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miércoles, 8 de agosto de 2018

Estambul, espiritual y promiscua

Panorámica de Estambul desede la Torre Gálata

Espiritual y promiscua

Estambul invita a soñar con viajes lujosos y se ofrece al visitante cargada de sensaciones y sonidos

(Diario de León, 27/06/2010)
 


Es la segunda vez que aterrizo en Estambul, en el aeropuerto de Atatürk, de esta bella y monstruosa urbe, cuyas dimensiones resultan inabarcables, al menos para un viajero, salvo que éste se quede durante varios meses -como hicieran Flaubert, Gautier o Nerval-, y se dedique a recorrer palmo a palmo esta metrópolis, que a Juan Goytisolo se le antoja espacio-palimpsesto, babel de lenguas, Bizancio-Constantinopla fundada hace veintitantos siglos. Nada más llegar al aeropuerto -y pagar religiosamente el visado-, me encamino a algún punto de información para ver cómo puedo llegar al centro. Busco una oficina de turismo antes incluso de cambiar guita. «Desde aquí no hay autobuses, sí metro», me dice la chica de información, que me explica cómo puedo llegar al centro, y se sonríe, simpática, cuando le muestro mis viejas liras, ya inservibles. 


Ayasofya
Desde Atatürk (estación de Havalimani) se puede coger un metro, que te lleva hasta el centro histórico de Sultanahmet, donde están algunas de las maravillas turcas: Santa Sofía, la Mezquita Azul, el palacio de Topkapi, harén incluido, entre otras y otros de singular valor.
Elijo la calle Akbiyik para alojarme, a sabiendas de que en esta ciudad no resulta complicado encontrar dónde hospedarse porque cuenta con una gran infraestructura hotelera, creada sobre todo en estos últimos tiempos, debido a la masiva demanda de turistas, que manan de cualquier esquina. La Akbiyik Caddesi parece una calle americana de alguna ciudad californiana. Me hace recordar la Main Street del Reino Disney. Muy cambiada he visto esta megalópolis con respecto al 2001, año en que la visitara por primera vez. Ciudad en constante cambio, a la que han aseado y maquillado como una capital europea de altos vuelos por donde suelen transitar los turistas, véanse la animada y chic Istiklal Caddesi o la Divanyolu. Esta última parte desde Santa Sofía hasta la parada Çemberlitas, donde se encuentra un famoso hammam, que hace las delicias de cualquier viajero. 



Akbiyik Caddesi
Istiklal

Al personal le gusta pasear por la Istiklal Caddesi, una larga, espaciosa y occidentalizada calle peatonal, sólo interrumpida por un viejo y turístico tranvía, que de vez en cuando parece embestir a la muchedumbre. La Istiklal, con sus múltiples pasajes de estilo parisino, como el Atlas, el Çiçek Pasaji o Cité de Pera (repleta de bares-restaurantes, y justo al lado de un pintoresco mercado de pescado) me hacen recordar la histórica calle de Saint Denis o a alguna calle vienesa, con sus cafeterías y tiendas sofisticadas. En la Istiklal hay multitud de bares, cafeterías como Madrid y Barcelona, contiguas, restaurantes, delicias turcas, puestos de kebab, cines, tiendas de libros y discos -véase la estupenda Mephisto, que encima sirve café y té-. Otros sitios de la ciudad, en cambio, no gozan de tal glamur. No hay más que darse una vuelta por el barrio situado en la parte baja de la mezquita de la Süleymaniye Camii, donde se impone otra realidad, que me hace recordar la Alfama o la Mourería de Lisboa, con la ropa tendida en los exteriores de las casas de madera, harto inclinadas y ruinosas, como si fueran a derrumbarse, mientras los guajes corretean por entre el barro de las calles. O bien el comienzo, algo siniestro, de la Galip Dede en dirección al barrio de los Genoveses. Incluso hay una calleja, resguardada por tipos de dudosa catadura, que pretende ocultar el puterío a los extranjeros en una ciudad entre promiscua y conservadora. Sólo debes trepar unos metros por la Galip Dede en cuesta y algo decadente, hasta que comienza la algarabía de puestos, las vitamin shop y sus vendedores de zumos, etc., lo que me hace recordar la calle Calderería (la vieja, y aun la nueva) de Granada. 
Eminönü


De peregrinaje por la ciudad
 

Continúo mi peregrinaje por esta ciudad espiritual y promiscua, estimulante y frenética, entre dos mundos no siempre reconciliables, Oriente y Occidente, asentada sobre siete, como Roma, con sus bellas y evocadoras siluetas de minaretes y cúpulas, que parecen tocar los cielos... y sus muecines que resuenan en mis vísceras como llamadas de fe. Me acerco a la meca del Pierre Loti, que no era ningún santo, solo un novelista francés, cuya «ermita», situada en medio de un cementerio apacible y bucólico, en el barrio de Eyüp, se ha convertido en un café exitoso, con una terraza espectacular, en la que te puedes tomar un café turco, y desde la que se contemplan maravillosas panorámicas de «Istanbul», aunque me late que las mejores vistas de la ciudad se tienen desde lo alto de la Torre Gálata. 

                                                                    Desde la terraza del Pierre Loti
El café Loti es muy apreciado por los extranjeros, incluso por algunos bercianos, como Ovidio, el propietario del Bodegón ponferradino. Luego de la visita tomo un bus de regreso hasta Eminönü, otro lugar emblemático de la ciudad, desde donde se puede embarcar hacia la parte asiática (Üskudär), o bien dar un paseo por el Bósforo. 


Estambul no turístico
Eminönü es uno de los lugares más transitados -tanto por los estambulíes como por extranjeros-, donde hay muchos puestos de pescado, que invitan a degustar un sabroso bocadillo de pescado asado a la plancha.
                                 Torre Gálata
Suleymaniye desde el Puente Gálata

Cruzo el puente Gálata, en dirección a la famosa torre, la más antigua y bonita de Estambul, construida por los genoveses. La subida a la torre en ascensor cuesta diez liras turcas, pero merece mucho la pena, porque se puede atisbar toda la ciudad. 


Visita indispensable, aunque no se vaya a comprar nada se me hace el Gran bazar, «el reino de lo improbable- en él todo tiene cabida», según Goytisolo. Enorme y bien organizado, no me resulta tan cautivador como los zocos marrakchíes o la ancestral Medina de Fes-el-Bali.
Resulta inspirador recorrer la ciudad a pie, adentrarse sin rumbo fijo en sus entrañas, que desprenden un intenso aroma, pues se trata de una mágica y a la vez decadente ciudad, emplazada en un lugar de ensueño, a orillas del mar Mármara y el estrecho del Bósforo. La Capital de tres imperios invita a soñar con viajes lujosos en el Orient Express, de la mano de Ágata Christie, y con harenes en el Topkapi. 



Me dejo llevar por mi instinto y brujuleo hasta llegar al acueducto Valens, en el distrito de Fatih, como si de repente y bajo hipnosis estuviera mirando para Segovia, en busca quizá de otro Estambul. Cuando uno se siente en medio de calles y callejuelas atestadas hasta los topes, lo mejor es dejarse extraviar, mezclarse con el bullicio, detenerse a contemplar la algarabía: graciosos vendedores de helados, mozos tirando por carros o con la carga sobre la cabeza, mercachifles y vendedores de todo tipo, desde lotería -identificados con su gorro Milli Piyango- hasta roscas de pan, cacahuetes, churros bañados en miel o bocadillos de pescado, hasta maíces cocidos y castañas (kestane) asadas, con sus carromatos de color rojo, tramposillos limpiadores de zapatos, hombretones contemplando el vacío pausado de sus mentes, bien relajados, mientras toman su té o café (turco), juegan al backgammon (su juego preferido) o fuman tabaco dulce y afrutado en narguiles (otra de sus pasiones) o pescadores apretujados sobre el puente de Gálata, bajo el cual existe una gran variedad de restaurantes. 


En realidad, cualquier viaje a lugares conocidos resulta puro turisteo, tal vez porque ya no existen verdaderos viajeros, salvo que uno logre ver con otros ojos, como si mirara por primera y pudiera plasmarlo con lírica salvaje, como hace Pamuk en Estambul, ciudad y recuerdos, obra definitiva para quien quiera entender más y mejor esta ciudad «enorme, histórica y descuidada», en blanco y negro, con cierto sabor a amargura. Prosigo mi caminata por esta ciudad de bazares, donde todo se compra y se vende, rumbo al Mercado Egipcio o Bazar de las Especias (Misir Çarsisi), que es más coqueto que el Gran Bazar (Kapali Çarsi), y resulta más afectivo y cercano, incluso por el carisma de sus vendedores. En torno a este bazar «chico» se desarrolla una intensa vida comercial. Ya en la oscura noche de las almas, errabundas en busca de algún destino, regreso a la Akbiyik Caddesi por la siempre animada calle que recorre el tranvía en dirección a la plaza de Sultanahmet. Se trata de la calle Hüdavendigar, donde se halla el Orient Express, un elegante hotel próximo a la Estación de tren Sirkeci. Si bien el Estambul «pobre» -por tanto, no frecuentado por turistas- suele dormir temprano, por la Hüdavendigar se pasean los turistas día y noche en busca de restaurantes, algunos especializados en comida turca, donde resulta habitual ver a una mujer a la entrada haciendo tortitas. Antes de alcanzar la Akbiyik, me recreo en los obeliscos del hipódromo y sobre todo en las mezquitas, tanto la Azul -cuya belleza espiritual, hecha con seis minaretes, se me hace cautivadora- como Santa Sofía, a las que no me resisto a hacer unas cuantas fotos, como si quisiera capturar su alma, a través de simples imágenes. A menudo nos olvidamos los extranjeros -nos recuerda Pamuk- que lo que moldea una ciudad es tanto su apariencia exterior como el interior de sus casas y el paisaje de los espacios cerrados. 

Por el Bósforo
 
Amanece un nuevo y grisáceo día, y aunque amenaza lluvia, lo que inevitablemente deslucirá la belleza, siento una imperiosa necesidad de dar un paseo en barco por el Bósforo. Un día sin sol puede desbaratar hasta un paseo por este mar en movimiento. Sin embargo, las vistas sobre Estambul son hermosas desde el barco. Uno de los grandes placeres que ofrece esta ciudad «fantástica y antigua, pintoresca y remota», tanto de día como de noche.
El barco sale del puerto de Eminönü y va bordeando la ladera izquierda, esto es, la parte europea, pasando a la altura de Tophane, el Dolmabahçe Sarayi, el barrio de Besiktas y Ortakoy hasta cruzar el impresionante puente del Bósforo, que resulta de cierto parecido con el puente 25 de Abril de Lisboa y aun con el Lions Gate de Vancouver, entre otros. No en vano, Estambul y Vancouver aúnan tanto el sabor de Oriente como de Occidente, y ambas ciudades -de gran belleza paisajística- se encuentran rodeadas por mar. El regreso ladea la parte asiática, el barrio de Üsküdar y la Torre de Leandro, hasta el punto de partida. Con sol las cosas lucen de otro modo, y esta ciudad pierde encanto cuando sopla una brisa marina helada y el cielo se queda encapotado. «A luz do sol vale mais que os pensamentos de todos os filósofos e de todos os poetas», asegura Pessoa. La luz es todo, y si no que se lo pregunten a los pintores y fotógrafos. Después de esta breve aunque sustanciosa excursión, surcando el Bósforo, me dirijo al antiguo monasterio derviche de Gálata, que se halla al final de la Galip Dede Caddesi (1-185) antes de encarar la Istiklal, pero el edificio se anuncia, según un cartelito colocado en la puerta de entrada, cerrado por restauración. Lástima que haya tantos museos y monumentos en obras, lo que me permite entrar en una tienda de música, Lale Plak. Ver esta ciudad a través de sus sonidos, como hace Fatih Akin en uno de sus documentales, es sin duda una buena forma de adentrarse en sus esencias. Una gran diversidad musical como queda reflejada, por ejemplo, en Mercan Dede, Sezen Aksu, Omar Faruk, etc. 

Resulta estimulante asistir a un espectáculo de Derviches a ritmo sufí, verlos girar como peonzas, aunque su ceremonial actual esté pensado fundamentalmente para turistas, poco o nada familiarizados con su danza, conocida como sama o sema. «El valor iniciático del baile -se pregunta Juan Goytisolo- ¿no se desvanece quizá al prodigarse en espectáculo, un espectáculo exportable para uso de turistas?». Ataviados con túnicas blancas y sombreros rojos en forma de cono, inician su ritual con los brazos cruzados sobre el pecho, y a medida que entran en danza, comienzan a estirar sus brazos, mientras dan vueltas a una velocidad vertiginosa, en el sentido inverso al de las agujas de un reloj y según el ritmo musical impuesto, que sólo de mirarlos provoca mareos. Necesitan, supongo, una gran concentración y entrenamiento. Y sospecho que se procurarán elevadas dosis endorfínicas para alcanzar el éxtasis, gracias a la música de acompañamiento con flauta y tamboriles, y a su propio sistema de rotación. El espectáculo está asegurado en horario de tarde-noche, salvo los martes y jueves -”reservado a las danzarinas del vientre-” en Hodjapasha, un antiguo hammam turco reconvertido en sala de bailes.

El viaje llega a su fin, y antes de emprender rumbo al aeropuerto, me doy una vuelta por algunas calles de Sultanahmet, y por azar me topo con la tienda de Pedro. Por este pequeño bazar han pasado, como queda constancia en las fotografías colgadas de su pared central, nuestro presidente Zapatero -acompañado por su mujer Sonsoles-, Javier Sardá, Nuria Ber, Güiza o Marta Sánchez, entre otros. Pero lo más sorprendente es que la hija de Pedro está amadrinada por una berciana, Sara Ramón. Increíble. El regreso a Madrid se me antoja como una prolongación de Estambul. 
Plaza de Taksim

El país de la media luna, con estrella sobre fondo rojo, sigue fascinándome.

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