Juan Carlos Suñén: “Es mejor tener un buen editor que un buen premio”
El poeta y creador de la Escuela de Letras de Madrid, Juan Carlos Suñén, autor de 'La habitación amarilla', por el recibiera el Premio de la Crítica de Madrid 2012, colabora con la 'Revista de Occidente' y ha terminado de corregir un libro antiguo, 'El viaje de todos', ahora titulado 'En el hotel', que sólo espera editor. 
Suñén. Foto: Cuenya

Aunque nacido y criado en Madrid, Juan Carlos Suñén es ahora (y desde hace tiempo) un poeta berciano, un autor de referencia en la poesía actual española, que eligió la población de Magaz de Abajo para vivir, para su retiro, digamos espiritual, porque realmente lo necesitaba, aclara él, y además le permite estar solo pero no abandonado, lejos pero no ausente. “Ha sido, por decirlo así, la casa de mi casa”.
La poesía define sin ser definible y hace las reglas, no las sigue, por eso es tan fácil de imitar y tan difícil de hacer.
En el Bierzo ha encontrado “recogimiento feraz, calma en ebullición, y sobre todo belleza, una belleza que se percibe espiritualmente”. Cree –aunque no se defina como creyente– que hay algo sagrado en el Bierzo: “algo muy antiguo, poderoso y melancólico”. Asimismo, necesita sentir la cercanía de las montañas, el abrigo de la vegetación, el modesto ajetreo de los pájaros, la vida de la luz, la conversación del agua... Algo que está presente en su obra. Todo eso y también el ser humano como vaso de la historia, “además de ciertas plazas envejecidas por los encuentros, algunos bares que se dirían surgidos del inconsciente o esos como concilios de casas maduras y austeras, pero no secas, nunca secas, conforman espacios que invitan a la concentración”. Todo ello está, de una manera explícita, en su obra 'El hombro izquierdo“ (Visor, 1995), y sobre todo (aunque más interiorizado) –matiza– en 'La habitación amarilla' (Bartleby, 2012), que es el más berciano de sus libros, por el que recibiera el Premio de la Crítica de Madrid 2012. Si bien los premios, a medida que va cumpliendo años, le resultan cada vez menos útiles. ”Es mejor tener un buen editor que un buen premio“, señala. No obstante, se siente satisfecho de haber logrado tanto este galardón como el Francisco de Quevedo porque ”uno no tiene que presentarse a certamen alguno para ganarlos. Esos, en principio, siempre son bienvenidos, al margen de que tengan o no dotación económica“.
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