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viernes, 17 de julio de 2020

Potes y Fuente Dé


La bajada del puerto de San Glorio hacia la Cantabria infinita se me antoja un chute de adrenalina. La belleza te envuelve por doquier. Y el verdor se te clava en las entrañas. Se trata de un espacio encantado y encantador que te hace sonreír de placer. 
Cantabria es tierra familiar a la que viajara ya en mi adolescencia. Y eso se me ha quedado grabado en el alma. 

La llegada a Potes, que sin duda es un pueblo de cuento en su parte antigua en la que resaltan sus callejuelas y casas blasonadas, me da subidón. Y es que en este lugar, donde he estado en varias ocasiones, vive toda una familia de Noceda del Bierzo, que fueran vecinos en tiempos de mi familia. Incluso dos de los hijos regentan un bar situado en la plaza san Raimundo, llamado Bierzo, cómo no podía ser de otro modo. Allá donde vamos, solemos llevar nuestras raíces, nuestra tierra. Y estos chicos (tuve solo la ocasión de ver a uno de ellos) han llevado la suya a Potes, donde la crema de orujo, los quesucos y el cocido lebaniego (en realidad, muy parecido al cocido maragato/leonés) son estrellas en lo referente a su gastronomía. 

Lástima que los alojamientos en Potes estén subiditos de precio, sobre todo en estas épocas de crisis en las que se ha pulverizado literalmente a la llamada clase media. 
Lo de las clases me repatea (me da cien patadas, como dice la entrañable Lidia), pero así lo han establecido. 
Ya sólo nos queda una clase pobre y una rica, que sí puede permitirse alojarse en cualquier hotel. 


Con la mirada espectral y la sensación de adentrarme en un territorio ignoto, contemplo la inmensidad de las montañas como si fuera el centro del universo (M. Cuenya)

Pero el viajero, que está habituado ya a todo tipo de contiendas, se las ingenia para sortear este asunto esencial, el de alojarse en algún sitio sencillo. En realidad, ya estaba previsto desde un inicio llevarse una tienda de campaña que, en un momento dado, te saque de un apuro.  O te permita nomás alojarte en alguno de los muchos y buenos campings que se hallan en estas tierras. 
Uno debe andar espabilado en todo momento si realmente no desea quedarse al raso. 

En un mundo hipercapitalizado como el nuestro (encima nos seguimos creyendo hidalgos y fijosdalgo, esa es la realidad o al menos mi percepción de la misma), cada día resulta más difícil viajar, aunque sea en un vagón de tercera, porque todo está por las nubes. Y es necesario pagar hasta por respirar. Pero no agüemos la fiesta, o sea el viaje. Y prosigamos disfrutando de las bellezas naturales, de los paisajes... de las gentes, también. Y por supuesto de la gastronomía, aunque tengamos en mente el cuidado de la salud, tanto en lo físico como en lo psíquico, que todo es uno. 
Estando en la villa de los puentes y de las torres (sobresale la Torre del Infantado) como así se le conoce a Potes, la escapada o excursión a Fuente Dé se me hace imprescindible.
Unos veintitantos kilómetros separan un lugar del otro. Ya a lo lejos se elevan, envueltos en neblina, los Picos, que atraen por su magnetismo y su espectralidad. 
Fuente Dé es conocida por su teleférico, todo un icono que te religa con el mirador/balcón a los Picos.  
En esta ocasión no pudo ser la subida en el teleférico. Pero llegará el momento adecuado. Casi seguro. 
Y lo que quizá podría resultar de gran interés, aunque requiere de una buena forma física, en meterse la ruta de senderismo que parte de Posada de Valdeón a Fuente Dé, con una distancia de ida de algo más de 13 kilómetros. 

1 comentario:

  1. Qué maravilloso viaje por esos parajes, rincones, aldeas y pueblos de la geográfia cántabra situados entre esas montañas y picos rocosos que, como bien dices, Manuel, parecen de un cuento de andas. Aprovecha y disfruta de esa joya de la naturaleza, que este año, con el bicho pandemia que nos persigue, sabe mejor el disfrute y es como si le le haríamos la partida.

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