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miércoles, 29 de julio de 2020

Ruta del Cares

Antes de encarar la ruta del Cares, conviene acercarse al mirador de Piedrahitas (piedrafitas, podría ser), desde el que se tienen vistas mágicas a los Picos (los Picos de Europa, quede clarín clarete). 
Desde mirador de Piedrahitas

A pocos minutos andando del alto del Puerto de Panderruedas se halla este mirador, desde el que se divisa el valle de Valdeón y el macizo central de Picos. A la izquierda se atisba el macizo occidental. Como si todo estuviera envuelto en una alucinación. 
El viajero, en realidad, siempre está alucinando, sobre todo a partir de que se pone en camino, en el camino, on the road, porque sabe, o intuye, que en el camino está la vida. La propia vida es un camino... quién sabe hacia dónde... tal vez hacia la nada, pero, de momento, no nos pongamos nihilistas.
Santa Marina de Valdeón, al fondo Picos
Y disfrutemos del momento, carpe diem.

Sintamos la llamada de esas bellas montañas calizas que se elevan en un paisaje con algo de fantasmagoría. Ya se sabe que los bosques y las altas montañas albergan en su seno todo tipo de seres mágicos, misteriosos, enigmáticos, como pueden ser duendes, trasgos, meigas, bruxas, mouros... Y en León, al igual que en nuestra tierra hermana Galicia, sabemos mucho de esto. Las leyendas son abundantes y sustanciosas a este respecto. 
Picos desde Santa Marina de Valdeón

El viajero (en entrañable compañía) disfruta del entorno, donde se topan con una familia de madrileños que están de gira por la provincia de León, con quienes charlan amistosamente. 
Luego aparece un tipo con pinta de montañero, con acento granadino, que mira hacia los Picos como queriendo treparlos con su mirada. Y se fija en un Pico creyendo que se trata del Urriellu (Naranjo de Bulnes). 
Hacia Caín
Pero desde esta parte me temo que no se ve el Naranjo de Bulnes, aunque se percibe un pico con cierto parecido. Habría que acercarse a Poncebos, o mejor dicho a algún mirador de la zona, para poder disfrutarlo. Hace unas dos semanas sentíamos el Urriellu en todo su esplendor desde el mirador que existe por encima de la aldea de Bulnes. 
Río Cares

Después de contemplar extasiado la belleza de las montañas, me dirijo a Posada de Valdeón (donde estuviera hace más de treinta años, creo recordar). Casi no reconozco el pueblo. O sí. Tal vez no haya cambiado tanto. Lo que no ha cambiado es el entorno, la naturaleza. Aunque se ve atestado de visitantes, la gente parece tranquila sentada en la terraza de un bar a pesar del coronavirus. En realidad, en medio de este paisaje sublime ningún virus debería hacer daño, me digo, aunque esto resulte autoengañador, porque el virus, una vez que se extiende, no entiende de bellezas, creo. Y tampoco las respeta. Una sidrina siempre viene bien. Y un poco de queso de Valdeón (que es como un Cabrales, pero más suavecito) también es un alimento consistente. Y muy nutritivo. 
Garganta del Cares

La iglesia también despierta la atención del viajero. 
Próximo a Santa Marina de Valdeón se halla un camping, que podría ser un buen lugar para pernoctar. 
Santa Marina de Valdeón es una aldea con mucho encanto. Y el camping, que creía ingenuamente que estaría vacío rebosa hasta la bandera. Madre mía. Aún así existe alguna plaza vacante. 
La noche se echa encima con su cielo protector, que a mi amiga le resulta todo un espectáculo. Tal vez es uno de esos cielos que pueden verse en el desierto, en el que uno tiene la impresión de acariciar las estrellas con la punta de los dedos de las manos. La lechuza o curuja no deja de ulular. Y el agua del río arrulla los sueños de los viajeros. 
Ruta del Cares

Conviene descansar bien porque espera un día de ruta por el Cares. Y lo mejor, pensamos, es encararla desde Caín (podría llamarse Abel, es broma). 
La bajada desde Posada hasta Caín es de película, de película transilvaniana. Como si de repente uno se adentrara en esos paisajes que Bran Stoker nos contara en su Drácula (las primeras cien páginas de esta novela se me antojan maravillosas). 
Las altas montañas envuelven literalmente al visitante, que se queda literalmente sin respiración ante tamaña belleza. Belleza romántica o belleza gótica. O ambas. A vuestro antojo.
Ruta del Cares

Cuando uno quiere darse cuenta, mientras atraviesa por una corredoira, ya está en Caín de Valdeón, el último pueblo de la provincia leonesa por esta parte. Confín de confines. 
Nada más arrojar la vista al pueblo, uno se da cuenta de que aquí se han espabilado de cara al turismo. Y hasta han montado aparcamientos caseros. Un prao puede ser y es un buen aparcamiento, lo que deja un buen dinerito a los oriundos, en concreto a un tendero, un hombre ya entrado en años que dice regentar hasta tres aparcamientos. 
Incluso recomienda a los viajeros que es posible hacer la ruta de Caín a Poncebos.
Ruta del Cares
Y coger un taxi desde Poncebos con vuelta a Caín (para no tener que caminar tanto), pero el recorrido es largo, más de 100 kilómetros, y el taxi cuesta un pastón, unos 140 euritos, que no serían tantos si se comparte con otras personas, hasta un máximo de siete, creo recordar. Esto me hace recordar a los taxis colectivos que se utilizan tanto en Marruecos o en Túnez, por ejemplo, aunque en estos países los precios son asequibles o baratos para un españolito. Y funcionan realmente bien. 


La ruta del Cares, a orillas naturalmente de este río que nace en Posada y desemboca en el río Deva (el cual nace en Fuente Dé), está atestada de gente. Esto parece una romería. Una vez más, la supuesta sacralidad de la naturaleza se ha perdido con la cantidad de personas que se asoman a la misma. Los seres humanos acabamos con todo bicho viviente. Y contaminamos allá por donde vamos. Por fortuna, la naturaleza revivió durante nuestro confinamiento. Pero ahora hemos vuelto a la batalla. 

La ruta del Cares, desde Caín, no entraña mayor dificultad salvo en algún tramo, donde conviene andarse al quite si uno no quiere despeñarse por un impresionante desfiladero. Es una ruta de una gran belleza atravesando puentecitos y adentrándose por entre galerías (sin espejo y con fondo) de donde mana el agua en forma de orbayo. 
La mayor dificultad de la ruta es la cantidad de gente que congrega, al menos en verano, y la solana que cae en picado, sofocando a los visitantes. Alguna sombra se pilla. Como cuando se pasea entre los túneles o galerías. Pero en su mayor parte el sol atiza de lo lindo.
Convendría madrugar bastante (ahora recuerdo que un rapaz, al que llegamos a ver también en el mirador de Piedrahitas avisó de que la ruta era conveniente hacerla temprano). O hacerla cuando ya empieza a caer el sol. Pero hablamos de una ruta es larga, 12 kilómetros desde Caín hasta Poncebos (ya en Asturias). 
Caín
O mejor dicho, 12 kilómetros que se convierten en 24 kilómetros, entre la ida y la vuelta. Y esto, salvo que uno esté entrenado, es un palizón. Ya sé, sí, que los senderistas habituados la pueden hacer sin sentir.  
En todo caso, de lo que se trata es de sentir, sentirlo todo de todas las maneras posibles. Y disfrutar contemplando cada tramo de este paisaje agreste, apto para treparse las cabras montesas y los osos pardos. 
Ruta del Cares-Poncebos

Sea como fuere, os recomiendo adentraros en este rincón de la provincia leonesa. A buen seguro os encantará. Eso sí, id provistos con gorra, crema protectora, unas viandas y agua en abundancia, aunque a lo largo de la ruta os encontraréis también con alguna fuente de la que mana un agua fresquita, que es una delicia. 

1 comentario:

  1. Todo este tour que estás haciendo, Manuel, recorriendo y describiendo todos estos maravillosos parajes, que parecen de un cuento de misterios, historias y leyendas, bien pudiera hacerse con otras adaptaciones y filmaciones, un gran documental y darlo a conocer.
    Ánimo y a seguir disfrutando y hacernos llegar tus bonitos escritos.
    Un abrazo!

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