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martes, 2 de noviembre de 2021

Tu magia, por Susana de Paz

 Tu magia

A partir del impactante comienzo de ‘El sur’, de Adelaida García Morales, con la inspiración de esta novela corta e intensa, la autora construye este relato, cuya protagonista rememora la infancia, para contarnos una historia de vacíos, silencios. Y sorpresas.

(Relato del Taller de Escritura que imparte Manuel Cuenya en la Universidad de León)

SUSANA DE PAZ

“Mañana, en cuanto amanezca, iré a visitar tu tumba.

Te dejaré esta carta, que escribo para contarte que fueron las ilusiones, que tú creabas para mí, las que llenaron mis tardes de primaria, cuando volvía del colegio derrotada por el peso de la mochila y de un largo día sometida a la severa vara de Doña Josefina.

La escuela era dura, no ofrecía refugio. El frío en invierno calaba los huesos, entumecía las manos y los pies y ni la inmisericorde vara ni las carreras del recreo conseguían llevar calor a nuestro desamparo. La primavera y el otoño no existían, devoradas por el largo invierno, y en verano las clases eran lo suficientemente breves como para permitirnos a los niños extrañar el colegio, porque más duro era tener que participar con las familias en las tediosas labores del campo. Todas las manos, aunque fueran pequeñas, eran pocas.

Yo tenía suerte, no había campo para mí. En mi vuelta del cole siempre me acompañaba una llave colgada al cuello, que abría la puerta a un hogar vacío, tan solitario como lo eras tú, como lo era yo. Los padres, que trabajaban hasta tarde, aún no he descubierto si era para sobrevivir, para no verse entre ellos… o bien para no verme a mí. No me importaba, siempre preferí el silencio voluntario al que imponía la amargura.

No había opción a cuestiones como: ¿Qué tal el día? ¿Cómo te ha ido hoy? ¿Muchos deberes? ¿Por qué reñiste con tu amiga?... Pero tampoco me importaba. Sólo deseaba llegar, tirar la mochila sobre el sofá, coger el bocata de nocilla que aguardaba en la mesa de la cocina y, mientras se suponía que hacía los deberes, salir al rellano, a esperarte. ¡Lo feliz, lo afortunada que me habría sentido entonces si me hubieras desvelado quién eras, si me hubieras hecho saber lo incondicional de tu amor por mí!


Pero yo sabía que entre nosotras había algo especial. Por la luz con la que me mirabas, porque sólo con el tono de mi voz leías mi alma, por la prohibición a la que me había sometido mi madre de verte, por el odio visceral que te profesaba mi padre…

Era nuestro secreto, el sigiloso encuentro que a las dos nos daba la vida. Cada tarde guardabas una sorpresa para mí. Una nueva historia, un cuento, antiguas leyendas de no importa qué lejano país, una moraleja por aprender… Me descubrías el mundo desde un peldaño de nuestra escalera. Te sentabas a mi lado, muy cerca, y me envolvía tu aroma a mandarina y jazmín, que se intensificaba cada vez que con soltura agitabas tu larga melena castaña. Mientras, tu pie balanceaba una bailarina con pequeños adornos de cristal. Yo te miraba extasiada desde mis coletas y mis mofletes. Tan bella, tan delicada, tan diferente a todo lo que me rodeaba. Vestida siempre con ligeras batas que graciosamente cruzabas a la cintura; sencilla y diosa.

Cuando me leías los cuentos, tus manos bailaban con las palabras, y tus siempre perfectas rojas uñas ondeaban al aire del rellano, meciendo con ellas mi imaginación, que evocaba con total fidelidad las historias que contabas.

Esa misma febril imaginación, que a ti te permitió sobrevivir en un entorno hosco, distante, a veces violento.

Los niños éramos invisibles y ello nos daba cierta ventaja a la hora de coleccionar susurros oídos al pasar por determinados lugares. Cuando los mayores bajaban la voz, nosotros aguzábamos los oídos, atentos y curiosos. Era entonces cuando la maldad hacía el mejor de sus trabajos lanzando sus dardos siempre de dos en dos, pues a la injuria siempre acompañaba la calumnia.

No tardé en darme cuenta de que la diana de todas las flechas solías ser tú. Tampoco tardé en entender tu cuento de El chico que tenía sombra de chica, que siempre me hacía llorar.

El chico eras tú, y la chica también. Mi mente de niña no podía entender cómo lo habías conseguido, por eso la potencia de tu magia fue infinita para mí.

Pero los adultos no pudieron soportar tu grandeza, y donde yo veía magia, ellos sólo podían ver maldición. Pero la única maldición fue que un día desapareciste de mi vida.

Al volver del colegio, allí seguía el bocata de nocilla, pero tú ya no estabas. No volviste a salir al rellano. No hubo más cuentos, ni más confidencias, y te odié por lo sola que me dejaste. Si, sola, perdida… ¡Te llevaste contigo también mi magia! Al principio te esperé, luego desesperé y finalmente el tiempo te fue sepultando en mi memoria… hasta hoy. Pero hoy he perdonado tu ausencia.

El pasado mes mamá falleció después de una larga enfermedad que nos dio la oportunidad y el tiempo de reconciliarnos, de recuperar todas las tardes que no estuvo y que yo quería que hubiera estado.

Sólo cuando ya estaba muy malita se permitió mirarme de forma soñadora, como evocando tiempos felices. Nunca la había visto sonreír con tanta ternura. Cuando le preguntaba que en qué pensaba, ella siempre respondía: ¡qué caprichosa es la vida!

    Pero es hoy, recogiendo su casa para dejarla a disposición de la agencia inmobiliaria, cuando encontré una caja donde mi madre guardaba sus pequeños tesoros. Junto a mi capa de bautizo, escondido, un pequeño atado de cartas amarillentas que me lo explicaba todo: tu historia, mi historia y la de mi madre.

    Qué será de nuestros hijos, tan tecnológicos ellos, que no podrán descubrir retazos de alma, los secretos de sus vidas escondidos en papel.

    Descubrir que tu madre, ya casada, encontró su alma gemela contenida en un cuerpo equivocado. Que tal era la desesperación de él que mi madre se ofreció a ser su única experiencia con una mujer, tratando de salvarlo de sí mismo. Que todo el amor que se tenían no fue suficiente, ni siquiera mi posterior nacimiento. Que, gracias a mi madre, y a pesar de ella, reunió el valor para ser lo que debía ser, ignorando sociedad y prejuicios.

    Junto a las cartas, una esquela y un recorte de prensa de hace veintitrés años, sección de sucesos: “joven transexual muerto tras una brutal paliza en el parque del Oeste”.

    No entendieron tu valor, no supieron ver tu magia.

 

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