta y profesora amiga Violeta Serrano), me ha dejado claro que en España, nuestra España con eñe de coña, ya nos matamos nosotros solos, no hacen falta virus ni coronavirus ni otras gaitadas. 
En nuestro país de paisitos, en nuestro Reino de taifas (división del califato de Córdoba, un homenaje al califa Anguita), ya nos atizamos nosotros bien. 
Somos tan envidiosos y cainitas, que no hace falta algo exterior para tirarnos los trastos a la cabeza. 
Cabestrines que somos.
Bah, con España ni os molestéis... Aquí ya se matan ellos, así reza la viñeta de marras en la parte alta. Y en la mediana aparece: franquista, rojo, indepe, feminazi, podemita, facha, etarra. 

Vaya escenario se nos ofrece. Cada cual hijo de su padre y de su madre, aunque quizá habría que decir de su padrastro y su madrastra. O hijastro de su padrastro...
"Adiós, Madrastra inmunda, país de siervos y señores...", escribió el premio Cervantes Juan Goytisolo en su Reivindicación del conde Don Julián, libro que, como él mismo me dijera a principios del 2000, tal vez nadie se atrevería a publicar en ese tiempo, porque la libertad de pensamiento y por ende de expresión manca y mucho.  
Pensar por uno mismo y poner en cuestionamiento todo, con la duda metódica por sistema, no resulta tarea nada fácil, sobre todo si tenemos en cuenta la imbecilidad, a la que habría que sumar la infantilización de la sociedad. 
Ya sabemos, como nos dijera el doctor Freud, que los niños no son almitas de la caridad sino unos perversos polimorfos, sobre todo quienes están educados (si tal puede decirse, que es mucho decir) bajo el sistema del todo vale y da igual ocho que ochenta. 

Esa derrota del pensamiento que nos anunciara el filósofo francés Finkielkraut ya en la década de los ochenta, el pensamiento débil (o debilidad del pensamiento) de la posmodernidad. 
El pensador galo nos muestra una sociedad a la que le da igual un cómic que una novela de Nabokov, un slogan publicitario que un poema de René Char,  un videoclip que una ópera de Verdi.
Se habla de una cultura (la cultura zombi) en la que el pensamiento está ausente. 
"En España tenemos el cerebro hecho polvo", nos llegó a decir el maestro Gustavo Bueno antes de morir. 
A cualquier cosa se le dice cultura, el mito de la cultura. Ahora vivimos en una cultura macarra. Y cada uno dice lo que le da la gana y no sabe lo que dice, todo el mundo es filósofo ahora, según el filósofo Bueno. Así nos luce la pelambrera. 
"¿Qué coño es el pueblo? Habló el pueblo y dijo mu. El pueblo es una fantasía completamente metafísica. El conjunto de los ciudadanos no es el pueblo", sostiene Bueno. 
"La socialdemocracia eran los nazis... La Transición fue una continuación del Plan Marshall, como Europa fue una invención del Plan Marshall", se despacha a gusto el filósofo. 
"Nadie sabe qué es Europa... Europa es una biocenosis y su Historia no deja un solo mes sin una guerra", apostilla. Esa Europa de guerras mundiales y campos de exterminio. Terrible. 
Ahora, más que nunca, no sabemos en qué Europa vivimos ni para qué sirve Europa. 

Y en España siempre estamos partiendo de cero, constantemente descubriendo la pólvora, es un decir. 
Enzarzados, decía, en discusiones absurdas.  
Con un grado de imbecilidad superlativo, aderezada esta por situaciones rocambolescas, gestos retorcidos, personajes sacados de las Luces de Bohemia de Valle, compartimentos estancos, puro cinismo, pura maldad, falta de tacto, gregarismo, incultura, enchufismo y cacicadas varias y variopintas por parte del poder. 
Un espectáculo bochornoso, tanto el político como el social. Con una telebasura espantosa. 

Entiéndase que la imbecilidad, lejos de ser un insulto, es una constatación harto objetiva. Y que esta, como el coronavirus de los cataplines, es altamente contagiosa. Y letal, también. 

miércoles, 20 de mayo de 2020

La fragua literaria leonesa: Eduardo Aguirre

LA FRAGUA LITERARIA LEONESA

Eduardo Aguirre: "Recelo del columnismo que solo dicta sentencias condenatorias"


El periodista y escritor Eduardo Aguirre, autor de 'Cervantes, el enigma del humor' y 'Blues de Cervantes', entre otros libros, está colaborando en la actualidad, desde hace un año, con 'Papel Literario', el suplemento cultural del periódico venezolano 'El Nacional', que le permite ahondar con más extensión que la columna en temas que le interesan.

Eduardo Aguirre y Margarita Merino
Eduardo Aguirre y Margarita Merino   
Manuel Cuenya | 20/05/2020 - 12:44h.
Conocido por su columna 'Al trasluz' en 'Diario de León', el periodista y escritor Eduardo Aguirre lleva ya más de 33 años aportándonos una mirada crítica llena de humor y ternura.
Cuenta que escribir su columna semanal le sigue llevando el mismo tiempo que cuando comenzó, aunque cada vez le resulta más difícil, según él, no porque le cueste encontrar temas, sino porque detecta los riesgos de la opinión como poder, de la impiedad, de la soberbia... "Recelo del columnismo que solo dicta sentencias condenatorias", aclara Eduardo Aguirre, que, aunque nacido en Madrid, lleva toda una vida en León, ciudad que se le antoja abarcable y además le ha permitido ser él mismo. "Donde se confío en mí, cuando era un periodista aún bisoño, donde conocí a mi mujer y nació mi hijo. Si además este frío vuestro no mordiese... la ciudad perfecta", señala con humor este intrépido periodista y creador literario, en cuyo caso ambos registros forman parte de una misma vocación: la escritura.
"En periodismo, defiendo la férrea diferencia entre opinión e información, salvo en géneros que permiten mezclarnos, como el reportaje y la entrevista. Valle Inclán dijo que el periodismo 'avillana' el estilo del escritor. No lo creo así, simplemente, sus claves no son las mismas. El buen periodista aunque trabaja con fórmulas más limitadas que un escritor, sobre todo al redactar noticias, sabe eludir estos inconvenientes, sin por ello faltar al debido distanciamiento.  A cada trabajo, su voz. Lo que importa es que el resultado, en periodismo o en ficción, sea verdad. Una clase de verdad que está más allá del realismo o de la mera enumeración de datos. En fin... llamémoslo ética", sostiene este habilidoso columnista, que transforma en literatura, con voluntad  de estilo,  cada una de sus piezas. Voluntad o intención de estilo que no debemos confundir, en su opinión, con el preciosismo formal, que a él no le interesa.

martes, 19 de mayo de 2020

Autoengaño

Acabo de escribir un texto sobre el auto-engaño y lo he perdido, porque, aunque lo había guardado en borrador, toqué una tecla sin querer y se me ha ido todo a la mierda. Qué hijaputez. Es lo que tiene escribir directamente en este espacio de blog.
Ahora intentaré recuperar de mi disco duro (ya reblandecido) lo que pueda, lo que me permita mi memoria a corto plazo. Y a seguir dándole estopa.  
Estoupado (como dicen en mi pueblo) me he quedado como si fuera talmente una castaña asada en tambor. Ay, qué aún no es época de castañas ni magostos. En qué estaría pensando.
Aunque lo mejor, una vez más, es que tire de mi memoria semántica. Y aun de mi memoria afectiva. 
A ver qué sale ahora. Y, a medida que vaya escribiendo, iré guardando, no sólo en borrador, sino publicando lo que vaya tecleando. Y así no perderé más nada. Eso espero. Y eso haré. Eso estoy haciendo. 
Decía que estos tiempos de confinamiento/desconfinamiento y aun desescalada en fase 1 en el Bierzo (con una bajada monumental desde el Pico Catoute, nuestra cresta emblemática, atención, no vayamos a desmadrarnos) nos sirven sobre todo para reflexionar y repensar la realidad que estamos viviendo. 
Es época de mirar para adentro, mirar a nuestro interior, que siempre será exterior para quien sepa mirar y ver, de hacer examen de conciencia (parezco todo un misacantano). Y en ese examen de conciencia entraría la autoconciencia y por supuesto la autoconciencia verdadera o falsa. 
Lo cierto es que nos han metido una buena mierda, con este virus, que nos hemos quedado todos apijotados perdidos. Cómo si nos hubieran arrehostiado y no supiéramos de dónde nos han venido las hostias como panes de hogaza. 
Es como si nos hubiera tocado el Gordo aun antes de la Navidad, y estuviéramos con el susto del miedo porque no sabremos qué hacer luego con ese sustancioso premio.
Lo que sí me parece es que este año por Navidad (cuando nos llegue el turrón, también reblandecido), el personal no tendrá que hacer largas colas de espera enfrente de Doña Manolita, mi toca toca yo, porque el Gordo ya estará todo vendido. Todo el Gordo y el bacalao vendido, a precio de liebre (parezco un auténtico feriante de mercado de Abastos).
Un Gordo de lujo, repartido a lo largo de toda la geografía nacional. Y aun de otras geografías mundiales. Pero qué nadie se alegre de este Gordo, que es más pesado que un carro de bueyes en brazos. 
A algunos les ha tocado un buen pellizco, también. 
El asunto es que esta basura de virus nos ha vuelto trastocados. Y a uno hasta le ha revirado el sueño. Bueno, poquito a poquito, pasito a pasito, suave suavecito, vamos recuperando un sueño reparador. Todo dulzura. 
Qué nadie se escandalice porque al que más y al que menos el bichito de turno le ha jodido el sueño. ¿Verdad?
Es esta época para repensar la realidad, nuestra realidad, más que nunca. Y es aquí donde entra este autoengaño, tan  humano. Pues el autoengaño es un mecanismo defensivo. 
Siempre estamos defendiéndonos de alguien, incluso de nosotros mismos. Y por supuesto siempre estamos poniéndonos muros, a veces insalvables, con ese miedo atroz que nos caracteriza. Y a la vez nos paraliza, impidiéndonos ir más allá. 
¿De quién nos defendemos? ¿De nosotros mismos, de los otros, de nuestros gestores y mandatarios, de la sociedad en general? Esta sociedad que hemos creado entre todos (y todas). Quizá la bandera universal (no creo en banderas) debiera estar rayada con el miedo, aunque a uno le gustaría verla rotulada con la palabra libertad. La libertad guiando al pueblo. 
La libertad. Y la fraternidad. Y la igualdad. 
Aunque, como bien nos dijera Orwell en su Rebelión en la granja, ¿os acordáis?, unos somos más iguales que otros. Una genial y satírica fábula, tan real y universal que también nos asusta. 
El autoengaño o el arte de mentirse a uno mismo, al menos en dosis pequeñas y a corto plazo, nos ayuda a sobrevivir, a seguir adelante. Pero en medianas y en grandes dosis, a largo plazo, creo que puede resultar letal para nuestro organismo. Como si fuera una enorme carga vírica la que nos hubiera pillado. 
La vida de nadie, película de Eduard Cortés

Se dice que cuando nos autoengañamos no somos conscientes de la mentira, en cambio, cuando mentimos sí lo somos. Una sutileza, que no está del todo clara, porque al menos en algunas ocasiones o circunstancias sí podríamos ser conscientes de nuestro autoengaño.  
Sea como fuere, no debiéramos montar nuestra vida sobre una vil tomadura de pelo, sobre purititos fuegos de artificio, porque de lo contrario acabaría derrumbándose nuestra morada, la casa de nuestro ser. 
Me viene a la mente una película sobrecogedora, La vida de nadie, que interpreta el actor español Coronado, cuya existencia es una pura falsedad, de principio a fin. Recomiendo su visionado. 
Acaso la vida sea nomás un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que nada significa, como nos dijera Shakespeare. 
Ese ruido y furia que por lo demás da título a una conocida novela de Faulkner (al que todo el mundo ha leído en la desternillante Amanece, que no es poco, del cineasta Cuerda, recientemente fallecido) contada en su primer capítulo por el autista, discapacitado mental Benjamín Compson (Benjy). 
Hay gente, haberlos y haberlas haylos y haylas (como las meigas y los trasgos o trasnos), que pareciera construir su vida sobre una falsedad a la vez que la desplazara sobre los raíles de la hipocresía y el cretinismo. 
Haylos que viven o parecen vivir como si fueran eternos, ajenos a la enfermedad y el dolor, ajenos a todo saber y sensibilidad. 

Pero no podemos ser tan guays y divinos si somos conscientes del mundo de mierda en el que vivimos, expuestos a todo tipo de vaivenes, contratiempos y adversidades, como ahora estamos a merced de este bichito, que nos ha puesto en jaque en nuestro tablero de ajedrez. 
No podemos ser tan imbéciles, a sabiendas de que el mundo está hecho un asquito, acá y allá, con gente muriéndose de hambre, en guerra, en un perpetuo conflicto. La mayoría del orbe, me atrevería a decir. A ver si finalmente la Humanidad encuentra ese universo paralelo, que, en vez de ir hacia adelante, camina hacia atrás.
No podemos vivir como si fuéramos inmortales porque nuestras vidas, que son los ríos y regueras van a dar a la mar, son finitas, bastante limitadas, efímeras. Y, cuando queremos darnos cuenta, se nos han ido como un suspiro. 
La vida es un suspiro, recuerdo que me dijera Tomás Nogaledo, un  paisano entrañable de Noceda del Bierzo, que estuvo a tris de alcanzar el siglo. Siempre elegante, con su bici. En el útero estamos de enhorabuena, porque Lorenzo Nogaledo ha cumplido el siglo (a él le dedicamos un artículo en el reciente número de la revista La Curuja -ya no tan reciente, pues con el virus se nos ha ido la primavera-, se lo dedica nuestro paisano y amigo Javi Arias Nogaledo).
Ay, la ilusión, es lo único que nos queda. La ilusión de llegar al siglo, quizá. Aunque si llegáramos, algo complicado, tendría que ser en buen estado. Llegar por llegar es tontería (esto último parece que me quedó muy del estilo Mota). 
Cuidadín con la ilusión que, a poco que te descuides, se convierte en autoengaño. De ilusiones vive el tonto de... Ya sabéis el dicho.
La vida es algo que pasa mientras nos entretenemos haciendo otras cosas, otras pendejadas, como más o menos nos dijera el beatle John Lennon, al que, pobrecito, algún desalmado le descerrajó un tiro jodiéndole su brillante porvenir musical. Su vida al completo. 
El autoengaño funciona, lo sabemos, como un mecanismo defensivo. Y por supuesto como un mecanismo de adaptación, porque los seres humanos tenemos que adaptarnos incluso a condiciones extremas, como ocurre en guerras y holocaustos. Se dice que la inteligencia, al menos una suerte de inteligencia (pues hay más de una), es adaptación al medio. Los más listos, que no siempre los más inteligentes, sobreviven. Y en estas andamos en este mundo en que parece que los listos y osados son quienes se llevan la gata al agua. Mientras que los inteligentes de verdad se quedan a verlas venir, acaso a la sombra de un castaño milenario. O simplemente prefieren no ostentar ningún cargo importante. Esto daría para mucha tela que cortar. Quizá para otro texto.
Respecto al autoengaño, sería conviene que no montáramos nuestras vidas sobre una farsa (ya sé que la vida tiene mucho de farsa y absurdo, quizá sea una gran farsa, el teatro del teatro de la vida). Y cuando no logremos alcanzar las uvas, como en la fábula de la zorra y las uvas, no digamos que ya no nos interesan, que en realidad no nos gustan, porque entonces estaremos autoengañándonos. Y si realmente nos apetecen, hagamos todo el esfuerzo por alcanzarlas. Y dejémonos de estupideces, aparcando el autoengaño. 
Ahora mismo me estoy planteando para qué sirve la escritura. Y para qué sirve la enseñanza. Tal vez para poca cosa. Por no decir para nada, aunque esto último quedaría como harto nihilista. 
La Zaranda (Paco, a la derecha). Foto: Cuenya

A decir verdad cada día creo menos y en menos cosas. Incluso a veces creo que no creo ni en mí mismo. Y ese sea tal vez un paso para seguir creyendo. Sólo sé que no sé nada. 
Contaba Paco el de la Zaranda hace un tiempo (cómo vuela el tiempo) que su compañía de teatro no hacía teatro para que le gustara a la gente, sino para que le doliera. Olé, Paco. Qué grande eres. Porque el saber produce dolor. Y la Zaranda es acaso el mejor grupo de teatro de España, con respeto al resto de compañías, que el teatro debería ser materia obligatoria en cualquier programa educativo. 
Con lo cual uno no debería escribir para agradar a los demás, y mucho menos para entretenerlos cual si fueran monos de feria, sino escribir para, además de soltar lastre, meter el dedo en la llaga. Para invitar, en definitiva, a la reflexión, al análisis de conciencia y aun al análisis de la subconsciencia, espacio amniótico del que afloran los sueños. Y las pesadillas. 
Acaso estaría bien dedicarse al campo, a la agricultura, a cultivar tomates y pimientos... cosas tangibles, que nos den de comer. Qué importante es procurarse uno sus propios alimentos. 
Escribir, como dijera Henry Miller, sirve para expulsar el veneno que llevamos acumulado a resultas de nuestras vidas falsas. Y es que el coloso Miller, que devolvió vida a la literatura, hizo de su vida pura literatura con sus Trópicos y su Sexus y su Marusi, entre otros. Convirtió la escritura en una prolongación natural de su vida. 
"Ningún hombre pondría palabra alguna por escrito, si tuviera el valor de vivir lo que cree... La vida no se compone de trama y personajes. La vida no está en el piso de arriba: la vida está aquí y ahora..." (Miller, Sexus).
Uno puede engañar a los demás (funcionando el engaño hasta que alguien descubre el juego, la farsa, la mentira) pero creo que resulta más demoledor cuando uno siempre se está autoengañando. 
Autoengañarse algo vale, pero autoengañarse en exceso es terrible. Y eso significa que te falta un tornillo (si no eres consciente, o no del todo consciente) o bien eres un cabrón si realmente eres consciente de tu autoengaño y sigues con él adelante. Y aquí entra a relucir la falsa conciencia, que en realidad es prima o hermana del autoengaño. 
El autoengaño de conciencia es en realidad la falsa conciencia, que algún cristiano, en términos morales, equipararía a la mala fe. 
Obrar de mala fe, se decía antes mucho. Un tema filosófico/psicológico de gran calado. 
La expresión falsa conciencia (falsche Bewutseins) es utilizada por Marx y Engels, según el maestro Gustavo Bueno, en el contexto de sus análisis de las ideologías
En cualquier caso, para el filósofo Bueno la falsa conciencia es conciencia, no es inconsciencia. Con lo cual, cuando uno hace uso de la falsa conciencia es consciente de lo que está haciendo. Y por ende cuando uno se autoengaña también es consciente del engaño. 
El asunto es que uno desea/desearía vivir de claridades y lo más despierto posible. Vivir al menos sin demasiado autoengaño. Y si puede ser sin ninguno, mucho mejor, aun a riesgo de que no exista una creencia, una fe, algo a lo que asirse. Y el golpe sea brutal. 
Vivir a pecho descubierto, sin coraza, sin protección, con las botas de arar hasta el final, tampoco es que sea una maravilla en este mundo deshumanizado. Y aunque uno prefiera vivir de esencias antes que de apariencias, algo de protección conviene llevar (no me refería precisamente a las mascarillas y los guantes, aunque sé que esto es lo política/socialmente correcto). 
Protejámonos, pues. Pero dejemos de autoengañarnos en la medida de nuestras posibilidades. 
Siento que algo se me ha quedado en el tintero. O bien en el primer borrador borrado de un plumazo por arte de birli birloque. Pero por hoy creo que es suficiente, entre otras razones porque ya toca descansar algo.