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domingo, 14 de febrero de 2010

San Valentín a cuerno pasado


Os invito, lectoras y lectores enamorados del amor, ya que estamos en fiestas (San Valentín y Carnavalitos), a que os deis un paseíto por las ciento veinte "cornadas" de Sodoma, del intrépido Sade, y os dejéis empapar por los efluvios del psicoanálisis, acaso el freudiano.


Aitana Sánchez Gijón


Y si os sentís con ganas también podéis echarle un ojito a El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, la peli de Greenaway, con música de Nyman. 

A decir verdad, hoy, en vez de darme una vuelta por algún libro o peli, he preferido ir al apacible pueblo de Corullón, una especie de huerto epicúreo desde el que podemos contemplar la belleza del mundo o simplemente la belleza del Bierzo, que tampoco es cuestión de exagerar o hacer lírica de los paseos por nuestra comarca.
Corullón


San Valentín enamora a aquellos que ansían enamorarse, ni más ni menos, pues el amor es quizá una cuestión de ganas, con una fuerte base bio-neuro-química, que luego se potencia o se merma en términos, digamos cognitivos, o algo así. A veces el amor da cornadas de placer, y en ocasiones el cuerno se vuelve de odio para quienes que se tiran los trastos a la cabeza

La cornada del amor, sobre todo cuando toca y soba los contornos del frenesí y el desenfreno suele acabar en herida letal o en muerte. Véase, aunque no deje de ser una ficción, Lunas de hiel, de Polanski, ese explorador del subconsciente humano, a quien ahora tienen bajo llave por supuestos abusos... Pero esto es otro cantar, jodido, sin duda. Que a uno le coarten la libertad, ese bien preciado e imprescindible para la buena salud mental, es un putadón.

El deseo, que en cierto modo es una suerte de amor, muere automáticamente cuando se logra alcanzar en todo su esplendor, agoniza al verse satisfecho. Por eso, el llamado amor se vuelve a veces carnicería sentimental, melodrama almodovariano, charcutería Delicatessen, martirio mortal.

El canibalismo como instinto de supervivencia y amor sabrosón. Luego sale a relucir eso tan chistoso y macabro de: "la o lo maté y me la o lo zampé porque era mía o mío y la o lo quería". Algo que desafortunadamente ocurre con frecuencia. En el Bierzo y en el resto de globo. Si es que hay que andarse al quite en este mundo antropófago.

Hoy es Día de San Valentín y noche de Goyas. Le mando por adelantado mis felicitaciones a la actriz Maribel Verdú, nominada al Goya como mejor actriz por
Maribel Verdú
Tetro, y a quien tuve la ocasión de ver y escuchar ayer noche en el teatro Bérgidum, junto a su compañera de batallas, Aitana Sánchez Gijón, en Un Dios salvaje.

Pero regresemos al amor, a nuestro amor, y a esa cinta de Greenaway en la que el ladrón, Albert Spica, se nos muestra harto violento y macarrón con su mujer infiel, Georgina, porque ¿qué festividad no avinagra el estómago con la noticia de unos cuernos? Como le ocurre a Mister Spica.

Habida cuenta de que el amor –como ya he dicho- es un asunto de buena voluntad, se enamora quien está por labor. ¿O no es así? Luego sarna con gusto no pica, o pica que se jode (que enamora). Así se muestra San Valentín en un día, hoy domingo, que me está sabiendo a amor, a hipnosis, a levitación.

Es lo bueno del amor, que nos ayuda a viajar de un modo intenso y fascinante al magma de las emociones (qué cursilón me quedó esto). Hay días en que uno logra respirar amor por todos los poros del alma bajo este escarchado sol de invierno, lo que me hace sentir un delicioso calor, un bienestar corporal. Como si estuviera tumbado en las blancas arenas de Tulum. Hay días en que uno, ay, se siente fuera de sí y fuera del mundo. Como un inmigrante o emigrante en tierra de nadie. Como un sin papeles, fuera de todo sistema burocrático y castrador, alejado de leyes y reglamentos inquisitivos, al aire libre, saboreando la libertad que procura el trance, el amor puro engendrando belleza: el amor capaz de mover el sol y las estrellas. Encantado en este vaivén, movido y moviendo, recorriendo el mundo.

Se me hace, me late que San Valentín es como un toro de raza, acaso sea una vaca a la que le diera por embestir al capote rojo de las pasiones pimentonadas, mientras el torero enamorado –el toreador, que dicen los gabachines-, ejecuta eróticos y suaves pases de mano. La mano (inteligente, anaxagórica) siempre presta para hacer su trabajo.

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