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martes, 9 de noviembre de 2021

Soñadores, por Asunción Merayo

 Soñadores

Con sensorialidad, la autora compone este relato cuyos protagonistas son dos jóvenes personajes enamorados, Basilio y Emperatriz, para quienes soñar, después de ocurrirles un infortunado suceso, se convierte en su modo de vida. Y también en su forma de continuar ilusionados en la senda de la vida

(Relato del Taller de Escritura que imparte Manuel Cuenya en la Universidad de León)

ASUNCIÓN MERAYO


Basilio era un apuesto varón de treinta años, y Emperatriz lucía una espléndida figura y una inteligencia natural extraordinaria. Se habían conocido en la Universidad siendo unos jovencitos. Y desde entonces se entendieron a las mil maravillas, brotando una afectividad entre ellos que terminaría uniendo sus corazones.

Después de cursar sus estudios, continuaron siendo amigos y más tarde compañeros de trabajo. Empezaron a trabajar juntos en un laboratorio de química. 

Un infortunado día, las sustancias con las que trabajaban se inflamaron, ocasionando una terrible explosión que cambiaría para siempre el curso de sus vidas.  Pese al accidente o, acaso favorecidos por él, siguieron conservando su amistad, que, con el transcurso del tiempo, maduró hasta convertirse en amor. Un amor genuino. Como pocos. 


Las secuelas de aquella desdichada explosión afectaron principalmente a sus rostros. Las diferentes encarnaduras, que les habían ocasionado feas cicatrices, no las apreciarían. El mayor daño, que ambos tuvieron, fue la pérdida de la visión.  

   Pese a todo, llevaban una vida tranquila. En una noche, cuajada de estrellas, mientras ellos permanecían tumbados sobre la hierba de su frondoso jardín, el ulular del viento les pareció que interpretaba una dulce melodía;  en esos relajantes momentos, con sus manos templadas y trémulas, acariciaban sus rostros y, a través de sus caricias, los conseguían recordar, tal y como los habían conocido antes de esa maldita explosión.   

Estaban rodeados de árboles y de flores, algunas con olor suave como la seda.  Se durmieron en la tierra del jardín, al lado de la hierba verde amarillenta, soñando que el vendaval los elevaba al cielo. Estuvieron deambulando, como en éxtasis, por las nubes mientras se dejaban impregnar por diversos colores como el azul, el gris o el blanco, según estuviera el cielo despejado o cubierto de nubes listas para llover;  sin embargo, al despertar, la realidad los devolvió a la tierra, una tierra hermosa donde los seres humanos sólo logran conocer las flores y plantas tocándolas y oliéndolas.  Sus encuentros amorosos se repetían cada jueves después de salir de la clase de Braille. Entonces, se iban felices a su jardín, donde volvían a soñar que flotaban entre nubes,  acostados en el firmamento, embriagados por estrellas y luceros. Permanecían en silencio, abrazados, durante un tiempo que se les antojaba eterno a la vez que placentero, disfrutando de su felicidad, de la felicidad de sus sueños. Basilio, con su rostro angelical, y Emperatriz, con su sonrisa enternecedora, eran unos grandes soñadores, que deseaban continuar con sus sueños, porque, a través de los mismos, podían sentirse libres. Y la libertad era su bien más preciado. Una libertad que no pudo truncar aquella explosión.

En sus viajes soñados por el firmamento, que tan a menudo gustaban realizar, también sintieron que su amor duraría para siempre, aunque, cuando pisaban tierra de nuevo, en su jardín añorado, se daban cuenta de la cruda realidad, que continuaban viviendo, la cual lograban percibir a través del resto de los sentidos, como el tacto y el olfato. 

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