| Foto: Cuenya |
También tuve la fortuna de asistir al eclipse solar del pasado 12 de agosto en el útero de Gistredo, concretamente en el hermoso paraje de Las Chanas, que tanto entusiasma a quien esto escribe. Allí, junto a la ermita de Nuestra Señora —a la que me gusta llamar Notre-Dame, como si, en lugar de cobijarse entre los montes del Bierzo Alto, se alzara a orillas del Sena—, el día pareció detener su curso.
En Las Chanas, ese hermoso paraje que tan buenas sensaciones me procura, nos dimos cita un buen puñado de oriundos y foráneos en busca de la caza del eclipse. Entre ellos estaban mis amigos Ana y Javi, algún suizo como Jorge y algún alemán, además de los fotógrafos manchegos Jesús Madero y Jose Baillo, quienes, provistos de cámaras, gafas y filtros, supongo que conseguirían bellas instantáneas, no solo del eclipse, sino también del estrellado cielo nocedense de aquella misma noche, cuando las Perseidas cruzaban el firmamento.
| Foto: Cuenya |
Para contemplar el eclipse me puse, por supuesto, las gafas de marras, adquiridas tiempo atrás en el campus de Ponferrada, con ocasión de una charla sobre aquel fenómeno anunciado como un acontecimiento extraordinario. Y lo fue, aunque quizá menos conmovedor de lo que había imaginado.
Hay fenómenos que, antes de suceder, crecen tanto en nuestra expectativa que terminan por volverse casi inalcanzables. Quizá también eso forme parte de su encanto.
Vi cómo la Luna comenzaba a tapar el Sol hasta ocultarlo por completo. Entonces la luz se retiró del paisaje sin abandonarlo del todo. No era todavía la noche, sino el umbral de la noche: ese instante en que el día empieza a desvanecerse y las cosas adquieren una apariencia más honda y más incierta. Duró poco. Pero dejó en el aire una especie de sacudida, un breve resplandor interior, un chute de belleza y de energía difícil de explicar.
| Foto: Cuenya |
Mientras tanto, regresaban a la memoria las imágenes de El eclipse, del cineasta Michelangelo Antonioni, que junto con La aventura y La noche forma su célebre trilogía sobre la incomunicación. Y también el prodigioso microrrelato de Monterroso, titulado, no por casualidad, El eclipse. La literatura y el cine acudían así a acompañar el fenómeno, como si la naturaleza necesitara de nuestras ficciones para terminar de revelarse.
Porque un eclipse no se contempla todos los días. Su rareza lo vuelve precioso y su brevedad, inolvidable. Quizá por eso, mientras la sombra avanzaba sobre el útero de Gistredo y la ermita de Nuestra Señora parecía adquirir un empaque monumental, pensé que también la vida se parece a ese oscurecimiento fugaz.
La vida como algo extraordinario que apenas alcanzamos a mirar antes de que vuelva la luz. O se oscurezca definitivamente.
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