El viajero, al que durante años le han hablado maravillas de Santorini, pone rumbo a la isla con las expectativas inevitablemente elevadas. Su fama la precede y son pocos los lugares capaces de despertar tanta admiración incluso antes de ser contemplados.
El Costa Fortuna permanece fondeado a un par de kilómetros de la costa. Las dimensiones del barco impiden acercarse más, de modo que el desembarco se realiza en pequeñas lanchas que, una tras otra, trasladan a los pasajeros hasta el antiguo puerto.
La primera visión de Santorini resulta sobrecogedora. La isla parece surgir verticalmente del mar, como una gigantesca muralla volcánica coronada por un racimo de casas blancas que desafían la gravedad. El blanco cegador de la cal contrasta con los tonos ocres y negros de la roca y con el azul profundo del Egeo, componiendo una de esas estampas que justifican por sí solas un viaje.
Sin embargo, alcanzar Firá, la capital, exige superar un desnivel de más de doscientos metros. Aunque la mañana acaba de comenzar, el calor ya cae con fuerza y la ascensión a pie no parece la opción más recomendable.
Quienes desean vivir una experiencia más tradicional pueden subir a lomos de burros o caballos por el zigzagueante sendero que serpentea la ladera. El precio es de diez euros, pero el viajero descarta esa posibilidad. No se siente cómodo viendo a los animales cargar, una y otra vez, con el peso de los turistas bajo un sol inclemente.
Prefiere optar por el teleférico, el conocido cable car, una solución cómoda, rápida y casi tan emblemática como la propia isla. El inconveniente es la larga cola que se forma para acceder a las cabinas, una espera compartida por cientos de visitantes que llegan cada día desde los cruceros.
Cuando por fin llega su turno, la espera queda plenamente compensada. Durante apenas tres minutos, el teleférico asciende por la escarpada pared de la caldera mientras el horizonte se ensancha a cada metro recorrido. Bajo los pies quedan el pequeño puerto, las lanchas que continúan transportando pasajeros y el Costa Fortuna, que desde esa altura parece un juguete flotando sobre el Egeo.
Al llegar a Firá, el viajero comprende enseguida por qué Santorini ocupa un lugar privilegiado en el imaginario de tantos viajeros.
La capital no es solo un pueblo de fachadas encaladas y cúpulas brillantes; es un inmenso balcón suspendido sobre el mar. Desde sus callejuelas, terrazas y miradores, la vista se pierde entre el azul del Egeo, los acantilados volcánicos que recuerdan el origen convulso de la isla y los grandes cruceros anclados mar adentro, diminutos desde las alturas. Es un paisaje que parece irreal y que, sin embargo, existe; Firá brilla con una luz casi sobrenatural, como si perteneciera a un lugar situado entre la realidad y el sueño.
Sin embargo, no todo responde al ideal que el viajero había imaginado. Como ya le ocurriera en Mykonos, la belleza convive aquí con un turismo masivo que termina por desdibujar parte de su encanto. Las estrechas calles rebosan de visitantes y el comercio ocupa prácticamente cada rincón. Tiendas, restaurantes y terrazas se suceden sin interrupción, convirtiendo la isla en un inmenso escaparate donde casi todo parece tener un precio. Es, en cierto modo, una metáfora de nuestro tiempo. En la era de la globalización, el mundo entero parece haberse transformado en un gran bazar, aunque con tarifas reservadas para un turismo de elevado poder adquisitivo.
El viajero recorre las callejuelas de Firá en busca de una imagen que lleva tiempo alimentando su imaginación: las célebres cúpulas azules que tantas veces ha visto en fotografías. Cree distinguir alguna en la distancia, pero no consigue llegar hasta ella. Más tarde descubrirá que las postales más famosas pertenecen, en realidad, a Oia, situada en el extremo norte de la isla. La falta de tiempo y el calor sofocante le obligan a renunciar a esa visita. Habrá que dejar Oia para otra ocasión.
Decide entonces permanecer en Firá, refugiándose de cuando en cuando bajo la sombra de alguna terraza para reponer fuerzas y combatir el calor con agua fresca. A veces, viajar también consiste en detenerse, observar el ir y venir de la gente y dejar que el tiempo transcurra sin prisas.
Después de varias horas disfrutando de aquel inmenso balcón sobre el Egeo, llega el momento del regreso. El viajero decide descender a pie por el antiguo camino que comunica Firá con el puerto. Comparte la bajada con los burros y caballos que continúan transportando visitantes. El olor a estiércol impregna el ambiente, un olor que no le resulta desagradable porque le recuerda a su infancia en el pueblo, cuando formaba parte natural del paisaje cotidiano.
Ya en el puerto, espera la lancha que lo devolverá al Costa Fortuna. Poco después, el crucero leva anclas y comienza a alejarse lentamente de Santorini. Es entonces cuando el sol inicia su descenso sobre el horizonte. La luz se vuelve dorada, después anaranjada, hasta envolver la isla y el mar en una atmósfera casi irreal. Durante unos minutos, el paisaje entero adquiere la apariencia de un cuadro, como si el tiempo decidiera detenerse para contemplar la inmensidad de la caldera volcánica.
El viajero permanece en silencio mientras el sol desaparece lentamente tras el horizonte. La bella pasajera también guarda silencio, absorta en el espectáculo del atardecer. Durante unos instantes, ambos contemplan aquella luz que se extingue sobre el mar. Hay algo en las puestas de sol que siempre reconcilia al viajero con lo esencial. En esos momentos comprende que, mucho antes de que existieran las ciudades, las fronteras o incluso las palabras, los seres humanos ya contemplaban el mismo espectáculo con idéntico asombro. Quizá por eso los atardeceres poseen la extraña capacidad de ponerlo en contacto con lo primigenio, con ese mundo ancestral donde todo parecía comenzar. Y mientras Santorini se va desdibujando poco a poco en la distancia, sabe que esa última imagen será también la que permanecerá más tiempo en su memoria.
El Costa Fortuna continúa su navegación rumbo al Pireo, el gran puerto de Atenas, mientras Santorini termina por desvanecerse en el horizonte. Poco a poco, la vida a bordo recupera su ritmo habitual. El viajero vuelve a pasear por las cubiertas, contempla el mar interminable y se deja llevar por la agradable rutina del crucero.
Ahora toca descansar, disfrutar de las actividades que ofrece el barco y prepararse para la siguiente escala. Y también, por qué no reconocerlo, entregarse a uno de los placeres cotidianos del viaje: la buena mesa.
Las cenas en el restaurante Michelangelo se han convertido ya en un ritual esperado, un momento para saborear la gastronomía, comentar las experiencias del día y dejar que la noche caiga lentamente sobre el Mediterráneo.
Mañana aguarda Atenas, la ciudad donde nació buena parte del pensamiento que todavía sostiene nuestra forma de entender el mundo.
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