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viernes, 13 de diciembre de 2013

Grande, Sábato

Recupero este texto, con algunos retoques, porque Sabato o Sábato nos dejó, a punto de cumplir el siglo. Desde hacía tiempo el escritor permanecía recluído en su "monacato".

Sábato, que logró algunos premios sustanciosos, como el Cervantes, fue uno de los candidados al Nobel de Literatura. Lástima que no se lo otorgaran a este superviviente de la gran generación literaria argentina, entre los que estaban Borges, Bioy Casares y Cortázar. Vaya cuarteto.

Cuando leí El Túnel me quedé conmocionado. Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne. Un inicio definitivo, que me eriza las entrañas, como cuando el prota de American Beauty nos dice, más o menos: Yo aún no lo sé, pero dentro de un año estaré muerto. Se me ponen los pelos parados.

El túnel, que tan próximo está de El extranjero, de Camus, nos adentra en los bajos fondos humanos, en los subsuelos, como también quiso el maestro Dostoievski. Puro existencialismo, de la mejor y más grande factura. "...había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío..."

Aparte de su faceta como físico, novelista, y militante comunista, Sábato es un magnífico ensayista, y prueba de ello es su El escritor y sus fantasmas, que conviene leer o releer. Algunos fragmentos de esta obra me resultan ciertamente actuales, aunque el libro lo escribiera en los años sesenta. Dice así: “El pueblo de hoy no es esa fresca y virginal fuente de toda sabiduría y de toda belleza que imaginan ciertos estéticos del populismo, sino el alumnado de una pésima universidad, envenenado por el folletín de la historieta o la fotonovela, por un cine para oficinistas y por una retórica para chicas semianalfabetas y cursis”.

El pueblo, al parecer, no siempre tiene la razón, como se decía antaño. Ni tampoco es una fuente de sabiduría, según el refranero popular. Hoy el pueblo ha sucumbido a las tentaciones mediáticas. Tampoco sabemos si es la universidad la que falla o son los alumnos quienes no tienen inquietudes o ni siquiera han tenido la ocasión de recibir una formación crítica y constructiva en la escuela. Algo está, en todo caso, fallando en la enseñanza. Que el alumnado, así como sus papás, está envenenado por las fotonovelas, culebrones y programas asquerosos de televisión es un hecho bien real.

El cine, por su parte, también ha dejado de ser arte para convertirse en mercadería apta para burócratas bien cebados, y sin mayores preocupaciones, salvo las de salir a tomar copas y ramonear un fin de semana cualquiera. En cuanto a las chicas semianalfabetas y cursis, y los chicos horteras y apijotados, sólo hay que acercarse a Operación Triunfo, a los triunfitos, o a ese pastel que ha sido el Gran Hermano, encierro de monos y monas dispuestos a flagelarse y enmierdarnos con sus delirios, obscenidades y alucinaciones. Y así en este plan bárbaro y abusado. La fauna está al completo:

A decir verdad ya perdí la cuenta de los grandes hermanos y hermanitas... de la "caguidad". Me debí quedar, nomás, en  la rapacina aquella, a la que llaman Indhira, cuya ejemplaridad era todo un modelo a "descaminar". O ese Arturito de la mesa cuadrada, o la vieja gallega, o su hija pepona, etc. La pijería andante. Como aquella bobalicona, llamada Fresita, que concursó hace tiempo, bastante inútil a tenor de lo visto en alguna escena televisiva, una escena o secuencia digna de ser filmada por Luis Buñuel. Me refiero a esa en que la Fresita, la pijolondia de marras, se queda atrapada en la puerta, en su torpe intento por ahuyentar a una vaca. Jopé, tengo miedo. Cuánta pose y floritura. También Buñuel filmó a una vaca encima de la cama de una alcoba en La edad de oro. Pero esto son imágenes mayores. “Vaca pa’lantre, me cagüen la re... que te parió”, diría sin duda algún paisano, vecino, curtido en faenas varias, instruido sobre todo en ganado vacuno. Es probable que la Fresita de las pelotas, y aun otros niñatos con cuento, no hayan lidiado nunca con una vaca. Y no digamos con un verraco.  A buen seguro esta chavalina era la primera vez que se enfrentaba con una vaca de carne y hueso, y lo más que viera en su vida, hecha de asepsia y descafeinado  sin sentido, fuera la Vaca que ríe, que se ríe, claro está, de su jeta de niña tontuela. Creo que me estoy pasando de roscón. Y además yo había venido a hablaros de Sábato. Fresa o fresita se les dice en Méjico lindo y añorado a las chamaquitas que acá llamamos pijillas. Lo de fresita, pues, le va como anillo al dedo. Pero regresemos a Sábato.

Un escritor de su talla puede dar mucho de sí. Conviene, en cualquier caso, no desaprovechar su sabiduría y su buen hacer. El pueblo ya no es lo que era. Eso se oye a menudo. Incluso los pueblos ya no son los que eran. La tan cantada solidaridad de la que se hacía gala en los pueblos ha dejado paso a una individualidad corrosiva y malvada. Y el pueblo, en su globalidad, se ha vuelto harto prepotente. Se ha impuesto el poder de las masas, la vulgaridad, que diría Ortega y Gasset. Por eso, de vez en cuando, es conveniente acercarse a los grandes pensadores, leer ensayos que nos ayuden a entender la realidad. Sólo así seremos capaces de entender el mundo en que vivimos. Sólo así podremos acercarnos a la realidad o irrealidad de la que están hechos nuestros sueños e ilusiones, la subrrealidad (surrealismo) que asimismo influyó en el autor argentino, mientras vivió en París como científico.

Me da la impresión de que el pueblo español, quijotesco y catolicón, nunca ha sido un pueblo muy asentado en el principio de la realidad. Somos extremadamente idealistas. Algo fantasmones. Construimos castillos en el aire. Y vivimos de apariencias, que no de claridades y certezas. Quiero luz, claridad. Pues la oscuridad me confunde. Pero esto podría dar para otra opinión. De momento continúo con El escritor y sus fantasmas, de Sábato, cuya lectura, y aun relectura, me tiene absorbido.

Y no es para menos, pues en este libro uno encuentra algunas esencias, con las que perfumar su espíritu. “Acaso el pueblo, tal como existía en las primitivas comunidades, tenía el sentido profundo y verdadero del amor y la muerte, de la piedad y el heroísmo... Cuando el pueblo estaba aún entrañablemente unido a los hechos esenciales de la existencia: al nacimiento y la muerte, a la salida y puesta de sol, a las cosechas y al comienzo de la adolescencia, al sexo y el sueño. Pero ahora ¿qué es, realmente, el pueblo?”. El pueblo se ha convertido en un Gran Hermano que nos vigila. Todos vigilantes y vigilados. Atrapados en un mismo universo asfixiante en el que sólo vemos programas y programillas de cotilleo, cuando canta el gallo, en horas de siesta, a todas horas del día y la noche...

Lo que cuenta Sábato en su ensayo, que por otra parte deberían leer aquellos y aquellas que aspiran de algún modo a convertirse en escritoras, escribidores o simplemente en escritorzuelos, es tan efectivo como que parece escrito para esta época mediocre e infame que vivimos.

La mediocridad es algo que nos caracteriza, pero la infamia ya ha alcanzado la cima de la gloria. Cuanto más infame te muestres, más alto puedes llegar en la escala de la popularidad. Las belenes, aídas, jorgejavieres... y no sé cuantos más seres están alimentando la carnaza. Carnaza por el tubo catódico y la cañería oxidada de una realidad que es ya ficción, impostura, artificio... «Afuera el mundo es un espanto y no vale la pena enterarse de nada», dijo el desencantado escritor argentino en una de sus últimas entrevistas, tal como recogiera Carlos Fidalgo en una de sus columnas del Diario de León.

Al pueblo parece gustarle lo grotesco y lo ramplón, siempre que esté aderezado, eso sí, con ciertas dosis de morbo. Mientras, el mundo seguirá girando en el túnel de los desamores y desencuentros, que a veces se tornan en amores y encuentros, lo cual se me antoja extraordinario y me hace levitar de pura emoción. Por fortuna, todavía nos queda el espíritu impreso de Sábato.

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