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martes, 21 de julio de 2009

Llamazares y La lluvia amarilla

Hoy toca hablar, en el programa de radio de la Ser, de Julio Llamazares, sin duda uno de los mejores escritores españoles de los últimos tiempos, con una extraordinaria obra poética, La lentitud de los bueyes y Memoria de la nieve. 

En realidad, el leonés Julio Llamazares, aunque ahora no escribe poesía como tal, nunca ha abandonado su condición de poeta, y prueba de ello es La lluvia amarilla, novela corta en la que alcanza las más altas cotas líricas, una narración impregnada de poesía desde el inicio hasta el final. 

La lluvia amarilla supone un ejercicio literario arriesgado porque el autor logra adentrarse en la "locura" y salir indemne de ella. Se trata de un monólgo desgarrador del último superviviente de un Ainielle, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés, aunque esta obra podría haber estado ambientada en cualquier de los muchos pueblos abandonados que existen en la provincia leonesa. 

El narrador, Andrés de Casa Sosas, asiste a la muerte y desaparición de sus vecinos y seres más queridos, como su mujer Sabina, sus hijos, Camilo, que desaparece en la guerra civil española, Sara, que muere de enfermedad, siendo chiquita, y su hijo pequeño, que emigra a Alemania, para no volver nunca más, incluso la muerte de su perra, a la que decide matar antes de que él se muera. 

La novela está teñida por el amarillo del olvido y la locura, la soledad y la herrumbre, el aullido del silencio y la luz fría del invierno, que se congela como la nieve, el miedo y la angustia, el cansancio y las hojas muertas. 

La lluvia amarilla es como un cementerio donde el narrador se reencuentra con sus fantasmas, su mujer, sus hijos, su madre. Tiene algo de Pedro Páramo de Rulfo y un aire de existencialismo, porque “cada hombre es responsable de su vida y de su muerte y solamente a él le pertenecen”, una reflexión acerca del paso del tiempo y la memoria. “Hasta los veinte o treinta años, uno cree que el tiempo es un río infinito… pero llega el momento en que el hombre descubre la traición de los años”, “el óxido como única memoria y paisaje de la vida”. 

La lluvia amarilla es también la crónica de una muerte anunciada: ya en el primer capítulo sabemos que al narrador lo encontrarán devorado por el musgo y por los pájaros, incluso cava su propia tumba (capítulo 17), y en el segundo capítulo asistimos al suicidio de su mujer, Sabina, colgada como un saco entre la vieja maquinaria de un molino, ahorcada con una soga, que el narrador, Andrés, utilizada a modo de cinturón y recuerdo. 

Julio Llamazares, que es un grandísimo poeta y narrador, recrea como nadie el mundo rural.

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