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miércoles, 30 de diciembre de 2009

A propósito de Match Point y el azar

Match point, quizá una de las mejores películas de Woody Allen, nos sirve para reflexionar acerca del azar, como motor de vida, la realidad y la ficción. Desde que se inventara el cine como fábrica de sueños, y luego la telepantalla controladora y retorcida, vivimos y creemos más en la ficción que en la realidad, deseamos la representación de la realidad y no la realidad misma (de ahí que estemos enganchados a lo virtual), lo que nos vuelve trastornados, aunque la cruda realidad supere cualquier ficción. Si aceptamos el juego de que el cine es ficción, sueño artificial o pesadilla, que trastoca los marcos del tiempo y el espacio, al menos una gran parte del cine, esta peli cuenta con todos los ingredientes ficticios para embelesar al espectador. Y aun logra, lo cual resulta escalofriante, que el espectador se identifique con el tenista-trepa-asesino, que encima es un pusilánime. Si bien acaban encajando todas las piezas en su guión-rompecabezas, incluido el juego del azar con que se inicia la peli, este se me antoja puro artificio. Y aunque Allen logra sorprender al espectador con ese giro de guión casi al final -uno no se espera esa reacción del prota-, parece como sacado de su diván en un arrebato de neurosis. En realidad, Allen nos cuenta la historia de unos personajes sombríos y estúpidos, reflejo de la sociedad involucionada en que vivimos, donde el azar, que juega un papel definitivo, como en la vida misma, triunfa sobre el talento. Por azar vemos cómo se salva el asesino de las garras de la policía, lo que podría ser engañoso. Aunque en nuestra sociedad basura a menudo es el azar y no el talento quien decide nuestras posiciones en la vida. Tras una apariencia de santo varón, se esconde un hijoputa, que no sólo engaña a su mujer y la familia de su mujer, sino que acaba cargándose a su amante. Lamento deshilachar la trama. El final se me antoja perverso porque consigue que nos identifiquemos con el asesino, y ya sabemos el poder hipnótico que ejerce el cine sobre las masas que gustan de imitar conductas cinematográficas. Por lo demás, es la suya una película pesimista y transgresora cuya idea de partida la podemos intuir en “Crimen y Castigo” del genial Dostoievski y en el cine negro, con una bella y sensual Scarlett Johansson en el papel de mujer fatal, que está para degustarla toda ella, aunque tampoco sea trigo limpio, aparte de esa reflexión final nihilista tomada de Sófocles, que nos remite a las puestas en escena tan del gusto de Bergman, en las que hacen acto de presencia los espectros humanos. Allen, sin quererlo o queriéndolo, acaba haciendo el cine que tanto gusta al público.

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