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lunes, 15 de febrero de 2010

Zarramacos

También por estos lares bercianos, tanto en el Bajo como en el Alto Bierzo, hay zamarrones, zamarracos, zafarrones o zarramacos, que así es como les llaman mis paisanos a las criaturas que se disfrazan en días de Carnaval. “¿Este año piensas enzarramacarte?”, te dicen. "Pues, la verdad, cada día creo menos en las fiestas, porque han perdido su sentido primigenio". “No sé si merece la pena ponerse otro careto, pero podemos intentarlo, ya rebozados en harina”, podrías responder.
Tres días, dicen que libertinos, antes de comernos la borralla, ceniza o salvado -aunque me parece que no va a ser exactamente así-, nos están esperando con la espetera o espitera abarrotada de carnes embutidas, ahumadas, curadas a la sazón.
Tres alegres y jolgoriosos días (aseguran las lenguas), en que intentaremos darle vuelo a la chicha y rueca al lino, porque son éstos momentos para hincarle el diente a doña cecina, o a lo que se tercie. A cocho regalado no deberíamos mirarle el bandubio, o la andorga. Lunes y martes, qué nos aproveche, deliciosos, comestibles... y miércoles corvillo, ya se sabe, ni cesta ni canastillo. Puro costumbrismo.
También esperamos sacar los pies de las alforjas. De este modo, podremos liberarnos de la esclavitud que a veces impone el ritmo habitual, chabacano, ramplón, esa nada cotidiana que obsesiona a la cubana Zoé Valdés, esa rutina de creerse deudores (el autoengaño sigue haciendo estragos) de un sistema antojadizo y jodedoramente acaparador, permitidme estas licencias lingüísticas, ya que estamos en antroxu, así dicen los bablistas, y don Carnal está a punto de cómeme cómeme, con ganas de hacernos la boca chichi, chachi, pirulí, porque el Carnalín que tengo el gustazo de conocer es amigo de la pugna y pariente directo de la transgresión, y la gula es mucha, y el hambre voraz.
Por fortuna, los pecados, qué pecados, dejan de serlo durante las Carnestolendas. A lo mejor nunca hubo pecados y sólo es un invento judeocristiano, que nos jode la vida.
Se cuenta que a lord Byron le encandilaba el carnaval veneciano por aquello de las aventuras y devaneos amorosos. A qué lelo le amarga un andullo o andolla o androlla. Antrojémonos, nosotros también, donde no pille -que se haga gorda y repolluda- en Río, de Janeiro por supuesto, en el alto del Jafra, bajo un castaño milenario, donde podamos, pero antrojémonos, porque acaso tenga razón Nietzsche cuando nos recuerda que “todo espíritu profundo tiene necesidad de un disfraz”. Y es que en el fondo, y bien mirado, no somos más que máscaras de carnaval.
Calderón de la Barca, Antonin Artaud y Shakespeare, entre otros, así lo vieron, luego hagamos un último esfuerzo y apuntémonos a la farra, a la farsa. Entroido, en el Bierzo, es máscara, así como persona mal vestida o estrafalaria, según Julio Caro Baroja, experto en carnavales, como queda de manifiesto en su monumental obra dedicada a esta fiesta.
Prolífica y achispada es la literatura en torno al antrojo, antroido, antroxo, antruejo, entrudo, intrudio, introido, entroido… que de estas maneras, y muchas más, se conoce el carnaval.
Quevedo, Mateo Alemán o el Arcipreste de Hita son sólo algunos de los ejemplos a seguir en su hacer carnavalesco, adobando carnes que a otros aún nos vuelven locos. El carnaval o la locura. A vuestra elección.

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