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sábado, 4 de agosto de 2018

Firenze o el arte en su esplendor

Desde Milano Centrale viajo en tren a Firenze (prefiero ponerlo en italiano, no por esnobismo, que quede claro, sino porque los nombres de las personas, de las ciudades... deberían permanecer en su idioma original, sin traducciones/traiciones, lo que nos ayudaría además a situar las ciudades en los mapas). 

Los trenes, incluso los regionales, funcionan muy bien en Italia. Lo único que uno no debe olvidar es convalidar el billete, si no quieres que el revisor y/o controlador de marras te empapele. Para ello hay unas maquinitas en los propios andenes en las que puedes convalidar tu billete. No te olvides. Y lánzate a la aventura. 
Viajo en un tren regional, que me obliga a hacer dos cambios o transbordos, uno en Bologna (lo que me permite estirar las piernas y darme una vuelta incluso por la zona cercana de la estación). Y luego en Prato, que ya es una localidad de la Toscana, próxima a Firenze (Florencia). 
Santa María Novella

Como dicen que el tiempo lo da dios de balde, pues me tomo el tiempo necesario para arribar a buen puerto, en este caso a la estación de Santa María Novella, que queda en el centro histórico de la ciudad, declarado Patrimonio de la Humanidad. Al lado de la estación de trenes está la oficina de Turismo. Que siempre es de utilidad de cara a conseguir información y/o un plano de la ciudad. Ojalá diera dios el tiempo de balde, sería fantástico, porque el tiempo es oro y la sangre de quien escribe. Dicho lo cual, acabo de perder (no es la primera vez que me ocurre) algo que ya había escrito/entamado sobre mi reciente visita a Firenze y eso me ha sacado inevitablemente de mis casillas. Cómo puedo ser tan tolo.
Palazzo Vecchio
Pero retomo con calma la escritura, cual buen estoico, porque lo que bulle en mi testa volverá a resurgir, de una o de otra manera. Eso espero. Ahora procuraré salvaguardar lo que voy tecleando. 


Como no es la primera vez que pongo los pies en Firenze (es la tercera vez, si no recuerdo mal) sé más o menos lo que voy a encontrarme. En todo caso, una ciudad (como una persona) amerita de mucho tiempo y de muchas visitas para poder conocerse, al menos algo. De muchas miradas, de muchas percepciones. De muchos sentires. 
Contaba más o menos el Nobel Saramago en su Viaje a Portugal que una ciudad hay que verla no sólo de día sino de noche, en todas las estaciones, con diferente luz, me atrevería a decir. Acaso como en un ejercicio impresionista, pictórico, con el fin de captar la incidencia que tiene esa luz en la fachada y aun en las entrañas de la ciudad, también en el alma de la persona, porque las ciudades, como las personas, tienen alma. 
Río Arno con sus casas colgadas
La luz, tan importante en la fotografía, en el cine, en la vida. La vida es luz. La luz es vida. Y Firenze es luz y belleza, que engendra amor. Y el amor nos ayuda a ilusionarnos, a entusiasmarnos. 
Firenze es luz y belleza, una belleza comestible, con aroma a tartufo bianco, con sabor a Brunello di MontalcinoY el alma de Firenze es puro arte, un auténtico museo al aire libre, una ciudad museo, que engatusa y deslumbra con sus monumentos, con sus plazas, como la de la Signoria (un universo en sí misma, con la fuente de Neptuno, La Loggia dei Lanzi con la escultura de Perseo, por ejemplo, el palazzo Vecchio y la reproducción del David de Miguel Ángel, el original está en la Academia), con sus puentes, como el Vecchio, ornamentado con sus casas-joyerías colgantes o colgadas. 
David de Miguel Ángel en piazza della Signoria

Firenze, cuna del Renacimiento (Miguel Ángel, Rafael, Leonardo Da Vinci, Giotto, Donatello...), atrapa al visitante con todo su esplendor. Lamento no haber visitado en esta ocasión la galería de los Uffizi (que alberga cuadros de Botticelli, Piero della Francesca, Rafael..., aunque sí la visitara en mi primer viaje a esta città). 
A mi edad uno ya no está dispuesto a hacer largas colas, de hasta dos horas, bajo un sol demencial. Prefiero vagar por sus calles, incluso sestear a la sombra de alguna techumbre, mientras algún músico callejero te deleita con su música. A ser posible próximo a una fontana. Extraordinario el hecho de que haya fuentes por doquier. De alguna mana incluso agua con gas. Recuerdo una, que está ubicada precisamente en la piazza della Signoria, con dos caños, uno por el que fluye agua mineral y otro por el que sale agua gaseada. Sestear también al amor de un gelato, un cornetto o cornete con una bola o con dos sabores (que está buenísimo), aunque uno no sea golosón, es un buen modo de estar en Firenze.
Antica Porchetteria
Los helados italianos tienen fama en el mundo. Y creo que es una fama bien merecida. 

En Firenze suelen ser un pelín caros. Pero deliciosos. En realidad, la ciudad no resulta barata para un berciano habituado a precios más asequibles, salvo que uno se tome un bocata por cinco euros en la antica porchetteria Granieri. Sabroso, por lo demás. Qué todo sea por el arte florentino. Prefiero, antes que hacer colas para entrar en un museo, asomarme a algunas páginas del Decamerón, de Boccaccio, para religarme con su espíritu, con el erotismo de la época (interesante la adaptación que hace Pasolini, y curiosa la película Boccaccio 70). 
Arte por doquier. También Maquiavelo y Dante nacieron en Firenze. 
Dante, el autor de La Divina Comedia

No se extraña uno que Stendhal experimentara tales sensaciones, incluso de desvanecimiento, ante la maravillosa belleza fiorentina. Sobre todo tras su visita a la Santa Croce, que es uno de los monumentos emblemáticos de la ciudad, donde están enterradas ilustres personalidades como Maquiavelo, Dante, Galileo o Miguel Ángel...
Por cierto, esta iglesia tiene un gran parecido, en su fachada, con Santa María Novella. 
Me entusiasma el colorido rojo y dorado de Firenze, y aun el blanco marmóreo de algunos de sus monumentos, como el duomo (el domus dei o casa de dios), Santa María del Fiore, cuya cúpula, diseñada por Brunelleschi,  atrae como un imán. Vistosa y elegante. Además, sirve como orientación casi desde cualquier punto de la ciudad. El campanario o campanile de Giotto y el Baptisterio, con las puertas del paraíso, dan grandiosidad al conjunto. 
El Duomo

En mi primera etapa en la ciudad decido alojarme cerca de la Estación de Campo de Marte, a unos tres kilómetros del centro histórico, lo que me permite, dicho sea de paso, familiarizarme con esa otra parte de la ciudad, que a menudo no frecuentan los turistas/viajeros. Y eso se agradece en cierto modo, porque así no se topa uno con las manadas que pululan por el centro. Y además me permite visitar la sinagoga, con su llamativa cúpula verde y su museo hebraico (el pasado año, casi por esta época, andaba dando tumbos por el mundo rabínico del muro de las lamentaciones en Jerusalén). 
Santa Croce

No obstante, en una segunda etapa (después de mi visita de Roma, ya de regreso a Milán, para tomar el avión en Malpensa hacia Madrid) me alojo cerca del centro, acaso con el fin de rematar mi visita. Y empaparme de belleza. Es entonces cuando me topo con un par de mexicanas, Mónica y Alejandra, que me invitan a acompañarlas en su recorrido por la ciudad, recorrido que hacemos alquilando unas bicis, precisamente donde nos alojamos. Faltaba la bici como medio de transporte. Y ha llegado el momento de desplazarse por la ciudad pedaleando. Que también es muy sano. 
Mónica y Alejandra están viajando por toda Europa. Pena que no se acerquen ya a la madre patria. 
Perseo con la cabeza de medusa, de Cellini

En este caso, resulta realmente placentero y hermoso pasearse por la ciudad. Y aun acercarse a la piazzale de Michelangelo, a su mirador, desde donde se tienen vistas magníficas de Firenze. Y de sus puestas de sol. Un sitio abarrotado de turistas, tanto que a veces ni hueco encuentra uno para meter la cámara en busca de una buena instantánea sin toparte con el brazo o el esqueleto de algún viandante. 
De repente, contemplando la ciudad del Arno, me viene a la mente la imagen de Salamanca desde la otra orilla del Tormes, mirando hacia su catedral. La catedral charra y el duomo fiorentino como hermanas y hermanadas. Incluso me asalta una panorámica de Praga. 
La impresión que tengo de la Toscana, que no es toda la que quisiera, ni mucho menos (me faltó visitar San Gimignano, por ejemplo, aparte de otros muchos pueblos, si es que necesitaría mil vidas..., al menos visité Arezzo, del cual hablaré en otro post.
Sinagoga
Y en otros viajes anteriores llegué a estar en Siena y en Pisa), se me hace parecida al Bierzo, quizá porque uno lleva el paisaje, su paisaje, bajo el hombro. Me gusta pensarlo al menos. Que el Bierzo tiene algo de Toscana, en lo referente a sus viñedos, sus colinas, sus castillos. También Gil y Carrasco en su Diario de Viaje, de Madrid a Berlín, encuentra similitudes varias entre los paisajes con los que se va encontrando en la ruta con los de su tierra berciana. 

Mi amiga Álida, que vive habitualmente en Trento, me dice que la Toscana es muy bella (ella que sí llegó a visitar San Gimignano). La diferencia con el Bierzo (que está dejado de la mano del Señor y de sus gobernantes) es que la Toscana está cuidada. Y encima se muestra como una potencia turística. Conocida en todo el mundo. Sólo Firenze, que es un estupendo plató de cine (preciosa Una habitación con vistas, de Ivory), atrae la atención y la visita de millones de turistas/viajeros.
Firenze desde piazzale Michelangelo


En cambio, el Bierzo ni siquiera es conocido en el propio Bierzo. Manda cullons. Me explico: El llamado Bierzo Bajo no mira hacia el Alto. Aunque el Alto esté cuasi obligado a mirar al Bajo. Parece un enredo des-amoroso, o suena a chiste, pero no lo es. Cómo para que el Bierzo sea conocido fuera de sus fronteras. Necesitaría infraestructuras que lo comunicaran entre sí. Necesitaría poner en valor su potencial. Necesitaría tantas cosas. Una comarca tan bella, que lo es, y tan abandonada, tan dejada a su destino, que cada día se me antoja más negro. Pero no nos pongamos tristes ni nos dé gorrión, que estaba hablando de la Toscana, esa región italiana, que rezuma arte, naturaleza y vida por todos sus costados. 

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