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lunes, 1 de marzo de 2010

Almodóvar y Volver

He vuelto a ver la película Volver, de Almodóvar, que ha sido/es sin duda uno de nuestros cineastas más singulares de las últimas décadas, y uno de los de más proyección universal (gusta mucho, sobre todo, en Francia y en Gringolandia), tal vez porque, como buen manchego, es capaz de elevar lo cotidiano a la categoría de trascendente, de tocar el Eros y la muerte, y por supuesto es capaz de mostrarnos su pueblo y convertirlo en un universo. 
No me confieso fan/fanático de este cineasta, pero sus primeras películas me resultaban divertidas, grotescas, cutre lux, con esos personajes al borde..., de un ataque de nervios, al límite de sus posibilidades, un universo plagado de seres supuestamente anormales, llamativos, pintorescos, rocambolescos. 
De todas ellas, y de esta primera época, me quedo con ¿Qué he hecho yo para merecer esto? sobre una ama de casa sufridora, interpretada por la Maura, que se toma anfetas para soportar los sinsabores de una vida terrible, que comparte con un marido machito, al que acaba cargándose, hijos macarras, una suegra extravagante y un bichejo.
Alguien del mundo cinematográfico llegó a decirme, al preguntarle por este director manchego, que es alguien que tiene un gran cacao mental entre Parla y Nueva York... Trabajar con él resulta bastante insoportable, añadió. Cada cual habla de la feria según le va en ella. En cualquier caso, Almodóvar ha sabido crear un estilo bien reconocible, con una estética de colores chillones y floreada, que se asemeja a la fassbinderiana. De ahí, la pasión de Almodóvar por este todoterreno del cine alemán de los setenta. También a Almodóvar, como a Fassbinder, le gustan los melodramas estilo Douglas Sirk, los culebrones latinochés, musicados por Chavelita Vargas o Carlos Gardel. 
Volver es como una versión moderna o posmoderna de La casa de Bernarda Alba de Lorca en el contexto de La Mancha, con toques neorrealistas y surrealistas, donde los vivos conviven con los muertos, como en los relatos rulfianos, y que en cierto modo nos hace recordar ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Fijaos en la Maura de esta película y la Pe de Volver. Parecen primas hermanas. 
Por lo demás, se nota que el manchego es un entusiasta del duende granadino. La Mancha rural, cuyos molinos han dejado de ser los gigantes que alucinara Don Quijote para convertirse en monstruos eólicos, el viento solano, la omnipresencia de la muerte y de un matriarcado enlutado, encerrado en un velatorio y en los muros bestiales del machismo, el incesto, todos esos olores, incluso hedores, que se desprenden del ambiente. 
Resulta sorprendente lo escatológico: ver a Pe, tan fina ella, sentada en el váter, y oliendo un pe... 
Si bien Almodóvar logra, con ese toque lorquiano, adentrarnos en un mundo que reconocemos e identificamos como bien suyo, la historia que nos cuenta no acaba de convencernos ni emocionarnos de verdad, incluso es una historia que se rompe en la última parte de la peli, porque el cineasta manchego se empeña en decirnos y/o contarnos algo enrevesado, como si tuviera prisa por terminar, cuando en realidad debería mostrárnoslo con imágenes, que para eso vamos a ver cine, como hiciera de un modo magistral el mago Hitchcock, capaz de sugerirnos y mostrarnos los complejos procesos mentales de los personajes a través de miradas, guiños, gestos, etc. Ahí es donde radica el poder de la imagen, y lo demás sobra. Sobran todas las explicaciones finales acerca del incesto entre Pe y su padre, y otras muchas explicaciones. Uno acaba perdiéndose en este retorcido melodramón, con trama, digamos policiaca, en el que los hombres salen muy mal parados. En cuanto al reparto, las actrices están soberbias: Maura, Blanca Portillo, Lampreave, que está impresionante, aunque confieso mi devoción por Lola Dueñas. Incluso Penélope, aunque no sea buena actriz, logra con este papel conmovernos cuando “simula” cantar el tango que da título a la película, que está repleta de referencias cinematográficas al cine italiano de Visconti (en concreto Bellissima, con una Anna Magnani espléndida en su interpretación madre coraje, cargada de histerismo) o Fellini, grandes maestros no sólo del cine italiano, sino universal. En el fondo, Almodóvar sabe tomar préstamos de los grandes, y ha sabido vender nuestra España de la movida, así como nuestra España profunda, matriarcal, con el machito castigador y ausente, "aislado", y que bien mirado, que nadie se ofenda, este país nuestro, manchego, castellano..., nos recuerda, por momentos, al mundo islámico. 
Al final, resulta que tanto Almodóvar como Fassbinder, como buenos homo-bi-sexuales, sienten gran admiración, conciente o inconscientemente, por lo islámico. Ahí queda eso.

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