La ciudad de dos faros invita a sentirla. A sentirla con su música, con su luz, con sus aromas marinos y con el sabor de su pulpo, escultura incluida. También con esa temperatura agradable que, en pleno agosto, convierte el paseo en un placer. Hay ciudades a las que se regresa, como se regresa a un lugar que, de alguna manera, ya forma parte de su memoria emocional.
El visitante, enamorado de esta ciudad de dos faros, vuelve una vez más allí donde el Atlántico rompe contra la costa y el viento escribe historias sobre las rocas. Allí donde se eleva el Obelisco Millennium, esa aguja de acero y cristal que parece desafiar al tiempo bajo el cielo del nuevo milenio. Al otro lado de la bahía, la milenaria Torre de Hércules contempla el horizonte.
El cristal y el acero del Obelisco se incendian con los reflejos del mar y del sol. La antigua piedra del faro romano, en cambio, guarda la memoria de los navegantes que durante siglos buscaron su luz. Dos materiales, dos épocas, dos maneras de mirar al horizonte. Y, sin embargo, una misma vocación: iluminar.
El Obelisco Millennium y la Torre de Hércules. Dos faros. Dos épocas. Una misma costa. Uno nació para guiar a los marinos; el otro parece recordarnos que cada generación necesita también una luz que señale el horizonte. Entre ambos dialogan el eco del pasado y el aliento del porvenir, unidos por un mismo océano: el Atlántico.
El visitante disfruta contemplándolos. Siente que ambos faros, como dos guardianes de la ciudad, le señalan el camino hacia el mar. Desde el Obelisco emprende su recorrido por el paseo marítimo, que se prolonga durante kilómetros bordeando la costa y cuenta también con un carril para bicicletas.
El vagamundo avanza sin prisa. El mar y la ciudad aparecen fusionados. De vez en cuando se detiene para contemplar el paisaje, para dejar que la brisa le roce el rostro, escuchar los graznidos de las gaviotas o para observar cómo la luz transforma a cada instante el color del agua.
Pronto aparece Riazor, tendida frente a él como una enorme concha abierta al océano. La playa conserva todavía el eco del festival del Noroeste, esa música que durante unos días convierte la orilla en escenario y la ciudad en una gran fiesta.
Después llega la ensenada de Orzán. El visitante se detiene para hacer unas fotografías y recrearse ante la fuente de los surfistas, cuyas figuras parecen volar hacia el mar. Más adelante, el paseo lo conduce hasta la Domus, ese singular museo dedicado al ser humano. Después surgen unas llamativas farolas rojas que parecen marcar el rumbo hacia el extremo de la ciudad. Al fondo ya se adivina la Torre de Hércules, la «torre de caramelo», como la llamó Picasso, que vivió de niño en esta ciudad.
| Playa de San Amaro |
La antigua torre se levanta sobre el promontorio como si el tiempo no hubiera pasado por ella. A su alrededor se despliega el parque escultórico, un territorio donde la piedra, el viento y el océano dan la impresión de formar parte de una misma obra. Esta vez el visitante no sube a la torre. Tampoco se acerca a la caracola, aunque su forma siga despertando en él esa clase de inspiración que solo producen ciertos lugares. No se adentra en la zona de los menhires ni busca el cementerio moro. Hay lugares que no necesitan ser recorridos por completo para permanecer en la memoria emocional.
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| Wenceslao Fernández Flórez |
Continúa bordeando la costa hasta la playa de San Amaro. Cerca queda el cementerio de San Amaro y el visitante recuerda que quiere volver allí después de algún tiempo. No por curiosidad, sino por memoria. Hay dos tumbas que desea reencontrar, a saber, la de Wenceslao Fernández Flórez y la de Manuel Murguía.
El cementerio lo recibe en silencio y bajo un sol radiante. Al otro lado de los muros, el Atlántico respira con su rumor incesante, mientras una extraña templanza parece envolver las sepulturas.
El visitante da algún que otro tumbo entre las calles del camposanto hasta que, finalmente, decide preguntar a un hombre que parece trabajar allí.
—¿La tumba de Wenceslao Fernández Flórez?
El hombre le responde con amabilidad. No se limita a señalarle el camino, sino que prácticamente lo lleva de la mano hasta la sepultura. El visitante se lo agradece. Y allí, delante de aquella tumba, se pregunta quién se acuerda, a estas alturas, de Wenceslao Fernández Flórez.
Quién recuerda al escritor gallego que supo meter el miedo en el cuerpo sin necesidad de recurrir a grandes estridencias. Al maestro de un realismo fantástico arraigado en Galicia, donde las apariciones, las meigas y la Santa Compaña forman parte del paisaje con la misma naturalidad que la lluvia, la niebla o los bosques.
El tiempo ha ido apartando a Fernández Flórez del imaginario popular, pero no ha conseguido borrar su universo literario. Pertenece a esa estirpe de escritores que construyeron un mundo propio y lograron convertir la tierra en una forma de literatura. Gallego hasta en su manera de entender lo sobrenatural, mezcló la ironía con la melancolía y el humor con una cierta inquietud ante aquello que no puede explicarse. Entre vivos y muertos, en sus páginas, apenas existe una frontera.
Quizá muchos lo recuerden sin saberlo gracias a El bosque animado, la obra que José Luis Cuerda llevó al cine y que terminó formando parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Aquel bosque donde los árboles parecen susurrar, las almas vagan sin descanso, los animales poseen sus propias historias y los seres humanos atraviesan un territorio en el que lo extraordinario convive con lo cotidiano.
| Torre de control marítimo |
Pero Fernández Flórez fue mucho más que El bosque animado. Fue un cronista excepcional del alma gallega, alguien capaz de convertir las leyendas, las supersticiones y el humor en una manera de explicar el mundo. En sus páginas, el miedo se desliza con la discreción del orballo sobre los caminos y deja tras de sí una sensación difícil de sacudirse: la de que, en Galicia, los muertos jamás terminan de marcharse del todo.
El visitante permanece unos instantes en silencio. Después busca la otra tumba. En el mismo camposanto descansa Manuel Murguía, compañero del alma de Rosalía de Castro, que duerme en el Panteón de Galegos Ilustres de Santiago de Compostela. La distancia entre ambos lugares no parece importar demasiado. Tampoco la muerte. Porque hay vínculos que no terminan con la vida.
Murguía y Rosalía continúan unidos por una historia que pertenece tanto al amor como a Galicia. Él custodió la memoria de un pueblo; ella le dio un alma inmortal con sus versos. Juntos construyeron una de las grandes historias culturales y sentimentales de la tierra gallega.
El visitante contempla la tumba de Murguía y piensa que quizá el amor, cuando es verdadero, acaba transformándose en paisaje. Se convierte en el orballo que humedece los caminos, en la bruma que abraza los montes, en la espuma que se rompe contra las rocas. Se transforma en esa luz que, por un instante, parece susurrar que quienes amaron de verdad nunca terminan de despedirse, sino que simplemente cambian el lugar desde el que continúan acompañándonos.
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| Castillo de San Antón |
Frente a San Amaro, el Atlántico sigue respirando. Las olas llegan y se retiran con su cadencia interminable. El viajero comprende entonces que también los lugares guardan memoria. Que una ciudad no está hecha solamente de calles, edificios y monumentos, sino de las vidas que alguna vez caminaron por ella y de las palabras que quedaron suspendidas en el aire.
Después de visitar las sepulturas, abandona el cementerio y vuelve al paseo marítimo.
A lo lejos divisa la torre de control marítimo, junto al castillo de San Antón, antigua fortaleza levantada para proteger el puerto. Ante él, la ciudad parece desplegarse como un mapa que ya conoce de memoria. Cada rincón le resulta familiar y, sin embargo, conserva algo de descubrimiento.
Desde allí emprende camino hacia el jardín de San Carlos. El lugar le entusiasma por su aire casi exótico, por la vegetación y por el mausoleo y la escultura de Sir John Moore, el general inglés que intentó defender la ciudad herculina de las tropas napoleónicas. Al fondo se abre el puerto.
| San Carlos |
El visitante permanece un momento contemplando aquella mezcla de naturaleza, arte y mar. Hay algo ceremonial en aquel jardín, como si la historia hubiera encontrado allí un lugar tranquilo desde el que contemplar la ciudad.
Después se adentra en el casco histórico. Deambula por las callejuelas, cruza plazas, se deja llevar por el trazado antiguo de la ciudad. No necesita mapa. La ciudad de dos faros está en su cabeza y también, de alguna manera, en su memoria afectiva.
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| Sir John Moore |
Finalmente llega a las galerías de la Marina. Se detiene ante ellas, como tantas otras veces.
Le siguen pareciendo atractivas esas fachadas acristaladas que multiplican la luz y devuelven al cielo y al mar una parte de su resplandor. Entonces comprende que quizá toda la ciudad ha sido, durante su paseo, una sucesión de reflejos. Ciudad de Luz. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/coruna-ciudad-de-luz-y-musica.html La luz del Obelisco. La luz de la Torre de Hércules. La luz sobre Riazor. La luz que se quiebra en las galerías de la Marina. Y también esa otra luz, más íntima, que permanece en los lugares donde alguien vivió, amó, escribió o murió.
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| Galerías de la Marina |
El viajero mira hacia el Atlántico. Quizá eso sea, después de todo, lo que hace que algunas ciudades permanezcan, esa capacidad de iluminar incluso aquello que el tiempo parece empeñado en oscurecer.
Dos faros frente al océano. Dos épocas mirando hacia el mismo horizonte. Y entre ambos, la ciudad de dos faros, dos épocas, una misma costa, caminando hacia la luz mientras el Atlántico, incansable, continúa contando su historia contra las rocas.
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