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lunes, 22 de junio de 2020

Fahrenheit 451

La lectura de Fahrenheit 451 nos sacude las entrañas y nos revuelve el tripamen al completo porque esta novela distópica no es sólo una ciencia ficción sino una realidad, aunque se trate de una realidad metafórica. 
Una realidad que podría tornarse tangible, palpable. No estamos lejos de lo que plantea Ray Bradbury en su utopía perversa, habida cuenta de que vivimos en un mundo perverso en el que no interesan los libros, acaso porque nos hacen pensar. Y pensar no es bueno en tiempos en que, desde las altas esferas, pretenden meternos en vereda, ponernos a raya, robotizarnos hasta dejarnos la mente plana, tabula rasa. Sin ideas. 
Según el filósofo empírico Locke, nuestras ideas y conceptos los adquirimos a través de la experiencia. Tabula rasa es asimismo una bella composición musical del músico estonio Arvo Pärt, que es precursor del minimalismo musical. Su música ha sido empleada en películas como La gran belleza, de Sorrentino.  

La deshumanización ha llegado para quedarse. Como la nueva normalidad (anormal). O bien como el milenarismo que promulgara el esperpéntico y chistoso Fernando Arrabal en aquel inolvidable programa presentado por Sánchez Dragó, que en los últimos tiempos se ha convertido (quizá ya era así) en un tipo impresentable. 
Generar pensamiento crítico es una aberración, una barbarie para el sistema imperante porque podría poner patas para arriba todas las convenciones, normas y leyes establecidas. 
La lectura de Fahrenheit 451 (temperatura a la que se inflama y arde el papel de los libros) nos sacude el alma. Y nos pone en alerta porque llegará un momento, tiempo al tiempo, en que los libros acabarán ardiendo en los crematorios como muertos infectados, sobre todo aquellos libros que puedan resultar reveladores. Algo así como lo que se nos cuenta en El Quijote o bien lo que escribe Umberto Eco (que nos legó también una obra magnífica como Apocalípticos e integrados) en su conocida novela El nombre de la rosa. 
"Donde se queman libros, se acaba quemando también seres humanos", como nos recuerda el poeta romántico alemán Heine. 
Me diréis que ahora contamos con las memorias de computadoras, memorias internáuticas, las nubes... y todas esas mandangas... pero eso es algo artificial, como artificial se vuelve la enseñanza online. Y todo eso del teletrabajo, que acabará esclavizándonos aún más. Estamos abocados al fracaso. O, mejor dicho, a la memez y momiez. 
El saber tal como lo conocemos no interesa al sistema, que pretende a todo trapo sumirnos en la ignorancia, atizándonos miedo por toda la cañería poral, con el fin de que nos convirtamos en aprieta-botones. Y de esta guisa no podamos ni movernos, restringiendo nuestros contactos reales. Todo virtual, descafeinado. Sin chicha. Sin salsa. Sin mojete. 
Un pasito para adelante, un pasito para atrás. 
La lectura de esta novela de Bradbury (y el visionado de la película homónima de Truffaut) nos eriza la cabellera porque nos avisa de los peligros que corremos bajo un estado totalitario, que todo lo ve y todo lo controla. Con una vigilancia implacable, representada por el sabueso mecánico. Y no se os ocurra leer nada que atente contra el sistema, que podríamos acabar ardiendo en las calderas de Pedro Botero, al igual que esos libros llenos de sabiduría y conocimientos. Y además la ciudadanía contribuirá a reprimir cualquier intento de salirse del camino trillado. Como en cualquier estado totalitario que se precie. Pues no sólo son los jefes de la banda quienes ejercen el control sino los propios vecinos y conciudadanos. 

Tal vez lo único que nos quede, como ocurre en la obra de Bradbury, es intentar memorizar libros como un modo de conservación y pervivencia del saber. Cada cual tiene el deber moral de memorizar un libro. Como hiciera Funes el memorioso, de Borges, capaz de memorizar cualquier dato, aunque le resulte imposible elaborar conceptos, pensar con claridad, porque en su caso pensar es olvidar. No obstante, este autista tiene la capacidad de recordar todas las impresiones, todas las sensaciones. 
Dice la escritora Blanca Riestra que el recuerdo absoluto y detallado -también de las sensaciones- le parece un don maravilloso, "es el don de los poetas". 
En cualquier caso, una memoria prodigiosa, aunque sea de papagayo, puede sacarnos de un gran apuro. Pues en estos tiempos si se nos va al garete la memoria del ordenata o del móvil quedamos en pelotas. incapaces como somos de memorizar ni un solo número de teléfono, porque estamos habituados a tenerlo en nuestras memorias virtuales. 
La memoria, como sabemos, es algo imprescindible en un ser humano. Sin memoria no somos nadie. Y la memoria afectiva es algo realmente maravilloso. Aunque nos produzca también dolor. 

...Tumbado, con los ojos cubiertos de polvo, con una fina capa de polvillo de cemento en su boca, ahora cerrada, jadeando y llorando, Montag volvió a pensar: recuerdo, recuerdo, recuerdo algo más. ¿Qué es? Sí, sí, Parte del Eclesiastés y de la Revelación. Parte de ese libro, Parte de él, aprisa, ahora, aprisa, antes de que se me escape, antes de que cese el viento. El libro del Eclesiastés. Ahí va. Lo recitó para sí mismo, en silencio, tumbado sobre la tierra temblorosa, repitió muchas veces las palabras, y le salieron perfectas sin esfuerzo...
(Bradbury, Fahrenheit 451)

Lo que les queda a los personajes de la novela de Bradbury es memorizar los libros para poder transmitirlos oralmente porque los incendiarios, encabezados por Montag, tienen la misión de quemarlos habida cuenta de que leer (actividad en verdad activa y creativa, sobre todo cuando uno lee con los cinco sentidos en marcha, y aun con el sexto o propioceptivo) impide ser felices a los ciudadanos de Fahrenheit 451 porque les crea angustia. Y la lectura, además, nos convierte en seres diferentes unos de otros. Pero memorizar libros tiene fecha de caducidad, pues los seres humanos somos harto limitados. Y finitos. Lo que no está escrito se lo lleva el viento. Lo que el viento se llevó, que ahora también han prohibido. 
Llegará un momento, no tardando, en que todo estará prohibido, incluso respirar. 
Habrá que pagar caro por respirar, incluso aire contaminado.
Tiempo al tiempo. 

2 comentarios:

  1. "Smith se inclinó para leer los títulos cubiertos de polvo.
    -Cuentos de Misterio e Imaginación, por Edgard Allan Poe; Drácula, por Bram Stoker; Frankestein,
    por Mary Shelley, Otra Vuelta de Tuerca, por Henry James; La Leyenda del Valle del Sueño, por Washington Irving; La Hija de Rapaccini, por Nathaniel Hawthorne; Un Incidente en el Puente del Arroyo del Buho, por Ambrose Bierce; Alicia en el País de las Maravillas, por Lewis Carroll; Los Sauces, por Algernon Blackwood; El Mago de Oz, por L. Frank Baum; La Extraña Somtbra sobre Insmouth, por H. P. Lovecraft. ¡Y más! Libros por Walter de la Mare, Wakefield, Harvey, Wells, Asquith, Huxley... todos autores prohibidos. Todos quemados el mismo año en que las fiestas de la víspera de Todos los Santos fueron puestas fuera de la ley, en el que prohlbieron la Navidad.
    -Pero, señor, ¿para qué nos sirven estos libros?
    -No sé -suspiró el capitán-, todavía."
    (Ray Bradbury, Los desterrados)

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  2. Nunca ha interesado al poder, sea de la ideología que fuere, sobre todo del siglo pasado para atrás, bien que fueran regímenes totalitarios de extrema izquierda o derecha o religiosos (aun hoy tenemos varios) porque no pueden soportar el libre pensamiento ya que les arruinan el negocio. Y así seguimos aún llamandonos democracias, que más bien serían pantitocracias de poderes establecidos para mantenerse en el poder

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