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miércoles, 27 de enero de 2010

Cuevas de Valporquero

Es revelador que el único monumento de nuestra provincia, declarado Patrimonio de la Humanidad, sea una ruina, como ha dicho un prócer de la cultura leonesa. Una ruina medular, rojiza y hermosa, donde intervino la mano humana, el brazo esclavo del Imperio romano. Si Las Médulas son Patrimonio de la Humanidad, uno se pregunta por qué las cuevas de Valporquero, belleza natural ensoñadora, no han tenido el mismo trato y tratamiento mundial.
Cuando uno se adentra en estas grutas, se nos esgazan los ojos de tanta maravilla como hay allí. Hace ya algún tiempo, en compañía de una tropa de Erasmus de la ULE, comandados por Adrián, Damelsa y Eva de Aegee, enfilamos rumbo a Valporquero a través de esas Hoces y ese paisaje-memoria: la cascada de Nocedo, en el alto del Curueño, que nos hermana y devuelve a la cascada de la ruta de las fuentes curativas en Noceda del Bierzo, la subida al valle de Valdorria, y la Ermita de San Froilán, como un espejismo.
Esta es la tercera vez que me adentro en las cuevas -la primera fue con seis años, en una excursión escolar, y la segunda siendo aún adolescente-, sin embargo quedé maravillado, como un tierno infante, que se deslumbrara por vez primera ante tamaña belleza de estalactitas y estalagmitas.
Nuestro guía en esta última vez, Jose Llamazares, natural de La Sobarriba o costa del adobe, nos contó un sinfín de historias acerca de estas cavernas, entre otras que son las más grandes de España, “que se pueden visitar en su totalidad”, precisó, porque también están las de Ojo Guareña en Burgos, que aunque figuran entre las diez más grandes del mundo, sólo se puede acceder a una pequeña parte.
Si las Cuevas de Valporquero, en vez de estar en la montaña leonesa, estuvieran en Cataluña o en Mallorca, como las del Drach, “tendrían 70.000 visitantes al mes”, aseguró el buen hombre. Pues será verdad.
También Llamazares, además de mostrar su devoción por las palomas mensajeras -algo que me cautivó, incluso me hizo volar alto y lejos, como esos animalitos, capaces de llevar correspondencia en dos días desde Casablanca a León-, nos contó que estas grutas han servido como escenario natural para el rodaje de secuencias de películas, como la de la Cueva de Montesinos de El Quijote, de Gutiérrez Aragón, y algún documental de Al filo de lo imposible.
Ahora acaba de estrenarse una peli, La herencia de Valdemar, cuyas secuencias, al menos algunas, fueron rodadas en las Cuevas de Valporquero. Si bien aún no la he visto, promete.
El recorrido por las diferentes salas, alguna con helictitas, como la Sala de las Maravillas, resultó instructivo, amén de divertido, y nos hizo imaginar un mundo fascinante y peliculero, como esos paisajes de ficción transilvaniana que vemos en el Drácula de Coppola. Al parecer, en La herencia de Valdemar también podemos ver al personje que interpreta a Bram Stoker.
Lamento no tener a mano ninguna foto de las Cuevas, porque las que hice en su día se extraviaron; en realidad tengo que confesar que me tangaron la cámara la completo, no en este lugar, sino en otro sitio.

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