Vistas de página en total

lunes, 24 de agosto de 2026

El realismo mítico de Torrente Ballester


Hace ahora casi un año —a principios de octubre de 2025— estuve en Salamanca, una ciudad que para mí constituye un verdadero mapa de los afectos. Viajé con motivo de la inauguración de la Universidad de la Experiencia en el flamante Palacio de Congresos y Exposiciones, situado en el barrio chino, que luce ahora espléndido. Cuando era universitario de posgrado, aquel lugar presentaba un aspecto bastante desaseado, por decirlo de una manera suave.

Fue una visita breve, pero acaso sustanciosa. Recorrer las calles y plazas de Salamanca y, por supuesto, sus bares siempre invita a la inspiración y resulta fructífero para quien esto escribe. Una fotografía tomada en el histórico café Novelty, en la hermosa Plaza Mayor, junto a la figura escultórica de Gonzalo Torrente Ballester, me hizo rememorar al escritor gallego de Ferrol, cuya obra se nutre de lo mítico, lo fantástico y lo onírico.

Torrente Ballester vivió durante casi veinticinco años en Salamanca y llegué a verlo alguna vez en esta ciudad, en los años noventa, concretamente en el bar Moderno, donde por entonces trabajaba en ratos libres mi amigo Agustín de Burgos, ese es su apellido, aunque Agustín nació en Oropesa, en Toledo, y estudiaba Derecho.

A decir verdad, tampoco he leído tanto a Torrente Ballester como quizá hubiera debido. Recuerdo, sin embargo, a aquel hombre enclenque y miope, como él mismo se definió en alguna entrevista, al que le hubiera gustado ser marinero, pero que, debido a su condición física, terminó haciéndose escritor para vivir, a través de la literatura, aquellas aventuras que no habría podido experimentar de otro modo.

   Torres Villarroel

También lo recordaba el poeta salmantino Vicente R. Manchado, con quien tuve contacto y a quien pude entrevistar. 

Torrente Ballester, hijo adoptivo, honoris causa de la Universidad de Salamanca y pregonero vitalicio de la Feria del libro, 

llegó a darle clase en el instituto Torres Villarroel de Salamanca —qué grande también Torres Villarroel—. Era, según Vicente, un profesor atípico, asistemático, pero excelente. Lo que más le gustaba de sus clases era cuando contaba anécdotas acerca de Valle-Inclán, otro fenómeno de la literatura por el que siento devoción. Incluso lo recordaba como profesor un paisano y amigo del útero de Gistredo, Jose/Alejandro. https://cuenya.blogspot.com/2025/01/el-oficio-de-vivir-de-vicente-rodriguez.html


Me hubiera gustado tenerlo como profesor, escuchar sus historias fantásticas, seguir el hilo de sus fabulaciones y adentrarme de su mano en esos espacios míticos que creó con la palabra. En especial, en Castroforte de Baralla.

Cada vez que paso por Salamanca, o incluso por Baralla —Baralla sí existe, en Lugo, comarca de Los Ancares, Galicia—, Torrente Ballester me viene a la memoria. Y, por supuesto, recuerdo el universo de La saga/fuga de J. B.: ese peculiar realismo mítico en el que desaparece el Corpo Santo Iluminado, se esfuman las lampreas del río y la aldea de Castroforte se eleva por los aires hasta desaparecer de la Tierra. Un río que parece no fluir. Unos habitantes condenados casi a una existencia suspendida, incluso en algo tan elemental como comer.

El gallego Torrente Ballester, con su Castroforte, se erige así como una especie de García Márquez del Noroeste, con su Macondo atlántico y gallego. No porque ambos universos sean idénticos, ni porque uno deba entenderse como trasunto del otro, sino porque en ambos escritores la imaginación convierte un territorio inventado en una condensación de la historia, la memoria y los mitos de un pueblo. 

Escuelas menores 

En García Márquez está Macondo; en Torrente, Castroforte de Baralla. En ambos casos, el río desempeña una función esencial porque sirve para penetrar en los orígenes, recuperar una memoria remota, casi prehistórica, y estremecer a los habitantes de esos territorios suspendidos entre la realidad y la leyenda. La saga de los Buendía y la saga de los J. B. parecen dialogar desde orillas distintas de un mismo río imaginario; una nace de la historia y los mitos de América Latina; la otra, de la historia, las leyendas y los fantasmas de España.

Pero quizá haya algo todavía más profundo en esa relación. Tanto Macondo como Castroforte son territorios donde el tiempo deja de comportarse como esperamos. El pasado no termina de pasar, el presente se llena de ecos y la memoria colectiva se convierte en materia narrativa. En ambos casos, el territorio inventado acaba siendo más verdadero que cualquier mapa. Un territorio donde la geografía y la historia se transforman en mito y donde el mito termina adquiriendo la consistencia de la geografía y la historia.

Castroforte es, en ese sentido, mucho más que un lugar inventado. Se trata de un espacio capaz de condensar geografías, épocas y memorias. 

Una niebla persistente y espesa sirve de pasaje y tránsito a la imaginación de Torrente. Nos envuelve y nos introduce en un universo fantástico donde lo racional y lo sobrenatural conviven sin necesidad de explicarse mutuamente. Allí están las meigas, los trasgos, las apariciones, los milagros y las criaturas de una tradición popular que nunca ha desaparecido del todo. https://cuenya.blogspot.com/2017/09/salamanca-de-cielo-azul-y-luz-dorada.html

En Galicia, como en Hispanoamérica, lo sobrenatural puede formar parte de lo cotidiano. Quizá por eso no resulte tan extraño establecer un puente entre el realismo mágico del Nobel colombiano y la imaginación de Torrente Ballester, que fue Premio Nacional de Narrativa, Premio Cervantes y Premio Príncipe de Asturias de las Letras. 

Galicia, con su niebla, sus leyendas, sus aparecidos, sus santos y sus meigas, ofrece un territorio particularmente fértil para esa convivencia entre realidad y fantasía. https://cuenya.blogspot.com/2013/09/en-la-ciudad-charra.html

Por su parte, García Márquez, influenciado sobre todo por su abuela Tranquilina Iguarán, que era de origen gallego, desarrolló el realismo mágico hasta convertirlo en una de las grandes narrativas de la literatura universal. Torrente Ballester, desde el extremo noroccidental de España, construyó algo diferente, aunque emparentado. El suyo era un realismo mítico alimentado por la tradición popular gallega, la memoria histórica, la imaginación cristiana y esa persistencia de lo legendario que atraviesa buena parte de su obra.

Quizá por eso aquella fotografía junto a Torrente Ballester en el Novelty me produjo algo más que una evocación literaria. Fue como encontrarme, de nuevo, con un viejo habitante de Salamanca. Un escritor que pertenece a Ferrol, a Galicia y a Castroforte, pero que también pertenece, de alguna manera, a esta ciudad universitaria que me resulta fascinante. 

Con alumnado de la Universidad de la Experiencia en Salamanca 














Y mientras uno contempla Salamanca, su Plaza Mayor, sus cafés y sus históricas calles, comprende que ciertas ciudades son mapas de los afectos. Ciudades que guardan personas, conversaciones, libros y fantasmas. Ciudades en las que una fotografía puede abrir de pronto una puerta hacia el pasado. https://cuenya.blogspot.com/2024/11/el-fin-de-semana-en-salamanca-del.html

Y en esos mapas, a veces, aparece un escritor gallego que soñó con ser marinero y que terminó navegando, con las palabras como embarcación, por mares mucho más extraños y profundos. Un escritor que hizo de la imaginación otra forma de memoria y que convirtió un territorio imposible, Castroforte de Baralla, en un lugar que, aunque nunca haya existido, forma parte para siempre de nuestra geografía literaria.

domingo, 23 de agosto de 2026

Bierzo azul, verde, morado y negro

Bierzo azul, verde, morado y negro

https://ileon.eldiario.es/opinion/el-bierzo-azul-verde-morado-y-negro-columna-manuel-cuenya_129_13461808.html

Texto publicado en ileon 

22 de agosto de 2026 19:00 h

Bierzo azul y verde, morado y, en tiempos, negro como el carbón de antracita. Así es nuestra comarca, la región más transparente, como acaso diría el escritor mexicano Carlos Fuentes; nuestro lugar en el mundo, como el título de aquella película del director argentino Adolfo Aristarain. Aquí nací y crecí. 

En Quintana de Fuseros. Foto: Cuenya

Hay territorios, como esta comarca leonesa, que son mucho más que un espacio geográfico. Son, en realidad, una forma de ser y estar en el mundo, una memoria emocional que nos acompaña incluso cuando nos alejamos de ella. Durante algún tiempo viví fuera de la matria, de ese útero protector de Gistredo que, de una manera u otra, siempre acaba llamándome. La llamada de la Sierra de Gistredo.

Desde hace varios años vivo de continuo en esta tierra a la que me unen los afectos familiares, amistosos y cotidianos. Aquí están las voces conocidas, los paisajes de siempre, los muertos que forman parte de nuestra memoria y también quienes, por fortuna, siguen caminando con nosotros por la senda de la vida. 

Espinoso de Compludo. Foto: Cuenya

Ahora nos dicen desde el Consejo Comarcal que el Bierzo es una «zona azul», expresión procedente del mundo anglosajón que designa aquellos lugares del planeta donde la población alcanza edades avanzadas y, además, mantiene durante buena parte de su vejez unas condiciones de vida saludables.

Qué maravilla, pienso. Me encanta que al Bierzo le llamen zona azul. Ojalá sea cierto. Ojalá, inshallah, como dicen en Marruecos y en otros países árabes. Porque vivir mucho está muy bien, pero vivir mucho y vivir bien es otra cosa. 

Alcanzar los cien años puede parecer una proeza, aunque lo verdaderamente importante quizá sea llegar a ellos con la cabeza despierta, las piernas en buen estado y ganas de seguir mirando el mundo, de sentirlo como si fuera la primera vez que uno se asomara a él. De poco serviría sumar años si esos años no contienen una mínima dosis de vida. 

Foto: Cuenya

No tengo hijos ni nietos. Solo sobrinos nietos. Pero sí me gustaría pensar que las generaciones que vienen detrás podrán disfrutar de una longevidad semejante a la de tantas personas de nuestra comarca, siempre que esa longevidad vaya acompañada de salud, autonomía y dignidad.

El secreto de la longevidad berciana

¿Qué hace que algunas personas del Bierzo lleguen a viejas? ¿Qué secreto guarda esta tierra para que algunas de nuestras gentes alcancen los noventa, los cien años e incluso más y continúen siendo, en cierta manera, viejóvenes?

No somos una raza especial. Es obvio. No hay en nuestra sangre ningún elixir secreto ni ninguna fórmula genética que nos haga invulnerables al paso del tiempo. Pero quizá sí haya habido —y todavía quede— una determinada manera de vivir. 

Oencia. Foto: Cuenya

Pienso en esa longevidad del Bierzo, en ese territorio azul que es al mismo tiempo realidad y deseo, geografía y metáfora, espacio vivido y territorio imaginado. Una tierra que despierta ilusiones y ganas de seguir caminando por la senda de la vida con entereza física y psíquica, con voluntad de permanecer activos, de seguir formando parte de la comunidad, de continuar sintiendo que todavía tenemos algo que hacer y algo que decir. Quizá ahí resida una parte del secreto. 

Nuestros viejos —lo digo con cariño, como se les dice en Argentina a los padres— no vivieron una vida fácil, pero sí, en muchos casos, una vida con un sentido concreto del tiempo.

Foto: Cuenya

El tiempo no era ese enemigo que hoy perseguimos a todas horas, esa sustancia que se nos escurre entre los dedos mientras intentamos llegar a todo. Era otra cosa: la sucesión de las estaciones, de las cosechas, de las vendimias, de las fiestas y romerías. Era un tiempo más pegado a la tierra. Y la tierra, en el Bierzo, siempre ha tenido mucho que decir. Se trabajaba la huerta. Se sembraban patatas. Se recogían berzas. Se cuidaban los frutales. Se vendimiaba. Se apañaban castañas. Se trabajaba con el cuerpo. Se conocía al vecino y, con frecuencia, también sus penas. 

Burbia. Foto: Cuenya

La vida podía ser dura, pero tenía una cadencia que hoy hemos sustituido por otra mucho más vertiginosa. Vivimos acelerados, pendientes del teléfono móvil a todas horas, de las noticias de la televisión, de esos programas basura que son auténticos gallineros —con el respeto que se merecen los mismos—, de obligaciones en ocasiones insustanciales y de los mensajes de WhatsApp que llegan a cualquier hora del día y de la noche. Un despiporre.

Hemos ganado comodidad y años de esperanza de vida, sí, pero quizá hayamos perdido algo de aquel sosiego, de aquella templanza estoica que acompañaba a nuestros viejos. 

Mosto. Foto: Cuenya

No se trata de idealizar el pasado, porque sería injusto y falso. Aquella gente padeció privaciones que algunos de nosotros apenas podemos imaginar. Hubo pobreza, enfermedades, emigración a América y a los llamados entonces países ricos de Europa, trabajos extenuantes y una guerra incivil que dejó heridas profundas en la población, tanto que todavía hoy siguen presentes. Pero también hubo comunidad. Vecindario. Y quizá el vecindario sea una de las grandes medicinas que hemos ido olvidando.

Se vivía más hacia fuera. La casa tenía las puertas y las ventanas abiertas, a veces de par en par. Se hablaba con los vecinos, se compartía comida, se ayudaba al que lo necesitaba en las labores del campo. Había una red humana que, aunque imperfecta, sostenía a las personas cuando llegaban los contratiempos. 

Primout. Foto: Cuenya

Hoy podemos tener cientos o miles de contactos en un teléfono y, paradójicamente, sentirnos solos. Nuestros antepasados no tenían conexiones digitales, pero tal vez sí tenían más conexiones humanas que nosotros. Aunque tampoco conviene idealizar. Acaso ningún tiempo pasado fue mejor.


La cocina berciana

Igüeña. Foto: Cuenya
Estaba también la cocina berciana, una cocina de tierra y de aprovechamiento, hecha con los productos que proporcionaban la huerta, el monte y los animales domésticos. Estaban los productos de la matanza del cerdo, entre ellos el botillo, y el vino de cosecha. Estaban las berzas del caldo berciano, hermanadas con las del caldo gallego, que alimentaron a generaciones enteras. Y estaba el unto de cerdo, aquel ingrediente de otros tiempos que hoy contemplamos con otros ojos, pero que durante décadas aportó sabor y sustancia a los platos de nuestros antepasados, que no conocían las expresiones nutricionales que empleamos ahora. Tampoco les hacían falta. Ni necesitaban gimnasios. El ejercicio formaba parte de la existencia. Caminar, cavar, segar, podar, cargar, cuidar animales, trabajar la huerta. El cuerpo se movía porque la vida exigía movimiento. Hoy hacemos ejercicio para compensar nuestro sedentarismo, las interminables horas que pasamos sentados. Ellos descansaban después de haber trabajado físicamente. Aquellas tareas tenían también un precio: el campo castigaba las espaldas, las manos y las rodillas. El trabajo podía ser brutal, como lo era la mina.
Salentinos. Foto: Cuenya

Pero quizá aquella actividad física cotidiana, unida a una alimentación basada en buena medida en productos de la tierra y a una vida menos sometida a la velocidad, haya contribuido a esa longevidad que hoy contemplamos con sorpresa. 

El paisaje berciano del carbón

Y después está el paisaje. Porque el Bierzo es también un paisaje de montañas y valles, de ríos y bosques, de viñas y castaños, de huertas y caminos por los que transitamos. Gistredo, los Ancares, los montes Aquilianos, el Sil, el Boeza, entre tantos otros nombres con los que nos identificamos. Una tierra encerrada entre montañas y, al mismo tiempo, abierta al mundo por los caminos que históricamente la han atravesado. 

Balouta. Foto: Cuenya

Un Bierzo verde, sin duda. Pero también morado. Morado por las uvas, las viñas, el mosto, los atardeceres, por esa luz especial que algunas tardes, sobre todo en otoño, parece quedarse suspendida sobre los montes.

Y negro. Negro porque el Bierzo también fue carbón, mina, antracita, trabajo subterráneo, sudor y una forma de vida. Durante generaciones, el negro del carbón convivió con el verde de los montes.

Noceda del Bierzo. Foto: Cuenya
Y ahora aparece el azul, un azul nuevo, al menos en el nombre. Es el azul de la longevidad, de las personas que llegan a edades avanzadas, de quienes han atravesado casi un siglo de historia y todavía conservan memoria, conversación, curiosidad y ganas de vivir. 

Qué paradoja tan hermosa: una comarca que durante tanto tiempo tuvo el negro del carbón como uno de sus colores identitarios puede aspirar ahora a reconocerse en el azul de la longevidad.

Pero hay que tener cuidado, porque una comarca longeva no puede ser solamente una comarca vieja. Ese es quizá uno de nuestros grandes desafíos.

El Bierzo puede presumir —y debe hacerlo— de sus centenarios, de sus nonagenarios, de quienes han demostrado que se puede recorrer un larguísimo camino vital. Pero también necesita niños, jóvenes, trabajo, oportunidades, servicios públicos, vivienda y futuro.

Queremos vivir mucho, sí. Pero también queremos que haya alguien detrás de nosotros; que los pueblos sigan teniendo voces infantiles; que las escuelas continúen abiertas; que quienes se fueron puedan regresar y quienes nunca se marcharon puedan seguir viviendo aquí. Que los jóvenes no tengan que abandonar necesariamente la comarca para encontrar un futuro.

El Bierzo, territorio de ancianos

Una zona azul no debería ser un territorio de ancianos, sino un territorio donde la vejez sea una consecuencia de haber vivido y donde la juventud tenga razones para quedarse. 

Noceda del Bierzo. Foto: Cuenya

Tal vez el verdadero secreto no esté en una sustancia concreta, ni en una receta milagrosa, ni siquiera en un determinado gen. Tal vez esté en una suma de pequeñas cosas: comer de la tierra, caminar, trabajar, descansar, conversar, sentirse querido, cuidar y ser cuidado; tener, en definitiva, un lugar al que regresar. Yo tengo, por fortuna, ese lugar. Por eso, cuando escucho que el Bierzo puede ser una «zona azul», no puedo evitar sentir una cierta alegría, porque detrás de esa expresión aparecen rostros. Aparece mi madre, con más de noventa años. Aparecen las mujeres y los hombres que han superado los noventa años y siguen preguntando qué tiempo hará mañana, quién ha venido al pueblo, cómo están los hijos, los nietos y los biznietos, cuándo empieza la vendimia o si este año habrá buenas castañas. 

Noceda del Bierzo. Foto: Cuenya

Aparece la vida. La vida con sus pérdidas, sus achaques, sus alegrías, sus recuerdos y sus ganas de continuar. Quizá eso sea ser viejoven. No negar la edad, sino llevarla con dignidad. 

No pretender tener veinte años cuando se tienen noventa, sino conservar algo de aquella capacidad de asombro que teníamos a los veinte y a los treinta. 

Seguir aprendiendo. Seguir hablando. Seguir caminando. Seguir queriendo. Seguir perteneciendo.

Y entonces comprendo que quizá el Bierzo sea azul desde hace mucho tiempo, aunque nosotros no hubiéramos sabido nombrarlo. Azul por sus viejos. Verde por sus montes. Morado por sus viñas. Negro por su carbón. Cuatro colores para una misma tierra. Cuatro maneras de contar una misma historia: la de quienes nacieron aquí, la de quienes se marcharon y la de quienes regresaron. La historia de quienes llegaron a viejos porque tuvieron la fortuna de vivir muchos años, pero también porque encontraron razones para seguir viviendo.

La historia, en definitiva, de una tierra que no solo nos vio nacer, sino que todavía nos llama. La matria. El útero de Gistredo, como me gusta llamarlo. Nuestro lugar en el mundo. Y ojalá, inshallah, como dicen en los países árabes, también nuestro lugar en el tiempo.

sábado, 22 de agosto de 2026

El eclipse en Gistredo

Foto: Cuenya

También tuve la fortuna de asistir al eclipse solar del pasado 12 de agosto en el útero de Gistredo, concretamente en el hermoso paraje de Las Chanas, que tanto entusiasma a quien esto escribe. Allí, junto a la ermita de Nuestra Señora —a la que me gusta llamar Notre-Dame, como si, en lugar de cobijarse entre los montes del Bierzo Alto, se alzara a orillas del Sena—, el día pareció detener su curso.

En Las Chanas, ese hermoso paraje que tan buenas sensaciones me procura, nos dimos cita un buen puñado de oriundos y foráneos en busca de la caza del eclipse. Entre ellos estaban mis amigos Ana y Javi, algún suizo como Jorge y algún alemán, además de los fotógrafos manchegos Jesús Madero y Jose Baillo, quienes, provistos de cámaras, gafas y filtros, supongo que conseguirían bellas instantáneas, no solo del eclipse, sino también del estrellado cielo nocedense de aquella misma noche, cuando las Perseidas cruzaban el firmamento.

Foto: Cuenya

Para contemplar el eclipse me puse, por supuesto, las gafas de marras, adquiridas tiempo atrás en el campus de Ponferrada, con ocasión de una charla sobre aquel fenómeno anunciado como un acontecimiento extraordinario. Y lo fue, aunque quizá menos conmovedor de lo que había imaginado.

Hay fenómenos que, antes de suceder, crecen tanto en nuestra expectativa que terminan por volverse casi inalcanzables. Quizá también eso forme parte de su encanto.

Vi cómo la Luna comenzaba a tapar el Sol hasta ocultarlo por completo. Entonces la luz se retiró del paisaje sin abandonarlo del todo. No era todavía la noche, sino el umbral de la noche: ese instante en que el día empieza a desvanecerse y las cosas adquieren una apariencia más honda y más incierta. Duró poco. Pero dejó en el aire una especie de sacudida, un breve resplandor interior, un chute de belleza y de energía difícil de explicar.

Foto: Cuenya

Mientras tanto, regresaban a la memoria las imágenes de El eclipse, del cineasta Michelangelo Antonioni, que junto con La aventura y La noche forma su célebre trilogía sobre la incomunicación. Y también el prodigioso microrrelato de Monterroso, titulado, no por casualidad, El eclipse. La literatura y el cine acudían así a acompañar el fenómeno, como si la naturaleza necesitara de nuestras ficciones para terminar de revelarse.

Porque un eclipse no se contempla todos los días. Su rareza lo vuelve precioso y su brevedad, inolvidable. Quizá por eso, mientras la sombra avanzaba sobre el útero de Gistredo y la ermita de Nuestra Señora parecía adquirir un empaque monumental, pensé que también la vida se parece a ese oscurecimiento fugaz.

La vida como algo extraordinario que apenas alcanzamos a mirar antes de que vuelva la luz. O se oscurezca definitivamente.

viernes, 21 de agosto de 2026

Lorca, poeta sublime sin interrupción

A propósito de la anterior entrada de este blog, titulada Dios no existe https://cuenya.blogspot.com/2026/08/dios-no-existe.html, me viene ahora a la memoria, cuando acaban de cumplirse noventa años del asesinato de Federico García Lorca, su obra teatral Yerma, donde también se plantea, a través del personaje de la Vieja 1.ª, la cuestión de la inexistencia de Dios. Cuando Yerma dice: «Entonces, que Dios me ampare», la Vieja responde: «Dios, no. A mí no me ha gustado nunca Dios. ¿Cuándo os vais a dar cuenta de que no existe? Son los hombres los que te tienen que amparar». No sabemos hasta qué punto estas palabras pueden identificarse con el pensamiento de Lorca —pertenecen, naturalmente, a un personaje de ficción—, pero sí revelan una de las muchas dimensiones de una obra extraordinariamente lúcida y compleja.

Monumento a Lorca en plaza Santa Ana. Madrid. Foto: Cuenya

Lorca era, a mi juicio, un hombre de una inteligencia excepcional, acaso el más brillante del célebre trío formado por Buñuel, Dalí y Lorca. Así lo reconoció, en términos parecidos, el propio Luis Buñuel en sus memorias, Mi último suspiro, al evocar los años en que los tres coincidieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid, aquel lugar legendario por el que pasó buena parte de la flor y nata del arte y de la ciencia de su tiempo. 

Los tres han dejado una profunda huella en mi manera de ser y de estar en el mundo: Buñuel https://cuenya.blogspot.com/2010/03/luis-bunuel-don-luis-un-suspiro-de.html, con el cine; Dalí https://cuenya.blogspot.com/2020/02/el-genio-o-divino-dali.html, con la pintura; y Lorca, con la poesía y el teatro. No es extraño que el hispanista Ian Gibson haya definido la relación entre los tres como «el triángulo amistoso más fabuloso del siglo XX». 

Buñuel, Lorca y Dalí: el enigma sin fin, del catedrático Agustín Sánchez Vidal, es un magnífico libro que me resultó especialmente revelador acerca de estas tres figuras universales y de la compleja relación que mantuvieron entre sí. 

Lorca es, para mí, el poeta por excelencia: sublime sin interrupción, como acaso habría dicho de él el escritor Francisco Umbral.

Lorca llevaba el ritmo y la música de las palabras en las venas. Había nacido para ser poeta, pero también fue músico, excelente pianista y apasionado del flamenco y de la música tradicional. Amigo del compositor Manuel de Falla, desde muy joven Lorca recibió formación musical en Granada, su querida ciudad, y participó junto a La Argentinita en la célebre grabación de canciones populares españolas. https://cuenya.blogspot.com/2024/05/jaen-la-matria-del-aceite-de-oliva-y.html

Toda Granada, y muy especialmente la Huerta de San Vicente, parece impregnada todavía del espíritu, del duende de Lorca. Un Lorca que fue, además, un dramaturgo colosal. https://cuenya.blogspot.com/2025/01/granada-con-sus-aromas-y-sabores-morunos.html

Bodas de sangre (1933), Yerma (1934) y La casa de Bernarda Alba (1936) son tres obras teatrales que se me antojan sublimes. A ellas habría que sumar Mariana Pineda (1925), dedicada a la heroína granadina que cuenta con un monumento en la ciudad de la Alhambra. 
Mariana Pineda en Granada

El nombre de Mariana Pineda se me quedó grabado en la retina de la memoria después de que el querido maestro Gustavo Bueno nos preguntara a un montón de pardillos quién era aquella mujer. Fue en el aula de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Oviedo, que por aquellos años ochenta tenía su sede en el colegio de San Gregorio. Nadie supo responder. De aquella anécdota ya he dado cuenta en alguna ocasión. https://cuenya.blogspot.com/2009/10/entre-lorca-y-gustavo-bueno.html

Sublime es también el Romancero gitano (1928), con sus sinestesias, su lenguaje sensorial y esa extraordinaria capacidad para fundir lo popular con lo culto. Y sublime, aunque de una manera distinta, desgarrada y visionaria, Poeta en Nueva York (1929-30), una obra que habría de ejercer una notable influencia sobre otros artistas.

Leonard Cohen se inspiró en el poema Pequeño vals vienés, incluido en Poeta en Nueva York, para componer Take this waltz, publicada en su álbum I'm your man (1988). Años después, el gran cantaor granadino Enrique Morente retomaría aquella misma composición en Omega (1996), una auténtica joya de la música española grabada junto al grupo de rock granadino Lagartija Nick y con la participación de artistas como Estrella Morente, Vicente Amigo y Tomatito.

En Omega, el vals se da la mano con otros fragmentos de Poeta en Nueva York, como «Ciudad sin sueño» o «La aurora de Nueva York». Omega es por tanto un referente en la innovación del flamenco, que adapta no sólo poemas de Poeta en Nueva York de Lorca sino temas del cantautor canadiense Leonard Cohen.

Es difícil imaginar un homenaje más poderoso a la capacidad de Lorca para atravesar fronteras entre poesía, música y flamenco.

Casa-museo Lorca. Huerta de San Vicente. Granada. Foto: Cuenya

El gran Morente, que colaboró asimismo con Las Voces búlgaras, tras el lanzamiento de su disco Omega, homenajeó también al genio granadino en trabajos como Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), el estremecedor poema dedicado al torero sevillano. 

Por su parte, Miguel Poveda puso música y voz a «Ay voz secreta del amor oscuro», quizá una de las versiones más conocidas de los Sonetos del amor oscuro (publicados póstumamente) en el ámbito del flamenco. También el querido paisano berciano Amancio Prada ha puesto música a estos sonetos:

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡Ay balido sin lanas! ¡Ay herida!
¡Ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡Ay corriente sin mar, ciudad sin muro!...
 

(«Ay voz secreta del amor oscuro», perteneciente a Sonetos del amor oscuro).

Lorca fue, asimismo, un poeta profundamente comprometido con la libertad, con los marginados y con quienes sufrían la injusticia. De él dijo el poeta Jorge Guillén que, cuando estaba presente Federico, no hacía ni frío ni calor, sino que hacía Federico, porque su personalidad era arrolladora. Fue asesinado en la madrugada del 18 de agosto de 1936, en una España desgarrada por la Guerra Civil —o, como algunos preferimos decir, por la Guerra Incivil—, pese a los esfuerzos de distintas personas por salvarlo, entre ellas miembros de la familia del poeta granadino Luis Rosales. 

Noventa años después de su asesinato, su voz sigue viva en los escenarios, en los libros, en el flamenco, en la música popular, en el cine y la televisión -ahí está Lorca, muerte de un poeta, de Juan Antonio Bardem- y, sobre todo, en las palabras. Sigue vivo en Granada, en la Huerta de San Vicente, en Fuente Vaqueros y en tantos lugares donde su presencia parece formar parte del paisaje.

Al comienzo de Yerma, la Vieja le dice a la protagonista que no es Dios quien debe amparar a los seres humanos, sino los seres humanos quienes deben ampararse entre sí. Noventa años después de la muerte de Lorca, son los seres humanos quienes siguen amparando su memoria. Lo hacen con los libros, con los escenarios, con la música, con el flamenco y, sobre todo, con las palabras. Porque mientras alguien siga leyendo a Lorca, escuchando sus versos o dejándose conmover por ellos, Lorca seguirá vivo. 

Uno de los más grandes poetas de la historia universal. 

jueves, 20 de agosto de 2026

Dios no existe

Dios no existe. Ni tiene razón de ser. A estas alturas del siglo XXI, cuando la razón, la ciencia y el conocimiento han conseguido abrirse paso hasta rincones del mundo que durante siglos estuvieron reservados al misterio, la religión se me antoja algo anticuado, de otros tiempos. En todo caso, actúa como un consuelo metafísico, el opio —por decirlo con Marx— administrado a una humanidad que no termina de aceptar su propia condición mortal. 


Y no importa demasiado el nombre de la divinidad ni el ropaje doctrinal con que se la vista. En este caso, el catolicismo. Basta asistir a una misa para contemplar el ritual, la escenografía, la repetición de fórmulas heredadas y esa promesa de resurrección de los muertos y de vida eterna al final de los tiempos. 

¿Cuándo llegará nuestro final? ¿Cuándo llegará el final del universo? ¿Habrá un final del universo o acaso otros universos, otros mundos, otras realidades que ni siquiera podemos imaginar? Lo único que sabemos con certeza es algo mucho más humilde y mucho más terrible, que cada uno de nosotros morirá. Los muertos que seremos. Y precisamente por eso la vida importa. Importa mucho.

La finitud no es un accidente añadido a nuestra existencia. La finitud constituye nuestra existencia. Somos animales mortales, corpóreos, insertos en un mundo material que continuará su curso cuando hayamos desaparecido. Pretender escapar de esa condición mediante una promesa de eternidad puede resultar consolador, pero no deja de ser una respuesta imaginaria a un problema real.

El filósofo alemán Nietzsche lo vio con una lucidez extraordinaria: Dios ha muerto. Pero no basta con proclamar su muerte; hay que comprender qué funciones desempeñó históricamente esa idea y qué instituciones, prácticas, mitos y formas de conciencia la mantienen todavía operativa. En esto resulta imprescindible el materialismo filosófico de mi querido maestro y profesor en la Universidad de Oviedo Gustavo Bueno y su análisis de la religión en El animal divino. https://cuenya.blogspot.com/2024/10/homenaje-al-maestro-bueno-en-oviedo.html La religión no aparece simplemente como una extravagancia psicológica de individuos crédulos, sino como una realidad histórica, institucional y antropológica que debe ser explicada de un modo material. 


Por eso tampoco me interesa demasiado la caricatura del creyente como un imbécil. Sería demasiado fácil. La conciencia religiosa no surge de la nada. El miedo a la muerte, la necesidad de encontrar explicaciones, la experiencia del dolor, la enfermedad, la pérdida y la esperanza forman parte de la historia de nuestra especie. El autoengaño puede funcionar y funciona como mecanismo de supervivencia. El ser humano necesita muchas veces aferrarse a algo, en ocasiones a un clavo ardiendo, cuando el mundo se vuelve insoportable. Pero comprender el origen y la función de una creencia no obliga a aceptar su verdad.

Dios, si por Dios entendemos aquello que los seres humanos han colocado más allá de la naturaleza como causa última y garante de nuestro destino, no existe. Y, sin embargo, existe el mundo. Existe la materia. Existen los cuerpos. Existen nuestras relaciones, nuestras instituciones, nuestras obras y nuestros conflictos. Existe Mozart.

Y ahí aparece una paradoja que no considero una contradicción, sino una posibilidad de redefinir aquello que durante siglos se llamó “lo divino”. Cuando escucho el Réquiem de Mozart, no necesito imaginar un ser sobrenatural descendiendo sobre la humanidad para experimentar algo que, por intensidad, podría llamarse una revelación. La música no demuestra a Dios. Si acaso, demuestra lo que pueden hacer unos animales mortales cuando organizan sonidos, materia, memoria y sensibilidad hasta alcanzar una forma extraordinaria. Quizá eso sea lo sublime: no una prueba de la existencia de Dios, sino la prueba de que los seres humanos pueden producir experiencias que durante siglos atribuyeron a los dioses.

Somos animales. Si se quiere, animales racionales —menos de lo que desearíamos—, animales políticos, técnicos, lingüísticos y artísticos; animales capaces de construir catedrales, pero también campos de concentración; teorías científicas y mitologías; sinfonías y armas. Animales que saben que van a morir y que, precisamente por saberlo, inventan dioses, paraísos, infiernos y resurrecciones. Pero también componen poemas, novelas, pinturas y música.

No necesitamos negar nuestra animalidad para ser nobles. Tal vez necesitemos asumirla.

El infierno, por lo demás, no está esperando en otra vida. Está aquí, entre nosotros, como recordaba mi padre, cuando los seres humanos convierten el miedo, la fe o la esperanza en instrumentos de dominio. La historia demuestra que la religión puede servir para consolar, cohesionar y dar sentido, pero también para justificar guerras, persecuciones y formas de sometimiento. La fe no mueve montañas. Son los seres humanos quienes mueven montañas, construyen imperios, levantan templos y derriban ciudades. Después —vaya sarcasmo— atribuyen sus obras a Dios.

Por eso prefiero el logos. Prefiero la ciencia, no porque sea una nueva religión capaz de responder a todas las preguntas, sino porque sabe distinguir entre aquello que conocemos y aquello que ignoramos. La ciencia no promete la salvación. No garantiza la inmortalidad. No nos asegura que exista un sentido último. Pero nos proporciona conocimiento efectivo del mundo y herramientas para intervenir sobre él, reducir el sufrimiento y ampliar nuestras posibilidades de vida. Y eso basta.

Ayer mismo asistí al funeral de dos personas queridas, Manoli y Paco, los padres de mi amiga Susana. Fui porque debía ir. Fui por cariño hacia ella y hacia sus seres queridos; fui también por amistad con su tío Alberto y por los vínculos que unen unas vidas con otras. No fui a buscar a Dios. Fui a acompañar a los vivos.

La misa me resultó soporífera. Hacía calor incluso dentro de la iglesia y las palabras del ritual me llegaban como una monserga perteneciente a un mundo que ya no comparto. La resurrección de los muertos, el juicio final, la vida eterna. Todo aquello me resulta ajeno. Pero había algo que sí comprendía: el dolor de quienes han perdido a sus padres. Como ella. Como uno mismo cuando perdió a su padre. Y ahí está quizá la diferencia fundamental. No necesito creer que los muertos resucitarán para respetar a los muertos. No necesito creer en el cielo para acompañar a quien llora. No necesito compartir una fe para practicar la solidaridad. El afecto entre los vivos no necesita ninguna garantía sobrenatural.

Cada cual puede confesarse como quiera y pueda. Faltaría más. Pero yo prefiero vivir de claridades, con los ojos abiertos, sin hacerme el guaje, el pelotudo o el mensito —por utilizar términos hispanoamericanos, bien terrenales— ante aquello que sabemos. El filósofo Ortega, el autor de La rebelión de las masas, hablaba de vivir despiertos. https://cuenya.blogspot.com/2020/06/la-rebelion-de-las-masas.html Esa vigilia, para mí, consiste en no elaborar respuestas allí donde sólo tenemos preguntas.

Sabemos que moriremos. No sabemos cuándo. Tampoco sabemos exactamente cuál será el destino último del universo, si es que hablar de un “destino” tiene algún sentido. Quizá el universo termine; quizá nuestra concepción actual del universo resulte algún día tan rudimentaria como hoy nos parecen ciertas cosmologías antiguas. Quizá existan otros universos. No lo sabemos. Y precisamente porque no lo sabemos, prefiero no inventarlo.

La vida es breve, efímera y mortal. Mortal y rosa, como dijeron Salinas y Umbral. https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html Pero esa fragilidad no la hace menos valiosa, sino que la hace irrepetible. Un instante que no volverá. Una conversación. Una amistad. Una caricia. Una obra de arte. El Réquiem de Mozart sonando mientras nosotros, criaturas destinadas a desaparecer, escuchamos con devoción, con la emoción a flor de piel.

No necesitamos eternidad para que algo tenga sentido. Quizá nos baste con que haya ocurrido. Por eso fui al funeral. No por Dios, sino por Susana. No por la promesa de otra vida, sino por cariño a ella. No para salvar mi alma, sino para acompañar a quienes todavía están aquí.

Dios no existe. Cada cual que se confiese como quiera. Yo prefiero el mundo. Y mientras podamos, vivirlo estando despiertos.

miércoles, 19 de agosto de 2026

La sonoridad de Miño

 


Ponferrada y O Barco de Valdeorras miran hacia Miño como quien mirara hacia su playa. Y, en cierto modo, lo es. Algo parecido parece insinuarle al visitante la sonriente muchacha de la oficina de turismo cuando descubre que viene del Bierzo, tierra hermana, tan próxima y, a la vez, separada por una frontera invisible. 

La sonoridad de la palabra Miño hace pensar inevitablemente en ese gran río del noroeste peninsular que atraviesa Galicia y que, en su tramo final, forma frontera entre España y Portugal antes de desembocar en el Atlántico. Es el río que recibe las aguas del Sil y alimenta el conocido dicho: «El Sil lleva el agua y el Miño la fama».

Pero Miño es también una localidad coruñesa, en la comarca de Betanzos, tierra de tortilla de patata y de una costa que abre el paisaje hacia el mar. Y la verdad es que la tortilla de patata está exquisita.

Allí, entre el puerto y el horizonte marino, con los pescadores afanados en su tarea, el nombre parece ensancharse y adquirir otro significado.
El puerto y la playa de A Ribeira se muestran como una bendición. El mar abre el paisaje y, al mismo tiempo, parece invitar a demorarse.

Miño es, además, uno de los lugares por los que discurre el Camino Inglés, esa ruta de peregrinación singular que cuenta con dos ramales: uno parte del puerto de Coruña y otro del de Ferrol.

La misma rapaza de la oficina de turismo —así, con ese hermoso galleguismo que también empleamos en el Bierzo y que parece llegar cargado de cercanía— recomienda al visitante recorrer la Senda de los Sentidos.

Qué bello nombre.

Un panel de madera señala la ruta. Una invitación más que un simple paseo: caminar a la espera de que, en algún momento, se enciendan todos los sentidos. Vivir y también escribir con todos los sentidos, como a menudo recomienda el viajero a su alumnado de escritura.

La Senda de los Sentidos conecta la playa de A Ribeira con el paseo de la Alameda. Se adentra entre una estupenda arboleda, paralela a las vías del tren, y serpentea junto a la línea de la costa. Aparecen varios miradores hacia la ría de Betanzos y el canto de las aves acompaña el camino. Los aromas de la vegetación y el olor a mar impregnan el ambiente.

Incluida en la Red Natura 2000, la senda tiene algo de tránsito y de permanencia. Los árboles, el mar, los raíles y los pasos del caminante parecen discurrir en la misma dirección, como si el paisaje quisiera conducirlo hacia alguna revelación.

El camino va a dar al Ponte do Porco, un rincón especial, de rica vegetación y pequeñas embarcaciones de madera. El puente, tendido sobre el río Lambre, da nombre a este lugar del Camino Inglés hacia Santiago. 


—Qué curioso —le digo—. El Puente del Puerco.

Ella vuelve a sonreír y cuenta que en el Ponte do Porco se sitúa la leyenda de Roxín Roxal y su amada Tareixa.

Al final del camino, en el centro de la plaza del Ponte do Porco, espera un cruceiro. Y, como una última y desconcertante ocurrencia del paisaje, el cruceiro se asienta sobre el lomo de un porco de piedra.

Entonces todo encaja.

El nombre ya no es solo un nombre. El puente tiene su animal, la senda sus sentidos y el paisaje sus señales.

Quizá viajar consista precisamente en eso: avanzar sin saber muy bien qué se busca y dejar que, de pronto, algo tan sencillo como una palabra, una sonrisa o un cerdo de piedra consiga encender todos los sentidos.