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jueves, 9 de julio de 2009

Polvorín sangrante de santidad

A veces el sentido común se vuelve desgraciado y un sin sentido. No es oro todo lo que reluce en nuestro aséptico mundo, también engañador y putañero, perverso y bestialmente aniquilador. No tengo el gusto de haber estado en Iraq ni en Siria, ni siquiera en Jordania, mas podría ser interesante, sin duda, darse una vuelta por el polvorín sangrante de la santidad, a pesar de la cochambre y la pesadez ontológicas que a buen seguro gobiernan la vida diaria. 


No digamos nunca jamás porque la morería también nos forma y conforma, bien lo sabemos, aunque reneguemos una y mil veces de nuestra ancestralidad, y por supuesto también forma parte de nuestro universo, porque no vivimos en una burbuja, sino en un contexto, que en muchas ocasiones es jodido, pero esa es nuestra realidad, y la realidad de todo Cristo, qué en gloria del Señor esté. Sospecho, intuyo, logro atisbar, desde este Bierzo olla/hoya que el Iraq de los gringuitos, colonizadores intrépidos, no es mejor que el de Sadam. 

La misma mierda se respira aquí y en Pekín, ahora más que nunca. Y es que el mundo, tal y como está concebido por nuestros semejantes/prójimos, está podrido hasta la médula, por el lado moro y por el lado cristiano, protestantín, catoliquín y apostoliquín, y aún por otras orillas, digamos misticoides -tal vez se salven algunos budistas en pos del Dharma-, que en el mundo de los vivos tampoco acaba uno de verla. 

Desconfío, cual buen ateo, nitzscheano y surrealista, de la especie humana, demasiado animal para ser creíble. Me fío más de algunos animalitos, que sueñan, piensan y sienten y hasta diría que tienen conciencia de la finitud, sobre todo desde que descubriera la etología de Lorenz, Tinbergen, etc. 

Mientras no abandonemos toda suerte de religión, imperialismo, etnocentrismo, etc, seguiremos en un barco a la deriva por estos glaciares venidos a menos, aunque en esta orquestina cósmica aún faltan trompeteros que nos toquen el Requiem mozartiano del Apocalipsis. Sólo por escuchar el Requiem viviría eternamente. Vivir para contarla, como esas deliciosas y apasionantes memorias de Márquez. No nos pongamos estupendos. Tampoco es necesario dárnoslas de viajeros livingstone para valorar en su justa medida lo que procura cada una de las culturas/inculturas/pensamientos/sin razones que en el mundo son. 

El islam, aún siendo un engañatolos, que lo es, para qué hacernos los turcos, es un arma que sumerge a la población en un atontamiento, que impregna con su hálito o halitosis la vida al completo, mas no es peor que la beatería casposa, cutre y vieja de un cristianismo trasnochado y matarife, y los castellanos viejos, punto picarones, somos por lo demás (son, que queda más despersonalizado) unos cascotes afectivos/desafectivos, poco o nada sensuales, etc, algo que se contrapone con una supuesta sensualidad árabiga, aunque ésta pertenezca a la mítica e idealizada danza del vientre y las mil y una noches al amor de la hoguera de un cielo estrellado, protector y eróticamente ensoñador. 

"Nosotros también tuvimos Torquemadas y Escrivás de Balaguer", y los seguimos teniendo, por desgracia, que en nuestro país, estado laico y aconfesional, sigue teniendo mucho peso y mando la clerigalla, opus dei en ristre, y la guita -poderoso caballero Don Dinero-, sobre todo en manos de ricos hechos a prisa, ignorantes para las letras, pero muy listines para afanar y hacerse de oro. 

Cierto es que la Djemaa de Marrakech es como "una plaza europea del siglo XIV llena de mercachifles y barberos, mendigos y magos, encantadores de serpientes y sacamuelas. Ciegos, cojos sin manteca, desdentados, tiñosos...". El encanto de esto reside en que es un buen escaparate en que reflejarnos, pues si nos damos un voltión por el Bronx, incluso por el Manhattan de la neoyorkina manzana, ciudad señera del primer mundo, la cosa no mejora sustancialmente, ya que también uno se topa con toda una fauna desquiciada y hambrienta de estímulos, sedienta y abatida, desequilibrada por el capitalismo demoledor, por esa globalización de la miseria, que sigue alimentando a puros gordos y enflaqueciendo a los de siempre. 

También algunos hombres, entre los que me gustaría incluirme, buscamos algo más, más allá de la apariencia física y la superficialidad, incluso buscamos la ternura, la sensibilidad, la Belleza, "la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo", decía el siempre recordado Trecet en sus musicales Diálogos 3, y toda una estética aderezada con los cánones griegos de la proporción, la armonía, etc. 

No resultan creíbles las generalidades: los hombres son tal, y las mujeres mascual. Cada individuo es un mundo, que vive y siente en función de unas circunstancias, y cada historia, aún siendo común a la especie, es particular en su esencia última. Todos somos iguales, que diría Orwell, pero unos más iguales que otros en esta granja de animales cotorreros, corral de ganado parlante, donde también nos encontramos con cerebros superdotados, como Hawking, que si fuera Hawkinga también podría ser amada por algún donairoso y apuesto caballerito deslumbrado por la inteligencia cuántica y el interés por la expansión del universo. 

Confieso que a uno le gusta la belleza física, apariencial de una mujer, aunque sé, creo, apreciar la belleza interior, que es exterior para quien sabe verla, observarla. Y el amor/enamoramiento también funciona como algo neuroquímico, feromónico. 

A uno le gusta o no le gusta el olor, el sabor del Otro. Por eso, no creo que uno pueda enamorarse a primera vista, en flechazo luminoso, sino cuando quedamos atravesados por el rayo de la palabra curativa, balsámica, y esos fluidos rosa que envuelven e impregnan al ser. Yo tampoco sería capaz de enamorarme de una tosca, zafia, bruta, sin chiste, sin chispa, sin sensualidad... Eso creo. Por eso este mozuelo sigue queriendo volar, como en sus sueños de tierna infancia, y aspiro a ser un dandy como Baudelaire y un aventurero como Rimbaud. Qué cosas.

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