Nacido en esta ciudad el 20 de septiembre de 1917, Fernando Rey llevó el nombre de Galicia mucho más allá de sus fronteras. Su carrera, extensa y extraordinaria, terminó convirtiéndolo en uno de los intérpretes españoles de mayor proyección internacional.
Resulta imposible encontrarse con su nombre sin pensar inmediatamente en Luis Buñuel. Viridiana, Tristana, El discreto encanto de la burguesía y Ese oscuro objeto del deseo forman parte de una de las colaboraciones más memorables de la historia del cine español. En aquellas películas, Rey aportó mucho más que talento interpretativo. Su elegancia, su ironía, su mirada y aquella manera tan personal de decir las cosas hicieron de él una presencia difícil de olvidar.
Su figura quedó ligada también a uno de los personajes más universales de nuestra literatura. En El Quijote, la serie de Televisión Española dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón, Fernando Rey encontró una de las interpretaciones más recordadas de la última etapa de su carrera. Su Alonso Quijano era humano, noble y melancólico; un personaje en el que la grandeza convivía con la fragilidad.
Y estaba, además, su voz. Una voz cálida, elegante e inconfundible, con aquella sonoridad casi radiofónica que parecía capaz de conferir una dignidad especial a cualquier frase. En ¡Bienvenido, Mister Marshall!, de Luis García Berlanga, fue precisamente la voz de Rey la que ejerció como narradora.
Por eso, encontrarse con una placa dedicada a Fernando Rey en una calle de Coruña tiene algo de pequeño descubrimiento y, al mismo tiempo, de homenaje necesario. La placa no necesita grandilocuencia. Basta el nombre. Porque basta leer «Fernando Rey» para que aparezcan, de pronto, Buñuel, don Quijote, Berlanga, el cine español y aquella voz que parecía venir de otro tiempo.
Quizá ahí resida la verdadera fuerza de los homenajes urbanos: en conseguir que un nombre escrito sobre una placa despierte todo un mundo en la memoria.
Fernando Rey fue un actor excepcional, pero también fue un gallego universal. Un hombre nacido en Coruña que terminó convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles y respetados de nuestra cinematografía.
El viajero continúa su camino, pero antes vuelve la mirada hacia la placa. La ciudad conserva así la memoria de uno de sus grandes actores. Y esa memoria se prolonga en otros muchos nombres que aparecen repartidos por sus calles, plazas y jardines.
| La Terraza |
Basta acercarse a los jardines de Méndez Núñez para comprobarlo. Situados junto a las instalaciones portuarias, estos jardines fueron concebidos sobre terrenos ganados al mar e inaugurados en 1868. En un principio fueron conocidos como Jardines del Ensanche y, en 1871, recibieron el nombre de Casto Méndez Núñez, en homenaje al célebre marino gallego.
Allí, entre la vegetación y los paseos, se encuentran monumentos dedicados a algunas de las figuras señeras de la cultura gallega, como Concepción Arenal (poeta, autora dramática y pionera del feminismo español), Emilia Pardo Bazán, Manuel Murguía, Valle-Inclán y Castelao. Y, en una inesperada conexión con la cultura popular del siglo XX, también aparece John Lennon, convertido en todo un icono de la música.
El viajero vuelve a detenerse, como ya lo hiciera en el camposanto de San Amaro, ante la escultura de Manuel Murguía, marido y compañero de vida de Rosalía de Castro. https://cuenya.blogspot.com/2026/08/la-ciudad-de-dos-faros-dos-epocas-una.html
También se detiene ante las figuras de Valle-Inclán, autor de Luces de bohemia, Emilia Pardo Bazán, autora de Los pazos de Ulloa, y Castelao, una de las personalidades más polifacéticas de la cultura gallega. Las fotografías se suceden mientras el paseo continúa.
Los jardines funcionan así como una singular galería al aire libre. El viajero no tiene que entrar en un museo para encontrarse con la historia cultural de la ciudad. Puede hacerlo mientras pasea, entre árboles, esculturas y edificios tan reconocibles como el Kiosco Alfonso o La Terraza. El modernista Kiosco Alfonso, además, mantiene su condición de espacio cultural y acoge exposiciones.
Coruña permite que uno se encuentre con sus personajes queridos mientras camina. No hace falta buscarlos demasiado. Están allí, formando parte del paisaje y de la memoria cotidiana de la ciudad.
Quizá por eso la ciudad sorprende incluso cuando uno cree que ya la conoce. A veces basta detenerse ante un nombre para descubrir que detrás de él permanece toda una historia.
Y frente a la placa de Fernando Rey, durante unos instantes, toda esa historia parece regresar.
El viajero sigue su camino. La ciudad, mientras tanto, continúa guardando la memoria de quienes hicieron de la cultura gallega algo mucho más grande que sus propias fronteras.



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