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martes, 5 de mayo de 2020

Nirvana

Después de este periodo convulso, de confinamiento y confitamiento (estamos confitados, dice Miguel, del hotel-restaurante Las Fontaninas, confitados como patos a la naranja), va siendo hora, creo, de caminar hacia el nirvana como si fuera el sol nuestro de cada día, dánoslo hoy, sobre todo hoy, en este aquí y ahora, que tanta falta nos hace. 
Ese sol, esa luz que nos ilumine, que nos alumbre la senda... esa escalera al cielo que nos haga tocar y aun sentir el firmamento poblado de estrellas. 
Después de este periodo de hibernación, como un oso en las estribaciones de la Sierra de Gistredo, va siendo hora (pongamos los relojes en marcha, sincronicemos la hora) de caminar como peregrinos (mejor como viajeros) hacia ese nirvana, que es algo que seduce, aunque uno no sea en verdad ni budista ni hindú. Y ni siquiera haya puesto los pies en la cordillera del Himalaya. 
Eso sí, creo que sigo siendo un eremita en sociedad. Como dejara por escrito en La fragua de Furil. 
El nirvana como liberación de todo sufrimiento. De toda atadura que nos esclavice y nos haga prisioneros de nuestras propias miserias, encadenados como estamos, aunque esas cadenas (a la mierda con todas las cadenas que en el mundo son) sean simbólicas o metafóricas. 
A la mierda con todo, porque "tan puril es vivir de sueños como vivir de silogismos", escribe el coloso Umbral en Mortal y rosa.

Quita pa' allá. Qué a nada que te descuides, ya te están amarrando, poniendo el yugo. Como se le ponía antaño a la pareja de vacas. O bien a la pareja de bueyes. Qué esta sí que es una buena pareja. Esas parejas ya no existen ni por el forro, me refiero por supuesto a la pareja de bueyes, de güeyes. Ándele, güey, déjate de cotorrear. 
Cuando os digan que vais a zamparos carne de buey, ni caso, porque os estarán dando gata por libre. Perdón, El Capricho de Jiménez de Jamuz (de Josito, como le llama el amigo y paisano Alfred, que es colega suyo) parece que sí tiene buena carne de buey (lamento haber metido la gastronomía en esto del nirvana, quizá me entró el apetito de león. Y no pude resitirme. Resistiré, quiero decir). 
Con la carnaza de buey en el plato, o en el asador, en el quincho argentino, no hay quien a entrarle, ni siquiera de a poquito, al nirvana. Así, dicho en plata taxqueña, no hay cristo a alcanzar el tan ansiado nirvana. 
A lo peor es que he confundido el nirvana con un grupo de música, que pegó fuerte en su día, con un tal Kurt Cobain como responsable de esta banda de grunge. 
Después de esta cuarentena, que ya va para cincuentena, o más, ansío tocar de algún modo el nirvana como si tocara las campanas de la ermita de las Chanas de mi pueblo (espero que este agosto, a pesar del corona, podamos coronar a nuestra señora de las Chanas como es debido). Con el nirvana en vena (cualquiera diría que soy un Kurt Cobain chutado, acaso una reencarnación suya) aspiro a alejarme de las malas vibraciones, de los malos rollos. Y a  quedarme mero merito con lo positivo, con la luz, con la cara dorada de la vida, que procura paz, serenidad, templanza estoica, porque el nirvana es eso: un estado de equilibrio que nos mantiene firmes, erguidos... dispuestos a elevarnos incluso por encima del bien y del mal. 
Más allá del bien y el mal, por emplear terminología de Nietzsche, ese filósofo que al parecer no fue bien comprendido (tal vez por eso se trastornó, y acabó abrazándose, desconsolado y con lágrimas en los ojos, a las crines de un caballo maltratado por su dueño en una de las plazas de la ciudad italiana de Turín, Torino, tal vez por eso y por la sífilis que acarreaba desde hacía tiempo, que le provocó una psicosis). 
La sífilis en el XIX, el sida en el XX y el coronavirus en el XXI (por eso no debemos asustarnos tanto). 
Ermita de las Chanas

La filosofía aforística de Nietzsche fue malinterpretada. Como le ocurriera al psicópata Hitler, que masacró a toda una población (entre ellos a los pobres judíos, gitanos... a los diferentes), so pretexto de que estos no pertenecían a una supuesta raza aria, que él creyó haber encontrado en el Superhombre del filósofo alemán, que no es otro que aquel Hombre (Mujer) capaz de pensar por sí mismo, de analizar la realidad con criterio, de no dejarse llevar por el pensamiento único, por la moral de rebaño (la inmunidad de rebaño, se dice ahora, con la pandemia). 
En Más allá del bien y el mal, Nietzsche arremete contra el pensamiento vacío de los herededos de la moral judeo-cristiana. Ese pensamiento único, ese pensamiento ramplón en el que vivimos desde hace tiempo (unos y otros), porque al sistema le interesa que no exista el pensamiento crítico, que ponga en cuestionamiento tantas y tantas cosas, que ahora, una vez más, nos han saltado en todo el hocico. 
Volvamos a leer asimismo Así habló Zaratustra. Y nos daremos cuenta de que el Superhombre (lástima que no hablara de la Supermujer, algo machista era Nietzsche, eso parece también, conviene tener en cuenta que él vivió en el siglo XIX) no era un forzudo ario, un machoman, sino alguien que tiene la cabeza bien amueblada, que no comulga con hostias, perdón, con ruedas de molino. 

Un espíritu libre capaz de pensar y moverse a su aire, un librepensador alejado de convenciones y normas absurdas (valga la redundancia). Esta es al menos mi lectura o relectura del Superhombre de Nietzsche, que escribió con su sangre, con sus entrañas. Que es como creo que se debe escribir, con la tinta apasionada de la sangre, que es vida y fluido. 
Después de esta etapa de puertas para adentro (luego de hacer mil y una reflexiones, de tratar de entender quién es uno y cómo funciona el mundo), me gustaría caminar hacia ese nirvana que me procure una sensación de paz. Qué en paz estemos (ay, esto creo que se dice cuando uno ya se fue a tocar el arpa con el arcángel San Gabriel). 
Paz o equilibro o templanza (ese es el genuino nirvana). Que ahora necesitamos más que nunca, de cara a salir de este embrollo vírico, que es otro contratiempo más en nuestras vidas. No olvidemos que no es el único. Vendrán otros. 
Por eso, mantengamos la calma. Y vivamos el presente, porque, si nos vamos al pasado constantemente, podríamos quedar pillados allá para siempre, con el consiguiente bajón, que se traduciría a la larga en depresión. Es cuestión de tiempo, como todo en esta vida. Y si aceleramos el paso hacia el futuro, nos daremos de morros contra algo que tiene que ser, que tendrá que ser pero que aún no es, y eso nos genera una ansiedad atroz (ansiedad que nos devuelve a la depresión, pues ambas se tocan en un círculo vicioso perverso). Por tanto, no caigamos en el pozo de una incertidumbre desesperanzadora. 
Después de este tiempo de reflexión y genuflexión místico-trascendental, aproximémonos al nirvana aunque para ello tengamos que abandonar la caverna (el síndrome de la cabaña). Y volvamos a salir afuera, donde no sólo nos acechan los peligros del mundo humano-animal sino también los placeres de reencontrarnos con todas aquellas personas que forman parte de nuestras vidas.


1 comentario:

  1. Ya te veo, Manuel, muy animado después de que salieras de la mazmorra e hicieras estos días la turne vírico-metafórica divisando el Gistredo y respirando ese aire puro por esas praderas, montes y valles nocedenses. Has tenido la llamada de la nirvana con esas flores primaverales llenas de colores,encantos, olores y aromas que desprenden y acarician los sentidos al mezclarse con ellas. Buenos días están haciendo que, después de este encarcelamiento, nos animan y nos ayudan a sentirnos mejor. Benjamín Arias

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