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martes, 21 de agosto de 2018

Nostalgia y espiritualidad

Hoy me apetece publicar el prólogo que hiciera para Nostalgia y espiritualidad, el hasta ahora último libro de la narradora y poeta María José Prieto (a quien he tenido la ocasión de dedicarle una fragua en ileon.com: https://www.ileon.com/cultura/075459/maria-jose-prieto-es-mejor-reir-que-llorar-y-creer-por-otra-parte-en-un-futuro-esperanzador). Originaria de Santa Marina del Rey, María José es amiga de otro buen amigo, Daniel Higinio López Abella (a quien en otro momento también le dedicaré unas palabras). 
María José Prieto (blusa roja) y Daniel Higinio (a la derecha) en Noceda

Autora de un libro ingenioso, magnífico, titulado Hubo una vez un instituto (sobre sus andanzas como profesora), estuvo recientemente en Noceda con su marido Julián. Y me alegró volver a verlos, después de que estuvieran el pasado año en el Octavo Encuentro Literario que hacemos en el útero de Gistredo. Un placer, siempre, reencontrarse con la buena gente. Cada día me gusta más la buena gente. Y me alegro dar un paseo con ellos por las veredas de mi pueblo, siguiendo la senda de la ruta de las fuentes medicinales, tomando altura para apreciar en su conjunto el verde valle nocendense, qué verde era mi valle, más verde que nunca lo recuerdo en pleno verano. Se nota que este año ha caído bastante agua del cielo, el maná. El agua como bien esencial. Por el momento, aún podemos gozar de este elemento vital. Incluso podríamos llegar a embotellar agua, purísima, para quienes lo deseen. 

Vaya aquí el prólogo sobre este poemario de María José, que os recomiendo, por supuesto. 


Autora de algunos libros de relatos y una estupenda novela titulada Había una vez un instituto, María José Prieto es asimismo poeta. Y ahora nos ofrece este poemario, en el que está presente, en todo su esplendor, la naturaleza, “la verde natura de brisa y floresta/ Con su voz de colores y cándido olor”, por decirlo con su verbo lírico.
Esa naturaleza con la que se funde la poeta, “muchas veces quisiera ser rosa encantada/ Y sentir  la alegría del ser natural”, para mostrarnos su propio universo, que también es el nuestro,  esa naturaleza que tanta importancia tiene en nuestras vidas, aunque el devenir apresurado, ruidoso y artificial que llevamos en las ciudades, sobre todo en las grandes urbes, como Madrid (donde vive María José) no nos permita apreciar en su justa medida su gran valor, con sus aromas y sus colores, y quizá con el suave tacto de sus entrañas, esa naturaleza que nos ayuda a respirar y a sonreír, que es vida en estado puro, como vida debe contener la poesía, un hábitat que nunca deberíamos haber abandonado.
Sus versos a este respecto son clarividentes: “Natura se aleja del hombre y del mundo/ Y es sustituida por gran artificio/ Que el humano cree que es el bien profundo”.
Tal vez por todo eso, María José Prieto, que lleva en su sangre la naturaleza, canta a los árboles, los prados, los ríos y las fuentes (el agua), el sol, los pájaros, las vacas, las ranas, las mariposas… de viento… a los que dedica versos y poemas siempre bellos, con esa belleza que nos religa con un mundo mejor, más habitable.
La lectura y aun relectura de Nostalgia y espiritualidad nos procura serenidad, esa templanza o ataraxia que tanto desearan los filósofos estoicos como una forma de vida, como un estar en el mundo. Y en este sentido, María José, con su hacer poético, con su mirada nostálgica y espiritual, nos devuelve a un mundo lleno de belleza y armonía. “Ya todo transcurre con silencio y calma, / Ya todo discurre con sueño y nostalgia”.
Acaso sea la belleza, la belleza que engendra amor, la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo, como nos dijera el periodista Ramón Trecet en aquel inolvidable y maravilloso programa de radio, Diálogos 3 (RNE, Radio 3), en el que además nos descubriera otro tipo de músicas, otras músicas posibles.
La música, arte sublime, tan emparentada con la poesía, que tanto nos acerca, con sus ritmos, a la belleza.  Esa musicalidad que percibimos también en los versos de María José, como los que le dedica al viento: “La vida pasa como el viento… Como fluye el viento, como fluye el río”, o bien al silencio: “Ya cantan las ranas canciones eternas, / Canciones que evocan mundos de otros tiempos…”. El silencio, ay, tan esencial en estos tiempos de infarto.
Resultan balsámicos los poemas de Nostalgia y espiritualidad porque nos invitan a volar como los pájaros, a imaginar otros mundos, poblados asimismo por ninfas doradas, ninfas saltarinas, duendes de plata, duendes de seda, duendes de nostalgia, genios de fantasía y de tristeza, genios azules,  y hadas de blancos vestidos y de cara soñadora, hadas blancas de los días de verano, hadas del viento, hadas del silencio… Toda una galería de seres fantásticos y mitológicos que nos hacen soñar, incluso despiertos.
Hay en su poemario una añoranza, una nostalgia por una época que fue, por un tiempo (el tiempo como constante universal en la poesía) que ya no volverá, una morriña por aquellos duendes que poblaban sus años juveniles, que ya no existen en su horizonte crepuscular, una nostalgia por su infancia, por aquella “niña de oro y diamante”, por su pueblo leonés, Santa Marina del Rey (al que dedica algunos poemas), el pueblo de sus ancestros y de su niñez, al que retorna cada verano: “Pueblo verde / Verde tierra… Santa Marina, tu tierra, de romances y   baladas/ De canciones populares/ De risueños cuentos de hadas/ Es eterna, porque eternos/ Son  tus días en mis lares”.
En su universo paradisíaco también tiene cabida la catedral de León, esa ciudad que es arte, historia y vida, según ella. Una capital con sabor antiguo, “pequeño vergel y remanso de tranquilidad”, que la traslada a otras épocas. Y que a través de la poesía logra revivirlas.  
Almería desde la Alcazaba
Y aun otros pueblos y ciudades como Carrión de los Condes o Almería, que son sus espacios afectivos porque en ellos llegó a residir en su época como docente.

El verano, “la estación total… el único trasunto posible del paraíso perdido”, como escribiera el genio Umbral en Mortal y rosa; la primavera: esperanza, que brota con vida en el alma, el otoño, el invierno/La Navidad, tan presentes en esta obra de María José Prieto, impregnarán a buen seguro vuestros sentidos. 


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