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miércoles, 1 de julio de 2009

Cuenya

Cuenya, además de un apellido, es una aldea astur poblada de hórreos, en medio de un paisaje bucólico, en el concejo de Nava, que visité hace algún tiempecito en compañía del amigo berciano-astur Emilio. 
Resulta, cuando menos curioso, que viviera durante varios años en “la Asturies, verde de montes y negra de minerales”, en la Vetusta clarinesca, en época universitaria, y no hace tantos años descubriera este pueblín, que se hace llamar como reza mi primer apellido. 

A muchos paisanos, incluidos a los nocedenses, les parece un apellido raro, como de difícil pronunciación, y en vez de Cuenya dicen cualquier barbaridad, desde Cueyas o Cueya hasta Cuenllas, o cualquier otra derivación absurda. Se nota que el personal no es muy leído o tiene problemas de “arrebujamiento” lingual. 
El apellido, a priori, parece que tuviera origen catalán, porque podría pronunciarse Cueña, o tal vez galaico-portugués, sin embargo, conservo un documento en el que Cuenya figura como originario de Corullón, quién lo diría, y se supone que llegó al Bierzo desde Francia. 
En cualquier caso, mi abuela paterna, Simona, que le dejó su apellido a mi padre, era de Vega de los Árboles, cerca de Mansilla de las Mulas. Y en la capital de la provincia, así como en Mansilla, hay varios familiares, conocidos y desconocidos, cuyo apellido es Cuenya. 
También en Alicante vive Andrés, el hermano de mi padre, por parte materna. 
Y en Argentina, en la Ciudad de La Plata, hay algunos Cuenya, como Celia y su padre Abel, procedentes de Asturias, con quienes me he escrito algunos correos electrónicos. 
Desafortunadamente, Celia falleció hace ya más de un año, según me dijo su padre. Qué terrible. También en Francia, en la ciudad de Dijon, conocí a un Cuenya, originario de Matarrosa del Sil. Pintoresco. 
Durante mi estancia como Erasmus en esta capital del vino y la mostaza, descubrí, a través de la guía telefónica, que figuraba una tal Pascale Cuenya. Me puse en contacto con ella y resultó ser francesa, mas como las mujeres toman, al casarse, el primer apellido de su marido, Pascale había matrimoniado con Adolfo Cuenya, oriundo de Matarrosa. 
Recuerdo que ellos, a través de un hijo o hija suyos, no recuerdo ahora, quisieron contactarme sin éxito, porque sabían que mi nombre figuraba en la Universidad de Borgoña, supongo que en algún tablón de notas. Pero el azar se impuso y al final fui yo quien tomó contacto con la familia Cuenya en Dijon. 
El encuentro fue divertido, hospitalario, pero ha pasado mucho tiempo desde aquel día, año de 1992, y nunca más he llegado a saber de ellos. Mientras yo seguía fuera de España, recuerdo que los padres de Adolfo estuvieron en Noceda, y ya, ahí dio la impresión de acabarse el cuenyeo. Pero no, nada de eso, porque ahora me escribo con Anne Sophie, la hija de Adolfo y Pascale, y conozco a Isabel Cuenya, que trabaja en la biblio de León, que a su vez tiene un hermano, Carlos, a quien no tengo el gusto de conocer. 
Seguimos cuenyeando, desde que Abel me mandó el arbolito de los Cuenya. Mientras escribo esto, me están entrando ganas de volver a la aldea astur, de la que deben proceder mis ancestros. Hasta otra...

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