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martes, 14 de julio de 2009

14 de julio


La Bastilla

Ya sé que no queda bien decir que uno se siente revolucionario. Ser revolucionario, amén de un modo de estar en el mundo, no queda bien de cara a la opinión pública, sobre todo en este tiempo de agache de orejas y sumisión, y a obedecer, que para eso estamos. Lo más sabio, coherente y acertado consiste en adaptarse al sistema, aunque este sea una mierda, nomás. 


En el calendario, que habitualmente tengo colocado en la pared de la cocina, el 14 de julio siempre es día señalado, o sea, rojo. Rojo como los pañuelos que se lucen en los Sanfermines o Rouge, como la película del genial Kieslowski.


No importa el lugar en que me encuentre, porque este día se torna rojo a mi vista, color que por lo demás me encandila. Y no importa que ahora permanezca en el Bajo Bierzo, a veces en el Alto, componiendo versos a la madonna de Las Chanas, o intentando darle orden y concierto a algunas ideas, porque bien pudiera estar zascandileando por la rue de Lappe, que es calle golferas y con sabor a pincho de tortilla española. Los aledaños de La Bastilla parisina siguen vivitos y rabeando. A santa Genoveva, gracias.

La plaza de La Bastilla es en la actualidad símbolo de libertad, y meollo donde los jóvenes acostumbran a reunirse (en las escalinatas de la Ópera), en busca, quizá, de un tiempo ideal, nostálgico. No olvidemos que en otra época La Bastilla fue vergonzoso emblema de todas las tiranías, lugar de abuso y reclusión. Sin embargo, ya nada queda de la fortaleza en la que encarcelaran, entre otros clarividentes, a Voltaire y al divino marqués de Sade. Una prisión ésta que al propio Sade le sirviera como catre literario, y espacio en que moverse, paradójicamente, con espléndida libertad de espíritu. 


Capaz de redactar/orgasmear en treinta y siete días, en un rollo de papel y con letra casi microscópica esa novela -o tratado de psicopatología sexual- titulada Las 120 Jornadas (cornadas) de Sodoma en todo el mogollón humano-animal. De esta obra feroz y delirante hay una versión cinematográfica desgarradora, perteneciente al controvertido Pasolini. Película que tuve ocasión de ver por primera vez en el cine Accatone, ubicado en el Barrio Latino de la Ciudad de la Luz. Y con Aline et Valcour, novela filosófica escrita también en La Bastilla y en forma epistolar, Sade profetiza la Revolución Francesa.

En mis tiempos de cast member al servicio de la factoría Disney, hace ya un porrón de años, pero tal día como hoy, 14 de julio, mi psiquis lograba hacer su revolución particular, luego de burlar a una manada de morlacos, y darme al pire del castillo de La Bella Durmiente; pudiendo, al fin, asistir al concierto que ofreciera Jean Michel Jarre en el Champ de Mars. Con la Torre Eiffel como escenario de fondo. Qué magnífica velada, al amor/calor de la música electrónica.



El 14 de julio es fecha que me hace sentir libre y hasta libérrimo. “Sí, soy libertino, lo reconozco -escribe el marqués de Sade-; he concebido todo lo que se puede concebir al respecto... pero no soy ni un criminal ni un asesino”. Uno debería ir más allá de cualquier barrera convencional, transgredir los límites, multiplicar los placeres sin repetirlos, huyendo de la monotonía y de la realidad mediocre que nos está trincando. Incluso habría que acariciar los techos celestes, donde los colores se pintan encarnados y subversivos. 

Bercianos, un esfuerzo más si queréis ser republicanos. Pero no vayamos a caer en un nacionalismo estúpido, porque éste es el último refugio de los granujas.

































































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