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miércoles, 17 de febrero de 2010

Un paseo por Villafranca, tierra de vino y de poesía







El martes de Carnaval me fui a dar un garbeo por Villafranca, en busca quizá de algún espíritu literario, porque acaso, ay, ya sólo quedan espíritus, almas errabundas, en esta monumental villa, que con el paso de los años ha ido perdiendo fuelle, lo cual que nos entristece. Cómo un lugar tan hermoso como éste y que tantas glorias ha nacido y dado, se ha venido abajo con el paso del tiempo. Un tiempo devorador y asesino, que ha hecho mella en este pueblo decadente aunque tocado por la varita mágica de las musas, de lo contrario no se explica que sea cuna de tantos y tan buenos artistas, escritores, poetas como Pereira, Mestre, Gilberto Núñez Ursinos, Ramón Carnicer, Llano y Ovalle; fotógrafos como Robés o Cela, y algún que otro vividor, incluidos los personajes singulares, como Perjuicios o bien Pedro Mamparo, un tipo que decía hablar francés -aunque se lo inventara y chapurreara, nomás- y que salía de casa, trajeado, a pasear a su cerdo por el jardín o Alameda, según me cuenta Santiago Castelao, otro ilustre de Villafranca.

A decir verdad, fue pura casualidad que diera con Santiago Castelo porque -si bien sabía de él, incluso siempre he tenido ganas de conocerlo- no se me había ocurrido que pudiera verlo en Villafranca. Ni squiera me daba cuenta de que podía vivir en esta villa del Valcarce y el Burbia. Al preguntarle a una chica -qué bueno es preguntar- por el legendrio barrio de La Cábila (el barrio de Antonio Pereira, Cuentos de La Cábila), ella me dijo que si quería saber la historia de este sitio, se lo dijera a Santiago. ¡Santiago, no será Castelao!, se me iluminó la neurona. "Sí. este mismo", debió responder o respondió ella, que me acompañó en su búsqueda. Muy amable la chica. Si alguna vez nos reencontramos, te daré las gracias.

Y allí que me presenté, en la ferretería del Sr. Catelao, el padre de Santiago, que en tiempos fuera el negocio del maestro Pereira. "Qué suerte -dijo mi cicerone- está Santiago". Pues, sí, allí estaban Santiago y sus padres, ah, y un "viajante" de Galicia, que se quedó como impresionado de que un ferretero, como Santiago, fuera además escritor y fotógrafo. Un artista, o sea.

Me presenté -al decirle mi nombre, él me identificó de inmediato, 'sí, te he leído'-, y aunque nos viéramos por primera vez, nos saludamos y hablamos sobre varios temas, en una conversación breve pero harto sustanciosa, sobre todo porque Santiago Castelao se mostró abierto, hospitalario y transparente (algo que me sorprendió).


"Esta era la ferretería de Antonio Pereira", comenzó diciéndome. "Y el nombre de La Cábila es por los moros, que estuvieron aquí, ya en 1934", lo que asintió su madre. "Incluso había una cárcel, en tiempos en que Villafranca fuera Partido Judicial... Los cabileños siempre fuimos obreros, mientras que al otro lado del río vivían los señoritos".


La primera vez que supe de Santiago Castelao fue a través de su Refranero berciano, que me sirvió para familiarizarme más y mejor con los refranes que, a lo largo de la vida, me ha ido contando mi madre, y que luego incluí en Las edades del Bierzo.

Alumno de matemáticas y de francés del tristemente desaparecido Gilberto Núñez Ursinos, Santiago Castelao es un buen conocedor de la historia de la prensa berciana y un experto en castaños, de ahí su obra, Castaños monumentales del Bierzo, con espléndidas fotografías, hechas por él mismo. "Zarampalladas", suelta él, como si no fueran importantes estas labores.


La breve charla aún nos dio para hablar sobre alguna peli que se rodó en Villafranca como El bordón y la estrella, de Klimovsky. Una cinta, al parecer difícil de conseguir, según me dice Santiago, y en la que intervino el Perjuicios.. O El alcalde de Zalamea -alguna versión, supongo- que se filmó en las pallozas de Paradaseca, población relativamente cercana a Villafranca.

La visita a la "pequeña Compostela", con Puerta del Perdón y pulpo y callos para aguantar el Camino, continúa hacia el otro lado del río, donde se halla la primera conservera berciana, Ledo (bueno, lo que queda de ella, una chimenea donde figura inscrita la marca y un edificio que no puede visitar por estar cerrado). En el trayecto, me encuentro, también por azar, con el fotógrafo Robés, quien me dice que lo avise para que otro día, con tiempo, pueda acompañarme a visitar la conservera. Si es que todas son amabilidades en esta villa donde también vive otro grande, el compositor y músico Cristóbal Halffter. Confieso que siempre me ha llamado la atención que uno pueda vivir en un castillo. Y Halffter lo ha conseguido.

Volveré a Villafranca, una y otra vez, para sentir, tal vez, la inspiración lírica que procura o puede procurar un paseo por esta tierra de vino y de poesía.


*La Puerta del Perdón es también un resturante al lado del Castillo.


Il faut être toujours ivre, tout est là ; c'est l'unique question. Pour ne pas sentir l'horrible fardeau du temps qui brise vos épaules et vous penche vers la terre, il faut vous enivrer sans trêve
Mais de quoi? De vin, de poésie, ou de vertu à votre guise, mais enivrez-vous!
(Baudelaire).


Aquel poeta se llamaba Gilberto Núñez Ursinos, y yo decidí aquella mañana, ante la luz de su joven resplandor, parecerme en algo a su sombra. Yo tenía doce años, junio de 1969, y fui su amigo hasta la primavera de 1972, en que decidió, voluntariamente, abandonar la republica de la imaginación donde vivía, cuando al otro lado del río sólo había pequeñas casas blancas llenas de palomas, gatos y flores que algún día fueron las semillas del paraíso. Fue el primer poeta que conocí, era amado por mucha gente de este pueblo, no menos que lo que él quería a los humildes, a los soñadores, a los que hablaban solos por la calle y pensaban que la vida carecía de sentido sin resistencia al mal. Vivía sólo, con un gato al que llamaba Parsifal, y un aparato de radio con el que aprendía idiomas sintonizando emisoras extranjeras. Un milagro que sólo sucede una vez cada cincuenta años cuando pasa sobre los valles el cometa de la iluminación y convierte en vino de dulzura la amargura de los pozos (Juan Carlos Mestre).

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