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martes, 13 de octubre de 2020

Balouta, en los confines de la provincia leonesa


Balouta
Vuelvo a Balouta después de tantos años. Después de tantos años. Como el título de la película de Ricardo Franco sobre la familia Panero. Pero este es otro cantar. 



Y Balouta se me muestra como si fuera la primera vez. Con su hechizo remoto. Aunque ya casi no quedan en pie los teitospallozas que otrora lucieran prístinas, en su ser primero, devolviéndome a una suerte de prehistoria. Todo cambia. Demasiado rápido. Todo se moderniza, más de lo que uno quisiera. Aunque quienes vivan allí tal vez no piensen lo mismo. Y deseen subirse al carro de la modernidad y el bienestar, tal y como entendemos la modernidad y el bienestar desde el llamado Primer Mundo 
Occidental.  Aunque sigan sin cobertura para móviles. O eso creo, porque ni siquiera encendí mi móvil, logrando desconectar de la Red, de las redes, que es algo ciertamente saludable. Estamos demasiado enganchados a los móviles, al Internet... Deberíamos ver en verano lo que vimos en invierno, de día lo que llegamos a ver de noche... Algo así llegó a decirnos el bueno de Saramago. Por eso hay que volver a los sitios, una y otra vez. Lástima que dispongamos de tan poco tiempo. Y el tiempo sea nuestra sangre. Toda nuestra vida. 

Me entra la risa cuando alguien asegura que conoce un lugar por haberlo visitado una vez, casi siempre de prisa y corriendo. No conocemos nada, o casi nada. Simplemente pasamos por los sitios. Nos quedamos más o menos tiempo.


E intentamos, eso sí, degustar, con todos los sentidos, lo que podemos, lo que nos permite nuestro tiempo y nuestra capacidad de percepción, que se traduce en emociones, sentimientos, en función asimismo de nuestra sensibilidad. 

Son varias las ocasiones que he visitado Balouta (no tantas, en realidad) y cada vez que visito esta aldea, enclavada en los Ancares (desde el Puerto Ancares, a casi 1700 metros de altitud, se tienen inmejorables panorámicas), me resulta fascinante. Y esa fascinación proviene sin duda no sólo por la propia aldea en sí misma, ese Macondo perdido/hallado en el orbe del noroeste verde español, sino por el entorno, por los propios Ancares, porque es territorio limítrofe con la Galicia lucense pero también con las Asturies de Ibias (que tanto gustaba al escritor César Gavela, recientemente fallecido, para desgracia nuestra, de quienes sentíamos con verdad su aliento literario). Vaya este escrito por Gavela, él que también me dedicara una hermosísima, lírica columna en el Diario de León hace añares: https://www.diariodeleon.es/articulo/tribunas/manuel-cuenya/201202260400021236067.html Mil gracias por todo, amigo César. Eternamente agradecido. Por eso, por tu amistad y tu obra literaria/periodística, que en tu caso toda es una, porque también tus columnas y/o artículos eran pura literatura.  

Vuelvo a Balouta con espíritu sereno. Y el deseo de empaparme con los cinco sentidos de todo lo que allí se cuece, incluido un cocido que revive hasta los muertos. Y un caldo de berza que es a todas luces el mejor que haya tomado nunca (al menos desde que tengo uso de razón, que se decía antes). Y eso que mi madre hace un caldo delicioso. Pero el caldo del bar restaurante Miravalles (no lo hago por peloteo ni por ningún fin publicitario, quede clarín clarete, lo hago porque me apetece. Y punto) estaba, con su puntito exacto de unto y la textura suave de la berza, para rechuparse los dedos. Balouta me embargó, con su verdor y un algo de neblina (que le dio un aire de romanticismo), con sus animales, con su olor a estiércol de vaca. Y sobre todo con el hechizo de los gatines, que se acercaban a uno como perrines, tal vez porque uno es gatuno, o felino. O meigo. Y sintieron la identificación. O quizá una energía similar. Somos energía. Ya lo sabemos. 


Balouta me supo a ti, a tu pureza de sentimientos. Balouta me supo a tarta de castañas y a café con leche aderezado con crema de orujo. Y a cigarrillo de liar. 

Balouta me supo a ti, a tu fragancia, y también a nuestra pipa de los afectos entretejidos en la rueca de las ilusiones. Ay, la ilusión, las ilusiones, es lo último que deberíamos (de) perder. Aunque Balouta se pierda/se halle, boca abajo, como piel de toro o vaca, tras un curveo constante y sonante (es lo que tiene el descenso de un puerto como el Ancares) con el ladrido enfebrecido de unos perros guardianes, guardianes de ganado. 

Vuelvo a Balouta como si fuera la primera vez, con la inocencia de un niño que volviera a mirar el mundo, con asombro y la belleza desplegándose ante sí, cuadro pictórico en movimiento. Como en una película impresionista. O postimpresionista. La policromía otoñal también se me antoja comestible, e invita a saborearla, también con los cinco sentidos, como se cata (y aun decanta) un vino de reserva del Bierzo. 


Vuelvo a Balouta después de tantos años (lástima que Remigio, el marido de Esmerita, de Losada, ya nos abandonara hace tiempo, a pesar de ser joven. qué vida tan breve). Y en mis recuerdos, en mi memoria afectiva, en el mapa de mis afectos, siga perviviendo aquella primera visita a esta aldea remota en los confines de la provincia de León, en compañía de mi familia (mi padre aún era joven, rebosante de energía, aunque hoy su luz me siga iluminando desde un Más allá acaso situado en este Más acá). Entonces, uno era un adolescente. No tendría más allá de quince años. Entonces, uno era un jovencito con las ilusiones intactas. Y todo un porvenir. Mas no sabía que el río aquel que viera en Balouta no sería el mismo que hoy veo discurrir. Y que las pallozas o teitos de paja (al menos algunos) acabarían sustituidos por tejados de uralita. O algo tal que así. 

Inevitable no sentir añoranza por un pasado que jamás volverá, aunque uno siga volviendo. Acaso como golondrina becqueriana. 


1 comentario:

  1. Qué maravilla de viajero por esos lares, Manuel, respirando el aire puro y viendo las puestas de sol, además de degustar los guisos tradicionales que hacen las abuelas. Desde la capital del reino confinado me das mucha envidia. Qué sigas disfrutando mucho. Y a cuidarse también porque parece que esto va para un ratito

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